A lo largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia, sus pastores, sus doctores, han enseñado la misma doctrina sobre la ilegitimidad del aborto.
LA DIDACHE siglo I“El segundo mandamiento de la enseñanza: No asesinarás. No cometerás adulterio. No seducirás a los niños. No cometerás fornicación. No robarás. No practicarás magia. No usarás pociones. No provocarás [un] aborto, ni destruirás a un niño recién nacido” (Didajé 2:1–2 [70 d.C.]).
“El camino de la luz, entonces, es el siguiente. Si alguno desea viajar al lugar señalado, debe ser celoso en sus obras. El conocimiento, por tanto, que se nos da con el fin de caminar de esta manera, es el siguiente. . . . No matarás al niño procurándole el aborto; ni tampoco lo destruirás después de que haya nacido” (Carta de Bernabé 19 [74 d.C.]).
“¿Qué hombre en su sano juicio, por tanto, afirmará, siendo tal nuestro carácter, que somos asesinos? . . . Cuando decimos que aquellas mujeres que usan drogas para provocar el aborto cometen un asesinato y tendrán que dar cuenta a Dios por el aborto, ¿bajo qué principio deberíamos cometer un asesinato?
Porque no corresponde a la misma persona considerar al mismo feto en el vientre como un ser creado, y por tanto objeto del cuidado de Dios, y cuando ha pasado a la vida, matarlo; y no exponer a un niño, porque quienes lo exponen son acusados de asesinato de niños, y por otra parte, cuando ha sido criado para destruirlo” (Súplica a favor de los cristianos 35 [177 d.C.]).
“En nuestro caso, al estar prohibido para siempre el asesinato, no podemos destruir ni siquiera al feto en el útero, mientras que el ser humano todavía obtiene sangre de las otras partes del cuerpo para su sustento. Impedir un nacimiento no es más que matar a un hombre más rápidamente; ni importa si se quita la vida que nace, o se destruye la que está por nacer. Ése es un hombre que va a serlo; ya tienes el fruto en su semilla” (Apología 9:8 [197 d.C.]).
“Entre las herramientas de los cirujanos hay un instrumento determinado, que está formado por un marco flexible bien ajustado para, en primer lugar, abrir el útero y mantenerlo abierto; está además provisto de una cuchilla anular, por medio de la cual se disecan los miembros [del niño] dentro del útero con cuidado ansioso pero inquebrantable; siendo su último apéndice un gancho romo o cubierto, con el que se extrae todo el feto mediante un parto violento.
“Existe también [otro instrumento en forma de] una aguja o púa de cobre, mediante la cual se gestiona la muerte misma en este robo furtivo de la vida: Le dan, por su función infanticida, el nombre de embruosphaktes, [es decir]” el asesino del niño”, que por supuesto estaba vivo. . . “[Los médicos que practicaban abortos] sabían muy bien que se había concebido un ser vivo, y [ellos] se compadecieron de este desdichado estado infantil, que primero tuvo que ser ejecutado para escapar de ser torturado vivo” (El Alma 25 [210 d.C.]).
“Ahora admitimos que la vida comienza con la concepción porque sostenemos que el alma también comienza desde la concepción; la vida comienza en el mismo momento y lugar que el alma” (ibid., 27). “La ley de Moisés, en verdad, castiga con las penas debidas al hombre que causare el aborto [Éx. 21:22–24]” (ibid., 37).
“Hay algunas mujeres [paganas] que, al beber preparados médicos, extinguen en sus entrañas la fuente del futuro varón y cometen así un parricidio antes de dar a luz. Y estas cosas ciertamente proceden de la enseñanza de vuestros [falsos] dioses. . . . A nosotros [los cristianos] no nos es lícito ni ver ni oír hablar de homicidio” (Octavio 30 [226 d.C.]).
“Las mujeres que tenían fama de creyentes comenzaron a tomar drogas para volverse estériles y a atarse fuertemente para expulsar lo que estaba engendrando, ya que, a causa de los parientes y el exceso de riqueza, no querían tener un hijo de un esclavo o por cualquier persona insignificante. ¡Mira, pues, hasta qué gran impiedad ha procedido ese inicuo, al enseñar el adulterio y el asesinato al mismo tiempo! (Refutación de todas las herejías [228 d.C.]).
“En cuanto a las mujeres que fornican y destruyen lo que han concebido, o que se emplean en fabricar drogas para abortar, un decreto anterior las excluía hasta la hora de la muerte, y algunos han consentido. Sin embargo, deseando utilizar una lenidad algo mayor, hemos ordenado que cumplan diez años [de penitencia], según los grados prescritos” (canon 21 [314 d.C.]).
“La que provoque el aborto, pase diez años de penitencia, ya sea que el embrión esté perfectamente formado o no” (Primera Carta Canónica, canon 2 [374 d.C.]).
“Es homicida... ; también lo son los que toman medicinas para provocar el aborto” (ibid., canon 8).
“Por tanto os ruego que huyáis de la fornicación. . . . ¿Por qué sembrar donde la tierra se encarga de destruir el fruto? ¿Dónde hay muchos esfuerzos por abortar? ¿Dónde hay asesinato antes del nacimiento? Porque ni siquiera a la ramera dejarás que siga siendo una simple ramera, sino hazla también asesina. Ves cómo la embriaguez lleva a la prostitución, la prostitución al adulterio, el adulterio al asesinato; o más bien a algo incluso peor que el asesinato. Porque no tengo nombre que darle, ya que no quita lo que nace, sino que impide que nazca.
¿Por qué entonces abusas del don de Dios, y luchas con sus leyes, y sigues lo que es una maldición como si fuera una bendición, y haces de la cámara de la procreación una cámara para el asesinato, y armas a la mujer que fue dada para tener hijos para el matadero? ? Porque para sacar más dinero siendo agradable y objeto de deseo para sus amantes, ni siquiera esto se resiste a hacerlo, amontonando así sobre tu cabeza un gran montón de fuego. Porque incluso si la acción atrevida es de ella, la causa de la misma es tuya” (Homilías sobre Romanos 24 [391 d.C.]).
“Algunos llegan incluso a tomar pociones para asegurar la esterilidad y asesinar así a seres humanos casi antes de su concepción. Algunas, cuando se encuentran encintas a causa de su pecado, utilizan drogas para procurar el aborto, y cuando, como sucede a menudo, mueren con su descendencia, entran al mundo inferior cargadas con la culpa no sólo de adulterio contra Cristo sino también de suicidio y asesinato de niños” (Cartas 22:13 [396 d.C.]).
Desde el ataque se abrió un proceso de investigación para encontrar a los responsables del atentado. Muchos líderes mundiales pidieron al gobierno de Sri Lanka que haga justicia. El papa aprovechó el tercer aniversario de los atentados para hacer este llamamiento público.
FRANCISCO
No quisiera terminar sin hacer un llamamiento a las autoridades de su país. Por favor y por el bien por la justicia, por el bien de tu pueblo, que se aclare de una vez por todas quiénes fueron responsable de estos hechos [los atentados de Semana Santa de 2019]. Esto traerá paz a su conciencia y a la Patria.
Casi 5 años después, la comunidad católica no ha olvidado a las más de 200 personas asesinadas ese día.
CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka
Hemos construido un cementerio especial en Kotahena o Nigambo. Tuvimos que comprar un terreno porque el cementerio católico estaba repleto, lleno de cadáveres y no podíamos enterrarlos a todos allí.
También hay un memorial en una de las iglesias que fueron destruidas aquel Domingo de Pascua.
CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka
Hay un memorial dentro de la iglesia. Reservamos una zona y escribimos todos los nombres en una lápida de piedra que construimos en la iglesia de San Sebastián.
Muchas personas han acudido a los memoriales para pedir la intercesión de estos hombres y mujeres. El cardenal Ranjith dijo que son ejemplos de los mártires modernos de los que el papa habla a menudo.

CARD. MALCOLM RANJITH
Arzobispo de Colombo, Sri Lanka
Dieron sus vidas por la fe, porque los atacantes lo hicieron por odio a la fe. Odium fidei, así lo llaman. Odiaban a los cristianos y atacaron a estos inocentes. Los mataron. Para nosotros son mártires porque murieron yendo a la Iglesia, por eso promovemos su causa.
El 21 de abril se cumplen 5 años del atentado. Es el tiempo mínimo que exige el Vaticano para iniciar el proceso de beatificación. Y en Sri Lanka lo tienen claro. En cuanto se cumpla ese aniversario, se pondrán manos a la obra.
FUENTE: www.romereports.com
Cada 22 de julio, la Iglesia católica celebra con especial devoción la festividad de santa María Magdalena, una de las discípulas más cercanas a Jesús y la primera persona que fue testigo de su Resurrección. Su figura, a menudo envuelta en confusiones históricas, ha sido reivindicada por el Magisterio como una mujer clave en los comienzos del cristianismo.
¿Quién fue realmente esta santa? ¿Qué sabemos de su vida antes de seguir a Cristo? ¿Por qué ha llegado a tener un lugar tan destacado en la tradición de la Iglesia?
El Evangelio la identifica como María, la que era de Magdala, una pequeña localidad situada a orillas del lago de Galilea. De ahí el nombre de Magdalena.
Según Lucas 8, 2, Jesús había expulsado de ella siete demonios, expresión que puede aludir a una situación de profundo sufrimiento físico, espiritual o moral. Sea como fuere, lo que sabemos con certeza es que, a partir de ese encuentro con Jesús, su vida cambió radicalmente.
A partir de entonces, se convierte en discípula y seguidora fiel de Jesús, acompañándole junto a otras mujeres durante su ministerio público. Muchas de ellas ayudaban con sus bienes a sostener la misión.
María Magdalena representa así la figura de la mujer creyente que, tras experimentar la misericordia divina, lo deja todo para seguir al Maestro.

