La lucha de los primeros cristianos contra la práctica del aborto

La tradición de la Iglesia ha sostenido siempre que la vida humana debe ser protegida y favorecida desde su comienzo como en las diversas etapas de su desarrollo. Oponiéndose a las costumbres del mundo grecorromano, la Iglesia de los primeros siglos ha insistido sobre la distancia que separa en este punto tales costumbres de las costumbres cristianas. 

 

A lo largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia, sus pastores, sus doctores, han enseñado la misma doctrina sobre la ilegitimidad del aborto.

LA DIDACHE siglo I

“El segundo mandamiento de la enseñanza: No asesinarás. No cometerás adulterio. No seducirás a los niños. No cometerás fornicación. No robarás. No practicarás magia. No usarás pociones. No provocarás [un] aborto, ni destruirás a un niño recién nacido” (Didajé 2:1–2 [70 d.C.]).

 

EPÍSTOLA DE BERNABÉ siglo I o II

“El camino de la luz, entonces, es el siguiente. Si alguno desea viajar al lugar señalado, debe ser celoso en sus obras. El conocimiento, por tanto, que se nos da con el fin de caminar de esta manera, es el siguiente. . . . No matarás al niño procurándole el aborto; ni tampoco lo destruirás después de que haya nacido” (Carta de Bernabé 19 [74 d.C.]).

 

ATENÁGORAS

“¿Qué hombre en su sano juicio, por tanto, afirmará, siendo tal nuestro carácter, que somos asesinos? . . . Cuando decimos que aquellas mujeres que usan drogas para provocar el aborto cometen un asesinato y tendrán que dar cuenta a Dios por el aborto, ¿bajo qué principio deberíamos cometer un asesinato?

Porque no corresponde a la misma persona considerar al mismo feto en el vientre como un ser creado, y por tanto objeto del cuidado de Dios, y cuando ha pasado a la vida, matarlo; y no exponer a un niño, porque quienes lo exponen son acusados de asesinato de niños, y por otra parte, cuando ha sido criado para destruirlo” (Súplica a favor de los cristianos 35 [177 d.C.]).

 

TERTULIANO  Siglo II-III

“En nuestro caso, al estar prohibido para siempre el asesinato, no podemos destruir ni siquiera al feto en el útero, mientras que el ser humano todavía obtiene sangre de las otras partes del cuerpo para su sustento. Impedir un nacimiento no es más que matar a un hombre más rápidamente; ni importa si se quita la vida que nace, o se destruye la que está por nacer. Ése es un hombre que va a serlo; ya tienes el fruto en su semilla” (Apología 9:8 [197 d.C.]).

“Entre las herramientas de los cirujanos hay un instrumento determinado, que está formado por un marco flexible bien ajustado para, en primer lugar, abrir el útero y mantenerlo abierto; está además provisto de una cuchilla anular, por medio de la cual se disecan los miembros [del niño] dentro del útero con cuidado ansioso pero inquebrantable; siendo su último apéndice un gancho romo o cubierto, con el que se extrae todo el feto mediante un parto violento.

“Existe también [otro instrumento en forma de] una aguja o púa de cobre, mediante la cual se gestiona la muerte misma en este robo furtivo de la vida: Le dan, por su función infanticida, el nombre de embruosphaktes, [es decir]” el asesino del niño”, que por supuesto estaba vivo. . . “[Los médicos que practicaban abortos] sabían muy bien que se había concebido un ser vivo, y [ellos] se compadecieron de este desdichado estado infantil, que primero tuvo que ser ejecutado para escapar de ser torturado vivo” (El Alma 25 [210 d.C.]).

“Ahora admitimos que la vida comienza con la concepción porque sostenemos que el alma también comienza desde la concepción; la vida comienza en el mismo momento y lugar que el alma” (ibid., 27). “La ley de Moisés, en verdad, castiga con las penas debidas al hombre que causare el aborto [Éx. 21:22–24]” (ibid., 37).

 

MINUCIO FELIX

“Hay algunas mujeres [paganas] que, al beber preparados médicos, extinguen en sus entrañas la fuente del futuro varón y cometen así un parricidio antes de dar a luz. Y estas cosas ciertamente proceden de la enseñanza de vuestros [falsos] dioses. . . . A nosotros [los cristianos] no nos es lícito ni ver ni oír hablar de homicidio” (Octavio 30 [226 d.C.]).

 

SAN HIPÓLITO siglo III

“Las mujeres que tenían fama de creyentes comenzaron a tomar drogas para volverse estériles y a atarse fuertemente para expulsar lo que estaba engendrando, ya que, a causa de los parientes y el exceso de riqueza, no querían tener un hijo de un esclavo o por cualquier persona insignificante. ¡Mira, pues, hasta qué gran impiedad ha procedido ese inicuo, al enseñar el adulterio y el asesinato al mismo tiempo! (Refutación de todas las herejías [228 d.C.]).

 

CONCILIO DE ANCIRA

“En cuanto a las mujeres que fornican y destruyen lo que han concebido, o que se emplean en fabricar drogas para abortar, un decreto anterior las excluía hasta la hora de la muerte, y algunos han consentido. Sin embargo, deseando utilizar una lenidad algo mayor, hemos ordenado que cumplan diez años [de penitencia], según los grados prescritos” (canon 21 [314 d.C.]).

 

SAN BASILIO EL GRANDE siglo IV

“La que provoque el aborto, pase diez años de penitencia, ya sea que el embrión esté perfectamente formado o no” (Primera Carta Canónica, canon 2 [374 d.C.]).

“Es homicida... ; también lo son los que toman medicinas para provocar el aborto” (ibid., canon 8).

 

SAN JUAN CRISÓSTOMO siglo IV

“Por tanto os ruego que huyáis de la fornicación. . . . ¿Por qué sembrar donde la tierra se encarga de destruir el fruto? ¿Dónde hay muchos esfuerzos por abortar? ¿Dónde hay asesinato antes del nacimiento? Porque ni siquiera a la ramera dejarás que siga siendo una simple ramera, sino hazla también asesina. Ves cómo la embriaguez lleva a la prostitución, la prostitución al adulterio, el adulterio al asesinato; o más bien a algo incluso peor que el asesinato. Porque no tengo nombre que darle, ya que no quita lo que nace, sino que impide que nazca.

¿Por qué entonces abusas del don de Dios, y luchas con sus leyes, y sigues lo que es una maldición como si fuera una bendición, y haces de la cámara de la procreación una cámara para el asesinato, y armas a la mujer que fue dada para tener hijos para el matadero? ? Porque para sacar más dinero siendo agradable y objeto de deseo para sus amantes, ni siquiera esto se resiste a hacerlo, amontonando así sobre tu cabeza un gran montón de fuego. Porque incluso si la acción atrevida es de ella, la causa de la misma es tuya” (Homilías sobre Romanos 24 [391 d.C.]).

 

SAN JERÓNIMO siglo IV

“Algunos llegan incluso a tomar pociones para asegurar la esterilidad y asesinar así a seres humanos casi antes de su concepción. Algunas, cuando se encuentran encintas a causa de su pecado, utilizan drogas para procurar el aborto, y cuando, como sucede a menudo, mueren con su descendencia, entran al mundo inferior cargadas con la culpa no sólo de adulterio contra Cristo sino también de suicidio y asesinato de niños” (Cartas 22:13 [396 d.C.]).

 

 

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La lucha de los primeros cristianos contra la práctica del aborto

 

 

Este fue el momento en el que un terrorista atacó una iglesia en Colombo, Sri Lanka, el Domingo de Pascua de 2019.

Desde el ataque se abrió un proceso de investigación para encontrar a los responsables del atentado. Muchos líderes mundiales pidieron al gobierno de Sri Lanka que haga justicia. El papa aprovechó el tercer aniversario de los atentados para hacer este llamamiento público.

 

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FRANCISCO
No quisiera terminar sin hacer un llamamiento a las autoridades de su país. Por favor y por el bien por la justicia, por el bien de tu pueblo, que se aclare de una vez por todas quiénes fueron responsable de estos hechos [los atentados de Semana Santa de 2019]. Esto traerá paz a su conciencia y a la Patria.

Casi 5 años después, la comunidad católica no ha olvidado a las más de 200 personas asesinadas ese día.

CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka

Hemos construido un cementerio especial en Kotahena o Nigambo. Tuvimos que comprar un terreno porque el cementerio católico estaba repleto, lleno de cadáveres y no podíamos enterrarlos a todos allí.

También hay un memorial en una de las iglesias que fueron destruidas aquel Domingo de Pascua.

CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka

Hay un memorial dentro de la iglesia. Reservamos una zona y escribimos todos los nombres en una lápida de piedra que construimos en la iglesia de San Sebastián.

Muchas personas han acudido a los memoriales para pedir la intercesión de estos hombres y mujeres. El cardenal Ranjith dijo que son ejemplos de los mártires modernos de los que el papa habla a menudo.

CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka

Dieron sus vidas por la fe, porque los atacantes lo hicieron por odio a la fe. Odium fidei, así lo llaman. Odiaban a los cristianos y atacaron a estos inocentes. Los mataron. Para nosotros son mártires porque murieron yendo a la Iglesia, por eso promovemos su causa.

El 21 de abril se cumplen 5 años del atentado. Es el tiempo mínimo que exige el Vaticano para iniciar el proceso de beatificación. Y en Sri Lanka lo tienen claro. En cuanto se cumpla ese aniversario, se pondrán manos a la obra.

