Entender qué quiere decir la Escritura, para los cristianos de hoy, no es cuestión que pueda darse por descontada, puesto que hay varias corrientes interpretativas. Las indicaciones de Orígenes, desde el siglo III, nos ayudan a hacerlo como fue en el principio.

Sonia Ortega Sandeogracias. Colaboradora del Máster de Estudios Bíblicos en UNIR

 

El problema hermenéutico sobre la correcta interpretación de la Sagrada Escritura apareció en el horizonte del siglo XIX con la corriente racionalista. Sus supuestos filosóficos parten de la separación entre la res extensa y la res cogitans, una distinción que desembocó en la fractura entre la fe y la razón. Las consecuencias se prolongan hasta nuestros días, y son problemáticas, como ha señalado, entre otras, la voz del Magisterio de la Iglesia.

Los numerosos métodos de estudio hermenéutico, sus planteamientos, sus objetivos, sus conclusiones, a veces nos hacen perder la verdadera esencia de la Sagrada Escritura. Nuestra propuesta es alzar la mirada hacia los primeros siglos y contemplar cómo Orígenes (184-253), que dirigió la escuela cristiana de Alejandría, nos presenta ese mensaje nuclear de la Biblia.

  1. La Sagrada Escritura como fundamento de la vida cristiana. La primera enseñanza de Orígenes es que la lectura de la Sagrada Escritura es un pilar de la vida cristiana. así, el hombre virtuoso es aquel que no solamente practica la virtud, sino que ama y medita día y noche la Palabra de Dios:

Quien no combate en lucha y no es moderado con respecto a todas las cosas, y no quiere ejercitarse en la palabra de Dios y meditar día y noche en la Ley del Señor, aunque se le pueda llamar hombre, no puede, sin embargo, decirse de él, que es un hombre virtuoso” (In Nm. Hom. XXV, 5).

 

  1. Estudio histórico-crítico. Aunque parece que los métodos científicos aplicados al estudio bíblico surgen con la modernidad, Orígenes se adelantó a ellos. Su amor por la Escritura le condujo a estudiarla con una profundidad sin precedentes. En sus viajes se relacionaba con maestros judíos que le explicaban la lengua hebrea y debatía con ellos acerca del canon de los libros sagrados. Se dio cuenta de que los judíos no aceptaban pasajes del Antiguo Testamento que los cristianos sí. Ante esta pluralidad textual, decidió componer las Hexaplas, una obra única en la que coloca en columnas paralelas todo el Antiguo Testamento, en seis versiones (Hebreo, su transcripción al griego, y lsa versiones de Aquila, Símaco, LXX y Teodición). En ellas, marca con asteriscos y óbelos los pasajes discutidos por los judíos.

 

  1. Dedicación y esfuerzo. El acercamiento a la Biblia requiere invertir tiempo y esfuerzo; porque solo la lectura continua de la palabra, conducirá a una profundización:

Para quien se dispone a leer (la Escritura), está claro que muchas cosas pueden tener un sentido más profundo que lo que parece a primera vista, y este sentido se manifiesta en aquellos que se aplican al examen de la Palabra en proporción al tiempo que se dedica a ella, y en proporción a la entrega en su estudio (ascesis)” (Contra Celsum, VII,60).

 

  1. Tres dimensiones de la Sagrada Escritura. Aunque en no siempre sigue este esquema, para Orígenes, la Sagrada Escritura contiene tres niveles o dimensiones de comprensión: el primero es el sentido “literal”, el que percibimos directamente, la letra; el segundo es el del sentido “moral”:  que señala qué debemos hacer para vivir la palabra; y, por último, el sentido “espiritual” la esencia, la verdad oculta. Su hermenéutica es coincidente con su concepción antropológica, el hombre compuesto de cuerpo, alma y espíritu.

 

  1. Exégesis alegórica no tipológica. En Orígenes están presentes todos los tipos de exégesis, la literal, la alegórica-tipológica, la alegórica no tipológica. Pero hay una clara preferencia por esta última. La verdadera labor del exegeta es abandonar el significado básico literal, para ir ascendiendo, por medio de la alegoría, hacia la verdad eterna del Evangelio. Coincide con Hipólito e Ireneo en que en la Sagrada Escritura encontramos “tipos”, pero piensa que fallan por el contenido de las figuras. Para ellos el contenido del tipo sigue siendo histórico mientras que para Orígenes debía ser sólo noético. Orígenes escapa de la historia y los otros permanecen en la historia. 

 

  1. El Espíritu Santo. Si el cristiano desea conocer el sentido espiritual de la Sagrada Escritura, necesitará la ayuda del Espíritu Santo, verdadero autor de la misma. Es el Espíritu el que realiza la unidad de ambos testamentos, el que inspira a los autores y editores para escribir y comprender el plan unitario de Dios, y por lo tanto, el que se explica en la historia sagrada. Por eso, en cualquier interpretación que queramos llevar a cabo es necesario rezar y suplicar la ayuda divina, porque Él nos dará la clave de comprensión que nos abre el camino hacia la dimensión espiritual e interior de la Palabra. Así, el entendimiento e interpretación de la palabra es una gracia que suplicar a Dios:

Para explicar tales cosas no debemos contar solamente con la fuerza del ingenio humano, sino que debemos esforzarnos en rezar y suplicar a Dios” (1,1).

 

  1. Unidad entre los dos Testamentos. El Nuevo Testamento es la exégesis del Antiguo y Cristo es la clave de toda la Sagrada Escritura. La Escritura es una gran encarnación donde la letra hace a la vez de la carne. Sin Cristo, uno se pierde en las Escrituras. Tanto en los autores alejandrinos como en los asiáticos, el plano hermenéutico y el cristológico se corresponden.

 

  1. Edificación de los oyentes. Sus enseñanzas están dirigidas a la Iglesia, dirigidas para la edificación de quien las escucha. Es necesario que el que se ha convertido a Cristo, profundice en los textos sagrados, para poder alcanzar el verdadero significado espiritual de los mismos.

 

La exégesis en Orígenes encuentra inseparablemente unidad a la contemplación y la predicación. Aunque se esfuerza en estudiarla, con todos los medios a su alcance, su comprensión excede el método. Nos transmite, con su modo de leerla, que la Escritura es el “pan de los cristianos”, nuestro pan de cada día.

Sonia Ortega, Colaboradora del Máster de Estudios Bíblicos en UNIR