La lucha de los primeros cristianos contra la práctica del aborto
La tradición de la Iglesia ha sostenido siempre que la vida humana debe ser protegida y favorecida desde su comienzo como en las diversas etapas de su desarrollo. Oponiéndose a las costumbres del mundo grecorromano, la Iglesia de los primeros siglos ha insistido sobre la distancia que separa en este punto tales costumbres de las costumbres cristianas.
A lo largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia, sus pastores, sus doctores, han enseñado la misma doctrina sobre la ilegitimidad del aborto.
“El segundo mandamiento de la enseñanza: No asesinarás. No cometerás adulterio. No seducirás a los niños. No cometerás fornicación. No robarás. No practicarás magia. No usarás pociones. No provocarás [un] aborto, ni destruirás a un niño recién nacido” (Didajé 2:1–2 [70 d.C.]).
“El camino de la luz, entonces, es el siguiente. Si alguno desea viajar al lugar señalado, debe ser celoso en sus obras. El conocimiento, por tanto, que se nos da con el fin de caminar de esta manera, es el siguiente. . . . No matarás al niño procurándole el aborto; ni tampoco lo destruirás después de que haya nacido” (Carta de Bernabé 19 [74 d.C.]).
“¿Qué hombre en su sano juicio, por tanto, afirmará, siendo tal nuestro carácter, que somos asesinos? . . . Cuando decimos que aquellas mujeres que usan drogas para provocar el aborto cometen un asesinato y tendrán que dar cuenta a Dios por el aborto, ¿bajo qué principio deberíamos cometer un asesinato?
Porque no corresponde a la misma persona considerar al mismo feto en el vientre como un ser creado, y por tanto objeto del cuidado de Dios, y cuando ha pasado a la vida, matarlo; y no exponer a un niño, porque quienes lo exponen son acusados de asesinato de niños, y por otra parte, cuando ha sido criado para destruirlo” (Súplica a favor de los cristianos 35 [177 d.C.]).
“En nuestro caso, al estar prohibido para siempre el asesinato, no podemos destruir ni siquiera al feto en el útero, mientras que el ser humano todavía obtiene sangre de las otras partes del cuerpo para su sustento. Impedir un nacimiento no es más que matar a un hombre más rápidamente; ni importa si se quita la vida que nace, o se destruye la que está por nacer. Ése es un hombre que va a serlo; ya tienes el fruto en su semilla” (Apología 9:8 [197 d.C.]).
“Entre las herramientas de los cirujanos hay un instrumento determinado, que está formado por un marco flexible bien ajustado para, en primer lugar, abrir el útero y mantenerlo abierto; está además provisto de una cuchilla anular, por medio de la cual se disecan los miembros [del niño] dentro del útero con cuidado ansioso pero inquebrantable; siendo su último apéndice un gancho romo o cubierto, con el que se extrae todo el feto mediante un parto violento.
“Existe también [otro instrumento en forma de] una aguja o púa de cobre, mediante la cual se gestiona la muerte misma en este robo furtivo de la vida: Le dan, por su función infanticida, el nombre de embruosphaktes, [es decir]” el asesino del niño”, que por supuesto estaba vivo. . . “[Los médicos que practicaban abortos] sabían muy bien que se había concebido un ser vivo, y [ellos] se compadecieron de este desdichado estado infantil, que primero tuvo que ser ejecutado para escapar de ser torturado vivo” (El Alma 25 [210 d.C.]).
“Ahora admitimos que la vida comienza con la concepción porque sostenemos que el alma también comienza desde la concepción; la vida comienza en el mismo momento y lugar que el alma” (ibid., 27). “La ley de Moisés, en verdad, castiga con las penas debidas al hombre que causare el aborto [Éx. 21:22–24]” (ibid., 37).
MINUCIO FELIX
“Hay algunas mujeres [paganas] que, al beber preparados médicos, extinguen en sus entrañas la fuente del futuro varón y cometen así un parricidio antes de dar a luz. Y estas cosas ciertamente proceden de la enseñanza de vuestros [falsos] dioses. . . . A nosotros [los cristianos] no nos es lícito ni ver ni oír hablar de homicidio” (Octavio 30 [226 d.C.]).
“Las mujeres que tenían fama de creyentes comenzaron a tomar drogas para volverse estériles y a atarse fuertemente para expulsar lo que estaba engendrando, ya que, a causa de los parientes y el exceso de riqueza, no querían tener un hijo de un esclavo o por cualquier persona insignificante. ¡Mira, pues, hasta qué gran impiedad ha procedido ese inicuo, al enseñar el adulterio y el asesinato al mismo tiempo! (Refutación de todas las herejías [228 d.C.]).
CONCILIO DE ANCIRA
“En cuanto a las mujeres que fornican y destruyen lo que han concebido, o que se emplean en fabricar drogas para abortar, un decreto anterior las excluía hasta la hora de la muerte, y algunos han consentido. Sin embargo, deseando utilizar una lenidad algo mayor, hemos ordenado que cumplan diez años [de penitencia], según los grados prescritos” (canon 21 [314 d.C.]).
“La que provoque el aborto, pase diez años de penitencia, ya sea que el embrión esté perfectamente formado o no” (Primera Carta Canónica, canon 2 [374 d.C.]).
“Es homicida... ; también lo son los que toman medicinas para provocar el aborto” (ibid., canon 8).
“Por tanto os ruego que huyáis de la fornicación. . . . ¿Por qué sembrar donde la tierra se encarga de destruir el fruto? ¿Dónde hay muchos esfuerzos por abortar? ¿Dónde hay asesinato antes del nacimiento? Porque ni siquiera a la ramera dejarás que siga siendo una simple ramera, sino hazla también asesina. Ves cómo la embriaguez lleva a la prostitución, la prostitución al adulterio, el adulterio al asesinato; o más bien a algo incluso peor que el asesinato. Porque no tengo nombre que darle, ya que no quita lo que nace, sino que impide que nazca.
¿Por qué entonces abusas del don de Dios, y luchas con sus leyes, y sigues lo que es una maldición como si fuera una bendición, y haces de la cámara de la procreación una cámara para el asesinato, y armas a la mujer que fue dada para tener hijos para el matadero? ? Porque para sacar más dinero siendo agradable y objeto de deseo para sus amantes, ni siquiera esto se resiste a hacerlo, amontonando así sobre tu cabeza un gran montón de fuego. Porque incluso si la acción atrevida es de ella, la causa de la misma es tuya” (Homilías sobre Romanos 24 [391 d.C.]).
“Algunos llegan incluso a tomar pociones para asegurar la esterilidad y asesinar así a seres humanos casi antes de su concepción. Algunas, cuando se encuentran encintas a causa de su pecado, utilizan drogas para procurar el aborto, y cuando, como sucede a menudo, mueren con su descendencia, entran al mundo inferior cargadas con la culpa no sólo de adulterio contra Cristo sino también de suicidio y asesinato de niños” (Cartas 22:13 [396 d.C.]).
Este fue el momento en el que un terrorista atacó una iglesia en Colombo, Sri Lanka, el Domingo de Pascua de 2019.
Desde el ataque se abrió un proceso de investigación para encontrar a los responsables del atentado. Muchos líderes mundiales pidieron al gobierno de Sri Lanka que haga justicia. El papa aprovechó el tercer aniversario de los atentados para hacer este llamamiento público.
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FRANCISCO No quisiera terminar sin hacer un llamamiento a las autoridades de su país. Por favor y por el bien por la justicia, por el bien de tu pueblo, que se aclare de una vez por todas quiénes fueron responsable de estos hechos [los atentados de Semana Santa de 2019]. Esto traerá paz a su conciencia y a la Patria.