FUENTE: www.romereports.com

Ya es oficial: la temporada 6 de 'The Chosen' confirma su estreno con un impactante tráiler que revela la Pasión de Cristo

La nueva entrega llegará con una particularidad importante para sus seguidores, ya que no estará disponible al completo en streaming. La nueva tanda de episodios de The Chosen se dividirá en una primera parte que llegará a la plataforma y un gran desenlace que se estrenará en los cines como un evento especial el 12 de marzo de 2027.

 

El creador de la ficción, Dallas Jenkins, ha explicado que este cierre tendrá un tratamiento diferente al de temporadas anteriores. "El final de la temporada 6 es esencialmente un episodio de gran tamaño que se estrenará como un gran evento cinematográfico en todo el mundo", dijo Jenkins a Deseret News.

La esperada nueva entrega de la serie creada por Dallas Jenkins ya ha estrenado su tráiler y confirmado la fecha de estreno en España. La temporada 6 de The Chosen (Los elegidos) ya tiene fecha de estreno en España. La popular serie sobre la vida de Jesús de Nazaret regresará con sus nuevos episodios el próximo 17 de noviembre de 2026 a través de acontra+, apenas dos días después de su lanzamiento en Estados Unidos mediante Prime Video, previsto para el 15 de noviembre.

 

La pasión de Cristo

La sexta temporada de The Chosen será la más trascendental de la serie hasta ahora, ya que abordará los últimos momentos de la vida de Jesús. La historia se centrará en los acontecimientos posteriores a la Última Cena, la traición de Judas Iscariote y el camino hacia la crucifixión.

Los nuevos capítulos estarán basados en los pasajes de los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, recogiendo uno de los episodios más importantes del cristianismo. La producción mostrará tanto el sufrimiento de Jesús como la reacción de sus discípulos y de aquellos que participaron en su condena.

Según la sinopsis oficial: "La hora ha llegado. Antes de que se ponga el sol, Jesús de Nazaret morirá. La temporada seis captura los eventos históricos del día final de Jesús a través de las vidas de aquellos que Le amaron y de aquellos que Le condenaron". Para abrir boca, ya tenemos el primer tráiler, que anticipa un gran evento de cara a los próximos meses.

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Una serie convertida en fenómeno

Desde su estreno en 2019, The Chosen se ha convertido en un auténtico fenómeno audiovisual. La ficción destacó desde sus primeros episodios por ser una de las producciones financiadas mediante crowdfunding más exitosas de la historia, gracias al apoyo directo de millones de espectadores.

A lo largo de sus temporadas, la serie creada por Dallas Jenkins ha recorrido diferentes etapas de la vida de Jesús, dando protagonismo a personajes como Pedro, Mateo o María Magdalena. Su propuesta ha buscado mostrar no solo los milagros y enseñanzas, sino también la parte más humana de sus protagonistas, apostando por un enfoque más realista y desmitificador.

'The Chosen': ¿qué podemos esperar de la temporada 6?

La nueva entrega supondrá un importante reto para el equipo debido a su escala de producción. El rodaje ha requerido más tiempo del habitual por la complejidad técnica, los efectos visuales y el proceso de traducción internacional que acompaña a una serie con seguidores en todo el mundo.

'The Chosen': reparto de la temporada 6

La temporada 6 de The Chosen contará con el regreso de gran parte del reparto habitual de la serie.Jonathan Roumie volverá a interpretar a Jesús, acompañado por Shahar Isaac como Pedro, Paras Patel como Mateo y Elizabeth Tabish como María Magdalena. También estarán presentes Noah James (Andrés), George H. Xanthis (Juan), Giavani Cairo (Judas Tadeo), Joey Vahedi  (Tomás), Reza Diako (Felipe) y Luke Dimyan (Judas Iscariote).

 

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Con esta sexta temporada, The Chosen  se acerca a uno de los momentos más esperados por sus seguidores: la representación de la Pasión y Muerte de Jesús. Una etapa decisiva que pondrá punto de inflexión a una serie que ha conseguido reunir a una comunidad internacional de espectadores.

 

Before the sun sets, Jesus of Nazareth will be dead.

Season 6 captures the historic events of Jesus' final day through the eyes of those who love Him—and those who condemn Him.

The Sanhedrin calls it justice. Romans call it peace. Followers call it murder. But in the face of… pic.twitter.com/vxyTXSORgH

— The Chosen (@thechosentv) July 27, 2026

 

 

Santa Marta - 29 de Julio

Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa.

 

Santa Marta, junto a sus dos hermanos vivió en Betania, a tres kilómetros de Jerusalén. Por su proximidad a Jerusalén, muchos judíos iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza.

Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó.

 

betania marta

 

 

Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno.

Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús.

Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús.

Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada".

En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte.

De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro".

Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará".

Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).

 

 

El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!".

Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si crees, verásla gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 

En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá".

 

lazaro marta maria

 

 

Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él"(lo. 12, 1-2).

Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 

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LÁZARO, MARTA Y MARÍA

 

 

 

¿Quiénes son los primeros cristianos documentados de Sevilla?

La tradición cuenta que el apóstol Santiago pasó por estas tierras, aunque la memoria más antigua de cristiandad en Hispalis es la sangre derramada por las mártires Justa y Rufina en la ciudad

A comienzos del siglo IV, un hombre llamado Sabino estampó su firma en las actas de un concilio en Elvira, la antigua Ilíberis, en el entorno de la actual Granada. Lo hizo con un título: obispo de Hispalis. Sevilla tuvo diócesis desde la época en que el cristianismo era clandestino y perseguido, cuando profesar la fe de Cristo podía costar la vida. En el 313, Constantino y Licinio concedieron la libertad de culto, y el cristianismo se oficializó con el emperador Teodosio —hay quien defiende que era de Itálica— en el 380. La arqueología, mientras tanto, lleva décadas buscando las primeras basílicas paleocristianas de la ciudad sin hallarlas con certeza. Esta es la historia del origen del cristianismo en Sevilla.

¿Un apóstol a orillas del Baetis?

La pregunta ha desvelado a generaciones de eruditos: ¿predicó algún apóstol en la Bética? San Pablo, al menos, lo planeó. En su Carta a los Romanos, escrita hacia el año 57, anuncia dos veces su propósito de viajar a Hispania, frontera occidental del mundo conocido. El papa Clemente de Roma escribió hacia el año 96 que el apóstol predicó «hasta el confín de Occidente», y el fragmento de Muratori, a finales del siglo II, da por sabida su partida hacia Hispania. Indicios serios que aún dividen a la historiografía, aunque quienes aceptan el viaje lo sitúan en Tarraco, no en el valle del Baetis. Lo de Santiago es eco de leyenda: su predicación hispana no se documenta hasta el siglo VII. Pero la tradición gaditana, recogida por fray Gerónimo de la Concepción en 1690, cuenta que el Apóstol desembarcó en el templo de Hércules consagrándolo a San Pedro: de ahí el nombre de Sancti Petri.

Quien entrara por Gades en la Antigüedad y buscara el interior solo tenía un camino: la Via Augusta, que salía de Gades hacia Hispalis. Si Santiago pasó por Gades, lo más probable es que pasase por Hispalis. La leyenda de los siete varones apostólicos completa el cuadro: siete discípulos ordenados en Roma por Pedro y Pablo, enviados a evangelizar la Bética, donde entraron por Acci, la actual Guadix. Sevilla tuvo además su propio eslabón apostólico: San Geroncio, legendario primer obispo de Itálica, muerto en prisión por su fe. Leyenda con un poso real: en el siglo VII, la vida de San Fructuoso de Braga da fe de una basílica cristiana alzada en Itálica en honor de Geroncio.

Los primeros cristianos con nombre

Durante los siglos I y II d. C., la fe cristiana se propagó por el Mediterráneo. No existe documentación de cristianos en la Hispalis de ese momento, lo que en absoluto quiere decir que no los hubiera. Debieron de llegar como llegaba todo: con los barcos y las mercancías. La Bética exportaba aceite a Roma y comerciaba con el norte de África, y por esas rutas marítimas, además de los productos, circulaban las ideas.

Las primeras menciones del cristianismo en Hispania vienen de fuera: hacia el año 180, Ireneo de Lyon da por establecidas iglesias en las Españas, y Tertuliano, hacia el 200, presume de que la fe de Cristo ha alcanzado «todos los confines de las Hispanias». La primera prueba documental firme llega en el 254: una carta de San Cipriano de Cartago a las comunidades de León-Astorga y Mérida, con obispos, clero y fieles perfectamente organizados. En el 259 arde en el anfiteatro de Tarraco el obispo Fructuoso con sus dos diáconos: sus actas de martirio, tenidas por auténticas, son el relato más antiguo conservado de un martirio hispano.

¿Y Sevilla? Su primera crónica es también martirológica. Las páginas de la passio de las santas Justa y Rufina —relato de época visigoda— nos cuentan el martirio de las dos alfareras que se negaron a rendir culto a Salambona y lo pagaron con la vida ante el gobernador Diogeniano. El texto es tardío y legendario en muchos pliegues, pero el culto es antiquísimo: las dos santas figuran ya en el martirologio jeronimiano, el gran catálogo del siglo V que inventariaba a los mártires de toda la Iglesia occidental. Cuando Hispalis entra en la historia cristiana, lo hace desde el martirio.

 

recreacion de una Eucaristía doméstica en la Hispalis de los primeros siglos

Recreación de una Eucaristía doméstica en la Hispalis de los primeros siglos.

