¿Quiénes son los primeros cristianos documentados de Sevilla?
La tradición cuenta que el apóstol Santiago pasó por estas tierras, aunque la memoria más antigua de cristiandad en Hispalis es la sangre derramada por las mártires Justa y Rufina en la ciudad
A comienzos del siglo IV, un hombre llamado Sabino estampó su firma en las actas de un concilio en Elvira, la antigua Ilíberis, en el entorno de la actual Granada. Lo hizo con un título: obispo de Hispalis. Sevilla tuvo diócesis desde la época en que el cristianismo era clandestino y perseguido, cuando profesar la fe de Cristo podía costar la vida. En el 313, Constantino y Licinio concedieron la libertad de culto, y el cristianismo se oficializó con el emperador Teodosio —hay quien defiende que era de Itálica— en el 380. La arqueología, mientras tanto, lleva décadas buscando las primeras basílicas paleocristianas de la ciudad sin hallarlas con certeza. Esta es la historia del origen del cristianismo en Sevilla.
¿Un apóstol a orillas del Baetis?
La pregunta ha desvelado a generaciones de eruditos: ¿predicó algún apóstol en la Bética? San Pablo, al menos, lo planeó. En su Carta a los Romanos, escrita hacia el año 57, anuncia dos veces su propósito de viajar a Hispania, frontera occidental del mundo conocido. El papa Clemente de Roma escribió hacia el año 96 que el apóstol predicó «hasta el confín de Occidente», y el fragmento de Muratori, a finales del siglo II, da por sabida su partida hacia Hispania. Indicios serios que aún dividen a la historiografía, aunque quienes aceptan el viaje lo sitúan en Tarraco, no en el valle del Baetis. Lo de Santiago es eco de leyenda: su predicación hispana no se documenta hasta el siglo VII. Pero la tradición gaditana, recogida por fray Gerónimo de la Concepción en 1690, cuenta que el Apóstol desembarcó en el templo de Hércules consagrándolo a San Pedro: de ahí el nombre de Sancti Petri.
Quien entrara por Gades en la Antigüedad y buscara el interior solo tenía un camino: la Via Augusta, que salía de Gades hacia Hispalis. Si Santiago pasó por Gades, lo más probable es que pasase por Hispalis. La leyenda de los siete varones apostólicos completa el cuadro: siete discípulos ordenados en Roma por Pedro y Pablo, enviados a evangelizar la Bética, donde entraron por Acci, la actual Guadix. Sevilla tuvo además su propio eslabón apostólico: San Geroncio, legendario primer obispo de Itálica, muerto en prisión por su fe. Leyenda con un poso real: en el siglo VII, la vida de San Fructuoso de Braga da fe de una basílica cristiana alzada en Itálica en honor de Geroncio.
Los primeros cristianos con nombre
Durante los siglos I y II d. C., la fe cristiana se propagó por el Mediterráneo. No existe documentación de cristianos en la Hispalis de ese momento, lo que en absoluto quiere decir que no los hubiera. Debieron de llegar como llegaba todo: con los barcos y las mercancías. La Bética exportaba aceite a Roma y comerciaba con el norte de África, y por esas rutas marítimas, además de los productos, circulaban las ideas.
Las primeras menciones del cristianismo en Hispania vienen de fuera: hacia el año 180, Ireneo de Lyon da por establecidas iglesias en las Españas, y Tertuliano, hacia el 200, presume de que la fe de Cristo ha alcanzado «todos los confines de las Hispanias». La primera prueba documental firme llega en el 254: una carta de San Cipriano de Cartago a las comunidades de León-Astorga y Mérida, con obispos, clero y fieles perfectamente organizados. En el 259 arde en el anfiteatro de Tarraco el obispo Fructuoso con sus dos diáconos: sus actas de martirio, tenidas por auténticas, son el relato más antiguo conservado de un martirio hispano.
¿Y Sevilla? Su primera crónica es también martirológica. Las páginas de la passio de las santas Justa y Rufina —relato de época visigoda— nos cuentan el martirio de las dos alfareras que se negaron a rendir culto a Salambona y lo pagaron con la vida ante el gobernador Diogeniano. El texto es tardío y legendario en muchos pliegues, pero el culto es antiquísimo: las dos santas figuran ya en el martirologio jeronimiano, el gran catálogo del siglo V que inventariaba a los mártires de toda la Iglesia occidental. Cuando Hispalis entra en la historia cristiana, lo hace desde el martirio.

Recreación de una Eucaristía doméstica en la Hispalis de los primeros siglos.
Sabino: el primer obispo sevillano documentado
Hacia el año 300 —la fecha se discute: la mayoría la sitúa entre el 300 y el 306— diecinueve obispos, béticos en su mayoría, y una veintena larga de presbíteros convergieron en Elvira/Ilíberis, cerca de la actual Granada. Y entre los signatarios aparece una firma sevillana: «Sabinus episcopus Hispalensis». Sabino, obispo de Hispalis, primer prelado sevillano con respaldo documental. No es un desconocido para esta historia: el Pasionario hispánico cuenta que fue él quien rescató los cuerpos de Justa y Rufina y les dio sepultura en el cementerio llamado después prado de Santa Justa, el solar donde hoy se levanta la estación que hereda el nombre.
Su firma es la documentación más antigua de la diócesis de Sevilla —lo que no significa que la sede no fuera anterior—, y conviene fijarse en el momento: el concilio se reunió en los años de la persecución más feroz contra los cristianos, la de Diocleciano, desatada en el 303, la que llevó al martirio a Santa Lucía en Siracusa, a Santa Eulalia en Mérida, a Santa Inés en Roma, a San Servando y San Germán en Cádiz... Justa y Rufina habían muerto antes: la tradición las sitúa en el 287.

La Iglesia no nació en la legalidad: ser cristiano antes del 313 era un ejercicio de fe y de valentía que te podía costar, literalmente, el cuello.
De secta perseguida a religión del Imperio
A comienzos del siglo IV se desató la tormenta contra los cristianos: la gran persecución de Diocleciano, decretada en el 303, la más sistemática de cuantas sufrió la Iglesia. Fue también la última. En el 312, junto al puente Milvio, a las puertas de Roma, Constantino derrotó a Majencio tras avistar en el cielo el signo de Cristo con el lema «in hoc signo vinces» («con este signo vencerás»). Verdad, milagro o leyenda, un año después el edicto de Milán concedía la libertad de culto en el Imperio romano: los cristianos perseguidos podían salir a la luz.
El cristianismo era legal. En el 325, el propio emperador convocó en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia para atajar la herejía arriana, que negaba la plena divinidad de Cristo, y quien dirigió sus sesiones fue un bético: Osio de Córdoba, el viejo obispo que había firmado en Elvira junto a Sabino y que había padecido aquella persecución.
El paso definitivo llegó en el 380, cuando el emperador Teodosio proclamó en el edicto de Tesalónica que la fe de Nicea era la religión oficial del Imperio; el concilio de Constantinopla la refrendó al año siguiente. Y aquí la historia guiña un ojo a Sevilla: Teodosio era hispano. Las dos fuentes antiguas que hablan de su nacimiento —Zósimo, historiador pagano que escribió siglo y medio después, e Hidacio, obispo y cronista hispano del siglo V— lo hacen nacer en Cauca, actual Coca (Segovia), entonces en la Gallaecia romana. Pero Alicia Canto, catedrática de Epigrafía de la Universidad Autónoma de Madrid y correspondiente de la Real Academia de la Historia, defendió con serios argumentos que su cuna estuvo en Itálica, la patria de Trajano, apoyándose entre otros en Claudiano, poeta oficial de la corte de Honorio —el hijo de Teodosio—, cuyas alusiones a la familia imperial apuntan a la Bética. Lo indiscutible es el vuelco: en apenas tres generaciones, los cristianos de Hispalis pasaron de ocultar su fe a profesarla con respaldo imperial. Ya no necesitaban discreción: necesitaban templos. Y se levantaron las basílicas.
Las primeras basílicas de Hispalis
La paradoja es notable: sabemos que la Hispalis del siglo IV se llenó de cristianos, pero sus primeros templos se resisten a la arqueología, porque la ciudad lleva dos mil años construyéndose sobre sí misma. El candidato más debatido está en el corazón del Alcázar. En 1974, Manuel Bendala e Iván Negueruela excavaron en el Patio de Banderas e interpretaron unas piletas romanas como el baptisterio de una basílica paleocristiana, acaso el primer conjunto episcopal.
Las campañas dirigidas por Miguel Ángel Tabales entre 2009 y 2014 volvieron sobre el solar y contaron otra historia: los grandes sillares pertenecían a los almacenes del puerto, y lo que se alzó encima, ya a finales del siglo V, fue un complejo tardoantiguo de función desconocida. Hay indicios cristianos —una placa con crismón, el anagrama de Cristo, datada en el siglo VI—, pero nada que confirme un uso religioso. El debate sigue abierto.
De la gran basílica cristiana de Hispalis no se ha localizado rastro material, pero sí crónicas. Una fuente escrita del siglo V, contemporánea de los hechos, y más tarde San Isidoro de Sevilla —que la llama basílica del mártir Vicente o de San Vicente mártir— nos cuentan que en el 428 Hispalis tenía un templo con entidad para protagonizar un episodio dramático que merece capítulo propio. Ese Vicente es el de Zaragoza, martirizado en el 304 bajo Diocleciano: que Sevilla le alzara basílica apenas un siglo después mide la velocidad fulgurante de su culto. Dónde estaba, nadie lo sabe. La tradición la identifica con la actual parroquia de San Vicente y atribuye su fundación al obispo Evidio, pero no hay documento que lo respalde.
Otro candidato son las tres columnas gigantes de la calle Mármoles, restos de un edificio monumental romano: se ha propuesto que las columnas se reaprovecharon en un templo cristiano, quizá vinculado al primer conjunto episcopal. También es hipótesis, sin confirmación certera.
Otra hipótesis mira al Salvador: allí levantó Ibn Adabbas la mezquita mayor de Sevilla en el 829, y en Córdoba la mezquita se alzó sobre un complejo cristiano previo, identificado tradicionalmente con la basílica de San Vicente; el paralelo ha llevado a proponer que bajo el Salvador estuviera la iglesia principal de la Hispalis cristiana, acaso la propia basílica del mártir. Tampoco aquí hay ningún tipo de confirmación arqueológica. Es mera hipótesis.

