
Thomas Joseph White, O.P., rector del Angelicum (Universidad Pontificia de San Tomás de Aquino en Roma) y miembro de la Comisión Teológica Internacional, es uno de los teólogos más influyentes de la Iglesia. En esta entrevista concedida a Primeros Cristianos aborda sin tapujos las grandes cuestiones sobre el futuro de la teología y de la Iglesia, analizando con lucidez las corrientes culturales actuales y los desafíos de la sociedad moderna. Una conversación profunda y reveladora que ya hay quienes comparan con un nuevo «Informe sobre la fe».
1. El renacer de la fe y de la teología
Entrevistador: Primera pregunta: el renacer de la fe y de la teología. Tras su reciente viaje a Francia, el Santo Padre habló de un renacimiento de la Iglesia, y los medios vienen señalando un resurgir católico en partes de Europa y en Estados Unidos. En su conferencia de ayer en Notre Dame University (Beauty, Wisdom, and Christ), usted señaló una tendencia muy alentadora: cada vez más jóvenes se matriculan en programas de teología. ¿Cree que estamos presenciando un verdadero resurgimiento teológico? Y si es así, ¿a qué atribuye ese afán de los jóvenes por comprender tan a fondo su fe?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que lo que estamos viendo es un resurgir del interés por las voces teológicas clásicas: los Padres de la Iglesia, los grandes pensadores medievales e incluso algunos pensadores modernos bastante clásicos, como John Henry Newman, Matthias Scheeben o Charles Journet.
Y la razón por la que vemos esto, creo, es que en la cultura hay un sentimiento de desarraigo y un deseo de perspectiva. La gente busca puntos de referencia fundamentales para volver a centrar el pensamiento en las cuestiones últimas, y trata de encontrar una orientación intelectual básica. Es algo normal tras la radical desestabilización de la inteligencia humana que han traído el posmodernismo y el cientificismo. La gente busca algún tipo de explicación fundamental de la realidad. En la Iglesia también hay una sensación de inestabilidad y la pregunta de qué permanece realmente. Por eso, tras la turbulencia de las últimas décadas que siguieron al Concilio Vaticano II, se percibe el deseo de encontrar alguna voz de la tradición que sea duradera.
Esto puede llevar a la tradición. Pero también puede llevar a un tradicionalismo artificial, superficial o sin matices históricos, o a una especie de miedo ante corrientes del conocimiento que podrían amenazar la tradición. En cambio, una comprensión profunda de la tradición permite ver principios vivos que perduran, lo que John Henry Newman llamó «vigor crónico»: el vigor crónico de la tradición intelectual de la Iglesia. Y permite, desde esa profundidad de conocimiento y esa estabilidad de comprensión, abordar las cuestiones contemporáneas. Creo que es la intuición de buscar algo así lo que anima a muchos jóvenes que hoy se dedican al estudio de la teología.

Entrevistador: Siendo usted uno de los teólogos más conocidos de la Iglesia y miembro de la comisión teológica internacional, ¿cuál cree que será la dirección de la teología en los próximos cien años?
Father Thomas Joseph White OP: Bueno, cien años es un futuro demasiado lejano para mí. Solo diría que creo que vamos a ver un interés continuado por los recursos tradicionales en el futuro previsible. Por ejemplo, el estudio de santo Tomás de Aquino está, a mi juicio, en ascenso en el mundo de habla inglesa. En el continente europeo no ocurre lo mismo. Algo de esto se ve en el mundo hispanohablante, pero en general, en el continente, sigue la idea de trabajar desde el paradigma —llamémoslo así— posmoderno, o desde recursos modernos, como el diálogo con Kant y Heidegger. No hay una nueva confianza en la recuperación de las voces premodernas en la misma medida que en el mundo de habla inglesa.
