A Slingshot Productions (creadores) y Sunrise Animation (animadores) les costó unos 60 millones de dólares y en los cines de Estados Unidos ya ha recaudado unos 70 millones de dólares, entre el 19 de diciembre (cuando se estrenó) y el 4 de enero. Es recaudación sólo en EEUU, aún no ha salido del país. Esto demuestra que ha logrado capturar el interés del público familiar.
Sus distribuidores e impulsores son Angel Studios (Cabrini, Sound of Freedom), que ha adquirido sus derechos intelectuales y de franquicia por 78 millones de dólares.
Angel Studios se ha apoyado con una campaña de crowdfunding (micromecenazgo), técnica que ya domina y usa con frecuencia. De la distribución y el marketing se encargan Five & Two Studios.

En el fin de semana de su estreno, en ciertas categorías de taquilla superó a otras películas de dibujos en la cartelera, como Bob Esponja y Zootopia 2, según detalló Global Box Office. En ese fin de semana de estreno recaudó 22 millones de dólares: sólo Avatar Fuego y Ceniza le superó ese fin de semana.
"Desde los humildes comienzos hasta el fragor de la batalla, David explora el precio de la grandeza, la fuerza de la convicción y lo que realmente significa liderar con valentía", dice la sinopsis de la película.

"Las familias buscan películas con valores que honren la esperanza, y los miembros de nuestro Angel Guild [promotores y micromecenas de Angel Studios] acogieron a David desde el principio”, declaró Brandon Purdie, de Angel Studios, en un comunicado de prensa.
Se da la circunstancia de que el gigante Amazon ofrece en su canal de pago la teleserie Casa de David, en imagen real, que se inspira en el estilo épico de intrigas, batallas y magia de El Señor de los Anillos y Juego de Tronos, y lo aplica a los textos bíblicos sobre el Rey David. Sus dos primeras temporadas han tenido éxito de pública y crítica y auguran mucha más TV y popularidad para David.

Angel Studios también ha impulsado recientemente con éxito la película de animación El Rey de Reyes, inspirada en un texto de tema bíblico que Charles Dickens escribió para sus hijos, y que cubre toda la vida completa de Jesús. El Rey de Reyes ya se puede ver en cines de España y de otros países hispanos.

¿En qué se parece la iglesia primitiva del siglo II a nuestra época?
El subtítulo del libro es elocuente respeto a lo que propone: “Configuración del estilo de vida, el pensamiento y la organización de la Iglesia antigua”. Es decir, responde a la pregunta: ¿En qué se parece la iglesia primitiva del siglo II a nuestra época?
Parte de la base de que el siglo II fue un siglo clave en la configuración del cristianismo en aspectos sustanciales de lo que significaba esa sorprendente y novedosa forma de vida. Hay autores que sostienen que ese siglo es un período insuficientemente comprendido por sí mismo, un período abandonado. Otros señalan que fue el momento de las grandes decepciones, ajustes paulatinos, amargas controversias y tremendo riesgo para las comunidades cristianas. Un tiempo de transiciones también generacionales y sociológicas.
Una pregunta legítima, a la que contesta nuestro autor, es en qué se puede parecer el siglo II al nuestro. Es evidente que en el período que va desde las primeras generaciones, es decir, de los que vivieron con Jesucristo hasta finales del siglo II, se tomaron una serie de decisiones sustanciales que continúan hasta hoy en la configuración de la Gran Iglesia.
En este sentido, como coda final de lo que propone en un completo y erudito tratado, en el que también se ponen en evidencia y se sintetizan algunos importantes estados de la cuestión sobre materias relevantes, incluso de algunas hipótesis, Kruger al final se refiere a lo que ese cristianismo del siglo II puede decir al actual.
Lo primero hace referencia a cómo es la voz de los cristianos en este momento de una sociedad poscristiana, secularizada, con una Iglesia que ha perdido su influencia social y su poder. El siglo II fue un siglo hostil para el cristianismo, lo que demandaba una respuesta. Y esa respuesta que necesitaron, y que necesitamos ahora, no es una nueva apologética sino una antigua: la del siglo II, que se explica con detenimiento en las páginas del libro.
En segundo lugar, al contemplar ese período, nos recuerda que el cristianismo es una religión “libresca”. Esto nos remite al hecho de que el movimiento cristiano “siempre ha contado con una sólida dimensión intelectual, una dimensión lo suficientemente clara como para que los primeros autores paganos consideraran el cristianismo más como una filosofía que una religión”. Abandonar ahora la dimensión intelectiva y argumentativa del cristianismo es condenarlo a convertirlo en una praxis político-social.

