"Este año conmemoramos otro significativo aniversario: veinte años de la caída delMuro de Berlín, símbolo elocuente del fin de los regímenes totalitarios del Este europeo. "La caída del Muro, -escribió Juan Pablo II-, igual que el derrumbe de los peligrosos simulacros y de la ideología opresiva, demostró que las libertades fundamentales, que dan significado a la vida humana, no pueden ser reprimidas ni sofocadas durante mucho tiempo”.

"Esa frontera de muerte durante muchos años dividió nuestra patria y separó a la fuerza a hombres, familias, vecinos y amigos. Entonces, muchos vieron en lo que ocurrió el 9 de noviembre de 1989 el inicio inesperado de la libertad, tras una larga y dolorosa noche de violencia y opresión, por un sistema totalitario que, a fin de cuentas, conducía al nihilismo, a un vaciado de las almas. En la dictadura comunista no había ninguna acción considerada mala por sí misma o siempre inmoral. Lo que servía a los objetivos del partido era bueno, por muy inhumano que fuera”.
"Hoy algunos se preguntan si el orden social occidental es mucho mejor y más humanitario. De hecho, la historia de la República Federal de Alemania es la prueba de que sí lo es. Porque invita a los hombres a dar la prioridad, con responsabilidad ante Dios Creador, la prioridad a la dignidad humana en cualquier legislación estatal, a respetar el matrimonio y la familia como fundamento de toda sociedad, a tener consideración y respeto por lo que es sagrado para otras personas”.
Además, también hay referencias a esta figura en las Sagradas Escrituras. En la Carta a los Romanos, capítulo 16, San Pablo hace referencia a Febe, a quien llamaba “diaconisa” de la Iglesia de Céncreas. Este es solo un ejemplo de los muchos encontrados en diferentes documentos históricos.
PHILIP GOYRET
Pontificia Universidad de la Santa Cruz
En las Constituciones Apostólicas, que es un documento que se remonta al siglo IV en Siria, y tiene distintas versiones, pero ahí se habla de las diaconisas, incluso hay un rito de ordenación de diaconisas. Y, luego, en la legislación de Justiniano. En fin, incluso en el Concilio de Calcedonia hay un canon que tiene que ver con las diaconisas. O sea, que diaconisas las ha habido. Entonces, naturalmente, el argumento es: bueno, si ha habido diaconisas antes, ¿por qué no puede haber ahora? Esa es la gran pregunta.
Esta fue la pregunta que le hicieron al papa el grupo de casi 900 religiosas de la Unión Internacional de Superioras Generales en 2016. De hecho, le plantearon la posibilidad de constituir una comisión oficial para estudiar el diaconado femenino en la Iglesia primitiva.
SOR PATRICIA MURRAY
Secretaria Ejecutiva (UISG)
Por ejemplo, la cuestión de las mujeres diáconos se planteó hace tres años al papa, que creó una comisión, y es posible que en el futuro hable de los resultados del trabajo de esa comisión.
La comisión, instituida en 2016, no llegó a ninguna conclusión. Francisco, durante el Sínodo de la Amazonía, se comprometió formar una nueva.
FRANCISCO
Asumo el pedido de re-llamar a la comisión o, quizás, abrirla con nuevos miembros para seguir estudiando cómo existía en la Iglesia primitiva el diaconado permanente. Ustedes saben que llegaron a un acuerdo entre todos que no era claro.
En 2020, creó la segunda comisión de su pontificado dedicada a este tema. Hasta el momento, el Vaticano tampoco ha publicado ninguna conclusión.
La última vez que la cuestión salió a debate fue en el Sínodo sobre la Sinodalidad y, además, fue el punto más discutido de todos en el documento final.
Expertos como Philip Goyret señalan que volver a instaurar un diaconado femenino en la Iglesia dependerá de las funciones que se le asignen. Las que tenía en la Iglesia primitiva ya no sirven. Por ejemplo: eran las encargadas de bautizar a las mujeres adultas, sacramento que en aquella época se les administraba por inmersión y desnudas, por lo que no era prudente que se encargase el propio obispo. Además, señala que el concepto de diácono ha cambiado con el paso de los siglos.

PHILIP GOYRET
Pontificia Universidad de la Santa Cruz
¿Es lo mismo el diaconado masculino de hoy -el único que existe- con el diaconado femenino de los primeros siglos? Esta es la gran pregunta.
Lo mejor que podemos hacer es comparar las funciones. De la comparación de las funciones, el dato que surge es prevalentemente negativo. Negativo en el sentido de que no podemos homologar el diaconado femenino antiguo con el diaconado actual.