Esa tendencia del mundo de habla inglesa le está dando a la teología una especie de contrapeso o estabilidad, aunque quizá también sea una provocación. Creo que la verdadera pregunta será qué pasa con la teología continental europea y qué pasa en las nuevas Iglesias del Sur global. Hay una línea de pensamiento que quiere promover lo que podríamos llamar una teología contextual: una especie de ética revisionista, una teología dialéctica poscolonial, quizá marxiana —no marxista, sino marxiana—, sobre el poder y la redistribución del poder en la Iglesia. No creo que esa voz vaya a sostener una renovación profunda de la vida espiritual interior de la Iglesia: una renovación que ocurre a un nivel más hondo que el político, en el plano sacramental y místico, y mediante un trabajo a fondo con lo que podríamos llamar los temas metafísicos centrales.
¿Cuál es el sentido de la existencia humana? ¿Quién es Dios? ¿Quién es Cristo? ¿Qué es la gracia? En la próxima generación, esas preguntas las van a perseguir personas que estudien figuras clásicas como Agustín, Tomás de Aquino, Buenaventura y Newman. La alternativa a eso —o la siguiente revolución, por así decirlo— es imprevisible, pero creo que será algún tipo de síntesis: se intentará tomar la tradición y volver a dialogar con la filosofía contemporánea y la cultura secular, en algún término medio. No digo que apruebe ni que desapruebe nada de esto; solo hago una pequeña predicción.
Entrevistador: A Tomás de Aquino se le asocia a menudo estrictamente con la Edad Media. Para nuestros lectores de Primeros Cristianos: ¿en qué medida es la teología tomista, en realidad, una maduración del pensamiento de los Padres de la Iglesia, y por qué las respuestas que dieron aquellos primeros concilios siguen siendo vitales hoy?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que Tomás de Aquino es uno de los grandes herederos del pensamiento de Agustín. Podría decirse que es el mayor pensador agustiniano, el más competente. Probablemente sea el intérprete más profundo de Agustín: una interpretación sin duda controvertida, porque recurre a Aristóteles, pero creo que, en definitiva, probablemente la más plena y rica. En segundo lugar, en cristología está en la escuela de los Padres griegos, profundamente influido por Cirilo de Alejandría, por Dionisio Areopagita y por Juan Damasceno.
En cierto modo, es difícil hacer que los Padres sean actuales o relevantes para el mundo de hoy sin pasar por la recepción escolástica. Pensemos en la recepción magisterial que recibe más tarde alguien como Agustín en el Concilio de Trento: cómo es la gracia cooperante —la gracia cooperante agustiniana, que obra a través de los sacramentos que nos santifican— o la gracia operante, que nos devuelve a la gracia o nos la da después del pecado original, después de la caída: el bautismo, la confesión. Para entender a Agustín a la luz del Concilio de Trento hace falta la recepción escolástica de Agustín. No se puede tomar a Agustín y, sin más, el Concilio de Trento sin algo como la escolástica.
O bien uno puede ignorar el Concilio de Trento y leer a Agustín. Pero no se puede ser realmente un cristiano moderno, después del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, sin el Concilio de Trento. No se puede entender qué es la vida sacramental sin Trento. Es solo un ejemplo. No se puede recibir el Vaticano II sin el Vaticano I y su doctrina sobre el primado papal. Y no se puede recibir la doctrina de la Revelación de Dei Verbum sin la doctrina de la Revelación de Dei Filius. Pero recibir Dei Filius, del siglo XIX, supone dialogar con el pensamiento escolástico sobre la fe y la razón. Si se quiere hacer eso con elegancia y profundidad, hace falta algo como Tomás de Aquino como parte de la historia.
Ahora bien, el engaño de los europeos, que es muy grave, sobre todo en el mundo de habla hispana, portuguesa, italiana y francesa —el mundo de las lenguas romances—, es pensar que Tomás de Aquino es irrelevante. Esto se debe a la radical desconfianza en sí mismo del catolicismo de estas culturas, a las que les falta convicción interior sobre su propia herencia y su nobleza. Así, relegamos a Tomás de Aquino o a Buenaventura, estas grandes figuras, a la arqueología: a figuras históricas, a vidas ejemplares de fe y razón del pasado. Pensamos que representan monumentos de la cultura. Y, mientras tanto, tratamos a Derrida, Althusser, Kant o Heidegger como si tuvieran la última y definitiva palabra en filosofía. Esto es, en realidad, una especie de pusilanimidad.
