Algunos comentarios de Antonio Moreno al libro de André Daigneault sobre el Buen Ladrón. El Buen Ladrón, conocido como San Dimas, fue el primer santo de la historia de la Iglesia. Crucificado a la derecha de Jesucristo, le reconoció como Hijo de Dios. Sus palabras fueron “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, y obtuvo de Cristo la promesa que no hizo a nadie más: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Comentarios al libro “EL BUEN LADRÓN: MISTERIO DE MISERCICORDIA” de ANDRÉ DAIGNEAULT

Algunos comentarios de Antonio Moreno al libro de André Daigneault sobre el Buen Ladrón. El Buen Ladrón, conocido como San Dimas, fue el primer santo de la historia de la Iglesia. Crucificado a la derecha de Jesucristo, le reconoció como Hijo de Dios. Sus palabras fueron “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, y obtuvo de Cristo la promesa que no hizo a nadie más: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

El buen ladrón entendió en la cruz que tenía dos deudas con Jesucristo. Una infinita, la vida, que no hubiera podido devolver nunca y otra finita, todo lo que había robado. Su gran acierto fue entender cuál de las dos era más importante, la primera. Se dio cuenta de que ni con toda una vida por delante podría devolverle a Cristo la deuda de haberle creado y que, a su lado, era poco lo que había robado. Supo entonces que haber desaprovechado sus talentos no era el fin, ni mucho menos. Si Cristo le había dado algo tan grande -la vida- gratuitamente, le podía perdonar gratuitamente.

A lo largo de sus casi 300 páginas, el lector de “El buen ladrón: Misterio de Misericordia” (André Daigneault) se encontrará con relatos esclarecedores sobre el buen ladrón, uno de los “tapados” del Nuevo Testamento. Los comentarios siempre acertados y sugerentes de los Padres de la Iglesia y de Benedicto XVI, Juan Pablo II, Suárez, Mendizábal, Tettamanzi y muchos otros nos muestran bien a las claras quién era el buen ladrón y porqué Cristo vuelca su corazón sobre él. Comprendió, creyó, confió, se humilló, amó, se santificó, evangelizó. Una secuencia clave para todos los cristianos que el buenladrón experimentó y desarrolló en pocos instantes, junto a la Cruz del Señor. En tal situación y junto a Cristo, recibió una gracia fulgurante que aprovechó y le otorgó el pasaporte al paraíso.

Cristo pasó a su lado, y el buen ladrón no desaprovechó su oportunidad. Pillería humana sí, pero también sabiduría enraizada en el corazón divino. ¿Por qué no pedir a Cristo mi salvación con ese descaro? Descaro del que podemos aprender los cristianos en nuestra oración de petición. San Josemaría Escrivá no cesaba de pedir oraciones en sus andanzas apostólicas. Asimismo, quizás la frase más repetida del Papa Francisco -tanto a través de los medios como en mensajes a las personas que ve- sea “Recen por mí“. Descaro para pedir por el bien, para hacer el bien, y sí: vergüenza para hacer el mal. Vergüenza que el buen ladrón demuestra humillado con sinceridad y arrepentimiento de corazón.

Conmueve el perdón gratuito de Dios, que trasciende todo cálculo humano en torno al delito cometido. Sólo mira al giro del corazón humano reconociendo nuestras miserias. Los apegados a sí mismo perciben este giro como algo muy costoso en sus vidas, al contrario que los desproblematizados, que lo perciben como menos costoso. En cualquier caso, el caso del buen ladrón nos muestra que la sanación y la gracia viene de Dios: da igual cómo sea uno y lo que haya hecho. En definitiva, una receta frente al voluntarismo espiritual de nuestros días a través de la experiencia del primer santo canonizado.

Cuando uno se adentra en el corazón misericordioso del Señor, se enamora de él y se humilla ante Él. Esto lo experimentaron tanto el buen ladrón como el hijo pródigo. Una lectura superficial podría entonces cuestionar la relevancia de la virtud y el luchar por hacer las cosas bien. Después de todo, sólo sería suficiente con arrepentirse al cabo del tiempo y volverle a dar cuerda al reloj, hasta la próxima. Qué poco de amor entienden éstos, quizás como el hermano mayor del hijo pródigo… Además, ni el amor es estrictamente una cuestión de justicia, ni es suficiente una aplicación mecánica del “amor con amor se paga”. Es, sin embargo, nuestra conversión constante encendida por el amor desbordante del Señor por nosotros la que ha de guiar nuestros días. Seremos entonces amor de Dios y divina voluntad.

Antonio Moreno
Profesor de Economía, Universidad de Navarra
Doctor en Economía, Columbia University