Goyret considera que hay que tener presente la tradición de la Iglesia, su historia; porque llegado a un cierto punto se prescindió de las diaconisas. Pero al mismo tiempo indica que, a nivel teológico, no hay argumentos que impidan a una mujer pueda ser diácono.
Además, también hay referencias a esta figura en las Sagradas Escrituras. En la Carta a los Romanos, capítulo 16, San Pablo hace referencia a Febe, a quien llamaba “diaconisa” de la Iglesia de Céncreas. Este es solo un ejemplo de los muchos encontrados en diferentes documentos históricos.
PHILIP GOYRET
Pontificia Universidad de la Santa Cruz
En las Constituciones Apostólicas, que es un documento que se remonta al siglo IV en Siria, y tiene distintas versiones, pero ahí se habla de las diaconisas, incluso hay un rito de ordenación de diaconisas. Y, luego, en la legislación de Justiniano. En fin, incluso en el Concilio de Calcedonia hay un canon que tiene que ver con las diaconisas. O sea, que diaconisas las ha habido. Entonces, naturalmente, el argumento es: bueno, si ha habido diaconisas antes, ¿por qué no puede haber ahora? Esa es la gran pregunta.
Esta fue la pregunta que le hicieron al papa el grupo de casi 900 religiosas de la Unión Internacional de Superioras Generales en 2016. De hecho, le plantearon la posibilidad de constituir una comisión oficial para estudiar el diaconado femenino en la Iglesia primitiva.
SOR PATRICIA MURRAY
Secretaria Ejecutiva (UISG)
Por ejemplo, la cuestión de las mujeres diáconos se planteó hace tres años al papa, que creó una comisión, y es posible que en el futuro hable de los resultados del trabajo de esa comisión.
La comisión, instituida en 2016, no llegó a ninguna conclusión. Francisco, durante el Sínodo de la Amazonía, se comprometió formar una nueva.
FRANCISCO
Asumo el pedido de re-llamar a la comisión o, quizás, abrirla con nuevos miembros para seguir estudiando cómo existía en la Iglesia primitiva el diaconado permanente. Ustedes saben que llegaron a un acuerdo entre todos que no era claro.
En 2020, creó la segunda comisión de su pontificado dedicada a este tema. Hasta el momento, el Vaticano tampoco ha publicado ninguna conclusión.
La última vez que la cuestión salió a debate fue en el Sínodo sobre la Sinodalidad y, además, fue el punto más discutido de todos en el documento final.
Expertos como Philip Goyret señalan que volver a instaurar un diaconado femenino en la Iglesia dependerá de las funciones que se le asignen. Las que tenía en la Iglesia primitiva ya no sirven. Por ejemplo: eran las encargadas de bautizar a las mujeres adultas, sacramento que en aquella época se les administraba por inmersión y desnudas, por lo que no era prudente que se encargase el propio obispo. Además, señala que el concepto de diácono ha cambiado con el paso de los siglos.

PHILIP GOYRET
Pontificia Universidad de la Santa Cruz
¿Es lo mismo el diaconado masculino de hoy -el único que existe- con el diaconado femenino de los primeros siglos? Esta es la gran pregunta.
Lo mejor que podemos hacer es comparar las funciones. De la comparación de las funciones, el dato que surge es prevalentemente negativo. Negativo en el sentido de que no podemos homologar el diaconado femenino antiguo con el diaconado actual.
Goyret considera que hay que tener presente la tradición de la Iglesia, su historia; porque llegado a un cierto punto se prescindió de las diaconisas. Pero al mismo tiempo indica que, a nivel teológico, no hay argumentos que impidan a una mujer pueda ser diácono.
“Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios" Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1054.
Hallamos indicios preciosos en la Escritura, que sirven de base para la doctrina de purificación postmortal. Por una parte, está la insistencia bíblica en la santidad de Dios, que reclama del hombre una cierta preparación para acceder a la presencia divina .
La ley del Antiguo Testamento sobre la pureza legal estaba encaminada a inculcar esta idea en el pueblo elegido , al estipular a quienes debían participar en el culto, ritos previos de purificación. En la predicación de Jesús también encontramos la misma invitación fundamental:
“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” . Dios santo pide -y facilita- una santidad correspondiente en el hombre. Es razonable pensar que, si una persona muere libre de pecado mortal pero sin haber coronado su camino de santidad -“la santificación, sin la cual la cual nadie puede ver a Dios" -, su historia de perfeccionamiento prosiga tras la muerte.
Además, la Sagrada Escritura refrenda la práctica de oración de impetración que hacen los vivos por los muertos: ‘santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados’ (Cfr. 2 Macabeos 12, 45-46). Los cristianos, ya desde los primeros siglos, vivieron esta práctica, expresión de su fe en la comunión de los santos.
“La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios por ellos" Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 50.
