Presentamos a continuación algunos textos de los primeros escritores cristianos que reflejan cómo vivían esta fraternidad.
Ya veis, queridos hermanos, cuán grande y admirable cosa es la caridad, y cómo no es posible describir su perfección. ¿Quién será capaz de estar en ella, sino aquellos a quienes Dios mismo hiciere dignos? Roguemos, pues, y supliquémosle que, por su misericordia, nos permita vivir en la caridad, sin humana parcialidad, irreprochables. (SAN CLEMENTE ROMANO, Carta a los Corintios, 50, 1)
El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humildeno dé testimonio de si mismo, sino deje que sean los demás quienes lo hagan. El que es casto en su cuerpo no se gloríe de ello, sabiendo que es otro quien le otorga el don de la continencia. (SAN CLEMENTE ROMANO, Carta a los Corintios, 36)
Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta. (DIDACHÉ o ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES, 11, 1-12)
Preocúpate de que se conserve la concordia, que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia. (SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Carta a san Policarpo de Esmirna, 1,1-4)
Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, (…). Someteos unos a otros y procurad que vuestra conducta entre los gentiles sea buena así verán con sus propios ojos que os portáis honradamente; entonces os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros. Porque ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! (SAN POLICARPO DE ESMIRNA, Carta a los Filipenses, 9,1 -11, 4)
No nos basta ser justos—la justicia consiste en dar igual a los iguales—, sino que se nos propone ser buenos y pacientes. (ATENÁGORAS DE ATENAS, Legación a favor de los cristianos, 34)
Socorren a quienes los ofenden, haciendo que se vuelvan amigos suyos; hacen bien a los enemigos. No adoran dioses extranjeros; son dulces, buenos, pudorosos, sinceros y se aman entre sí; no desprecian a la viuda; salvan al huérfano; el que posee da, sin esperar nada a cambio, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos, ya que así llaman no a los que lo son según la carne, sino a los que lo son según el alma. (ARISTIDES DE ATENAS, La Apología, 15)
Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos, pues dicen: «Mirad cómo se aman», mientras ellos sólo se odian entre sí. «Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro», mientras que ellos están más bien dispuestos a matarse unos a otros.
El hecho de que nos llamemos hermanos lo tienen por infamia, a mi entender, sólo porque entre ellos todo nombre de parentesco se usa sólo con falsedad afectada. Sin embargo, somos hermanos vuestros en virtud de nuestra única madre la naturaleza, aunque seáis bien poco hombres, pues sois tan malos hermanos. (TERTULIANO, Apologético, 39, 1-18)
Si todos poseen un mismo espíritu, que procede del mismo Dios y Padre, ¿por qué te crees diferente de ellos?, ¿por qué huyes de los que están sujetos, igual que tú, a las mismas caídas y errores, como si ellos fuesen espectadores de tus luchas, prontos sólo al aplauso, y no, en cambio, gente muy cercana a ti, compañeros de tus mismas fatigas? (TERTULIANO, Sobre la penitencia, 8, 4-10)
Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. De esta manera demuestra que es imposible mantener la unión y la paz si los hermanos no se toleran mutuamente y si no conservan el vínculo de la unión fraterna mediante la virtud de la paciencia. (SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Tratado sobre la paciencia, 13)
Le buscaban las turbas. Y por qué? Porque, imponiéndoles las manos, las curaba, y daba salud en cualquier tiempo y lugar que se lo pedían, enseñándonos así a prodigar la medicina al enfermo que la pide. (SAN AMBROSIO, Sobre la virginidad, 42)
No hay amistad verdadera sino entre aquellos que Tú aúnas entre si por medio de la caridad. (SAN AGUSTÍN, Confesiones, 4, 4)
Si todavía no te sientes en disposición de morir por tu hermano, disponte al menos a darle algo de lo que tienes. Que la caridad comience ya a conmover tus entrañas. (SAN AGUSTÍN, Sobre la 1ª Epístola de San Juan, 5, 12)
Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente, no con un amor que degrada, ni con el amor con que se aman los seres humanos por ser humanos, sino con el amor con que se aman porque están deificados y son hijos del Altísimo, de manera que son hermanos de su Hijo único y se aman entre si con el mismo amor con que Cristo los ha amado. (SAN AGUSTÍN, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 65, 1-3)
Aunque subido al cielo, con su carne resucitada, sin embargo, como compartiendo las pruebas de su cuerpo que sufre todavía en la tierra, dice: Saulo, Saulo, ¿ por que me persigues? Nadie podía escucharlo, y sin embargo Él gritaba desde el cielo que estaba perseguido. Nosotros hemos de concluir con gran confianza que si por la caridad está con nosotros en la tierra, por la misma caridad nosotros estamos con Él en el cielo. (SAN AGUSTÍN, Comentario sobre el Salmo 122, 1).
| Del libro: ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS Gabriel Larrauri (Ed. Planeta) |
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Desde las primeras horas del día 12, de los puntos más remotos de Portugal se advertía un intenso movimiento hacia Fátima. Al atardecer, los caminos que llevan a Fátima estaban lleno de vehículos de toda clase, de grupos de peatones, de los cuales muchos caminaban a pie desnudo y cantando el Rosario.
El día 13 amanece frío, melancólico, lluvioso. La multitud aumenta. La lluvia, persistente y abundante, había convertido la Cova de Iría en un inmenso charco de barro y penetraba hasta los huesos de los peregrinos y curiosos.