Y por último destaca que el cristianismo, en medio de presiones y desafíos internos y externos, estaba centrado en “rendir culto a Jesús”. Los cristianos se dedicaban a reunirse a escuchar las Escrituras, compartir la Cena del Señor y administra el bautismo, además de sus labores cotidianas. El culto es básico en la forma de vida cristiana.
Esta propuesta se ha ido haciendo después de que nuestro autor haya profundizado en cómo se configuró sociológicamente el cristianismo en ese siglo, cómo fueron las persecuciones tanto políticas como intelectuales contra los cristianos, cómo se desarrolló la estructura eclesiológica, cómo se mantuvo la unidad de la regla de fe ante las desviaciones, herejías, cómo se formó la literatura cristiana y el canon del Nuevo Testamento.
Todo ello con constantes referencias al siglo I, en continuidad de tradición apostólica. Aunque es cierto que en algunas cuestiones el libro, por las incidencias del autor, pueda presentar hipótesis que debaten otros autores, el conjunto ofrece una impresionante radiografía sobre cómo ser cristiano no sólo en el siglo II.
El motivo es de un peso histórico incalculable: la conmemoración del 1.700º aniversario del Primer Concilio Ecuménico de Nicea, celebrado en el año 325 d.C.
El interés masivo no es casual. Para el mundo cristiano, Nicea es el lugar donde se definieron los dogmas fundamentales que rigen la fe hasta el día de hoy, incluyendo la redacción del Credo Niceno. La decisión del Pontífice de celebrar este aniversario en el lugar exacto donde el emperador Constantino convocó a los obispos hace diecisiete siglos ha resonado no solo en la Iglesia Católica, sino también en las iglesias Ortodoxa y Anglicana, convirtiendo a Iznik en el epicentro de la cristiandad durante este año jubilar.

Desde el punto de vista económico, la noticia ha sido un revulsivo total. El sector hotelero de Iznik, compuesto tradicionalmente por pensiones familiares y pequeños hoteles boutique, reportó un 100% de ocupación apenas 48 horas después de confirmarse las fechas del viaje papal. Este "efecto llamada" ha generado un desbordamiento hacia las ciudades vecinas.
Los hoteles en Bursa, Yalova e incluso los distritos costeros de Estambul están registrando cifras récord de pernoctaciones de peregrinos que planean desplazarse a Iznik mediante los transbordadores que cruzan el Mar de Mármara.
El comercio local también experimenta una era dorada. La famosa cerámica de Iznik (çini), reconocida mundialmente por sus intrincados diseños en azul y blanco, ha visto disparada su demanda. Los talleres artesanales han tenido que ampliar sus plantillas y horarios para producir piezas conmemorativas. Se estima que las ventas de artesanía han crecido un 300%, convirtiéndose en el motor principal de la economía local este trimestre.
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La visita papal ha puesto bajo los focos internacionales sitios arqueológicos de valor inestimable:
La Basílica Sumergida: Uno de los momentos más esperados es la oración que el Papa realizará frente a los restos de la basílica bizantina del siglo IV que yace bajo las aguas del lago Iznik. Este sitio, descubierto recientemente en 2014, simboliza la historia sumergida que ahora emerge con fuerza.
Santa Sofía de Iznik: El edificio donde se celebró el Segundo Concilio de Nicea en el año 787 ha sido meticulosamente preparado para recibir a las delegaciones internacionales, equilibrando su uso actual como mezquita con su inmenso legado como catedral cristiana.
Las Murallas y Puertas Históricas: La Puerta de Lefke y la Puerta de Estambul están siendo el escenario de procesiones y recorridos turísticos que buscan revivir la majestuosidad de la antigua capital del Imperio de Nicea.