Así, en poco más de tres siglos, la ciudad que había adorado a Hércules y quemado incienso ante los emperadores se convirtió en una sede episcopal con mártires propios, obispos con nombre y una importante basílica cuya ubicación sigue siendo un misterio. Aquella Iglesia hispalense, nacida entre rumores de apóstoles y sangre de alfareras, estaba llamada a sobrevivir al propio Imperio que la había perseguido. Y pronto tendría ocasión de demostrarlo: en el año 428, un rey bárbaro llamado Gunderico entraría en Hispalis al frente de los vándalos para escribir, con estrépito, el último capítulo de la ciudad romana.
fuente: abc
Pascentia tenía diez años: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.
La pieza, hallada junto a Santa Eulalia, conserva el nombre, la edad y la fecha de muerte de una niña enterrada en el año 519
El pasado de Mérida vuelve a sorprender. Las obras en un solar particular del centro de la ciudad han sacado a la luz la tumba de una niña cristiana llamada Pascentia, cuya edad y fecha de fallecimiento han permanecido grabadas en una lápida durante más de 1.500 años.
La pieza, conocida por los arqueólogos como lauda funeraria, apareció sobre un conjunto de siete enterramientos cristianos localizados en un área funeraria vinculada a la basílica de Santa Eulalia, uno de los espacios más relevantes del cristianismo primitivo en la antigua Augusta Emerita.
Una inscripción conservada durante más de 1.500 años
La inscripción revela que Pascentia tenía diez años cuando fue enterrada y permite conocer un dato excepcional para la arqueología: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.
El arqueólogo Gilberto Sánchez ha explicado que "se han encontrado siete enterramientos. No obstante, todavía no se ha podido confirmar que alguno de los esqueletos recuperados sea el suyo, el de Pascentia".
La lauda se encuentra en un excelente estado de conservación y está decorada con una corona de laurel y dos palomas de la paz enfrentadas sobre un posible crismón. Además, incorpora las fórmulas cristianas habituales de la época: "famula Dei" (sierva de Dios) y "requiescat in pace" (descanse en paz).
Una secuencia histórica de más de mil años
Los trabajos arqueológicos también han permitido documentar restos de distintas épocas históricas. Entre ellos destaca una cloaca romana, así como evidencias de ocupación posterior que muestran la evolución de este espacio a lo largo de los siglos.
En este sentido, Gilberto Sánchez ha detallado que "tenemos la secuencia completa, una cloaca romana que se amortiza, este área funeraria asociada a la mártir, enterramientos de época cristiana, reocupación en época visigoda hasta el siglo octavo, cuando se abandona este espacio".
Además de la necrópolis, los arqueólogos han identificado una vía romana, un hallazgo que contribuye a reconstruir la transformación urbanística de la ciudad desde época romana hasta la Alta Edad Media.

Una radiografía única de la historia de Mérida
Los investigadores consideran que el solar ofrece una auténtica radiografía de Mérida, donde distintas etapas históricas se superponen en un mismo espacio.
La excavación continúa abierta y no se descarta la aparición de nuevos enterramientos asociados a esta área funeraria situada junto a Santa Eulalia. Según ha subrayado el arqueólogo, "llevamos siete enterramientos, pero podría haber alguno más", una circunstancia que podría aportar nuevos datos sobre uno de los enclaves más relevantes del cristianismo emeritense.
fuente: Canal Extremadura
San Joaquín y Santa Ana - 26 de Julio, día de los abuelos
Abuelos de Jesús, padres de la Virgen María
Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada.
Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús.
San Joaquín
San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.
Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia.
Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido.

Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sidonotificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta.
Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.
Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios.
Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.
Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.
Santa Ana
Si algo queremos saber tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. Esto es lo que nos revelan los Evangelios Apócrifos sobre Santa Ana y San Joaquín:
Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.
Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".
Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".
Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros: "¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."
La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.
Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.
Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".
Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.
Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.
Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.
Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.
Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"
Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.
Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.
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DOLORES GÜELL
AURELIO DE SANTOS OTERO
Santiago el Mayor
“Primero entre los apóstoles en obtener la palma del martirio, patrón de España. Origen, por tradición, de la Ruta Jacobea y de la espiritualidad mariana del Pilar, en Zaragoza”
Este galileo, hijo del Zebedeo, compartía el mismo nombre con otro de los apóstoles: el descendiente de Alfeo. Santiago era natural de Betsaida donde pudo nacer hacia el año 5 d. C. en una acomodada familia de pescadores. Fue uno de los elegidos personalmente por Jesús, quien le invitó a seguirle cuando se hallaba ganándose el sustento en el lago de Genesaret.
Su hermano Juan, el “discípulo amado”, que compartía con él la faena, también fue objeto de llamamiento en ese instante, y se apresuraron a ir en pos del Maestro por el que entregarían su vida. La inmediatez de su respuesta, dejando trabajo y familia al momento sin sopesar los riesgos ni detenerse a pensar racionalmente, signos que se manifestaron antes en Pedro y en Andrés, es una de las características del seguimiento, testimonio vivo para quienes son sorprendidos por Jesús en cualquier recodo del camino.
Comprendieron en ese minuto que supuso el cambio radical de sus vidas lo que encerraba el espíritu inserto en sus palabras: “os haré pescadores de hombres”. De algún modo entendieron que implicaban mucho más que sobrenaturalizar su oficio; les colocaba en el disparadero hacia el paraíso prometido.

Da idea de cómo sería el temperamento de estos jóvenes pescadores el sobrenombre que Cristo les dio: “boanerges”, esto es, “hijos del trueno”. Algunos pasajes evangélicos reflejan su primitivo carácter impulsivo e inmaduro. También una cierta osadía, no exenta de ingenuidad, pero en todo caso envuelta en la ambición y su inseparable egoísmo cuando secundaron a su madre en la petición de prebendas que hizo para ellos.
El Redentor respondió con infinita paciencia, haciéndoles una observación que fue profecía. ¿Serían capaces de beber el cáliz? Su respuesta afirmativa fue corroborada por Él, y se cumplió en Santiago con su cruento martirio, pero el objeto de la conversación: saber si podrían ser encumbrados en el cielo uno a la derecha y otro a la izquierda, estaba en manos del Padre.
Indudablemente, la impetuosidad y la pasión bien encauzadas son fuente de gracias. Así que la volcánica vehemencia que albergaba el corazón de estos hermanos tuvo en Jesús la vía genuina para seguir creciendo en la línea adecuada. Los dos despertaron el anhelo de incontables personas que, seducidas por esa cascada inagotable de pasión por lo divino que apreciaban en ambos, se dispusieron a entregar a Dios sus vidas.
Santiago, junto a su hermano Juan, y a Pedro, conforman una privilegiada tríada dentro de la comunidad de los Doce. Fueron testigos de momentos singulares que a otros discípulos les fueron vedados. Acompañaron al Redentor en instantes gloriosos y también dolorosos. Contemplaron la Transfiguración en el Monte Tabor, que ardientemente desearon haber podido prolongar, y de no haber sucumbido al sueño los tres habrían apreciado su terrible agonía en Getsemaní porque eran los que se hallaban más cerca de Él en esos momentos.