Apenas contamos con datos concretos de la vida de María Magdalena antes de encontrarse con Jesús, pero lo que los evangelios nos muestran es suficiente para comprender la profundidad de su compromiso con el Señor.
La tradición ha vinculado a María Magdalena con la mujer pecadora que unge los pies de Jesús con perfume en casa del fariseo Simón (cf. Lc 7, 36-50), aunque los estudios bíblicos modernos tienden a distinguirlas como personas diferentes.
No obstante, el gesto de amor y arrepentimiento que realiza aquella mujer muestra similitudes con el modo en que María Magdalena respondió a la gracia recibida: con una entrega total, sin reservas. Por eso, se ha convertido en un modelo de conversión sincera, de amor agradecido y de seguimiento radical.
Mientras muchos discípulos huían por miedo tras la detención de Jesús, María Magdalena permanece al pie de la Cruz. Los evangelios la mencionan explícitamente como testigo de la Crucifixión y muerte, junto a María, la madre de Jesús, y otras mujeres. Esta fidelidad en el momento del dolor y del aparente fracaso prueba su amor incondicional y su profunda fe, aunque todavía no comprendiera del todo el misterio pascual.
Después de la muerte de Jesús, también se menciona a María como una de las mujeres que fueron al sepulcro, al amanecer del domingo, llevando perfumes para ungir el cuerpo del Señor sin atisbar que ya se había complido su palabra y que la Resurrección era un hecho.

Es en ese momento cuando se produce uno de los episodios más bellos y significativos del Evangelio: María Magdalena es la primera en ver al Cristo resucitado (cf. Jn 20, 11-18). Llena de dolor por la pérdida de su Maestro, llora fuera del sepulcro vacío hasta que Jesús se le aparece, aunque ella no lo reconoce al principio. Es cuando Él la llama por su nombre —¡María!—, sus ojos se abren y reconoce al Señor.
Ese encuentro con el Resucitado marca un punto de inflexión: Jesús le encomienda anunciar la buena noticia a los apóstoles. Vuelve a ser significativo que el Señor quiera que una mujer (en aquella época gozaban de escasa consideración) se encargue del anuncio a sus discípulos.
Por eso, la tradición patrística le ha dado el título de Apóstol de los Apóstoles, porque fue enviada por Cristo mismo para dar testimonio de su victoria sobre la muerte.
El Papa san Juan Pablo II la recordó en su carta apostólica Mulieris Dignitatem como un ejemplo del papel esencial de la mujer en la vida de la Iglesia. Y en 2016, el papa Francisco elevó su memoria litúrgica a fiesta, el mismo rango que tienen las celebraciones de los apóstoles, subrayando su relevancia como modelo de discipulado.
Este reconocimiento oficial quiere recuperar y limpiar la imagen de María Magdalena, muchas veces distorsionada por interpretaciones populares o literarias que la han retratado injustamente como prostituta o mujer caída, cuando en realidad fue una discípula valiente.
La figura de santa María Magdalena ha sido objeto de devoción desde los primeros siglos del cristianismo. En la tradición occidental, especialmente en Francia y España, hay numerosas iglesias, monasterios y santuarios dedicados a su nombre. También ha inspirado el arte cristiano, que la representa habitualmente con un frasco de perfume en la mano, símbolo de su amor al Señor y del momento en que lo ungió.
Su historia es una invitación constante a la esperanza, al perdón y a la fidelidad. En un mundo que muchas veces juzga y condena sin misericordia, María Magdalena nos recuerda que el amor de Dios puede transformar incluso las heridas más profundas en una fuente de gracia.
Santa María Magdalena es mucho más que un personaje secundario de los Evangelios. Es la mujer renovada por el amor de Cristo, modelo de discípula fiel y primera anunciadora de la Resurrección.
Como su vida nos interpela, pensemos: ¿tenemos nosotros el mismo amor apasionado por el Señor? ¿Sabemos mantenernos firmes junto a la Cruz? ¿Somos testigos del Resucitado en medio del mundo?
fuente: fundación carf
Fray Francesco Patton
«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí» (Mateo 4, 12-13).
Así describe el evangelista Mateo el momento en que Jesús, al inicio de su ministerio público, abandona el pueblo en el que había crecido para trasladarse a lo que a partir de ese momento será su nueva residencia, «su ciudad» (cf. Mateo 9, 1).

Mateo, Leví, quien en Cafarnaúm desempeñaba su labor de recaudador de impuestos para los ocupantes romanos en el camino que iba de Cafarnaúm a Damasco, ofrece también la motivación teológica de este cambio de residencia por parte de Jesús: «Para que se cumpliera lo que había sido dicho por medio del profeta Isaías:
“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 1El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande” (Mateo 4, 14-16).
Todo peregrino que aún hoy llega a Cafarnaúm, a orillas del lago de Tiberíades, puede vivir la extraordinaria experiencia de ver la ciudad donde Jesús vivió principalmente durante los tres años de su ministerio en Galilea. Aquí llamó a sus discípulos, predicó, sanó a los enfermos y realizó esos signos poderosos que revelan su identidad profunda como Mesías e Hijo de Dios.
El padre Stanislao Loffreda, arqueólogo franciscano del Studium Biblicum Franciscanum (SBF) de Jerusalén, quien dedicó su vida a este sitio y fue el principal colaborador del padre Virgilio Canio Corbo en las diecinueve campañas realizadas aquí entre 1968 y 1986, en la guía dedicada a Cafarnaúm —que es la fuente principal de este artículo— recordaba el verdadero objetivo de la arqueología:
«Nosotros, los arqueólogos, desenterramos los restos materiales del pasado, pero en realidad buscamos algo más. Nuestro objetivo final es restablecer, en la medida de lo posible, el contacto con las generaciones pasadas, hablar con ellas y dejar que se expresen ante las generaciones actuales (Stanislao Loffreda, Cafarnao, Jerusalén, 1995, pág. 7). Y cuando pensamos que Cafarnaúm fue «la ciudad de Jesús» y de los primeros apóstoles, nos damos cuenta de inmediato de la importancia que sus restos antiguos revisten para toda la humanidad.
Para los frailes de la Custodia de Tierra Santa, que custodian este lugar y lo habitan como una fraternidad orante y acogedora, Cafarnao es mucho más que un sitio arqueológico: es la ciudad de Jesús, es la casa del Señor."
El sitio arqueológico se encuentra en la orilla noroeste del lago de Tiberíades (Kinneret), en Galilea, a unos 210 metros por debajo del nivel del mar, a dieciséis kilómetros de Tiberíades, a tres de Tabgha y a cinco del punto donde el río Jordán desemboca en el lago. El nombre semítico original del lugar es precisamente Kefar Nahum, es decir, el pueblo (kefar) de Nahum (que es un nombre de persona, perteneciente también a uno de los llamados «profetas menores»).

Orígenes lo había interpretado como «la aldea de la consolación» (de la raíz hebrea nhm), mientras que San Jerónimo lo traducía como «la bella ciudad» (según la raíz n’m). La transcripción más cercana a la pronunciación hebrea, Capharnaum, es la que ya adoptó Josefo Flavio (véase Loffreda, obra citada, págs. 14-15).
Las ruinas de la antigua Cafarnaúm abarcan aproximadamente un área de seis hectáreas. Dos tercios pertenecen a la Custodia Franciscana de Tierra Santa; el resto, en el lado oriental, al Patriarcado greco-ortodoxo. La antigua aldea fue abandonada hace aproximadamente mil años, aunque algunas familias árabes de la tribu de los Semekiyeh permanecieron allí hasta la guerra árabe-israelí de 1948 (Loffreda, obra citada, pág. 10).
En la época de Jesús, Cafarnaúm era una ciudad fronteriza dotada de una aduana (véase Marcos, 2, 13-15) y situada en la gran vía imperial que conducía a Damasco. Era la única localidad en la orilla noroeste del lago, a cinco kilómetros del alto Jordán, que marcaba la frontera entre la tetrarquía de Herodes Antipas y el Golán asignado a su hermano Felipe (ambos hijos de Herodes el Grande). En 1975, a unos cien metros al noreste de la sinagoga, se encontró una piedra miliaria con el nombre del emperador Adriano, lo que confirma el trazado de la vía imperial (véase Loffreda, obra citada, págs. 18-19). La presencia de un destacamento de soldados romanos, atestiguada por los Evangelios (véase Lucas, 7, 1-10; Mateo, 8, 5-13), subrayaba la importancia de la aldea como punto de tránsito.
Cafarnaúm mantenía relaciones comerciales con la Alta Galilea, el Golán, Siria, Fenicia, Asia Menor, Chipre y África, como lo demuestran las monedas y la cerámica halladas; por el contrario, según el padre Loffreda, sorprende la escasez de contactos con el centro y el sur de Palestina (obra citada, pág. 19).
Como mencionamos al principio, Jesús dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm. La elección no fue casual. Nazaret «era una aldea montañosa aislada de las grandes vías de comunicación», mientras que Cafarnaúm estaba ubicada en una ruta estratégica; además, «se encontraba lo suficientemente lejos de los grandes centros urbanos, especialmente de Tiberíades, donde Herodes Antipas había establecido su capital», de modo que Jesús podía «difundir ampliamente su mensaje mesiánico sin provocar de inmediato reacciones por parte de los líderes políticos y religiosos».