Al llegar los pastorcillos, la muchedumbre, reverente, les abre paso y ellos van a colocarse delante de la encina, reducida ya a un trozo de tronco. Lucia pide a la muchedumbre que cierren los paraguas para rezar. Todos quieren estar muy cerca de los videntes. Jacinta, empujada por todas partes, llora y grita. Los dos mayores, para protegerla, la ponen en medio.
Al mediodía en punto Lucia anunció la llegada de la Virgen. El semblante de la niña se tornó más bello de lo que era, tomando color rosado y adelgazándose los labios.
La aparición se manifestó en el lugar acostumbrado a los tres afortunados niños, mientras los presentes ven por tres veces formarse alrededor de aquellos y luego alzarse en el aire una nubecilla blanca como de incienso.
– ¿Quién es usted y qué quiere de mí?
–Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor, que soy Nuestra Señora del Rosario, que continuéis rezando el Rosario todos los días, la guerra va a terminar y los soldados volverán pronto a sus casas.
Lucia exclamó:
–¡Tengo tantas cosas que suplicarle…!
Y la Virgen respondió que concedería alguna, las otras, no. Y volviendo al punto principal de su Mensaje, añadió:
–Es necesario que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados. ¡No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido!

Era la última palabra, la esencia del mensaje de Fátima. Al despedirse, abrió las manos, que reverberaban en el sol, o como se expresaban los dos pequeños videntes, señaló el sol con el dedo.
Lucia imitó instintivamente aquel ademán, gritando:
–¡Mirad el sol!
La lluvia cesa inmediatamente, las nueves se deshacen y aparece el disco solar como una luna de plata, luego gira vertiginosamente sobre sí mismo semejante a una rueda de fuego, lanzando en todas direcciones fajas de luz amarilla, verde, roja, azul, violeta…, que colorean fantásticamente las nubes del cielo, los árboles, las rocas, la tierra, la incontable muchedumbre.
Se para por algunos momentos, luego reanuda de nuevo su danza de luz como una girándula riquísima hecha por los mejores pirotécnicos; se para de nuevo para volver a comenzar por tercera vez, más variado, más colorido.
De repente, todos tiene la sensación de que el sol se destaca del firmamento y que se precipita sobre ellos. Un grito único, inmenso, brota de cada pecho, que manifiesta el terror de todos. Todos gritan y caen de rodillas en el barro rezando en voz alta actos de contrición.
Y este espectáculo, claramente percibido por tres veces, dura por más de diez minutos y es atestiguado por más de 70.000 personas; por creyentes e incrédulos, por simples campesinos y cultos ciudadanos.
Acabado el fenómeno solar, se dieron cuenta de que sus vestidos, empapados poco antes por la lluvia, se habían secado perfectamente.
Ver en Wikipedia
Santuario de Nuestra Señora de Fátima – Sitio oficial
La película está basada en hechos reales de la vida del Papa católico Juan XXIII, desde su niñez, hasta su muerte.123
En 1958, fallece el Papa Pío XII. Tras su fallecimiento, el cardenal Angelo Roncalli, supervisando como será su tumba en su parroquia local recibiendo la noticia de parte de su secretario Loris Capovilla (estelarizado por Paolo Gasparini), se dirige al Vaticano para participar en un cónclave secreto que elegirá al nuevo Papa.
Durante las reuniones, se produce una lucha enconada entre los cardenales progresistas y la facción conservadora, encabezada por los cardenales Alfredo Ottaviani (estelarizada por Claude Rich) y Doménico Tardini (estelarizado por Michael Mendl).
El cónclave sigue su curso y Roncalli recuerda algunas escenas de su pasado, como la negación de su padre a que su hijo sea sacerdote, por el cual, un tío le apoya para que sea sacerdote y con ello le ofrece a su sobrino que le dará todo para que realizara sus sueños, el apoyo que ofreció a un grupo de trabajadores en huelga cuando era un joven sacerdote, la negociación secreta que llevó a cabo con un embajador nazi para salvar a numerosos judíos en Turquía y su labor de mediación a favor de varios obispos franceses ante el presidente Charles De Gaulle.
Poco después, la elección se lleva a cabo y, bajo el nombre de Juan XXIII, Angelo Roncalli accede al pontificado, tras ello se dan numerosos encuentros con clérigos anglicanos y con la hija del entonces líder de la exUnión Soviética Nikita Krushev, Rada Kruscheva, ante la inminente guerra que se avecinaba, forjaron su legado.

Ed Asner como Angelo Giuseppe Roncalli
Massimo Ghini como Angelo Roncalli, de niño
Claude Rich como Card. Alfredo Ottaviani
Michael Mendl como Mons. Domenico Tardini
Franco Interlenghi como Mons. Giacomo Radini-Tedeschi
Sydne Rome como Rada Krusheva
Roberto Accornero como Mons. Angelo Dell'Acqua
Jacques Sernas como Cardinal Maurice Feltin
Paolo Gasparini como Mons. Loris Capovilla
Ivan Bacchi como Guido Gusso
Bianca Guaccero como Maria
Heinz Trixner como Franz von Papen
Sergio Fiorentini como Don Rebuzzini
Emilio De Marchi como Tío Saverio
Guido Roncalli como el Padre Kurteff
Vincenzo Bellanich como Cardinal Giuseppe Siri
Alvaro Piccardi como Antonio Samorè
Osvaldo Ruggieri como Pio XI
Tosca D'Aquino como Marianna Mazzola Roncalli
Nicola Siri como Giovanni Roncalli ya siendo sacerdote
Anna Valle como Rosa
Mauro Rapagnani como Angelo Roncalli de joven
Petra Faksova como la Hermana Ivana

Cambios sencillos pero de calado, como el rezo público del Ángelus los domingos. El Papa bueno instauró esta tradición de rezar desde la ventana del Palacio Apostólico y dedicar una pequeña catequesis a los peregrinos.
Siempre intentó estar cerca de la gente, como Papa y como obispo. Fue el primer pontífice que salió de las murallas vaticanas yvisitó las parroquias de Roma. También fue a hospitales y cárceles. Incluso en ocasiones esquivaba a la Gendarmeria vaticana para salir solo o con uno de sus secretarios.
Juan XXIII tuvo el coraje de tomar el nombre de un usurpador y transformarlo. Hubo un antipapa en el siglo XV que se llamó Juan XXIII. El cardenal Roncalli no tuvo miedo de usar el nombre que había manipulado un impostor y que se evitó durante 500 años.