Santiago estaba presente cuando Jesús devolvió milagrosamente la salud a la suegra de Pedro y resucitó a la hija de Jairo. Tuvo la gracia de ver al Maestro, ya Resucitado, al producirse su aparición en las orillas del lago de Tiberíades y se encontraba en Jerusalén en el momento de la venida del Espíritu Santo.
Tras la Resurrección, los discípulos dieron inicio a una labor evangelizadora que a algunos les condujo muy lejos de las fronteras en las que se habían movido. Según la tradición, Santiago llegó a España, dejando la huella de la fe directamente recibida de Cristo en dos lugares emblemáticos: Galicia y Zaragoza (la antigua Cesaraugusta). Primeramente habría pasado por la tierra gallega y una vez sembrado allí el evangelio se trasladaría a Zaragoza.
En las orillas del río Ebro descansaría de las intensas jornadas apostólicas junto a un grupo de siete seguidores, los “Varones apostólicos”, los únicos que se habían convertido.
Afligido ante la dureza de corazón de las gentes en las que había hecho mella el paganismo, obtuvo el consuelo de la Virgen que se le apareció en esas riveras el 2 de enero del año 40 d. C. Se hallaba de pie, sobre una columna de luz rodeada de ángeles.
Después de asegurarle que obtendría grandes frutos apostólicos, le encomendó que erigiese una iglesia levantando un altar justamente en el lugar donde estaba el pilar en el que reposaba.

Acompañó su petición con la promesa de que Ella permanecería hasta el fin de los tiempos en ese sitio, “para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio”.
Además, le indicó que regresara a Jerusalén después de materializar su ruego. Dicho esto, María desapareció y quedó la columna de jaspe en torno a la cual se edificó la iglesia solicitada, actual basílica de la Virgen del Pilar en la ciudad de Zaragoza.
Santiago volvió a Jerusalén, como Ella le había pedido, y el año 41 fue martirizado durante la persecución del rey Herodes Agripas. Fue el primer discípulo mártir. Luego, siempre según la tradición, su cuerpo, inicialmente sepultado en Jerusalén, fue trasladado por sus discípulos a Galicia.
Sus restos se veneran en la catedral de Santiago de Compostela. Los estudiosos no se ponen de acuerdo a la hora de ratificar la fiabilidad de estos hechos. Además, hay discordancias como la datación de fechas que no encajan en la historia.

Pero lo cierto es que la que se ha considerado su tumba dio lugar a la Ruta Jacobea, una de las corrientes más fecundas de la historia a todos los niveles espirituales y culturales, incesantemente recorrida por millares de peregrinos que acuden a visitarla desde hace siglos.
Esta es la realidad incuestionable; no precisa ser contrastada. Otras vías, que tampoco están corroboradas, subrayan nuevas trayectorias del apóstol Santiago que pudo llevarle a Cartagena y a Lérida. Es el patrón de España y de otros muchos países del mundo, objeto siempre de gran veneración, especialmente en Latinoamérica.
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Cada 22 de julio, nuestra madre la Iglesia nos invita a mirar a María Magdalena no con ojos de sospecha, sino con admiración y gratitud por su fidelidad y amor a Jesús a quien primero se apareció en la Resurrección. Su vida demuestra que la misericordia de Dios transforma todo en amor.
Cada 22 de julio, la Iglesia católica celebra con especial devoción la festividad de santa María Magdalena, una de las discípulas más cercanas a Jesús y la primera persona que fue testigo de su Resurrección. Su figura, a menudo envuelta en confusiones históricas, ha sido reivindicada por el Magisterio como una mujer clave en los comienzos del cristianismo.
¿Quién fue realmente esta santa? ¿Qué sabemos de su vida antes de seguir a Cristo? ¿Por qué ha llegado a tener un lugar tan destacado en la tradición de la Iglesia?
¿Quién era María Magdalena?
El Evangelio la identifica como María, la que era de Magdala, una pequeña localidad situada a orillas del lago de Galilea. De ahí el nombre de Magdalena.
Según Lucas 8, 2, Jesús había expulsado de ella siete demonios, expresión que puede aludir a una situación de profundo sufrimiento físico, espiritual o moral. Sea como fuere, lo que sabemos con certeza es que, a partir de ese encuentro con Jesús, su vida cambió radicalmente.
A partir de entonces, se convierte en discípula y seguidora fiel de Jesús, acompañándole junto a otras mujeres durante su ministerio público. Muchas de ellas ayudaban con sus bienes a sostener la misión.
María Magdalena representa así la figura de la mujer creyente que, tras experimentar la misericordia divina, lo deja todo para seguir al Maestro.

Una vida transformada por el amor de Jesús
Apenas contamos con datos concretos de la vida de María Magdalena antes de encontrarse con Jesús, pero lo que los evangelios nos muestran es suficiente para comprender la profundidad de su compromiso con el Señor.
La tradición ha vinculado a María Magdalena con la mujer pecadora que unge los pies de Jesús con perfume en casa del fariseo Simón (cf. Lc 7, 36-50), aunque los estudios bíblicos modernos tienden a distinguirlas como personas diferentes.
No obstante, el gesto de amor y arrepentimiento que realiza aquella mujer muestra similitudes con el modo en que María Magdalena respondió a la gracia recibida: con una entrega total, sin reservas. Por eso, se ha convertido en un modelo de conversión sincera, de amor agradecido y de seguimiento radical.
Discípula fiel hasta la Cruz
Mientras muchos discípulos huían por miedo tras la detención de Jesús, María Magdalena permanece al pie de la Cruz. Los evangelios la mencionan explícitamente como testigo de la Crucifixión y muerte, junto a María, la madre de Jesús, y otras mujeres. Esta fidelidad en el momento del dolor y del aparente fracaso prueba su amor incondicional y su profunda fe, aunque todavía no comprendiera del todo el misterio pascual.
Después de la muerte de Jesús, también se menciona a María como una de las mujeres que fueron al sepulcro, al amanecer del domingo, llevando perfumes para ungir el cuerpo del Señor sin atisbar que ya se había complido su palabra y que la Resurrección era un hecho.

Primera testigo de la Resurrección
Es en ese momento cuando se produce uno de los episodios más bellos y significativos del Evangelio: María Magdalena es la primera en ver al Cristo resucitado (cf. Jn 20, 11-18). Llena de dolor por la pérdida de su Maestro, llora fuera del sepulcro vacío hasta que Jesús se le aparece, aunque ella no lo reconoce al principio. Es cuando Él la llama por su nombre —¡María!—, sus ojos se abren y reconoce al Señor.
Ese encuentro con el Resucitado marca un punto de inflexión: Jesús le encomienda anunciar la buena noticia a los apóstoles. Vuelve a ser significativo que el Señor quiera que una mujer (en aquella época gozaban de escasa consideración) se encargue del anuncio a sus discípulos.
Por eso, la tradición patrística le ha dado el título de Apóstol de los Apóstoles, porque fue enviada por Cristo mismo para dar testimonio de su victoria sobre la muerte.
Un lugar de honor en la Iglesia
El Papa san Juan Pablo II la recordó en su carta apostólica Mulieris Dignitatem como un ejemplo del papel esencial de la mujer en la vida de la Iglesia. Y en 2016, el papa Francisco elevó su memoria litúrgica a fiesta, el mismo rango que tienen las celebraciones de los apóstoles, subrayando su relevancia como modelo de discipulado.
Este reconocimiento oficial quiere recuperar y limpiar la imagen de María Magdalena, muchas veces distorsionada por interpretaciones populares o literarias que la han retratado injustamente como prostituta o mujer caída, cuando en realidad fue una discípula valiente.
Devoción y legado
La figura de santa María Magdalena ha sido objeto de devoción desde los primeros siglos del cristianismo. En la tradición occidental, especialmente en Francia y España, hay numerosas iglesias, monasterios y santuarios dedicados a su nombre. También ha inspirado el arte cristiano, que la representa habitualmente con un frasco de perfume en la mano, símbolo de su amor al Señor y del momento en que lo ungió.
Su historia es una invitación constante a la esperanza, al perdón y a la fidelidad. En un mundo que muchas veces juzga y condena sin misericordia, María Magdalena nos recuerda que el amor de Dios puede transformar incluso las heridas más profundas en una fuente de gracia.
Santa María Magdalena es mucho más que un personaje secundario de los Evangelios. Es la mujer renovada por el amor de Cristo, modelo de discípula fiel y primera anunciadora de la Resurrección.
Como su vida nos interpela, pensemos: ¿tenemos nosotros el mismo amor apasionado por el Señor? ¿Sabemos mantenernos firmes junto a la Cruz? ¿Somos testigos del Resucitado en medio del mundo?
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fuente: fundación carf
Cafarnaúm es la ciudad de Jesús, es la casa del Señor
En el sitio arqueológico, cada peregrino puede imaginar las escenas narradas en los Evangelios y ambientadas aquí. En Galilea, Cristo vivió durante unos tres años; aquí llamó a sus discípulos, predicó, sanó a los enfermos y realizó esos signos poderosos que revelan su identidad profunda como Mesías e Hijo de Dios.
«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí» (Mateo 4, 12-13).
Así describe el evangelista Mateo el momento en que Jesús, al inicio de su ministerio público, abandona el pueblo en el que había crecido para trasladarse a lo que a partir de ese momento será su nueva residencia, «su ciudad» (cf. Mateo 9, 1).