Casi 5 años después, la comunidad católica no ha olvidado a las más de 200 personas asesinadas ese día.
CARD. MALCOLM RANJITH Arzobispo de Colombo, Sri Lanka Hemos construido un cementerio especial en Kotahena o Nigambo. Tuvimos que comprar un terreno porque el cementerio católico estaba repleto, lleno de cadáveres y no podíamos enterrarlos a todos allí.
También hay un memorial en una de las iglesias que fueron destruidas aquel Domingo de Pascua.
CARD. MALCOLM RANJITH Arzobispo de Colombo, Sri Lanka Hay un memorial dentro de la iglesia. Reservamos una zona y escribimos todos los nombres en una lápida de piedra que construimos en la iglesia de San Sebastián.
Muchas personas han acudido a los memoriales para pedir la intercesión de estos hombres y mujeres. El cardenal Ranjith dijo que son ejemplos de los mártires modernos de los que el papa habla a menudo.
CARD. MALCOLM RANJITH Arzobispo de Colombo, Sri Lanka Dieron sus vidas por la fe, porque los atacantes lo hicieron por odio a la fe. Odium fidei, así lo llaman. Odiaban a los cristianos y atacaron a estos inocentes. Los mataron. Para nosotros son mártires porque murieron yendo a la Iglesia, por eso promovemos su causa.
El 21 de abril se cumplen 5 años del atentado. Es el tiempo mínimo que exige el Vaticano para iniciar el proceso de beatificación. Y en Sri Lanka lo tienen claro. En cuanto se cumpla ese aniversario, se pondrán manos a la obra.
"Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo." (Apocalipsis 7,13-15)
Honor y respeto a los difuntos
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.
Este respeto se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.
Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio deSan Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos.
Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.
Las catacumbas
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.
Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.
Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.
Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?
Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.
Funerales y sepultura
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.
Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo. Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la queSan Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madreSanta Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.
Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.
Los difuntos en la liturgia
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.
Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias. La Iglesia hoyen día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.
Texto del Papa Benedicto XVI como preparación para el día de Todos los Santos
"La infelicidad es vivir lejos de Dios: felicidad y santidad coinciden"
Reproducimos a continuación un texto de Benedicto XVI que nos parece paradigmático de la fiesta de Todos los Santos. Introdujo la celebración y el acto penitencial con estas palabras:
"Queridos hermanos y hermanas, hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo".
En la solemnidad de todos los santos, Benedicto XVI constató que la infelicidad consiste en vivir lejos de Dios. Por eso, felicidad y santidad se convierten en sinónimos, constató.
Así lo explicó en la homilía de la misa que celebró este miércoles a las diez de la mañana en la Basílica de san Pedro, en la que recordó que «los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una multitud sin número, hacia la cual la liturgia de hoy nos exhorta a levantar la mirada».
«En esta multitud no sólo están representados los santos oficialmente reconocidos, sino los bautizados de todas las épocas y naciones, que han intentado cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina», recordó.
«El luminoso ejemplo de los santos despierta en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices de vivir junto a Dios, en su Luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir en la cercanía de Dios, vivir en su familia, y esta es la vocación de todos nosotros, confirmada con vigor por el Concilio Vaticano II», reconoció.
«Pero, ¿cómo podemos convertirnos en santos, amigos de Dios?», preguntó el obispo de Roma. «A esta pregunta se puede responder, ante todo, con un enunciado negativo: para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario ante todo escuchar a Jesús y después seguirle, sin desalentarse ante las dificultades».
«La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, si bien sigue caminos diferentes, siempre pasa por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo. Las biografías de los santos describen a hombres y mujeres que, siendo dóciles a los designios divinos, afrontaron en ocasiones pruebas y sufrimientos inenarrables, persecuciones y martirios».
«El ejemplo de los santos es para nosotros un aliento a seguir los mismos pasos y a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, pues la única causa de tristeza y de infelicidad para el hombre se debe al hecho de vivir lejos de Él», aseguró Benedicto XVI.
El camino que conduce a la santidad es presentado por el camino de las Bienaventuranzas, indicó por último.
«En la medida en que acogemos la propuesta [de Cristo] y le seguimos --cada uno en sus circunstancias-- también nosotros podemos participar en la bienaventuranza. Con Él lo imposible se hace posible», concluyó.
La fiesta de Todos los Santos
Parece que en el siglo VIII, en algunas zonas de las islas británicas, no en todas, se celebraba esta fiesta de Todos los Santos el día 1 de noviembre. En otras zonas, como en Irlanda, se celebraba el día 20 de abril.
Será el papa Gregorio III en el siglo VIII quien movió la fiesta desde el día 13 de mayo al día 1 de noviembre, ligada ahora a todos los Apóstoles, todos los Mártires y Confesores, y todos los Santos o Justos de la Iglesia, al dedicarles un oratorio en el actual emplazamiento de la Basílica de San Pedro, según algunos autores el día 1 de noviembre.
El significado de esta Solemnidad
La liturgia católica ha dedicado esta Fiesta especial a hacer presentes en nuestra memoria a todas aquellas personas que, superando la debilidad y las tentaciones, fueron dóciles a la acción del Espíritu Santo y ahora comparten la gloria de Cristo.
Hoy recordamos, pues, que los santos son todas aquellas hijas e hijos de Dios que vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús, y que practicaron en modo eminente las Bienaventuranzas descritas en el Sermón de la Montaña. (Mt 5, 1-12).
Hoy, el Pueblo de Dios se alegra por el triunfo de todos sus hermanos y hermanas que han trabajado, no sin fatiga, y a veces pagando con el precio de la vida, por la construcción del Reino de Dios, es decir, por la edificación de una nueva civilización donde reinen la justicia, la verdad, la fraternidad y la libertad de los hijos de Dios en la concordia y la paz.
Orígenes e historia de la fiesta
Esta fiesta nos recuerda que podemos vivir ya desde ahora en la vida eterna si nos comprometemos con determinación a transformar este mundo con la fuerza del Evangelio. Sus raíces son antiguas: en el siglo IV se empezó a celebrar la conmemoración de los mártires, común a varias Iglesias.
Los primeros rastros de esta celebración los encontramos en Antioquía, en el domingo después de Pentecostés; san Juan Crisóstomo ya hablaba de ello. Entre los siglos VIII y IX, la fiesta comenzó a difundirse en Europa, y en Roma específicamente en el IX: aquí fue el Papa Gregorio III (731-741) quien eligió la fecha del 1 de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias "de los Santos Apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que descansan en paz en todo el mundo". En la época de Carlomagno esta fiesta ya era ampliamente conocida y celebrada.
La víspera del Día de Todos los Santos y tenía un sentido religioso
En España y en tantos países de América Latina, la noche de Halloween se ha convertido en una fecha destacada dentro del calendario nacional, pero la gente no sabe casi nada de su origen.
Halloween significa “All hallow’s eve”, palabra que proviene del inglés antiguo, y que significa “víspera de todos los santos”. La festividad tenía su origen en la tradición celta, y con el paso de los siglos y la expansión del cristianismo en Europa, la vigilia del 1 de noviembre adquirió un sentido religioso.
Entre los celtas, antiguos pobladores de Europa Oriental, Occidental y parte de Asia Menor, habitaban los druidas, sacerdotes paganos adoradores de los árboles, especialmente del roble.
Ellos creían en la inmortalidad del alma, la cual decían se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo; pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, quienes estaban obligados a hacer provisión para ella.
El año céltico concluía en esta fecha que coincide con el otoño, cuya característica principal es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o el comienzo de una nueva vida.
