En la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tuvo lugar la conferencia de presentación de los trabajos que han sacado a la luz el sarcófago de San Pablo, en la basílica romana de San Pablo Extramuros. Han participado en el acto el cardenal Andrea Cordero Lanza de Montezemolo, arcipreste de la basílica; el arqueólogo Giorgio Filippi y PierCarlo Visconti, delegado para la administración de la basílica.
En su intervención, el cardenal Cordero Lanza de Montezemolo habló de la nueva denominación de las cuatro basílicas de Roma, que se llamarán "papales" y no patriarcales, y del programa de reordenación del complejo de San Pablo Extramuros, del que forma parte el proyecto de establecer un recorrido peatonal para los peregrinos y visitantes que permita, entre otras cosas, la creación de una zona para el museo que comprenda el claustro. El purpurado explicó también las obras alrededor de la tumba de San Pablo y se refirió a la colocación de una lámina transparente en el suelo que permitirá ver los restos del ábside constantiniana de la basílica.
Por su parte, Giorgio Filippi afirmó que "si bien en la tradición histórica era un dato incontrovertible que la basílica de San Pablo sugiera sobre la tumba del apóstol, la identificación del sepulcro originario es una cuestión que sigue abierta".
"La crónica del monasterio habla de un gran sarcófago marmóreo descubierto durante los trabajos de reconstrucción de la basílica tras el incendio de 1823, en la zona de la confesión, bajo las dos lápidas con la inscripción PAULO APOSTOLO MART (YRI), del que sin embargo no queda huella en la documentación de excavación, a diferencia de los otros sarcófagos descubiertos en aquella ocasión".
"La investigación arqueológica en la zona considerada tradicionalmente el lugar de sepultura del apóstol, comenzada en 2002 y acabada el 22 de septiembre de 2006, ha sacado a la luz un importante contexto estratificado, formado por el ábside de la basílica constantiniana, englobada en el transepto del edificio de los Tres Emperadores: en el suelo de este último, bajo el altar papal, se ha redescubierto aquel gran sarcófago del que se habían perdido las huellas y que se consideraba desde la época teodosiana la Tumba de San Pablo".
Ver video (cortesía Rome Reports)
Nota de prensa del arqueólogo Giorgio Filippi
Introducción
Padres Orientales
San Atanasio
San Basilio de Cesarea, San Gregorio de Nisa y San Gregorio de Nacianzo
San Juan Crisóstomo
San Cirilio de Alejandría
Padres Occidentales
San Ambrosio
San Jerónimo
San Agustín
San León Magno y San Gregorio Magno
San Isidoro de Sevilla
«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón —escribió Juan Pablo II en la Carta Apostólica Patres Ecclesiae (27-1-1980)— a aquellos santos que con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos».
Los siglos IV y V constituyen la edad de oro de la Patrística. En Oriente y Occidente apareció una pléyade de personalidades excepcionales, que aunaban la santidad de vida y una destacada labor en el campo de las ciencias sagradas, e incluso de la cultura en general.
La historia ha tenido siempre protagonistas, y protagonistas insignes tuvo la historia eclesiástica de la época romano-cristiana.

El inmenso esfuerzo de formulación del dogma, expuesto en el capítulo anterior, fue llevado adelante gracias a la sabiduría y la acción de una serie de personajes excepcionales, que se conocen con el nombre de «Padres de la Iglesia».
Los Padres aunaban la ciencia sagrada y la nota de santidad, públicamente reconocida por la Iglesia, rasgo éste por el que se diferencian de los simples «escritores eclesiásticos», en los cuales podía no darse la nota de santidad personal o la integridad de la ortodoxia.
Los tiempos de oro de la Patrística fueron los siglos IV y V, aun cuando hasta el siglo VIII se extiende la que puede denominarse «edad de los Padres».
Los Padres occidentales escribieron todos en latín; en Oriente los Padres fueron en su mayoría griegos, aunque también los hubo que se expresaron en otras lenguas: sirio, copto, armenio, georgiano, árabe, etc. Aquí se recordará tan sólo a los Padres orientales y latinos que más fama alcanzaron en la Iglesia universal.
La expresión «Padres» se aplica, pues, a los grandes escritores cristianos anteriores al año 750, que reúnen los tres rasgos característicos de ortodoxia de doctrina, santidad de vida y la aprobación al menos tácita de la Iglesia.