Mateo, Leví, quien en Cafarnaúm desempeñaba su labor de recaudador de impuestos para los ocupantes romanos en el camino que iba de Cafarnaúm a Damasco, ofrece también la motivación teológica de este cambio de residencia por parte de Jesús: «Para que se cumpliera lo que había sido dicho por medio del profeta Isaías:
“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 1El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande” (Mateo 4, 14-16).
Todo peregrino que aún hoy llega a Cafarnaúm, a orillas del lago de Tiberíades, puede vivir la extraordinaria experiencia de ver la ciudad donde Jesús vivió principalmente durante los tres años de su ministerio en Galilea. Aquí llamó a sus discípulos, predicó, sanó a los enfermos y realizó esos signos poderosos que revelan su identidad profunda como Mesías e Hijo de Dios.
El padre Stanislao Loffreda, arqueólogo franciscano del Studium Biblicum Franciscanum (SBF) de Jerusalén, quien dedicó su vida a este sitio y fue el principal colaborador del padre Virgilio Canio Corbo en las diecinueve campañas realizadas aquí entre 1968 y 1986, en la guía dedicada a Cafarnaúm —que es la fuente principal de este artículo— recordaba el verdadero objetivo de la arqueología:
«Nosotros, los arqueólogos, desenterramos los restos materiales del pasado, pero en realidad buscamos algo más. Nuestro objetivo final es restablecer, en la medida de lo posible, el contacto con las generaciones pasadas, hablar con ellas y dejar que se expresen ante las generaciones actuales (Stanislao Loffreda, Cafarnao, Jerusalén, 1995, pág. 7). Y cuando pensamos que Cafarnaúm fue «la ciudad de Jesús» y de los primeros apóstoles, nos damos cuenta de inmediato de la importancia que sus restos antiguos revisten para toda la humanidad.
Para los frailes de la Custodia de Tierra Santa, que custodian este lugar y lo habitan como una fraternidad orante y acogedora, Cafarnao es mucho más que un sitio arqueológico: es la ciudad de Jesús, es la casa del Señor."
Un pueblo privilegiado a orillas del lago
El sitio arqueológico se encuentra en la orilla noroeste del lago de Tiberíades (Kinneret), en Galilea, a unos 210 metros por debajo del nivel del mar, a dieciséis kilómetros de Tiberíades, a tres de Tabgha y a cinco del punto donde el río Jordán desemboca en el lago. El nombre semítico original del lugar es precisamente Kefar Nahum, es decir, el pueblo (kefar) de Nahum (que es un nombre de persona, perteneciente también a uno de los llamados «profetas menores»).

Orígenes lo había interpretado como «la aldea de la consolación» (de la raíz hebrea nhm), mientras que San Jerónimo lo traducía como «la bella ciudad» (según la raíz n’m). La transcripción más cercana a la pronunciación hebrea, Capharnaum, es la que ya adoptó Josefo Flavio (véase Loffreda, obra citada, págs. 14-15).
Las ruinas de la antigua Cafarnaúm abarcan aproximadamente un área de seis hectáreas. Dos tercios pertenecen a la Custodia Franciscana de Tierra Santa; el resto, en el lado oriental, al Patriarcado greco-ortodoxo. La antigua aldea fue abandonada hace aproximadamente mil años, aunque algunas familias árabes de la tribu de los Semekiyeh permanecieron allí hasta la guerra árabe-israelí de 1948 (Loffreda, obra citada, pág. 10).
En la época de Jesús, Cafarnaúm era una ciudad fronteriza dotada de una aduana (véase Marcos, 2, 13-15) y situada en la gran vía imperial que conducía a Damasco. Era la única localidad en la orilla noroeste del lago, a cinco kilómetros del alto Jordán, que marcaba la frontera entre la tetrarquía de Herodes Antipas y el Golán asignado a su hermano Felipe (ambos hijos de Herodes el Grande). En 1975, a unos cien metros al noreste de la sinagoga, se encontró una piedra miliaria con el nombre del emperador Adriano, lo que confirma el trazado de la vía imperial (véase Loffreda, obra citada, págs. 18-19). La presencia de un destacamento de soldados romanos, atestiguada por los Evangelios (véase Lucas, 7, 1-10; Mateo, 8, 5-13), subrayaba la importancia de la aldea como punto de tránsito.
Cafarnaúm mantenía relaciones comerciales con la Alta Galilea, el Golán, Siria, Fenicia, Asia Menor, Chipre y África, como lo demuestran las monedas y la cerámica halladas; por el contrario, según el padre Loffreda, sorprende la escasez de contactos con el centro y el sur de Palestina (obra citada, pág. 19).
Jesús deja Nazaret y se va a vivir a Cafarnaúm
Como mencionamos al principio, Jesús dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm. La elección no fue casual. Nazaret «era una aldea montañosa aislada de las grandes vías de comunicación», mientras que Cafarnaúm estaba ubicada en una ruta estratégica; además, «se encontraba lo suficientemente lejos de los grandes centros urbanos, especialmente de Tiberíades, donde Herodes Antipas había establecido su capital», de modo que Jesús podía «difundir ampliamente su mensaje mesiánico sin provocar de inmediato reacciones por parte de los líderes políticos y religiosos».

Además, Cafarnaúm contaba con una población muy diversa: pescadores, agricultores, artesanos, comerciantes, publicanos; y las relaciones con los romanos se caracterizaban «por una cordialidad singular, hasta el punto de que fue un centurión romano quien construyó la sinagoga para la comunidad judía» (las citas son de Loffreda, obra citada, págs. 68-69).
No es de extrañar, pues, que Jesús haya llamado a sus primeros discípulos precisamente de esta comunidad: los pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y el publicano Mateo.
La casa de Pedro: de la domus-ecclesia al Memorial
Entre todos los restos sacados a la luz por las excavaciones franciscanas, el hallazgo más significativo es el de la llamada ínsula sacra. Las excavaciones iniciadas en 1968 por los padres Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda han permitido reconstruir la historia milenaria de este lugar en cuatro etapas principales.

La historia de la casa en la que vivió Jesús «puede resumirse de la siguiente manera: 1. La fecha inicial debe fijarse en el siglo I a. C. 2. A partir de finales del siglo I d. C., una parte de esa casa […] se transformó en una domus-ecclesia, es decir, se destinó a lugar de reuniones religiosas. 3.
En el siglo IV, la mencionada domus-ecclesia se amplió y se separó del resto del pueblo mediante un imponente muro de cerramiento. 4. En la segunda mitad del siglo V, todas las estructuras de la ínsula sacra fueron demolidas y se construyó una iglesia de forma octogonal» (Loffreda, obra citada, pág. 51).
El carácter cristiano de la sala venerada queda demostrado por la presencia, en numerosos grafitos, del nombre y el monograma de Jesús, de expresiones litúrgicas como «Amén» y «Kyrie eleison», y de una inscripción en paleo-estrangelo (una variante antigua del siríaco) que parece referirse a la Eucaristía.

«La pluralidad de idiomas sugiere claramente que la domus-ecclesia no era utilizada simplemente por los fieles locales, sino también por los peregrinos» (Loffreda, obra citada, pág. 60). Pedro Diácono (1107-1140 d. C.) en su De locis sanctis recoge el testimonio de la peregrina Egeria (siglo IV d. C.), quien describe la domus-ecclesia del siglo IV de la siguiente manera:
«En Cafarnaúm, además, a partir de la casa del príncipe de los apóstoles [Pedro] se construyó una iglesia, cuyas paredes permanecen hasta hoy tal como estaban [en su origen]. Allí el Señor sanó al paralítico. También se encuentra la sinagoga en la que el Señor sanó al endemoniado, a la que se accede subiendo muchos escalones; dicha sinagoga está construida con piedras labradas. No muy lejos de allí se ven unos escalones de piedra sobre los que se paró el Señor» (Petrus Diaconus, Liber de Locis Sanctis, en Itineraria et alia geographica, ed. R. Weber Ccl, 175, Turnhout, 1965, págs. 98-99).
La iglesia octogonal de la segunda mitad del siglo V fue concebida para indicar a los peregrinos, a través de la posición del octágono central, «la ubicación exacta de la casa de San Pedro, ya enterrada bajo el podio de la iglesia» (Loffreda, obra citada, pág. 66).
Hacia finales del siglo V d. C., en el lado oriental, se añadieron también una pila bautismal y un ábside (véase Joseph Patrich, Baptism in the Holy Land: 4th-7th Centuries, Milán, 2025, págs. 103-104). El Memorial moderno, obra del arquitecto italiano Ildo Avetta, fue consagrado el 29 de junio de 1990. El padre Corbo, quien había dirigido las obras y falleció en 1991, está enterrado junto a la casa de San Pedro, debajo del Memorial.
Las sinagogas: la del siglo IV y la de la época de Jesús