Basílica Sumergida Concilio Nicea
El gobierno turco, consciente de la magnitud del evento, ha desplegado un dispositivo de seguridad que incluye a más de 2.500 agentes. La inversión en infraestructura ha sido masiva: se han mejorado las señalizaciones, se han restaurado tramos de las murallas romanas y se han habilitado servicios de atención al visitante en múltiples idiomas.
Esta visibilidad global es el impulso final que la ciudad necesitaba para su candidatura a la UNESCO. Las autoridades locales y el Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía confían en que el éxito de esta visita garantice la inclusión definitiva de Iznik en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Lo que se vive hoy en las calles de Iznik no es solo un pico turístico; es el renacimiento de una ciudad que, tras siglos de ser un tesoro escondido, vuelve a ocupar su lugar como puente entre civilizaciones, religiones e historias compartidas.
"Después que ellos partieron, un ángel del Señor
apareció en sueños a José, diciéndole: Levántate,
toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte
allí hasta que yo te avise; pues Herodes ha de buscar
al niño para matarle. Levantándose José, tomó al niño
y a su madre, de noche, y se retiró a Egipto".(Mt 2, 13-14)
Es de noche. Dos caravanas se deslizan entre las sombras de las afueras de Belén. En direcciones distintas. En huida. Una es la de los Magos que, avisados, regresan a su país por otro camino. La otra, la de la humilde familia nazarena. Se van también, huyendo.
Dios acaba de llegar al mundo, y el mundo organiza su persecución. ¡Así están de ciegos los hombres!
José, mientras dormía, ha sido despertado por un ángel. Fue, quizás, aquella misma noche en la que José se quedó dormido mientras repasaba las maravillas de aquel día: los Magos, su espléndido cortejo real, el brillo oriental de sus vestidos, los sabios del mundo a los pies del recién nacido.
José duerme en el gozo del descubrimiento del Niño, y de la adoración que le han tributado los pueblos de la tierra. Y un ángel toca su hombro:
-Levántate, toma el niño y a su madre, y huye…
José no discute con el ángel: cree y se levanta. No intenta tampoco enmendar el plan que le dicta el cielo. Es un viaje en el que jamás había pensado: ¿Egipto? ¿No sería mejor unirse a los Magos y buscar refugio en su país? ¿Egipto? Es una durísima tarea, pues no conoce el camino, ni el idioma, ni las costumbres de los egipcios. ¿Egipto, en donde no conocemos a nadie? ¿No serán muchos los riesgos para el niño por ser un país extraño? Y hay que ganarse la vida, abrirse camino, sin tener amigos.
El silencioso José tampoco en esta ocasión abre su boca, aunque aquella orden revoluciona su vida y sus consuelos.

Cuando comienza a salir el sol, ya llevan varias horas de marcha. En un camino desierto se dibuja una estampa conmovedora: un niño inocente abrigado en el brazo caliente y maternal de una Niña Virgen, ella sobre una borriquilla, y José por delante llevando el ramal de la cabalgadura. Solos en el desierto: de prisa.
Es ésa la respuesta a la orden del cielo. Obediencia al momento. Ejecuta con diligencia lo que se ha recibido de parte del Señor. Asusta pensar que un retraso «prudente» en la obediencia de José hubiera dado lugar a que el niño cayera en manos de Herodes. Amigo, apóstol, valora la importancia gigante de la obediencia pronta. «La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida» 2 .
José no tiene planes personales, intereses propios. Está totalmente al servicio de Dios. A él sólo le corresponde poner en juego sus facultades humanas para llevar a cabo con perfección la orden del Señor. Calla y obra en este sentido. ¡Qué contraste con el inútil ruido de los hombres!
Todos opinan y dan sus pareceres, los propios, los de cada uno. Y nadie hace nada: ni lo ajeno, porque no es propio; ni lopropio, porque no ayudan los demás. La fuerza se va por la boca. Es preciso ser ejecutores, ejecutores silenciosos. Para ello es necesario ser santo, y eso nos santifica.
Es preciso convencerse una y otra vez de que no se cae un solo cabello sin el permiso de Dios. El mundo está lleno de teóricos, buscadores ruidosos de pretextos.

Y por un camino desierto de este mundo, cuando sale el sol, aparece José cumpliendo el plan de Dios. Van pasando las horas y el cansancio abruma a los peregrinos. Sobre José pesa la responsabilidad: cansancio en el cuerpo, responsabilidad tremenda que angustia el alma.
José marcha derecho, erguido su cuerpo a pesar del dolor, cumpliendo lo previsto desde siempre. Ningún consuelo en los sentidos, ningún descanso para el cuerpo, ningún alivio para la carga del alma.
Y siempre los asaltos de los temores: de los perseguidores, de los peligros del desierto, de la inseguridad de la vida que ha de comenzar en Egipto. El Niño y María dependen de él.
José obedece, pero sabe el motivo del viaje. Es muy posible que María se deje llevar sin saberlo. José, para no alarmarla, calla, sin duda, la causa de tan inesperada expedición: ella va y no sabe por qué. El niño está dormido en los brazos de María.
Cuanto más noble es el personaje, más perfecta es la sencillez de la obediencia. Más completo el abandono. ¡Si fuéramos tú y yo, amigo, al menos como la borriquilla, dóciles al ramal de quien nos lleva!
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Tan escasas son las noticias sobre su vida, como en cambio abundantes son las obras teológicas que este verdadero Defensor Fideinos ha dejado. Nacido en una familia acomodada galo-romana y pagana, recibe una sólida formación literaria y filosófica, pero solamente luego de la conversión al cristianismo - como él mismo declarará en una de sus obras - logra encontrar el sentido del destino del hombre.
Es en particular con la lectura del prólogo al Evangelio de Juan, que Hilario inicia y da una dirección a la propia búsqueda interior. Adulto, casado y con una hija, recibe el Bautismo y entre el 353 y el 354, es elegido obispo de Poitiers.