Fue testigo de dos guerras mundiales. Como resultado, dos regímenes políticos opuestos dividieron al mundo. Juan XXIII se dio cuenta de que era necesario tender puentes e intercambió cartas con mandatarios como Kruschew, el líder de la Unión Soviética.
Dirigió por primera vez una encíclica a "todos los hombres de buena voluntad” no sólo a los católicos. Fue "Pacem in terris”, un vivo alegato contra la guerra en el que reivindicaba que el conflicto armado no podía ser usado como un instrumento para buscar justicia.
A los pocos meses de ser designado Papa, Juan XXIII convocó un consistorio para la creación de nuevos cardenales y más de la mitad eran no italianos. Rejuveneció la Curia y también creó por primera vez cardenales a un japonés, un africano, un filipino y un venezolano.
Sin duda, la mayor revolución de Juan XXIII fue el Concilio Vaticano II. Una reunión de todos los obispos del mundo para estudiar la situación de la Iglesia. Un Papa anciano, considerado de transición, fue capaz de llevar a cabo uno de los cambios más profundos en la Iglesia de nuestro tiempo.
Precisamente al Concilio Vaticano II invitó, como observadores, a musulmanes, indios americanos y a miembros de todas las Iglesias cristianas. Trabajó por el diálogo entre los cristianos de todas las confesiones. Puso en marcha el primer organismo vaticano destinado a promover la unidad de los cristianos.
Como sucedió con Juan Pablo II, miles de personas rindieron su último homenaje a Juan XXIII cuando falleció. Y al igual que con el Papa Wojtyla también con el Papa Roncalli se entonó el "santo súbito”. Ambos serán elevados juntos a los altares y quedará escrito un capítulo más en la historia común de estos dos Papas pues fue Juan Pablo II quien beatificó a Juan XXIII en el año 2000.
Mas don Diego no fundó a Bilbao. La puebla existía ya y su caserío se apretaba—¿desde cuándo?—a orillas del Nervión, en las tierras de Begoña que se asomaban a la ría. Bilbao había nacido en Begoña. Ahora se emancipaba. Y en la carta-puebla, en el acta de emancipación ya que no de nacimiento, dos nombres hacen para nosotros su primera aparición, juntos entran en la historia y hermanados continuarán a través de los siglos: Santa María de Begoña y Bilbao.
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También el "monasterio" de Santa María de Begoña existía ya. Tampoco sabemos desde cuándo. Si Bilbao, la puebla de cabe el río, tenía una iglesia dedicada a Santiago—recuerdo indudable del peregrinaje compostelano—, Santa María era el templo de la anteiglesia. Bilbao apiñaba su caserío en torno a Santiago; pero Bilbao con Santiago se asentaba al pie de la colina en que presidía sus destinos la Madre de Dios de Begoña. Begoña dominaba geográficamente a Bilbao; su Virgen reinaba en el corazón de sus hijos.
Cuando sus navíos, cansados de surcar los mares del mundo, retornaban a Bilbao y, vencido el paso peligroso de la barra de la desembocadura, enfilaban la ría y la remontaban—todavía sus márgenes no estaban cuajadas de industria como hoy y conservaban la amenidad de una naturaleza frondosa, siempre verde—, iban dejando a los lados la villa de Portugalete, las anteiglesias de Guacho, Sestao, Baracaldo, Erandio, Deusto, Mando... Bilbao no se dejaba descubrir fácilmente escondido entre sus montes. El barco avanzaba. Una vuelta más de la ría y se divisarían las casas de Bilbao; pero, antes de doblarla, en la nave se hacía el silencio y las miradas se dirigían a la altura: acababa de aparecer el santuario de Begoña.
"Aquí se reza la salve", decían unos letreros a la orilla. Y marinos en las aguas y viandantes en la tierra rezaban la salve.
Hoy ya no existen los letreros. Las orillas han sacrificado su amenidad y belleza en aras del progreso. Varias de las anteiglesias han perdido su personalidad ante el empuje de un Bilbao siempre creciente. Ya el marino tropieza con sus casas sin necesidad de tanto navegar. Pero al llegar al último recodo, cuando va a asomarse al corazón de Bilbao, sigue viendo en la altura la casa de la Madre de Dios de Begoña y el paraje sigue llamándose la "Salve".
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Begoña presidió el ir y venir de los barcos por la ría y, con él, el movimiento comercial e industrial de Bilbao. Un único cabildo servía a Santa María de Begoña y a las parroquias de Bilbao, pregonando que, si la villa pudo emanciparse de la anteiglesia, su alma religiosa continuaba vinculada a la Madre de Dios de Begoña. Begoña era el santuario mariano de Bilbao cuando éste era Begoña y cuando dejó de serlo; hoy, al cabo de los siglos, cuando la hija ha absorbido en su seno a la madre y Begoña es Bilbao, su santuario sigue siendo el santuario por antonomasia de los bilbaínos. Más aún: de todos los vizcaínos.
La Madre de Dios de Begoña. Tal es el nombre tradicional de la Patrona de Vizcaya. Su imagen es la imagen de la Madre de Dios, animada por hondo sentido teológico. Es la tradicional y clásica imagen medieval de María. Ha superado las rigideces románicas, se ha humanizado su figura y su expresión, la sonrisa florece hermosa en sus labios, el Hijo es auténtico niño con graciosa cara de gitanillo travieso..., pero continúa siendo una talla hondamente teológica y religiosa. Es la Madre de Dios que sonríe a los hijos de los hombres.
¿Desde cuándo veneran los vizcaínos a Santa María de Begoña en las alturas de Artagan? No lo sabemos. El templo antiguo fue derribado a principios del siglo xvi, sin dejar rastro, para ser sustituido por otro más amplio y no sabemos si más hermoso. La escultura puede bien remontar a fines del siglo xiii o comienzos del xiv; pero nada nos autoriza a pensar que antes de ella no existiera, quizá, otra imagen que centrara la devoción de los fieles bajo la misma advocación. El año 1300 existía ya Santa María de Begoña. No sabemos más.
Cuando dicho año fundó don Diego la villa de Bilbao, el propio señor de Vizcaya era el patrono de la iglesia de Begoña. Y siguió siéndolo hasta 1382, en que don Juan, que por herencia uniría el señorío de Vizcaya y la corona de Castilla, la donó al conde de Mayorga, hijo del difunto señor de Vizcaya Juan Núñez de Lara y de doña Mayor de Leguizamón. Desde entonces Begoña quedó vinculada al primer linaje de Bilbao.
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Mas la prosperidad de Begoña nada debe a sus ilustres patronos. La historia del santuario es severa con ellos. La fama, todo su esplendor a través de los siglos, se debe a la devoción de los vizcaínos, begoñeses y bilbaínos en primer lugar. Y cuando decimos vizcaínos pensamos en el pueblo, en todo el pueblo, en que se confunden ricos y pobres, linajes ilustres y vidas humildes.
Fue el pueblo—y no un magnate—quien con sus limosnas levantó piedra a piedra, en el siglo xvi, el templo que hoy existe. Fueron los mercaderes bilbaínos los que costearon la erección de pilares y muros, y en ellos dejaron, no blasones nobiliarios, sino las marcas mercantiles con que señalaban sus mercancías. Aún hoy las podemos divisar en las alturas del templo, pregonando que es hijo de la devoción y del trabajo.
Ya en el siglo xvi encontramos la devoción a la Virgen de Begoña derramada por Vizcaya y expresándose en multitud de exvotos y dones que el rigor de los tiempos y las guerras han hecho desaparecer por completo, pero de muchos de los cuales conservamos memoria.
Y es en el siglo xvi cuando dos grandes figuras de nuestra historia eclesiástica—San Ignacio de Loyola y el obispo de Calahorra don Juan Bernal Díaz de Luco—fijan su mirada en Begoña para convertirla en un centro ,de irradiación religiosa y reformador. El obispo se la ofreció con insistencia al fundador y logró vencer sus primeros reparos para que algunos miembros de la naciente Campañía fundaran en ella. Todo quedó en proyectos, a pesar de sus deseos y de las gestiones de San Francisco de Borja; quizá a causa de los pleitos que envolvían a Begoña por razón del patronato.
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Los siglos xvii y xviii son espléndidos para nuestro santuario. Los vizcaínos desparramados por diversas regiones de España, por América y otros países, conservan la devoción a su Virgen y de lejos la obsequian con sus presentes. Los navegantes surcan los mares en navíos que se engalanan con el nombre de la Madre de Dios de Begoña. Y aun extranjeros que pasaran por Bilbao, al volver a sus tierras, se acuerdan en ocasiones de nuestra Virgen.
A Begoña llegan diariamente los vizcaínos a confiar a la Virgen sus cuitas y a agradecerle sus alegrías. Son nuevos sacerdotes que quieren celebrar su primera misa en su altar o vizcaínos ilustres, como el almirante de la Armada Invencible, Juan Martínez de Recalde, que quieren celebrar su matrimonio ante la imagen venerada. Terminada la fábrica del templo se preocupan de adornarlo y alhajarlo. Numerosas lámparas de plata cuelgan de su bóveda, en especial ante el retablo principal, que es, tallado a mediados del siglo xvii por Antonio de Alloitiz sobre diseños de Pedro de la Torre. La Virgen señorea desde su santuario. La sobria monotonía de sus muros es rota por no pocos lienzos que conmemoran favores extraordinarios concedidos por la Virgen a sus devotos. Se habla de auténticos milagros, que un párroco diligente recogerá en su historia manuscrita, y de algunos de ellos se instruirán procesos con todas las exigencias del derecho. Rara vez sale la Virgen de su santuario, y ello en ocasiones en que urgen necesidades graves, tales las inundaciones de Bilbao. De éstas fue memorable la ocurrida en 1737. Conservamos la información jurada de testigos que se llevó a cabo por mandato de la autoridad diocesana; de ella resulta claramente que el retirarse de las aguas coincidió con la bajada de la Virgen, a pesar de que era la hora de la pleamar. La devoción a la Virgen crecía sin cesar; en 1699 se publicó por primera vez su historia y al año siguiente era necesaria una nueva edición.
El siglo xix es de historia triste para el santuario. No es que descienda la devoción, antes al contrario; sino que sobre Begoña se abaten las desgracias que van a atribular a Vizcaya. Se ha escrito con razón que la historia de Begoña es el reflejo en sus alegrías y tristezas de las de Vizcaya. El siglo xviii había agonizado bajo el signo de la guerra. En 1794 perdió Begoña toda su plata, sacrificada a los gastos de la guerra contra los revolucionarios franceses que llegaron a ocupar Bilbao. Nos dicen los documentos que Begoña entregó 1.905 marcos de plata; con ella se fundieron todas sus lámparas y perdimos uno de los apreciados recuerdos del pasado.
La guerra de la Independencia continuó la triste tarea de empobrecimiento: todas las alhajas desaparecieron en el saqueo, y el párroco, don Domingo Lorenzo de Larrinaga, fue asesinado.