Esta enseñanza se propagó a través de los años junto con la adoración a su dios, el “señor de la muerte” o “Samagin”, a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, la salud, la prosperidad, la muerte...
Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. Es decir, la conversión no fue completa. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, al día siguiente, hizo que se mezclaran las celebraciones.
En lugar de recordar los buenos ejemplos de los santos y orar por los antepasados, estos días se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.
Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron la fiesta de Halloween en los Estados Unidos, donde forma parte destacada del folclore popular.
En este país se le añadieron diversos elementos paganos, tomados de los diferentes grupos de inmigrantes, hasta llegar a incluir las brujas, fantasmas, duendes, vampiros, calabazas y monstruos de toda especie.
En nuestros días, el trasfondo espiritual se ha perdido por completo y la fiesta se ha secularizando.
Apoyándose en la magia de los dólares y la necesidad de vender, Halloween se ha transformando en una noche de fiesta pagana, en la que imperan los sustos, el terror y los disfraces y adornos por encima del sentido primigenio de la festividad.
Desde el Nuevo Continente, esta celebración mundana se ha propagado por todo el mundo, transformando la alegría cristiana en el miedo a la muerte.
Así pues, un año más, en la víspera del Día de Todos los Santos, en muchos pueblos y ciudades del mundo la noche se poblará de monstruos, momias y fantasmas, de inquietantes espectros con ganas de juerga hasta que el esqueleto aguante.
También de pandillas de chicos, que al amparo de la oscuridad y de un disfraz más o menos original, aporrearán las puertas de sus vecinos para llenar sus bolsillos de golosinas y de alguna que otra moneda.
Pero quien es cristiano, no se debe olvidar lo que realmente se conmemora en la solemnidad de Todos los Santos y, al día siguiente, en la celebración de los Fieles Difuntos.
Y en los hogares es una oportunidad para hablar del don de la vida y del verdadero sentido de la muerte. Si le gustan los postres, también podrá disfrutar de los buñuelos de viento, los huesos de santo y otros tipos de dulces tradicionales.
National Geographic cree que unos restos óseos podrían ser de unos santos mártires del siglo III
Los esqueletos podrían ser de Crisanto y Daría, dos mártires casados de Roma y que fueron enterrados vivos por hacer apostolado.
NATIONAL GEOGRAPHIC,-
Los investigadores que participan en un documental de National Geographic afirman que los dos esqueletos que se investigan en este filme podrían pertenecer a dos santos mártires casados del siglo III en Roma.
"Toda la evidencia que hemos reunido sobre estas reliquias nos muestran que serían los restos de Crisanto y Daría", señala el líder de la investigación de la Universidad de Génova, Ezio Fulcheri.
Fulcheri explicó además que "esta ha sido una oportunidad que se da muy poco, para estudiar huesos y otras reliquias que se relacionan directamente a una historia cuando ya han pasado casi 2000 años. Lo completo de los esqueletos también es extraño en mártires de ese tiempo, lo que implica que fueron protegidas y veneradas totalmente desde el principio".
Estos restos, compuestos de unos 150 huesos, fueron encontrados en 2008 en la cripta de la Catedral de la ciudad italiana de Reggio Emilia, al norte del país. Las pruebas para averiguar su "edad" arrojan que están entre los años 80 y 340 DC.
El productor general del documental "Explorador: Misterio de los Santos Asesinados", que se estrenó en Estados Unidos el 19 de abril, señaló que "esta es la primera vez que podemos probar la autenticidad de lo que se cree son reliquias de un santo. Para nosotros ha sido un privilegio hacer parte de esto".
Sin embargo, añadió, "también es posible que estos huesos no sean reales" debido a que en la Edad Media se generó un mercado negro de reliquias.
El obispo Auxiliar de Reggio Emilia, monseñor Lorenzo Ghizzoni, quien también aparece en el documental, asume asimismo este riesgo y comenta que en caso de darse el caso de que los restos sean falsos, "será destruidos porque eso sería ciertamente escandaloso para los fieles".
Crisanto y Daría
La tradición cuenta que Crisanto era el hijo único de un senador romano de Alejandría. Creció en Roma y se convirtió al cristianismo. Su padre desaprobó esta conversión y lo obligó a casarse con una sacerdotisa pagana de nombre Daría para tratar de hacerlo desistir en su nuevo camino de fe.
Sin embargo, Daría se convirtió a la fe de su esposo y se dedicaron juntos a convertir a miles al cristianismo.
Las autoridades romanas los arrestaron por proselitismo y los enterraron vivos en Roma cerca del año 283.
Las excavaciones en Iznik continúan revelando valiosos testimonios de la vida de los primeros cristianos en Anatolia.
IZNIK, Turquía.
Un excepcional descubrimiento arqueológico ha sacudido los cimientos de la historia del cristianismo primitivo. En la necrópolis de Hisardere, ubicada en el distrito de Iznik, la ciudad que históricamente conocemos como Nicea, se ha desenterrado un fresco datado en el siglo III d.C. que representa a **Jesús como el Buen Pastor**.
Este hallazgo, realizado en una tumba hipogea subterránea, no solo es significativo por su antigüedad, sino por ser la primera imagen de este tipo documentada en la región de Anatolia, corazón histórico y geográfico del cristianismo oriental.
La figura, que muestra a un Jesús joven, sin barba y con vestimenta de estilo romano, portando un cordero sobre sus hombros, ofrece una ventana directa a las creencias y el arte de las comunidades cristianas justo antes de la legalización del culto.
El Contexto del Hallazgo: Una Tumba del Cristianismo Pre-Constantiniano
El fresco fue encontrado en una cámara funeraria que data de una época crucial: el siglo III d.C. En este periodo, el cristianismo aún operaba en la clandestinidad dentro del Imperio Romano, enfrentando persecuciones intermitentes que solo terminarían con el Edicto de Milán en el año 313 d.C. y la convocatoria del Concilio de Nicea en el 325 d.C.
La necrópolis de Hisardere, por lo tanto, conserva los restos de una comunidad que profesaba su fe con discreción, dejando símbolos de esperanza en sus lugares de descanso final. El hecho de que la tumba se encuentre cerca de donde se celebró el fundamental Concilio de Nicea 50 años después añade una capa de significado histórico y geopolítico incalculable al descubrimiento. Permite a los investigadores trazar la evolución de la identidad cristiana en la ciudad que, más tarde, jugaría un papel decisivo en la formulación del dogma de la Santísima Trinidad.
Los detalles técnicos del hallazgo revelan que la tumba era un *hipogeo* con una *klinē* (lecho funerario) adosada al muro norte, una combinación de tradiciones funerarias locales y romanas. Es en el muro de esta cámara, justo detrás del lecho, donde se encontró el fresco. La composición de la escena, simétrica y cuidadosa, no solo es una obra de arte, sino una declaración teológica.
Este tipo de hallazgos son raros y ofrecen una información precisa sobre la cultura material y la espiritualidad de los cristianos que vivieron durante el período de transición del paganismo a la afirmación de la fe. Los arqueólogos, al descifrar estos restos, están recuperando no solo piezas históricas, sino fragmentos de la "santidad anónima" de los primeros fieles, tal como lo ha mencionado el Papa León XIV en recientes cartas apostólicas.
El Significado del Buen Pastor en el Arte Paleocristiano
La imagen del Buen Pastor es, sin lugar a dudas, uno de los motivos más simbólicos y recurrentes del arte paleocristiano. A diferencia de las representaciones posteriores que muestran a un Cristo más maduro, barbado y hierático, el arte temprano adopta la tipología del *Crióforo* (el portador del cordero), una figura de origen clásico greco-romano que representaba la filantropía y la guía.