Sabino: el primer obispo sevillano documentado

Hacia el año 300 —la fecha se discute: la mayoría la sitúa entre el 300 y el 306— diecinueve obispos, béticos en su mayoría, y una veintena larga de presbíteros convergieron en Elvira/Ilíberis, cerca de la actual Granada. Y entre los signatarios aparece una firma sevillana: «Sabinus episcopus Hispalensis». Sabino, obispo de Hispalis, primer prelado sevillano con respaldo documental. No es un desconocido para esta historia: el Pasionario hispánico cuenta que fue él quien rescató los cuerpos de Justa y Rufina y les dio sepultura en el cementerio llamado después prado de Santa Justa, el solar donde hoy se levanta la estación que hereda el nombre.

Su firma es la documentación más antigua de la diócesis de Sevilla —lo que no significa que la sede no fuera anterior—, y conviene fijarse en el momento: el concilio se reunió en los años de la persecución más feroz contra los cristianos, la de Diocleciano, desatada en el 303, la que llevó al martirio a Santa Lucía en Siracusa, a Santa Eulalia en Mérida, a Santa Inés en Roma, a San Servando y San Germán en Cádiz... Justa y Rufina habían muerto antes: la tradición las sitúa en el 287.

santa justa

La Iglesia no nació en la legalidad: ser cristiano antes del 313 era un ejercicio de fe y de valentía que te podía costar, literalmente, el cuello.

De secta perseguida a religión del Imperio

A comienzos del siglo IV se desató la tormenta contra los cristianos: la gran persecución de Diocleciano, decretada en el 303, la más sistemática de cuantas sufrió la Iglesia. Fue también la última. En el 312, junto al puente Milvio, a las puertas de Roma, Constantino derrotó a Majencio tras avistar en el cielo el signo de Cristo con el lema «in hoc signo vinces» («con este signo vencerás»). Verdad, milagro o leyenda, un año después el edicto de Milán concedía la libertad de culto en el Imperio romano: los cristianos perseguidos podían salir a la luz.

El cristianismo era legal. En el 325, el propio emperador convocó en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia para atajar la herejía arriana, que negaba la plena divinidad de Cristo, y quien dirigió sus sesiones fue un bético: Osio de Córdoba, el viejo obispo que había firmado en Elvira junto a Sabino y que había padecido aquella persecución.

El paso definitivo llegó en el 380, cuando el emperador Teodosio proclamó en el edicto de Tesalónica que la fe de Nicea era la religión oficial del Imperio; el concilio de Constantinopla la refrendó al año siguiente. Y aquí la historia guiña un ojo a Sevilla: Teodosio era hispano. Las dos fuentes antiguas que hablan de su nacimiento —Zósimo, historiador pagano que escribió siglo y medio después, e Hidacio, obispo y cronista hispano del siglo V— lo hacen nacer en Cauca, actual Coca (Segovia), entonces en la Gallaecia romana. Pero Alicia Canto, catedrática de Epigrafía de la Universidad Autónoma de Madrid y correspondiente de la Real Academia de la Historia, defendió con serios argumentos que su cuna estuvo en Itálica, la patria de Trajano, apoyándose entre otros en Claudiano, poeta oficial de la corte de Honorio —el hijo de Teodosio—, cuyas alusiones a la familia imperial apuntan a la Bética. Lo indiscutible es el vuelco: en apenas tres generaciones, los cristianos de Hispalis pasaron de ocultar su fe a profesarla con respaldo imperial. Ya no necesitaban discreción: necesitaban templos. Y se levantaron las basílicas.

Las primeras basílicas de Hispalis

La paradoja es notable: sabemos que la Hispalis del siglo IV se llenó de cristianos, pero sus primeros templos se resisten a la arqueología, porque la ciudad lleva dos mil años construyéndose sobre sí misma. El candidato más debatido está en el corazón del Alcázar. En 1974, Manuel Bendala e Iván Negueruela excavaron en el Patio de Banderas e interpretaron unas piletas romanas como el baptisterio de una basílica paleocristiana, acaso el primer conjunto episcopal.

Las campañas dirigidas por Miguel Ángel Tabales entre 2009 y 2014 volvieron sobre el solar y contaron otra historia: los grandes sillares pertenecían a los almacenes del puerto, y lo que se alzó encima, ya a finales del siglo V, fue un complejo tardoantiguo de función desconocida. Hay indicios cristianos —una placa con crismón, el anagrama de Cristo, datada en el siglo VI—, pero nada que confirme un uso religioso. El debate sigue abierto.

De la gran basílica cristiana de Hispalis no se ha localizado rastro material, pero sí crónicas. Una fuente escrita del siglo V, contemporánea de los hechos, y más tarde San Isidoro de Sevilla —que la llama basílica del mártir Vicente o de San Vicente mártir— nos cuentan que en el 428 Hispalis tenía un templo con entidad para protagonizar un episodio dramático que merece capítulo propio. Ese Vicente es el de Zaragoza, martirizado en el 304 bajo Diocleciano: que Sevilla le alzara basílica apenas un siglo después mide la velocidad fulgurante de su culto. Dónde estaba, nadie lo sabe. La tradición la identifica con la actual parroquia de San Vicente y atribuye su fundación al obispo Evidio, pero no hay documento que lo respalde.

Otro candidato son las tres columnas gigantes de la calle Mármoles, restos de un edificio monumental romano: se ha propuesto que las columnas se reaprovecharon en un templo cristiano, quizá vinculado al primer conjunto episcopal. También es hipótesis, sin confirmación certera.

Otra hipótesis mira al Salvador: allí levantó Ibn Adabbas la mezquita mayor de Sevilla en el 829, y en Córdoba la mezquita se alzó sobre un complejo cristiano previo, identificado tradicionalmente con la basílica de San Vicente; el paralelo ha llevado a proponer que bajo el Salvador estuviera la iglesia principal de la Hispalis cristiana, acaso la propia basílica del mártir. Tampoco aquí hay ningún tipo de confirmación arqueológica. Es mera hipótesis.

Así, en poco más de tres siglos, la ciudad que había adorado a Hércules y quemado incienso ante los emperadores se convirtió en una sede episcopal con mártires propios, obispos con nombre y una importante basílica cuya ubicación sigue siendo un misterio. Aquella Iglesia hispalense, nacida entre rumores de apóstoles y sangre de alfareras, estaba llamada a sobrevivir al propio Imperio que la había perseguido. Y pronto tendría ocasión de demostrarlo: en el año 428, un rey bárbaro llamado Gunderico entraría en Hispalis al frente de los vándalos para escribir, con estrépito, el último capítulo de la ciudad romana.

fuente: abc

Pascentia tenía diez años: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.

 

La pieza, hallada junto a Santa Eulalia, conserva el nombre, la edad y la fecha de muerte de una niña enterrada en el año 519

El pasado de Mérida vuelve a sorprender. Las obras en un solar particular del centro de la ciudad han sacado a la luz la tumba de una niña cristiana llamada Pascentia, cuya edad y fecha de fallecimiento han permanecido grabadas en una lápida durante más de 1.500 años.

La pieza, conocida por los arqueólogos como lauda funeraria, apareció sobre un conjunto de siete enterramientos cristianos localizados en un área funeraria vinculada a la basílica de Santa Eulalia, uno de los espacios más relevantes del cristianismo primitivo en la antigua Augusta Emerita.

Una inscripción conservada durante más de 1.500 años

La inscripción revela que Pascentia tenía diez años cuando fue enterrada y permite conocer un dato excepcional para la arqueología: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.

El arqueólogo Gilberto Sánchez ha explicado que "se han encontrado siete enterramientos. No obstante, todavía no se ha podido confirmar que alguno de los esqueletos recuperados sea el suyo, el de Pascentia".

La lauda se encuentra en un excelente estado de conservación y está decorada con una corona de laurel y dos palomas de la paz enfrentadas sobre un posible crismón. Además, incorpora las fórmulas cristianas habituales de la época: "famula Dei" (sierva de Dios) y "requiescat in pace" (descanse en paz).

Una secuencia histórica de más de mil años

Los trabajos arqueológicos también han permitido documentar restos de distintas épocas históricas. Entre ellos destaca una cloaca romana, así como evidencias de ocupación posterior que muestran la evolución de este espacio a lo largo de los siglos.

En este sentido, Gilberto Sánchez ha detallado que "tenemos la secuencia completa, una cloaca romana que se amortiza, este área funeraria asociada a la mártir, enterramientos de época cristiana, reocupación en época visigoda hasta el siglo octavo, cuando se abandona este espacio".

Además de la necrópolis, los arqueólogos han identificado una vía romana, un hallazgo que contribuye a reconstruir la transformación urbanística de la ciudad desde época romana hasta la Alta Edad Media.

Una radiografía única de la historia de Mérida

Los investigadores consideran que el solar ofrece una auténtica radiografía de Mérida, donde distintas etapas históricas se superponen en un mismo espacio.

La excavación continúa abierta y no se descarta la aparición de nuevos enterramientos asociados a esta área funeraria situada junto a Santa Eulalia. Según ha subrayado el arqueólogo, "llevamos siete enterramientos, pero podría haber alguno más", una circunstancia que podría aportar nuevos datos sobre uno de los enclaves más relevantes del cristianismo emeritense.

fuente: Canal Extremadura

San Joaquín y Santa Ana - 26 de Julio, día de los abuelos

Abuelos de Jesús, padres de la Virgen María 

Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada.

Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús.

San Joaquín

San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia.

Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido.

 

 

Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sidonotificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta.

Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios.

Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

 

Santa Ana

Si algo queremos saber tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. Esto es lo que nos revelan los Evangelios Apócrifos sobre Santa Ana y San Joaquín:

Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros: "¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

 

 

 

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"
Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

 

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SAN JOAQUÍN Y SANTA ANA

 

 

DOLORES GÜELL

AURELIO DE SANTOS OTERO

 

Santiago el Mayor

“Primero entre los apóstoles en obtener la palma del martirio, patrón de España. Origen, por tradición, de la Ruta Jacobea y de la espiritualidad mariana del Pilar, en Zaragoza”

 

Este galileo, hijo del Zebedeo, compartía el mismo nombre con otro de los apóstoles: el descendiente de Alfeo. Santiago era natural de Betsaida donde pudo nacer hacia el año 5 d. C. en una acomodada familia de pescadores. Fue uno de los elegidos personalmente por Jesús, quien le invitó a seguirle cuando se hallaba ganándose el sustento en el lago de Genesaret.

Su hermano Juan, el “discípulo amado”, que compartía con él la faena, también fue objeto de llamamiento en ese instante, y se apresuraron a ir en pos del Maestro por el que entregarían su vida. La inmediatez de su respuesta, dejando trabajo y familia al momento sin sopesar los riesgos ni detenerse a pensar racionalmente, signos que se manifestaron antes en Pedro y en Andrés, es una de las características del seguimiento, testimonio vivo para quienes son sorprendidos por Jesús en cualquier recodo del camino.

Comprendieron en ese minuto que supuso el cambio radical de sus vidas lo que encerraba el espíritu inserto en sus palabras: “os haré pescadores de hombres”. De algún modo entendieron que implicaban mucho más que sobrenaturalizar su oficio; les colocaba en el disparadero hacia el paraíso prometido.

 

Santiago

 

 

Da idea de cómo sería el temperamento de estos jóvenes pescadores el sobrenombre que Cristo les dio: “boanerges”, esto es, “hijos del trueno”. Algunos pasajes evangélicos reflejan su primitivo carácter impulsivo e inmaduro. También una cierta osadía, no exenta de ingenuidad, pero en todo caso envuelta en la ambición y su inseparable egoísmo cuando secundaron a su madre en la petición de prebendas que hizo para ellos.

El Redentor respondió con infinita paciencia, haciéndoles una observación que fue profecía. ¿Serían capaces de beber el cáliz? Su respuesta afirmativa fue corroborada por Él, y se cumplió en Santiago con su cruento martirio, pero el objeto de la conversación: saber si podrían ser encumbrados en el cielo uno a la derecha y otro a la izquierda, estaba en manos del Padre.

Indudablemente, la impetuosidad y la pasión bien encauzadas son fuente de gracias. Así que la volcánica vehemencia que albergaba el corazón de estos hermanos tuvo en Jesús la vía genuina para seguir creciendo en la línea adecuada. Los dos despertaron el anhelo de incontables personas que, seducidas por esa cascada inagotable de pasión por lo divino que apreciaban en ambos, se dispusieron a entregar a Dios sus vidas.

Santiago, junto a su hermano Juan, y a Pedro, conforman una privilegiada tríada dentro de la comunidad de los Doce. Fueron testigos de momentos singulares que a otros discípulos les fueron vedados. Acompañaron al Redentor en instantes gloriosos y también dolorosos. Contemplaron  la Transfiguración en el Monte Tabor, que ardientemente desearon haber podido prolongar, y de no haber sucumbido al sueño los tres habrían apreciado su terrible agonía en Getsemaní porque eran los que se hallaban más cerca de Él en esos momentos.

 

Santiago

 

Santiago estaba presente cuando Jesús devolvió milagrosamente la salud a la suegra de Pedro y resucitó a la hija de Jairo. Tuvo la gracia de ver al Maestro, ya Resucitado, al producirse su aparición en las orillas del lago de Tiberíades y se encontraba en Jerusalén en el momento de la venida del Espíritu Santo.

Tras la Resurrección, los discípulos dieron inicio a una labor evangelizadora que a algunos les condujo muy lejos de las fronteras en las que se habían movido. Según la tradición, Santiago llegó a España, dejando la huella de la fe directamente recibida de Cristo en dos lugares emblemáticos: Galicia y Zaragoza (la antigua Cesaraugusta). Primeramente habría pasado por la tierra gallega y una vez sembrado allí el evangelio se trasladaría a Zaragoza.

En las orillas del río Ebro descansaría de las intensas jornadas apostólicas junto a un grupo de siete seguidores, los “Varones apostólicos”, los únicos que se habían convertido.

Afligido ante la dureza de corazón de las gentes en las que había hecho mella el paganismo, obtuvo el consuelo de la Virgen que se le apareció en esas riveras el 2 de enero del año 40 d. C. Se hallaba de pie, sobre una columna de luz rodeada de ángeles.

Después de asegurarle que obtendría grandes frutos apostólicos, le encomendó que erigiese una iglesia levantando un altar justamente en el lugar donde estaba el pilar en el que reposaba.

 

Urna de Santiago apóstol

 

Acompañó su petición con la promesa de que Ella permanecería hasta el fin de los tiempos en ese sitio, “para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio”.

Además, le indicó que regresara a Jerusalén después de materializar su ruego. Dicho esto, María desapareció y quedó la columna de jaspe en torno a la cual se edificó la iglesia solicitada, actual basílica de la Virgen del Pilar en la ciudad de Zaragoza.

Santiago volvió a Jerusalén, como Ella le había pedido, y el año 41 fue martirizado durante la persecución del rey Herodes Agripas. Fue el primer discípulo mártir. Luego, siempre según la tradición, su cuerpo, inicialmente sepultado en Jerusalén, fue trasladado por sus discípulos a Galicia.

Sus restos se veneran en la catedral de Santiago de Compostela. Los estudiosos no se ponen de acuerdo a la hora de ratificar la fiabilidad de estos hechos. Además, hay discordancias como la datación de fechas que no encajan en la historia.

 

santiago de compostela

 

Pero lo cierto es que la que se ha considerado su tumba dio lugar a la Ruta Jacobea, una de las corrientes más fecundas de la historia a todos los niveles espirituales y culturales, incesantemente recorrida por millares de peregrinos que acuden a visitarla desde hace siglos.

Esta es la realidad incuestionable; no precisa ser contrastada. Otras vías, que tampoco están corroboradas, subrayan nuevas trayectorias del apóstol Santiago que pudo llevarle a Cartagena y a Lérida. Es el patrón de España y de otros muchos países del mundo, objeto siempre de gran veneración, especialmente en Latinoamérica.

 

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SANTIAGO APOSTOL

 

 

 

El teólogo Marción de Ponto fue uno de los personajes más peligrosos de la historia del cristianismo, y también uno de los más fascinantes.

Llegó a Roma hacia mediados del siglo II. Era hijo de un obispo del Ponto, en la costa sur del mar Negro, y destacaba por ser un hombre rico, brillante y disciplinado.

Sin embargo, estaba convencido de que la Iglesia había malinterpretado el Evangelio. A su juicio, el cristianismo era incompatible con la religión del antiguo Israel. Sostenía que el Dios del Antiguo Testamento era un dios de la ley, la ira, el juicio y la violencia, mientras que el Padre anunciado por Jesucristo era un Dios completamente distinto: un Dios de misericordia, amor y gracia.

Su propuesta era tan audaz como inquietante: separar el cristianismo de sus raíces judías.

Para ello, planteaba eliminar el Antiguo Testamento, rechazar al Dios creador y conservar únicamente una versión "depurada" del Evangelio de Lucas y las cartas de san Pablo.

De ese modo, pensaba, el cristianismo se convertiría en lo que siempre había debido ser: una religión universal basada en el espíritu y el amor, liberada del peso de la historia, los ritos, la ley, los sacrificios y la identidad particular del pueblo judío.

Las ideas de Marción no surgieron de la nada. Vivió poco después de las grandes rebeliones judías contra Roma, especialmente la revuelta de Bar Kojba (132-135 d. C.). Tras sofocar la insurrección con extrema dureza, el emperador Adriano reconstruyó Jerusalén como una ciudad pagana y prohibió la entrada de los judíos. En ese contexto, muchos romanos comenzaron a ver el judaísmo como una religión obstinada, aislada y políticamente peligrosa.

Al mismo tiempo, los cristianos buscaban definir su identidad dentro del Imperio romano. ¿Eran simplemente una secta del judaísmo o constituían una religión completamente distinta?

Marción ofreció una respuesta radical: el cristianismo, afirmaba, no tenía ningún vínculo esencial con el judaísmo.

teologo

 

Su enseñanza, de manera intencional o no, coincidía con los prejuicios que muchos romanos tenían en aquella época. Al desvincular el cristianismo del Dios de Israel, de la ley judía y de las Escrituras hebreas, Marción también alejaba a los cristianos de un pueblo que cada vez era visto con mayor desconfianza en el Imperio.

Sin embargo, la Iglesia reaccionó con firmeza.

Los grandes Padres de la Iglesia, como san Ireneo de Lyon y Tertuliano, comprendieron que estaba en juego mucho más que la autoridad del Antiguo Testamento. Si Marción tenía razón, sostenían, el cristianismo mismo se derrumbaría.

Un célebre episodio refleja hasta qué punto la Iglesia rechazaba sus ideas. Fue conservado por san Ireneo, quien había conocido personalmente al anciano obispo san Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol san Juan. Según el relato, Marción se acercó un día a Policarpo por las calles de Roma y le preguntó:

—¿Me reconoces?

