Getsemaní.  Huerto de los olivos.

LA TIERRA DE JESÚS

GETSEMANÍ (del arameo gat semane, «prensa de aceite») es un pequeño rincón situado en el valle del Cedrón, al este de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos y a unos 300 m de la puerta de San Esteban. En el espacio de pocos metros pueden visitarse, además de la basílica de la Agonía y el Huerto, la Gruta del Prendimiento y la tumba de María. Del lado oeste del torrente está la iglesia griega ortodoxa de San Esteban.

El huerto

La entrada al huerto de Getsemaní es por la calle que sube al monte de los Olivos, y, a través de él, se llega a la basílica de la Agonía. Ambos, igual que la Gruta del Prendimiento, son propiedad de la Custodia de Tierra Santa, adquiridos por los franciscanos en el s. XVII. Impresionan los olivos que se guardan como reliquias en el Huerto de Getsemaní. Su enorme grosor y el aspecto milenario que presentan no permiten dudar de su antigüedad. Especialistas en botánica les calculan hasta dos mil y más años. Pero, aunque fueran algunos menos, es importante observar que sólo un cuidado especial ha podido hacerles llegar hasta nosotros. En todo el contorno del monte d e los Olivos, y aun diríamos de Jerusalén, no conocemos ejemplares de olivos de aspecto tan añoso como los pocos que aquí se conservan. Están siendo, pues, testimonio de un interés permanente, no ajeno a la tradición cristiana del lugar. Y cuando ellos hayan muerto, ahí están sus retoños para perpetuar el recuerdo de Jesús y de la última noche de su vida mortal.

 

 

La nueva disposición de la verja permite bordear el huerto y contemplar uno por uno estos olivos cargados de historia y de silencio reverente.

«Dicho esto, salió Jesús [del Cenáculo] con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró, y con él sus discípulos» (Jn 18,1).

«Entonces Jesús llega con ellos a un huerto llamado Getsemaní y dice a los discípulos: Quedaos aquí mientras voy allí a orar. Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y abatimiento. Entonces les dice: Triste sobremanera está mi alma hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Se adelantó un poco y, postrado sobre su rostro, oraba diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; más no se haga como yo quiero, sino
como quieres tú.

Y viene a los discípulos y los encuentra dormidos y dice a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad paraque no entréis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca» (Mt 26,36-41).

Basílica de la Agonía

Está protegiendo el lugar donde oró Jesús, según la tradición, atestiguada en este caso por Orígenes (253) y más tarde por Eusebio de Cesarea, quien escribe hacia el 330: «Getsemaní, donde Cristo oró antes de su pasión, está situado en el monte de los Olivos; los fieles se apresuran todavía a ir a orar allí…». Poco antes, la peregrina Egeria, que asistió a los oficios religiosos del Jueves al Viernes Santo del año 384 en Jerusalén, escribía: «En el mismo lugar en que oró el Señor […] hay una iglesia elegante». Es el primer testimonio de la existencia de tal iglesia. Y algunos años más tarde, san Jerónimo, traduciendo el texto anterior de Eusebio, añadía: «…Ahora hay edificada una iglesia».

Con la construcción de aquella primera iglesia, quedó sellado el lugar donde la comunidad de Jerusalén de entonces fijaba la oración de Jesús.

Desgraciadamente, la hermosa iglesia de planta basilical, de tres naves y tres ábsides, con pavimento de fino mosaico, quedó sepultada bajo sus propios escombros, producidos por un incendio, posiblemente anterior a la llegada de los partos (614).

En las naves laterales de la basílica moderna pueden verse dos estrechas franjas en zigzag, paralelas a las paredes, que señalan el trazado de los muros de la iglesia bizantina. Era más estrecha que la actual, pero algo más larga (25,50 x 16,35 m). A ella pertenecieron algunos fragmentos de mosaico conservados en el pavimento actual que sirvieron de modelo al mosaico moderno, y hoy protegidos con vidrios.

Los cruzados construyeron otra iglesia en el mismo lugar, pero sin apercibirse de que debajo estaban los restos de la iglesia bizantina. La cruzada era mayor que la primitiva, con orientación parcialmente distinta. La conquista de Jerusalén por Saladino trajo pronto la ruina de la iglesia.

La basílica moderna fue construida entre 1922 y 1924, siguiendo la orientación y planta de la iglesia bizantina, gracias a la colaboración de varios países, cuyos escudos están reproducidos en las bóvedas y en los mosaicos absidales. La obra es del arquitecto A. Barluzzi.