Los cristianos primitivos, en un ejercicio de **inculturación creativa**, adoptaron esta imagen y le infundieron un profundo significado bíblico, basándose en el Evangelio de Juan (10, 11-18) —"Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas"— y en la parábola de la oveja perdida (Lucas 15, 4-7).
Jesús Buen Pastor
Esta representación iconográfica no era solo un adorno, sino una poderosa afirmación de fe en un contexto de vulnerabilidad. Simbolizaba la protección, la guía y, lo más importante en un contexto funerario, la promesa de la salvación y la vida eterna. El Buen Pastor es el protector que sale a buscar a la "oveja descarriada" (el pecador) y la devuelve al redil, ofreciendo consuelo a los creyentes en la hora de la muerte. Su popularidad en las catacumbas y sarcófagos de los siglos II al IV se debe precisamente a este mensaje de esperanza y a la naturaleza alegórica que permitía a los cristianos expresar su fe sin recurrir a imágenes directas de la crucifixión, que eran culturalmente inapropiadas en el arte de la época. El hallazgo en Iznik subraya que esta iconografía esencial ya estaba firmemente arraigada en Anatolia en una fecha muy temprana.
Implicaciones para el Estudio de la Historia de la Iglesia
El descubrimiento del fresco de Jesús como Buen Pastor en la necrópolis de Hisardere abre nuevas y apasionantes vías de investigación. En primer lugar, confirma la existencia de una comunidad cristiana sólida y organizada en Nicea ya en el siglo III, mucho antes de que el emperador Constantino la eligiera como sede del primer concilio ecuménico. En segundo lugar, dado que esta es la primera evidencia artística de este tipo en Anatolia, ofrece pistas sobre la difusión y la adaptación de los modelos iconográficos romanos en Oriente.
El estudio riguroso del fresco permitirá entender mejor la formación de la iconografía cristiana en Oriente.
La presencia de esta figura de Jesús en Nicea tiene una resonancia especial con la reciente visita del Papa León XIV y el Patriarca Bartolomé I, quienes conmemoraron el 1700 aniversario del Concilio en este mismo lugar. El Concilio del 325 d.C. definió la divinidad de Cristo; este fresco del siglo III, en cambio, subraya su humanidad cercana y protectora, mostrando cómo la *identidad* de Jesús se construía a nivel popular mucho antes de ser definida a nivel dogmático.
El hallazgo representa un puente tangible entre la fe vivencial de las primeras comunidades y la alta teología que se formuló décadas después. La tumba y su arte no solo son piezas de museo, sino una fuente viva de inspiración para el ecumenismo actual, que busca la unidad a partir de la fe compartida en Jesucristo, el Pastor que da la vida por sus ovejas.
Por El Debate, 13 de diciembre de 2025. Un invaluable testimonio del arte paleocristiano en Anatolia.
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"No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo”
Este 22 de octubre se celebra la memoria de San Juan Pablo II. La fecha coincide con el día de la Misa de Inicio de su pontificado, en 1978, 6 días después de su elección.
El pontificado de Juan Pablo II duró 26 años. Fue uno de los más largos de la historia. Su tumba es una de las más veneradas por los peregrinos que visitan Roma.
Juan Pablo II fue canonizado por el Papa Francisco junto a Juan XXIII el 27 de abril de 2014. Fue una de las ceremonias más concurridas de todos los tiempos en la plaza de San Pedro.
FRANCISCO
27 de abril, 2014
"Declaramos y definimos Santos a los Beatos Juan XXIII y Juan Pablo II y los inscribimos en el Catálogo de los Santos”.
El mes de octubre ha sido un período de abundantes celebraciones relacionadas con los últimos papas. El día 11 fue san Juan XXIII y una semana después, el 19, el Papa Francisco declaró beato a Pablo VI.
ALGUNOS DATOS DE SU PONTIFICADO
El Papa estuvo en el cargo más de 26 años y 5 meses, siendo el suyo el tercer pontificado más largo en los más de 2.000 años de historia de la Iglesia Católica Romana.
Se cree que el papado más prolongado fue el de San Pedro, quien presidió la Iglesia durante al menos 34 años. Hay varios Papas que reinaron durante un mes o menos en
Un hombre, Esteban II, fue elegido en 757 pero murió cuatro días después, antes de asumir oficialmente el cargo. El papado más corto en los tiempos modernos fue el de Juan Pablo l, predecesor de Juan Pablo II, quien sólo estuvo 33 días al frente de la Iglesia.
Durante su pontificado, el Papa Juan Pablo II ha:
- viajado un total de 1.247,613 kilómetros, ó 3,24 veces la distancia de la Tierra a la Luna, en viajes papales dentro y fuera de Italia
- realizado 104 viajes fuera de Italia
- visitado 129 países y territorios diferentes
- realizado 146 viajes en Italia
- realizado 301 visitas a parroquias en Roma
- pasado 822 días, o más de dos años y tres meses, fuera del Vaticano
- leído más de 20 mil discursos
- leído casi 100 mil páginas de discursos
- celebrado más de mil 160 audiencias generales en el Vaticano a las que han asistido más de 17,64 millones de personas.
- emitido más de 100 documentos importantes, incluyendo 14 encíclicas, 45 cartas apostólicas y 14 exhortaciones apostólicas.
- beatificado a mil 338 personas, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos
- canonizado a 482 personas, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos
- creado 231 cardenales, de los que 183 siguen vivos y 119 tienen menos de 80 años y pueden participar en el cónclave que elegirá a un nuevo Papa. De estos 119, 116 han sido nombrados por Juan Pablo II y sólo tres por Pablo VI, cuyo pontificado fue de 1963 a 1978
- reunido con más de mil 590 jefes de Estado o de Gobierno.
La mayor multitud reunida en una misa papal fue unos cuatro millones de personas en Manila en 1995.
El menor número de personas que acudieron a una misa papal fue de unas 200 durante un viaje a los países nórdicos en 1989.
Thomas Joseph White, O.P., rector del Angelicum (Universidad Pontificia de San Tomás de Aquino en Roma) y miembro de la Comisión Teológica Internacional, es uno de los teólogos más influyentes de la Iglesia. En esta entrevista concedida a Primeros Cristianos aborda sin tapujos las grandes cuestiones sobre el futuro de la teología y de la Iglesia, analizando con lucidez las corrientes culturales actuales y los desafíos de la sociedad moderna. Una conversación profunda, esperanzadora y reveladora de alto nivel sapiencial.
1. El renacer de la fe y de la teología
Entrevistador: Primera pregunta: el renacer de la fe y de la teología. Tras su reciente viaje a Francia, el Santo Padre habló de un renacimiento de la Iglesia, y los medios vienen señalando un resurgir católico en partes de Europa y en Estados Unidos. En su conferencia de ayer en Notre Dame University (Beauty, Wisdom, and Christ), usted señaló una tendencia muy alentadora: cada vez más jóvenes se matriculan en programas de teología. ¿Cree que estamos presenciando un verdadero resurgimiento teológico? Y si es así, ¿a qué atribuye ese afán de los jóvenes por comprender tan a fondo su fe?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que lo que estamos viendo es un resurgir del interés por las voces teológicas clásicas: los Padres de la Iglesia, los grandes pensadores medievales e incluso algunos pensadores modernos bastante clásicos, como John Henry Newman, Matthias Scheeben o Charles Journet.