Los Padres aparecen como los testigos de la Tradición en la Iglesia, en aquellas doctrinas en las que sus afirmaciones son coincidentes. Es el criterio de la unanimidad moral, ya formulada por San Vicente de Lérins en su célebre Commonitorium (434):
«Hay que recibir —decía— las sentencias de aquellos Padres que, viviendo santa, sabia y constantemente en la fe y comunión católica, merecieron ya sea morir fielmente en Cristo, ya sea ser felizmente muertos por Cristo. Pero hay que creerlas de acuerdo con esta norma: Todo lo que todos o muchos afirmaron manifiesta, frecuente o perseverantemente en uno y el mismo sentido, téngase por indudable, cierto y confirmado».
Esta doctrina, en el campo concreto de la interpretación de la Sagrada Escritura fue sancionada por el Concilio deTrento: «a nadie le es lícito interpretar la Escritura contra el consenso unánime de los Padres» (Dz 786).
![]() |
|||
| San Atanasio | |||
El más antiguo de los Padres orientales fue San Atanasio, obispo de Alejandría y principal defensor de la ortodoxia católica frente a la herejía arriana. Atanasio, siendo aún diácono, participó en el Concilio de Nicea del año 325, donde desempeñó un papel relevante.
Tres años más tarde fue elegido obispo de Alejandría y consagró más tarde su vida a la defensa de la fe ortodoxa definida en Nicea.
Su pontificado se prolongó durante 45 años, 17 de los cuales los pasó desterrado —en Tréveris, en Roma, entre los monjes del desierto egipcio— como consecuencia del extraño signo que tuvo la época del postconcilio niceno, cuando el Arrianismo condenado en Nicea pareció prevalecer merced al influjo conseguido por el obispo filoarriano Eusebio de Nicomedia sobre los emperadores de la dinastía constantiniana.
La mayor parte de los escritos de Atanasio estuvieron consagrados a la defensa de la ortodoxia y a la exposición científica del dogma trinitario y la doctrina del Logos; en esta línea destacamos sus tres «Discursos contra los árdanos». Atanasio fue también autor de varios escritos sobre la virginidad y de una obra hagiográfica que alcanzó extraordinario éxito: la «Vida de San Antonio», que contribuyó poderosamente a la difusión de la vida ascética en Occidente.
En el plano teológico, la victoria final sobre el Arrianismo fue conseguida merced a la obra de tres Padres pertenecientes, como Atanasio, a la escuela alejandrina y que son conocidos con el título común de los grandes capadocios: los hermanos Basilio de Cesárea (+379 aprox) y Gregorio de Nisa (335-394?) y su amigo Gregorio de Nacianzo (+389-390).
|
|
![]() |
||
| San Juan Crisóstomo | |||
Antioqueno de nacimiento y formación, San Juan Crisóstomo «Boca de oro»— (344-407) ha sido considerado por la Iglesia griega como su mejor orador y un exegeta eminente, que comentó numerosos libros de la Biblia. Obispo de Constantinopla durante seis años, sus célebres homilías le acarrearon la enemistad de la emperatriz Eudoxia, y en consecuencia, la pérdida de la sede y el destierro hasta la muerte.
El doctor egipcio más ilustre del siglo V fue sin duda San Cirilo, obispo de Alejandría (412-444); Cirilo mantuvo la doctrina ortodoxa frente a Nestorio y, por su defensa del título de Madre de Dios para la Virgen, ha de considerarse como el principal mariólogo entre todos los Padres de la Iglesia. Su influencia fue decisiva en el concilio de Efeso, donde se definió —como ya se ha dicho— la Maternidad divina de María.
![]() |
|||
| San Ambrosio | |||
El primero de los grandes Padres occidentales fue, por encima de cualquier otra consideración, un personaje histórico de gran relieve: San Ambrosio (333-397), que desarrolló una notable actividad literaria de exégesis bíblica y predicación, pero estuvo, además, en el centro de la actualidad, en una apoca singularmente conflictiva y difícil.
Ambrosio fue un genuino romano, y esa cualidad se deja sentir tanto en su brillante carrera civil como en su gobierno pastoral de obispo de Milán, a cuya sede fue elevado por aclamación popular, siendo todavía simple catecúmeno.
Correspondió a San Ambrosio el honor de administrar el bautismo a quien habría de ser el mayor de los Padres occidentales, San Agustín.
Le tocó en suerte también ser amigo y consejero de tres emperadores y excomulgar a uno de ellos —Teodosio el Grande— por la matanza de Tesalónica; pero a su muerte hizo de él un impresionante elogio fúnebre, tan sentido como la oración que pronunciara años antes en memoria de su antecesor Valentiniano II.