Policarpo respondió:

—Sí, te reconozco: eres el primogénito de Satanás.

Para los oídos modernos, esta respuesta puede parecer excesivamente dura. Sin embargo, Policarpo entendía algo que, según el autor, muchos cristianos de hoy han olvidado. Marción no proponía simplemente un nuevo canon bíblico o una interpretación distinta de san Pablo; proponía un cristianismo desligado de Abraham, Moisés, la creación, la alianza y de la propia historia de la salvación.

Para los Padres de la Iglesia, el Dios de Abraham era el mismo Padre de Jesucristo. La creación y la redención eran obra del mismo Dios. El Génesis y el Evangelio formaban parte de una única historia de salvación. Cristo no abolió las Escrituras de Israel, sino que las llevó a su plenitud.

Sin el Antiguo Testamento, afirmaban, los cristianos dejarían de comprender el sentido de la alianza, el sacrificio, la Pascua, el Mesías, el templo, el sacerdocio e incluso la creación misma.

Y, más profundamente aún, dejarían de comprender quién es Jesús.

Por ello, la Iglesia condenó de manera contundente las enseñanzas de Marción y, durante siglos, fue considerado el arquetipo del hereje: el símbolo de la tentación de separar el cristianismo de sus raíces judías.

Sin embargo, en la época moderna, la figura de Marción volvió a despertar interés.

Durante los siglos XIX y comienzos del XX, varios estudiosos alemanes comenzaron a reconsiderarlo con mayor simpatía. El más influyente fue Adolf von Harnack, cuya obra Marción: el Evangelio del Dios desconocido (Marcion: The Gospel of the Alien God) presentó al hereje no como un monstruo, sino como un reformador trágico, al que algunos incluso llegaron a llamar "el primer protestante".

El contraste era sorprendente. Mientras san Policarpo lo había llamado "el primogénito de Satanás", Harnack prácticamente lo presentaba como el primer gran reformador.

Aunque Harnack no aceptó plenamente la teología de Marción, admiraba su seriedad, su devoción a san Pablo y su esfuerzo por diferenciar con claridad el cristianismo del judaísmo. En una de sus afirmaciones más controvertidas, sostuvo que, si bien la Iglesia antigua había hecho bien en rechazar a Marción en el siglo II, los cristianos modernos ya no necesitaban considerar el Antiguo Testamento como una Escritura plenamente normativa.

Ese planteamiento adquiriría un eco inquietante apenas unas décadas más tarde.

La Torá, o las Sagradas Escrituras del pueblo judío, es mostrada al papa Benedicto XVI durante su visita a la sinagoga Park East, en Nueva York, el 18 de abril de 2008. (CNS/Gary Hershorn, Reuters)

Cuando el movimiento nazi intentó crear un cristianismo despojado de sus raíces judías, recurrió con frecuencia a ideas muy similares a las de Marción. Los teólogos del nazismo procuraron eliminar el Antiguo Testamento de la vida cristiana. Algunos incluso intentaron presentar a Jesús como ario y no como judío. Un tristemente célebre instituto creado durante el régimen nazi se dedicó a erradicar toda "influencia judía" del cristianismo alemán.

El marcionismo antiguo y la ideología nazi no eran lo mismo. Marción fue un teólogo, no un ideólogo racial. Su pensamiento era de carácter metafísico y ascético, no nacionalista ni biológico. Sin embargo, los paralelismos fueron lo suficientemente evidentes como para que muchos teólogos de la posguerra vieran en el neomarcionismo una seria advertencia.

El peligro consistía en oponer el cristianismo al judaísmo de manera tan absoluta que Jesús terminara separado de su propio pueblo, de sus propias Escrituras y, en última instancia, de su propia historia.

Pocos teólogos contemporáneos reflexionaron tanto sobre este problema como Joseph Ratzinger, quien más tarde sería el papa Benedicto XVI. Ratzinger defendió la unidad de toda la Biblia, la permanencia de la vocación de Israel y la deuda que la Iglesia tiene con el pueblo judío. En repetidas ocasiones advirtió contra lo que llamó explícitamente "neomarcionismo": la constante tentación de considerar el Antiguo Testamento como algo incómodo, primitivo, violento o superado.

Para Ratzinger, el rechazo de Marción por parte de la Iglesia fue uno de los momentos decisivos de la historia del cristianismo. Sostenía que el cristianismo nunca podría convertirse en una religión desligada de Israel sin dejar de ser verdaderamente cristiano.

En su libro Muchas religiones, una sola alianza (Many Religions — One Covenant), insistió en que el Nuevo Testamento es inseparable de las Escrituras de Israel. Jesús no aparece de la nada. Todos los títulos con los que los cristianos lo reconocen —Mesías (Cristo), Hijo de David, Cordero de Dios, Hijo del Hombre— provienen de la tradición de fe de Israel. La Eucaristía tiene su origen en la Pascua judía; la cruz lleva a plenitud el simbolismo sacrificial del Templo, y Pentecostés completa la experiencia del Sinaí en lugar de sustituirla.

Sin el Antiguo Testamento, el cristianismo termina convirtiéndose en una idea abstracta.

Ratzinger comprendía lo mismo que habían entendido los Padres de la Iglesia: cuando los cristianos empiezan a despreciar el carácter judío de la revelación, corren el riesgo de perder el realismo mismo de la fe. El cristianismo se transforma entonces en una espiritualidad difusa, una religión de sentimientos desligada de la creación, de la historia, de la liturgia y de la alianza.

Y la historia ha demostrado cuán fácilmente esa forma de pensar puede derivar en consecuencias mucho más graves.

Reconocer esto no significa afirmar que toda crítica al Antiguo Testamento sea antisemita. Tampoco implica ignorar la larga y dolorosa historia de expresiones antijudías presentes entre algunos cristianos, incluidos ciertos Padres de la Iglesia. Es importante distinguir los diferentes fenómenos históricos: el antijudaísmo, el marcionismo y el antisemitismo racial moderno no son idénticos.

Sin embargo, tampoco están completamente desconectados. A lo largo de la historia de Occidente, la hostilidad hacia el judaísmo ha comenzado una y otra vez con un contraste que se repite:

Marción no inventó todas estas oposiciones, pero sí les dio su formulación teológica más radical. Por eso su historia sigue siendo relevante.

Vivimos en una época cada vez más incómoda con el Antiguo Testamento. Muchos lectores modernos se sienten perturbados por sus guerras, juicios, sacrificios y rituales. También vivimos en un tiempo en el que Israel, el Estado judío nacido tras el Holocausto, se ha convertido en uno de los principales focos de debate político y religioso.

En este contexto, surgen nuevas presiones para desvincular a Jesús y al cristianismo de sus raíces judías. Muchos cristianos se sienten tentados a preferir una imagen de Jesús más suavizada, desligada de la doctrina, de la alianza y de la autoridad divina. La tentación sigue siendo la misma de siempre: construir un cristianismo purificado de todo aquello que parezca difícil, escandaloso o demasiado "judío".

Pero cuando el cristianismo rompe sus vínculos con Israel, pierde sus raíces históricas. Incluso el misterio de la Encarnación comienza a desdibujarse. Jesús deja de ser visto como el cumplimiento de una alianza divina para convertirse simplemente en un maestro itinerante de ética universal.

La Iglesia antigua comprendió claramente ese peligro. También lo comprendió Ratzinger.

El Dios que habló a Abraham es el mismo Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos. Las Escrituras de Israel no son un prólogo incómodo del cristianismo, sino parte de la memoria sagrada de la propia Iglesia. Los cristianos adoran a un Mesías judío, rezan con los Salmos de Israel, heredan las promesas hechas a ese pueblo y leen las palabras de sus profetas.

La Iglesia rechazó a Marción porque sabía que abandonar a Israel significaba, en definitiva, abandonar al mismo Cristo. Y esa enseñanza no pertenece únicamente al pasado: puede ser una de las lecciones más urgentes que los cristianos de nuestro tiempo necesitan recordar.

 

 

 

Cada 22 de julio, nuestra madre la Iglesia nos invita a mirar a María Magdalena no con ojos de sospecha, sino con admiración y gratitud por su fidelidad y amor a Jesús a quien primero se apareció en la Resurrección. Su vida demuestra que la misericordia de Dios transforma todo en amor.

 

Cada 22 de julio, la Iglesia católica celebra con especial devoción la festividad de santa María Magdalena, una de las discípulas más cercanas a Jesús y la primera persona que fue testigo de su Resurrección. Su figura, a menudo envuelta en confusiones históricas, ha sido reivindicada por el Magisterio como una mujer clave en los comienzos del cristianismo.

¿Quién fue realmente esta santa? ¿Qué sabemos de su vida antes de seguir a Cristo? ¿Por qué ha llegado a tener un lugar tan destacado en la tradición de la Iglesia?

¿Quién era María Magdalena?

El Evangelio la identifica como María, la que era de Magdala, una pequeña localidad situada a orillas del lago de Galilea. De ahí el nombre de Magdalena.

Según Lucas 8, 2, Jesús había expulsado de ella siete demonios, expresión que puede aludir a una situación de profundo sufrimiento físico, espiritual o moral. Sea como fuere, lo que sabemos con certeza es que, a partir de ese encuentro con Jesús, su vida cambió radicalmente.

A partir de entonces, se convierte en discípula y seguidora fiel de Jesús, acompañándole junto a otras mujeres durante su ministerio público. Muchas de ellas ayudaban con sus bienes a sostener la misión.