Y la razón por la que vemos esto, creo, es que en la cultura hay un sentimiento de desarraigo y un deseo de perspectiva. La gente busca puntos de referencia fundamentales para volver a centrar el pensamiento en las cuestiones últimas, y trata de encontrar una orientación intelectual básica. Es algo normal tras la radical desestabilización de la inteligencia humana que han traído el posmodernismo y el cientificismo. La gente busca algún tipo de explicación fundamental de la realidad. En la Iglesia también hay una sensación de inestabilidad y la pregunta de qué permanece realmente. Por eso, tras la turbulencia de las últimas décadas que siguieron al Concilio Vaticano II, se percibe el deseo de encontrar alguna voz de la tradición que sea duradera.
Esto puede llevar a la tradición. Pero también puede llevar a un tradicionalismo artificial, superficial o sin matices históricos, o a una especie de miedo ante corrientes del conocimiento que podrían amenazar la tradición. En cambio, una comprensión profunda de la tradición permite ver principios vivos que perduran, lo que John Henry Newman llamó «vigor crónico»: el vigor crónico de la tradición intelectual de la Iglesia. Y permite, desde esa profundidad de conocimiento y esa estabilidad de comprensión, abordar las cuestiones contemporáneas. Creo que es la intuición de buscar algo así lo que anima a muchos jóvenes que hoy se dedican al estudio de la teología.
Entrevistador: Siendo usted uno de los teólogos más conocidos de la Iglesia y miembro de la comisión teológica internacional, ¿cuál cree que será la dirección de la teología en los próximos cien años?
Father Thomas Joseph White OP: Bueno, cien años es un futuro demasiado lejano para mí. Solo diría que creo que vamos a ver un interés continuado por los recursos tradicionales en el futuro previsible. Por ejemplo, el estudio de santo Tomás de Aquino está, a mi juicio, en ascenso en el mundo de habla inglesa. En el continente europeo no ocurre lo mismo. Algo de esto se ve en el mundo hispanohablante, pero en general, en el continente, sigue la idea de trabajar desde el paradigma —llamémoslo así— posmoderno, o desde recursos modernos, como el diálogo con Kant y Heidegger. No hay una nueva confianza en la recuperación de las voces premodernas en la misma medida que en el mundo de habla inglesa.
Esa tendencia del mundo de habla inglesa le está dando a la teología una especie de contrapeso o estabilidad, aunque quizá también sea una provocación. Creo que la verdadera pregunta será qué pasa con la teología continental europea y qué pasa en las nuevas Iglesias del Sur global. Hay una línea de pensamiento que quiere promover lo que podríamos llamar una teología contextual: una especie de ética revisionista, una teología dialéctica poscolonial, quizá marxiana —no marxista, sino marxiana—, sobre el poder y la redistribución del poder en la Iglesia. No creo que esa voz vaya a sostener una renovación profunda de la vida espiritual interior de la Iglesia: una renovación que ocurre a un nivel más hondo que el político, en el plano sacramental y místico, y mediante un trabajo a fondo con lo que podríamos llamar los temas metafísicos centrales.
¿Cuál es el sentido de la existencia humana? ¿Quién es Dios? ¿Quién es Cristo? ¿Qué es la gracia? En la próxima generación, esas preguntas las van a perseguir personas que estudien figuras clásicas como Agustín, Tomás de Aquino, Buenaventura y Newman. La alternativa a eso —o la siguiente revolución, por así decirlo— es imprevisible, pero creo que será algún tipo de síntesis: se intentará tomar la tradición y volver a dialogar con la filosofía contemporánea y la cultura secular, en algún término medio. No digo que apruebe ni que desapruebe nada de esto; solo hago una pequeña predicción.
2. Tomás de Aquino y los Primeros Cristianos
Entrevistador: A Tomás de Aquino se le asocia a menudo estrictamente con la Edad Media. Para nuestros lectores de Primeros Cristianos: ¿en qué medida es la teología tomista, en realidad, una maduración del pensamiento de los Padres de la Iglesia, y por qué las respuestas que dieron aquellos primeros concilios siguen siendo vitales hoy?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que Tomás de Aquino es uno de los grandes herederos del pensamiento de Agustín. Podría decirse que es el mayor pensador agustiniano, el más competente. Probablemente sea el intérprete más profundo de Agustín: una interpretación sin duda controvertida, porque recurre a Aristóteles, pero creo que, en definitiva, probablemente la más plena y rica. En segundo lugar, en cristología está en la escuela de los Padres griegos, profundamente influido por Cirilo de Alejandría, por Dionisio Areopagita y por Juan Damasceno.
En cierto modo, es difícil hacer que los Padres sean actuales o relevantes para el mundo de hoy sin pasar por la recepción escolástica. Pensemos en la recepción magisterial que recibe más tarde alguien como Agustín en el Concilio de Trento: cómo es la gracia cooperante —la gracia cooperante agustiniana, que obra a través de los sacramentos que nos santifican— o la gracia operante, que nos devuelve a la gracia o nos la da después del pecado original, después de la caída: el bautismo, la confesión. Para entender a Agustín a la luz del Concilio de Trento hace falta la recepción escolástica de Agustín. No se puede tomar a Agustín y, sin más, el Concilio de Trento sin algo como la escolástica.
O bien uno puede ignorar el Concilio de Trento y leer a Agustín. Pero no se puede ser realmente un cristiano moderno, después del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, sin el Concilio de Trento. No se puede entender qué es la vida sacramental sin Trento. Es solo un ejemplo. No se puede recibir el Vaticano II sin el Vaticano I y su doctrina sobre el primado papal. Y no se puede recibir la doctrina de la Revelación de Dei Verbum sin la doctrina de la Revelación de Dei Filius. Pero recibir Dei Filius, del siglo XIX, supone dialogar con el pensamiento escolástico sobre la fe y la razón. Si se quiere hacer eso con elegancia y profundidad, hace falta algo como Tomás de Aquino como parte de la historia.
Ahora bien, el engaño de los europeos, que es muy grave, sobre todo en el mundo de habla hispana, portuguesa, italiana y francesa —el mundo de las lenguas romances—, es pensar que Tomás de Aquino es irrelevante. Esto se debe a la radical desconfianza en sí mismo del catolicismo de estas culturas, a las que les falta convicción interior sobre su propia herencia y su nobleza. Así, relegamos a Tomás de Aquino o a Buenaventura, estas grandes figuras, a la arqueología: a figuras históricas, a vidas ejemplares de fe y razón del pasado. Pensamos que representan monumentos de la cultura. Y, mientras tanto, tratamos a Derrida, Althusser, Kant o Heidegger como si tuvieran la última y definitiva palabra en filosofía. Esto es, en realidad, una especie de pusilanimidad.
Es un pecado intelectual, una pusilanimidad que anima el espíritu europeo, creo, de maneras muy poco útiles. Porque la verdad es que estas grandes figuras del pasado cristiano y del pasado helenístico precristiano siguen siendo tan grandes como las mayores que hemos tenido en la vida intelectual. Decir esto hoy quizá parezca superficial, falto de sensibilidad ante los grandes desafíos de Kant, Hume, Hegel, Nietzsche, Freud y demás. Pero, en realidad, si uno dialoga de verdad con todas esas figuras modernas —a las que, me atrevería a decir, en las universidades de habla inglesa estamos expuestos primero—, una vez que lo ha hecho, e incluso antes que con las otras, y luego vuelve a Aristóteles, a Agustín o a Tomás de Aquino, ve que estos sencillamente son superiores.