El período histórico en el que San Hilario vive, está particularmente caracterizado por un pluralismo religioso y cultural que con pesadas polemicas melló el núcleo central de la fe cristiana.
En particular, las doctrinas de Arrio, Ebión y Fotino - por citar solamente algunas - encontraron terreno fértil ya sea en Occidente que en Oriente, difundiendo herejías trinitarias y cristológicas que comprometían el núcleo central de la fe cristiana.
Con coraje y profunda competencia, San Hilario inicia su “lucha” contra la polémica trinitaria y en particular contra el arrianismo, sosteniendo en cambio que Cristo, solo si es verdadero Dios es verdadero hombre, puede ser el salvador de los hombres. En este clima encendido, San Hilario pagó con el exilio el compromiso por el restablecimiento del orden en el pensamiento teológico y por el retorno a la verdad.
Estamos en el siglo IV, durante el imperio de Constanzo, hijo del emperador Constantino el Grande.
San Hilario escribe una súplica al emperador - Liber II ad Constantium – pidiendo poder defenderse públicamente, en presencia del mismo emperador, de las acusaciones que Saturnino de Arlés injustamente le habia dirigido, indicándolo como traidor de la verdadera fe evangélica y obligándolo al exilio en Frigia (en la actual Turquía) por 4 años.
Instigado por los arrianos que querían deshacerse de Hilario, Constantino lo vuelve a enviar a Poitiers donde, en cambio, es acogido triunfalmente. Regresando a su patria, retoma la actividad pastoral apoyado también por el futuro obispo de Tours, S. Martín, que bajo la dirección de Hilario funda en Ligugé el más antiguo monasterio de la Galia, con el objetivo de contrastar los efectos de la herejía.
En los ultimos años de su vida compone un comentario a cincuenta y ocho Salmos. Muere en el 367 y de él han quedado escritos exegético-teológicos e himnos de argumento doctrinal. Entre sus obras, se encuentra también el Comentario al Evangelio de Mateo, el más antiguo comentario en lengua latina de este Evangelio. Sus obras fueron publicadas por Erasmo de Rotterdam en Basilea en 1523, 1526 y 1528.
En 2007, continuando el ciclo de catequesis sobre los Padres Apostólicos y los primeros cristianos, el Papa Benedicto XVI se ha detenido sobre la figura de san Hilario de Poitiers resumiendo lo esencial de su doctrina en esta fórmula del Santo:
“Dios sólo sabe ser amor, y sólo sabe ser Padre.
Y quien ama no es envidioso, y quien es Padre lo es totalmente.
Este nombre no admite componendas, como si Dios sólo fuera padre en ciertos aspectos y en otros no”.
"Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua y he aquí que se le abrieron los Cielos y vio al espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz del Cielo que decía: Este es mi hijo, el amado, en quien me he complacido". (M 13, 16-17.)
En la solemnidad de hoy conmemoramos el bautismo de Jesús por San Juan Bautista en las aguas del río Jordán. Sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse a este rito de la misma manera que se sometió a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo israelita, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor. Juan cumplió, con energía, la misión de profetizar y suscitar un gran movimiento de penitencia como preparación inmediata al reino mesiánico.
El Señor deseó ser bautizado, dice San Agustín, «para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad»7.
Con el bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Jesucristo con la determinación progresiva de sus elementos, y lo impuso como lgy universal el día de su Ascensión: Me fue dado todo poder en el Cielo y en la tierra, dirá el Señor; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo 8.
En el Bautismo recibimos la fe y la gracia. El día en que fuimos bautizados fue el más importante de nuestra vida. De igual modo que «la tierra árida no da fruto si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos como un leño seco, nunca hubiéramos dado frutos de vida sin esta lluvia gratuita de lo alto» 9. Nos encontrábamos, antes de recibir el Bautismo, con la puerta del cielo cerrada y sin ninguna posibilidad de dar el más pequeño fruto sobrenatural.