En el exterior sobresale el pórtico, de cara al Cedrón, con tres arcos sostenidos por pilastras flanqueadas de columnas. Remata en un tímpano decorado con un mosaico, en el que Giulio Bargallini ha representado a Cristo como mediador entre Dios y la humanidad, por la que ofrece su corazón, que un ángel toma en sus manos. De una parte, están representados los poderosos y sabios reconociendo la insuficiencia de su sabiduría y sus poderes; del otro lado, los pobres y débiles esperándolo todo. Jesucristo hace suyas las oraciones de todos ellos, según el pasaje de la Carta a los Hebreos allí escrito.

En el interior resalta la sensación de recogimiento que el arquitecto ha conseguido jugando con los elementos. La penumbra violácea producida por las vidrieras ayuda al espíritu a situarse en aquella noche triste de la agonía. Las once cúpulas, rebajadas y recubiertas de mosaico azul oscuro, contribuyen a dar la sensación de pesadez y postración bajo un cielo estrellado medio oculto por las ramas de los olivos. Seis columnas esbeltas con fustes monolíticos separan las dos naves laterales de la central, sin apenas cortar o ensombrecer el espacio.

Adelante, dentro del presbiterio, está la roca de la agonía. La artística corona de espinas que la rodea es un regalo de Australia. Las palomas se asocian de alguna manera a la Pasión. El gran mosaico del ábside, obra de Pietro d’Achiardi, representa la agonía de Cristo en el Huerto, mientras que en los laterales aparecen representadas las escenas del beso de Judas, a la izquierda, y el momento en el que Jesús, dirigiéndose a los que vienen a prenderle, pronuncia las palabras: « Yo soy», en la nave de la derecha. Los dos últimos son obra de Mario Barberis. Todo aquí invita al recogimiento y al silencio.

 

 

 

«Llegando al lugar les dijo: Orad, para que no entréis en tentación. Y él se alejó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba, diciendo: Padre, si quieres, haz que pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía, oraba más intensamente. Y su sudor se hizo como gotas de sangre que caían hasta el suelo. Levantándose de la oración, vino a los discípulos y los halló dormidos por la tristeza. Y les dijo: ¿Cómo es que estáis durmiendo? Levantaos y orad para que no entréis en tentación» (Lc 22,40-46).

Saliendo del Huerto se desciende la calle y, sin pasar la carretera, se va por la derecha hasta encontrar la escalera de bajada a un patio hundido en el torrente, que sirve de atrio a la iglesia de la Asunción. Pero antes de entrar a ésta, un estrecho pasillo a la derecha, en dirección este, conduce desde el patio a la Gruta del Prendimiento.

Gruta del Prendimiento.

Esta gruta ha sido venerada por los cristianos desde la antigüedad en relación con los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, particularmente de la Pasión. Aunque los testimonios no son acordes acerca de la función de esta gruta, parece que era un lugar más o menos habitual de Jesús para pasar la noche cuando subía a Jerusalén. Aún más, algunas fuentes antiguas sitúan aquí una comida del Señor, en el curso de la cual Jesús habría lavado los pies a sus apóstoles. Es sabido que, en época posterior, los fieles -probablemente de la secta judeocristiana de los ebionitas, que se abstenían de comer carne— tenían costumbre de celebrar en esta gruta una comida, en la que no se tomaba carne. En un sermón atribuido al patriarca Eutiquio de Constantinopla (s. VI), se cita la cena de Getsemaní, la de Betania y la del monte Sión.

 

 

La gruta ha sido objeto de algunas transformaciones a lo largo de los siglos. Antes de construirse la iglesia de la Asunción de María, la entrada natural era por el noroeste. Algunos vestigios arqueológicos permiten pensar que la gruta fue utilizada antiguamente como vivienda temporal o almacén por el dueño de la propiedad. De aquella época data una cisterna visible a la derecha de la entrada, convertida más tarde en sepultura. En el s. IV se utilizaba ya como capilla. Y del s.V al VII su suelo fue utilizado como lugar de enterramientos cristianos, a excepción del presbiterio, siendo reutilizado más tarde por los cruzados con el mismo fin. En el techo se advierten todavía restos de la pintura de la decoración del período Cruzado, y en la parte posterior, grafitos, todavía sin estudiar, de época cristiana antigua. En la propiedad que hay encima de la gruta se encontraron los restos de una antigua prensa de aceite.