La fama de Ambrosio trascendió a su sede episcopal —Milán—, cuyo prestigio se acrecentó considerablemente, no sólo en Italia del Norte, sino también en otras regiones del Occidente latino.
El Occidente romano dio también a la historia cristiana su más insigne cultivador de la Sagrada Escritura: el dálmata Eusebio Jerónimo (342-420). Merece la pena destacar que Jerónimo, como la mayoría de los Padres de la Iglesia, no vivió una existencia recoleta, consagrada a los estudios y de espaldas a las realidades de su tiempo. Antioquía y Constantinopla, Tréveris y Roma fueron sucesivas residencias de San Jerónimo, que terminó por establecerse en Belén, la ciudad natal de Jesús.
Jerónimo fue también algo muy distinto a un erudito intelectual o un puro hombre de estudio. Polemista apasionado, promovió con entusiasmo el ascetismo en su labor de dirección espiritual de nobles damas de la aristocracia romana.
Su obra como historiador y exegeta es muy notable; mas su gran legado ha sido la traducción de numerosos libros de la Biblia, directamente del hebreo o arameo al latín. Esta versión es la célebre Vulgata, cuya «autenticidad», declarada por el Concilio de Trento, significa que en materia de fe y costumbres está exenta de error. A Jerónimo se debe también la primera historia de la literatura cristiana: los «Varones ilustres», que fue continuada por Genadio de Marsella.
![]() |
|||
| San Agustín de Hipona | |||
El principal Padre de la Iglesia y una de las figuras cumbres de la historia cristiana, y aun de toda la humanidad, fue el africano Aurelio Agustín (354-430). Sus «Confesiones» —autobiografía espiritual desde la infancia hasta su conversión— es una obra maestra de la literatura universal, que conserva intacta su modernidad a través de los siglos e interesa al lector de todos los tiempos.
San Agustín comentó el Antiguo y el Nuevo Testamento y trató los grandes temas de la Teología, que gracias a su aportación experimentó decisivos avances. Hombre de su época, Agustín se interroga acerca de los acontecimientos históricos que se sucedían ante sus ojos, y en especial la ruina del Imperio romano de Occidente, abatido por las invasiones bárbaras, justamente cuando había llegado a ser un Imperio cristiano.
Los paganos interpretaban estas desgracias de Roma como un castigo de los dioses, por haber abandonado la vieja religión. Agustín escribió en respuesta «La Ciudad de Dios», ensayo de Teología de la Historia y tratado de Apologética, en el cual se pregunta por el sentido de los tiempos y el plan de la Providencia divina.
En su ancianidad, experimentó de cerca la inclemencia del tiempo que le tocó conocer y murió en su ciudad episcopal de Hipona, cercada por los vándalos. El título de Doctor gratiaecon el que es conocido en la historia de la Teología recuerda especialmente el largo esfuerzo desplegado por él para combatir la doctrina racionalista de Pelagio sobre la gracia. La Iglesia de Occidente cuenta también entre sus Padres a dos papas a los cuales la historia les atribuye el apelativo de «Magno»: León y Gregorio.
![]() |
|||
| San Leon Magno | |||
León I —tal como se ha visto— contribuyó de modo sustancial a la formulación del dogma cristológico.
La teología del Primado romano y su fundamentación escriturística en el Primado conferido por Cristo a Pedro se debe igualmente en buena parte a San León.
El otro papa «grande», Gregorio (540-604), es ya un romano proyectado hacia el Medievo. Mucho había cambiado el mundo en pocos siglos: si el contexto histórico del primer gran Padre de la Iglesia, Atanasio, fue el Imperio constantiniano, el horizonte vital de Gregorio Magno —tanto o más que la lejana Constantinopla— era la Italia longobarda, la España visigoda y la Francia merovingia.
Las obras de Gregorio —los «Morales» o los «Diálogos»— las leerán con avidez los hombres de la Edad Media; y el canto «gregoriano» se conservó vivo en la Iglesia hasta nuestros días.
Un español —San Isidoro de Sevilla (636)— puede considerarse en rigor como el último Padre occidental. Sus «Etimologías» fueron la primera enciclopedia cristiana, y su misión, la de ser el maestro del Occidente medieval, al que hizo llegar las riquezas de la sabiduría de la Antigüedad.
El período romano-cristiano revistió extraordinaria importancia desde el punto de vista doctrinal. Liberada la Iglesia, llegó el momento histórico de formular con precisión la doctrina ortodoxa acerca de algunas cuestiones fundamentales de la fe cristiana: la Santísima Trinidad, el Misterio de Cristo y el problema de la Gracia. La definición del dogma católico se llevó a cabo en medio de recias batallas teológicas frente a herejías que produjeron escisiones en el seno de la Iglesia, algunas de las cuales todavía perduran.