Los creyentes se sentían movidos a ofrecer esas oraciones, además, al comprobar que en la vida real diferentes personas alcanzan grados diversos de santidad: algunas, un grado tan alto que, nada más morir, son tratadas espontáneamente por los fieles como intercesores ante Dios; y otras que, aun habiendo vivido cristianamente, son encomendadas a la misericordia divina, para que sean admitidas al descanso eterno .
La doctrina del purgatorio nos recuerda que, para un sujeto con uso de libertad, una cierta preparación –acompasada por la gracia- es necesaria para ser admitido al consorcio trinitario. Hay un camino que recorrer que, si no llega a consumarse en esta vida, debe terminarse luego. El misterio de maduración postmortal es sumamente congruente con la santidad, justicia y amor de Dios.
"El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él"S. Josemaría Escrivá, Surco, 889 .
Así, el individuo que muere en gracia pero con imperfecta santidad ya está salvado, pero su plena comunión con la Trinidad queda retrasada mientras no posea la suficiente madurez en el amor y la santidad (aunque la dilación no se puede medir con categorías terrenas: segundos, minutos, meses, años, siglos...).
El retraso implica, para el difunto, una experiencia dolorosa y gozosa a la vez. Se ve a sí mismo unido a Cristo, pero no cabalmente cristificado todavía. La plena comunión con el Señor, con el Padre y con el Espíritu Santo, está ya casi al alcance, al no interponerse ningún obstáculo permanente; sin embargo, el sujeto se percibe a sí mismo inmaduro para tal consorcio.
Su amor se traduce entonces en dolor, por la tardanza del encuentro con el Amado. Sta. Catalina de Génova (s. XV) afirma que el fuego que experimentan el alma en el purgatorio no es otro que la pena que brota al comprobar, por una parte, que ningún pecado serio obstaculiza la unión con Dios, y al descubrir, por otra, que el estado de santidad imperfecta impide acercarse plenamente . Se trata, pues, de una pena de retraso; del amor nace el dolor, y el mismo dolor perfecciona finalmente el amor.
La Iglesia, en sus ritos funerales y sus oraciones por los muertos, así como en la celebración del Día de Todos los difuntos, recuerda a los fieles el valor de los sufragios por los muertos. Realmente es posible esta sobrenatural comunicación de bienes, gracias a la comunión de los santos. El hecho nos recuerda nuestra realidad como seres-en-relación:
“Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma... Nadie se salva solo... Mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser... mi oración por él... puede significar una pequeña etapa de su purificación” Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 48.
La eficacia de las oraciones de los vivos por los difuntos se comprende mejor a la luz de la pertenencia de los cristianos a Cristo. El Señor, desde su sede a la derecha del Padre, ora incesantemente por los vivos y muertos; y los que están incorporados a Él pueden pedir juntamente con Él: Vox una, quia caro una, dice S. Agustín . Como parte del “Cristo Total” –según la terminología agustiniana -, los cristianos podemos rezar por los difuntos con la seguridad de que el Padre nos escucha.
by J. José Alviar www.primeroscristianos.com
“Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios" Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1054.
Hallamos indicios preciosos en la Escritura, que sirven de base para la doctrina de purificación postmortal. Por una parte, está la insistencia bíblica en la santidad de Dios, que reclama del hombre una cierta preparación para acceder a la presencia divina .
La ley del Antiguo Testamento sobre la pureza legal estaba encaminada a inculcar esta idea en el pueblo elegido , al estipular a quienes debían participar en el culto, ritos previos de purificación. En la predicación de Jesús también encontramos la misma invitación fundamental:
“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” . Dios santo pide -y facilita- una santidad correspondiente en el hombre. Es razonable pensar que, si una persona muere libre de pecado mortal pero sin haber coronado su camino de santidad -“la santificación, sin la cual la cual nadie puede ver a Dios" -, su historia de perfeccionamiento prosiga tras la muerte.
Además, la Sagrada Escritura refrenda la práctica de oración de impetración que hacen los vivos por los muertos: ‘santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados’ (Cfr. 2 Macabeos 12, 45-46). Los cristianos, ya desde los primeros siglos, vivieron esta práctica, expresión de su fe en la comunión de los santos.
“La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios por ellos" Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 50.
Los creyentes se sentían movidos a ofrecer esas oraciones, además, al comprobar que en la vida real diferentes personas alcanzan grados diversos de santidad: algunas, un grado tan alto que, nada más morir, son tratadas espontáneamente por los fieles como intercesores ante Dios; y otras que, aun habiendo vivido cristianamente, son encomendadas a la misericordia divina, para que sean admitidas al descanso eterno .