Hoy nuestra oración nos puede ayudar a dar gracias por haber recibido este don inmerecido y para alegrarnos por tantos bienes cómo Dios nos concedió. «La gratitud es el primer sentimiento que debe nacer en nosotros de la gracia bautismal; el segundo es el gozo. Jamás deberíamos pensar en nuestro bautismo sin un profundo sentimiento de alegría interior» '.
Hemos de agradecer la purificación de nuestra alma de la mancha del pecado original, y de cualquier otro pecado si lo hubo, en el momento de recibir el Bautismo. Todos los hombres somos miembros de la familia humana que en su origen fue dañada por el pecado de nuestros primeros padres.
Este «pecado original se transmite juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y se halla como propio en cada uno» 11. Pero Jesús dotó al Bautismo de una especialísima eficacia para purificar la naturaleza humana y liberarla de ese pecado con el que hemos nacido. El agua bautismal significa y opera de un modo real lo que el agua natural evoca: la limpieza y la purificación de toda mancha e impureza».
«Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo: no se te ocurra —nos exhorta San León Magno— ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo» .
Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, la perseverancia continua en el cumplimiento de tu14.
El Bautismo nos inició en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural. Es la nueva vida que predicaron los Apóstoles y de la que habló Jesús a Nicodemo: En verdad te digo que quien no naciera de arriba no podrá entrar en el reino de Dios... Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu15.
El resultado de esta nueva vida es cierta divinización del hombre y la capacidad de producir frutos sobrenaturales.
La dignidad del bautizado está como velada muchas veces, por desgracia, en la existencia ordinaria; por eso nosotros, al igual que hicieron los santos, hemos de esforzarnos en vivir conforme a esa dignidad.
Nuestra más alta dignidad, la condición de hijos de Dios, que se nos comunica en el Bautismo, es consecuencia de la nueva generación. Si la generación humana da como resultado la «paternidad» y la «filiación», de modo semejante aquellos que son engendrados por Dios son realmente hijos suyos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos realmente! Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos...16.
En el momento del Bautismo, por la efusión del Espíritu Santo, se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal se bendice en la noche de Pascua y en la oración se pide: Así como el Espíritu Santo descendió sobre María y produjo en Ella el nacimiento de Cristo, así descienda El sobre su Iglesia y produzca en su claustro materno (la pila bautismal) el renacer de los hijos de Dios.
A esta expresión tan gráfica corresponde esta profunda realidad: el bautizado renace a una nueva vida, a la vida de Dios, por eso es su «hijo». Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo 17.
En la Iglesia nadie es un cristiano aislado. A partir del Bautismo, el cristiano forma parte de un pueblo, y la Iglesia se le presenta como la verdadera familia de los hijos de Dios. «Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente» 19. Y el Bautismo es la puerta por donde se entra a la Iglesia 20.
«Y en la Iglesia, precisamente por el bautismo, somos llamados todos a la santidad» 21, cada uno en su propio estado y condición, y a ejercer el apostolado. «La llamada a la santidad y la consiguiente exigencia de santificación personal, es universal: todos, sacerdotes y laicos, estamos llamados a la santidad; y todos hemos recibido, con el bautismo, las primicias de esa vida espiritual que, por su misma naturaleza, tiende a la plenitud» 22.
Otra verdad íntimamente unida a esta condición de miembro de la Iglesia es la del carácter sacramental, «un cierto signo espiritual e indeleble» impreso en el alma 23. Es como el resello de posesión de Cristo sobre el alma del bautizado. Cristo tomó posesión de nuestra alma en el momento de ser bautizados. El nos rescató del pecado con su Pasión y Muerte.
Con estas consideraciones comprendemos bien el deseo de la Iglesia de que los niños reciban pronto estos dones de Dios 24. Desde siempre ha urgido a los padres para que bauticen a sus hijos cuanto antes. Es una muestra práctica de fe. No se atenta a su libertad, como no se les causó agravio alguno por darles la vida natural, ni por alimentarles, limpiarles y curarles, cuando no podían ellos pedir estos bienes. Por el contrario, tienen derecho a recibir esa gracia. ¡Qué buen apostolado habremos de hacer en muchos casos!: con amigos, compañeros, conocidos...
En el caso del Bautismo está en juego algo infinitamente mayor que ningún otro bien: la gracia y la fe; quizá, la salvación eterna. Sólo por ignorancia y por una fe dormida se puede explicar que muchos niños queden privados, por sus mismos padres ya cristianos, del mayor don de su vida. Nuestra oración se dirige a Dios hoy, para que no permita que esto suceda.
Hemos de agradecer a nuestros padres que, quizá a los pocos días de nacer, nos llevaran a recibir este santo sacramento.