Es un pecado intelectual, una pusilanimidad que anima el espíritu europeo, creo, de maneras muy poco útiles. Porque la verdad es que estas grandes figuras del pasado cristiano y del pasado helenístico precristiano siguen siendo tan grandes como las mayores que hemos tenido en la vida intelectual. Decir esto hoy quizá parezca superficial, falto de sensibilidad ante los grandes desafíos de Kant, Hume, Hegel, Nietzsche, Freud y demás. Pero, en realidad, si uno dialoga de verdad con todas esas figuras modernas —a las que, me atrevería a decir, en las universidades de habla inglesa estamos expuestos primero—, una vez que lo ha hecho, e incluso antes que con las otras, y luego vuelve a Aristóteles, a Agustín o a Tomás de Aquino, ve que estos sencillamente son superiores.
Lo que nos falta es valor para tomar el gran saber de estas figuras del pasado y entablar hoy con él un diálogo dialéctico y profundo, en sentido aristotélico, sobre las cuestiones fundamentales que afrontamos a la luz de la ciencia moderna y de la filosofía moderna, y repensar de verdad la herencia del pasado, la sabiduría clásica. Si lo hacemos con lealtad, Tomás de Aquino es formidable. Por su comprensión filosófica de la lógica humana y de los procedimientos de la dialéctica y de la argumentación demostrativa; por su comprensión de lo que es realmente la ciencia y de lo que es la disciplina del estudio de un cuerpo de conocimiento; por su comprensión de la epistemología humana y su visión de la naturaleza humana; por su pensamiento sobre la vida moral humana y sobre qué son las virtudes intelectuales, morales y artísticas; por su comprensión de los fundamentos metafísicos profundos del conocimiento y de la ética humanos; por su comprensión de la armonía entre fe y razón, y por su comprensión de la viabilidad racional de la fe en Dios, así como de los fundamentos racionales para acoger la revelación divina.
Es realmente una figura fundamental de lucidez, de una relevancia perdurable. Decir esto hoy suena a una especie de… quiero decir, a uno lo acusan a menudo de algún tipo de fundamentalismo. Pero eso es ridículo. No es casualidad que figuras como Pablo VI, Juan Pablo II y el papa Francisco nos hayan dicho que el tomismo tiene un legado perdurable. No dialogar con él como una forma viva de pensamiento vuelve anémica la vida intelectual de la Iglesia. Así, en lugar de volvernos relevantes, nos volvemos cada vez más irrelevantes. Porque si somos solo otro fenomenólogo de segunda o un filósofo analítico de segunda que repite lo que dicen sus colegas para obtener acceptance social en la universidad, pero no somos figuras con una comprensión real de la sabiduría del pasado, no tenemos nada que ofrecer a la vida intelectual del mundo de hoy.
Deberíamos aspirar a ser grandes fenomenólogos y grandes filósofos analíticos. Pero deberíamos aspirar, ante todo y en primer lugar, a ser de verdad custodios de las tradiciones de sabiduría, que a mi juicio no han sido superadas. Estoy con personas como Pablo VI y Juan Pablo II al pensar que la sabiduría del pasado conserva una actualidad y una relevancia perpetuas. Y creo que una cultura que no ve eso es una cultura autodestructiva. Es una cultura de la desesperanza y, en último término, una cultura que desaparecerá. Sociológicamente, a la Iglesia solo la sostendrán quienes crean en su vitalidad. Y esas son las personas que…
Es muy parecido a la vida humana. Solo quienes creen en la vida humana transmiten la vida humana. Solo quienes creen en el patrimonio del catolicismo transmiten el patrimonio del catolicismo. Ante nosotros se está desplegando una tradición intelectual católica que se esteriliza a sí misma, y creo que no va a ninguna parte. Por eso soy muy crítico con todo eso. Pero creo de verdad que tenemos ante nosotros una gran promesa y una gran esperanza. Y es por mi optimismo por lo que también lanzo una especie de desafío: cambiar el rumbo de nuestra desesperanza, de nuestra desconfianza en nosotros mismos y de nuestra pusilanimidad, y abrazar la magnanimidad, la esperanza y un diálogo genuino con el pasado, que, bien llevado, es a mi juicio un verdadero diálogo con el futuro.

