Liderado por la profesora Francesca Romana Stasolla de la Universidad Sapienza de Roma, y coordinado por las tres principales comunidades cristianas - los Franciscanos (Custodia de Tierra Santa), los Ortodoxos Griegos y los Armenios - en colaboración con la Autoridad de Antigüedades, este proyecto busca preservar el pasado mientras se protege el presente.
El actual proyecto arqueológico se deriva de los urgentes trabajos de conservación iniciados en 2016, cuando los ingenieros detectaron preocupantes signos de degradación estructural tanto en el Edículo (la Tumba de Cristo) como en la Iglesia en su conjunto, incluyendo el pavimento, la fontanería y los sistemas de ventilación. La urgencia era tanto espiritual como estructural.
En un acontecimiento histórico durante esa primera fase, se descubrió la losa original de la sepultura de Cristo por primera vez en más de 500 años, un momento descrito por muchos como una singular intersección entre la fe y la ciencia. Este momento reavivó el interés mundial por el sitio y sentó las bases para la campaña arqueológica más amplia lanzada en 2022.
Para permitir el culto continuo y las peregrinaciones, la restauración se dividió en 11 zonas dentro de la Basílica. La excavación se realiza las 24 horas del día, en turnos, haciendo pausas durante las principales celebraciones litúrgicas como la Semana Santa y la Pascua.
Acompañados por visitantes y periodistas, la Profesora Stasolla guió las visitas a una de las áreas de excavación más profundas, a casi seis metros por debajo de la superficie. "Esta zona ofrece una secuencia histórica notablemente comprimida", explica.
Los arqueólogos descubrieron que el sitio funcionó como una cantera activa en la Edad de Hierro, utilizada para cortar piedra caliza. A medida que cesó la extracción, el área se fue rellenando gradualmente y se convirtió en un jardín agrícola, con olivos y cepas, transformación confirmada por evidencia arqueobotánica, incluyendo huesos de aceituna, semillas de uva, polen y huesos de animales. Estos hallazgos reflejan la descripción del Evangelio de Juan: "En el lugar donde lo crucificaron, había un jardín" (Juan 19,41).
Stasolla enfatiza: "El análisis no se limita a los restos de piedra. También estamos estudiando sedimentos, polen y capas botánicas, para reconstruir la actividad ambiental y humana que una vez animó esta parte de Jerusalén".
El P. Amadeo Ricco, arqueólogo del Instituto Bíblico Franciscano, llama la atención sobre un afloramiento rocoso en el Gólgota de cinco metros aún visible en la actualidad. Esta formación, central para la memoria cristiana como la colina de la Crucifixión, se conservó incluso después de que el emperador Adriano erigiera un templo pagano sobre ella en el siglo II d.C., en un intento por borrar la presencia cristiana.
"Fuentes griegas y latinas antiguas confirman que los primeros cristianos continuaron venerando este lugar, incluso durante la persecución", dice el P. Ricco. "La memoria y la fe perduraron."
Más allá de confirmar los textos bíblicos, las excavaciones aportan una nueva profundidad. Los arqueólogos identificaron múltiples tumbas excavadas en la roca fuera de las antiguas murallas de Jerusalén, incluida una que podría ser la tumba donada por José de Arimatea, el acaudalado miembro del consejo que ofreció su propia tumba sin usar para Jesús.
El P. Ricco señala: "Todo parece haber sido providencialmente preparado para que Jesús fuera enterrado con dignidad, a pesar de la prisa y el horror de aquellos días".
Después del intento de Adriano de borrar la memoria cristiana cubriendo el lugar con templos paganos, el emperador Constantino restauró la geografía sagrada en el siglo IV. A instancias de su madre, Santa Helena, el emperador romano ordenó la demolición de los santuarios de Adriano y comenzó la construcción de una Iglesia monumental sobre la tumba de Cristo alrededor del año 326 d.C., utilizando mampostería romana reciclada. La construcción duró casi una década.
Si bien partes de la Iglesia fueron destruidas durante la invasión persa (614 d.C.) y nuevamente por los fatimíes (1009 d.C.), los cruzados reconstruyeron el complejo en el siglo XII. Muchas de las características actuales del Santo Sepulcro, incluida la Rotonda, la capilla del Gólgota y la Piedra de la Unción, se remontan a esta época.
Excavaciones recientes han revelado información técnica sobre los constructores de Constantino, especialmente en la nave norte. Los arqueólogos rastrearon las zanjas excavadas por el P. Virgilio Corbo en la década de 1960, confirmando investigaciones anteriores y aportando nuevos datos. Descubrieron que la cantera de roca madre tenía superficies irregulares y profundamente cortadas, lo que obligó a los primeros cristianos a nivelar el terreno usando capas de relleno ricas en tierra y cerámica, una técnica de ingeniería primitiva pero ingeniosa. El equipo también estudió los métodos de cimentación del muro norte constantiniano, que se conserva parcialmente intacto.
A pesar de la complejidad de la obra, las oraciones y liturgias nunca se han detenido. Las excavaciones se detienen durante los días festivos y continúan en armonía con el ritmo sagrado del sitio. "La arqueología ha iluminado realidades que no conocíamos", dice el P. Ricco, "pero más que eso, ha profundizado la reverencia que ya teníamos."
Lo que se está descubriendo en la Iglesia del Santo Sepulcro es mucho más que escombros antiguos. Estas piedras hablan de resurrección, de memoria tallada en piedra caliza, de fe que sobrevivió a la represión y de un paisaje sagrado aún rebosa significado.
La Iglesia, una vez cantera, jardín y tumba, sigue siendo un símbolo vivo de esperanza, un lugar donde las piedras dan testimonio y donde el silencio de los siglos da paso a voces de oración y descubrimiento.