La doctrina del purgatorio nos recuerda que, para un sujeto con uso de libertad, una cierta preparación –acompasada por la gracia- es necesaria para ser admitido al consorcio trinitario. Hay un camino que recorrer que, si no llega a consumarse en esta vida, debe terminarse luego. El misterio de maduración postmortal es sumamente congruente con la santidad, justicia y amor de Dios.
"El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él"S. Josemaría Escrivá, Surco, 889 .
Así, el individuo que muere en gracia pero con imperfecta santidad ya está salvado, pero su plena comunión con la Trinidad queda retrasada mientras no posea la suficiente madurez en el amor y la santidad (aunque la dilación no se puede medir con categorías terrenas: segundos, minutos, meses, años, siglos...).
El retraso implica, para el difunto, una experiencia dolorosa y gozosa a la vez. Se ve a sí mismo unido a Cristo, pero no cabalmente cristificado todavía. La plena comunión con el Señor, con el Padre y con el Espíritu Santo, está ya casi al alcance, al no interponerse ningún obstáculo permanente; sin embargo, el sujeto se percibe a sí mismo inmaduro para tal consorcio.
Su amor se traduce entonces en dolor, por la tardanza del encuentro con el Amado. Sta. Catalina de Génova (s. XV) afirma que el fuego que experimentan el alma en el purgatorio no es otro que la pena que brota al comprobar, por una parte, que ningún pecado serio obstaculiza la unión con Dios, y al descubrir, por otra, que el estado de santidad imperfecta impide acercarse plenamente . Se trata, pues, de una pena de retraso; del amor nace el dolor, y el mismo dolor perfecciona finalmente el amor.
La Iglesia, en sus ritos funerales y sus oraciones por los muertos, así como en la celebración del Día de Todos los difuntos, recuerda a los fieles el valor de los sufragios por los muertos. Realmente es posible esta sobrenatural comunicación de bienes, gracias a la comunión de los santos. El hecho nos recuerda nuestra realidad como seres-en-relación:
“Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma... Nadie se salva solo... Mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser... mi oración por él... puede significar una pequeña etapa de su purificación” Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 48.
La eficacia de las oraciones de los vivos por los difuntos se comprende mejor a la luz de la pertenencia de los cristianos a Cristo. El Señor, desde su sede a la derecha del Padre, ora incesantemente por los vivos y muertos; y los que están incorporados a Él pueden pedir juntamente con Él: Vox una, quia caro una, dice S. Agustín . Como parte del “Cristo Total” –según la terminología agustiniana -, los cristianos podemos rezar por los difuntos con la seguridad de que el Padre nos escucha.
by J. José Alviar www.primeroscristianos.com
“Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios" Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1054.
Hallamos indicios preciosos en la Escritura, que sirven de base para la doctrina de purificación postmortal. Por una parte, está la insistencia bíblica en la santidad de Dios, que reclama del hombre una cierta preparación para acceder a la presencia divina .
La ley del Antiguo Testamento sobre la pureza legal estaba encaminada a inculcar esta idea en el pueblo elegido , al estipular a quienes debían participar en el culto, ritos previos de purificación. En la predicación de Jesús también encontramos la misma invitación fundamental:
“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” . Dios santo pide -y facilita- una santidad correspondiente en el hombre. Es razonable pensar que, si una persona muere libre de pecado mortal pero sin haber coronado su camino de santidad -“la santificación, sin la cual la cual nadie puede ver a Dios" -, su historia de perfeccionamiento prosiga tras la muerte.
Además, la Sagrada Escritura refrenda la práctica de oración de impetración que hacen los vivos por los muertos: ‘santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados’ (Cfr. 2 Macabeos 12, 45-46). Los cristianos, ya desde los primeros siglos, vivieron esta práctica, expresión de su fe en la comunión de los santos.
“La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios por ellos" Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 50.
Los creyentes se sentían movidos a ofrecer esas oraciones, además, al comprobar que en la vida real diferentes personas alcanzan grados diversos de santidad: algunas, un grado tan alto que, nada más morir, son tratadas espontáneamente por los fieles como intercesores ante Dios; y otras que, aun habiendo vivido cristianamente, son encomendadas a la misericordia divina, para que sean admitidas al descanso eterno .
La doctrina del purgatorio nos recuerda que, para un sujeto con uso de libertad, una cierta preparación –acompasada por la gracia- es necesaria para ser admitido al consorcio trinitario. Hay un camino que recorrer que, si no llega a consumarse en esta vida, debe terminarse luego. El misterio de maduración postmortal es sumamente congruente con la santidad, justicia y amor de Dios.
"El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él"S. Josemaría Escrivá, Surco, 889 .
Así, el individuo que muere en gracia pero con imperfecta santidad ya está salvado, pero su plena comunión con la Trinidad queda retrasada mientras no posea la suficiente madurez en el amor y la santidad (aunque la dilación no se puede medir con categorías terrenas: segundos, minutos, meses, años, siglos...).