No repuesto el santuario de estos reveses se cierne de nuevo la guerra sobre él. En la primera guerra civil carlista queda situado en la misma línea del frente. Los obuses arruinan su torre y dañan seriamente al templo; la soldadesca desmandada asuela el interior y destruye cuanto puede, incluidos el retablo y gran parte del archivo. A tal estado quedó reducido el templo que un contemporáneo lo comparó con "un establo para ganado". En 1832, y según consta de papeles oficiales, el santuario no tenía lo absolutamente necesario. La imagen de la Virgen se había salvado en la iglesia de Santiago de Bilbao, a la que fue llevada en los momentos difíciles.
Trabajosamente había restañado las heridas de su iglesia, cuando, a fines de 1873, ve retornar el fatídico azote de la guerra. Una vez más en la línea del frente entre carlistas y liberales. De nuevo forcejean los primeros por conquistar Bilbao. En vano. El santuario de Begoña, convertido en defensa avanzada de la villa, es duramente trabajado por las tropas sitiadoras.
La imagen de la Virgen peregrina fuera del santuario. Para evitar la profanación el cabildo acordó trasladarla al monasterio del Refugio; los carlistas, para evitar que fuera bajada a Bilbao, la llevaron a la ermita de los Santos Justo y Pastor, en el monte de Santa Marina, y de allí al convento de los padres carmelitas de Larrea, en Amorebieta. Terminada la guerra, y acompañada por las autoridades civiles y militares de Bilbao y Begoña, fue repuesta en su trono. Nuevamente se impone la labor restauradora.
El 8 de septiembre de 1900 la imagen de la Virgen fue coronada con gran solemnidad por el obispo de Vitoria, don Ramón Fernández de Piérola, delegado para ello por la Santa Sede. Aquel año celebraba Bilbao el sexto centenario de su villazgo.
Poco tiempo después, el 21 de abril de 1903, la Sagrada Congregación de Ritos declaró a la Virgen de Begoña Patrona de Vizcaya. Era la consagración canónica de una realidad ya histórica.
Fue en 1738 cuando, a propuesta del párroco del santuario, las Juntas Generales de Guernica proclamaron a nuestra Virgen patrona de Vizcaya, en atención a "la suma devoción y profunda veneración que siempre y en todo tiempo ha demostrado y manifestado este noble Señorío a la Virgen Santísima de Begoña". Este acuerdo de las Juntas era consecuencia de una realidad vizcaína con respecto a la Virgen. Exponente de esta devoción, incluso oficial, había sido el grabado que el mismo Señorío publicó en 1672, con su escudo al pie de la imagen de la Señora, a la que denominaba "especial protectora y abogada" del Señorío.
Pero, adoptado el acuerdo en 1738, ningún paso se dió para la confirmación canónica del mismo hasta 1903. La Diputación Provincial en corporación proclamó el patronato de la Virgen sobre Vizcaya, en Guernica, bajo el árbol que antaño cobijara las Juntas, el 9 de septiembre. En días sucesivos los arciprestazgos de Vizcaya fueron llegando en peregrinación a Begoña. Los actos debían de culminar el 11 de octubre con la peregrinación de Bilbao.
Las izquierdas trataron de impedirla. El ministro de la Gobernación, García Alix, hizo una gestión cerca del obispo de Vitoria para que la suspendiera. Monseñor Piérola, desde su lecho de muerte, escribió al ministro: "La peregrinación tiene exclusivamente fines religiosos; si la autoridad civil no dispone de fuerzas suficientes para mantener el orden, sea ella quien la suspenda".
El ministro no se atrevió; pero sus promesas de garantizar el orden fueron vanas. No sintiéndose suficientemente fuertes, los elementos antirreligiosos de Bilbao fueron reforzados por un contingente de desalmados traídos de una provincia cercana. Contando con la pasividad, por no decir complicidad, del gobernador civil, ellos atacaron con tiros y piedras a la peregrinación que, pacífica y compacta, subía a Begoña. No pudieron impedir que unos 20.000 peregrinos llegaran al santuario. En las calles quedó tendido el cuerpo de un peregrino con el pecho atravesado por dos balas.
Bilbao había demostrado que sabía llegar al trono de la Madre a pesar de la violencia. En el pasado del santuario de Santa María de Begoña no escasean las páginas hermosas, pero hay sobre todas ellas una especialmente bella y glóriosa, la que el pueblo vizcaíno recuerda con el nombre sencillo y elocuente del Once de Octubre.
Y la Providencia ha querido que, tras de varios traslados de fecha, sea hoy, el 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Santísima Virgen, la fiesta litúrgica de la Patrona de Vizcaya.
ANDRÉS E. DE MAÑARICÚA
"Las grandes obras llevan su tiempo", escribió John Henry Newman, que a los treinta años era ya uno de los predicadores más estimados de la Iglesia de Inglaterra. También las obras de Dios se realizan a menudo tras una larga y oculta preparación. Este fue el "viaje", como luego lo llamaría Newman, que condujo a ese profesor de Oxford, un gigante moral y literario de su tiempo, a la Iglesia Católica.