Instrumento fundamental de esta tarea fueron los concilios ecuménicos. Ocho concilios ecuménicos, reunidos entre los siglos IV y IX, integran el primer ciclo de la historia conciliar de la Iglesia. Fueron éstos, por orden cronológico: el I de Nicea (325), que definió la consustancialidad del Hijo con el Padre; el Concilio I de Constantinopla definió la divinidad del Espíritu Santo (381).
El Concilio de Éfeso (431) proclamó la maternidad divina de María; el de Calcedonia (451) definió la doctrina de las dos naturalezas en la única persona de Cristo. El Concilio II de Constantinopla (553) condenó como nestoriana la doctrina de los tres capítulos, y el III de Constantinopla (680-681) formuló la doctrina de las dos voluntades en Cristo.

En los dos primeros concilios quedó definida la doctrina teológica sobre la Santísima Trinidad y los cuatro siguientes formularon las verdades cristológicas fundamentales. Todavía se celebraron otros dos concilios ecuménicos en Oriente: el II de Nicea (787), que formuló la doctrina ortodoxa sobre el culto a las imágenes, y el IV de Constantinopla (869-870), que puso término al cisma de Focio y que los griegos no reconocen como ecuménico. Examinemos más despacio, dentro de su contexto histórico y doctrinal, los seis primeros concilios, que definieron las doctrinas trinitaria y cristológica.
La formulación del dogma trinitario fue la gran empresa teológica del siglo IV, y la ortodoxia católica tuvo al Arrianismo como adversario. El Arrianismo enlazaba con ciertas antiguas doctrinas que ponían el acento de modo exagerado y unilateral sobre la unidad de Dios, hasta el punto de destruir la distinción de Personas en la Santísima Trinidad —«Sabelianismo»— o de «subordinar» el Hijo al Padre, haciéndole inferior a Éste —«Subordinacionísmo»—.
Un Subordinacionismo radical inspiraba las enseñanzas del presbítero alejandrino Arrio (256-336), que no sólo hacía al Hijo inferior al Padre, sino que negaba incluso su naturaleza divina. La unidad absoluta de Dios proclamada por Arrio llevaba a considerar al Verbo tan sólo como la más noble de las criaturas, no Hijo natural, sino adoptivo de Dios, al que de modo impropio era lícito llamar también Dios.
La doctrina arriana revelaba un claro influjo de la filosofía helenística, con su noción del Dios supremo —el Summus Deus— y un concepto del Verbo muy afín al Demiurgo platónico, ser intermedio entre Dios y el mundo, y artífice, a la vez, de la creación. La relación existente entre Arrianismo y filosofía griega explica su rápida difusión y la favorable acogida que encontró entre los intelectuales racionalistas impregnados de helenismo.
Las consecuencias del Arrianismo para la fe cristiana eran gravísimas y afectaban al dogma de la Redención, que habría carecido de eficacia si el Verbo encarnado —Jesucristo— no fuera verdadero Dios. La Iglesia de Alejandría advirtió la trascendencia del problema y, tras intentar disuadir a Arrio de su error, procedió a condenarle en un sínodo de obispos de Egipto (318). Pero el Arrianismo se había convertido ya en un problema de dimensión universal que requirió la convocatoria del primer concilio ecuménico de la historia cristiana.
El Concilio I de Nicea (325) significó un triunfo rotundo para los defensores de la ortodoxia, entre los cuales destacaban el obispo español Osio de Córdoba y el diácono —luego obispo— de Alejandría, Atanasio. El concilio definió la divinidad del Verbo, empleando un término que expresaba de modo inequívoco su relación con el Padre: homoousios, «consustancial». El «Símbolo» niceno proclamaba que el Hijo, Jesucristo, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado» es «consustancial» al Padre.
La victoria de la ortodoxia en Nicea fue seguida, sin embargo, por un «posconcilio» de signo radicalmente opuesto, que constituye uno de los episodios más sorprendentes de la historia cristiana.
El partido fiíoarriano, dirigido por el obispo Eusebio de Nicomedia, logró alcanzar una influencia decisiva en la Corte imperial, y en los años finales de Constantino, y durante los reinados de varios de sus sucesores, pareció que el Arrianismo iba a prevalecer: los obispos nicenos más ilustres fueron desterrados y —según la gráfica frase de San Jerónimo— «la tierra entera gimió y descubrió con sorpresa que se había vuelto arriana».
