Fiesta del Dulce Corazón de María

“María guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). El Corazón de María dio su sangre y su vida a Jesús Niño, pues aunque la generación de Jesús, se realizó por obra del Espíritu Santo, pasó por las fases de la concepción, la gestación y el parto como la de todos los hombres.

Sábado de la 3ª semana de Pentecostés

1. La maternidad de María no se limitó al proceso biológico de la generación, sino que contribuyó al crecimiento y desarrollo de su hijo, y como la educación es una prolongación de la procreación, indudablemente que el Corazón de María educó el corazón de su Niño, y le enseñó a comer, a hablar, a rezar, a leer y a comportarse en sociedad.

Ella es Theotokos no sólo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento humano. Si en Jesús reside la plenitud de la divinidad, parece que no tenía necesidad de educadores. Pero el Hijo de Dios vino al mundo en una condición humana totalmente semejante a la nuestra, excepto en el pecado (Hb 4,15).

 

corazon de maria

 

Y como todo ser humano, el crecimiento de Jesús, desde su infancia hasta su edad adulta (Lc 2,40), requirió la acción educativa de sus padres. El evangelio de san Lucas, particularmente atento al período de la infancia, narra que Jesús en Nazaret se hallaba sujeto a José y a María (Lc 2,51). Luego Jesús estaba abierto a la obra educativa de su madre y de José.

 

Causa de nuestra alegría

2. Los dones especiales de que María estaba dotada, la hacían especialmente apta para desempeñar la misión de madre y educadora. En las circunstancias concretas de cada día, Jesús podía encontrar en ella un modelo para seguir e imitar, y un ejemplo de amor perfecto a Dios y a los hermanos. Desempeñando la función de padre, José cooperó con su esposa para que la casa de Nazaret fuera un ambiente favorable al crecimiento y a la maduración personal del Salvador.

Al enseñarle el duro trabajo de carpintero, José insertó a Jesús en el mundo del trabajo y en la vida social. María, junto con José, quien introdujo a Jesús en los ritos y prescripciones de Moisés, en la oración al Dios de la alianza con el rezo de los salmos y en la historia del pueblo de Israel, centrada en el éxodo. De ella y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la peregrinación anual a Jerusalén por la Pascua. La obra educativa de María fue muy eficaz y profunda, pues encontró en la psicología humana de Jesús un terreno muy fértil.

La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta características particulares con respecto al papel que desempeñan las demás madres. Ella garantizó las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento, ya presentes en el hijo. El hecho de que en Jesús no hubiera pecado exigía de Maríauna orientación siempre positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir y ayuda a su Hijo Jesús a crecer, desde la infancia hasta la edad adulta, «en sabiduría, en edad y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión.

María y José aparecen, por tanto, como modelos de todos los educadores. Los sostienen en las grandes dificultades que encuentra hoy la familia y les muestran el camino para lograr una formación profunda y eficaz de los hijos. Su experiencia educadora es un punto de referencia seguro para los padres cristianos, que están llamados, en condiciones cada vez más complejas y difíciles, a ponerse al servicio del desarrollo integral de sus hijos, para que lleven una vida digna del hombre y que corresponda al proyecto de Dios (Juan Pablo II).

3. Aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien le revele su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo la voluntad del Padre. De «maestra» de su Hijo, María se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por ella.

Jesús empleó los años más floridos de su vida, educando a su Madre en la fe. Tres años de vida itinerante y treinta años de vida de familia. La mejor discípula del Señor, fue formada por el mismo Señor, su Hijo. ¡Qué tierra más fértil la suya para recibir sus enseñanzas! Ella fue la única que dio el ciento por uno de cosecha. “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! -Más dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,27).

4. Según Santo Tomás, cuando damos culto al Corazón Inmaculado de María honramos a la persona misma de la Santísima Virgen. “Proprie honor exhibetur toti rei subsistenti” (Sum Theol 3ª q 5 a.1). Cuando se venera un órgano del cuerpo el culto se dirige a la persona, pues sólo ella es capaz de recibirlo. En la devoción al Corazón de Maria el homenaje va dirigido, pues, a la persona de la Virgen, significada en el Corazón.

Una persona puede recibir honor por distintos motivos, por su poder, autoridad, ciencia, o virtud; pues, aunque el honor es uno, puede ser diferenciado. Así la Virgen es venerada en la fiesta de la Inmaculada, de la Visitación, de la Maternidad, o de la Asunción, con cultos distintos, porque los motivos son distintos. Por tanto, el culto a su Corazón Inmaculado es distinto, por el motivo, que es su amor.

 

Un amor siempre presente

5. Todas las culturas han visto simbolizado el amor en el corazón. En el de María, honramos la vida moral de la Virgen: Sus pensamientos y afectos, sus virtudes y méritos, su santidad y toda su grandeza y hermosura; su amor ardentísimo a Dios y a su Hijo Jesús y su amor maternal a los hombres redimidos por su sangre divina. Al honrar al Corazón Inmaculado de María lo abarcamos todo, pues él fué templo de la Trinidad, remanso de paz, tierra de esperanza, cáliz de amargura, de pena, de dolor y de gozo.

6. En cada época histórica ha predominado una devoción. En el siglo I, la Theotokos, la Maternidad divina, como réplica a la herejía de Nestorio. En el siglo XIII, la devoción del Rosario. En el XIX, la Asunción y la Inmaculada. A mediados de ese mismo siglo comenzó a extenderse la devoción al Inmaculado Corazón de María, que ya antes había tenido sus adalides, como San Bernardino de Sena y San Juan de Ávila; y en el siglo XVII, San Juan Eudes.

Gran apóstol del Inmaculado Corazón de María fue San Antonio María Claret, que fundó la Congregación de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María. Pero es en el siglo XX, cuando alcanza su cenit con dos hechos trascendentales: las apariciones de la Virgen en Fátima y la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, hecha por Pío XII el año 1942. En Fátima la Virgen manifestó a los niños que Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón como medio para asegurar la salvación de muchas almas y para conservar o devolver la paz al mundo.

La santa Jacinta Marto, le dijo a Lucía: “Ya me falta poco para ir al cielo. Tú te quedarás aquí, para establecer la devoción al Corazón Inmaculado de Maria”. También se lo dirá después la Virgen. El año 1942, después de la consagración de varias diócesis en el mundo realizada por sus respectivos obispos, Pío XII hizo la oficial de toda la Iglesia. De este modo la devoción al Inmaculado Corazón de María se vió eficacísimamente confirmada y afianzada.

Y después Pablo VI y, sobre todo Juan Pablo II, que se declara milagro de María: Santo Padre, le dijeron en Brasil: Agradecemos a Dios, sus trece años de pontificado. Y contestó, tres años de pontificado y diez de milagro.

 

ver en Wikipedia

El Sagrado Corazón de Jesús

 

El viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, la Iglesia dirige la mirada al costado abierto de Cristo en la Cruz, expresión del amor infinito de Dios por los hombres y manantial del que brotan sus sacramentos.

La contemplación de esta escena ha alimentado la devoción de los cristianos desde los primeros siglos, pues ahí han encontrado una fuente continua de paz y seguridad en las dificultades.

La mística cristiana nos invita a abrirnos al Corazón del Verbo Encarnado:

«Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios» Ef 3, 17-19.

La piedad popular del bajo medioevo desarrolló una veneración profunda y expresiva de la Humanidad Santísima de Cristo sufriente en la Cruz. Se difundió así el culto a la corona de espinas, los clavos, las llagas... y al Corazón abierto, síntesis de todos los padecimientos del Salvador por amor a nosotros.

Estas formas de piedad dejaron su impronta en la Iglesia, de modo que en el siglo XVII nació la celebración litúrgica de la solemnidad del Sagrado Corazón.

El 20 de octubre de 1672 un sacerdote normando, san Juan Eudes, celebró por vez primera una misa propia del Sagrado Corazón y, a partir de 1673, se fueron difundiendo por Europa las visiones de santa Margarita María Alacoque sobre la expansión de este culto. Finalmente, Pío IX extendió oficialmente a la Iglesia latina esta fiesta.

Jesucristo sagrado corazon

 

 

La liturgia del día desarrolla los dos pilares teológicos de la devoción: las riquezas insondables del misterio de amor desplegado en Cristo, y la contemplación reparadora de su corazón traspasado. Los recogen las dos oraciones colecta que el Misal Romano ofrece:

«al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia»; «en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación».