El retraso implica, para el difunto, una experiencia dolorosa y gozosa a la vez. Se ve a sí mismo unido a Cristo, pero no cabalmente cristificado todavía. La plena comunión con el Señor, con el Padre y con el Espíritu Santo, está ya casi al alcance, al no interponerse ningún obstáculo permanente; sin embargo, el sujeto se percibe a sí mismo inmaduro para tal consorcio.
Su amor se traduce entonces en dolor, por la tardanza del encuentro con el Amado. Sta. Catalina de Génova (s. XV) afirma que el fuego que experimentan el alma en el purgatorio no es otro que la pena que brota al comprobar, por una parte, que ningún pecado serio obstaculiza la unión con Dios, y al descubrir, por otra, que el estado de santidad imperfecta impide acercarse plenamente . Se trata, pues, de una pena de retraso; del amor nace el dolor, y el mismo dolor perfecciona finalmente el amor.
La Iglesia, en sus ritos funerales y sus oraciones por los muertos, así como en la celebración del Día de Todos los difuntos, recuerda a los fieles el valor de los sufragios por los muertos. Realmente es posible esta sobrenatural comunicación de bienes, gracias a la comunión de los santos. El hecho nos recuerda nuestra realidad como seres-en-relación:
“Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma... Nadie se salva solo... Mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser... mi oración por él... puede significar una pequeña etapa de su purificación” Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 48.
La eficacia de las oraciones de los vivos por los difuntos se comprende mejor a la luz de la pertenencia de los cristianos a Cristo. El Señor, desde su sede a la derecha del Padre, ora incesantemente por los vivos y muertos; y los que están incorporados a Él pueden pedir juntamente con Él: Vox una, quia caro una, dice S. Agustín . Como parte del “Cristo Total” –según la terminología agustiniana -, los cristianos podemos rezar por los difuntos con la seguridad de que el Padre nos escucha.
by J. José Alviar www.primeroscristianos.com
Y, porque consideró que aquellos que se han dormido en Dios tienen gran gracia en ellos. Es, por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados" (2 Mac. 12,43-46).
En los tiempos de los Macabeos los líderes del pueblo de Dios no tenían dudas en afirmar la eficiencia de las oraciones ofrecidas por los muertos para que aquellos que habían partido de ésta vida encuentren el perdón por sus pecados y esperanza de resurrección eterna.
Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que apuntan a un proceso de purificación después de la muerte. Es por esto que Jesucristo declara (Mt. 12,32) "Y quien hable una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado: pero aquel que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el que vendrá".
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De acuerdo con San Isidoro de Sevilla (Deord. creatur., c. XIV, n. 6) estas palabras prueban que en la próxima vida "algunos pecados serán perdonados y purgados por cierto fuego purificador".
San Agustín también argumenta, "que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) a quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir." (De Civ. Dei, XXI, XXIV).
San Gregorio Magno (Dial., IV, XXXIX) hace la misma interpretación; San Beda (comentario sobre este texto) y San Bernardo (Sermo LXVI en Cantic., n.11) también lo entienden así.
Un nuevo argumento es dado por San Pablo en 1 Cor. 3,11-15: "Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. [14] Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. [15] Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego."
Este pasaje es visto por muchos de los Padres y teólogos como evidencia de la existencia de un estado intermedio en el cual el alma purificada será salvada.
El testimonio de la Tradición. es universal y constante. Llega hasta nosotros por un triple camino:
1) la costumbre de orar por los difuntos privadamente y en los actos litúrgicos;
2) las alusiones explícitas en los escritos patrísticos a la existencia y naturaleza de las penas del purgatorio;
3) los testimonios arqueológicos, como epitafios e inscripciones funerarias en los que se muestra la fe en una purificación ultraterrena.
Esta doctrina de que muchos que han muerto aún están en un lugar de purificación y que las oraciones valen para ayudar a los muertos es parte de la tradición cristiana más antigua.
Tertuliano (155-225) en "De corona militis" menciona las oraciones para los muertos como una orden apostólica y en "De Monogamia" (cap. X, P. L., II, col. 912) aconseja a una viuda "orar por el alma de su esposo, rogando por el descanso y participación en la primera resurrección"; además, le ordena "hacer sacrificios por él en el aniversario de su defunción," y la acusó de infidelidad si ella se negaba a socorrer su alma.
Del siglo II se conservan ya testimonios explícitos de las oraciones por los difuntos. Del siglo III hay testimonios que muestran que es común la costumbre de rezar en la Misa por ellos.