El otro gran monumento de Cafarnaúm es la sinagoga «blanca». A diferencia de las casas particulares construidas con piedra basáltica oscura, esta fue edificada casi en su totalidad con bloques escuadrados de piedra caliza blanca, transportados desde canteras situadas a varios kilómetros de distancia, cuyo peso podía llegar, en algunos casos, a las cuatro toneladas.
Los elementos decorativos son muy refinados y ricos en simbolismo judío. Como resume el padre Geiger:
«En cuanto a la sinagoga de la época de Jesús, los pioneros de la arqueología estuvieron, en su mayoría, convencidos, hasta principios del siglo XX, de haberla encontrado. Sin embargo, los arqueólogos alemanes Heinrich Kohl y Carl Watzinger, al estudiar sus ruinas entre 1905 y 1916, la dataron alrededor del año 200 d. C.
Dado que, por lo tanto, esa no podía ser la sinagoga de la época de Jesús, entre 1968 y 1990 los franciscanos se esforzaron por determinar —con las debidas precauciones— si bajo la sinagoga actualmente visible no se encontraría tal vez una más antigua. Una primera sorpresa fue el hallazgo, en el piso de la entonces sinagoga, de más de 30 000 (!) monedas que datan de finales del siglo IV d. C. (años 383-395)» (Heinrich Fürst, Gregor Geiger, Tierra Santa. Guía franciscana para peregrinos y viajeros, Milán, 2018, páginas 220-221/1021).
Las excavaciones de Corbo-Loffreda han permitido datar esta sinagoga a finales del siglo IV, basándose precisamente en el estudio de las monedas tardorromanas y de la cerámica hallada en distintos niveles del yacimiento. Debajo de la sinagoga blanca, los arqueólogos también encontraron un piso de piedra basáltica que data del siglo I, perteneciente a un edificio público de dimensiones tales que no podía tratarse de una casa privada.
Corbo y Loffreda reconocen que «el amplio piso del siglo I, descubierto debajo de la nave central de la sinagoga blanca, podría pertenecer a la tan buscada sinagoga, es decir, aquella construida por el centurión romano y visitada por Jesús» (Loffreda, obra citada, págs. 32-49). Es en esta sinagoga donde Jesús enseñaba con autoridad los sábados, expulsaba a los espíritus inmundos (véase Marcos 1:21-28) y desarrolló el discurso sobre el Pan de Vida (véase Juan 6:22-71).
La coexistencia de una comunidad cristiana y una judía
En el pueblo bizantino (siglos IV-VII d. C.) convivían codo a codo una mayoría ya cristiana —atestiguada por la difusión generalizada de fragmentos de cerámica marcados con cruces en casi todas las áreas del lado franciscano— y una minoría judía, como lo confirman la presencia de una sinagoga activa y hallazgos tales como un colgante dedicado al Tetragrama Sagrado.

Cafarnaúm resulta así un caso excepcional con respecto al modelo predominante en la región, donde las diferentes comunidades religiosas tendían a establecerse en aldeas separadas en lugar de vivir juntas (véase Sharon Lea Mattila, Capernaum, Village of Nahum: From Hellenistic to Byzantine Times, en Galilee in the Late Second Temple and Mishnaic Periods, vol. 2, 2015, págs. 249-251).
La historia arqueológica
La historia arqueológica de Cafarnaúm se remonta a 1838, cuando Edward Robinson localizó las ruinas de la sinagoga sin relacionarlas con el sitio evangélico; la identificación correcta se produjo en 1866 gracias a Charles Wilson. En 1894, la Custodia de Tierra Santa, a través de fray Giuseppe Baldi, compró las ruinas a los beduinos.
A principios del siglo XX, la Deutsche Orient-Gesellschaft (Kohl y Watzinger) llevó a cabo excavaciones, seguidas por el padre Wendelin von Menden ofm. En la década de 1920, el padre Gaudenzio Orfali ofm (1889-1926), franciscano de Nazaret, desenterró la basílica bizantina. Tras una larga pausa, en 1968 la Custodia encomendó las excavaciones al padre Virgilio Corbo ofm (1918-1991) y al padre Stanislao Loffreda ofm (1932-2025), con la colaboración del padre Bellarmino Bagatti ofm y el padre Godfrey Kloetzly ofm.

Ya en 1968 descubrieron, debajo de la iglesia octogonal, una domus ecclesia del siglo IV y, a mayor profundidad, una casa del siglo I, lo que confirmó que un entorno doméstico original se había transformado en un l lugar de culto cristiano apenas medio siglo después de la muerte de Jesús, en memoria de Pedro. Las excavaciones de Corbo reconstruyeron toda la cronología del sitio, desde el Bronce Medio (aproximadamente 2000-1550 a. C.) hasta la época árabe (siglo VII), redefinieron la datación de la sinagoga monumental e identificaron una anterior, de la época de Jesús. Corbo concluyó su trabajo con el Memoriale sopra la Casa di Pietro (1990).
Le sucedió Loffreda, quien investigó las fases bizantinas y árabes y editó la serie científica «Cafarnao» (nueve volúmenes, SBF). El padre Eugenio Alliata, ofm, catalogó todo el material lapidario del yacimiento (véase https://www.custodia.org/it/santuari/cafarnao/).

En el lado noreste, propiedad del Patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén, las excavaciones fueron dirigidas por Vassilios Tzaferis (1978-1987) y sacaron a la luz cuatro áreas principales, además de un imponente muro de contención marítimo de unos 200 metros de largo con dos muelles ortogonales que se adentran en el lago. También se descubrió un pequeño tesoro de 282 dinares de oro, de la época de transición árabe-bizantina (véase Mattila, obra citada, páginas 226-228).
La presencia franciscana
Aún hoy, los frailes de la Custodia reciben cada día a los peregrinos que llegan a Cafarnaúm en busca de un contacto con «la ciudad de Jesús», con los lugares donde posó su mirada, resonó su voz y actuó su mano.
El esplendor de la sinagoga blanca, la sencillez de las casas de piedra basáltica, la casa de Pedro transformada primero en domus ecclesia, luego en basílica bizantina y hoy en memorial de San Pedro, el silencio del lago frente a ella: todo habla de una presencia que la fe reconoce aún viva. Al contemplar los restos de la antigua Cafarnaúm, el peregrino puede imaginar las casas y a los habitantes de la antigua aldea, las escenas narradas en los Evangelios y ambientadas aquí, y puede sentir resonar las palabras de Jesús sobre el Pan de Vida y profesar junto con Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68).
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fuente: vatican news
Santa Macrina y su discreta revolución en el siglo IV
Detrás de algunos de los más influyentes Padres de la Iglesia hubo una mujer cuya inteligencia, liderazgo y espiritualidad dejaron una huella profunda.
1. El motor espiritual de una dinastía de santos
Es extremadamente raro encontrar en la historia de la Iglesia una sola familia que haya aportado tantos nombres al santoral católico y ortodoxo. Santa Macrina fue la hija mayor de Basilio el Viejo y Santa Emilia. Entre sus hermanos se encontraban gigantes del pensamiento cristiano como San Basilio Magno, San Gregorio de Nisa y San Pedro de Sebaste. Por si fuera poco, su educación inicial estuvo a cargo de su abuela, Santa Macrina la Mayor, quien había sobrevivido a las brutales persecuciones de los emperadores romanos y mantenido viva la llama de la fe en la región.
Sin embargo, las crónicas de la época no dejan lugar a dudas: Santa Macrina era el verdadero epicentro espiritual e intelectual del hogar. Mientras sus hermanos varones viajaban a los grandes centros culturales del Imperio, como Atenas o Constantinopla, para estudiar retórica y política, ella permanecía en el hogar moldeando el carácter de la familia.

Cuando Basilio Magno regresó de sus estudios universitarios inflado por el orgullo del éxito académico, fue Santa Macrina quien lo confrontó y lo guio hacia una vida de humildad y servicio. El propio Gregorio de Nisa admitiría años más tarde que su hermana mayor había sido su principal maestra, mentora y guía espiritual. Aunque las leyes de la época le impedían acceder a cargos eclesiales u ordenar sacerdotes, su autoridad moral transformó el pensamiento de los hombres que definirían el cristianismo oriental.
2. La elección de la autonomía en una sociedad patriarcal
En el siglo IV, el destino de una mujer de la alta aristocracia estaba completamente decidido desde su nacimiento: el matrimonio estratégico para consolidar alianzas familiares. Siguiendo esta costumbre, los padres de Macrina concertaron su boda cuando ella era apenas una adolescente. Sin embargo, el destino cambió los planes de forma trágica cuando su prometido falleció repentinamente antes de que pudiera celebrarse el enlace.
En lugar de aceptar un nuevo pretendiente, algo que su familia y la sociedad esperaban de ella, Macrina tomó una decisión revolucionaria para su tiempo. Argumentó que el compromiso inicial seguía teniendo validez espiritual y civil, declarándose viuda de un esposo que estaba vivo en la eternidad. Con este argumento teológico, rechazó con firmeza cualquier otra propuesta de matrimonio.
Esta determinación no nació del deseo de aislarse del mundo por amargura, sino de una profunda convicción de autonomía. Al negarse a casarse, Macrina se liberó de las estructuras domésticas tradicionales del Imperio Romano, lo que le permitió dedicarse por completo al estudio profundo de las Sagradas Escrituras, la filosofía y la gestión comunitaria. Con este acto de rebeldía pacífica, se convirtió en una de las indiscutibles pioneras del monacato femenino en el mundo cristiano.