 

La consideración del abismo de ternura del Señor por las almas es también una invitación a conformar el propio corazón al suyo, a unir al afán reparador el deseo eficaz de acercar más almas a Él:

«Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad» San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 170

 

Magisterio papal más reciente

Desde que el papa Pío XII publicó su encíclica Haurietis aquas, varios de sus sucesores han tratado del culto al sagrado corazón de Jesús. El papa Pablo VI, en su carta apostólica titulada Las innumerables riquezas de Cristo (6 de febrero de 1965), recomendaba esta devoción como un medio excelente de honrar al mismo Jesús, y hacía notar la relación íntima entre esta devoción y el misterio eucarístico:

"Deseamos especialmente que el corazón de Jesús sea honrado por una participación más intensa en el sacramento del altar, puesto que el mayor de sus dones es la eucaristía".

Pablo VI contaba esta devoción entre las fórmulas populares de piedad que el concilio Vaticano II quería promover, porque no podía por menos de alimentar una piedad auténtica hacia la persona de Cristo. Estaba, además, en armonía con la liturgia, porque precisamente en el corazón de Jesús tiene la liturgia su origen y su vida; desde ese corazón el sacrificio de expiación se elevó hacia el Padre eterno.

Juan Pablo II, en su primera encíclica, Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), que trata del misterio de la redención, tiene la siguiente expresión:

"La redención del mundo -este tremendo misterio de amor en el cual la creación se renueva- es en su raíz más profunda la plenitud de la justicia en un corazón humano, el corazón del Hijo primogénito, para que pueda ser justicia en el corazón de muchos seres humanos, predestinados desde la eternidad en el Hijo primogénito a ser hijos de Dios y llamados a la gracia y al amor".

En una audiencia general, el 20 de junio del mismo año, habló abundantemente de la devoción al sagrado corazón, cuya fiesta estaba a punto de celebrarse. "Hoy, anticipando la fiesta de ese día, junto con vosotros, deseo volver los ojos de nuestros corazones hacia el misterio de ese corazón. Me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia".

Es característico del papa Juan Pablo hablar del corazón de Cristo asociándolo con todo corazónhumano. Es un caso de "cor ad cor loquitur", "el corazón habla al corazón". El corazón es un símbolo que habla del hombre interior y espiritual. El corazón humano, iluminado por la gracia, está llamado a comprender las "insondables riquezas" del corazón de Cristo.

San Juan el apóstol, san Pablo y los místicos de todos los tiempos, han descubierto por sí mismos y han compartido con otros esas mismas riquezas espirituales. Pero Jesús atrae a todos hacia su corazón, se revela a ellos, les habla al corazón, vive en sus corazones por la fe y quiere ser rey de ellos no por el ejercicio de la fuerza, sino con suavidad y amor.

Por fin, en una nota litúrgica, el papa explica cómo esta fiesta incluye y resume el ciclo litúrgico:

"Así, al final de este ciclo fundamental de la Iglesia, la fiesta del sagrado corazón de Jesús se presenta discretamente. Todo el ciclo está incluido definitivamente en él: en el corazón del Hombre-Dios. De él irradia también cada año la vida entera de la Iglesia".

 

 

+ info -

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

Ver el discurso del Papa Francisco a la Conferencia episcopal italiana, el 16-V-20016)

 

El documento más importante de la era post-apostólica:  La Didaché

 

El índice del códice en que fue hallada la Didaché cita esta en la forma abreviada: Διδαχή των δώδεκα αποστόλων, el título completo de la obra es Διδαχή του Κυρίου δια των δοδεκα αποστόλων τοις εθνεσιν, o sea: “La instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles".

 

Este último parece haber sido el título primitivo. El autor no revela su nombre. Pero sería aventurado suponer, como lo hiciera Duchesne, que el título quiera indicar una paternidad apostólica. El texto no justifica semejante conjetura en manera alguna. La intención del autor de la obra fue evidentemente dar un breve resumen de la doctrina de Cristo tal como la enseñaron los Apóstoles a las naciones. Esto explicaría su título.

La Didaché es el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos. Hasta el año 1883 era totalmente desconocida. La publicó ese año el metropolita griego de Nicomedia, Piloteo Bryennios, de un códice griego en pergamino (1057) del patriarcado de Jerusalén. Desde entonces, y gracias a este documento, se han dilatado y profundizado de manera sorprendente nuestros conocimientos sobre los orígenes de la Iglesia. Los sabios, atraídos constantemente por el rico contenido de esta obra, han encontrado en ella estímulo y luces siempre nuevas.

 

 

A juzgar sólo por el título, uno podría creer que la Didaché contiene la predicación evangélica de Cristo; vemos, en cambio, que es más bien un compendio de preceptos de moral, de instrucciones sobre la organización de las comunidades y de ordenanzas relativas a las funciones litúrgicas; tenemos aquí un conjunto de normas que nos ofrecen un magnífico cuadro de la vida cristiana en el siglo II. Esta obra viene a ser de hecho, el código eclesiástico más antiguo, prototipo venerable de todas las colecciones posteriores de Constituciones o Cánones apostólicos con que empezó el derecho canónico en Oriente y Occidente.

 

1. Contenido

El tratado está dividido en 16 capítulos, en los cuales se pueden distinguir claramente dos partes principales. La primera (c.1-10) presenta unas instrucciones litúrgicas; la segunda (c.11-15) comprende normas disciplinares. La obra concluye con el capítulo sobre la parousia del Señor y sobre los deberes cristianos que se deducen de la misma.

La primera sección (c.1-6) de la parte litúrgica contiene directivas sobre la manera de instruir a los catecúmenos. La forma en que están redactadas estas instrucciones es muy interesante. Las reglas de moral son presentadas bajo la imagen de los dos caminos: el del bien y el del mal. El texto empieza así:

Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos caminos. Ahora bien, el camino de la vida es éste: en primer lugar amarás a Dios, que te ha creado; en segundo lugar, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo aquello que no quieras que se haga contigo, no lo hagas tú tampoco a otro (1,1-2: BAC 65,77).

 

 

 

La descripción del camino de la muerte nos lleva al capítulo quinto:

Mas el camino de la muerte es éste: ante todo, es camino malo y lleno de maldición: muertes, adulterios, codicias, fornicaciones, robos, idolatrías, magias, hechicerías, rapiñas, falsos testimonios, hipocresías, doblez de corazón, engaño, soberbia, maldad, arrogancia, avaricia, deshonestidad en el hablar, celos, temeridad, altanería, jactancia (BAC 65,83).

Este recurso de los dos caminos, que se utiliza aquí como método básico para la formación de los catecúmenos, lleva el sello de una concepción griega conocida desde antaño. Se utilizaba en las sinagogas helenísticas para instruir a los prosélitos.

Son muy importantes para la historia de la liturgia los capítulos 7-10. En primer lugar se dan normas para la administración del bautismo:

Acerca del bautismo, bautizad de esta manera: Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, en agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua; si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con agua caliente. Si no tuvieres una ni otra, derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (7,1-3: BAC 65,84).

Según este pasaje, el bautismo de inmersión en agua corriente, es decir, en ríos y manantiales, era la forma más ordinaria de administrar este sacramento; se autorizaba el bautismo por infusión en casos de necesidad. Esta es la única referencia de los siglos I y II acerca del bautismo de infusión.

La Didaché contiene, además, un precepto explícito ordenando el ayuno. Tanto el candidato como el ministro del bautismo estaban obligados a ayunar antes de la administración del sacramento (7,4). Se manda ayunar los miércoles y viernes, costumbre que iba directamente contra la práctica judía, ya que ésta guardaba los lunes y jueves como días tradicionales de ayuno (8,1).

 

Oración y liturgia.

La recitación de la oración dominical tres veces al día es obligatoria para los fieles. Los capítulos 9 y 10 tienen importancia para la historia de la liturgia, puesto que contienen las preces eucarísticas más antiguas que poseemos:

Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta

manera. Primeramente, sobre el cáliz:

"Te damos gracias, Padre nuestro,

por la santa viña de David, tu siervo.

la que nos diste a conocer

por medio de Jesús, tu siervo.

A ti sea la gloria por los siglos."

Luego, sobre el fragmento:

"Te damos gracias, Padre nuestro,

por la vida y conocimiento

que nos manifestaste

por medio de Jesús, tu siervo.

A ti sea la gloria por los siglos.

Como este fragmento estaba disperso sobre los montes,

y reunido se hizo uno,

así sea reunida tu Iglesia

de los confines de la tierra en tu reino.

Porque tuya es la gloria y el poder

por Jesucristo eternamente."

Que nadie, empero, coma ni beba de vuestra acción

de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor,

pues acerca de ello dijo el Señor: "No deis lo santo a

los perros" (9,1-5: BAC 65,86).

 

Se ha propuesto más de una vez la hipótesis de que estas preces no son específicamente eucarísticas, sino simplemente oraciones o bendiciones de mesa, pero no se puede sostener. La parte referente a la Eucaristía está íntimamente unida a la del bautismo, señal de que estos dos sacramentos están también asociados, a no dudarlo, en la mente del autor. Además, los no bautizados están expresamente excluidos de la recepción de la Eucaristía. El capítulo 10 cita una plegaria que hay que decir después de la comunión:

 

Después de saciaros, daréis gracias así: "Te damos gracias, Padre Santo,

por tu santo Nombre,

que hiciste morar en nuestros corazones.

y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad

que nos diste a conocer

por medio de Jesús, tu siervo.