Lo que nos falta es valor para tomar el gran saber de estas figuras del pasado y entablar hoy con él un diálogo dialéctico y profundo, en sentido aristotélico, sobre las cuestiones fundamentales que afrontamos a la luz de la ciencia moderna y de la filosofía moderna, y repensar de verdad la herencia del pasado, la sabiduría clásica. Si lo hacemos con lealtad, Tomás de Aquino es formidable. Por su comprensión filosófica de la lógica humana y de los procedimientos de la dialéctica y de la argumentación demostrativa; por su comprensión de lo que es realmente la ciencia y de lo que es la disciplina del estudio de un cuerpo de conocimiento; por su comprensión de la epistemología humana y su visión de la naturaleza humana; por su pensamiento sobre la vida moral humana y sobre qué son las virtudes intelectuales, morales y artísticas; por su comprensión de los fundamentos metafísicos profundos del conocimiento y de la ética humanos; por su comprensión de la armonía entre fe y razón, y por su comprensión de la viabilidad racional de la fe en Dios, así como de los fundamentos racionales para acoger la revelación divina.
Es realmente una figura fundamental de lucidez, de una relevancia perdurable. Decir esto hoy suena a una especie de… quiero decir, a uno lo acusan a menudo de algún tipo de fundamentalismo. Pero eso es ridículo. No es casualidad que figuras como Pablo VI, Juan Pablo II y el papa Francisco nos hayan dicho que el tomismo tiene un legado perdurable. No dialogar con él como una forma viva de pensamiento vuelve anémica la vida intelectual de la Iglesia. Así, en lugar de volvernos relevantes, nos volvemos cada vez más irrelevantes. Porque si somos solo otro fenomenólogo de segunda o un filósofo analítico de segunda que repite lo que dicen sus colegas para obtener acceptance social en la universidad, pero no somos figuras con una comprensión real de la sabiduría del pasado, no tenemos nada que ofrecer a la vida intelectual del mundo de hoy.
Deberíamos aspirar a ser grandes fenomenólogos y grandes filósofos analíticos. Pero deberíamos aspirar, ante todo y en primer lugar, a ser de verdad custodios de las tradiciones de sabiduría, que a mi juicio no han sido superadas. Estoy con personas como Pablo VI y Juan Pablo II al pensar que la sabiduría del pasado conserva una actualidad y una relevancia perpetuas. Y creo que una cultura que no ve eso es una cultura autodestructiva. Es una cultura de la desesperanza y, en último término, una cultura que desaparecerá. Sociológicamente, a la Iglesia solo la sostendrán quienes crean en su vitalidad. Y esas son las personas que…
Es muy parecido a la vida humana. Solo quienes creen en la vida humana transmiten la vida humana. Solo quienes creen en el patrimonio del catolicismo transmiten el patrimonio del catolicismo. Ante nosotros se está desplegando una tradición intelectual católica que se esteriliza a sí misma, y creo que no va a ninguna parte. Por eso soy muy crítico con todo eso. Pero creo de verdad que tenemos ante nosotros una gran promesa y una gran esperanza. Y es por mi optimismo por lo que también lanzo una especie de desafío: cambiar el rumbo de nuestra desesperanza, de nuestra desconfianza en nosotros mismos y de nuestra pusilanimidad, y abrazar la magnanimidad, la esperanza y un diálogo genuino con el pasado, que, bien llevado, es a mi juicio un verdadero diálogo con el futuro.
3. La necesidad de la metafísica
Entrevistador: La necesidad de la metafísica. Ayer, en la abertura de la Fall Conference en Notre Dame University, usted planteó una idea muy interesante: más que centrarse en la apologética, urge formar a los jóvenes católicos en metafísica, porque sin ella es imposible comprender de verdad la fe. ¿Podría desarrollar esta idea? ¿Por qué el pensamiento metafísico es hoy tan fundamental para los creyentes?
Father Thomas Joseph White OP: Creo que estamos ante un momento de profunda desorientación intelectual. Los custodios convencionales de nuestra vida intelectual han sido durante décadas ciertos puntos de referencia: sobre todo, el liberalismo cosmopolita poskantiano, el auge de la teoría posmoderna o el auge del cientificismo, basado en la confianza en las ciencias modernas como lugar privilegiado del conocimiento; y, en cierta medida, el marxismo, que ha sido uno de los principales vehículos para promover una comprensión ética de la historia y de las relaciones económicas y sociales en las generaciones pasadas. Todo eso, creo, hoy no logra ganar terreno como forma viable de pensar nuestra situación.
Y lo que se ve surgir entonces es el tribalismo: tribalismo nacionalista, tribalismo regionalista y una especie de nostalgia por la tradición local —local en un sentido amplio—, por el patrimonio nacional. Eso no es un vehículo capaz de sostener el sentido. En el fondo es algo bastante arbitrario, y también convencional. Es la esperanza de que en las convenciones de nuestro patrimonio nacional haya algunas verdades y valores no negociables que descubramos intuitivamente o que podamos recuperar. Eso es insuficiente. Así que no se superan de verdad todos estos desafíos si no se vuelve a la pregunta real de qué es la realidad. ¿Qué es ser un ser humano? ¿Qué significa la existencia?
¿Hay una bondad que precede a los juicios constructivistas de la mente humana? Es decir, ¿la ética es una cuestión de pura voluntad de poder o de constructivismo de la sociedad humana? ¿O se basa en la bondad de una naturaleza que nos precede y que sabemos apreciar? ¿Están la belleza moral y la belleza estética inscritas en la estructura misma de las cosas? ¿O es la belleza un proyecto completamente subjetivo, lo cual, creo, es en último término una especie de perspectiva de desesperanza estética?
Creo que los jóvenes se están dando cuenta cada vez más de que su mente no puede usarse solo de manera utilitaria para perseguir los bienes del mercado. No pueden ser solo consumidores del capitalismo liberal moderno. No pueden ser solo instrumentalizados por la ideología política ni alimentados con basura a través de los argumentarios en línea de ese combate de ideas superficiales que nos llega en oleadas por internet. Por eso buscan algo más profundo que les dé fundamento. Por supuesto, hay muchas víctimas de la superficialidad, de las formas de superficialidad a las que me refiero. Pero también hay personas que salen de ella buscando una estructura metafísica de comprensión más profunda.
Tampoco se puede hacer realmente teología si el intelecto humano no tiene modo de pensar el misterio trascendente de Dios. Y no lo tiene si no puede pensar metafísicamente —y, diría como tomista, analógicamente— sobre el ser, el bien, la verdad, la unidad y la belleza. Así que necesitamos recuperar en nuestro pensamiento esa conexión metafísica con la realidad para poder también acoger la revelación divina y cooperar con ella. Sin alguna dimensión metafísica de referencia en la mente humana, no hay realmente una cooperación sagrada del intelecto con la revelación divina: consagrar el intelecto a Dios para que el corazón lo siga, conocer a Dios para poder amarlo. La metafísica es esencial como dimensión de la teología sagrada. Por eso creo que el deseo de cooperar con la inteligibilidad de la fe implica, en último término, una apertura a las cuestiones metafísicas.
4. Como en los primeros tiempos, evangelizar una cultura poscristiana
Entrevistador: Los primeros cristianos evangelizaron una cultura grecorromana que consideraba su fe una necedad. Hoy nos enfrentamos a una cultura poscristiana. ¿Cómo debería un católico de hoy integrar la razón y la ciencia, y dialogar con el escepticismo moderno, sin diluir la fe?
Father Thomas Joseph White OP: Tengo varias ideas al respecto. En primer lugar, diría que la evangelización es un arte, no una ciencia. Aunque se sirve de la ciencia —del conocimiento histórico, intelectual, filosófico y teológico—, hay un arte de hablar con las personas según dónde están y quiénes son, de escucharlas y de intentar comprenderlas. Y ese arte no se domina al primer intento. Se domina practicándolo toda la vida, como se haría con un instrumento musical. Uno se vuelve más hábil, más diestro en el arte de la evangelización, que consiste en buscar el bien de la otra persona. Amar es querer el bien del otro. Evangelizar es querer el bien del otro.
