Así fue el nacimiento de la Virgen María según San Máximo el Confesor y otras tradiciones

San Máximo el Confesor (c. 580 – 662), un autor bizantino prolífico y culto de tradición neoplatónica, que murió desterrado en Georgia, pocos meses después de que le arrancaran la lengua y le cortaran la mano derecha para impedirle escribir. Su obra La Vida de la Madre de Dios” nos ha llegado a través de una traducción medieval en lengua georgiana (él la escribió en griego, pero esa versión se ha perdido).

Esta obra recoge tradiciones de textos apócrifos (el mismo san Máximo lo declara) pero dándole credibilidad porque asegura que santos bizantinos previos apoyaban estas enseñanzas. Parte de los datos que ofrece proceden del Protoevangelio de Santiago que hemos comentado. La copiamos aquí.

 

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El nacimiento de la Virgen María según la Vida de la Madre de Dios de San Máximo el Confesor (s.VII)

 

“Había alguien que se distinguía en su conducta según la ley, y que era el padre de la Santísima Madre de Dios, famoso por su misericordia. Se llamaba Joaquín; era de la casa de David, el rey y profeta; su mujer se llamaba Ana. Permaneció sin hijos hasta la vejez, porque su esposa era estéril. Y, sin embargo, precisamente a ella le estaba reservado el honor al que, según la ley de Moisés, aspiraban todas las mujeres que dan a luz, honor que no había sido concedido a ninguna mujer privada de hijos».

«Joaquín y Ana, en efecto, eran dignos de honor y de veneración, tanto en palabras como en obras; eran conocidos como pertenecientes a la estirpe de Judá y David, a la descendencia de reyes. Cuando se unieron las casas de Judá y de Leví, la rama real y la sacerdotal quedaron mezcladas. Así está escrito tanto respecto a Joaquín como respecto a José, con quien se desposó la Virgen santa. De este último se afirma directamente que era de la casa y tribu de David (cfr. Mt 1, 16; Lc 1, 5); pero lo eran los dos: uno según la descendencia natural de David, el otro en virtud de la ley según la cual eran levitas».

«También la bienaventurada Ana era una rama elegida de la misma casa. Esto significaba de antemano que el rey que nacería de su hija iba a ser sumo sacerdote, en cuanto Dios y en cuanto hombre. Sin embargo, la falta de hijos causaba un gran dolor a los venerables y estimados padres de la Virgen, a causa de la ley de Moisés y también por las burlas que recibían de algunos hombres necios. Deseaban el nacimiento de un descendiente que borrara la ignominia ante sus ojos y ante el mundo entero, y llevarles así a una gloria superior».

«Entonces la bienaventurada Ana, como aquella otra Ana madre de Samuel (cfr. 1 Sam 1, 11), fue al templo y suplicó al Creador del universo que le concediera un fruto de sus entrañas, para consagrárselo, a cambio de haberlo recibido como don. Tampoco el bienaventurado Joaquín estaba inactivo, sino que pedía a Dios que lo librase de la falta de hijos».

 
Icono de tradición oriental sobre el nacimiento de María:
Santa Ana descansa en la cama, mientras lavan y enfajan a María bebé

 

 

«El Rey benigno, el Autor generoso de todos los dones, escuchó la oración del justo y envió un anuncio a los dos cónyuges. Primero mandó un mensaje a Joaquín mientras se hallaba rezando en el templo. Le hizo oír una voz del cielo que le decía: “Tendrás una hija que será gloria, no sólo para ti, sino para el mundo entero”. Este mismo anuncio le fue hecho a la bienaventurada Ana; ella no cesaba de rezar a Dios con ardientes lágrimas. También a ella le fue enviado el mensaje de parte de Dios, en el jardín donde ofrecía sacrificios con peticiones y plegarias al Señor. El ángel de Dios vino a ella y le dijo: “Dios ha escuchado tu oración; darás a luz a la anunciadora del gozo y la llamarás María, porque de Ella nacerá la salvación del mundo entero”».

«Después del mensaje tuvo lugar el embarazo; y de la estéril Ana nació María, iluminadora de todos: así, en efecto, se traduce el nombre de María: “iluminadora”. Entonces los venerables padres de la feliz y santa niña quedaron colmados de una gran alegría. Joaquín organizó un banquete e invitó a todos sus vecinos, sabios e ignorantes, y todos dieron gloria a Dios, que había obrado para ellos un gran prodigio».

«De este modo, la angustia de Ana se trocó en una gloria más sublime, la gloria de convertirse en puerta de la puerta de Dios, puerta de su vida y comienzo de su gloriosa conducta».

 

 

+ info :   San Máximo el Confesor

La Natividad de la Virgen María – 8 de septiembre