Desde mediados del siglo IV, el Arrianismo se dividió en tres facciones: los radicales «anomeos», que hacían hincapié en la desemejanza del Hijo con respecto al Padre; los «homeos», que consideraban al Hijo homoios—es decir, semejante— al Padre; y los llamados semiarrianos —los más próximos a la ortodoxia—, para los cuales el Hijo era «sustancialmente semejante» al Padre.
La obra teológica de los llamados «Padres capadocios» desarrolló la doctrina nicena y atrajo a muchos seguidores de las tendencias más moderadas del Arrianismo, que en breve tiempo desapareció del horizonte de la Iglesia universal, para sobrevivir tan sólo como la forma de Cristianismo profesada por la mayoría de los pueblos germánicos invasores del Imperio. La teología trinitaria fue completada en el Concilio I de Constantinopla con la definición de la divinidad del Espíritu Santo, frente a la herejía que la negaba: el Macedoníanismo.

De este modo, antes de finalizar el siglo IV, la doctrina católica de la Santísima Trinidad quedó fijada en su conjunto en el «Símbolo niceno-constantinopolitano». Había, sin embargo, un aspecto de la teología trinitaria no declarado expresamente en el Símbolo: las relaciones del Espíritu Santo con el Hijo. Este punto daría lugar más tarde a la célebre cuestión del Filioque, destinada a convertirse en manzana de discordia entre el Oriente y el Occidente cristianos.
Definida ya la doctrina de la Santísima Trinidad, la teología hubo de plantearse de modo inmediato el Misterio de Cristo, no en relación con las otras Personas divinas, sino en sí mismo. La cuestión fundamental era, en sustancia, ésta: Cristo es «perfecto Dios y perfecto hombre»; pero ¿cómo se conjugaron en Él la divinidad y la humanidad? Frente a esa pregunta, las dos grandes escuelas teológicas de Oriente adoptaron posiciones contrapuestas.
La escuela de Alejandría hizo hincapié en la perfecta divinidad de Jesucristo: la naturaleza divina penetraría de tal modo a la humanidad —como el fuego al hierro candente— que se daría una unión interna, una «mezcla» de naturalezas. La escuela de Antioquía insistía, por el contrario, en la perfecta humanidad de Cristo. La unión de las dos naturalezas en Él sería tan sólo externa o moral: por ello, más que de «encarnación» habría que hablar de «inhabítación» del Verbo, que «habitaría» en el hombre Jesús como en una túnica o en una tienda.
La cuestión cristológica se planteó abiertamente cuando el obispo Nestorio de Constantinopla, de la escuela antioquena, predicó públicamente contra la Maternidad divina de María, a la que negó el título de Theotokos—Madre de Dios—, atribuyéndole tan sólo el de Christotokos—Madre de Cristo—. Se produjeron tumultos populares, y el patriarca de Alejandría, San Cirilo, denunció a Roma la doctrina nestoriana. El papa Celestino I pidió a Nestorio una retractación, que éste rehusó prestar.
El Concilio de Éfeso (431), reunido entonces por el emperador Teodosio II, tuvo un desarrollo muy accidentado, por la rivalidad entre obispos alejandrinos y antioquenos. Mas al final hubo acuerdo y se compuso una profesión de fe en la que se formulaba la doctrina de la «unión hipostática» de las dos naturalezas en Cristo y se llamaba a María con el título de Madre de Dios.
Nestorio fue depuesto y desterrado; grupos de partidarios suyos subsistieron, sin embargo, en el Cercano Oriente y constituyeron una Iglesia nestoriana que, durante muchos siglos, desarrolló una importante obra misional por tierras de Asia.
El Patriarcado de Alejandría había alcanzado creciente poder en la primera mitad del siglo V y varios de sus obispos intervinieron activamente en asuntos internos de la propia Iglesia de Constantinopla. Ocurrió, además, que tras la muerte de San Cirilo, las tendencias extremistas se impusieron en Alejandría.
La doctrina de Éfeso de las dos naturalezas en la única persona de Cristo pareció insatisfactoria a los teólogos alejandrinos, por entender que dos naturalezas equivalía a dos personas; y afirmaron que en Cristo no habría más que una naturaleza, puesto que en la Encarnación la naturaleza humana había sido absorbida por la divina.
Esta doctrina —Monofisísmo— la anunció en Constantinopla el archimandrita Eutiques, que fue privado de su oficio por el patriarca Flaviano. Intervino entonces el patriarca de Alejandría, Dióscuro, que consiguió el apoyo del emperador Teodosio II. Un concilio reunido en Éfeso (449), bajo la presidencia de Dióscuro, se celebró bajo el signo de la violencia.