Además, Cafarnaúm contaba con una población muy diversa: pescadores, agricultores, artesanos, comerciantes, publicanos; y las relaciones con los romanos se caracterizaban «por una cordialidad singular, hasta el punto de que fue un centurión romano quien construyó la sinagoga para la comunidad judía» (las citas son de Loffreda, obra citada, págs. 68-69).
No es de extrañar, pues, que Jesús haya llamado a sus primeros discípulos precisamente de esta comunidad: los pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y el publicano Mateo.
Entre todos los restos sacados a la luz por las excavaciones franciscanas, el hallazgo más significativo es el de la llamada ínsula sacra. Las excavaciones iniciadas en 1968 por los padres Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda han permitido reconstruir la historia milenaria de este lugar en cuatro etapas principales.

La historia de la casa en la que vivió Jesús «puede resumirse de la siguiente manera: 1. La fecha inicial debe fijarse en el siglo I a. C. 2. A partir de finales del siglo I d. C., una parte de esa casa […] se transformó en una domus-ecclesia, es decir, se destinó a lugar de reuniones religiosas. 3.
En el siglo IV, la mencionada domus-ecclesia se amplió y se separó del resto del pueblo mediante un imponente muro de cerramiento. 4. En la segunda mitad del siglo V, todas las estructuras de la ínsula sacra fueron demolidas y se construyó una iglesia de forma octogonal» (Loffreda, obra citada, pág. 51).
El carácter cristiano de la sala venerada queda demostrado por la presencia, en numerosos grafitos, del nombre y el monograma de Jesús, de expresiones litúrgicas como «Amén» y «Kyrie eleison», y de una inscripción en paleo-estrangelo (una variante antigua del siríaco) que parece referirse a la Eucaristía.

«La pluralidad de idiomas sugiere claramente que la domus-ecclesia no era utilizada simplemente por los fieles locales, sino también por los peregrinos» (Loffreda, obra citada, pág. 60). Pedro Diácono (1107-1140 d. C.) en su De locis sanctis recoge el testimonio de la peregrina Egeria (siglo IV d. C.), quien describe la domus-ecclesia del siglo IV de la siguiente manera:
«En Cafarnaúm, además, a partir de la casa del príncipe de los apóstoles [Pedro] se construyó una iglesia, cuyas paredes permanecen hasta hoy tal como estaban [en su origen]. Allí el Señor sanó al paralítico. También se encuentra la sinagoga en la que el Señor sanó al endemoniado, a la que se accede subiendo muchos escalones; dicha sinagoga está construida con piedras labradas. No muy lejos de allí se ven unos escalones de piedra sobre los que se paró el Señor» (Petrus Diaconus, Liber de Locis Sanctis, en Itineraria et alia geographica, ed. R. Weber Ccl, 175, Turnhout, 1965, págs. 98-99).
La iglesia octogonal de la segunda mitad del siglo V fue concebida para indicar a los peregrinos, a través de la posición del octágono central, «la ubicación exacta de la casa de San Pedro, ya enterrada bajo el podio de la iglesia» (Loffreda, obra citada, pág. 66).
Hacia finales del siglo V d. C., en el lado oriental, se añadieron también una pila bautismal y un ábside (véase Joseph Patrich, Baptism in the Holy Land: 4th-7th Centuries, Milán, 2025, págs. 103-104). El Memorial moderno, obra del arquitecto italiano Ildo Avetta, fue consagrado el 29 de junio de 1990. El padre Corbo, quien había dirigido las obras y falleció en 1991, está enterrado junto a la casa de San Pedro, debajo del Memorial.

El otro gran monumento de Cafarnaúm es la sinagoga «blanca». A diferencia de las casas particulares construidas con piedra basáltica oscura, esta fue edificada casi en su totalidad con bloques escuadrados de piedra caliza blanca, transportados desde canteras situadas a varios kilómetros de distancia, cuyo peso podía llegar, en algunos casos, a las cuatro toneladas.
Los elementos decorativos son muy refinados y ricos en simbolismo judío. Como resume el padre Geiger:
«En cuanto a la sinagoga de la época de Jesús, los pioneros de la arqueología estuvieron, en su mayoría, convencidos, hasta principios del siglo XX, de haberla encontrado. Sin embargo, los arqueólogos alemanes Heinrich Kohl y Carl Watzinger, al estudiar sus ruinas entre 1905 y 1916, la dataron alrededor del año 200 d. C.
Dado que, por lo tanto, esa no podía ser la sinagoga de la época de Jesús, entre 1968 y 1990 los franciscanos se esforzaron por determinar —con las debidas precauciones— si bajo la sinagoga actualmente visible no se encontraría tal vez una más antigua. Una primera sorpresa fue el hallazgo, en el piso de la entonces sinagoga, de más de 30 000 (!) monedas que datan de finales del siglo IV d. C. (años 383-395)» (Heinrich Fürst, Gregor Geiger, Tierra Santa. Guía franciscana para peregrinos y viajeros, Milán, 2018, páginas 220-221/1021).
Las excavaciones de Corbo-Loffreda han permitido datar esta sinagoga a finales del siglo IV, basándose precisamente en el estudio de las monedas tardorromanas y de la cerámica hallada en distintos niveles del yacimiento. Debajo de la sinagoga blanca, los arqueólogos también encontraron un piso de piedra basáltica que data del siglo I, perteneciente a un edificio público de dimensiones tales que no podía tratarse de una casa privada.
Corbo y Loffreda reconocen que «el amplio piso del siglo I, descubierto debajo de la nave central de la sinagoga blanca, podría pertenecer a la tan buscada sinagoga, es decir, aquella construida por el centurión romano y visitada por Jesús» (Loffreda, obra citada, págs. 32-49). Es en esta sinagoga donde Jesús enseñaba con autoridad los sábados, expulsaba a los espíritus inmundos (véase Marcos 1:21-28) y desarrolló el discurso sobre el Pan de Vida (véase Juan 6:22-71).
En el pueblo bizantino (siglos IV-VII d. C.) convivían codo a codo una mayoría ya cristiana —atestiguada por la difusión generalizada de fragmentos de cerámica marcados con cruces en casi todas las áreas del lado franciscano— y una minoría judía, como lo confirman la presencia de una sinagoga activa y hallazgos tales como un colgante dedicado al Tetragrama Sagrado.

Cafarnaúm resulta así un caso excepcional con respecto al modelo predominante en la región, donde las diferentes comunidades religiosas tendían a establecerse en aldeas separadas en lugar de vivir juntas (véase Sharon Lea Mattila, Capernaum, Village of Nahum: From Hellenistic to Byzantine Times, en Galilee in the Late Second Temple and Mishnaic Periods, vol. 2, 2015, págs. 249-251).
La historia arqueológica de Cafarnaúm se remonta a 1838, cuando Edward Robinson localizó las ruinas de la sinagoga sin relacionarlas con el sitio evangélico; la identificación correcta se produjo en 1866 gracias a Charles Wilson. En 1894, la Custodia de Tierra Santa, a través de fray Giuseppe Baldi, compró las ruinas a los beduinos.
A principios del siglo XX, la Deutsche Orient-Gesellschaft (Kohl y Watzinger) llevó a cabo excavaciones, seguidas por el padre Wendelin von Menden ofm. En la década de 1920, el padre Gaudenzio Orfali ofm (1889-1926), franciscano de Nazaret, desenterró la basílica bizantina. Tras una larga pausa, en 1968 la Custodia encomendó las excavaciones al padre Virgilio Corbo ofm (1918-1991) y al padre Stanislao Loffreda ofm (1932-2025), con la colaboración del padre Bellarmino Bagatti ofm y el padre Godfrey Kloetzly ofm.