Aquí se cree que descansaban los otros ocho apóstoles la noche del prendimiento de Jesús. Cuando, pasadas las tres horas de oración, Jesús advirtió que se aproximaba Judas con un tropel de gente para prenderle, se vino a donde habían quedado los apóstoles para advertirles de lo que se aproximaba.

«Todavía estaba él hablando, cuando se presenta Judas, uno de los doce, y con él una turba con espadas y bastones, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que lo entregaba les había dado una contraseña, diciendo: A quien yo besare, ése es; llevadle con cuidado. Así que llegó, acercándose dijo: “Rabí” y le dio un beso. Ellos le echaron las manos y le sujetaron… “¡Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos a prenderme!… Pero tenían que cumplirse las Escrituras”. Y abandonándole, huyeron todos» (Mc 14,43-52).

Tumba de María, o iglesia de la Asunción.

Saliendo de la Gruta del Prendimiento se vuelve a la hundida plaza que sirve de atrio a la iglesia de la Asunción. La fachada de la iglesia es cruzada. No así el cuerpo de ésta, de planta cruciforme, que es la cripta de la primitiva iglesia bizantina construida a finales del s. IV, durante el reinado de Teodosio el Grande (379-395), según los Anales de Eutiquio, patriarca de Alejandría (s.X). Aunque otros piensan en una fecha algo más tardía, ninguno de los argumentos aportados hasta hoy es tan fuerte que obligue a corregir la cronología de Eutiquio. Y fue en tiempos del emperador Mauricio (582-602) cuando se construyó sobre la cripta la iglesia superior de forma circular, según testimonios de ese tiempo, la cual fue destruida por los partos el año 614. La restauración de la iglesia se supone fue obra del patriarca Modesto. Al llegar los cruzados (1099) se instaló aquí una comunidad de Benedictinos, filial de Cluny. Inmediatamente se iniciaron obras de restauración: abrieron la entrada a la cripta alargando la escalinata, tal como está hoy, restauraron la cripta y embellecieron la tumba con un templete circular de mármol sostenido por columnas. También reconstruyeron la iglesia. Del lado oeste construyeron el monasterio con hospedería para peregrinos y un hospital. Todo el complejo lo rodearon de una muralla.

 

Pero la conquista de Jerusalén por Saladino (1187) fue fatal para este santuario. Iglesia superior, monasterio y hospital fueron completamente arrasados. Permaneció la cripta, que siguió siendo visitada por fieles y peregrinos, y aun los musulmanes hicieron aquí dos mihrab, uno de ellos excavado en la roca de la cámara sepulcral, en el lado sur, para convertirlo en lugar de oración mirando a la Meca. Actualmente, el santuario y horas litúrgicas en el mismo son compartidas por las comunidades griega, armenia, siria y copta.

De todos es conocida otra tradición, según la cual la Virgen murió en Éfeso. Nos llevaría lejos traer aquí los argumentos en pro y en contra de una y otra tradición: Éfeso o Getsemaní. Diremos simplemente que los argumentos ya fuertes a favor de Getsemaní se han visto reforzados por la investigación arqueológica de la tumba, realizada durante los años 1971-1973. En segundo lugar, el argumento del silencio de los primeros siglos, que se ha formulado como objeción principal contra la tradición de Getsemaní, no tiene ninguna fuerza. Hoy es bien conocida la actitud de los Padres de la Iglesia e historiadores cristianos de los cuatro primeros siglos de silenciar los lugares tenidos por las comunidades judeocristianas de Palestina, porque las consideraban heréticas, y fueron ellas las propietarias de estos lugares santos hasta finales del s.IV. Ésta es, sin duda, la razón de ese posible silencio en tomo a la tumba de la Virgen: estaba en posesión de los judeocristianos. La literatura apócrifa asuncionista de los primeros siglos (s. II) es favorable a Getsemaní. Añadamos a esto que no se ve la razón por la que la Virgen, ya anciana cuando san Juan dejó Jerusalén, emprendiera tan largo camino para ir a Éfeso, teniendo a sus parientes en Jerusalén.

Pasada la puerta, es necesario descender un segundo y largo tramo de escalones hasta encontrar la tumba en la que reposó el cuerpo de la Virgen. Esta profundidad de la tumba revela, por una parte, lo mucho que se ha elevado el lecho del torrente Cedrón en dos mil años, a causa del aluvión acarreado por laslluvias. Y, por otra parte, el tesón de los cristianos en no perder de vista un lugar tan venerado desde los comienzos. En el s.I la entrada a la tumba era visible al pie del monte.

By Primeros Cristianos