El patriarca de Constantinopla fue depuesto y desterrado; se impidió la lectura de la epístola dogmática del Papa dirigida a Flaviano, de que eran portadores los legados pontificios, y se condenó la doctrina de las dos naturalezas en Cristo. El papa León Magno bautizó a esa asamblea con un apelativo que ha pasado a la historia: el «latrocinio de Éfeso».
Tan pronto como los emperadores Pulquería y Marciano sucedieron a Teodosio II, el papa León pidió la reunión de un nuevo sínodo ecuménico: fue el Concilio de Calcedonia (451). El concilio se adhirió de modo unánime a la doctrina cristológica contenida en la epístola de León Magno a Flaviano: «Pedro ha hablado por boca de León», aclamaron los padres. La profesión de fe que se redactó reconocía las dos naturalezas en Cristo, «sin que haya confusión, ni división, ni separación entre ellas».
Pero el Monofisismo, lejos de desaparecer, echó raíces profundas en varias regiones de Oriente, y en particular Egipto, donde se tomó como bandera secesionista frente al Imperio. La condena del Monofisismo fue entendida como un ataque a su Iglesia y a las tradiciones de Atanasio y Cirilo. Un Patriarcado monofisita —que tenía tras de sí a los monjes y a la población indígena copta— surgió en Alejandría, frente al Patriarcado «melquita» o imperial.
Este contexto histórico explica los esfuerzos de los siguientes emperadores por hallar fórmulas de compromiso que, sin contradecir el Símbolo de Calcedonia, pudieran ser aceptables para los monofisitas y asegurasen la fidelidad de estas poblaciones al Imperio. En esta línea estuvo el Henotikon—edicto del emperador Zenón (482)— y la famosa cuestión de los «Tres Capítulos», promovida por Justiniano, que no logró sus propósitos y produjo, en cambio, reacciones desfavorables en Occidente.
La tentativa más importante fue la patrocinada por el emperador Heraclio, esforzado defensor del Oriente cristiano frente a persas y árabes. El patriarca de Constantinopla, Sergio, pensó que, sin negar la doctrina calcedonense de las dos naturalezas, podía afirmarse que, en virtud de la unión hipóstática, existió en Cristo una sola «energía» humano-divina -Monoenergismo— y que Cristo tuvo una sola voluntad —Monotelismo—.
Heraclio sancionó esta doctrina por el decreto dogmático Ecthesis(638). La Ecthesis no solucionó nada, ni religiosa ni políticamente. Los monofisitas la rechazaron y en muy breve tiempo Palestina, Siria y Egipto cayeron en poder de los árabes.
La cuestión cristológica llegó a su término cuando el Concilio III de Constantinopla (680-681) —sexto de los ecuménicos—, sobre la base de las cartas enviadas por el papa Agatón, completó el Símbolo de Calcedonia, con una expresa profesión de fe en las dos energías y dos voluntades en Cristo. El Cristianismo monofisita ha perdurado hasta hoy en: Egipto y Etiopía.
Fuente: José Orlandis (Historia de la Iglesia, 2001)
Los primeros Concilios en la historia de la Iglesia - De los siglos I al VI
Oliver Goldsmith
Tu punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te pueda o deba aconsejar algo, o que pueda estimularte a ser generoso. La cuestión clave es a qué te llama Dios, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino Dios.
Debes hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios.
En el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir explicacionesa Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras personas.
Veo que lo hace en bastantes casos recogidos en el Evangelio, en los que llama a través de otras personas. Fue Andrés quien condujo hasta Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en que «no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia.»
Lo normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: «Cree usted, señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». El profesor Berglar se volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio de una larga conversación. Y comienzo también de un largo proceso interior que le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre, un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado cristiano.
Como ha señalado Benedicto XVI, la clave está en que cada uno intente reconocer cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está ahí, para él.
La vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón, y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta sobre su propia vocación, «tengoque empezar por decir que es imposible explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo. ¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana, ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote.»
Te contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en 1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.»
Te contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en 1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.»
El discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos alcanzar amistad con Dios en cuanto le abrimos nuestra alma. El ejemplo del Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios se vuelca.
Fuente:Alfonso Aguiló interrogantes.net
Al entrar en la Piazza Della Rotonda, el Panteón se alza de improviso ante los ojos del visitante, como si su mole de piedra gris emergiera incólume de la profundidad de los siglos. Es quizá el edificio mejor conservado de la antigua Roma, y su enorme cúpula constituye un alarde arquitectónico sin parangón.