María Magdalena representa así la figura de la mujer creyente que, tras experimentar la misericordia divina, lo deja todo para seguir al Maestro.

magdalena

Una vida transformada por el amor de Jesús

Apenas contamos con datos concretos de la vida de María Magdalena antes de encontrarse con Jesús, pero lo que los evangelios nos muestran es suficiente para comprender la profundidad de su compromiso con el Señor.

La tradición ha vinculado a María Magdalena con la mujer pecadora que unge los pies de Jesús con perfume en casa del fariseo Simón (cf. Lc 7, 36-50), aunque los estudios bíblicos modernos tienden a distinguirlas como personas diferentes.

No obstante, el gesto de amor y arrepentimiento que realiza aquella mujer muestra similitudes con el modo en que María Magdalena respondió a la gracia recibida: con una entrega total, sin reservas. Por eso, se ha convertido en un modelo de conversión sincera, de amor agradecido y de seguimiento radical.

Discípula fiel hasta la Cruz

Mientras muchos discípulos huían por miedo tras la detención de Jesús, María Magdalena permanece al pie de la Cruz. Los evangelios la mencionan explícitamente como testigo de la Crucifixión y muerte, junto a María, la madre de Jesús, y otras mujeres. Esta fidelidad en el momento del dolor y del aparente fracaso prueba su amor incondicional y su profunda fe, aunque todavía no comprendiera del todo el misterio pascual.

Después de la muerte de Jesús, también se menciona a María como una de las mujeres que fueron al sepulcro, al amanecer del domingo, llevando perfumes para ungir el cuerpo del Señor sin atisbar que ya se había complido su palabra y que la Resurrección era un hecho.

Primera testigo de la Resurrección

Es en ese momento cuando se produce uno de los episodios más bellos y significativos del Evangelio: María Magdalena es la primera en ver al Cristo resucitado (cf. Jn 20, 11-18). Llena de dolor por la pérdida de su Maestro, llora fuera del sepulcro vacío hasta que Jesús se le aparece, aunque ella no lo reconoce al principio. Es cuando Él la llama por su nombre —¡María!—, sus ojos se abren y reconoce al Señor.

Ese encuentro con el Resucitado marca un punto de inflexión: Jesús le encomienda anunciar la buena noticia a los apóstoles. Vuelve a ser significativo que el Señor quiera que una mujer (en aquella época gozaban de escasa consideración) se encargue del anuncio a sus discípulos.

Por eso, la tradición patrística le ha dado el título de Apóstol de los Apóstoles, porque fue enviada por Cristo mismo para dar testimonio de su victoria sobre la muerte.

Un lugar de honor en la Iglesia

El Papa san Juan Pablo II la recordó en su carta apostólica Mulieris Dignitatem como un ejemplo del papel esencial de la mujer en la vida de la Iglesia. Y en 2016, el papa Francisco elevó su memoria litúrgica a fiesta, el mismo rango que tienen las celebraciones de los apóstoles, subrayando su relevancia como modelo de discipulado.

Este reconocimiento oficial quiere recuperar y limpiar la imagen de María Magdalena, muchas veces distorsionada por interpretaciones populares o literarias que la han retratado injustamente como prostituta o mujer caída, cuando en realidad fue una discípula valiente.

Devoción y legado

La figura de santa María Magdalena ha sido objeto de devoción desde los primeros siglos del cristianismo. En la tradición occidental, especialmente en Francia y España, hay numerosas iglesias, monasterios y santuarios dedicados a su nombre. También ha inspirado el arte cristiano, que la representa habitualmente con un frasco de perfume en la mano, símbolo de su amor al Señor y del momento en que lo ungió.

Su historia es una invitación constante a la esperanza, al perdón y a la fidelidad. En un mundo que muchas veces juzga y condena sin misericordia, María Magdalena nos recuerda que el amor de Dios puede transformar incluso las heridas más profundas en una fuente de gracia.

Santa María Magdalena es mucho más que un personaje secundario de los Evangelios. Es la mujer renovada por el amor de Cristo, modelo de discípula fiel y primera anunciadora de la Resurrección.

Como su vida nos interpela, pensemos: ¿tenemos nosotros el mismo amor apasionado por el Señor? ¿Sabemos mantenernos firmes junto a la Cruz? ¿Somos testigos del Resucitado en medio del mundo?

 

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MARÍA MAGDALENA

 

fuente: fundación carf

Cafarnaúm es la ciudad de Jesús, es la casa del Señor

Fray Francesco Patton

 

En el sitio arqueológico, cada peregrino puede imaginar las escenas narradas en los Evangelios y ambientadas aquí. En Galilea, Cristo vivió durante unos tres años; aquí llamó a sus discípulos, predicó, sanó a los enfermos y realizó esos signos poderosos que revelan su identidad profunda como Mesías e Hijo de Dios.

 

«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí» (Mateo 4, 12-13).

Así describe el evangelista Mateo el momento en que Jesús, al inicio de su ministerio público, abandona el pueblo en el que había crecido para trasladarse a lo que a partir de ese momento será su nueva residencia, «su ciudad» (cf. Mateo 9, 1).

 

Cafarnaúm

 

Mateo, Leví, quien en Cafarnaúm desempeñaba su labor de recaudador de impuestos para los ocupantes romanos en el camino que iba de Cafarnaúm a Damasco, ofrece también la motivación teológica de este cambio de residencia por parte de Jesús: «Para que se cumpliera lo que había sido dicho por medio del profeta Isaías:

“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 1El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande” (Mateo 4, 14-16).

Todo peregrino que aún hoy llega a Cafarnaúm, a orillas del lago de Tiberíades, puede vivir la extraordinaria experiencia de ver la ciudad donde Jesús vivió principalmente durante los tres años de su ministerio en Galilea. Aquí llamó a sus discípulos, predicó, sanó a los enfermos y realizó esos signos poderosos que revelan su identidad profunda como Mesías e Hijo de Dios.

El padre Stanislao Loffreda, arqueólogo franciscano del Studium Biblicum Franciscanum (SBF) de Jerusalén, quien dedicó su vida a este sitio y fue el principal colaborador del padre Virgilio Canio Corbo en las diecinueve campañas realizadas aquí entre 1968 y 1986, en la guía dedicada a Cafarnaúm —que es la fuente principal de este artículo— recordaba el verdadero objetivo de la arqueología:

«Nosotros, los arqueólogos, desenterramos los restos materiales del pasado, pero en realidad buscamos algo más. Nuestro objetivo final es restablecer, en la medida de lo posible, el contacto con las generaciones pasadas, hablar con ellas y dejar que se expresen ante las generaciones actuales (Stanislao Loffreda, Cafarnao, Jerusalén, 1995, pág. 7). Y cuando pensamos que Cafarnaúm fue «la ciudad de Jesús» y de los primeros apóstoles, nos damos cuenta de inmediato de la importancia que sus restos antiguos revisten para toda la humanidad.

Para los frailes de la Custodia de Tierra Santa, que custodian este lugar y lo habitan como una fraternidad orante y acogedora, Cafarnao es mucho más que un sitio arqueológico: es la ciudad de Jesús, es la casa del Señor."

Un pueblo privilegiado a orillas del lago

El sitio arqueológico se encuentra en la orilla noroeste del lago de Tiberíades (Kinneret), en Galilea, a unos 210 metros por debajo del nivel del mar, a dieciséis kilómetros de Tiberíades, a tres de Tabgha y a cinco del punto donde el río Jordán desemboca en el lago. El nombre semítico original del lugar es precisamente Kefar Nahum, es decir, el pueblo (kefar) de Nahum (que es un nombre de persona, perteneciente también a uno de los llamados «profetas menores»).

 

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Orígenes lo había interpretado como «la aldea de la consolación» (de la raíz hebrea nhm), mientras que San Jerónimo lo traducía como «la bella ciudad» (según la raíz n’m). La transcripción más cercana a la pronunciación hebrea, Capharnaum, es la que ya adoptó Josefo Flavio (véase Loffreda, obra citada, págs. 14-15).

Las ruinas de la antigua Cafarnaúm abarcan aproximadamente un área de seis hectáreas. Dos tercios pertenecen a la Custodia Franciscana de Tierra Santa; el resto, en el lado oriental, al Patriarcado greco-ortodoxo. La antigua aldea fue abandonada hace aproximadamente mil años, aunque algunas familias árabes de la tribu de los Semekiyeh permanecieron allí hasta la guerra árabe-israelí de 1948 (Loffreda, obra citada, pág. 10).

En la época de Jesús, Cafarnaúm era una ciudad fronteriza dotada de una aduana (véase Marcos, 2, 13-15) y situada en la gran vía imperial que conducía a Damasco. Era la única localidad en la orilla noroeste del lago, a cinco kilómetros del alto Jordán, que marcaba la frontera entre la tetrarquía de Herodes Antipas y el Golán asignado a su hermano Felipe (ambos hijos de Herodes el Grande). En 1975, a unos cien metros al noreste de la sinagoga, se encontró una piedra miliaria con el nombre del emperador Adriano, lo que confirma el trazado de la vía imperial (véase Loffreda, obra citada, págs. 18-19). La presencia de un destacamento de soldados romanos, atestiguada por los Evangelios (véase Lucas, 7, 1-10; Mateo, 8, 5-13), subrayaba la importancia de la aldea como punto de tránsito.