A ti sea la gloria por los siglos.

Tú, Señor omnipotente.

creaste todas las cosas por causa de tu Nombre

y diste a los hombres

comida y bebida para su disfrute

Mas a nosotros nos hiciste gracia

de comida y bebida espiritual

y de vida eterna por tu siervo.

Ante todo, te damos gracias

porque eres poderoso.

A ti sea la gloria por los siglos" (10,1-4; BAC 65,87).

 

A la Eucaristía se la llama aquí claramente manjar y bebida espiritual (πνευματική τροφή και ποτόν) y el autor aρade: "El que sea santo, que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia" (10,6).

Hay muchos indicios, pero sobre todo el contexto, que corroboran la opinión de que estas prescripciones se enderezaban a regular la primera comunión de los que acababan de ser bautizados en la vigilia pascual. La celebración eucarística ordinaria de los domingos está descrita en el capítulo 14:

Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo aquel, empero, que tenga contienda con su compañero, no se junte con vosotros hasta tanto no se ha van reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: "En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi Nombre es admirable entre las naciones" (BAC 65,91).

La referencia concreta a la Eucaristía como sacrificio (θυσία) y la alusión a Malaquías (1,10) son significativas.

 

Confesión

No menos interesante es la insistencia sobre la confesión antes de recibir la Eucaristía. La confesión de los pecados, de la que nos ocupamos ahora, es probablemente una confesión litúrgica muy parecida a nuestro Confiteor. De modo parecido, el capítulo 4,14 exige la confesión de los pecados antes de la oración en la iglesia: "En la reunión de los fieles confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con mala conciencia."

 

Jerarquía

En la Didaché no hay indicación alguna que permita afirmar la existencia de un episcopado monárquico. Los jefes de las comunidades se llaman episkopoi y diakonoi; pero no aparece claro si estos episkopoi eran simples sacerdotes u obispos. En ninguna parte se hace mención de los presbíteros:

Elegíos, pues, inspectores y ministros dignos del Señor, que sean hombres mansos, desinteresados, verdaderos y probados, porque también ellos administran el ministerio de los profetas y maestros. No los despreciéis, pues, porque ellos son los honrados entre vosotros, juntamente con los profetas y los doctores (15,1-2: BAC 65,92).

 

Este pasaje nos da pie para concluir que, además de la jerarquía local, jugaban un papel importante los llamados profetas. En el capítulo 13,3 leemos acerca de ellos: "Ellos son vuestros sumos sacerdotes." Podían celebrar la Eucaristía: "A los profetas, permitidles que den gracias (ευχαριστεΐν) todo el tiempo que quieran” (10,7). Tenían derecho a las décimas de todos los ingresos:

"Así, pues, de todos los productos del lugar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, tomarás las primicias y se las darás como primicias a los profetas... Igualmente, cuando abrieres un cántaro de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas. De tu dinero y de tus vestidos y de todo cuanto poseas tomarás las primicias, según te pareciere, y las darás conforme al mandato" (13,3-7).

 

El rango que ocupaban los profetas era tenido en mucha estima, pues se decía de ellos que no podían ser juzgados: "El (el profeta) no será juzgado por vosotros, pues su juicio corresponde a Dios" (11,11). Sería, en efecto, un pecado contra el Espíritu Santo el criticarle: "No tentéis ni pongáis a prueba a ningún profeta que hable en espíritu, porque todo pecado será perdonado, mas este pecado no se perdonará" (11,7).

 

Caridad y asistencia social.

Son muy interesantes los principios de caridad y de asistencia social expresados en la Didaché. Se recomienda con encarecimiento el dar limosna, pero al mismo tiempo se insiste también en la obligación de ganarse la vida con su trabajo. El deber de socorrer las necesidades de los demás depende de su incapacidad para el trabajo:

Si el que llega es un caminante, ayudadle, en cuanto podáis; sin embargo, no permanecerá entre vosotros más que dos días, o, si hubiere necesidad, tres. Mas si quiere establecerse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje y así se alimente. Mas, si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Caso que no quisiese hacerlo así, es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales (12,2-5: BAC 65,90).

 

Eclesiología.

El concepto de "Iglesia" tiene en la Didaché sentido de universalidad. En el primer plano de la conciencia cristiana subsiste la idea de una Iglesia que abraza el mundo entero. La palabra εκκλησία no significa solamente la congregación de los creyentes reunidos para orar, sino también el nuevo pueblo o la nueva raza de los cristianos que un día se establecerán firmemente en el reino de Dios. Los atributos una y santa se acentúan de un modo especial. El símbolo de esta unidad de todas las unidades es el pan eucarístico que de una multitud de granos viene a formar un solo pan. Como reza una de las plegarias:

Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno. así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino (9,4: BAC 65,86).

Y en otra parte formula la siguiente petición:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia,

para librarla de todo mal

y hacerla perfecta en tu amor,

y reúnela de los cuatro vientos,

santificada,

en el reino tuyo, que has preparado (10.5: BAC 65.87).

 

Escatología.

La actitud escatológica destaca mucho en la Didaché. Aparece una y otra vez en las plegarias eucarísticas: "que venga la gracia y que pase este mundo," inspira la conclusión final, es decir, el aramaico Maran Atha, "ven, Señor," e informa por completo el último capítulo de la obra. La incertidumbre de la hora la conocen todos los cristianos, pero también la inminencia de la parousia, la segunda venida del Señor.

Es, pues, necesario que los fieles se reúnan con frecuencia para buscar las cosas que son provechosas para sus almas. La Didaché indica las señales que serán los heraldos de la parousia y de la resurrección de los muertos: se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, las ovejas se trocarán en lobos, el amor se mudará en odio; entonces aparecerá el seductor del mundo, cual si fuera el Hijo de Dios, y obrará signos y portentos, y la tierra será entregada en sus manos.

"Entonces la humanidad sufrirá la prueba del fuego." Aunque se escandalizarán y se perderán muchos, los que perseveraren en su fe serán salvos. Entonces el mundo verá al Señor que viene sobre las nubes del cielo y todos los santos con El. Por eso se advierte a los cristianos:

"Vigilad sobre vuestra vida; no se apaguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir vuestro Señor" (16,1).

 

2. Época de su composición.

El problema más importante que plantea la Didaché es la cuestión de la fecha de su composición. Estudios críticos recientes han puesto de manifiesto el acusado paralelismo que existe entre los seis primeros capítulos de la Didaché y los capítulos 18-20 de la Epístola de Bernabé. Sin embargo, existen muy fundadas dudas de que esta semejanza arguya una dependencia real de la Didaché respecto de la Epístola de Bernabé.

En todo caso, no se puede demostrar irrebatiblemente tal parentesco. Hay otra explicación plausible: Puesto que en los capítulos en litigio ambas obras tratan de las Dos Vías, es posible que las dos procedan de una tercera fuente. Hasta ahora, los intentos por relacionar la Didaché con el Pastor de Hermas y con el Diatessaron de Taciano no han dado resultados definitivos.

Una sola cosa es cierta, a saber, que la sección l,3c a 2,1 ha sido interpolada posteriormente en el texto de la Didaché. Quizás sea también éste el caso de los capítulos 6 y 14. La Didaché, en su conjunto, no es una obra coherente, sino una compilación, hecha sin arte, de textos ya existentes.

No pasa de ser una colección de normas eclesiásticas que habían estado en uso por algún tiempo y habían adquirido por esto mismo fuerza de ley. Muchas de la contradicciones que ocurren en la Didaché se explicarían suponiendo que el compilador no consiguió dar unidad a los materiales de que disponía.

La evidencia interna ayuda más a determinar la fecha en que fue compilada la Didaché. Por su contenido se ve claramente que la obra no data de la era apostólica, pues ya apunta en ella la oposición contra los judíos. El abandono progresivo de las costumbres de la sinagoga está en marcha. Además, una colección de ordenaciones eclesiásticas como ésta presupone un período más o menos largo de estabilización. Ciertos detalles diseminados por la obra indican que la era apostólica no era ya algo contemporáneo, sino que había pasado a la historia.

El bautismo por infusión está autorizado; el respeto a los profetas de la nueva Ley va cediendo y hay que inculcarlo de nuevo. Por otra parte, hay pormenores que indican un origen cercano a la era apostólica. La liturgia descrita en los capítulos 7-10 es de la más absoluta simplicidad: el bautismo en agua corriente, es decir, en los ríos, es lo normal.

