La Eucaristía en el siglo II – un rito muy actual

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La Eucaristía en el siglo II – un rito muy actual

Cómo era la Misa en el siglo II

Gracias a los testimonios de los primeros cristianos, podemos conocer cómo era la Eucaristía del siglo II. Glosando la famosa descripción de San Justino Mártir en su libro Apología I, encontramos algunos elementos invariables hasta nuestros días.

La liturgia de la Eucaristía se desarrollaba conforme a una estructura fundamental que comprende dos grandes momentos y que forman una unidad básica: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística.

El origen: la Última Cena

Dice Ratzinger: «La liturgia cristiana tiene su origen en el Cenáculo, en el que se anticipó el misterio pascual de la muerte y resurrección y se abrió a una actualización cultual en el presente». La liturgia cristiana parte de los gestos sencillos de aquella gran hora de Jesús. El contexto pascual de aquella cena explica también la presencia de la Palabra: porque Jesús pronunció una bendición y dio gracias, con una alusión evidente a la oración judía de alabanza y agradecimiento (llamada berakah). Asimismo, las fuentes hablan de que antes de salir a Getsemaní (Mt 25,30) cantaron unos salmos, el gran Hallel (Salmos 113-117).

Testimonio de San Justino

«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros […] (Apología, 1, 67) y por todos los demás donde quiera que estén, […] a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna. Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados. El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.

Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. […] Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua ‘eucaristizados’ y los llevan a los ausentes» (Apología, 1, 65).

El testimonio explicado

Al inicio trata sobre el marco o contexto en el que se desarrolla la celebración: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo». Vemos que la asamblea cristiana se reúne el “día del sol”. Hace referencia al primer día de la semana, más tarde llamado “domingo”, día del Señor, en recuerdo de Su Resurrección. Una celebración semanal, matutina, festiva y para una comunidad concreta.

 

Liturgia de la Palabra

Más adelante, san Justino recoge los elementos de la liturgia de la Palabra. En efecto, los cristianos se separaron enseguida de los sacrificios del Templo, pero seguían reuniéndose en el atrio de Salomón y participaban allí en la celebración de la palabra y en la oración de Israel. Leían la Escritura referida a Cristo. Pero pronto fue necesario organizar una celebración de la palabra unida a la eucarística. Hay eco de esto en el relato de los discípulos de Emaús: «En el camino les explicaba las Escrituras, luego sentándose a la mesa con ellos, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio»  (Lc 24, 13-35). Encontramos, por tanto:

1. Lecturas de los libros de la Sagrada Escritura, del Nuevo y del Antiguo Testamento: «Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas…».

2. Homilía: «Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra…».

3. Oración universal: «Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros y por todos los demás donde quiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones…».

4. Rito de la paz: «Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros». Actualmente este gesto tiene lugar antes de la comunión, aunque se está estudiando la posibilidad de cambiar su lugar (cfr. Sacramentum caritatis, n. 49).

 

Liturgia Eucarística

En segundo lugar, presenta la liturgia eucarística propiamente dicha:

1. Presentación del pan y del vino: «Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados».

2. Acción de gracias consecratoria: “El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias largamente (…). Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén».

3. Comunión: «Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua ‘eucaristizados’ y los llevan a los ausentes». Vemos ya la praxis de la comunión de los creyentes; asimismo, quienes estaban ausentes por enfermedad recibían en sus casas la comunión.

Se pueden observar los elementos de continuidad entre la Última Cena, las reuniones de los primeros cristianos para celebrar la Eucaristía y la Santa Misa de hoy día. Ser conscientes de este origen apostólico ayuda a nuestra fe. Vivimos la comunión de los santos, celebramos la fe que nos han legado y que estamos llamados a transmitir.

 

 Pedro Sauras

BIBLIOGRAFÍA

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1345-1347.
  • F. M. Arocena (ed.), Contemplar la Eucaristía, Rialp, Madrid 2000, 38-40.
  • A. García Ibáñez, La Eucaristía, don y misterio, Eunsa, Pamplona 2009, 105-107.
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El Texto completo de San Justino es :
«Después de ser lavado de ese modo, y adherirse a nosotros quien ha creído, le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado (bautizado), y por los demás esparcidos en todo el mundo. Suplicamos que, puesto que hemos conocido la verdad, seamos en nuestras obras hombres de buena conducta, cumplidores de los mandamientos, y así alcancemos la salvación eterna.
Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece pan y un vaso de agua y vino a quien hace cabeza (cf. I Timoteo V, 17), que los toma, y da alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. Después pronuncia una larga acción de gracias por habernos concedido los dones que de Él nos vienen. Y cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén (cf. I Corintios XIV, 16), que en hebreo quiere decir γένοιτο (así sea). Cuando el primero ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos diáconos dan a cada asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se pronunció la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes.
A este alimento lo llamamos Εὐχαριστία (Eucaristía). A nadie le es lícito participar si no cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que, así como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarnó (cf. San Juan I, 14) por virtud del Verbo de Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han enseñado que esta comida –de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre– es la Carne y la Sangre del mismo Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha realizado el prodigio mediante la oración que contiene las palabras del mismo Cristo. Los Apóstoles –en sus comentarios, que se llaman Evangelios– nos transmitieron que así se lo ordenó Jesús cuando, tomó el pan y, dando gracias, dijo: “Haced esto en conmemoración mía; esto es mi Cuerpo” (San Lucas XXII, 19). Y de la misma manera, tomando el cáliz dio gracias y dijo: “ésta es mi Sangre” (cf. San Mateo XXVI, 27-28). Y sólo a ellos lo entregó. Esto es lo que los perversos demonios han imitado en los misterios de Mitra, ordenando hacer la misma cosa. Porque, un pan y un vaso de agua con ciertos encantamientos son puestos en los ritos mistéricos de quien está siendo iniciado, como sabeis o podeis oir.
Nosotros, en cambio, después de esta iniciación, recordamos estas cosas constantemente entre nosotros. Los que tenemos, socorremos a todos los necesitados y nos asistimos siempre los unos a los otros. Por todo lo que comemos, bendecimos siempre al Hacedor del universo a través de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.
El día que se llama del sol [Domingo, N. del E.], se celebra una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. Cuando el lector termina, el que hace cabeza nos exhorta con su palabra y nos invita a imitar aquellos ejemplos. Después nos levantamos todos a una, y elevamos nuestras oraciones. Al terminarlas, se ofrece el pan y el vino con agua como ya dijimos, y el que preside, según sus fuerzas, también eleva sus preces y acciones degracias, y todo el pueblo exclama: Amén. Entonces viene la distribución y participación de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío a los ausentes por medio de los diáconos.
Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le constituye en proveedor para quien se halle en la necesidad. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también porque es el día en que Jesucristo, Nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues hay que saber que le entregaron en el día anterior al día de Saturno [Sábado, N. del E.], y en el siguiente –que es el día del sol–, apareciéndose a sus Apóstoles y discípulos (cf. San Mateo XXVIII, 9), nos enseñó esta misma doctrina que exponemos a vuestro examen».
SAN JUSTINO MÁRTIR, Apología I a Antonino Pío, capítulos LXV-LXVII.
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