Ya en 1968 descubrieron, debajo de la iglesia octogonal, una domus ecclesia del siglo IV y, a mayor profundidad, una casa del siglo I, lo que confirmó que un entorno doméstico original se había transformado en un l lugar de culto cristiano apenas medio siglo después de la muerte de Jesús, en memoria de Pedro. Las excavaciones de Corbo reconstruyeron toda la cronología del sitio, desde el Bronce Medio (aproximadamente 2000-1550 a. C.) hasta la época árabe (siglo VII), redefinieron la datación de la sinagoga monumental e identificaron una anterior, de la época de Jesús. Corbo concluyó su trabajo con el Memoriale sopra la Casa di Pietro (1990).
Le sucedió Loffreda, quien investigó las fases bizantinas y árabes y editó la serie científica «Cafarnao» (nueve volúmenes, SBF). El padre Eugenio Alliata, ofm, catalogó todo el material lapidario del yacimiento (véase https://www.custodia.org/it/santuari/cafarnao/).

En el lado noreste, propiedad del Patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén, las excavaciones fueron dirigidas por Vassilios Tzaferis (1978-1987) y sacaron a la luz cuatro áreas principales, además de un imponente muro de contención marítimo de unos 200 metros de largo con dos muelles ortogonales que se adentran en el lago. También se descubrió un pequeño tesoro de 282 dinares de oro, de la época de transición árabe-bizantina (véase Mattila, obra citada, páginas 226-228).
Aún hoy, los frailes de la Custodia reciben cada día a los peregrinos que llegan a Cafarnaúm en busca de un contacto con «la ciudad de Jesús», con los lugares donde posó su mirada, resonó su voz y actuó su mano.
El esplendor de la sinagoga blanca, la sencillez de las casas de piedra basáltica, la casa de Pedro transformada primero en domus ecclesia, luego en basílica bizantina y hoy en memorial de San Pedro, el silencio del lago frente a ella: todo habla de una presencia que la fe reconoce aún viva. Al contemplar los restos de la antigua Cafarnaúm, el peregrino puede imaginar las casas y a los habitantes de la antigua aldea, las escenas narradas en los Evangelios y ambientadas aquí, y puede sentir resonar las palabras de Jesús sobre el Pan de Vida y profesar junto con Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68).
fuente: vatican news
Es extremadamente raro encontrar en la historia de la Iglesia una sola familia que haya aportado tantos nombres al santoral católico y ortodoxo. Santa Macrina fue la hija mayor de Basilio el Viejo y Santa Emilia. Entre sus hermanos se encontraban gigantes del pensamiento cristiano como San Basilio Magno, San Gregorio de Nisa y San Pedro de Sebaste. Por si fuera poco, su educación inicial estuvo a cargo de su abuela, Santa Macrina la Mayor, quien había sobrevivido a las brutales persecuciones de los emperadores romanos y mantenido viva la llama de la fe en la región.
Sin embargo, las crónicas de la época no dejan lugar a dudas: Santa Macrina era el verdadero epicentro espiritual e intelectual del hogar. Mientras sus hermanos varones viajaban a los grandes centros culturales del Imperio, como Atenas o Constantinopla, para estudiar retórica y política, ella permanecía en el hogar moldeando el carácter de la familia.

Cuando Basilio Magno regresó de sus estudios universitarios inflado por el orgullo del éxito académico, fue Santa Macrina quien lo confrontó y lo guio hacia una vida de humildad y servicio. El propio Gregorio de Nisa admitiría años más tarde que su hermana mayor había sido su principal maestra, mentora y guía espiritual. Aunque las leyes de la época le impedían acceder a cargos eclesiales u ordenar sacerdotes, su autoridad moral transformó el pensamiento de los hombres que definirían el cristianismo oriental.
En el siglo IV, el destino de una mujer de la alta aristocracia estaba completamente decidido desde su nacimiento: el matrimonio estratégico para consolidar alianzas familiares. Siguiendo esta costumbre, los padres de Macrina concertaron su boda cuando ella era apenas una adolescente. Sin embargo, el destino cambió los planes de forma trágica cuando su prometido falleció repentinamente antes de que pudiera celebrarse el enlace.
En lugar de aceptar un nuevo pretendiente, algo que su familia y la sociedad esperaban de ella, Macrina tomó una decisión revolucionaria para su tiempo. Argumentó que el compromiso inicial seguía teniendo validez espiritual y civil, declarándose viuda de un esposo que estaba vivo en la eternidad. Con este argumento teológico, rechazó con firmeza cualquier otra propuesta de matrimonio.
Esta determinación no nació del deseo de aislarse del mundo por amargura, sino de una profunda convicción de autonomía. Al negarse a casarse, Macrina se liberó de las estructuras domésticas tradicionales del Imperio Romano, lo que le permitió dedicarse por completo al estudio profundo de las Sagradas Escrituras, la filosofía y la gestión comunitaria. Con este acto de rebeldía pacífica, se convirtió en una de las indiscutibles pioneras del monacato femenino en el mundo cristiano.
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Tras la muerte de su padre, Macrina asumió las riendas de la familia y convenció a su madre, Emilia, de dar un paso sin precedentes: transformar la enorme propiedad familiar de Annesi, situada junto al río Iris, en un monasterio. Lo verdaderamente innovador de este proyecto no fue el aislamiento del mundo, sino la forma en que se organizó la convivencia interna.
En pleno siglo IV, la sociedad romana estaba profundamente dividida por un sistema de castas y una esclavitud legalizada. Macrina rompió estas barreras de golpe. En su comunidad, las aristócratas, las sirvientas y las antiguas esclavas de la familia compartían exactamente el mismo estatus.
Almorzaban en la misma mesa.
Vestían los mismos hábitos sencillos.
Se distribuían las tareas domésticas, agrícolas y de oración sin importar el origen social.
Esta estructura igualitaria supuso un choque cultural absoluto para la aristocracia capadocia de la época. Muchos historiadores de la actualidad coinciden en que este experimento social en Annesi sirvió como el laboratorio y modelo directo sobre el cual San Basilio Magno redactó, tiempo después, sus famosas reglas monásticas, las cuales siguen rigiendo los monasterios de la Iglesia Oriental hasta el día de hoy.
Una de las joyas literarias de la antigüedad cristiana es el tratado titulado “Sobre el alma y la resurrección”, escrito por Gregorio de Nisa. Este texto recoge el último encuentro y conversación entre Gregorio y Santa Macrina, cuando ella se encontraba ya en su lecho de muerte. Lo que hace extraordinario a este documento es el rol que ocupa cada uno de los personajes.
Gregorio de Nisa, un reputado teólogo y obispo, se presenta a sí mismo sumido en el dolor, la duda y el miedo ante la muerte. En contraste, Macrina adopta el papel de la maestra indiscutible. Con una lucidez pasmosa, la santa responde y desmonta los temores de su hermano utilizando argumentos teológicos de gran profundidad mezclados con la lógica de la filosofía clásica. Abordan temas tan complejos como:
La naturaleza de la inmortalidad del alma humana.
El sentido del sufrimiento en la experiencia terrenal.
La física y la metafísica detrás de la futura resurrección.
El formato del libro imita de manera consciente los diálogos platónicos del mundo griego, donde el filósofo Sócrates guiaba a sus discípulos hacia la verdad a través de preguntas y respuestas. Al colocar a Santa Macrina en el lugar de Sócrates, Gregorio la reconoció públicamente como una de las mentes más brillantes y rigurosas de su era, consolidando su estatus como una de las primeras grandes teólogas de la historia de la humanidad.
El final de la vida de Santa Macrina subraya la coherencia absoluta entre sus ideas filosóficas y sus acciones cotidianas. Habiendo nacido en una cuna de oro, rodeada de las mayores comodidades que el dinero podía comprar en el Imperio Oriental, eligió conscientemente despojarse de todo privilegio económico a lo largo de sus años en el monasterio.
Las crónicas de su fallecimiento narran un detalle conmovedor. Cuando las mujeres de la comunidad y su hermano Gregorio acudieron a preparar su cuerpo para el sepelio, se dieron cuenta de que la santa no poseía absolutamente ningún bien material de valor. En su habitación solo se encontraron tres objetos personales:
Una cruz de madera muy sencilla que llevaba al cuello.
Un anillo de hierro que contenía una pequeña reliquia sagrada.
Una túnica sumamente desgastada por el uso y el trabajo.
De hecho, Gregorio tuvo que buscar una capa prestada entre los asistentes para poder cubrir el cuerpo de su hermana de manera digna durante el funeral. Este desapego radical causó un impacto tremendo entre la nobleza de la región, convirtiendo su muerte en un ejemplo clásico de ascetismo y pobreza voluntaria dentro de la tradición espiritual de Oriente.
Durante siglos, el relato oficial de la historia de la Iglesia tendió a centrarse de manera casi exclusiva en las figuras masculinas que ostentaban títulos de obispos, redactaban tratados dogmáticos y asistían a los grandes concilios ecuménicos. Por esta razón, Santa Macrina fue recordada únicamente a través de la sombra de sus hermanos.
Sin embargo, el cambio de perspectiva de la investigación histórica moderna ha permitido hacer justicia a su figura. Hoy entendemos que Santa Macrina no fue una espectadora de la historia, sino una arquitecta activa de la cultura cristiana del siglo IV. Su influencia directa moldeó la teología de la Trinidad, revolucionó la organización de las comunidades sociales y demostró que las mujeres de la antigüedad podían liderar debates filosóficos al más alto nivel. Mientras el mundo recordaba a los grandes obispos, la mujer que los educó y desafió comienza finalmente a ocupar el lugar de honor que le corresponde.
Ver en Wikipedia
fuente churchpop.com
Conmemoración de san Epafras, que en Colosas, Laodicea y Hierápolis, trabajó mucho en la difusión del Evangelio, y a quien san Pablo llama carísimo consiervo, con-cautivo y fiel ministro de Cristo.
De Epafras conocemos muy poco, apenas lo que menciona el elogio del Martirologio Romano, que se atiene estrictamente al dato bíblico, sin embargo, en las tres citas que lo mencionan, se nos aparece como un cristiano en plena actividad apostólica: compañero de cautiverio de san Pablo, según dice el propio Apóstol en Filemon v. 23. Tradicionalmente se entiende que este cautiverio al que se refiere es el del 60-62 con el que termina Hechos de los Apóstoles (Hech 28,29-30), y que no sabemos si culminó en la liberación del Apóstol o en su ejecución.