Y es también una especie de confianza en uno mismo ante Dios como portador de la verdad, como servidor de la verdad. Servidor, no dueño. Así que creo que se trata de llegar a ser cierto tipo de persona, de escuchar a los demás y de buscar amarlos y ayudarlos. Y no se puede tener miedo a fracasar. Si no empiezas, no tendrás éxito. Si empiezas, fracasarás antes de tener éxito, o a veces fracasarás. Así que tenemos que superar el desánimo y la inseguridad. Es un proyecto demasiado importante.
Creo que hablar de la felicidad es uno de los puntos de partida más importantes. La gente se da cuenta de que la felicidad es algo esencial de buscar y difícil de encontrar. Y los católicos venimos de una tradición que enseña que la felicidad se puede encontrar, y que nos enseña cómo alcanzarla, incluso en la adversidad o en medio de un gran sufrimiento. ¿Qué es encontrar la felicidad de poseer a Dios y de buscar a Dios, de buscar la verdad y el amor a las demás personas, de buscar la amistad, la justicia, la misericordia y el perdón? Hay una felicidad en el catolicismo. Y creo que es algo de lo que deberíamos poder hablar filosófica y teológicamente.
Creo que también deberíamos tratar de presentar nuestra propia postura intelectual de hoy como poscínica, es decir, como una postura que deja atrás el cinismo. Tras el desengaño que siguió al colapso del marxismo, muchos intelectuales en Europa se enfrentan a un cinismo profundo. Por extraño que suene a oídos católicos, para muchos el marxismo fue un movimiento idealista. Así que, cuando la clase intelectual no logró alcanzar lo que consideraba un régimen superior —llamémoslo socialismo moderado, el socialismo moderado de Europa occidental, una mezcla entre el lado estadounidense y el soviético—, cayó en la rutina del cinismo y en la resignación ante el auge de una cultura capitalista que, a su juicio, no tiene valores trascendentes.
Necesitamos un enfoque poscínico para volver a abordar las preguntas fundamentales de la civilización occidental que surgieron en el patrimonio de la filosofía helenística. Preguntas muy básicas que ya están en los trágicos, en los presocráticos, en Sócrates, Platón y Aristóteles: renovar una alianza con las preguntas profundas sobre la verdad, la justicia y el bien. Y luego ver en los Padres de la Iglesia, como Agustín, un diálogo profundo con esa filosofía helenística. Creo que Tomás de Aquino es uno de los grandes maestros en esto, pero también hay muchas grandes voces modernas que nos enseñan a creer con valentía en la grandeza del alma humana.
La grandeza de las preguntas del alma humana y de su búsqueda de sentido: no verla de manera cínica ni desesperanzada, sino de una manera poscínica y, en realidad, fresca, nueva, como un camino para pensar que hay una búsqueda de la verdad, que hay una búsqueda de Dios y que el cristianismo es un camino. Así se le llamaba al principio: «el Camino». La ortodoxia es, por así decirlo, un camino recto; eso es lo que suele denotar la palabra. Así que buscamos el camino recto hacia la verdad, hacia el bien, y para poseer la belleza. Creo que hablar de eso con la gente de manera poscínica es clave para la evangelización.
5. Belleza, arte, música y cultura popular
Entrevistador: Los primeros cristianos usaron los símbolos y la belleza para transformar su entorno. Usted no solo es teólogo, sino también banjista de los Hillbilly Thomists. ¿Qué papel desempeñan hoy el arte, la música y la cultura popular en la misión de atraer los corazones a Cristo?
Father Thomas Joseph White OP: Bueno, déjeme decir una cosa grande y luego una sencilla. Lo grande que me gustaría decir es que la recuperación de la ética de las virtudes en la filosofía moderna ha sido decisiva para recuperar una forma más profunda de pensar la ética. Incluso entre muchas personas seculares se ha llegado al consenso de que necesitamos pensar la teoría de las virtudes. Creo que podemos recuperar un sentido más profundo de la metafísica hablando de naturalezas y propiedades, de la existencia y de los fundamentos metafísicos de la ética.
Lo que no hemos hecho tanto es pensar la metafísica de la belleza y cómo el arte invita a la persona a contemplar el mundo como algo lleno de sentido. La belleza natural del mundo precede a la belleza de las obras humanas, y esta rinde homenaje a la belleza natural. Ese juego entre la belleza natural y la de las obras humanas es un juego entre lo que Dios nos ha dado y lo que los seres humanos toman luego de ello para engrandecer la belleza de la creación o señalar hacia ella, como una forma de pensar la belleza del alma humana y de honrar lo que Dios nos ha dado en el mundo. Por eso creo que la belleza debería estar más en la vanguardia de la Iglesia.
Y creo que debería influir en la sagrada liturgia, cualquiera que sea la forma de la misa que celebremos. Pero también en la cultura humana común. La música folk irlandesa de los siglos XIX y XX sostuvo a los irlandeses bajo una gran presión política y les dio una forma católica de —yo lo llamaría así— vida social común elevada: a través del baile irlandés, de la celebración irlandesa de la vida y del duelo por las penas, por los elementos dolorosos de la vida. Esa mezcla de alegría, comedia y tragedia que sostuvo a una cultura en la adversidad allá por el siglo XIX y comienzos del XX. Así que la música es un ejemplo de cómo podemos tener formas de música elevadas y solemnes, pero también, podríamos decir, música para el tiempo ordinario, música en la vida ordinaria.
Y lo sencillo que diría sobre la música y mi propia experiencia con ella es que no busco componer ni tocar música principalmente para evangelizar. La toco para celebrar la existencia humana. Y es algo lúdico: un deleite en simplemente ser, en jugar con las cualidades de la música y de los instrumentos, en disfrutar tocando con otras personas, en el humor, en celebrar lo humorístico, y también en llorar, de forma lúdica, las dimensiones trágicas de la existencia humana. Y diría que no a un nivel muy profesional, ni de una manera particularmente sublime o sofisticada. Pero creo que aprender a hacer eso, a celebrar musicalmente la vida ordinaria, es una forma en la que acabo explorando ideas religiosas: no exactamente por accidente, sino como resultado de pensar qué significa ser un ser humano, simplemente a través del formato quizá modesto de la música popular.
Entrevista en inglés realizada por Josep del Hierro Dies, en la Fall conference 2026 del de Nicola Center for Ethics and Culture de la Universidad de Notre Dame dirigido por Jennifer Newsome Martin.
Fotografías cedidos por el de Nicola Center for Ethics and Culture, fotógrafo: Peter Ringenberg. Traducción: José Luis Coto Irrázabal, ayudado de la IA. Redacción: Alberte Leis Vidal
¿Sabes quién era San Lucas?
Lucas, antioqueno de Siria, de profesión médico, fue discípulo de los Apóstoles; más tarde siguió a San Pablo hasta el martirio de éste. Sirvió al Señor sin falta, no tuvo mujer ni engendró hijos; murió en Beocia lleno del Espíritu Santo a la edad de ochenta años. Sus huesos fueron trasladados a Constantinopla, y de allí a Padua. Por inspiración del Espíritu Santo escribió uno de los cuatro Evangelios en la región de Acaya.