3. Una comunidad utópica basada en la igualdad radical
Tras la muerte de su padre, Macrina asumió las riendas de la familia y convenció a su madre, Emilia, de dar un paso sin precedentes: transformar la enorme propiedad familiar de Annesi, situada junto al río Iris, en un monasterio. Lo verdaderamente innovador de este proyecto no fue el aislamiento del mundo, sino la forma en que se organizó la convivencia interna.
En pleno siglo IV, la sociedad romana estaba profundamente dividida por un sistema de castas y una esclavitud legalizada. Macrina rompió estas barreras de golpe. En su comunidad, las aristócratas, las sirvientas y las antiguas esclavas de la familia compartían exactamente el mismo estatus.
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Almorzaban en la misma mesa.
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Vestían los mismos hábitos sencillos.
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Se distribuían las tareas domésticas, agrícolas y de oración sin importar el origen social.
Esta estructura igualitaria supuso un choque cultural absoluto para la aristocracia capadocia de la época. Muchos historiadores de la actualidad coinciden en que este experimento social en Annesi sirvió como el laboratorio y modelo directo sobre el cual San Basilio Magno redactó, tiempo después, sus famosas reglas monásticas, las cuales siguen rigiendo los monasterios de la Iglesia Oriental hasta el día de hoy.
4. Filosofía y Teología en primera persona
Una de las joyas literarias de la antigüedad cristiana es el tratado titulado “Sobre el alma y la resurrección”, escrito por Gregorio de Nisa. Este texto recoge el último encuentro y conversación entre Gregorio y Santa Macrina, cuando ella se encontraba ya en su lecho de muerte. Lo que hace extraordinario a este documento es el rol que ocupa cada uno de los personajes.
Gregorio de Nisa, un reputado teólogo y obispo, se presenta a sí mismo sumido en el dolor, la duda y el miedo ante la muerte. En contraste, Macrina adopta el papel de la maestra indiscutible. Con una lucidez pasmosa, la santa responde y desmonta los temores de su hermano utilizando argumentos teológicos de gran profundidad mezclados con la lógica de la filosofía clásica. Abordan temas tan complejos como:
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La naturaleza de la inmortalidad del alma humana.
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El sentido del sufrimiento en la experiencia terrenal.
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La física y la metafísica detrás de la futura resurrección.
El formato del libro imita de manera consciente los diálogos platónicos del mundo griego, donde el filósofo Sócrates guiaba a sus discípulos hacia la verdad a través de preguntas y respuestas. Al colocar a Santa Macrina en el lugar de Sócrates, Gregorio la reconoció públicamente como una de las mentes más brillantes y rigurosas de su era, consolidando su estatus como una de las primeras grandes teólogas de la historia de la humanidad.
5. El desapego absoluto de la riqueza material
El final de la vida de Santa Macrina subraya la coherencia absoluta entre sus ideas filosóficas y sus acciones cotidianas. Habiendo nacido en una cuna de oro, rodeada de las mayores comodidades que el dinero podía comprar en el Imperio Oriental, eligió conscientemente despojarse de todo privilegio económico a lo largo de sus años en el monasterio.
Las crónicas de su fallecimiento narran un detalle conmovedor. Cuando las mujeres de la comunidad y su hermano Gregorio acudieron a preparar su cuerpo para el sepelio, se dieron cuenta de que la santa no poseía absolutamente ningún bien material de valor. En su habitación solo se encontraron tres objetos personales:
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Una cruz de madera muy sencilla que llevaba al cuello.
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Un anillo de hierro que contenía una pequeña reliquia sagrada.
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Una túnica sumamente desgastada por el uso y el trabajo.
De hecho, Gregorio tuvo que buscar una capa prestada entre los asistentes para poder cubrir el cuerpo de su hermana de manera digna durante el funeral. Este desapego radical causó un impacto tremendo entre la nobleza de la región, convirtiendo su muerte en un ejemplo clásico de ascetismo y pobreza voluntaria dentro de la tradición espiritual de Oriente.
El redescubrimiento de una gigante de la historia
Durante siglos, el relato oficial de la historia de la Iglesia tendió a centrarse de manera casi exclusiva en las figuras masculinas que ostentaban títulos de obispos, redactaban tratados dogmáticos y asistían a los grandes concilios ecuménicos. Por esta razón, Santa Macrina fue recordada únicamente a través de la sombra de sus hermanos.
Sin embargo, el cambio de perspectiva de la investigación histórica moderna ha permitido hacer justicia a su figura. Hoy entendemos que Santa Macrina no fue una espectadora de la historia, sino una arquitecta activa de la cultura cristiana del siglo IV. Su influencia directa moldeó la teología de la Trinidad, revolucionó la organización de las comunidades sociales y demostró que las mujeres de la antigüedad podían liderar debates filosóficos al más alto nivel. Mientras el mundo recordaba a los grandes obispos, la mujer que los educó y desafió comienza finalmente a ocupar el lugar de honor que le corresponde.
Ver en Wikipedia
fuente churchpop.com
San Epafrás, obispo y mártir, siglo I
Fue discípulo de San Pablo y ordenado obispo de Colosas (Asia Menor). Padeció martirio s. II. Su cuerpo, traído a Roma, se conserva en Santa María la Mayor.
Conmemoración de san Epafras, que en Colosas, Laodicea y Hierápolis, trabajó mucho en la difusión del Evangelio, y a quien san Pablo llama carísimo consiervo, con-cautivo y fiel ministro de Cristo.
De Epafras conocemos muy poco, apenas lo que menciona el elogio del Martirologio Romano, que se atiene estrictamente al dato bíblico, sin embargo, en las tres citas que lo mencionan, se nos aparece como un cristiano en plena actividad apostólica: compañero de cautiverio de san Pablo, según dice el propio Apóstol en Filemon v. 23. Tradicionalmente se entiende que este cautiverio al que se refiere es el del 60-62 con el que termina Hechos de los Apóstoles (Hech 28,29-30), y que no sabemos si culminó en la liberación del Apóstol o en su ejecución.