La siguiente mención, con muchos datos («muchos»... dada la escasez a la que estamos acostumbrados) proviene de dos momentos distintos de la Carta a los Colosenses: en el saludo incial y en el final. Los datos biográficos sobre san Pablo que nos aporta esta carta hay que evaluarlos con prudencia, porque es una de los escritos cuya autenticidad paulina está -y posiblemente lo esté siempre- discutida, con la balanza más inclinada hacia el no, que hacia el sí.
Por supuesto, eso no implica que la carta sea o no del Nuevo Testamento: siempre lo ha sido y lo seguirá siendo, y aparece en las listas más antiguas de escritos cristianos, pero la duda sobre la autoría no permite usarla como fuente para trazar la biografía del Apóstol.
Sin embargo, los especialistas no dudan en que, aunque la carta sea pseudoepigráfica (es decir, puesta bajo su nombre tiempo después de la muerte de Pablo), contiene fragmentos que sí provienen de mano de Pablo, y esos fragmentos son, precisamente, los que muestran una situación semejante a la de Filemón, como la enumeración de los colaboradores del Apóstol, entre los que se contaba en esa época Epafras.
Así que, aunque la Carta a los Colosenses nos sirve escasamente para biografiar a san Pablo, sirve, y mucho, para acercarnos al personaje de Epafras: los dos fragmentos, ricos y vívidos, conservan todo su valor histórico. Nos dice allí san Pablo que Epafras enseñó a la comunidad de Colosas el Evangelio, e incluso dice más, leámoslo directamente:
«El Evangelio [que llegó, fructifica y crece]...desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad: tal como os la enseñó Epafras, nuestro querido consiervo y fiel ministro de Cristo, en lugar nuestro, el cual nos informó también de vuestro amor en el Espíritu.» (Col 1,6-8)
¡Menudo título le cede el Apóstol a Epafras!: «ministro en lugar nuestro». Aunque san Pablo sabe apreciar a sus colaboradores, sólo a unos pocos los ensalza así.
Posiblemente no sea para menos, ya que, a juzgar por el otro retazo de la vida de Epafras que la carta nos acerca, nos enteramos que no sólo llevó el Evangelio, en nombre de Pablo, a Colosas, sino que además mantiene una conexión constante, en predicación y en oración, con ésa, su comunidad -de la que además es originario-, y desde la que seguramente fue evangelizador también de Laodicea y Hierápolis, ya que las tres ciudades formaban un triángulo de no más de 20 km de separación de cada una con las otras:
«Os saluda Epafras, vuestro compatriota, siervo de Cristo Jesús, que se esfuerza siempre a favor vuestro en sus oraciones, para que os mantengáis perfectos cumplidores de toda voluntad divina. Yo soy testigo de lo mucho que se afana por vosotros, por los de Laodicea y por los de Hierápolis» (Col 4,12-13).
No hay más que esto, pero ¿de cuántos personajes del Nuevo Testamento no tenemos sino mucho menos? Se afanaba en esta vida limitada y terrena por su comunidad a través de la oración, seguramente ahora que vive la vida más plena a la que todos estamos llamados, su oración es constante por toda la Iglesia.
La cuestión del cautiverio en Roma de san Pablo y sus posibles terminaciones, puede leerse en cualquier biografía del Apóstol, incluso en el artículo dedicado a su martirio en este santoral.
Sobre la autenticidad paulina de Colosenses, hay soluciones para todos los gustos, y ninguna se impone con gran ventaja a las demás; puede leerse la cuestión en cualquier introducción a las epístolas de Colosenses-Efesios (que suelen tratarse juntas), por ejemplo, el Comentario Bíblico San Jerónimo, ya sea el original (que defiende la autoría paulina) o el nuevo (que la descarta), o en los Cuadernillos Bíblicos de Verbo Divino, accesibles a cualquier lector con mínimo de formación.
En todo caso, lo más interesante para el lector medio no debe ser «tomar partido», sino entrenarse en evaluar por qué los especialistas se inclinan por una u otra solución.
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Eran gente humilde, doce en total, de los cuales cinco eran mujeres. Serían probablemente artesanos o trabajadores del campo, sin que tengamos de ellos más noticias que las escuetas que nos han transmitido las actas de su martirio. Todo hace suponer que fueran parientes entre sí, o tal vez matrimonios, pero no tenemos referencia exacta de tales extremos.
El documento de su martirio es de los más emocionantes de la antigüedad cristiana, que nos recuerda en su misma sencillez a los Evangelios. Resulta milagroso que haya podido conservarse, pues durante la persecución de Diocleciano fueron sistemáticamente destruidos los archivos cristianos y perecieron muchísimas de las actas auténticas de martirio. Estas a que nos referimos contienen el proceso proconsular estenográfico, tomado verbalmente por los notarios imperiales. Se trata de un texto irrecusable, que todo él rebosa verdad.
Procesos semejantes debieron de hacerse muchísimos. Las persecuciones sufrieron grandes alternativas, desde Nerón a Diocleciano. Unas veces arreciaban, otras aflojaban, permitiendo épocas de respiro, en que podía organizarse la vida religiosa con cierta seguridad.
La legislación romana era un tanto ambigua en lo referente al cristianismo, y por este tiempo se regulaba por el rescripto de Trajano, que prohibía buscar a los cristianos —conquirendi non sunt—, pero obligaba a las autoridades a formarles proceso cuando se presentaba contra ellos una denuncia suscrita en regla, dado que las delaciones anónimas no habían de ser tomadas en consideración. Ya se comprende que en una situación tan precaria, sujeta además a los rumores y calumnias que corrían entre el populacho sobre supuestos crímenes y costumbres nefandas de los cristianos, la vida de éstos estaba pendiente de un hilo, que con suma facilidad se quebraba cuando el procónsul o gobernador de provincias se dejaba exceder en su celo o compartía la inquina del vulgo contra ellos.
Porque lo extraño del caso es que, reconociendo en principio la legislación la honradez de los cristianos, al prohibir que se les buscase —"a los criminales se les busca y persigue", argüía con lógica Tertuliano— en cambio, si eran delatados por tales, se les condenaba a pena de muerte, aunque obtendrían sentencia absolutoria si apostataban de su fe.
De esta forma los procesos contra los cristianos revestían unas características peculiarísimas, que no tenían parangón con otros delitos que fueran llevados a los tribunales. La sola confesión del reo, sin más necesidad de testigos, era motivo suficiente de condenación, salvo que se retractase de su "crimen". Esto daba lugar a un forcejeo entre el presidente del tribunal y el cristiano, no carente de emoción, que en el caso que nos ocupa es destacadísimo, pues hasta se llega a conceder a los cristianos un plazo para que piensen y recapaciten, lo cual se hace constar asimismo en la sentencia.