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Refiriéndose a la liturgia, comenta San Juan Crisóstomo (344-407): «Pensamos en procurarles algún alivio del modo que podamos... ¿Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren... Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que en medio de los venerados misterios se haga memoria de los que murieron... Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos gran provecho y utilidad...» (In Epist. ad Philippenses Hom., 3,4: PG 62,203).
Y San Agustín (354-430): «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la resurrección final, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia» (Enquiridión, 109-110: PL 40,283).
FUENTE: L. F. MATEO SECO (primeroscristianos.com)
BIBL.: S. TOMÁS DE APUINO, Suma teológica, Suppl. q71 ; (textos tomados de In IV Sent., d21, ql, al-8); íD, Summa contra Gentes, IV,91; iD, Contra errores graecorum, 32; fa, De rationibus lidei, c9; íD, Compendium theologiae, cl81; R. BELARMINO, De Ecclesia quae est in purgatorio, en Opera Omnia, II, Nápoles 1877, 351414; F. SUÁREZ, De poenitentia, disp. 45-48, 53; A. MICHEL, Purgatoire, en DTC 13,1163-1326; íD, Los misterios del más allá, San Sebastián 1954; H. LECLERCQ, Purgatoire, en DACL, XIV (II), 1978-1981 ; CH. JOURNET, Le purgatoire, Lieja 1932; M. JUGIE, Le purgatoire et les rnoyens de 1'éviter, París 1940; A. Royo MARíN, Teología de la salvación, Madrid 1956, 399-473; A. PIOLANTI, De Noaissimis el sanctorum communione, Roma 1960, 74-96; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, t. VII: Los novísimos, Madrid 1964, 490-508; C. Pozo, Teología del más allá, Madrid 1968, 240-255.
Ver en wikipedia
Y, porque consideró que aquellos que se han dormido en Dios tienen gran gracia en ellos. Es, por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados" (2 Mac. 12,43-46).
En los tiempos de los Macabeos los líderes del pueblo de Dios no tenían dudas en afirmar la eficiencia de las oraciones ofrecidas por los muertos para que aquellos que habían partido de ésta vida encuentren el perdón por sus pecados y esperanza de resurrección eterna.
Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que apuntan a un proceso de purificación después de la muerte. Es por esto que Jesucristo declara (Mt. 12,32) "Y quien hable una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado: pero aquel que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el que vendrá".
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De acuerdo con San Isidoro de Sevilla (Deord. creatur., c. XIV, n. 6) estas palabras prueban que en la próxima vida "algunos pecados serán perdonados y purgados por cierto fuego purificador".
San Agustín también argumenta, "que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) a quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir." (De Civ. Dei, XXI, XXIV).
San Gregorio Magno (Dial., IV, XXXIX) hace la misma interpretación; San Beda (comentario sobre este texto) y San Bernardo (Sermo LXVI en Cantic., n.11) también lo entienden así.
Un nuevo argumento es dado por San Pablo en 1 Cor. 3,11-15: "Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. [14] Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. [15] Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego."
Este pasaje es visto por muchos de los Padres y teólogos como evidencia de la existencia de un estado intermedio en el cual el alma purificada será salvada.
El testimonio de la Tradición. es universal y constante. Llega hasta nosotros por un triple camino:
1) la costumbre de orar por los difuntos privadamente y en los actos litúrgicos;
2) las alusiones explícitas en los escritos patrísticos a la existencia y naturaleza de las penas del purgatorio;
3) los testimonios arqueológicos, como epitafios e inscripciones funerarias en los que se muestra la fe en una purificación ultraterrena.
Esta doctrina de que muchos que han muerto aún están en un lugar de purificación y que las oraciones valen para ayudar a los muertos es parte de la tradición cristiana más antigua.
Tertuliano (155-225) en "De corona militis" menciona las oraciones para los muertos como una orden apostólica y en "De Monogamia" (cap. X, P. L., II, col. 912) aconseja a una viuda "orar por el alma de su esposo, rogando por el descanso y participación en la primera resurrección"; además, le ordena "hacer sacrificios por él en el aniversario de su defunción," y la acusó de infidelidad si ella se negaba a socorrer su alma.
Del siglo II se conservan ya testimonios explícitos de las oraciones por los difuntos. Del siglo III hay testimonios que muestran que es común la costumbre de rezar en la Misa por ellos.
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Refiriéndose a la liturgia, comenta San Juan Crisóstomo (344-407): «Pensamos en procurarles algún alivio del modo que podamos... ¿Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren... Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que en medio de los venerados misterios se haga memoria de los que murieron... Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos gran provecho y utilidad...» (In Epist. ad Philippenses Hom., 3,4: PG 62,203).
Y San Agustín (354-430): «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la resurrección final, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia» (Enquiridión, 109-110: PL 40,283).