Nacido en Londres en 1801 en el seno de una familia de clase media, John Henry Newman tuvo su primera experiencia real de Dios a los quince años.
Se convirtió al cristianismo y comenzó sus estudios universitarios en Oxford. Era un estudiante más que capaz, y podría haber tomado muchos caminos hacia el éxito mundano, pero en lugar de ello optó por el sacerdocio en la Iglesia de Inglaterra.
Newman decidió incluso permanecer célibe, algo inusual en un clérigo anglicano. Se convirtió en un pastor muy querido, al tiempo que daba clases y era tutor en el Oriel College de Oxford.
En Oriel, Newman comenzó a estudiar a los Padres de la Iglesia, esas grandes figuras de la Iglesia de los primeros siglos que articularon los fundamentos de la fe cristiana. Algo se agitó en su interior.
Los Padres tenían una visión de la Iglesia viva en su fe, unificada y en crecimiento. "Algunas partes de sus enseñanzas -escribió Newman- llegaron como música a mi oído interior".
La semilla de una misión había sido plantada. En un viaje por el sur de Europa en 1833, Newman cayó gravemente enfermo en Sicilia y casi murió. En medio de una crisis de la enfermedad, dijo a su sirviente: “No moriré… Tengo un trabajo que hacer en Inglaterra”. Cuando se recuperó, regresó a su país. El viaje exterior había concluido, pero el viaje interior, duro y ardiente, se intensificó.
Newman quiso vivir en esa Iglesia de los Padres. Así que, junto a sus amigos -era un hombre de profundas amistades-, se embarcó en lo que llegaría a conocerse como el Movimiento de Oxford. Dicho movimiento fue un intento de renovar la Iglesia de Inglaterra desde dentro, recuperando elementos de la liturgia, la mentalidad y el celo de la antigua Iglesia.
Dio frutos entre sus compatriotas; sin embargo, el propio Newman seguía inquieto mientas leía y ponderaba lo que los Padres habían escrito. Esta inquietud se reflejó en sus obras, que atrajeron la atención de las autoridades de Oxford por ser “poco protestantes”. Newman dejó la universidad.
En 1842, se retiró al pueblo de Littlemore, orando y luchando con sus prejuicios contra la Iglesia Católica. ¿Por qué enseña cosas que parecen no estar presentes en la Iglesia primitiva? Razonaba, pero no de modo abstracto, porque quería que cualquier cambio en sus opiniones estuviese basado en algo más fuerte que la razón abstracta.