El bautismo por infusión está permitido, pero sólo a modo de excepción. Además, no hay vestigios de una fórmula universal del Credo, ni de un canon del Nuevo Testamento. Los profetas siguen todavía celebrando la Eucaristía, y es preciso recalcar que los verdaderos ministros de la liturgia, los obispos y los diáconos, tienen derecho al mismo honor y respeto por parte de los fieles.

Todos estos hechos nos mueven a afirmar que la Didaché debió de ser compilada entre los años 100 y 150. Muy probablemente fue escrita en Siria. Sin embargo, E. Peterson ha demostrado recientemente que el texto publicado por Bryennios parece ser de fecha más tardía y teológicamente tendencioso.

La Didaché gozó en la antigüedad de tanto respeto y reverencia que muchos llegaron a considerarla tan importante como los libros del Nuevo Testamento. Por eso Eusebio (Hist. eccl. 3,25,4), Atanasio (Ep. fest. 39) y Rufino (Comm. in symb. 38) creyeron necesario recalcar que la Didaché no es un escrito canónico, y, por consiguiente, debe incluirse entre los apócrifos. La Didaché sirvió de modelo a obras litúrgicas y a escritos de derecho canónico posteriores, como, por ejemplo, la Didascalía Siríaca, la Tradición apostólica de Hipólito de Roma y las Constituciones de los Apóstoles. Se usaba también, como nos dice Atanasio, para la instrucción de los catecúmenos.

La discusión sobre la fecha de composición de la Didaché, que lleva ya setenta y cinco años de duración, ha entrado recientemente en una nueva fase, gracias a los trabajos de Audet, Glover y Adam. Especialmente la obra de Audet ha vuelto a plantear los problemas en su conjunto. Audet empieza por investigar el título original de la Didaché y llega a persuadirse que era: Διδαχαί των αποστόλων, Instrucciones de los Apóstoles, y de que el otro título más largo no es el original. En su crítica del texto, Audet distingue entre D 1, D 2 y J. En su opinión, D 1 representa la Didaché original, que va de 1 a 11, 2. D 2 sería una continuación, obra de los didachistas, y abarca el resto, de 11,3 al final. El interpolador (J) añadió más tarde los pasajes l,3b - 2,l; 6,2ss 7,2-4 y 13,3.5-7. Las glosas 1,4a y 13,4 provienen de una época más reciente todavía, pero siempre dentro de los primeros siglos.

Audet dedica una atención muy particular al problema de las fuentes. En lo que se refiere a las relaciones de la Didaché con la Epístola de Bernabé, llega a la misma conclusión que nosotros, a saber, que la Didaché y la Epístola de Bernabé son independientes la una de la otra y que ambas han tomado la doctrina de las Dos Vías directamente de una fuente común de origen judío.

Audet es de la opinión de que esta fuente judía está representada en la Doctrina XII Apostolorum, descubierta por J. Schlecht (Friburgo de Br. 1900 y 1901). Para la doctrina de las Dos Vías contenida ya en esta fuente judía, Audet remite a la "Regla de las sectas" de la comunidad de Qumrán, descubierta recientemente. El Pastor de Hermas no puede, según Audet, ser fuente de la Didaché, como afirmaron Robinson, Muilenberg, Connolly y otros, por cuanto, que la Didaché es mucho más antigua. Todavía entra menos en consideración como fuente el Diatessaron de Taciano, contra lo que opinaba Dix. Audet cree, además, que D 1 (c.1-12,2) no depende ni del evangelio de San Mateo ni del evangelio de San Juan, sino que utiliza una tradición evangélica, que presenta cierto parentesco con San Mateo, pero no se identifica con él. Ni siquiera el interpolador J ha utilizado los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Es curioso que Glover, casi al mismo tiempo que Audet, pero con total independencia, defendió la misma tesis: que la Didaché no contiene todavía ninguna cita de los Sinópticos.

Apoyándose en esta crítica de las fuentes, Audet concluye que la Didaché fue compuesta entre los años 50 y 70 de la era cristiana. Como lugar de origen se ha de suponer Siria o Palestina. Audet llega a creer que la Didaché debió de originarse en Antioquia; al menos, sostiene esta posibilidad. Poco antes de que apareciera la obra de Audet, A. Adam rechazó esta última posibilidad. Adam cree que la Didaché fue compuesta entre los años 70 y 90 en la Siria oriental, quizás en Pella. Audet se hace cargo del carácter hipotético de sus afirmaciones.

Si la Didaché se compuso efectivamente en Antioquía en una época tan remota, antes de que se escribieran los evangelios sinópticos, es extraño que las cartas de San Pablo y de San Ignacio, obispo de Antioquía, no revelen absolutamente ningún conocimiento de la Didaché. Sin embargo, me parece que las investigaciones de Audet, Glover y Adam suministran, en conjunto, la prueba de que la Didaché pertenece al siglo I.

Audet opina que las oraciones de los capítulos 9 y 10 no provienen ni de una celebración eucarística ni de un ágape, sino de una "liturgie de vigile," que solía preceder a la celebración eucarística y a la cual podían asistir también los no bautizados. El capítulo 10,6 contiene un "rituel de passage" entre la liturgia de vigilia y la "eucharistie majeure" propiamente dicha. Esta celebración dominical, que se describe en el capítulo 14, pertenece a D 2. La penitencia que precede a la celebración eucarística dominical (14,1) Audet la considera también, con razón, como "confession commune et liturgique."

 

3. Transmisión del texto.

Para el texto de la Didaché contamos con las siguientes fuentes:

Griegas: 1) El Codex Hierosolymitanus del patriarcado griego de Jerusalén, que se conservaba anteriormente en la biblioteca del Santo Sepulcro de Constantinopla. Fue escrito en 1056 por un notario llamado León. En este códice el texto aparece después de las epístolas de Bernabé y de Clemente y antes de las de San Ignacio. 2) El texto griego de los capítulos 1,3-4 y 2,7-3,2 se conserva en un pergamino de Oxyrhynchos, del siglo IV. 3) Los capítulos 1-6 están incorporados a los capítulos 18-20 de la Epístola de Bernabé. 4) Los Cánones de los Apóstoles, compilados en el siglo IV en Egipto, contienen los capítulos 1,1-3 y 2,2-4,8. El libro VII de las Constituciones apostólicas, escritas en Siria en el siglo IV, incluyen casi todo el texto griego de la Didaché.

Latinas: Se conservan dos fragmentos de una antigua traducción latina que debió de hacerse en el siglo ni. El más corto de los dos, de un códice de Melk del siglo IX o X, contiene los capítulos 1,1-2 y 2,2-6,1. Recientemente se ha encontrado en un papiro (927) del Museo Británico una parte considerable (c.10,3b-12,2a) de una traducción copta del siglo V. Según este fragmento, a las plegarias eucarísticas seguía una oración que hay que decir sobre el óleo de la unción (μύρον). El σleo en cuestión es, probablemente, el crisma que se usaba en la administración de los sacramentos del bautismo y de la confirmación. Además de los mencionados manuscritos tenemos fragmentos de traducciones siríacas, árabes, etiópicas y georgianas.

 

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La Didaché

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¿Sabes quién era San Efrén? - Lo explica Benedicto XVI

El cristianismo no es una religión europea, aclara el Papa al presentar la figura de san Efrén de Siria

San Efrén de Siria (306-373), el más grande de los Padres de la Iglesia siríacos, así como el poeta más renombrado de toda la época patrística.

Nació en Nísibe, de familia cristiana, hacia el año 306. Se ordenó de diácono y ejerció dicho ministerio en su patria y en Edesa, de cuya escuela teológica fue el iniciador. A pesar de su intensa vida ascética, desplegó una gran actividad como predicador y como autor de importantes obras, destinadas a la refutación de los errores de su tiempo. Murió el año 373.

CIUDAD DEL VATICANO, 28 NOV 2007

El cristianismo no es una religión europea, su origen está en Jerusalén y ha tenido un desarrollo histórico decisivo en Asia que es importante redescubrir, explicó Benedicto XVI este miércoles.

«Según una opinión común hoy, el cristianismo sería una religión europea, que habría exportado la cultura de este continente a otros países», comenzó diciendo el Santo Padre.

«Pero la realidad es mucho más compleja, pues la raíz de la religión cristiana se encuentra en el Antiguo Testamento y, por tanto, en Jerusalén y en el mundo semítico. El cristianismo se alimenta siempre de esta raíz del Antiguo Testamento», subrayó.

«Su expansión en los primeros siglos tuvo lugar tanto hacia occidente, hacia el mundo greco-latino, donde después inspiró la cultura Europa, como hacia oriente, hasta Persia, la India, ayudando de este modo a suscitar una cultura específica, con lenguas semíticas, y con una propia identidad», indicó.

 

San efren

Para mostrar esta multiformidad cultural de la única fe cristiana, el Papa ha comenzado a presentar en su serie de reflexiones sobre las grandes figuras del cristianismo, a exponentes asiáticos. El miércoles anterior había hablado de Afraates el sabio persa del siglo IV.