Pero lo más impresionante viene cuando uno atraviesa el pórtico de vetustas columnas, penetra entre las abiertas puertas de bronce y llega al interior del templo. Descubre allí la inesperada maravilla de la luz, que afluye desde la redonda abertura del techo, resbala por las paredes cilíndricas e invade todo el espacio con su serenidad dorada, llena de majestad y reposo.
El Panteón, como su nombre indica, era el templo que los romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses. En la forma que ha llegado hasta nuestros días, fue construido bajo Adriano, entre los años 118 y 128 de nuestra era.
Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido en gran parte evangelizado, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y en el año 609 el Papa Bonifacio IV lo transformó en la iglesia de Santa María ad Martyres. A partir de entonces, el templo fue también un gran relicario, porque el Papa quiso que custodiase los restos de millares de cristianos, muchos de ellos mártires, que hasta ese momento se encontraban en las catacumbas.
En esa época ya tardía, casi en los albores de la Edad Media, la dedicación del antiguo Panteón pagano a los mártires ponía de manifiesto en qué alto grado la Iglesia se reconocía deudora de quienes habían sido testigos de Cristo hasta el extremo de entregar su vida por la fe. Niños como Tarsicio, vírgenes como Inés y Cecilia, madres de familia como Perpetua, ancianos como Policarpo… habían sido, en su debilidad, más fuertes que todas las legiones; habían triunfado, como el Maestro, en la locura de la Cruz, y por eso merecían ser cantados y venerados en los siglos sucesivos.
En la historia de la Iglesia son muy numerosos los santos que han pasado al menos una temporada en Roma y se han distinguido por su devoción a los mártires. Un ejemplo es Santa Catalina de Siena, que residió en la Ciudad Eterna al final de su vida y gustaba de ir a rezar ante las memorias de los Apóstoles y de los primeros cristianos que habían dado su vida por la fe.
Santa Catalina había acudido a Roma a ruegos del Papa Urbano VI, necesitado de su oración y consejo ante la gravísima crisis del Cisma de Occidente. La santa residía en una casa situada muy cerca del Panteón, acompañada por más de veinte caterinati (así llamaban a sus discípulos) que la habían seguido desde Siena.
En la Urbe, Catalina siguió entregándose de lleno al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice: por invitación de Urbano VI, habló durante un consistorio a los cardenales, instándoles a confiar en el Señor y a estar firmes en la defensa de la verdad; escribió cartas a los reyes de los principales países de Europa, para convencerles a reconocer al único y verdadero Vicario de Cristo; también se dirigió –con su estilo persuasivo, lleno de fuego- a varias personalidades de la cristiandad de aquel tiempo, animándoles a que acudieran a Roma per fare muro, para hacer muro en torno al Papa; y pacificó a los mismos habitantes de Roma cuando, a causa de las intrigas urdidas por los cismáticos, se produjeron tumultos en la ciudad.
Y, por encima de todo, Catalina se dedicó a rezar. Ella misma describió en una carta escrita pocos meses antes de morir, cuando ya estaba gravemente enferma, cómo eran sus jornadas: “Cerca de las nueve, cuando salgo de oír Misa, veréis andar una muerta camino de San Pedro y entrar de nuevo a trabajar (orando) en la nave de la Santa Iglesia. Allí me estoy hasta cerca de la hora de vísperas. No quisiera moverme de allí ni de día ni de noche, hasta ver a este pueblo sumiso y afianzado en la obediencia de su Padre, el Papa”.

Santa Catalina hacía suyos los sufrimientos de la Iglesia en aquellas horas difíciles. En Roma, el Señor quiso aceptar el ofrecimiento de su vida por la Iglesia, que la santa le había reiterado en muchas ocasiones.
Así, agotada por el dolor que oprimía su corazón a causa del cisma que desgarraba el Cuerpo Místico de Cristo, y padeciendo además graves dolencias físicas, entregó su alma a Dios rodeada de sus discípulos, a los que no se cansaba de recomendar que viviesen la caridad fraterna y que también ellos estuviesen dispuestos a dar la vida por la Iglesia.

Detrás del Panteón, y muy cerca de la calle donde vivía Santa Catalina, se encuentra la iglesia de Santa María sopra Minerva, donde reposan sus sagrados restos, en una sarcófago situado bajo el altar mayor. Esta iglesia –la única de estilo gótico en Roma- conserva en su interior gran cantidad de obras de arte de autores muy reconocidos, pero desde finales del siglo XIV ha sido visitada ante todo por fieles deseosos de acudir a la intercesión de la gran santa de Siena.