FUENTE: L. F. MATEO SECO (primeroscristianos.com)
BIBL.: S. TOMÁS DE APUINO, Suma teológica, Suppl. q71 ; (textos tomados de In IV Sent., d21, ql, al-8); íD, Summa contra Gentes, IV,91; iD, Contra errores graecorum, 32; fa, De rationibus lidei, c9; íD, Compendium theologiae, cl81; R. BELARMINO, De Ecclesia quae est in purgatorio, en Opera Omnia, II, Nápoles 1877, 351414; F. SUÁREZ, De poenitentia, disp. 45-48, 53; A. MICHEL, Purgatoire, en DTC 13,1163-1326; íD, Los misterios del más allá, San Sebastián 1954; H. LECLERCQ, Purgatoire, en DACL, XIV (II), 1978-1981 ; CH. JOURNET, Le purgatoire, Lieja 1932; M. JUGIE, Le purgatoire et les rnoyens de 1'éviter, París 1940; A. Royo MARíN, Teología de la salvación, Madrid 1956, 399-473; A. PIOLANTI, De Noaissimis el sanctorum communione, Roma 1960, 74-96; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, t. VII: Los novísimos, Madrid 1964, 490-508; C. Pozo, Teología del más allá, Madrid 1968, 240-255.
Ver en wikipedia
Y, porque consideró que aquellos que se han dormido en Dios tienen gran gracia en ellos. Es, por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados" (2 Mac. 12,43-46).
En los tiempos de los Macabeos los líderes del pueblo de Dios no tenían dudas en afirmar la eficiencia de las oraciones ofrecidas por los muertos para que aquellos que habían partido de ésta vida encuentren el perdón por sus pecados y esperanza de resurrección eterna.
Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que apuntan a un proceso de purificación después de la muerte. Es por esto que Jesucristo declara (Mt. 12,32) "Y quien hable una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado: pero aquel que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el que vendrá".
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De acuerdo con San Isidoro de Sevilla (Deord. creatur., c. XIV, n. 6) estas palabras prueban que en la próxima vida "algunos pecados serán perdonados y purgados por cierto fuego purificador".
San Agustín también argumenta, "que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) a quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir." (De Civ. Dei, XXI, XXIV).
San Gregorio Magno (Dial., IV, XXXIX) hace la misma interpretación; San Beda (comentario sobre este texto) y San Bernardo (Sermo LXVI en Cantic., n.11) también lo entienden así.
Un nuevo argumento es dado por San Pablo en 1 Cor. 3,11-15: "Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. [14] Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. [15] Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego."
Este pasaje es visto por muchos de los Padres y teólogos como evidencia de la existencia de un estado intermedio en el cual el alma purificada será salvada.
El testimonio de la Tradición. es universal y constante. Llega hasta nosotros por un triple camino:
1) la costumbre de orar por los difuntos privadamente y en los actos litúrgicos;
2) las alusiones explícitas en los escritos patrísticos a la existencia y naturaleza de las penas del purgatorio;
3) los testimonios arqueológicos, como epitafios e inscripciones funerarias en los que se muestra la fe en una purificación ultraterrena.
Esta doctrina de que muchos que han muerto aún están en un lugar de purificación y que las oraciones valen para ayudar a los muertos es parte de la tradición cristiana más antigua.
Tertuliano (155-225) en "De corona militis" menciona las oraciones para los muertos como una orden apostólica y en "De Monogamia" (cap. X, P. L., II, col. 912) aconseja a una viuda "orar por el alma de su esposo, rogando por el descanso y participación en la primera resurrección"; además, le ordena "hacer sacrificios por él en el aniversario de su defunción," y la acusó de infidelidad si ella se negaba a socorrer su alma.
Del siglo II se conservan ya testimonios explícitos de las oraciones por los difuntos. Del siglo III hay testimonios que muestran que es común la costumbre de rezar en la Misa por ellos.
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Refiriéndose a la liturgia, comenta San Juan Crisóstomo (344-407): «Pensamos en procurarles algún alivio del modo que podamos... ¿Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren... Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que en medio de los venerados misterios se haga memoria de los que murieron... Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos gran provecho y utilidad...» (In Epist. ad Philippenses Hom., 3,4: PG 62,203).
Y San Agustín (354-430): «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la resurrección final, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia» (Enquiridión, 109-110: PL 40,283).