En esta ocasión, se concentró en san Efrén, quien ha pasado a la historia del cristianismo como «cítara del Espíritu Santo», en referencia a la seductora belleza poética de sus escritos.

«Ordenado diácono --recordó el obispo de Roma--, vivió intensamente la vida de la comunidad local hasta el año 363, en el queNísibis cayó en manos de los persas. Entonces Efrén emigró a Edesa, donde continuó predicando. Murió en esta ciudad en el año 373, al quedar contagiado en su obra de atención a los enfermos de peste».

En su cultura y expresión siríaca, añadió el pontífice, «se puede ver la común y fundamental identidad cristiana: la fe, la esperanza --esa esperanza que permite vivir pobre y casto en este mundo, poniendo toda expectativa en el Señor-- y por último la caridad, hasta ofrecer el don de sí mismo en el cuidado de los enfermos de peste».

La gran contribución de Efrén a los cristianos de hoy, como señaló Benedicto XVI, se resume en su originalidad: «su teología se hace liturgia, se hace música: de hecho, era un gran compositor, un músico».

«Teología, reflexión sobre la fe, poesía, canto, alabanza a Dios, van juntos». Y lo hace con el talento sirio, siguiendo «el camino de la paradoja y del símbolo».

El poeta sirio «confiere a la poesía y a los himnos para la Liturgia un carácter didáctico y catequético», algo que sigue siendo necesario hoy día.
Lo hace, por ejemplo, al hablar de Dios creador: «en la creación no hay nada aislado, y el mundo es, junto a la Sagrada Escritura, una Biblia de Dios».

«Al utilizar de manera equivocada su libertad, el hombre trastoca el orden del cosmos. Para Efrén, dado que no hay Redención sin Jesús, tampoco hay Encarnación sin María», dijo el papa sintetizando su teología.

Hablando al final en español, el Papa aclaró que «la presencia de Jesús en el seno de María le lleva a considerar la altísima dignidad y el papel fundamental de la mujer».

+ info: Oraciones a la Virgen de San Efrén

Moriah está delante del monte Sion y entre ambos forman la explanada del Templo de Jerusalén

El monte Moria, o Moriah, como también se lo conoce, es uno de los lugares sagrados más importantes para la cultura hebrea y el cristianismo. Allí subió Abraham, según indica la Biblia, con su hijo Isaac para sacrificarlo y ofrendarlo a Dios. Un ángel detuvo su brazo, cuando estaba por hacerlo y lo incitó a que sacrifique a un carnero.

 

Pero Moriah en hebreo significa "visión" y mucho tiene que ver con lo que allí sucedió. Cuando Abraham estaba por sacrificar con un cuchillo a su primogénito, un ángel divino detuvo su brazo armado y le indicó de la existencia de un carnero, que se encontraba en el sitio. Fue entonces cuando Abraham no tuvo que sacrificar a su hijo y optó por el carnero.

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Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahám. Le dijo: «¡Abrahám!». Él respondió: «Aquí estoy». Dios dijo: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré». Abrahám madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el holocausto y se encaminó al lugar que le había indicado Dios.
Al tercer día levantó Abrahám los ojos y divisó el sitio desde lejos. Abrahám dijo a sus criados: «Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros». Abrahám tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a Abrahám, su padre: «Padre». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abrahám contestó: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y siguieron caminando juntos.
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahám levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahám alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahám, Abrahám!». Él contestó: «Aquí estoy». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo». Abrahám levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
Abrahám llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto». El ángel del Señor llamó a Abrahám por segunda vez desde el cielo y le dijo: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz» (Gen 22, 1-18).

Otra de las características significativas del monte Moria es que está justo delante del monte Sion y entre ambos forman la explanada del Templo de Jerusalén. Justamente, en una de las laderas del monte Moria es donde está el Calvario o Gólgota. Ni más ni menos que el lugar donde fue crucificado Jesucristo.

Hace miles de años, el Monte Moriah fue el lugar donde sucedieron importantes pasajes bíblicos. Situado en la actual región de la cuidad antigua, en Jerusalén, Israel; se cree que es allí donde el patriarca Abraham subió para sacrificar a su hijo Isaac, según el mandamiento de Dios (Génesis 22, 2).

También fue allí donde David vio al ángel que destruiría Jerusalén, como lo ordenara Dios, insatisfecho por su pueblo (2 Samuel 24). Luego de este hecho, David adquirió por precio justo la tierra en la que vio al ángel y levantó un altar. Más tarde encargó a su hijo Salomón que edificara el famoso templo que sustituiría el Tabernáculo, una obra de las más las más innovadoras del planeta, en su época.

 

 

Como dejan claro los relatos bíblicos, la región era inhabitada en aquella época. Salém, el poblado que luego daría nacimiento a Jerusalén, estaba en sus cercanías. Mucho después de Abraham, en los tiempos de David, el famoso rey de los judíos compró las tierras donde se había aparecido el ángel destructor, donde había una era (espacio de tierra usada para desgranar y secar granos) de los jebuseos, y que fue por el precio justo. El monarca ordenaría que fuera construido allí el famoso templo de adoración a Dios.

El Monte del Templo, uno de los diferentes nombres del lugar, posee un importante sentido sagrado para cristianos, musulmanes y judíos, con respecto a la discordia entre las tradiciones.

La región del Monte del Templo

El Monte del Templo, situado en Jerusalén, es uno de los menores montes de la región, con 743 metros por encima del nivel del mar. Esta parte limita al oriente con la Puerta Dorada (foto) – según la tradición cristiana, a través de este portal Jesús entró en Jerusalén, y, en la tradición judaica, es por donde entrará el Mesías, ya que los judíos no creen que Jesús lo sea.

Jerusalén es una ciudad montañosa y, entre todas las montañas, el Monte Moriah es el más cercano a la Ciudad Antigua de Jerusalén, limitando al oeste con el Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado del mundo para los judíos por ser lo que restó del Segundo Templo.

 

 

 

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CORPUS CHRISTI

ORIGEN DE LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

Hacia el siglo XII, se advierte el desarrollo de un deseo de devoción más acentuada a la  Eucaristía bajo una forma muy particular que, sin olvidar que la Eucaristía es sacrificio, es  especialmente sensible a la presencia real, y se muestra muy atenta a la majestuosa gloria  de la que hay que rodearla en la adoración.

Esta devoción al Santísimo Sacramento tiene su  origen especialmente en Bélgica

Hasta entonces, si bien es cierto que la Reserva  eucarística siempre estuvo rodeada de respeto, no puede decirse, sin embargo, que la  Iglesia latina aventajara a las Iglesias orientales en tributarle un culto especial. El nacimiento  de este otro culto solemne tiene unas motivaciones complejas.

Estas motivaciones van  desde los motivos canónicos quizás, pasando por necesidades de carácter apologético,  hasta llegar a cierta mística que dará origen incluso a Congregaciones religiosas dedicadas  al culto y a la adoración del Santísimo Sacramento.

Motivos canónicos

La disciplina de la penitencia seguía siendo muy severa, y muchos  cristianos no podían fácilmente acercarse a la Eucaristía y comulgar.

En el mismo momento,  nace el deseo de contemplar la hostia hasta el punto de que, en algunas regiones, van los  fieles de iglesia en iglesia sólo con el afán de llegar para el momento de la elevación. Para  algunos pecadores, ver la hostia era la única manera que tenían de participar en ]a  celebración eucarística.

 

Corpus Christi eucaristia

Necesidades apologéticas

Se trata de defender frente a algunas dudas la realidad de la  presencia de Cristo en la Eucaristía; en aquellos siglos se realizan varios milagros de  sagradas formas que sangran, tanto en Bélgica como en Italia y en otras partes.

Desarrollos teológicos

 Si es evidente que la misa ha sido siempre considerada como  sacrificio, su carácter de comida sacrificial se encuentra muy desdibujado, y se piensa más  en la majestuosa bajada de la Divinidad al altar. De ahí ciertas celebraciones pletóricas de  reverencia, la majestad de los altares cada vez más monumentales y los ritos que van  adquiriendo amplitud.

En Bélgica, una monja de Mont Cornillon, cerca de Lieja, Juliana de Retine, priora del  monasterio (1193-1258), revela las visiones que ha tenido, la primera de ellas en 1208. Vio  un disco lunar rodeado de rayos de luz de resplandeciente candor; en uno de los lados, sin  embargo, se apreciaba una superficie oscura que deformaba el disco.

El Señor explicó a  Juliana que se trataba de la Iglesia, a la que todavía le faltaba una solemnidad en honor del  Santísimo Sacramento. Se introdujo la fiesta en Lieja en 1246, el jueves dentro de la octava  de la Trinidad.