“Es el ser concreto quien razona”. Y “todo el hombre se mueve”, lo cual lleva tiempo. Durante tres años, se dedicó a la oración y al estudio.
En 1845, publicó el “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana”, que se convertiría en un clásico cristiano. En esta obra, muestra cómo la Iglesia desarrolla su comprensión y articulación del dogma a lo largo del tiempo. El dogma “cambia… para permanecer el mismo”, ya que lo que los cristianos creen sobre el Dios trino, Jesucristo y la Iglesia es algo vivo y que da la vida, y lo que vive crece.
Ese mismo año, John Henry Newman, el brillante profesor y renombrado predicador, pidió a un pobre misionero italiano que escuchase su confesión, y entró en la Iglesia Católica. También él estaba vivo, y para permanecer fiel a su conciencia, cambió.
Los amigos se alejaron de él, acusándolo de traición. Tuvo que abandonar su amada Oxford definitivamente. Fue, escribió, como “salir hacia el mar abierto”.
Dos años después, en Roma, Newman fue ordenado sacerdote católico. Entró en el Oratorio de San Felipe Neri, y un año después llevó la forma de vida sacerdotal de esta sociedad a Inglaterra. De 1854 a 1858, trabajó en Dublín para responder a la petición de los obispos irlandeses de que iniciase una universidad allí. A su regreso a Inglaterra, se dedicó a su servicio sacerdotal atendiendo a los inmigrantes pobres y a los obreros de las fábricas que acudían al Oratorio para participar en el culto.

En 1862, respondiendo a un ataque público que cuestionaba su conversión, Newman publicó una autobiografía que sigue siendo una obra maestra de la lengua inglesa: Apologia Pro Vita Sua, “una defensa de mi vida”.
Entendió que solo podía responder a algunas acusaciones con el testimonio de su vida, un “argumento” encarnado.
En 1879, este converso de tan obvia integridad atrajo la mirada del Papa León XIII, que nombró a Newman cardenal, y le concedió su petición de no ser consagrado obispo.
“Cor ad cor loquitur,” “el corazón habla al corazón” fue el lema escogido por el cardenal Newman. El cristianismo llegó a él de una forma personal a los 15 años, cuando Dios habló a su corazón, y algo de este carácter personal marcó su predicación, sus amistades más profundas y su pensamiento durante toda su vida.
Las grandes obras llevan tiempo, y en 1890, Dios terminó de modelar a su siervo. “Guíame, Luz amable”, había rezado el joven Newman.
Dios lo guió: hacia fuera de los lugares, ideas y relaciones en los que se había sentido cómodo hasta que, según las palabras grabadas en su tumba, John Henry Newman salió “de las sombras y de las imágenes hacia la verdad”. El Papa Francisco lo canonizó en 2019.
Fue la primera película que utilizó la visualización DeLuxe CinemaScope que se filmó completamente en locaciones de ciudades y pueblos de Italia. Bradford Dillman interpretó a Francisco de Asís, y Dolores Hart a Clara de Asís.
Francisco Bernardone (Bradford Dillman) es hijo de un rico comerciante de telas de la ciudad de Asís. joven altivo y respetado en el alto clan social de su ciudad y con potencial de ser reconocido en toda Italia. Sus deseos de conocer el mundo para ampliar sus horizontes y cansado de las comodidades en la vida desenfrenada que llevaba hasta entonces, le hacen alistarse como soldado de infantería al anunciarse por mandato del papa Inocencio III el reclutamiento de todos los jóvenes de mayoría de edad en Asís para una cruzada.
Francisco conoce a Paolo de Vandria (Stuart Whitman) mismo de quien se vuelve amigo y compañero inseparable; Al partir hacia la batalla con Perugia oyó en el camino una serie de voces que le decían: «Reconstruye mi casa».

Confundido pero decidido, Francisco deserta el grupo y regresa a Asís, donde renuncia a todos sus bienes mundanos para dedicarse al servicio de Dios, esto a través de la reconstrucción de templos católicos, y la fundación de una orden con regla propia bajo permiso del papa de Roma. Clara (Dolores Hart) una joven aristócrata de gran renombre y además vecina de los Bernardone desde muy joven se siente atraída de Francisco; su propio deseo personal de una vida austera y recatada le hacen sentirse identificada por los ideales que mueven al más joven de aquella familia.
Sin embargo su gran belleza y personalidad cautivan al conde Paolo quien se enamora de forma enfermiza y perseguidora de ella; A tal punto de lograr el consentimiento de su padre para dársela en matrimonio por una gran dote, sin consultarle. A pesar de todo ello Clara renuncia a su familia, y con el patrocinio de Francisco se convierte en monja bajo su autoridad y consejo, dicha acción provoca el odio de Paolo hacia este, creyendo que Clara lo hacía movida por el escondido amor que tenía hacia él, y sintiendo que Bernardone había logrado arrebatarla de su lado.
Para aquel entonces (1212 d. C.), San Francisco tiene una reputación bien establecida para sus votos de la pobreza y los miembros de su orden monástica pasan de doce miembro iniciales a dos mil en menos de tres años.
La película continuamente hace observaciones de los milagros que son atribuidos a su persona (como la aparición de los estigmas en las manos y los pies de Francisco, el poder de comunicarse con los animales, etc.) junto a otros aspectos de su vida, tales como su visita al sultán del Este (Sahara) en la búsqueda de la paz en la luchas de los cruzados y moros; además de la lucha interna que tuvo con miembros de la orden por modificar la regla que les establecía desde el principio.