Los testimonios de la antigüedad (Prólogo antiguo, Prólogo monarquiano, Eusebio, San Jerónimo) lo consideran originario de Antioquía de Siria, y hacen poco probables las opiniones que lo tienen por filipense o antioqueno de Pisidia. Erade familia gentil, según se desprende de la mención de San Pablo en su Epístola a los Colosenses (4,14) que lo contrapone a los «que provienen de la circuncisión». Lucas era miembro de la comunidad cristiana de Antioquía cuando el año 42 se presentó allí Agabo profetizando el hambre que había de suceder en Palestina.
Algunos autores han creído poder demostrar que San Lucas era médico de profesión, por el vocabulario médico que emplea San Lucas en el tercer Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles.
La tradición, mucho más tardía, lo hace pintor. La primera noticia sobre el particular es de Teodoro, lector de la Iglesia de Constantinopla, el cual en el s. VI refiere que la emperatriz Eudoxia le regaló a Pulqueria un cuadro de la Virgen pintado por Lucas evangelista en Jerusalén. El cuadro en cuestión, que se conserva en Santa María la Mayor de Roma y se venera bajo el título de Salus populi romani, es claramente de época bizantina.
Por lo demás, San Agustín aseguraba que en su tiempo no se conocía la cara de la Virgen. De todas formas es evidente que si Lucas no pintó el rostro exterior de la Señora, en su relato sobre la infancia de Jesús nos dejó el mejor retrato del interior del alma de la Virgen.
San Lucas no conoció al Señor personalmente. Así lo afirma expresamente el Canon de Muratori a mediados del s. II, y lo da a entender el propio evangelista cuando en el prólogo de su Evangelio se contrapone a los testigos oculares.
Fue compañero de viajes de San Pablo.En el segundo viaje apostólico, a raíz de una visión que San Pablo tiene en Troas, se narra, en primera persona, el viaje desde esta ciudad a Filipos, donde Lucas debió de quedarse, porque a partir de aquí la narración sigue en tercera persona.
Y, en efecto, a la vuelta del tercer viaje, mientras Pablo y varios de sus compañeros hacen por tierra el viaje desde Filipos otra vez a Troas, el autor vuelve a narrar en primera persona de plural su viaje por mar para reunirse con San Pablo en esta última ciudad. Cuenta, pues, el viaje por mar hasta Asson, donde Pablo, que había continuado por tierra, se les une y juntos siguen a Mitilene, Samos, Mileto, Coum, Rodas, Patara,
Aunque a partir de aquí deja de hablar en primera persona, parece que Lucas permaneció en Jerusalén durante la cautividad de San Pablo en Cesarea, porque cuando éste, cautivo, embarca rumbo a Roma, el relato prosigue en primera persona, describiendo el viaje por mar hasta la Capital del Imperio.
Las dos menciones explícitas que San Pablo hace de él en sus Cartas muestran que Lucas lo acompañó durante sus dos cautividades en Roma. Otra alusión en la pluma de Pablo, probable para algunos, se encontraría en 2 Cor 8,18; el Apóstol anuncia el envío a Corinto de un «hermano, cuyo renombre a causa del Evangelio se ha extendido por todas las iglesias» y que acompañará a Tito. Aunque se trate de Lucas, no parece probable que se refiera al Evangelio escrito, sino a la predicación oral.
«Lucas, antioqueno de Siria, de profesión médico, fue discípulo de los Apóstoles; más tarde siguió a San Pablo hasta el martirio de éste. Sirvió al Señor sin falta, no tuvo mujer ni engendró hijos; murió en Beocia lleno del Espíritu Santo a la edad de ochenta años. Sus huesos fueron trasladados a Constantinopla, y de allí a Padua.
Habiendo ya sido escritos los evangelios de Mateo en Judea y de Marcos en Italia, por inspiración del Espíritu Santo escribió este Evangelio en la región de Acaya. Él explicaba al principio de su evangelio que otros habían sido escritos antes del suyo, pero que le había parecido necesario exponer a la atención de los fieles de origen griego un relato completo y cuidado de los acontecimientos...».
"La unidad de la iglesia debe reflejar la unidad de Dios"
Benedicto XVI presenta a san Ignacio de Antioquía, "Doctor de la unidad"
Prosiguiendo la catequesis sobre los padres apostólicos, Benedicto XVI habló en la audiencia general de San Ignacio de Antioquia. La audiencia se celebró en la Plaza de San Pedro y asistieron a ella alrededor de 25.000 personas.
San Ignacio fue obispo de Antioquia del año 70 al 107 de nuestra era y en esa ciudad "fue donde por primera vez -dijo el Papa- los discípulos recibieron el nombre de cristianos". Condenado a ser devorado por las fieras, fue trasladado a Roma para que esa sentencia se ejecutase y en el camino aprovechó de su paso por diferentes ciudades para reafirmar la fe de los cristianos que habitaban allí.
"Ningún padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo de unión con Cristo y a la vida en El", observó el Papa, explicando que en San Ignacio confluyen "dos corrientes espirituales: la de Pablo, que tiende a la unión con Cristo y la de Juan, concentrada en la vida en El. A su vez, estas dos corrientes se unen en la imitación de Cristo".
"La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo funda una verdadera y propia mística de la unidad", prosiguió Benedicto XVI, y recordó que en las siete cartasque el obispo antioqueno escribió durante su viaje hacia Roma repite a menudo que "Dios existiendo en tres personas es Uno en absoluta unidad" y dice a los cristianos que "la unidad que tienen que realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más conforme posible al arquetipo divino".
"Se advierte en (...) Ignacio una dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los roles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre ellos mismos y sus pastores, se refuerza constantemente mediante (...) analogías" tomadas de la música, como "la cítara, las cuerdas, (...) la sinfonía".
"Es evidente la responsabilidad peculiar de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. Para ellos es válido ante todo el llamamiento al amor y la unidad".
"Con razón Ignacio es llamado "doctor de la unidad" -exclamó el Papa-, y (...) en definitiva su "realismo" invita a los fieles de ayer y hoy a realizar una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (...) y compromiso con su Iglesia (unidad con el obispo y apertura al mundo) (...) entre comunión de la Iglesia en su interno y misión, que es la proclamación del Evangelio a los demás".
El 15 de octubre es la fiesta de Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia. Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general del 2 de febrero de 2011 a su vida y enseñanzas.
BENEDICTO XVI
"Santa Teresa de Jesús vivió entre mil quinientos quince y mil quinientos ochenta y dos. Ya desde niña, tuvo un gran anhelo de ver a Dios; pasada la adolescencia, la lectura de autores espirituales la inician en el recogimiento y la oración. Con veinte años, se hace monja carmelita. Las graves enfermedades se unen a una lucha interior que culmina a la edad de treinta y nueve años. A partir de entonces, comienza a describir experiencias de profunda unión con Dios.
Paralelamente, la Santa inicia y desarrolla la reforma de su Orden. En mil quinientos sesenta y dos, funda en Ávila el primero de los diecisiete monasterios carmelitas que instituirá durante su vida. Con san Juan de la Cruz, trazará la reforma de los frailes de la Orden. A pesar de no tener una formación académica, la Santa hizo tesoro de buenas lecturas, conoció a muchos santos y bebió de los Padres de la Iglesia.
Entre sus obras, destacan el Libro de la vida, en el que presenta su alma a san Juan de Ávila; Camino de perfección, dedicado a sus religiosas como programa espiritual y, su gran obra de madurez, El Castillo interior o las Moradas, en la que muestra el desarrollo de la vida cristiana hacia la santidad.
En su espiritualidad destaca la perfección como aspiración de toda la vida cristiana. En ella confluyen su visión de la humanidad de Jesús y su relación con Él en la oración, la escucha viva de la Palabra, su amor a la Iglesia y las virtudes evangélicas como base de toda vida cristiana”.