Un confidente de Juliana de Cornillon, arcediano de Lieja, Jacques  Pantaleón de Troyes, llegado más tarde al sumo pontificado con el nombre de Urbano IV,  acabó extendiendo a toda la Iglesia la celebración de la fiesta del Corpus Christi, movido por un milagro  acaecido en Orvieto (Italia) hallándose él en Bolsena, muy cerca de dicho lugar:

Un  sacerdote que sentía dudas acerca de la presencia real, había visto una hostia convertirse  en carne sangrante que había manchado todo el corporal, conservado en Orvieto.

En la  bula que establecía la fiesta no se prescribía la procesión en honor del Santísimo  Sacramento; esta nació luego espontáneamente y se extendió con gran rapidez.

 

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CORPUS CHRISTI

 

BENEDICTO XVI, Audiencia general, 17 de noviembre de 2010
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Benedicto XVI narra cómo se llevó a cabo la evangelización de Alemania

San Bonifacio, obispo y mártir

Monje benedictino inglés, que marchó a Alemania, realizando una fructífera tarea de evangelización de los pueblos germanos. Nombrado obispo de Maguncia, fundó numerosas iglesias y monasterios por las regiones de Baviera, Turingia y Franconia. Fue martirizado cuando iniciaba una nueva misión de difusión de la fe entre los frisones, el año 754.

Benedicto XVI dedicó la catequesis del miércoles 11 de marzo de 2009, ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para la audiencia general, a san Bonifacio, “patrón de los germanos”, explicando cómo fue la primera evangelización de su país, y proponiéndola como modelo para la actualidad.

En él destacan la centralidad de la Escritura, la comunión con Roma y la síntesis entre fe y cultura

Dentro del ciclo de catequesis que el Papa dedica a los grandes santos de la Iglesia del primer milenio, se detuvo hoy en la figura de san Bonifacio, primer obispo alemán muerto a manos de los paganos en el siglo VIII.

El pontífice repasó la historia de este monje inglés, primer evangelizador de las tribus germánicas, y destacó de él tres elementos que “a distancia de siglos, podemos recoger de su enseñanza”: la centralidad de la Escritura, la comunión con Roma y la síntesis entre fe y cultura.

 

san Bonifacio

 

Respecto a la importancia de la Palabra de Dios, destacó que Bonifacio “la vivió, predicó, testimonió hasta el don supremo de sí mismo en el martirio. Estaba tan apasionado de la Palabra de Dios que sentía la urgencia y el deber de llevarla a los demás, incluso con riesgo personal suyo”.

Sobre la comunión con Pedro, el Papa destacó que “fruto de este empeño fue el firme espíritu de cohesión en torno al Sucesor de Pedro que Bonifacio transmitió a las Iglesias en su territorio de misión, uniendo con Roma a Inglaterra, Alemania, Francia y contribuyendo de modo tan determinante a poner las raíces cristianas de Europa que habrían producido frutos fecundos en los siglos sucesivos”.

En tercer lugar, Benedicto XVI explicó cómo el santo “promovió el encuentro entre la cultura romano-cristiana y la cultura germánica. Sabía de hecho que humanizar y evangelizar la cultura eraparte integrante de su misión de obispo“.

“Transmitiendo el antiguo patrimonio de valores cristianos, él implantó en las poblaciones germánicas un nuevo estilo de vida más humano, gracias al cual se respetaban mejor los derechos inalienables de la persona“, añadió.

El Papa afirma que este “valiente testimonio” supone “una invitación para todos nosotros a acoger en nuestra vida la Palabra de Dios como punto de referencia esencial, a amar apasionadamente la Iglesia, a sentirnos corresponsables de su futuro, a buscar la unidad en torno al Sucesor de Pedro“.

Por otro lado, “nos recuerda que el cristianismo, favoreciendo la difusión de la cultura, promueve el progreso del hombre. Está en nosotros, entonces, estar a la altura de un patrimonio tan prestigioso y hacerlo fructificar para bien de las generaciones que vendrán”.

 

 

“Comparando esta fe suya ardiente, este celo por el Evangelio, a nuestra fe tan a menudo tibia y burocratizada, vemos qué hemos de hacer y cómo renovar nuestra fe, para dar como don a nuestro tiempo la perla preciosa del Evangelio“, añadió.

Bonifacio nació en Wessex (Inglaterra) alrededor del 675 y entró muy joven en un monasterio. El Papa destaca de él que hubiera sido un hombre estudioso dedicado “a una tranquila y brillante carrera”.

Sin embargo, a los cuarenta años se sintió llamado a la evangelización entre los paganos. Tras el fracaso de su primera misión en Frisia (actual Holanda), Bonifacio se dirigió a Roma para hablar con el Papa y recibir sus instrucciones.

El papa Gregorio II le confió la evangelización de los pueblos germanos y la organización de la Iglesia en ese territorio, cosa que el santo hizo “con gran prudencia y valentía”, primero como simple monje y luego como primer obispo alemán.

En su catequesis, Benedicto XVI destacó también la labor de promoción cultural y humana realizada por Bonifacio, a través de la fundación de monasterios, “para que fuesen como un faro para irradiar la fe y la cultura humana y cristiana en el territorio”.

El mismo Bonifacio dejó un amplio legado a través de sus escritos y composiciones poéticas. Al final de su vida, el santo obispo se dirigió a Frisia, donde había fracasado su primera misión. Allí fue asaltado y asesinado por un grupo de paganos, mientras celebraba la misa.

Fue enterrado en el monasterio de Fulda; su fiesta se celebra el 5 de junio para los católicos, y el 19 de diciembre para los ortodoxos.

 

 

¿Por qué la fiesta de Corpus Christi?

La solemnidad del Corpus Christi tuvo origen en un contexto cultural e histórico determinado: nació con el objetivo de reafirmar abiertamente la fe del Pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía".

El Papa Benedicto XVI explica así la historia de esta fiesta, que remonta al siglo XIII

 

Santa Juliana de Cornillón tuvo una vision que “presentaba la luna en su pleno esplendor, con una franja oscura que la atravesaba diametralmente. El Señor le hizo comprender el significado de lo que se le había aparecido.

La luna simbolizaba la vida de la Iglesia sobre la tierra; la línea opaca representaba, en cambio, la ausencia de una fiesta litúrgica(…) en la que los creyentes pudieran adorar la Eucaristía para aumentar su fe, avanzar en la práctica de las virtudes y reparar las ofensas al Santísimo Sacramento (…).

La buena causa de la fiesta del Corpus Christi conquistó también a Santiago Pantaleón de Troyes, que había conocido a la santa durante su ministerio de archidiácono en Lieja. Fue precisamente él quien, al convertirse en Papa con el nombre de Urbano IV, en 1264 quiso instituir la solemnidad del Corpus Christi como fiesta de precepto para la Iglesia universal, el jueves sucesivo a Pentecostés.

 

Detalle del relicario donde se custodia el corporal con las huellas del milagro eucarístico acontecido el 1263 en Bolsena. Se encuentra en la catedral de Orvieto (Italia).

 

Hasta el fin del mundo

En la bula de institución, titulada Transiturus de hoc mundo (11 de agosto de 1264) el Papa Urbano alude con discreción también a las experiencias místicas de Juliana, avalando su autenticidad, y escribe:

«Aunque cada día se celebra solemnemente la Eucaristía, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad. De hecho, las otras cosas de las que hacemos memoria las aferramos con el espíritu y con la mente, pero no obtenemos por esto su presencia real.

En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo otra forma, Jesucristo está presente con nosotros en la propia sustancia. De hecho, cuando estaba a punto de subir al cielo dijo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)».

 

corpus

 

El Pontífice mismo quiso dar ejemplo, celebrando la solemnidad del Corpus Christi en Orvieto, ciudad en la que vivía entonces. Precisamente por orden suya, en la catedral de la ciudad se conservaba —y todavía se conserva— el célebre corporal con las huellas del milagro eucarístico acontecido el año anterior, en 1263, en Bolsena.

Un sacerdote, mientras consagraba el pan y el vino, fue asaltado por serias dudas sobre la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Milagrosamente algunas gotas de sangre comenzaron a brotar de la Hostia consagrada, confirmando de ese modo lo que nuestra fe profesa.

Textos que remueven

Urbano IV pidió a uno de los mayores teólogos de la historia, santo Tomás de Aquino —que en aquel tiempo acompañaba al Papa y se encontraba en Orvieto—, que compusiera los textos del oficio litúrgico de esta gran fiesta. Esos textos, que todavía hoy se siguen usando en la Iglesia (himno Adorote Devote), son obras maestras, en las cuales se funden teología y poesía.

Son textos que hacen vibrar las cuerdas del corazón para expresar alabanza y gratitud al Santísimo Sacramento, mientras la inteligencia, adentrándose con estupor en el misterio, reconoce en la Eucaristía la presencia viva y verdadera de Jesús, de su sacrificio de amor que nos reconcilia con el Padre, y nos da la salvación.(…)

 

Adoración eucarística en Hyde Park, en Londres, septiembre de 2010

 

Una «primavera eucarística»

Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento.