El mantenimiento de www.primeroscristianos.com con su boletín de novedades, es posible gracias a la aportación económica de numerosas personas e instituciones, puesto que los ingresos por publicidad son reducidos.
No importa que sean donativos de poca cuantía si colaboramos muchos: cualquier cantidad, por pequeña que parezca, es muy bienvenida.
Para hacer su aportación tiene varias posibilidades:
Desde España: 2100 3814 64 0200069582
Desde fuera de España:
International Banking Account Number (IBAN)
ES95 2100 3814 6402 0006 9582
Bank Identification Code (BIC)
CAIXAESBBXXX
%20var%20addy62060%20=%20%27administrador%27%20+%20%27@%27;%20addy62060%20=%20addy62060%20+%20%27primeroscristianos%27%20+%20%27.%27%20+%20%27com%27;%20document.write%28%27%3Ca%20%27%20+%20path%20+%20%27%5C%27%27%20+%20prefix%20+%20%27:%27%20+%20addy62060%20+%20%27%5C%27%3E%27%29;%20document.write%28addy62060%29;%20document.write%28%27%3C%5C/a%3E%27%29;%20//--%3E%5Cn%20%3C/script%3E%3Cscript%20type=%27text/javascript%27%3E%20%3C%21--%20document.write%28%27%3Cspan%20style=%5C%27display:%20none;%5C%27%3E%27%29;%20//--%3E%20%3C/script%3EEsta%20direcci%C3%B3n%20de%20correo%20electr%C3%B3nico%20est%C3%A1%20protegida%20contra%20spambots.%20Usted%20necesita%20tener%20Javascript%20activado%20para%20poder%20verla.%20%3Cscript%20type=%27text/javascript%27%3E%20%3C%21--%20document.write%28%27%3C/%27%29;%20document.write%28%27span%3E%27%29;%20//--%3E%20%3C/script%3E"> administrador@primeroscristianos.com
Colegio Mayor Mendaur
Campus Universitario s/n
31009 Pamplona
España
Indicando para "Primeros Cristianos" y una dirección para acusar y agradecer el recibo, si se desea.
|
|
“Se percibe un interés creciente por la vida de los primeros cristianos” ENTREVISTA A FRANCISCO MARTÍ GILABERT , TEÓLOGO E HISTORIADOR. El Papa Benedicto XVI , una vez concluida su catequesis sobre algunos testigos del cristianismo naciente mencionados en los escritos del Nuevo Testamento, ha comenzado a presentar a los a los padres apostólicos, es decir, a la primera y segunda generación de la Iglesia, después de los apóstoles. Con este motivo Francisco Martí Gilabert, sacerdote, historiador y colaborador de www.primeroscristianos.com, hace balance de lo que han supuesto estas intervenciones del Pontífice y su repercusión.
¿Por qué esta catequesis de Benedicto XVI? Da la impresión de que el Papa tiene interés en recordar públicamente la vida de los primeros seguidores de Cristo, con el fin de que sean faro y referencia para los cristianos de hoy. En algunos aspectos, las circunstancias de algunas sociedades del siglo XXI se parecen a las que encontraron los primeros cristianos. Me refiero, por ejemplo, a la dificultad para entender conceptos como servicio y sacrificio, a la tendencia a la frivolidad o la búsqueda del placer como fin en sí mismo. Entonces y ahora, el mensaje de la Cruz es escándalo y locura. Pienso que Benedicto XVI quiere poner ante nuestro ojos el estupendo ejemplo de compromiso con la fe y con la sociedad de aquellos primeros cristianos. Es un estímulo para vivir de forma más coherente la fe en nuestros días. ¿Fueron realmente personas tan heroicas? Basta pensar en los mártires, para entender el nivel de su heroísmo. De todos modos, pienso que no es adecuado atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. No podemos olvidar que la mayoría de las primeras comunidades cristianas no vio ningún signo extraordinario. La fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe y la alegría con que expresaban su amor a Cristo. También hoy se producen milagros, desde luego. Y uno de ellos es el milagro del apostolado: la fuerza transformadora del testimonio cristiano. Benedicto XVI nos está diciendo que, ante el deterioro del ambiente moral no hemos de reaccionar con resignación y tristeza, sino con esperanza y caridad. ¿Qué balance haría de estas intervenciones delSanto Padre? Esta catequesis del Papa hace que en la Iglesia resurja el interés por volver a las raíces, beber en las fuentes de nuestra propia identidad. Saber de dónde venimos nos ayuda a saber quiénes somos.
|
||||||