Cafarnaúm mantenía relaciones comerciales con la Alta Galilea, el Golán, Siria, Fenicia, Asia Menor, Chipre y África, como lo demuestran las monedas y la cerámica halladas; por el contrario, según el padre Loffreda, sorprende la escasez de contactos con el centro y el sur de Palestina (obra citada, pág. 19).

Jesús deja Nazaret y se va a vivir a Cafarnaúm

Como mencionamos al principio, Jesús dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm. La elección no fue casual. Nazaret «era una aldea montañosa aislada de las grandes vías de comunicación», mientras que Cafarnaúm estaba ubicada en una ruta estratégica; además, «se encontraba lo suficientemente lejos de los grandes centros urbanos, especialmente de Tiberíades, donde Herodes Antipas había establecido su capital», de modo que Jesús podía «difundir ampliamente su mensaje mesiánico sin provocar de inmediato reacciones por parte de los líderes políticos y religiosos».

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Además, Cafarnaúm contaba con una población muy diversa: pescadores, agricultores, artesanos, comerciantes, publicanos; y las relaciones con los romanos se caracterizaban «por una cordialidad singular, hasta el punto de que fue un centurión romano quien construyó la sinagoga para la comunidad judía» (las citas son de Loffreda, obra citada, págs. 68-69).

No es de extrañar, pues, que Jesús haya llamado a sus primeros discípulos precisamente de esta comunidad: los pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y el publicano Mateo.

La casa de Pedro: de la domus-ecclesia al Memorial

Entre todos los restos sacados a la luz por las excavaciones franciscanas, el hallazgo más significativo es el de la llamada ínsula sacra. Las excavaciones iniciadas en 1968 por los padres Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda han permitido reconstruir la historia milenaria de este lugar en cuatro etapas principales.

La historia de la casa en la que vivió Jesús «puede resumirse de la siguiente manera: 1. La fecha inicial debe fijarse en el siglo I a. C. 2. A partir de finales del siglo I d. C., una parte de esa casa […] se transformó en una domus-ecclesia, es decir, se destinó a lugar de reuniones religiosas. 3.

En el siglo IV, la mencionada domus-ecclesia se amplió y se separó del resto del pueblo mediante un imponente muro de cerramiento. 4. En la segunda mitad del siglo V, todas las estructuras de la ínsula sacra fueron demolidas y se construyó una iglesia de forma octogonal» (Loffreda, obra citada, pág. 51).

El carácter cristiano de la sala venerada queda demostrado por la presencia, en numerosos grafitos, del nombre y el monograma de Jesús, de expresiones litúrgicas como «Amén» y «Kyrie eleison», y de una inscripción en paleo-estrangelo (una variante antigua del siríaco) que parece referirse a la Eucaristía.

 

 

«La pluralidad de idiomas sugiere claramente que la domus-ecclesia no era utilizada simplemente por los fieles locales, sino también por los peregrinos» (Loffreda, obra citada, pág. 60). Pedro Diácono (1107-1140 d. C.) en su De locis sanctis recoge el testimonio de la peregrina Egeria (siglo IV d. C.), quien describe la domus-ecclesia del siglo IV de la siguiente manera:

«En Cafarnaúm, además, a partir de la casa del príncipe de los apóstoles [Pedro] se construyó una iglesia, cuyas paredes permanecen hasta hoy tal como estaban [en su origen]. Allí el Señor sanó al paralítico. También se encuentra la sinagoga en la que el Señor sanó al endemoniado, a la que se accede subiendo muchos escalones; dicha sinagoga está construida con piedras labradas. No muy lejos de allí se ven unos escalones de piedra sobre los que se paró el Señor» (Petrus Diaconus, Liber de Locis Sanctis, en Itineraria et alia geographica, ed. R. Weber Ccl, 175, Turnhout, 1965, págs. 98-99).

La iglesia octogonal de la segunda mitad del siglo V fue concebida para indicar a los peregrinos, a través de la posición del octágono central, «la ubicación exacta de la casa de San Pedro, ya enterrada bajo el podio de la iglesia» (Loffreda, obra citada, pág. 66).

Hacia finales del siglo V d. C., en el lado oriental, se añadieron también una pila bautismal y un ábside (véase Joseph Patrich, Baptism in the Holy Land: 4th-7th Centuries, Milán, 2025, págs. 103-104). El Memorial moderno, obra del arquitecto italiano Ildo Avetta, fue consagrado el 29 de junio de 1990. El padre Corbo, quien había dirigido las obras y falleció en 1991, está enterrado junto a la casa de San Pedro, debajo del Memorial.

Las sinagogas: la del siglo IV y la de la época de Jesús

El otro gran monumento de Cafarnaúm es la sinagoga «blanca». A diferencia de las casas particulares construidas con piedra basáltica oscura, esta fue edificada casi en su totalidad con bloques escuadrados de piedra caliza blanca, transportados desde canteras situadas a varios kilómetros de distancia, cuyo peso podía llegar, en algunos casos, a las cuatro toneladas.

Los elementos decorativos son muy refinados y ricos en simbolismo judío. Como resume el padre Geiger:

«En cuanto a la sinagoga de la época de Jesús, los pioneros de la arqueología estuvieron, en su mayoría, convencidos, hasta principios del siglo XX, de haberla encontrado. Sin embargo, los arqueólogos alemanes Heinrich Kohl y Carl Watzinger, al estudiar sus ruinas entre 1905 y 1916, la dataron alrededor del año 200 d. C.

Dado que, por lo tanto, esa no podía ser la sinagoga de la época de Jesús, entre 1968 y 1990 los franciscanos se esforzaron por determinar —con las debidas precauciones— si bajo la sinagoga actualmente visible no se encontraría tal vez una más antigua. Una primera sorpresa fue el hallazgo, en el piso de la entonces sinagoga, de más de 30 000 (!) monedas que datan de finales del siglo IV d. C. (años 383-395)» (Heinrich Fürst, Gregor Geiger, Tierra Santa. Guía franciscana para peregrinos y viajeros, Milán, 2018, páginas 220-221/1021).

Las excavaciones de Corbo-Loffreda han permitido datar esta sinagoga a finales del siglo IV, basándose precisamente en el estudio de las monedas tardorromanas y de la cerámica hallada en distintos niveles del yacimiento. Debajo de la sinagoga blanca, los arqueólogos también encontraron un piso de piedra basáltica que data del siglo I, perteneciente a un edificio público de dimensiones tales que no podía tratarse de una casa privada.

Corbo y Loffreda reconocen que «el amplio piso del siglo I, descubierto debajo de la nave central de la sinagoga blanca, podría pertenecer a la tan buscada sinagoga, es decir, aquella construida por el centurión romano y visitada por Jesús» (Loffreda, obra citada, págs. 32-49). Es en esta sinagoga donde Jesús enseñaba con autoridad los sábados, expulsaba a los espíritus inmundos (véase Marcos 1:21-28) y desarrolló el discurso sobre el Pan de Vida (véase Juan 6:22-71).

La coexistencia de una comunidad cristiana y una judía

En el pueblo bizantino (siglos IV-VII d. C.) convivían codo a codo una mayoría ya cristiana —atestiguada por la difusión generalizada de fragmentos de cerámica marcados con cruces en casi todas las áreas del lado franciscano— y una minoría judía, como lo confirman la presencia de una sinagoga activa y hallazgos tales como un colgante dedicado al Tetragrama Sagrado.

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Cafarnaúm resulta así un caso excepcional con respecto al modelo predominante en la región, donde las diferentes comunidades religiosas tendían a establecerse en aldeas separadas en lugar de vivir juntas (véase Sharon Lea Mattila, Capernaum, Village of Nahum: From Hellenistic to Byzantine Times, en Galilee in the Late Second Temple and Mishnaic Periods, vol. 2, 2015, págs. 249-251).

La historia arqueológica

La historia arqueológica de Cafarnaúm se remonta a 1838, cuando Edward Robinson localizó las ruinas de la sinagoga sin relacionarlas con el sitio evangélico; la identificación correcta se produjo en 1866 gracias a Charles Wilson. En 1894, la Custodia de Tierra Santa, a través de fray Giuseppe Baldi, compró las ruinas a los beduinos.

A principios del siglo XX, la Deutsche Orient-Gesellschaft (Kohl y Watzinger) llevó a cabo excavaciones, seguidas por el padre Wendelin von Menden ofm. En la década de 1920, el padre Gaudenzio Orfali ofm (1889-1926), franciscano de Nazaret, desenterró la basílica bizantina. Tras una larga pausa, en 1968 la Custodia encomendó las excavaciones al padre Virgilio Corbo ofm (1918-1991) y al padre Stanislao Loffreda ofm (1932-2025), con la colaboración del padre Bellarmino Bagatti ofm y el padre Godfrey Kloetzly ofm.

 

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Ya en 1968 descubrieron, debajo de la iglesia octogonal, una domus ecclesia del siglo IV y, a mayor profundidad, una casa del siglo I, lo que confirmó que un entorno doméstico original se había transformado en un l lugar de culto cristiano apenas medio siglo después de la muerte de Jesús, en memoria de Pedro. Las excavaciones de Corbo reconstruyeron toda la cronología del sitio, desde el Bronce Medio (aproximadamente 2000-1550 a. C.) hasta la época árabe (siglo VII), redefinieron la datación de la sinagoga monumental e identificaron una anterior, de la época de Jesús. Corbo concluyó su trabajo con el Memoriale sopra la Casa di Pietro (1990).

Le sucedió Loffreda, quien investigó las fases bizantinas y árabes y editó la serie científica «Cafarnao» (nueve volúmenes, SBF). El padre Eugenio Alliata, ofm, catalogó todo el material lapidario del yacimiento (véase https://www.custodia.org/it/santuari/cafarnao/).