La siguiente mención, con muchos datos («muchos»... dada la escasez a la que estamos acostumbrados) proviene de dos momentos distintos de la Carta a los Colosenses: en el saludo incial y en el final. Los datos biográficos sobre san Pablo que nos aporta esta carta hay que evaluarlos con prudencia, porque es una de los escritos cuya autenticidad paulina está -y posiblemente lo esté siempre- discutida, con la balanza más inclinada hacia el no, que hacia el sí.
Por supuesto, eso no implica que la carta sea o no del Nuevo Testamento: siempre lo ha sido y lo seguirá siendo, y aparece en las listas más antiguas de escritos cristianos, pero la duda sobre la autoría no permite usarla como fuente para trazar la biografía del Apóstol.
Sin embargo, los especialistas no dudan en que, aunque la carta sea pseudoepigráfica (es decir, puesta bajo su nombre tiempo después de la muerte de Pablo), contiene fragmentos que sí provienen de mano de Pablo, y esos fragmentos son, precisamente, los que muestran una situación semejante a la de Filemón, como la enumeración de los colaboradores del Apóstol, entre los que se contaba en esa época Epafras.
Así que, aunque la Carta a los Colosenses nos sirve escasamente para biografiar a san Pablo, sirve, y mucho, para acercarnos al personaje de Epafras: los dos fragmentos, ricos y vívidos, conservan todo su valor histórico. Nos dice allí san Pablo que Epafras enseñó a la comunidad de Colosas el Evangelio, e incluso dice más, leámoslo directamente:
«El Evangelio [que llegó, fructifica y crece]...desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad: tal como os la enseñó Epafras, nuestro querido consiervo y fiel ministro de Cristo, en lugar nuestro, el cual nos informó también de vuestro amor en el Espíritu.» (Col 1,6-8)
¡Menudo título le cede el Apóstol a Epafras!: «ministro en lugar nuestro». Aunque san Pablo sabe apreciar a sus colaboradores, sólo a unos pocos los ensalza así.
Posiblemente no sea para menos, ya que, a juzgar por el otro retazo de la vida de Epafras que la carta nos acerca, nos enteramos que no sólo llevó el Evangelio, en nombre de Pablo, a Colosas, sino que además mantiene una conexión constante, en predicación y en oración, con ésa, su comunidad -de la que además es originario-, y desde la que seguramente fue evangelizador también de Laodicea y Hierápolis, ya que las tres ciudades formaban un triángulo de no más de 20 km de separación de cada una con las otras:
«Os saluda Epafras, vuestro compatriota, siervo de Cristo Jesús, que se esfuerza siempre a favor vuestro en sus oraciones, para que os mantengáis perfectos cumplidores de toda voluntad divina. Yo soy testigo de lo mucho que se afana por vosotros, por los de Laodicea y por los de Hierápolis» (Col 4,12-13).
No hay más que esto, pero ¿de cuántos personajes del Nuevo Testamento no tenemos sino mucho menos? Se afanaba en esta vida limitada y terrena por su comunidad a través de la oración, seguramente ahora que vive la vida más plena a la que todos estamos llamados, su oración es constante por toda la Iglesia.
La cuestión del cautiverio en Roma de san Pablo y sus posibles terminaciones, puede leerse en cualquier biografía del Apóstol, incluso en el artículo dedicado a su martirio en este santoral.
Sobre la autenticidad paulina de Colosenses, hay soluciones para todos los gustos, y ninguna se impone con gran ventaja a las demás; puede leerse la cuestión en cualquier introducción a las epístolas de Colosenses-Efesios (que suelen tratarse juntas), por ejemplo, el Comentario Bíblico San Jerónimo, ya sea el original (que defiende la autoría paulina) o el nuevo (que la descarta), o en los Cuadernillos Bíblicos de Verbo Divino, accesibles a cualquier lector con mínimo de formación.
En todo caso, lo más interesante para el lector medio no debe ser «tomar partido», sino entrenarse en evaluar por qué los especialistas se inclinan por una u otra solución.
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¿Sabes quiénes eran los Mártires Escilitanos?
El día 17 de julio del año 180, al comienzo del reinado de Cómmodo, el desdichado hijo y sucesor de Marco Aurelio, fueron ejecutados en Cartago un grupo de mártires procedentes de Scili, pequeña población de Numidia, en el Africa proconsular romana.
Eran gente humilde, doce en total, de los cuales cinco eran mujeres. Serían probablemente artesanos o trabajadores del campo, sin que tengamos de ellos más noticias que las escuetas que nos han transmitido las actas de su martirio. Todo hace suponer que fueran parientes entre sí, o tal vez matrimonios, pero no tenemos referencia exacta de tales extremos.
El documento de su martirio es de los más emocionantes de la antigüedad cristiana, que nos recuerda en su misma sencillez a los Evangelios. Resulta milagroso que haya podido conservarse, pues durante la persecución de Diocleciano fueron sistemáticamente destruidos los archivos cristianos y perecieron muchísimas de las actas auténticas de martirio. Estas a que nos referimos contienen el proceso proconsular estenográfico, tomado verbalmente por los notarios imperiales. Se trata de un texto irrecusable, que todo él rebosa verdad.
Procesos semejantes debieron de hacerse muchísimos. Las persecuciones sufrieron grandes alternativas, desde Nerón a Diocleciano. Unas veces arreciaban, otras aflojaban, permitiendo épocas de respiro, en que podía organizarse la vida religiosa con cierta seguridad.
La legislación romana era un tanto ambigua en lo referente al cristianismo, y por este tiempo se regulaba por el rescripto de Trajano, que prohibía buscar a los cristianos —conquirendi non sunt—, pero obligaba a las autoridades a formarles proceso cuando se presentaba contra ellos una denuncia suscrita en regla, dado que las delaciones anónimas no habían de ser tomadas en consideración. Ya se comprende que en una situación tan precaria, sujeta además a los rumores y calumnias que corrían entre el populacho sobre supuestos crímenes y costumbres nefandas de los cristianos, la vida de éstos estaba pendiente de un hilo, que con suma facilidad se quebraba cuando el procónsul o gobernador de provincias se dejaba exceder en su celo o compartía la inquina del vulgo contra ellos.
Porque lo extraño del caso es que, reconociendo en principio la legislación la honradez de los cristianos, al prohibir que se les buscase —"a los criminales se les busca y persigue", argüía con lógica Tertuliano— en cambio, si eran delatados por tales, se les condenaba a pena de muerte, aunque obtendrían sentencia absolutoria si apostataban de su fe.
De esta forma los procesos contra los cristianos revestían unas características peculiarísimas, que no tenían parangón con otros delitos que fueran llevados a los tribunales. La sola confesión del reo, sin más necesidad de testigos, era motivo suficiente de condenación, salvo que se retractase de su "crimen". Esto daba lugar a un forcejeo entre el presidente del tribunal y el cristiano, no carente de emoción, que en el caso que nos ocupa es destacadísimo, pues hasta se llega a conceder a los cristianos un plazo para que piensen y recapaciten, lo cual se hace constar asimismo en la sentencia.