Restos de los Santos Mártires Escilitanos
La terquedad del cristiano de mantenerse firme en su fe, que no cedía ante la tortura ni ante la muerte, debía ser incomprensible para el juez pagano. A algunos de éstos se les ve naturalmente honrados, y que proceden con disgusto en tan enojosos procesos, en los que, finalmente, eran ellos los vencidos y los mártires los campeones. Por lo general se quedaron en lo exterior, sin comprender toda la grandeza de los mártires, como el mismo Marco Aurelio, que, siendo un alma noble, de ética tan elevada que su pluma puede parecernos cristiana, persiguió duramente a los fieles tomando a fanatismo su desprecio de la vida.
Pero también hubo almas mejor dispuestas que llegaron a la verdad del cristianismo a través de la entereza de los propios mártires, superando los prejuicios y leyendas que corrían acerca de su baja moralidad. La comparación era bien patente: "así no morían los criminales", que además tenían ganada la libertad con un sencillo gesto de echar unos granos de incienso ante la estatua del emperador o formular por escrito o verbalmente una retractación.
Tales procesos, siendo públicos, se prestaban también a una "propaganda" de la nueva religión. El mártir era etimológicamente "el que daba fe", el que confesaba en público su doctrina y el que a menudo la rubricaba con su sangre, con lo que el testimonio resultaba del todo excepcional.
Los fieles no desaprovechaban la ocasión. Así hacían, junto con la confesión de su fe, una exposición de la misma, justificando sus creencias y la imposibilidad de retractarse de ellas. A las llamadas a la cordura de los jueces paganos contestan siempre que no pueden obedecer. Ellos acatan las leyes del Imperio, pagan los tributos, son ciudadanos respetuosos con las autoridades constituidas; pero no pueden acatar la religiónoficial, que comportaba el culto al emperador y a la diosa Roma, o sea, la divinización del Estado. Esto constituía su "crimen", que lo era de lesa majestad y estaba castigado con pena de muerte.
Sin embargo, como los cristianos en su vida ordinaria no eran peligrosos se les dejaba en paz, siempre que no mediase delación formal o que los tumultos del populacho, tantas veces provocados por los judíos, no aconsejasen una táctica de rigor. En general, la política del Imperio para con el cristianismo fue contemporizadora, recordándonos en algunos aspectos la de ciertos Gobiernos anticomunistas de nuestros días.
Al evocar el martirio de los doce cristianos de Scili quisiéramos rendir un homenaje a otros muchísimos mártires anónimos de entonces. El cristianismo había penetrado ya profundamente en todas las capas sociales, había alcanzado no sólo las ciudades mejor comunicadas, adonde llegarían primero los predicadores evangélicos, sino también los municipios, y los "pagos" o aldeas. En Africa el centro de irradiación debió ser Cartago, puerto comercial de primer orden. Este grupo compacto de cristianos de Scili, bien instruidos en su fe, bien seguros de su religión, no serían improvisados; constituirían una comunidad cristiana con culto normal, con adoctrinamiento metódico, donde se leían entre los fieles, las epístolas de Pablo, "varón justo".
Como estos núcleos los había ya a finales del siglo II por todo el Imperio y eventualmente habían de pagar su tributo de sangre. Los de Scili son un caso en que han llegado a nosotros noticias ciertas del martirio de un grupo importante. ¿Cuántos otros fueron también víctimas de la persecución? Dios lo sabe, en cuya presencia no hay héroes anónimos; pero, así como las naciones levantan monumentos a los "soldados desconocidos", al traer aquí las actas del martirio de los fieles escilitanos honramos a todos aquellos cuyos nombres ignoramos y a los que en conjunto invocamos en las letanías diciendo: "Todos los santos mártires, rogad por nosotros".
Dicen así, copiadas literalmente, las tales actas:
"En Cartago, siendo cónsules Claudiano por primera vez y Presente por segunda, el día 16 de las calendas de agosto comparecieron en la sala del tribunal Esperato, Nartzalo, Cittino, Donata, Secunda, Vestia.
El procónsul Saturnino dijo: "Aún estáis a tiempo de lograr el perdón de nuestro señor el emperador si es que entráis en cordura".
Esperato dijo: "Nunca hemos hecho ningún mal ni hemos perpetrado delito; jamás hemos maldecido y aun hemos dado gracias del mal recibido. Ya ves, pues, que honramos a nuestro emperador".
El procónsul Saturnino dijo: "También nosotros somos religiosos, y nuestra religión es bien sencilla, y juramos por el genio de nuestro señorel emperador, y rogamos por su salud, lo cual también vosotros deberíais hacer".
Esperato dijo. "Si tranquilamente prestas oídos te expondré el misterio de la sencillez".
Saturnino dijo: "Dado lo mal que empiezas a despotricar contra nuestros dioses, no esperes te preste oídos, lo que debéis hacer es jurar por el genio de nuestro señor el emperador".
Esperato dijo: "Yo no conozco como máximo el imperio de este siglo, sino que más bien sirvo a aquel Señor a quien no ha visto ni puede ver con sus ojos hombre ninguno. No he cometido hurto; si algo compro, también pago los impuestos, y eso porque reconozco a mi Señor y al Emperador de los reyes y de todas las naciones".
El procónsul Saturnino dijo dirigiéndose a los demás: "Dejad de tener las creencias de éste".
Esperato dijo: "Las creencias son malas cuando incitan al falso testimonio o a cometer homicidios ".
Saturnino, el procónsul, dijo: "Mirad, dejad este género de locura".
Cittino dijo: "No tenemos miedo si no es a Nuestro Señor que está en los cielos".
Donata dijo: "El honor a César como a César, pero el temor sólo a Dios".
Vestía dijo: "Soy cristiana".
Secunda dijo: "Yo también lo soy y quiero seguir siéndolo".
El procónsul Saturnino dijo a Esperato: "Y ¿tú continúas en ser cristiano".
Esperato dijo: "Soy cristiano".
Y todos reafirmaron lo que él.
Saturnino dijo: "¿Queréis un plazo para reflexionar?".
Esperato dijo: "En asunto tan justo no ha lugar a deliberación".
El procónsul Saturnino dijo: "¿Qué traéis en ese estuche?".
Esperato dijo: "Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo".
El procónsul Saturnino dijo. "Os doy un plazo de treinta días para que reflexionéis".
Esperato respondió de nuevo: "Soy cristiano".
Y lo mismo respondieron los demás.
Entonces el procónsul Saturnino leyó el decreto en la tablilla: "Esperato, Nartzalo, Cittino, Donata, Vestia y Secunda, y los demás que han confesado haber vivido como cristianos, a causa de que, habiendo sido invitados a seguir el uso de Roma, lo han rehusado obstinadamente, se determina que sufran la pena de espada".
Esperato dijo: "Demos gracias a Dios".
Y Nartzalo: "Hoy ya mártires estaremos en el cielo. Gracias a Dios".
El procónsul Saturnino mandó anunciar por pregón: "Esperato, Nartzalo, Cittino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Genara, Generosa, Vestia, Donata, Secunda sean conducidos al suplicio".
Todos dijeron: "Gracias a Dios".
Así terminan las actas del martirio, con ese "Deo gratias" unánime de los doce mártires, como si la Iectura de la sentencia provocara en ellos parte un suspiro de alivio, parte un grito de triunfo.
Una mano cristiana añadió a los protocolos oficiales esta coletilla: "Así todos juntos fueron coronados del martirio y reinan con el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos".
Realmente, no necesita apostillas tan bello documento. El procónsul Saturnino, el primero que desencadenó en Africa la gran persecución, según Tertuliano, pudo aprender laconismo y entereza de aquellos humildes cristianos que tuvo en su tribunal. Hablan con mesura, sin fanfarronería, pero con dignidad. Conservan todas las viejas virtudes romanas, que eran orgullo de este gran pueblo, pero sublimadas con la nueva religión. ¡Qué noble la frase de Secunda: "¡Lo que soy, eso quiero ser"! Hay en la breve y rotunda afirmación de esta mujer una firmeza inconmovible. Por eso les sobraron a todos los treinta días de plazo. "En causa tan justa no había lugar a deliberación".
Al responder con tal aplomo y seguridad aquellos sencillos aldeanos, sin sentirse cortados ante la pompa de la sala del tribunal del procónsul, nos parece percibir la profecía de Cristo: "Cuando os lleven a juicio no andéis pensando las palabras que debáis decir; mi Padre os pondrá en los labios las palabras que no podrán replicar vuestros adversarios".
Sí, es el procónsul el derrotado a pesar de dictar sentencia condenatoria. Sólo ante el triunfo pronunciamos frases de agradecimiento, y los mártires de Scili dijeron todos a una: "Gracias a Dios".
Las reliquias de estos mártires fueron conservadas en una espléndida basílica que posteriormente se levantó en su honor, en Cartago, y donde algunas veces predicó San Agustín. Después fueron transportadas a Lyón y en el siglo IX a Arlés, donde se supone que reposan actualmente.
Muchos de nosotros estamos familiarizados con los símbolos cristianos típicos como la cruz o el pez. Sin embargo, es probable que no sepas que el símbolo del ancla también era muy popular entre los cristianos de los primeros siglos. ¿Cuál es la historia de este símbolo en la antigüedad y por qué terminó asociado con el cristianismo?
Antes de que el cristianismo adoptara el símbolo, se sabía que las anclas en el mundo antiguo representaban seguridad. Los viajes por mar eran muy comunes en el área mediterránea y las anclas eran un instrumento básico utilizado por cualquier marinero o pescador. Un ancla mantenía la nave firmemente plantada en un área específica y era una herramienta obligatoria.
¿De dónde surgió la idea de los cristianos de usar un ancla cómo símbolo? El ancla apareció como el emblema real de Seleuco I (358 a.C. - 281 a.C.), rey de la dinastía seléucida establecida después de las campañas de Alejandro Magno (356 a.C. - 323 a.C.).
Se dice que Seleuco eligió el símbolo porque tenía una marca de nacimiento en forma de ancla. Los judíos que vivían bajo el imperio adoptaron el símbolo en sus monedas, aunque lo eliminaron gradualmente bajo el gobernante asmoneo Alejandro Janneo (127 a.C. - 76a.C.) alrededor del año 100 a.C.