 

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En el lado noreste, propiedad del Patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén, las excavaciones fueron dirigidas por Vassilios Tzaferis (1978-1987) y sacaron a la luz cuatro áreas principales, además de un imponente muro de contención marítimo de unos 200 metros de largo con dos muelles ortogonales que se adentran en el lago. También se descubrió un pequeño tesoro de 282 dinares de oro, de la época de transición árabe-bizantina (véase Mattila, obra citada, páginas 226-228).

La presencia franciscana

Aún hoy, los frailes de la Custodia reciben cada día a los peregrinos que llegan a Cafarnaúm en busca de un contacto con «la ciudad de Jesús», con los lugares donde posó su mirada, resonó su voz y actuó su mano.

El esplendor de la sinagoga blanca, la sencillez de las casas de piedra basáltica, la casa de Pedro transformada primero en domus ecclesia, luego en basílica bizantina y hoy en memorial de San Pedro, el silencio del lago frente a ella: todo habla de una presencia que la fe reconoce aún viva. Al contemplar los restos de la antigua Cafarnaúm, el peregrino puede imaginar las casas y a los habitantes de la antigua aldea, las escenas narradas en los Evangelios y ambientadas aquí, y puede sentir resonar las palabras de Jesús sobre el Pan de Vida y profesar junto con Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68).

 

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fuente: vatican news

Santa Macrina y su discreta revolución en el siglo IV

Detrás de algunos de los más influyentes Padres de la Iglesia hubo una mujer cuya inteligencia, liderazgo y espiritualidad dejaron una huella profunda.

1. El motor espiritual de una dinastía de santos

Es extremadamente raro encontrar en la historia de la Iglesia una sola familia que haya aportado tantos nombres al santoral católico y ortodoxo. Santa Macrina fue la hija mayor de Basilio el Viejo y Santa Emilia. Entre sus hermanos se encontraban gigantes del pensamiento cristiano como San Basilio Magno, San Gregorio de Nisa y San Pedro de Sebaste. Por si fuera poco, su educación inicial estuvo a cargo de su abuela, Santa Macrina la Mayor, quien había sobrevivido a las brutales persecuciones de los emperadores romanos y mantenido viva la llama de la fe en la región.

Sin embargo, las crónicas de la época no dejan lugar a dudas: Santa Macrina era el verdadero epicentro espiritual e intelectual del hogar. Mientras sus hermanos varones viajaban a los grandes centros culturales del Imperio, como Atenas o Constantinopla, para estudiar retórica y política, ella permanecía en el hogar moldeando el carácter de la familia.

santa macrina

Cuando Basilio Magno regresó de sus estudios universitarios inflado por el orgullo del éxito académico, fue Santa Macrina quien lo confrontó y lo guio hacia una vida de humildad y servicio. El propio Gregorio de Nisa admitiría años más tarde que su hermana mayor había sido su principal maestra, mentora y guía espiritual. Aunque las leyes de la época le impedían acceder a cargos eclesiales u ordenar sacerdotes, su autoridad moral transformó el pensamiento de los hombres que definirían el cristianismo oriental.

2. La elección de la autonomía en una sociedad patriarcal

En el siglo IV, el destino de una mujer de la alta aristocracia estaba completamente decidido desde su nacimiento: el matrimonio estratégico para consolidar alianzas familiares. Siguiendo esta costumbre, los padres de Macrina concertaron su boda cuando ella era apenas una adolescente. Sin embargo, el destino cambió los planes de forma trágica cuando su prometido falleció repentinamente antes de que pudiera celebrarse el enlace.

En lugar de aceptar un nuevo pretendiente, algo que su familia y la sociedad esperaban de ella, Macrina tomó una decisión revolucionaria para su tiempo. Argumentó que el compromiso inicial seguía teniendo validez espiritual y civil, declarándose viuda de un esposo que estaba vivo en la eternidad. Con este argumento teológico, rechazó con firmeza cualquier otra propuesta de matrimonio.

Esta determinación no nació del deseo de aislarse del mundo por amargura, sino de una profunda convicción de autonomía. Al negarse a casarse, Macrina se liberó de las estructuras domésticas tradicionales del Imperio Romano, lo que le permitió dedicarse por completo al estudio profundo de las Sagradas Escrituras, la filosofía y la gestión comunitaria. Con este acto de rebeldía pacífica, se convirtió en una de las indiscutibles pioneras del monacato femenino en el mundo cristiano.

Santa Macrina

3. Una comunidad utópica basada en la igualdad radical

Tras la muerte de su padre, Macrina asumió las riendas de la familia y convenció a su madre, Emilia, de dar un paso sin precedentes: transformar la enorme propiedad familiar de Annesi, situada junto al río Iris, en un monasterio. Lo verdaderamente innovador de este proyecto no fue el aislamiento del mundo, sino la forma en que se organizó la convivencia interna.

En pleno siglo IV, la sociedad romana estaba profundamente dividida por un sistema de castas y una esclavitud legalizada. Macrina rompió estas barreras de golpe. En su comunidad, las aristócratas, las sirvientas y las antiguas esclavas de la familia compartían exactamente el mismo estatus.

  • Almorzaban en la misma mesa.

  • Vestían los mismos hábitos sencillos.

  • Se distribuían las tareas domésticas, agrícolas y de oración sin importar el origen social.

Esta estructura igualitaria supuso un choque cultural absoluto para la aristocracia capadocia de la época. Muchos historiadores de la actualidad coinciden en que este experimento social en Annesi sirvió como el laboratorio y modelo directo sobre el cual San Basilio Magno redactó, tiempo después, sus famosas reglas monásticas, las cuales siguen rigiendo los monasterios de la Iglesia Oriental hasta el día de hoy.

4. Filosofía y Teología en primera persona

Una de las joyas literarias de la antigüedad cristiana es el tratado titulado “Sobre el alma y la resurrección”, escrito por Gregorio de Nisa. Este texto recoge el último encuentro y conversación entre Gregorio y Santa Macrina, cuando ella se encontraba ya en su lecho de muerte. Lo que hace extraordinario a este documento es el rol que ocupa cada uno de los personajes.

Gregorio de Nisa, un reputado teólogo y obispo, se presenta a sí mismo sumido en el dolor, la duda y el miedo ante la muerte. En contraste, Macrina adopta el papel de la maestra indiscutible. Con una lucidez pasmosa, la santa responde y desmonta los temores de su hermano utilizando argumentos teológicos de gran profundidad mezclados con la lógica de la filosofía clásica. Abordan temas tan complejos como:

  • La naturaleza de la inmortalidad del alma humana.

  • El sentido del sufrimiento en la experiencia terrenal.

  • La física y la metafísica detrás de la futura resurrección.

El formato del libro imita de manera consciente los diálogos platónicos del mundo griego, donde el filósofo Sócrates guiaba a sus discípulos hacia la verdad a través de preguntas y respuestas. Al colocar a Santa Macrina en el lugar de Sócrates, Gregorio la reconoció públicamente como una de las mentes más brillantes y rigurosas de su era, consolidando su estatus como una de las primeras grandes teólogas de la historia de la humanidad.

5. El desapego absoluto de la riqueza material

El final de la vida de Santa Macrina subraya la coherencia absoluta entre sus ideas filosóficas y sus acciones cotidianas. Habiendo nacido en una cuna de oro, rodeada de las mayores comodidades que el dinero podía comprar en el Imperio Oriental, eligió conscientemente despojarse de todo privilegio económico a lo largo de sus años en el monasterio.

Las crónicas de su fallecimiento narran un detalle conmovedor. Cuando las mujeres de la comunidad y su hermano Gregorio acudieron a preparar su cuerpo para el sepelio, se dieron cuenta de que la santa no poseía absolutamente ningún bien material de valor. En su habitación solo se encontraron tres objetos personales:

  • Una cruz de madera muy sencilla que llevaba al cuello.

  • Un anillo de hierro que contenía una pequeña reliquia sagrada.

  • Una túnica sumamente desgastada por el uso y el trabajo.

De hecho, Gregorio tuvo que buscar una capa prestada entre los asistentes para poder cubrir el cuerpo de su hermana de manera digna durante el funeral. Este desapego radical causó un impacto tremendo entre la nobleza de la región, convirtiendo su muerte en un ejemplo clásico de ascetismo y pobreza voluntaria dentro de la tradición espiritual de Oriente.

El redescubrimiento de una gigante de la historia

Durante siglos, el relato oficial de la historia de la Iglesia tendió a centrarse de manera casi exclusiva en las figuras masculinas que ostentaban títulos de obispos, redactaban tratados dogmáticos y asistían a los grandes concilios ecuménicos. Por esta razón, Santa Macrina fue recordada únicamente a través de la sombra de sus hermanos.

Sin embargo, el cambio de perspectiva de la investigación histórica moderna ha permitido hacer justicia a su figura. Hoy entendemos que Santa Macrina no fue una espectadora de la historia, sino una arquitecta activa de la cultura cristiana del siglo IV. Su influencia directa moldeó la teología de la Trinidad, revolucionó la organización de las comunidades sociales y demostró que las mujeres de la antigüedad podían liderar debates filosóficos al más alto nivel. Mientras el mundo recordaba a los grandes obispos, la mujer que los educó y desafió comienza finalmente a ocupar el lugar de honor que le corresponde.

Ver en Wikipedia 

fuente churchpop.com

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