Entrevistador: La necesidad de la metafísica. Ayer, en la abertura de la Fall Conference en Notre Dame University, usted planteó una idea muy interesante: más que centrarse en la apologética, urge formar a los jóvenes católicos en metafísica, porque sin ella es imposible comprender de verdad la fe. ¿Podría desarrollar esta idea? ¿Por qué el pensamiento metafísico es hoy tan fundamental para los creyentes?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que estamos ante un momento de profunda desorientación intelectual. Los custodios convencionales de nuestra vida intelectual han sido durante décadas ciertos puntos de referencia: sobre todo, el liberalismo cosmopolita poskantiano, el auge de la teoría posmoderna o el auge del cientificismo, basado en la confianza en las ciencias modernas como lugar privilegiado del conocimiento; y, en cierta medida, el marxismo, que ha sido uno de los principales vehículos para promover una comprensión ética de la historia y de las relaciones económicas y sociales en las generaciones pasadas. Todo eso, creo, hoy no logra ganar terreno como forma viable de pensar nuestra situación.
Y lo que se ve surgir entonces es el tribalismo: tribalismo nacionalista, tribalismo regionalista y una especie de nostalgia por la tradición local —local en un sentido amplio—, por el patrimonio nacional. Eso no es un vehículo capaz de sostener el sentido. En el fondo es algo bastante arbitrario, y también convencional. Es la esperanza de que en las convenciones de nuestro patrimonio nacional haya algunas verdades y valores no negociables que descubramos intuitivamente o que podamos recuperar. Eso es insuficiente. Así que no se superan de verdad todos estos desafíos si no se vuelve a la pregunta real de qué es la realidad. ¿Qué es ser un ser humano? ¿Qué significa la existencia?
¿Hay una bondad que precede a los juicios constructivistas de la mente humana? Es decir, ¿la ética es una cuestión de pura voluntad de poder o de constructivismo de la sociedad humana? ¿O se basa en la bondad de una naturaleza que nos precede y que sabemos apreciar? ¿Están la belleza moral y la belleza estética inscritas en la estructura misma de las cosas? ¿O es la belleza un proyecto completamente subjetivo, lo cual, creo, es en último término una especie de perspectiva de desesperanza estética?
Creo que los jóvenes se están dando cuenta cada vez más de que su mente no puede usarse solo de manera utilitaria para perseguir los bienes del mercado. No pueden ser solo consumidores del capitalismo liberal moderno. No pueden ser solo instrumentalizados por la ideología política ni alimentados con basura a través de los argumentarios en línea de ese combate de ideas superficiales que nos llega en oleadas por internet. Por eso buscan algo más profundo que les dé fundamento. Por supuesto, hay muchas víctimas de la superficialidad, de las formas de superficialidad a las que me refiero. Pero también hay personas que salen de ella buscando una estructura metafísica de comprensión más profunda.
Tampoco se puede hacer realmente teología si el intelecto humano no tiene modo de pensar el misterio trascendente de Dios. Y no lo tiene si no puede pensar metafísicamente —y, diría como tomista, analógicamente— sobre el ser, el bien, la verdad, la unidad y la belleza. Así que necesitamos recuperar en nuestro pensamiento esa conexión metafísica con la realidad para poder también acoger la revelación divina y cooperar con ella. Sin alguna dimensión metafísica de referencia en la mente humana, no hay realmente una cooperación sagrada del intelecto con la revelación divina: consagrar el intelecto a Dios para que el corazón lo siga, conocer a Dios para poder amarlo. La metafísica es esencial como dimensión de la teología sagrada. Por eso creo que el deseo de cooperar con la inteligibilidad de la fe implica, en último término, una apertura a las cuestiones metafísicas.

