Cristo es el verdadero y definitivo Templo de Dios

El centro religioso del judaísmo era el edificio del Templo de Jerusalén, porque custodiaba el Arca de la Alianza y allí se concentraba la presencia de Dios. El cristianismo declara el culto espiritual, en cualquier lugar donde el cristiano esté unido al Señor. Vemos algunos pasos de la configuración de este culto espiritual.

Andrés María García Serrano

 

El Templo de David y Salomón era la máxima institución judía y adquirió aún más esplendor con el Templo de Herodes el Grande, del tiempo de Jesús. Aún se conservan algunas de las piedras herodianas que nos muestran la grandeza y belleza del centro de la espiritualidad judía.

Se trataba del lugar de la presencia de Dios, puesto que en el sancta sanctorum se conservaba el arca de la alianza, lugar del encuentro del hombre con Dios. Salomón dice a Dios mismo en 2 Cron 5,9: “Yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre. Es el lugar santo porque en él habita el Señor y el hombre se puede encontrar con Él. (…) ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio!” (1 Reyes 8,28-30). Esta presencia de Jhwh hacía del Templo el lugar del que brotaba la vida, como muy bien muestra el profeta Ezequiel:

“Del zaguán del Templo manaba agua hacia levante (…)desembocará en el mar de las aguas salobres y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales” (Ez 47,1-2.8-9.12).

 

Ahora bien, pronto surgieron voces críticas contra este Templo meramente construido por hombres. “Si no cabes en el cielo, ¡cuánto menos en este Templo que he construido!”, dice Salomón en 1 Reyes 8,23. A esta crítica puede referirse Jesús cuando habla de un nuevo y definitivo Templo, su propio cuerpo:

“‘Destruid este Templo, y en tres días lo levantaré’. Los judíos replicaron: ‘Cuarenta y seis años ha costado construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?’ Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había predicho” (Jn 2,18-22).

 

Cristo es el verdadero y definitivo Templo de Dios, no hecho por mano de hombre. El que está con Cristo se encuentra con Dios y de él brota la realización plena del agua viva que salía del Templo de Jerusalén: “Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva” (Jn 7,37-38).

Este tema está muy bien representado en un mosaico del siglo XI, el de la iglesia de san Clemente, de Roma. Aunque es posterior a la fecha de la que estamos hablando, la imagen es muy representativa, y se encuentra en un lugar emblemático de la Ciudad Eterna. La actual basílica medieval está edificada, en efecto, sobre las ruinas de una de las primeras casas en las que se reunían los cristianos.

 

Mosaico del ábside de la iglesia de san Clemente en Roma, siglo XII d. C. Fuente: WIKIPEDIA.
Representa bien la idea de que el cuerpo de Cristo, entregado por la salvación de toda la humanidad, es la fuente a la que acudir para encontrar la vida de Dios.

 

La primera evangelización cristiana consideró, a la luz de la fe, que el Templo de Jerusalén había cumplido su misión. Así, el primer mártir, Esteban, aludió a esta verdad: “El Altísimo no habita en edificios construidos por hombres […]. ¿Qué Templo podéis construirme –dice el Señor-, o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto?’” (Hch 7,44-50; citando Is 66,1). Y Pablo hace lo propio en Hch 17,24-24.

Sacando las consecuencias, Pablo muy pronto afirmó que el cristiano, unido a Cristo, se convierte también en Templo: “Hermanos: sois Templo de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. (…) El Templo de Dios es santo: ese Templo sois vosotros” (1 Cor 3,9c-11.16-17).

El que vive en Cristo, él mismo se convierte en Templo de Dios para sí mismo y para otros. En la medida en la que participamos de Cristo, nuestro cuerpo mismo se convierte en Templo de Dios. En virtud del bautismo nos convertimos en “piedras vivas, entramos en la construcción de un Templo del Espíritu” (1 Pedro 2,4-5), edificamos con nuestra libertad el Templo de Dios. El cristiano, lavado en su cuerpo por medio del bautismo, se convierte en casa de oración, en presencia de Dios, en gracia de Dios para sí mismo y para los demás.

Esta conciencia se extendió pronto entre los primeros cristianos, como muestra el origen del cristianismo narrado en los Hechos de los Apóstoles. Muy pronto, el lugar de reunión de los primeros cristianos cambió del Templo de Jerusalén a las casas en las que habitaban los cristianos.  Éstas adquirieron las características del Templo judío, lugar de oración, de gracia y encuentro con Dios, y se enriquecieron con otras nuevas: la fracción del pan y la recepción del bautismo y del Espíritu. En las actas de Justino Mártir, encontramos el interrogatorio del prefecto a Justino antes de su martirio:

“El prefecto Rústico dijo: ‘¿Dónde os reunís?’ Justino respondió: ‘Donde cada uno puede, donde vivimos’. El prefecto Rústico insistió: ‘Vamos, ¿dónde os reunís? ¿En qué lugar?’” (3,1-3).

Los paganos no eran capaces de comprender el hecho de que los cristianos no tuvieran sus correspondientes templos, altares, etc. Sin embargo, los primeros cristianos no hablan de Templos, ni tampoco de edificios de culto. El lugar que permite a los cristianos reunirse y encontrarse y hacer presente en medio de ellos al Señor resucitado, dirigirle oraciones, alimentarse formando un único cuerpo, se llama sencillamente casa, porque es el lugar donde el cristiano habita.

 

 

Planta y alzado de la casa cristiana encontrada en Dura Europos (Siria), siglo III d. C. Es uno de los primeros edificios cristianos de culto, estaba inserto en la ciudad y tenía la estructura de una casa. Fuente: rsanzcarrera

 

 

Esta novedad radical conlleva una conclusión inmediata. Para el cristiano no hay separación entre profano y sagrado. Todo es sagrado y él está llamado a santificar la totalidad de su existencia, en todo tiempo y lugar, con su presencia, porque el Templo ya no está circunscrito a un tiempo o espacio, sino a él mismo.

Ya no hay espacio sagrado y espacio profano; ya no hay tiempo sagrado y tiempo profano. Todo es sagrado para el cristiano, que rompe el esquema de estrechas categorías que restringen la fe a unos lugares y momentos determinados. Por esto, Tertuliano, en la Apología del cristianismo, afirma: “Nuestra misericordia gasta en las calles más que vuestra religión en los Templos” (42,8).

Andrés García Serrano es Doctor en Sagradas Escrituras y profesor del Máster de Estudios Bíblicos de UNIR