“Los cristianos fueron los primeros en ofrecerse para ayudar a los enfermos, mientras que otros muchos huían”

 

CAYETANA JOHNSON (Mineápolis, 1965) Arqueóloga, excava en Israel desde 1996. Es profesora de hebreo, arameo y literatura rabínica en la Universidad Eclesiástica de San Dámaso en Madrid. Hablamos con ella de las pandemias de la antigüedad.

 

¿Ha habido en la antigüedad pandemias similares a la que estamos viviendo hoy en día?
Sí, ha habido situaciones muy graves desde el punto de vista sanitario.  Y gracias al testimonio de personas que pusieron por escrito lo que estaban  viendo y viviendo, podemos saber las causas, los síntomas, los efectos… Ya desde la antigüedad se distinguían tres tipos de plagas: la bubónica, que atacaba el sistema linfático y los pulmones y creaba bubones a lo largo del cuerpo; la  septicémica, una infección vírica que se producía por contacto con algún animal infectado y en la que el virus atacaba a través del torrente sanguíneo, y la neumónica, que también se desencadenaba por haber estado en contacto con animales contaminados, que afectaba al sistema respiratorio y que se contagiaba a través  de la tos y por vía aérea.
¿Y cuál fue la gran epidemia que azotó a Europa?
La  plaga Antonina, que tuvo lugar en el imperio romano, entre los años 165 y 190. Se la conoce por ese nombre porque tuvo lugar en tiempos de los llamados ‘cinco emperadores buenos’ (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pio y Marco Aurelio), todos ellos pertenecientes a la dinastía Antonina. Esa plaga creó una devastación profunda, le pilló de lleno a Marco Aurelio, que sufrió la enfermedad, y está considerada  como la primera gran pandemia internacionalizada, porque afectó a buena parte del imperio romano, que entonces tenía una extensión amplísima . Le debemos a Galeno, médico, casi todo lo que sabemos de ella. Galeno fue sobre el terreno observando a los pacientes, cómo se les trataba, sus síntomas…

 

¿Y qué síntomas provocaba esa epidemia Antonina?
Brotes o sarpullidos en la piel, una faringitis muy severa que dificultaba que los enfermos pudiesen tragar, una fuerte sensación de sed, tos, vómitos y diarreas negras, lo indicaba un sangrado intestinal.
¿Y se sabe cómo llegó a Roma?
Se cree que llegó a través de la ruta de la seda, de los soldados romanos que estaban estacionados en Oriente Próximo: se infectaron y, al regresar a sus casas en otras partes del imperio, fueron transmitiéndola. En esa época, obviamente, no había la misma higiene que hay ahora. Además, en esa época empezó a detectarse que las ratas que había en los barcos eran transmisoras de enfermedades.  Esa epidemia provocó una auténtica debacle en el imperio romano, porque se extendió de una manera salvaje y afectó al conjunto del imperio. En ese momento la religión emergente, el cristianismo, estaba cobrando fuerza. Y Marco Aurelio, un emperador ilustradísimo y generoso en el Gobierno, ordenó  una persecución contra los cristianos, a los que  utilizó como chivo expiatorio.
¿Siempre se busca un culpable cuando hay una epidemia grave?
Sí. Es algo recurrente en todas las sociedades y llega hasta hoy.  Pero en el caso de Marco Aurelio, el señalar a los cristianos se volvió en su contra, porque los cristianos ya en el mundo romano dieron muestras de ayudar a los demás, de volcarse con quien más necesitado estaba. Durante la plaga Antonina, fueron de hecho los cristianos los primeros en ofrecerse a ayudar a los enfermos, mientras que muchos huían. Gran parte de la población romana se opuso por eso a la persecución de los cristianos.  Además, en la plaga Antonina empezó a haber conciencia de la importancia del distanciamiento social…
¿Me está diciendo que en el siglo II  ya había distanciamiento social?
Sí, ya había ciertos protocolos de distanciamiento, de separación. En la película “Ben Hur” se ve por ejemplo una zona específica donde viven los leprosos, a las afueras de Jerusalén, y ese era un patrón común. Entonces ya se sabía que determinadas enfermedades eran muy contagiosas, y para evitar su propagación se aislaba a quienes la padecían. Así mismo, en esa época ya se percataron que había personas que se inmunizaban: que después de haber superado la enfermedad  no volvían a  contraerla.
¿Y qué otras medidas se adoptaban para tratar de frenar el avance de esa plaga?
En aquellos lugares donde había una gran concentración de personas se quemaban barrios enteros para tratar de hacer desaparecer con fuego al ‘bicho’ causante de la plaga.  Y también se hacían enterramientos específicos para los que morían a causa de la epidemia. En 2014 en la antigua Tebas, en Egipto, se detectó un enterramiento distinto de los habituales, un enterramiento colectivo en el que los cadáveres habían sido cubiertos con cal, y se relaciona con  una plaga.

 

¿Con cuántas vidas acabó la plaga Antonina?
Se estima que acabó con hasta el 50% de la población en su conjunto, con unos cinco millones de personas.  Fue devastadora y, según algunos, supuso el comienzo del fin del imperio romano.  Además, después de la plaga Antonina vinieron otras plagas y eso fue debilitando cada vez más al imperio romano. Porque las plagas no sólo causaban fallecimientos masivos, empezando por el de soldados, fundamentales para mantener las fronteras,  sino que también paralizaban la economía: se cortaban todas las vías de comercio, muchos campos de cultivo eran abandonados…  La escasez de soldados fue tal que el imperio romano recluto a gladiadores y liberó a muchos esclavos para que se unieran al Ejército. Pero, aun así, empezó a haber incursiones de tribus germanas.  Además, esa pandemia tuvo un nuevo  brote en el siglo III.
¿Una segunda oleada?
Sí.  Se la conoce como plaga de Cipriano porque Cipriano, obispo de Cartago, fue testigo de ella y dejó constancia de la misma. Parece ser que se originó en el lejano Oriente y que, a través de la  ruta de la seda, llegó a  Alejandría y de ahí,  por la navegación en el Mediterráneo,  a Roma. Se cree que en esa pandemia llegaron a morir hasta  5. 000 personas al día.