FUENTE: L. F. MATEO SECO (primeroscristianos.com)
BIBL.: S. TOMÁS DE APUINO, Suma teológica, Suppl. q71 ; (textos tomados de In IV Sent., d21, ql, al-8); íD, Summa contra Gentes, IV,91; iD, Contra errores graecorum, 32; fa, De rationibus lidei, c9; íD, Compendium theologiae, cl81; R. BELARMINO, De Ecclesia quae est in purgatorio, en Opera Omnia, II, Nápoles 1877, 351414; F. SUÁREZ, De poenitentia, disp. 45-48, 53; A. MICHEL, Purgatoire, en DTC 13,1163-1326; íD, Los misterios del más allá, San Sebastián 1954; H. LECLERCQ, Purgatoire, en DACL, XIV (II), 1978-1981 ; CH. JOURNET, Le purgatoire, Lieja 1932; M. JUGIE, Le purgatoire et les rnoyens de 1'éviter, París 1940; A. Royo MARíN, Teología de la salvación, Madrid 1956, 399-473; A. PIOLANTI, De Noaissimis el sanctorum communione, Roma 1960, 74-96; M. SCHMAUS, Teología Dogmática, t. VII: Los novísimos, Madrid 1964, 490-508; C. Pozo, Teología del más allá, Madrid 1968, 240-255.
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Mientras se preparaba para viajar a Roma para completar sus estudios de doctorado, el joven sacerdote Karol Wojtyla recibió un consejo de uno de sus superiores en Cracovia: “aprende la propia Roma”.
Como el propio futuro Papa y San Juan Pablo II relataría más tarde en una de sus memorias, esta actitud significaba aprovechar la gran herencia de fe y cultura de la que está impregnada la Ciudad Eterna, beneficiándose al mismo tiempo de la cercanía al Romano Pontífice.
Aprender Roma (Imparare Roma) es también el título del ciclo de películas que la Pontificia Universidad de la Santa Cruz está realizando en colaboración con la empresa audiovisual Digito Identidad y que se presentará oficialmente el 26 de octubre en el Aula Magna de la misma Universidad.
Se trata de una producción audiovisual, única en su género, protagonizada por los propios estudiantes de la Universidad, que acompañarán a los espectadores en un viaje de descubrimiento de los momentos más significativos de la historia cristiana de Roma.
Dividida en tres temporadas de nueve episodios cada una, la serie Aprender Roma pretende mostrar las riquezas artísticas, culturales y religiosas que conserva la Ciudad Eterna.
Los episodios, de una duración media de cinco minutos, se publicarán periódicamente en el canal de YouTube y en las redes sociales de la Universidad de la Santa Cruz, una vez al mes durante los próximos tres años.
Las películas se centrarán, por tanto, en la narración de aquellas historias que han dejado una huella indeleble en las obras de arte que hoy pueden admirarse o en aquellos lugares sencillos y a menudo poco conocidos de la Urbe.
Siguiendo un hilo narrativo en orden cronológico, las tres series que componen el proyecto abarcan la Antigüedad (primera serie), la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna (segunda serie) y el resto de la Edad Moderna y Contemporánea (tercera serie).
A través de las vidas de los santos que han marcado profundamente la historia de la Iglesia y de acontecimientos históricos que aún hoy pueden recordarse en numerosos monumentos, será posible emprender un viaje virtual en el tiempo para descubrir la riqueza que el centro del cristianismo sigue ofreciendo a los fieles de todo el mundo.
Hasta el momento, se han realizado 15 episodios en los que han participado 17 estudiantes de las distintas facultades de la Santa Cruz, tanto laicos como religiosos, procedentes de distintos países: Sri Lanka, Brasil, India, México, Italia, Kenia, Argentina, Nicaragua y España.
El rodaje de los episodios restantes se completará a lo largo de 2024, y serán presentados por nuevos alumnos. Esto les dará la oportunidad de conocer la historia de la ciudad en la que viven y estudian durante unos años, antes de regresar a sus propias diócesis.
La iniciativa se ofrece a estudiantes, profesores, empleados, amigos, benefactores y personas vinculadas a la Santa Cruz como una oportunidad para explorar la riqueza de Roma en el contexto del desarrollo del cristianismo hasta nuestros días. De este modo se pretende crear un entorno que, a través del estudio y la exploración de la riqueza cultural y espiritual de la Ciudad Eterna, pueda contribuir a un mayor y positivo desarrollo no sólo académico, sino también personal y humano.
El proyecto se financia a través de una campaña de recaudación de fondos iniciada por la Oficina de Promoción y Desarrollo. Los contenidos están editados por los profesores del Departamento de Historia de la Iglesia de la Universidad de la Santa Cruz, Luis Cano y Javier Domingo.
Los títulos de la primera serie presentan los lugares del paso de San Pablo a Roma y su martirio y sepultura, así como el de San Pedro, la vida de los primeros cristianos, el testimonio de los mártires y la historia del emperador Constantino con la construcción de las basílicas de San Juan de Letrán y Santa Croce in Gerusalemme.
El preestreno del primer episodio de la primera serie se proyectará el jueves 26 de octubre en el Aula Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.