Entrevistador: Los primeros cristianos evangelizaron una cultura grecorromana que consideraba su fe una necedad. Hoy nos enfrentamos a una cultura poscristiana. ¿Cómo debería un católico de hoy integrar la razón y la ciencia, y dialogar con el escepticismo moderno, sin diluir la fe?
Father Thomas Joseph White OP: Tengo varias ideas al respecto. En primer lugar, diría que la evangelización es un arte, no una ciencia. Aunque se sirve de la ciencia —del conocimiento histórico, intelectual, filosófico y teológico—, hay un arte de hablar con las personas según dónde están y quiénes son, de escucharlas y de intentar comprenderlas. Y ese arte no se domina al primer intento. Se domina practicándolo toda la vida, como se haría con un instrumento musical. Uno se vuelve más hábil, más diestro en el arte de la evangelización, que consiste en buscar el bien de la otra persona. Amar es querer el bien del otro. Evangelizar es querer el bien del otro.
Y es también una especie de confianza en uno mismo ante Dios como portador de la verdad, como servidor de la verdad. Servidor, no dueño. Así que creo que se trata de llegar a ser cierto tipo de persona, de escuchar a los demás y de buscar amarlos y ayudarlos. Y no se puede tener miedo a fracasar. Si no empiezas, no tendrás éxito. Si empiezas, fracasarás antes de tener éxito, o a veces fracasarás. Así que tenemos que superar el desánimo y la inseguridad. Es un proyecto demasiado importante.
Creo que hablar de la felicidad es uno de los puntos de partida más importantes. La gente se da cuenta de que la felicidad es algo esencial de buscar y difícil de encontrar. Y los católicos venimos de una tradición que enseña que la felicidad se puede encontrar, y que nos enseña cómo alcanzarla, incluso en la adversidad o en medio de un gran sufrimiento. ¿Qué es encontrar la felicidad de poseer a Dios y de buscar a Dios, de buscar la verdad y el amor a las demás personas, de buscar la amistad, la justicia, la misericordia y el perdón? Hay una felicidad en el catolicismo. Y creo que es algo de lo que deberíamos poder hablar filosófica y teológicamente.
Creo que también deberíamos tratar de presentar nuestra propia postura intelectual de hoy como poscínica, es decir, como una postura que deja atrás el cinismo. Tras el desengaño que siguió al colapso del marxismo, muchos intelectuales en Europa se enfrentan a un cinismo profundo. Por extraño que suene a oídos católicos, para muchos el marxismo fue un movimiento idealista. Así que, cuando la clase intelectual no logró alcanzar lo que consideraba un régimen superior —llamémoslo socialismo moderado, el socialismo moderado de Europa occidental, una mezcla entre el lado estadounidense y el soviético—, cayó en la rutina del cinismo y en la resignación ante el auge de una cultura capitalista que, a su juicio, no tiene valores trascendentes.
Necesitamos un enfoque poscínico para volver a abordar las preguntas fundamentales de la civilización occidental que surgieron en el patrimonio de la filosofía helenística. Preguntas muy básicas que ya están en los trágicos, en los presocráticos, en Sócrates, Platón y Aristóteles: renovar una alianza con las preguntas profundas sobre la verdad, la justicia y el bien. Y luego ver en los Padres de la Iglesia, como Agustín, un diálogo profundo con esa filosofía helenística. Creo que Tomás de Aquino es uno de los grandes maestros en esto, pero también hay muchas grandes voces modernas que nos enseñan a creer con valentía en la grandeza del alma humana.