1961 - Francisco de Asís - Francis of Assisi
Francisco mantuvo sus ideales de vida austera y penitente, movido por la Fe en Jesucristo hasta el final de sus días; donde, tras la reconciliación con su amigo Paolo y bendecir a los suyos, encuentra la muerte el 3 de octubre de 1226.3 En un funeral que le correspondía a un ser humano amado por hombres y bestias por igual; finaliza con una procesión de entierro, y con enormes bandadas de pájaros y aves que el amaba como a todas las demás criaturas, sobrevolando el horizonte del amanecer, donde se aprecia al cierre la frase cristiana «Pax et Bonum».45
Si bien la cinta tuvo puesta importantes expectativas, ya que su presupuesto se tasó en poco más de 2 millones de dólares, la misma no alcanzó el éxito esperado en los lugares donde se consideró habría mayor alcance de espectadores, logrando apenas 1,8 millones de $US en ingresos netos (una pérdida de aproximadamente 200.000 $ US), la mayor parte de esta cantidad se obtuvo en salas de cines canadienses y estadounidenses que fue donde se obtuvo la cifra oficial emitida en 1961.
Sin embargo a pesar de su aparente fracaso en taquilla, la misma tuvo un importante recepción en los cines italianos y latinoamericanos colocándosele el mote de "cinta clásica" sobre la figura de Francisco de Asís, y siendo regularmente emitida en medios de cine católicos por marco de la conmemoración de su día en el santoral.6

Dos años después del lanzamiento de Francis of Assísi, Dolores Hart, la actriz en ese momento de 25 años que interpretó a Clara de Asís en la película, se convirtió en una monja católica en la vida real, haciendo sus votos en la abadía benedictina de Regina Laudis en Bethlehem (Connecticut), considerándose su participación en el mencionado filme un punto clave para su conversión a la vida eclesial.7
En la escena donde Francisco Bernardone oficia una Misa en la reconstruida Iglesia de San Damián, reunido con sus iniciantes hermanos frailes y seglares, este reza la conocida Oración católica «Hazme un instrumento de tu Paz...» frente a la congregación. La misma si bien tradicionalmente era atribuida al mismo, no pertenece como tal al mencionado personaje según los registros históricos que se poseen, la posterior investigación realizada por el académico francés Christian Renoux realmente la consideran anónima en su origen, pero reconocida por ser una de las devociones más populares dentro del cristianismo como una síntesis del ideario vivido por el «santo de Asís».
La película fue la primera producción italo-estadounidense en rodarse bajo el formato DeLuxe CinemaScope, y con locaciones históricas dentro de los territorios de la península itálica como Perugia y Bevagna; y en las dunas de Cabo de Gata en Almería, España8.
fuente -
Francisco fue un joven con grandes aspiraciones. Pequeño de estatura, de carácter extrovertido, Francisco siempre tuvo en su corazón el deseo de cumplir grandes empresas; esto fue lo que a la edad de veinte años le impulsó a partir, primero a la guerra entre Asís y Perugia y después a las cruzadas.
Hijo del rico mercader de telas Pietro di Bernardone, y de Pica, dama de la nobleza provenzal, había nacido en 1182 y crecido entre las comodidades de la familia y de la vida mundana.
Al regreso de la dura experiencia bélica, enfermo y agitado, resulta irreconocible para todos. Algo había marcado profundamente su ánimo, algo distinto a la experiencia del conflicto.

Nunca olvidaría las palabras oídas en sueños en Spoleto: “¿por qué te empeñas en buscar al siervo en lugar del Señor?”. Su existencia tomó una nueva dirección, guiada por el constante deseo de saber a qué podía llamarlo el Señor.
La oración y la contemplación en el silencio de las tierras de Umbria, le condujeron a abrazar como hermanos a los leprosos y vagabundos por los cuales siempre había sentido disgusto y repulsión.
La voz que oyó en Spoleto, irrumpió en el silencio de la oración delante de un crucifijo bizantino en la iglesita abandonada de San Damián: “Francisco ve y repara mi iglesia, que como ves está en ruinas”.
Estas palabras, primero entendidas como una llamada a reconstruir piedra por piedra los escombros de la capillita, a lo largo de los años le desvelaron al joven su significado pleno. Había sido llamado a “cosas grandes”: “renovar”, en espíritu de obediencia, la Iglesia, que pasaba por un período de divisiones y herejías.
La alegría incontenible que siente al ser amado y llamado por el Padre, acrecentaron en el joven el deseo de vivir de la Providencia y, en obsequio al Evangelio, decide ceder todos sus bienes a los pobres.
Por ello, las tensiones con su padre Pietro di Bernardone fueron continuas. Este lo denunció públicamente, y Francisco manifestó entonces su deseo íntimo de esposar a la señora Pobreza, despojándose de sus vestidos delante del obispo Guido.
A Francisco se unieron numerosos compañeros que como él, deseaban vivir el Evangelio al pie de la letra, en pobreza, castidad y obediencia.
En 1209 el primer núcleo de los “hermanos” se dirigió a Roma para hablar con el Papa Inocencio III que, impresionado por “aquel joven de pequeña estatura y ojos ardientes”, aprobó la Regla, después confirmada definitivamente en 1223 por Honorio III.
También Clara, una noble de Asís, se sintió atraída por el carisma de Francisco, que la acogió y dio inicio a la segunda orden franciscana, “las hermanas pobres”, después conocidas como Clarisas; posteriormente fundó una Orden Terciaria para laicos.
El amor ardiente por Cristo, expresado tiernamente en la representación del primer nacimiento viviente en Greccio durante la Navidad de 1223, llevó al “Poverello” a conformarse en todo con Jesús y a ser el primer santo de la historia en recibir la marca de los estigmas.