Cuenco con un grabado de un ancla seléucida invertida y un delfín / Foto: Getty
Al parecer, a partir de este momento el uso del ancla como símbolo se popularizó. Pero un hecho posterior pudo haber hecho que los cristianos adoptaran este símbolo como suyo.
Alrededor del año 100 d.C., el emperador Trajano (53-117) desterró a Clemente, líder de la iglesia de Roma, a Crimea. Sin embargo, cuando Clemente (35-99) empezó a ganar conversos allí, Trajano ordenó que ataran a Clemente a un ancla de hierro y lo ahogaran. El martirio de Clemente, cuyo símbolo evidente fue el ancla, claramente pudo haber inspirado a una iglesia que sufría persecución en ese momento.
Otra explicación posible es que el uso del ancla para los cristianos primitivos, al parecer, siempre hizo eco del pasaje de Hebreos 6:17-20 que dice:
Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.
Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, adonde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre.
La esperanza aquí mencionada obviamente no tiene que ver con lo terrenal, sino con las cosas celestiales, y el ancla como símbolo cristiano, en consecuencia, se relaciona solo con la esperanza de salvación eterna.
En los primeros siglos del cristianismo, el símbolo fue adoptado por los cristianos y utilizado a menudo en las catacumbas en la ciudad de Roma. Los epitafios sobre las tumbas de los creyentes que datan de fines del primer siglo con frecuencia mostraban anclas junto con mensajes de esperanza. Expresiones como pax tecum o pax tibi hablan de la esperanza que los cristianos sentían al anticipar el cielo.
Aunque el símbolo no era exclusivo de los cementerios, durante los siglos segundo y tercero, el ancla se reprodujo con frecuencia más en los epitafios de las catacumbas, y particularmente en las partes más antiguas de algunos cementerios.
Sin embargo, el símbolo no volvió aparecer en ninguna inscripción cristiana a partir del siglo IV, lo que siempre ha resultado enigmático. Entonces, ¿Cuáles son las posibles razones por las que el símbolo del ancla se desvaneció?
La primera explicación que los académicos han encontrado se basa en la evidencia de que sólo unos pocos ejemplos del símbolo del ancla datan de mediados del siglo III, y que no han encontrado ninguno después del 300 d.C. Su explicación más común a esto es que a medida que el Imperio pasó de perseguir a la iglesia a tomarla como suya, los cristianos ya no necesitaban símbolos secretos para identificarse. La cruz conquistadora de Constantino (272-337) reemplazó al ancla de forma definitiva.

Representación de la famosa visión de Constantino de la cruz / Imagen: Quora
La segunda explicación que otros eruditos argumentan es que el ancla perdió su uso porque el “símbolo” era en realidad un juego de palabras en griego. El juego consistía en que la palabra ankura (ἄγκυρα) o ancla, es muy parecida a kurios (κύριος), que quiere decir Señor. Al parecer este juego de palabras perdió sentido cuando los cristianos eligieron el latín sobre el griego como su idioma principal.
Cualquiera que haya sido la razón por la que se dejó de usar este símbolo, lo que sí debemos recordar es lo que significó para nuestros hermanos en el pasado: la esperanza de una resurrección final y definitiva para una eternidad con nuestro Padre. Pero, sobre todo, la seguridad que tenemos en Él de que esto es verdad.
Lionsgate y Fathom Entertainment han confirmado que la cinta, estrenada originalmente en 2004, tendrá un pase especial en salas del 10 al 17 de septiembre, completamente restaurada en formato 4K y con sonido envolvente Dolby Atmos. Esta nueva edición parte del negativo de cámara original y cuenta con una corrección de color supervisada por el propio director de fotografía nominado al Oscar, Caleb Deschanel, junto a un diseño de audio revisado por Gibson.
Con un presupuesto modesto que rondaba los 30 millones de dólares, financiado en gran parte por el propio Mel Gibson a través de su productora Icon Productions, La Pasión de Cristo rompió todas las expectativas posibles de la industria hollywoodense en su lanzamiento inicial. La película logró recaudar algo más de 612 millones de dólares a nivel mundial, manteniéndose durante dos décadas como la película para adultos más taquillera en la historia de la taquilla estadounidense y consolidándose como la producción de temática cristiana más exitosa de todos los tiempos.
Uno de sus aspectos más disruptivos e innovadores fue el compromiso con el verismo histórico y lingüístico. Gibson tomó la arriesgada decisión de rodar la película íntegramente en sus lenguas originales, como el arameo, el latín y el hebreo. Esta apuesta, inusual para una gran producción comercial, buscaba sumergir al espectador de lleno en la Judea del siglo I y en las últimas doce horas de vida de Jesús de Nazaret. La crítica y los académicos reconocieron su impacto técnico y artístico otorgándole tres nominaciones a los Premios de la Academia en las categorías de mejor fotografía, mejor maquillaje y mejor banda sonora original para John Debney.

El reestreno de septiembre no será solo un ejercicio de nostalgia o una oportunidad para que las nuevas generaciones experimenten el filme en pantalla grande, sino que funcionará también como la antesala del proyecto cinematográfico más ambicioso en la carrera reciente de Gibson. Las proyecciones incluirán un adelanto exclusivo con imágenes detrás de cámaras de la esperada secuela, titulada oficialmente La Resurrección de Cristo.
Esta nueva producción ampliará la narrativa bíblica más allá del drama de la crucifixión, pues la trama explorará no solo el momento de la resurrección, sino también los complejos acontecimientos espirituales y teológicos que tuvieron lugar durante los tres días transcurridos entre la muerte de Jesús y su regreso a la vida, con un enfoque que el propio director ha calificado en diversas ocasiones como una narrativa profunda y espiritual. Dado el enorme alcance narrativo que ha tomado la investigación e historia del proyecto, la producción ha crecido hasta convertirse en un ambicioso díptico dividido en dos entregas, fijando sus estrenos previstos para el 6 de mayo de 2027 y el 25 de mayo de 2028.

El evento cinematográfico arrancará en cines de Estados Unidos para posteriormente extenderse a diversos mercados internacionales, y las entradas para esta semana exclusiva de exhibición saldrán a la venta a partir del 24 de julio en las plataformas de Fathom Entertainment. Con este movimiento, la distribuidora busca no solo revitalizar una obra que transformó la forma en que Hollywood percibía el cine de fe y valores, sino también sentar las bases para la que promete ser la mayor saga bíblica jamás producida en la era moderna del cine.
El valor principal de la devoción del Carmen no está en los prodigios a que hemos aludido ni en los privilegios que veremos, sino en su profundo valor espiritual o ascético en orden a nuestra santificación.
Es decir, el Escapulario debe ayudarnos a vivir nuestra total consagración a Jesús por María en su servicio y en su presencia, en su unión e imitación.
La devoción al Escapulario de unos años para acá ha decaído un tanto porque algunos, fijándose casi exclusivamente en sus privilegios, desconocen su importancia, significación y valor en la vida cristiana, de la que es su más elocuente manifestación.
De hecho la Iglesia la ha hecho suya para consagrar oficialmente a todo hombre a María desde el principio de su vida.
Aun así continúa siendo la devoción característica y propia de las familias cristianas. ¿Y por qué? Porque su poderoso valimiento llega a los momentos más difíciles de la vida, a la hora cumbre de la muerte, y, traspasando los umbrales de acá, no se da descanso hasta el mismo purgatorio, de donde saca a las almas que le fueron devotas y vistieron en vida el Santo Escapulario.
Estas son sus credenciales: "En la vida protejo, en la muerte ayudo y después de la muerte salvo". Se halla tan extendida esta devoción entre el pueblo cristiano, que un ilustre historiador B. Zimmerman podía escribir a principios del siglo: "La Cofradía del Escapulario es la más numerosa asociación del mundo después de la Iglesia católica".

Verdad histórica que coincide con lo que escribía en su obra póstuma María Santísima nuestro cardenal Gomá:
"Nadie ignora lo extendida que está por todo el pueblo cristiano, en todas partes, y con qué profundo arraigo, la devoción a la Santísima Virgen del Carmen, de tal forma que a esta devoción podemos llamarla por antonomasia "devoción cristiana", o mejor, "católica".
Los más importantes y trascendentales privilegios del Santo Escapulario son éstos: Vivir la misma vida de María, vestir su mismo vestido, disfrutar de un amparo especial por estar a Ella consagrados... Por esto la devoción del Santo Escapulario del Carmen, "la primera entre las devociones marianas" la llamaba Su Santidad Pío XII el 11 de febrero de 1950; además de ser muy grata a María es sumamente ventajosa al que la practica.
Pocas devociones, de hecho, tienen prometidas tantas y tan señaladas gracias. He aquí las principales:
Morir en gracia de Dios. Es la gran promesa que ya hemos visto hizo la Santísima Virgen al entregar el Santo Escapulario a Simón Stock en 1251. Salir del purgatorio a lo más tardar el sábado después de la muerte. Así lo dijo la Santísima Virgen al papa Juan XXII, en 1322. Es el llamado privilegio sabatino.
Para hacerse acreedor a estos privilegios son necesarias algunas condiciones: Estar inscrito en la Cofradía, vestirlo noche y día, guardar castidad según su estado, rezar el oficio parvo y guardar abstinencia, aunque pueden ser conmutados por otras obras buenas y sobre todo vestir el Escapulario cual conviene viviendo la vida cristiana en toda su integridad.