Pienso, por ejemplo, en nuestra adoración eucarística en Hyde Park, en Londres. Pido para que esta «primavera eucarística» se extienda cada vez más en todas las parroquias, especialmente en Bélgica, la patria de santa Juliana.

El venerable Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que «en muchos lugares (…) la adoración del Santísimo Sacramento tiene diariamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad.

La participación fervorosa de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia del Señor, que cada año llena de gozo a quienes participan en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico» (n. 10).

Recordando a santa Juliana de Cornillón, renovemos también nosotros la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Como nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica,

«Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino» (n. 282).

 

Queridos amigos, la fidelidad al encuentro con Cristo Eucarístico en la santa misa dominical es esencial para el camino de fe, pero también tratemos de ir con frecuencia a visitar al Señor presente en el Sagrario. Mirando en adoración la Hostia consagrada encontramos el don del amor de Dios, encontramos la pasión y la cruz de Jesús, al igual que su resurrección.

Corpus ChristiAdoración Eucarística durante la Jornada Mundial de la Juventud, Madrid 2011

Fuente de alegría

Precisamente a través de nuestro mirar en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino. Los santos siempre han encontrado fuerza, consolación y alegría en el encuentro eucarístico.

Con las palabras del himno eucarístico Adoro te devote repitamos delante del Señor, presente en el Santísimo Sacramento: «Haz que crea cada vez más en ti, que en ti espere, quete ame». Gracias.

 

BENEDICTO XVI, Audiencia general, 17 de noviembre de 2010
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¿Por qué la fiesta de Corpus Christi?

 

Catacumbas de San Sebastián

Roma, la Ciudad Eterna, sigue revelando secretos bajo sus adoquines. En el corazón de la "Regina Viarum", las Catacumbas de San Sebastián no solo custodia los restos de mártires, sino que marca el punto exacto donde la muerte dejó de ser un final para convertirse en una "esperanza de sueño".

Roma es una ciudad de récords visibles: el Coliseo, la cúpula del Panteón, las 900 iglesias que puntean su geografía. Sin embargo, existe una Roma invisible, una que se extiende en kilómetros de galerías subterráneas y que guarda la esencia misma del cambio de era entre el mundo pagano y el cristiano.

En la antigua Vía Appia, la primera de las vías consulares romanas, se alza un complejo que resume esta transición: la Basílica y las Catacumbas de San Sebastián.

Catacumbas de San Sebastián

De Necrópolis a Cementerio: Una revolución semántica

Para el visitante moderno, la palabra "catacumba" evoca pasadizos oscuros y entierros. Pero, como explica Gerardo Ferrara en su reciente análisis sobre el lugar, el término original para estos espacios era necrópolis (del griego "ciudad de los muertos"). En la época pagana, los cuerpos solían ser incinerados y sus cenizas depositadas en nichos.

La llegada del cristianismo no solo cambió la fe de los romanos, sino su lenguaje y su arquitectura funeraria. La palabra "cementerio" proviene del griego koimeterion, que significa "dormitorio".

Para los primeros cristianos, los difuntos no estaban simplemente muertos; estaban "dormidos" a la espera de la resurrección. Esta nueva concepción exigía el entierro del cuerpo íntegro, lo que impulsó la excavación de las vastas redes de galerías que hoy admiramos.

En San Sebastián, este cambio es tangible. Al recorrer sus niveles, se pueden observar antiguas cámaras funerarias paganas que convivieron con los enterramientos cristianos. Algunas familias acomodadas incluso disponían de pequeñas terrazas para el refrigerium, una comida ritual en honor a los fallecidos que los cristianos transformaron posteriormente en ágapes de caridad y conmemoración.

catacumbas San Sebastián

El refugio de los Apóstoles

Uno de los datos más fascinantes de este complejo es su conexión con las columnas de la Iglesia: San Pedro y San Pablo. Según la tradición y las evidencias arqueológicas (como los numerosos grafitis con los nombres de los apóstoles hallados en la "Memoria Apostolorum"), sus restos fueron trasladados temporalmente a estas catacumbas durante las persecuciones del siglo III para protegerlos.

Este hecho convirtió a San Sebastián en un centro de peregrinación mundial mucho antes de que se construyeran las grandes basílicas vaticanas. El lugar era conocido originalmente como ad catacumbas (cerca del hueco o la hondonada), debido a una cantera de puzolana cercana. Con el tiempo, este nombre propio pasó a designar a todos los cementerios subterráneos de la cristiandad.

San Sebastián y el "Salvador del Mundo"

La basílica que vemos hoy sobre la superficie es una joya barroca que alberga tesoros de valor incalculable. Entre ellos destaca la última obra maestra de Gian Lorenzo Bernini: el Salvator Mundi. Esculpida cuando el artista tenía 80 años, esta obra representa a Cristo con una majestad y una técnica que parecen desafiar la dureza del mármol.

Bajo el altar, se encuentra la cripta de San Sebastián, el soldado pretoriano martirizado bajo el mandato de Diocleciano. Su figura, tradicionalmente representada asaeteada, se ha convertido en un símbolo de la resistencia de la fe frente al poder imperial. La escultura de mármol que lo representa en la basílica, obra de Giuseppe Giorgetti, es un punto de parada obligatoria para los fieles que buscan consuelo en la figura del mártir.

Escultura "Salvator Mundi" de Bernini

Un patrimonio vivo

Hoy, las catacumbas de San Sebastián no son solo un museo, sino un lugar de culto activo gestionado por la Orden de los Frailes Menores. La experiencia de descender a sus niveles —algunos de los cuales muestran frescos excepcionalmente conservados y epigrafía paleocristiana— es un viaje al pasado que obliga a reflexionar sobre la continuidad de la historia humana.

Roma no deja de sorprender porque sus cimientos están hechos de historias. En la Vía Appia, entre pinos centenarios y restos de acueductos, el complejo de San Sebastián sigue recordando al mundo que, incluso en la oscuridad de la tierra, el ser humano siempre ha buscado la luz de una vida futura.

Para quienes buscan ir más allá del turismo convencional, estas galerías ofrecen un silencio que habla. Es el eco de una comunidad que, hace casi dos mil años, decidió que la muerte no tenía la última palabra.

Catacumbas de San Sebastián

 

fuente - omnes

2 de junio

MÁRTIRES DE LYON

(† 177)

Corría el año 177 de nuestra Era; y con él, a su postrimería, corrían los días de Marco Aurelio, emperador meditabundo. La inminencia de la celebridad anual que en Lyon, ciudad cabecera de la Galia, situada en la confluencia del Saona y del Ródano, se solemnizaba todos los años en las calendas del mes sextil (agosto), reunía en derredor del altar de Roma y de Augusto a los legados de las tres Galias.

En esta famosa conmemoración, las jóvenes y aguerridas cristiandades de Lyon y de Viena del Delfinado sostuvieron una serie de luchas cruentísimas y triunfales. Lavaron sus estolas en la sangre del Cordero y volaron a los brazos de Cristo con alas plateadas de paloma. De los episodios de estas luchas nos queda una relación auténtica pormenorizada, salvada por Eusebio en el libro V de su Historia eclesiástica, que yo —spatiis exclusus iniquis— me veo forzado a resumir.

Los siervos de Cristo que habitan Viena y Lyon, en la Galia, a sus hermanos del Asia y de la Frigia, que profesan la misma fe e idénticas esperanzas en la redención que nosotros, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Nuestro Señor.

... No tenemos palabras con que expresar en este mensaje la intensidad de la opresión y la saña de los gentiles contra los santos y los tormentos que los bienaventurados mártires soportaron. El Fuerte Armado descargó en nosotros toda la furia y el poder de su brazo. Se nos echó de nuestras casas, se nos privaron los baños, el foro y hasta la pública convivencia. Con todo, la gracia de Dios combatió contra ellos; alejó a los débiles; pero quedaron enhiestos y firmes los sólidos pilares de la fe, que demostraron que las tribulaciones temporales no merecen consideración ante la perspectiva de la gloria que en nosotros será revelada. La plebe frenética les infligió toda suerte de sevicias: escarnios, golpes, lapidaciones y cárcel indistinta; mientras no llegaba el gobernador...

 

 

mártires de Lyon

 

Fueron interrogados por este orden:

Vetio Epagato, el más conspicuo de nuestros hermanos. Había llegado a la plenitud del amor de Dios y del prójimo, y hervía de Espíritu Santo. Varón representativo en nuestra comunidad, no se avino al expeditivo procedimiento y reclamó que se le oyera; la plebe aulló; el presidente se limitó a la pregunta escueta: "¿Eres cristiano?" Su respuesta fue afirmativa y tajante: "Soy cristiano". La pequeña grey fiel le calificó de paráclito de la cristiandad lionesa.