La grandeza de las preguntas del alma humana y de su búsqueda de sentido: no verla de manera cínica ni desesperanzada, sino de una manera poscínica y, en realidad, fresca, nueva, como un camino para pensar que hay una búsqueda de la verdad, que hay una búsqueda de Dios y que el cristianismo es un camino. Así se le llamaba al principio: «el Camino». La ortodoxia es, por así decirlo, un camino recto; eso es lo que suele denotar la palabra. Así que buscamos el camino recto hacia la verdad, hacia el bien, y para poseer la belleza. Creo que hablar de eso con la gente de manera poscínica es clave para la evangelización.
Entrevistador: Los primeros cristianos usaron los símbolos y la belleza para transformar su entorno. Usted no solo es teólogo, sino también banjista de los Hillbilly Thomists. ¿Qué papel desempeñan hoy el arte, la música y la cultura popular en la misión de atraer los corazones a Cristo?
Father Thomas Joseph White OP: Bueno, déjeme decir una cosa grande y luego una sencilla. Lo grande que me gustaría decir es que la recuperación de la ética de las virtudes en la filosofía moderna ha sido decisiva para recuperar una forma más profunda de pensar la ética. Incluso entre muchas personas seculares se ha llegado al consenso de que necesitamos pensar la teoría de las virtudes. Creo que podemos recuperar un sentido más profundo de la metafísica hablando de naturalezas y propiedades, de la existencia y de los fundamentos metafísicos de la ética.
Lo que no hemos hecho tanto es pensar la metafísica de la belleza y cómo el arte invita a la persona a contemplar el mundo como algo lleno de sentido. La belleza natural del mundo precede a la belleza de las obras humanas, y esta rinde homenaje a la belleza natural. Ese juego entre la belleza natural y la de las obras humanas es un juego entre lo que Dios nos ha dado y lo que los seres humanos toman luego de ello para engrandecer la belleza de la creación o señalar hacia ella, como una forma de pensar la belleza del alma humana y de honrar lo que Dios nos ha dado en el mundo. Por eso creo que la belleza debería estar más en la vanguardia de la Iglesia.
Y creo que debería influir en la sagrada liturgia, cualquiera que sea la forma de la misa que celebremos. Pero también en la cultura humana común. La música folk irlandesa de los siglos XIX y XX sostuvo a los irlandeses bajo una gran presión política y les dio una forma católica de —yo lo llamaría así— vida social común elevada: a través del baile irlandés, de la celebración irlandesa de la vida y del duelo por las penas, por los elementos dolorosos de la vida. Esa mezcla de alegría, comedia y tragedia que sostuvo a una cultura en la adversidad allá por el siglo XIX y comienzos del XX. Así que la música es un ejemplo de cómo podemos tener formas de música elevadas y solemnes, pero también, podríamos decir, música para el tiempo ordinario, música en la vida ordinaria.
Y lo sencillo que diría sobre la música y mi propia experiencia con ella es que no busco componer ni tocar música principalmente para evangelizar. La toco para celebrar la existencia humana. Y es algo lúdico: un deleite en simplemente ser, en jugar con las cualidades de la música y de los instrumentos, en disfrutar tocando con otras personas, en el humor, en celebrar lo humorístico, y también en llorar, de forma lúdica, las dimensiones trágicas de la existencia humana. Y diría que no a un nivel muy profesional, ni de una manera particularmente sublime o sofisticada. Pero creo que aprender a hacer eso, a celebrar musicalmente la vida ordinaria, es una forma en la que acabo explorando ideas religiosas: no exactamente por accidente, sino como resultado de pensar qué significa ser un ser humano, simplemente a través del formato quizá modesto de la música popular.

Entrevista en inglés realizada por Josep del Hierro Dies, en la Fall conference 2026 del de Nicola Center for Ethics and Culture de la Universidad de Notre Dame dirigido por Jennifer Newsome Martin.
Fotografías cedidos por el de Nicola Center for Ethics and Culture, fotógrafo: Peter Ringenberg.
Traducción: José Luis Coto Irrázabal, ayudado de la IA.
Redacción: Alberte Leis Vidal