“Juglar de Dios”, fue testimonio vivo de la alegría de la fe, acercando al Evangelio a los no creyentes y captando incluso la atención del sultán, que lo acogió con honores en Tierra Santa.
La vida de Francisco fue una constante alabanza al Creador. El “Cántico del Hermano Sol”, primera obra maestra de la literatura italiana, escrito cuando todavía estaba postrado por la enfermedad, es la expresión de la libertad de un alma reconciliada con Dios en Cristo.
La tarde del 3 de octubre de 1226, cuando la “hermana muerte” lo viene a visitar, sale al encuentro de Jesús con alegría.
Muere a los 44 años, sobre la tierra desnuda de la Porciúncula, lugar en el que recibió como don la indulgencia del Perdón. Dos años después fue canonizado.
El espíritu de Francisco sigue inspirando a tantos en la obediencia de la Iglesia, en la construcción del diálogo entre todos, en la verdad, en la caridad, y en el cuidado de la creación.
ver en Wikipedia
La tradición que habla de la llegada de la Virgen a Zaragoza hunde sus raíces en la oscuridad de los siglos, y por los siglos se ha mantenido inalterada. Lo que se predicaba en la Cesaraugusta romana allá por el año 130 (de tal fecha son los restos arqueológicos más antiguos encontrados en torno a la actual basílica del Pilar, una de las referencias más antiguas que se conservan de las primeras comunidades cristianas de Hispania), es lo mismo que en 2015 se transmite de padres a hijos. Y el relato es el que sigue.
Tras haber escuchado de labios de Cristo resucitado el mandato de evangelizar hasta los confines del mundo (el mismo mandato que el evangelista Marcos dejaría escrito en torno al año 68), Santiago el Mayor, uno de los más estrechos amigos de Jesús y cuyo carácter impetuoso y bravío le habían valido el apodo de boanerges («hijo del trueno»), se embarcó literalmente hasta el finisterrae, que por entonces se ubicaba en la costa occidental de Hispania.

Virgen del Pilar
Tras tomar tierra seguramente por el puerto de Cartagonova (hoy, Cartagena), Santiago recorrió las tierras hispanas anunciando el Evangelio, proclamando que el crucificado había resucitado, y anunciando que por su muerte en cruz el Mesías había redimido los pecados de los hombres.
Corría el año 40, justo hace 1975 años. Cartagonova pertenecía a la provincia hispánica de Tarraconova, que junto a la Bética y a la Lusitana formaban la distribución administrativa del Imperio en la Península. Por eso, como harían otros apóstoles en sus viajes y el mismo Pablo de Tarso, Santiago se dirigió a las grandes urbes de la provincia para evangelizar. Y entre estas destacaba Cesaraugusta.
Los conversos, sin embargo, se contaban a cuentagotas, y aunque unos siete hombres y mujeres se bautizaron y decidieron acompañar a Santiago, fueron muchos más los que se reían de él. La testarudez de los hispanos hizo desesperarse a aquel pescador galileo que había cruzado el mundo conocido para anunciar a Cristo. Exhausto y desanimado, Santiago rompió a llorar a orillas del Ebro.

Aparicion Virgen del Pilar
Pero, de modo similar a lo que le había ocurrido en Pentecostés, un viento impetuoso sacudió su rostro y tuvo una visión: la Virgen María, en carne mortal –pues seguía viva en Éfeso, con Juan, el hermano de Santiago– descendía sobre una columna de luz y lo animaba en su misión. Tras prometerle el auxilio de su Hijo, María mostró a Santiago un pilar de jaspe para explicarle que la fe de aquellos que entonces le rechazaban sería algún día firme como la roca; que ella misma sería pilar de apoyo para quienes dudasen o sufriesen a causa de la fe, y para pedirle que allí construyese un templo para su Hijo.
Concluida la visión, permaneció el Pilar. Y en torno a él, los bautizados por Santiago hicieron una capilla, tenida por el primer templo mariano del mundo. Atanasio, discípulo de Santiago, permanecería un tiempo en Zaragoza haciendo las veces de obispo.
La posterior división del Imperio romano en reinos godos, la invasión musulmana, la Reconquista, la unificación de las coronas de Castilla y Aragón, el Imperio español, la evangelización de América, las guerras napoleónicas y carlistas, la persecución republicana, la Guerra Civil…
Dos mil años de historia se han sucedido ante el Pilar de la Virgen, que nunca ha sido movido de lugar aunque la basílica que lo alberga haya ido cambiando con los siglos. Revestida de bronce y plata para no dañarla, hace 250 años que en torno a la columna se erigió su actual capilla, dentro de una basílica en cuyo techo impactaron tres bombas en 1936…, y ninguna estalló.

Por los 1975 años de la aparición mariana, la archidiócesis de Zaragoza ha celebrado un Año Jubilar Pilarista, que concluye el día 12. Un día en el que, como desde aquel año 40, miles de peregrinos acudirán a la Madre del Pilar en busca de lo que le dio a Santiago: consuelo, ánimo, alegría y fe.
“Los ángeles nos asisten desde antes de nacer y hasta la muerte, somos sus protegidos. Tienen una misión importantísima, porque todos lo ángeles adoran a Dios, pero a algunos se les envía a la tierra como ángeles de la guarda, para custodiar a cristianos y no cristianos; a todos los hombres”.
Y es que los ángeles son un punto de encuentro entre las religiones, porque tanto judíos, musulmanes como católicos creen en ellos y en su ayuda efectiva en la vida de las personas.
“Los ángeles nos cuidan de dos maneras. La primera es la más sencilla, la natural: nos protegen de accidentes o nos inspiran buenas acciones. La segunda manera es sobrenatural. Los ángeles son maestros de ascética y de mística. Llevan a las personas hacia Cristo”.
El catecismo de la Iglesia católica los define como criaturas espirituales que tienen inteligencia, voluntad, son inmortales y superan en perfección a todas las criaturas.
Los ángeles de la guarda, una ayuda sobrenatural las 24 horas del día durante toda la vida.