... En las detenciones en masa de fieles de ambas iglesias, que de día en día y con ritmo creciente íbanse haciendo, como la cizaña en el trigo, anduvieron mezclados con los santos algunos paganos que estaban al servicio de los nuestros; los cuales, caídos en la paranza de Satán, declararon que nosotros hacíamos cenas como las de Tiestes e incestos como los de Edipo. Entonces pareció tener realidad la palabra evangélica: Día vendrá cuando el que os diere muerte creerá haber rendido culto a Dios.

... Llegó el segundo interrogatorio de mártires, iniciado por Vetio Epagato. Abriólo el diácono de Viena (del Delfinado), Santo de nombre y de vida; siguió el de Maturo, simple neófito pero invencible púgil; continuó Atalo, originario de Pérgamo, columna y sostén de la cristiandad lionesa, y Blandina finalmente. En ella Cristo hizo gallardísimo alarde de que lo que es ruin y rahez, sin atractivo físico, desdeñable a los ojos de los hombres, se juzgó digno de gloria muy grande ante el acatamiento dé Dios.

Todos nosotros recelábamos, y hasta su propia ama según la carne, que estaba con nosotros, mártires designados, que Blandina no pudiera dar testimonio de su fe, tanta era la flaqueza de su cuerpo. Para acabar con ella los verdugos se relevaban; a cada momento parecía que iba a quebrarse el tenue hilo de su vida; mas en la confesión se rejuvenecía y para ella constituía una insuflación de nueva vida decir: Soy cristiana; y nosotros no hacemos ningún mal. Y en diciéndolo parecía embellecerse.

Santo, de Viena, se mantuvo firme como un risco marino en medio del oleaje, combatido de sal asidua. No se dignó decir su nombre, ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni su condición de esclavo o libre, ni su grado eclesiástico. A todas las preguntas capciosas contestaba en latín paladino: Soy cristiano. A las más delicadas partes de su cuerpo aplicáronsele láminas de bronce al rojo. Santo perseveró inconmovible en su silencio y en su confesión. La fuente de agua paradisíaca que brotó del costado de Cristo le comunicaba refrigerio y reciedumbre. También la tortura para él era fuente de juventud.

... En gran ansiedad y congoja teníamos el caso de Biblis, dama conspicua de nuestra cristiandad, que en el primer asalto de terror había renegado. Creídos estábamos que Satanás la había ya engullido; mas el asalto segundo la despertó de su ceguera y de su momentánea embriaguez. Aquel dolor pasajero hízola pensar en la gehena de fuego; y con vehemencia echó en rostro a los calumniadores: ¿Cómo podéis pensar que esta gente coma carne de niños si les está mandado abstenerse de sangre de animales? Biblis abjuró de su abjuración y se sumó al grupo de los mártires.

... Satanás inspiró a los verdugos una nueva suerte de martirio exangüe: el encierro colectivo y promiscuo en noche perpetua de una zahurda más que plutónica, con ambos pies en un cepo, separados el uno del otro hasta el quinto agujero. En número muy grande, anónimamente, murieron de asfixia en aquellas tinieblas palpables, irrespirables; y sus almas volaron en canoros bandos, como alondras, al aire vivo del amanecer, allá, hacia la esfera que huye más del suelo...

... El bienaventurado Potino, a quien el Espíritu confiara el episcopado de Lyon, había ya colmado la rotación de nueve decenios. Era como un ángel que hubiese envejecido. Apenas respirar podía. Fue sacado de las tinieblas y arrastrado por la venerable melena al tribunal. El gobernador le preguntó cuál era el Dios de los cristianos. Respondió: Si tú lo merecieras le conocerías. Atado de manos y pies, por que no huyese, saturado de oprobios se le volvió a sepultar en la carcenal negrura y en el aire irrespirable. Dos días después, silenciosamente como un ave cautiva, dio suelta a su acérrimo espíritu aleluyante.

En la tartera confusión de la mazmorra, en desconcertante promiscuidad, andaban mezclados los creyentes y los renegados a quienes la apostasía de nada les valiera. En este comedio iba a producirse una poderosa intervención de Dios y una inconmensurable misericordia de Jesús. Quienes tras el primer arresto habían renegado de su fe compartían los sufrimientos con los que la habían confesado.

Aquellos permanecían detenidos por sospecha de las cenas de Tiestes y de los incestos de Edipo, y su castigo había de ser más fiero que el de los cristianos partícipes de sus cadenas. Roíales trágicamente la conciencia de su cobardía, al paso que los cristianos exultaban por la proximidad de su liberación y por beber el cáliz inebriante del martirio.

... Maturo, Santo, Atalo y Blandina fueron excarcelados; vencedores de la sevicia de los hombres, iban a encararse con la voracidad de las fieras. Este era el postrer y sensacional programa de los festivales olímpicos con que las tres Galias solemnizaban las calendas de agosto, en derredor del altar de Día Roma y de Augusto, en el cerco del anfiteatro.

A Maturo y Santo sólo les faltaba la postrera fase del combate para merecer la corona incorruptible: sufrieron azotes, zarpazos y dentelladas de bestias, todos los crudelísimos antojos de una multitud delirante. Ambos se ofrecieron en espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. De Santo no se oyeron más palabras que las de su confesión: Soy cristiano. Maturo soportó toda la variedad de luchas que se veían en los gladiadores profesionales.

Quedaba Atalo como olvidado. El populacho, que harto bien le conocía, le reclamó a gritos. Se le hizo dar la vuelta al ruedo, con un letrero infamante: ¡Atalo, cristiano!Enteróse el gobernador de su condición de ciudadano de Roma. Tuvo escrúpulos el melindroso gobernador; determinó que se le devolviera al báratro infernal del que se creía ya redimido, mientras consultaba con el emperador qué debía hacerse con ese delincuente honrado. Esta obligada demora no fue ni inútil ni estéril. En este lapso de tiempo la inconmensurable misericordia de Cristo tuvo una espléndida manifestación en la misma cárcel. Los vivos vivificaron a los muertos. Allí estuvo el dedo de Dios. Esta mudanza ocasionó un júbilo inenarrable de nuestra Madre Virginal. El milagro fue que quienes anteriormente renegaron de Cristo quisieron de nuevo medirse con el perseguidor; se reanimaron a nueva vida. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se enmiende y viva, les tornó sabroso y fácil el regreso a la casa del Padre de familia.

En el ínterin llegó la orden del César: Decapitación para Atalo, ciudadano romano; para los restantes, la voracidad de las fieras. Cristo fue magníficamente glorificado por quienes le negaron; y su Iglesia les incorporó en el ejército de mártires que visten túnicas blancas.

Mientras duró el interrogatorio individual Alejandro, de nación frigio y médico de profesión, avecindado de muchos años en la Galia lionesa, conocido y amado de todos por su amor a Dios, por su libertad de palabra, copiosamente dotado del carisma apostólico, de pie cerca del tribunal, exhortaba con señas a los interrogados que proclamasen su fe. Se le culpó de haber sido él quien promovió aquella retractación colectiva. Se le preguntó que quién era, respondió: Cristiano. Fue condenado a las bestias.

Dios, que eligió lo más flaco de este mundo para confusión de lo más fuerte, había reservado para la lucha final a dos seres entecos. Blandina fue sacada al anfiteatro, llevando de la mano a Pontico, mozuelo en su primer bozo, de quince años escasos. Con refinadísima perversidad todos los días se les había sacado por que viesen los suplicios de sus hermanos en la fe.

La plebe, ebria y sedienta de sangre, no se apiadó de la niñez del muchacho venerando ni respetó el augusto carácter de la mujer. Ambos recorrieron todo el ciclo de los tormentos. A Pontico infundíale bríos la muchacha. Pontico le precedió en la muerte y en la liberación. Libróse, como gamo, del cazador; como pájaro, del lazo del parancero.

Quedaba Blandina, la última de todos, madre virgen y feliz de haber enviado al Rey de los siglos, inmortal e invisible, a muchos hijos victoriosos. Sobreabundaba de gozo como partícipe en un festín nupcial. Recorrió toda la cadena de los tormentos ya conocidos y superados. Se la brindó, por fin, a un toro furioso, que, como arista leve, la proyectaba hacia arriba, como en un ansia de vuelo y de cielo... Fue inmolada por fin.

Los cadáveres de los mártires de Lyon, durante seis días, quedaron insepultos, en la gran inverecundia de la muerte, bajo las miradas de Dios y el estupor de los cielos. Incinerados al fin, llevó solemnemente al mar sus pavesas leves el Ródano sonoroso y raudo, fluviorum rex, majestuoso rey de los ríos de Francia.

 

 

 

 

LORENZO RIBER

 

 

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