Los cuatro evangelios fueron escritos con la única finalidad de presentar y describir a Jesús

 

Es sabido que los evangelios sinópticos se elaboraron sobre una serie de notas comunes, de tradiciones, elaboradas por la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Revisamos cómo se llegó a formar esa tradición y, sobre todo, su rasgo distintivo: el absoluto protagonismo de la persona del Jesús de Nazaret, como Maestro.

 

Napoleón Ferrández Zaragoza

 

En La prehistoria de los evangelios, el estudioso escandinavo B. Gerhardsson destaca, como principal característica de todos los libros del Nuevo Testamento, el protagonismo de la persona de Jesús. En particular, los cuatro evangelios fueron escritos con la única finalidad de presentar y describir a Jesús: su aparición en Israel, lo que dijo, lo que hizo, lo que le sucedió. Aunque los relatos evangélicos introducen a otras personas, solo lo hacen por su relación con Jesús. Un caso en el que se puede apreciar esto es el de san Juan Bautista: los evangelios remiten a tradiciones sobre él, pero solo en la medida en que se refieren a Jesús.

Algo similar sucede con los grupos de personas. Los evangelistas los sitúan en torno a Jesús, y también por su relación con él. También los clasifican en tres grandes grupos, a los que describen con bastante precisión: los discípulos, los adversarios, las masas. Estas, en un primer momento, responden positivamente a la actividad del Señor, aunque después le abandonan. En todo caso, esta distribución de personas y grupos humanos siempre mantiene el foco de atención en Jesús.

Entre estos grupos, destaca el de los discípulos. Como ha ilustrado bien S. Birskog, en Jesus the Only Teacher, el Señor preparó progresivamente a los Apóstoles para que aprendan el significado universal de la misión. Así, en un primer momento envió a los Doce con indicación expresa de no traspasar las fronteras de Israel (Mt 10, 5b-6) y con instrucciones sobre el modo de predicar y sanar. Después, en el momento de la ascensión (Mt 28, 20) les confía el mandato misionero, a la vez que les designa como maestros para todas las naciones. En este caso, no hay indicaciones precisas del Señor sobre el modo concreto de realizar ese mandato.

Durante las décadas que transcurren entre la partida del Señor y la aparición de los evangelios, los apóstoles dijeron muchas cosas, que podrían haber sido dignas de ser relatadas y transmitidas. Sin embargo, los evangelistas se guiaron por la intención precisa de presentar a Jesucristo, y nada más. Por ello, no quisieron completar, con un discurso apostólico, las palabras de Jesús; ni siquiera para iluminar los pasos más oscuros. Lo más probable es que, en los tiempos de la primera comunidad de Jerusalén, los discípulos más íntimos de Jesús fueron los responsables de reunir y transmitir las tradiciones sobre Jesús que constituyen la base de la tradición sinóptica. Ellos eran quienes estaban perfectamente informados y eran dignos de la confianza del Maestro.

 

“Porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos” (Mt 23, 8).

 

Estas palabras del Señor expresan una actitud que han compartido los cuatro evangelistas. Les preocupa, única y exclusivamente dar a conocer lo que el Maestro ha dicho. Esto no impide, como ha admitido Gerhardsson, que se sientan libres para reorganizar los dichos que les han sido transmitidos. Se trata de un recurso para exponerlos de forma inteligible que no atenta contra la historicidad de lo recibido.

Esta extraordinaria concentración del interés en la persona de Jesús de Nazaret marca un rasgo diferencial entre la primera comunidad cristiana y el judaísmo. Se hace especialmente evidente si comparamos los evangelios con la literatura de la tradición judía, el ámbito en el que nace. En ella aparecen muchos maestros: el Talmud nombra a unos dos mil rabinos, y todos ellos gozan de gran prestigio, por el que son citados con respeto.

Pero ninguno de ellos, ni su conjunto, no son el centro de atención, que está situado en la Torá. Así, los autores del Talmud transcriben en serie, una tras otra, las sentencias de los diferentes rabinos; la diferencia de autoridad entre unos y otros es de grado. Y no es este el caso de los evangelios, donde la sola figura de Jesús goza de una neta superioridad y de una autoridad única. Siempre que aparece, domina la escena de modo soberano. Nadie tiene, ni de lejos, una categoría parecida.

Podemos situarnos en una perspectiva histórica y recordar cómo, en el contexto judío, los discípulos estaban pendientes de las palabras de sus maestros y seguían atentamente todos sus movimientos, con el fin de aprender a vivir correctamente. Entonces resulta sumamente difícil imaginar que los discípulos de Jesús puedan haber estado menos interesados por escuchar a su maestro, por observar su forma de actuar, y por conservar todo esto en su memoria.

Como también ha observado Gerhardsson, los dichos de Jesús recogidos en los sinópticos no tienen el carácter de palabras cotidianas o intrascendentes. Tampoco pueden considerarse como fragmentos escogidos de sermones o discursos doctrinales. Se trata, más bien, de textos breves, lacónicos y lapidarios, de afirmaciones directas y afinadas, ricas en su contenido y poéticas en su forma. Tienen las figuras típicas que había ideado la tradición oral rabínica para facilitar la memorización.

Por otra parte, los evangelistas revelan que esta concentración material en Jesús se completa con una concentración formal en Él. Los evangelistas hacen teología deliberadamente: lo demuestra la forma en que idean su obra, agrupan sus datos, organizan las perícopas; omiten, añaden y modifican las formulaciones. Pero no consideran que su tarea consiste en escribir una presentación razonada de Jesús, es decir, en exponer el mensaje y sus enseñanzas creando, con palabras de ellos mismos, comentarios teológicos, argumentos doctrinales y discursos exhortatorios.

Ellos permiten que Jesús hable por sí mismo, generalmente en forma de discurso directo. Relatan, concisamente y sin rodeos, los episodios referentes al Maestro. No se permiten hacer comentarios, a no ser para unir unas perícopas con otras mediante observaciones ocasionales, breves y poco relevantes.

La relación entre los discípulos y Jesús, pues, marca el paso del Antiguo Testamento, con centro en la Torá, al Nuevo Testamento, centrado en el Maestro.

Son temas en los que profundiza el Máster en Estudios Bíblicos que organiza UNIR.