Restos de los Santos Mártires Escilitanos
La terquedad del cristiano de mantenerse firme en su fe, que no cedía ante la tortura ni ante la muerte, debía ser incomprensible para el juez pagano. A algunos de éstos se les ve naturalmente honrados, y que proceden con disgusto en tan enojosos procesos, en los que, finalmente, eran ellos los vencidos y los mártires los campeones. Por lo general se quedaron en lo exterior, sin comprender toda la grandeza de los mártires, como el mismo Marco Aurelio, que, siendo un alma noble, de ética tan elevada que su pluma puede parecernos cristiana, persiguió duramente a los fieles tomando a fanatismo su desprecio de la vida.
Pero también hubo almas mejor dispuestas que llegaron a la verdad del cristianismo a través de la entereza de los propios mártires, superando los prejuicios y leyendas que corrían acerca de su baja moralidad. La comparación era bien patente: "así no morían los criminales", que además tenían ganada la libertad con un sencillo gesto de echar unos granos de incienso ante la estatua del emperador o formular por escrito o verbalmente una retractación.
Tales procesos, siendo públicos, se prestaban también a una "propaganda" de la nueva religión. El mártir era etimológicamente "el que daba fe", el que confesaba en público su doctrina y el que a menudo la rubricaba con su sangre, con lo que el testimonio resultaba del todo excepcional.
Los fieles no desaprovechaban la ocasión. Así hacían, junto con la confesión de su fe, una exposición de la misma, justificando sus creencias y la imposibilidad de retractarse de ellas. A las llamadas a la cordura de los jueces paganos contestan siempre que no pueden obedecer. Ellos acatan las leyes del Imperio, pagan los tributos, son ciudadanos respetuosos con las autoridades constituidas; pero no pueden acatar la religiónoficial, que comportaba el culto al emperador y a la diosa Roma, o sea, la divinización del Estado. Esto constituía su "crimen", que lo era de lesa majestad y estaba castigado con pena de muerte.
Sin embargo, como los cristianos en su vida ordinaria no eran peligrosos se les dejaba en paz, siempre que no mediase delación formal o que los tumultos del populacho, tantas veces provocados por los judíos, no aconsejasen una táctica de rigor. En general, la política del Imperio para con el cristianismo fue contemporizadora, recordándonos en algunos aspectos la de ciertos Gobiernos anticomunistas de nuestros días.
Al evocar el martirio de los doce cristianos de Scili quisiéramos rendir un homenaje a otros muchísimos mártires anónimos de entonces. El cristianismo había penetrado ya profundamente en todas las capas sociales, había alcanzado no sólo las ciudades mejor comunicadas, adonde llegarían primero los predicadores evangélicos, sino también los municipios, y los "pagos" o aldeas. En Africa el centro de irradiación debió ser Cartago, puerto comercial de primer orden. Este grupo compacto de cristianos de Scili, bien instruidos en su fe, bien seguros de su religión, no serían improvisados; constituirían una comunidad cristiana con culto normal, con adoctrinamiento metódico, donde se leían entre los fieles, las epístolas de Pablo, "varón justo".
Como estos núcleos los había ya a finales del siglo II por todo el Imperio y eventualmente habían de pagar su tributo de sangre. Los de Scili son un caso en que han llegado a nosotros noticias ciertas del martirio de un grupo importante. ¿Cuántos otros fueron también víctimas de la persecución? Dios lo sabe, en cuya presencia no hay héroes anónimos; pero, así como las naciones levantan monumentos a los "soldados desconocidos", al traer aquí las actas del martirio de los fieles escilitanos honramos a todos aquellos cuyos nombres ignoramos y a los que en conjunto invocamos en las letanías diciendo: "Todos los santos mártires, rogad por nosotros".
Dicen así, copiadas literalmente, las tales actas:
"En Cartago, siendo cónsules Claudiano por primera vez y Presente por segunda, el día 16 de las calendas de agosto comparecieron en la sala del tribunal Esperato, Nartzalo, Cittino, Donata, Secunda, Vestia.
El procónsul Saturnino dijo: "Aún estáis a tiempo de lograr el perdón de nuestro señor el emperador si es que entráis en cordura".
Esperato dijo: "Nunca hemos hecho ningún mal ni hemos perpetrado delito; jamás hemos maldecido y aun hemos dado gracias del mal recibido. Ya ves, pues, que honramos a nuestro emperador".
El procónsul Saturnino dijo: "También nosotros somos religiosos, y nuestra religión es bien sencilla, y juramos por el genio de nuestro señorel emperador, y rogamos por su salud, lo cual también vosotros deberíais hacer".
Esperato dijo. "Si tranquilamente prestas oídos te expondré el misterio de la sencillez".
Saturnino dijo: "Dado lo mal que empiezas a despotricar contra nuestros dioses, no esperes te preste oídos, lo que debéis hacer es jurar por el genio de nuestro señor el emperador".
Esperato dijo: "Yo no conozco como máximo el imperio de este siglo, sino que más bien sirvo a aquel Señor a quien no ha visto ni puede ver con sus ojos hombre ninguno. No he cometido hurto; si algo compro, también pago los impuestos, y eso porque reconozco a mi Señor y al Emperador de los reyes y de todas las naciones".
El procónsul Saturnino dijo dirigiéndose a los demás: "Dejad de tener las creencias de éste".
Esperato dijo: "Las creencias son malas cuando incitan al falso testimonio o a cometer homicidios ".
Saturnino, el procónsul, dijo: "Mirad, dejad este género de locura".
Cittino dijo: "No tenemos miedo si no es a Nuestro Señor que está en los cielos".
Donata dijo: "El honor a César como a César, pero el temor sólo a Dios".
Vestía dijo: "Soy cristiana".
Secunda dijo: "Yo también lo soy y quiero seguir siéndolo".
El procónsul Saturnino dijo a Esperato: "Y ¿tú continúas en ser cristiano".
Esperato dijo: "Soy cristiano".
Y todos reafirmaron lo que él.
Saturnino dijo: "¿Queréis un plazo para reflexionar?".
Esperato dijo: "En asunto tan justo no ha lugar a deliberación".
El procónsul Saturnino dijo: "¿Qué traéis en ese estuche?".
Esperato dijo: "Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo".
El procónsul Saturnino dijo. "Os doy un plazo de treinta días para que reflexionéis".
Esperato respondió de nuevo: "Soy cristiano".
Y lo mismo respondieron los demás.
Entonces el procónsul Saturnino leyó el decreto en la tablilla: "Esperato, Nartzalo, Cittino, Donata, Vestia y Secunda, y los demás que han confesado haber vivido como cristianos, a causa de que, habiendo sido invitados a seguir el uso de Roma, lo han rehusado obstinadamente, se determina que sufran la pena de espada".
Esperato dijo: "Demos gracias a Dios".
Y Nartzalo: "Hoy ya mártires estaremos en el cielo. Gracias a Dios".
El procónsul Saturnino mandó anunciar por pregón: "Esperato, Nartzalo, Cittino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Genara, Generosa, Vestia, Donata, Secunda sean conducidos al suplicio".
Todos dijeron: "Gracias a Dios".
Así terminan las actas del martirio, con ese "Deo gratias" unánime de los doce mártires, como si la Iectura de la sentencia provocara en ellos parte un suspiro de alivio, parte un grito de triunfo.
Una mano cristiana añadió a los protocolos oficiales esta coletilla: "Así todos juntos fueron coronados del martirio y reinan con el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos".
Realmente, no necesita apostillas tan bello documento. El procónsul Saturnino, el primero que desencadenó en Africa la gran persecución, según Tertuliano, pudo aprender laconismo y entereza de aquellos humildes cristianos que tuvo en su tribunal. Hablan con mesura, sin fanfarronería, pero con dignidad. Conservan todas las viejas virtudes romanas, que eran orgullo de este gran pueblo, pero sublimadas con la nueva religión. ¡Qué noble la frase de Secunda: "¡Lo que soy, eso quiero ser"! Hay en la breve y rotunda afirmación de esta mujer una firmeza inconmovible. Por eso les sobraron a todos los treinta días de plazo. "En causa tan justa no había lugar a deliberación".
Al responder con tal aplomo y seguridad aquellos sencillos aldeanos, sin sentirse cortados ante la pompa de la sala del tribunal del procónsul, nos parece percibir la profecía de Cristo: "Cuando os lleven a juicio no andéis pensando las palabras que debáis decir; mi Padre os pondrá en los labios las palabras que no podrán replicar vuestros adversarios".
Sí, es el procónsul el derrotado a pesar de dictar sentencia condenatoria. Sólo ante el triunfo pronunciamos frases de agradecimiento, y los mártires de Scili dijeron todos a una: "Gracias a Dios".
Las reliquias de estos mártires fueron conservadas en una espléndida basílica que posteriormente se levantó en su honor, en Cartago, y donde algunas veces predicó San Agustín. Después fueron transportadas a Lyón y en el siglo IX a Arlés, donde se supone que reposan actualmente.
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El ancla, un símbolo que terminó asociado con el cristianismo
El símbolo del ancla fue muy popular entre los cristianos de los primeros siglos. Sin embargo, ya no usamos este símbolo, aquí la historia.
Muchos de nosotros estamos familiarizados con los símbolos cristianos típicos como la cruz o el pez. Sin embargo, es probable que no sepas que el símbolo del ancla también era muy popular entre los cristianos de los primeros siglos. ¿Cuál es la historia de este símbolo en la antigüedad y por qué terminó asociado con el cristianismo?
Antes de que el cristianismo adoptara el símbolo, se sabía que las anclas en el mundo antiguo representaban seguridad. Los viajes por mar eran muy comunes en el área mediterránea y las anclas eran un instrumento básico utilizado por cualquier marinero o pescador. Un ancla mantenía la nave firmemente plantada en un área específica y era una herramienta obligatoria.
¿De dónde surgió la idea de los cristianos de usar un ancla cómo símbolo? El ancla apareció como el emblema real de Seleuco I (358 a.C. - 281 a.C.), rey de la dinastía seléucida establecida después de las campañas de Alejandro Magno (356 a.C. - 323 a.C.).
Se dice que Seleuco eligió el símbolo porque tenía una marca de nacimiento en forma de ancla. Los judíos que vivían bajo el imperio adoptaron el símbolo en sus monedas, aunque lo eliminaron gradualmente bajo el gobernante asmoneo Alejandro Janneo (127 a.C. - 76a.C.) alrededor del año 100 a.C.

Cuenco con un grabado de un ancla seléucida invertida y un delfín / Foto: Getty
Al parecer, a partir de este momento el uso del ancla como símbolo se popularizó. Pero un hecho posterior pudo haber hecho que los cristianos adoptaran este símbolo como suyo.
Alrededor del año 100 d.C., el emperador Trajano (53-117) desterró a Clemente, líder de la iglesia de Roma, a Crimea. Sin embargo, cuando Clemente (35-99) empezó a ganar conversos allí, Trajano ordenó que ataran a Clemente a un ancla de hierro y lo ahogaran. El martirio de Clemente, cuyo símbolo evidente fue el ancla, claramente pudo haber inspirado a una iglesia que sufría persecución en ese momento.
Otra explicación posible es que el uso del ancla para los cristianos primitivos, al parecer, siempre hizo eco del pasaje de Hebreos 6:17-20 que dice:
Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.
Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, adonde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre.
La esperanza aquí mencionada obviamente no tiene que ver con lo terrenal, sino con las cosas celestiales, y el ancla como símbolo cristiano, en consecuencia, se relaciona solo con la esperanza de salvación eterna.
En los primeros siglos del cristianismo, el símbolo fue adoptado por los cristianos y utilizado a menudo en las catacumbas en la ciudad de Roma. Los epitafios sobre las tumbas de los creyentes que datan de fines del primer siglo con frecuencia mostraban anclas junto con mensajes de esperanza. Expresiones como pax tecum o pax tibi hablan de la esperanza que los cristianos sentían al anticipar el cielo.
Aunque el símbolo no era exclusivo de los cementerios, durante los siglos segundo y tercero, el ancla se reprodujo con frecuencia más en los epitafios de las catacumbas, y particularmente en las partes más antiguas de algunos cementerios.
Sin embargo, el símbolo no volvió aparecer en ninguna inscripción cristiana a partir del siglo IV, lo que siempre ha resultado enigmático. Entonces, ¿Cuáles son las posibles razones por las que el símbolo del ancla se desvaneció?
La primera explicación que los académicos han encontrado se basa en la evidencia de que sólo unos pocos ejemplos del símbolo del ancla datan de mediados del siglo III, y que no han encontrado ninguno después del 300 d.C. Su explicación más común a esto es que a medida que el Imperio pasó de perseguir a la iglesia a tomarla como suya, los cristianos ya no necesitaban símbolos secretos para identificarse. La cruz conquistadora de Constantino (272-337) reemplazó al ancla de forma definitiva.

Representación de la famosa visión de Constantino de la cruz / Imagen: Quora
La segunda explicación que otros eruditos argumentan es que el ancla perdió su uso porque el “símbolo” era en realidad un juego de palabras en griego. El juego consistía en que la palabra ankura (ἄγκυρα) o ancla, es muy parecida a kurios (κύριος), que quiere decir Señor. Al parecer este juego de palabras perdió sentido cuando los cristianos eligieron el latín sobre el griego como su idioma principal.
Cualquiera que haya sido la razón por la que se dejó de usar este símbolo, lo que sí debemos recordar es lo que significó para nuestros hermanos en el pasado: la esperanza de una resurrección final y definitiva para una eternidad con nuestro Padre. Pero, sobre todo, la seguridad que tenemos en Él de que esto es verdad.
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