El 8 de julio de 1916 Su Santidad Benedicto XV, con deseos de que se siguiese usando el Escapulario de tela, concedió quinientos días de indulgencias cuantas veces se besara. Quien viste el Escapulario del Carmen se hace acreedor de todas las indulgencias, gracias y privilegios que los Sumos Pontífices a través de los siglos han otorgado a la Orden del Carmen.
Participa asimismo de las oraciones y penitencias que se hacen en todo el Carmelo. La imposición del Santo Escapulario constituye el acto más elocuente y real de nuestra consagración a la Santísima Virgen. Por el Escapulario se vive íntima y continuamente consagrado a María tal cual nos exige nuestra condición de hijos y hermanos suyos.
Por él pertenecemos a María, ya que vestimos su mismo ropaje. Por ello debemos vivir su misma vida.
Para que los efectos de consagración duren noche y día, hoy y mañana y hasta el fin de nuestra existencia sobre la tierra, ¿puede darse un medio más apropiado y eficaz que el Santo Escapulario del Carmen?
Así lo decía Su Santidad Pío XII en el magnífico documento que sobre el Santo Escapulario regalaba al mundo el 11 de febrero de 1950:
"Todos los carmelitas, por tanto, así los que militan en los claustros de la primera y segunda Orden como los afiliados a la Tercera Orden Regular o Secular y los asociados a las Cofradías que forman, por un especial vínculo de amor, una misma familia de la Santísima Madre, reconozcan en este memorial de la Virgen un espejo de humildad y castidad;
vean en la forma sencilla de su hechura un compendio de modestia y candor; vean, sobre todo, en esta librea que visten día y noche, significada con simbolismo elocuente, la oración con la cual invocan el auxilio divino.
Reconozcan, por fin, en ella su consagración al Corazón sacratísimo de la Virgen Inmaculada, por Nos recientemente recomendada".
+ info -
RAFAEL MARÍA LÓPEZ MELÚS, O. CARM
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 abril 2008 .-
Benedicto XVI considera que el mundo y, en particular Europa, necesita «una renovación ética y espiritual», inspirada en los valores cristianos, para poder recuperar un «verdadero humanismo».Fue la conclusión a la que llegó este miércoles en la audiencia general en la que presentó la figura de san Benito de Nursia, fundador de los benedictinos, padre del monaquismo occidental, quien vivió entre los siglos V y VI, y a quien este Papa considera como «patrono» de su pontificado.
Benito, por quien Joseph Razinger nunca ha escondido su admiración --días antes de ser elegido Papa, el 1 de abril, le dedicó una histórica conferencia con el título «Europa, en la crisis de las culturas»--, como constató, tuvo un papel decisivo para que el viejo continente saliera de la «noche oscura de la historia» en la que había caído tras la caída del Imperio Romano en la Edad Media.
Y esta renovación la promovió gracias al monaquismo y a su espiritualidad, plasmada en la famosa Regla de los monjes.«Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy», constató el pontífice en su reflexión dirigida en la Plaza de San Pedro a algo más de 20 mil peregrinos.

Al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, recordó, Pablo VI pretendía reconocer «la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea».
«Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad», constató.
Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa», añadió.
«Sin esta saviavital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II "un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad"».
«Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino», recomendó el obispo de Roma.«El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo», concluyó.Ha sido la última audiencia general antes del viaje apostólico de Benedicto XVI a los Estados Unidos, que tendrá lugar del 15 al 20 de abril.
Siria custodia un legado histórico y cultural que se resiste a desaparecer a pesar de las profundas cicatrices provocadas por los conflictos armados. Dos claros ejemplos de esta resistencia y riqueza patrimonial se encuentran en la milenaria localidad de Maloula, donde aún resuena el arameo, y en la provincia sureña de Deraa, cuya histórica Mezquita Omari ha sido recientemente incluida en las prestigiosas listas de la Organización Islámica para la Educación, la Ciencia y la Cultura (ISESCO). Ambos enclaves simbolizan el esfuerzo colectivo por reconstruir la identidad nacional y preservar la memoria histórica de la región.
Ubicada a unos 56 kilómetros al norte de Damasco, encaramada de forma inverosímil entre los escarpados riscos de la cordillera del Qalamún, Maloula emerge como uno de los símbolos más singulares y resistentes de Siria. Con sus casas excavadas directamente en la roca y sus callejuelas serpenteantes, este místico pueblo fusiona de manera perfecta el paisaje natural con la arquitectura humana.
La localidad alberga dos de los más importantes referentes del cristianismo oriental: los monasterios de San Sergio (Mar Sarkis) y Santa Tecla (Mar Takla). La tradición local relata que Santa Tecla, discípula de San Pablo, halló refugio en estas escarpaduras huyendo de la persecución, una narrativa que otorga al pueblo una atmósfera de profunda espiritualidad que atrae tanto a peregrinos como a turistas de todo el mundo.

Más allá de su imponente valor arquitectónico y religioso, el mayor patrimonio de Maloula es inmaterial: el arameo. Esta antiquísima lengua, considerada por la comunidad académica como el idioma materno de Jesucristo, sigue viva en las conversaciones cotidianas, los cantos populares y las oraciones de los habitantes del pueblo, uniendo en su uso a comunidades tanto cristianas como musulmanas.
Sin embargo, la supervivencia de este legado se encuentra en una situación crítica. La guerra obligó al cierre del instituto especializado en su enseñanza, lo que ha provocado que la transmisión del idioma dependa actualmente del ámbito puramente familiar y oral. Ciudadanos como Omar Diab, residente en Catar pero profundamente ligado a sus raíces, expresan su preocupación por la pérdida de la gramática y la escritura formal, enfatizando la urgencia de reabrir centros educativos formales para salvaguardar este tesoro de la humanidad.
El tejido social de Maloula se sostiene sobre una convivencia interreligiosa ejemplar. Durante generaciones, cristianos y musulmanes han compartido festividades y tradiciones sin que las diferencias confesionales supusieran una barrera. Vecinos como Eduardo Hilal, quien regresó tras el conflicto encontrando su hogar destruido por los incendios, testifican que el respeto mutuo jamás se extinguió. Hoy en día, la tranquilidad regresa paulatinamente y celebraciones como la Exaltación de la Cruz vuelven a dinamizar la economía local.
El desafío principal radica ahora en la reconstrucción física. Según Abdullah Diab, supervisor de la Iniciativa de Reconstrucción de Maloula, más de la mitad de las propiedades de la zona continúan en ruinas, lo que impide el retorno de miles de familias desplazadas. A pesar del apoyo puntual de agencias de las Naciones Unidas, la comunidad local e ingenieros civiles continúan buscando financiación internacional para rehabilitar el patrimonio residencial y devolver por completo la vida a este histórico enclave.
De manera paralela a los esfuerzos de conservación en el norte, el sur de Siria celebra un hito cultural de envergadura internacional. La inclusión de la Mezquita Omari de Deraa en las listas patrimoniales de la ISESCO supone un reconocimiento directo al valor arquitectónico e histórico de uno de los templos islámicos más antiguos de la región del Levante.
El director del Departamento de Antigüedades de Deraa, Muhammad Nasrallah, señala que la Mezquita Omari fue erigida originalmente sobre cimientos de estructuras de las épocas romana y bizantina. Esta superposición evidencia la rica continuidad civilizatoria de Deraa, considerada una de las ciudades habitadas de forma ininterrumpida más antiguas del planeta.
El diseño del templo destaca por un patio central rodeado de arcadas que dan paso a una sala de oración sostenida por columnas antiguas. Su característico minarete cuadrado, que exhibe rasgos decorativos de los periodos ayubí y mameluco, cuenta con valiosas inscripciones árabes que documentan las diversas fases de restauración del edificio. El uso intensivo del basalto negro local no solo le confiere una estética imponente y sobria, sino que demuestra la gran maestría de los artesanos de la antigüedad para integrar los monumentos con su entorno natural.
Durante siglos, la Mezquita Omari trascendió su función estrictamente religiosa para consolidarse como un vibrante centro de conocimiento científico, social y cultural. Sus muros albergaron influyentes círculos de estudio dedicados al Corán, la jurisprudencia islámica, el Hadiz y la lingüística árabe, convirtiéndose en la cuna de numerosos juristas y pensadores destacados de la región.
Habiendo sufrido deterioros de consideración durante los años de la guerra, las autoridades competentes, en colaboración estrecha con la comunidad local, pusieron en marcha rigurosos planes de mantenimiento y restauración basados en normativas científicas internacionales. Estos trabajos no solo evalúan la estructura arquitectónica general, sino que modernizan los sistemas de iluminación, ventilación y saneamiento sin alterar la autenticidad del monumento.
La reciente protección y reconocimiento otorgado por la ISESCO abre las puertas a programas internacionales de asistencia técnica, capacitación y financiación global. Este nombramiento consolida a la Mezquita Omari no solo como un pilar de la identidad siria, sino como un testimonio imperecedero de la historia viva de Oriente Medio, asegurando su legado para las generaciones venideras.