Desde tiempos muy remotos, tanto en Oriente como en Occidente –a excepción de la ciudad de Roma y, probablemente, de las provincias de África– la Iglesia celebró el día 6 de enero la manifestación de Dios al mundo, fiesta posteriormente conocida como Epifanía. En efecto, ya en el siglo II se encuentran referencias acerca de una conmemoración del bautismo de Jesús, por parte de algunas sectas gnósticas. De todos modos, habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo IV para recoger los primeros testimonios procedentes de ámbitos ortodoxos.
El origen de la solemnidad de Epifanía es bastante oscuro. Una tras otra se han sucedido las más variadas hipótesis, si bien, en cualquier caso, parece que la fiesta surgió dentro del proceso de inculturación de la fe, como cristianización de una celebración pagana del Sol naciente, de gran arraigo en la región oriental del Imperio.
Muy pronto, en Occidente, la fiesta de Epifanía revistió un triple contenido teológico, como celebración de la manifestación a los gentiles del Dios encarnado –adoración de los Reyes Magos–, manifestación de la filiación divina de Jesús –bautismo en el Jordán– y manifestación del poder divino del Señor – milagro de las bodas de Caná–. En Oriente, con la introducción de la fiesta de la Navidad, el 25 de diciembre, la solemnidad de Epifanía perdió su carácter de celebración del nacimiento de Cristo, y se centró en la conmemoración del Bautismo en el Jordán.
En la Iglesia romana, la celebración litúrgica de la Epifanía gira hoy día en torno a la universalidad del designio salvífico divino. Así, las lecturas refieren la vocación salvífica de los gentiles, ya anunciada por los profetas (IS 60: 1-6) y realizada plenamente en Cristo (Ef 3:2-3. 5-6 y Mt 2: 1-12). Esta misma perspectiva puede advertirse en los textos eucológicos.
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Antes que el Verbo de Dios encarnado hubo otros que llevaron ese nombre bendito: Josué (= Jesús), el sucesor de Moisés al frente de Israel; Jesús hijo de Sirac, autor del Eclesiástico; Jesús hijo de Eliezer y padre de Er, en la genealogía de Cristo. El significado siempre es el mismo: Yehósúa o Yesúa, que quiere decir Yahvé salva. Pero sólo Jesucristo realiza lo que su nombre significa, y lo hace en beneficio del hombre caído al que viene a salvar.
El nombre de Jesús es elegido por Dios, según anuncia el ángel Gabriel a María: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (Lc 1, 31). Luego, el ángel le explicará a José el significado del nombre: María, tu mujer... dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados (Mt 1, 20-21). Al llegar el momento, María y José cumplieron lo que el cielo les había indicado: Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21).
Sólo Jesús podía reemplazar su nombre por el Yo personal, y ese Yo tenía toda la fuerza del Dios que salva: Yo iré a curarle (Mt 8, 5), anuncia al centurión que le pide la curación de su criado. Jesús realiza todos los prodigios en su propio nombre. Hasta su propia resurrección: Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días (In 2, 19).

Sin embargo, los discípulos de Jesús sólo en su nombre podrán hacer prodigios: Echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y, si beben veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos (Mc 16, 17-18).
Es lo que hicieron los apóstoles Pedro y Juan, cuando el tullido les pidió limosna, y Pedro le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar(Hch 3, 6). Pedro estaba convencido de haber hecho un favor a un enfermo..., pues quede bien claro que ha sido el nombre de jesucristo Nazareno... Ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos (Hch 4, 8-12).
Pablo, el enamorado de Cristo Jesús, en un arrebato de fe y de exaltación espiritual, exclama entusiasmado ante el Señor que se despoja de su rango, y toma condición de esclavo, y se rebaja hasta someterse a una muerte de cruz: Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 6-11).
Ante el inmenso poder del «Nombre-sobre-todo nombre», no podía la Iglesia permanecer indiferente. Y en la vida cristiana de todos los siglos ha habido siempre testimonios elocuentes que han enardecido a oyentes o lectores para que invocaran el nombre de Jesús con fe, con amor, con entusiasmo. En toda la época patrística hay una constante a favor de la devoción sin reservas al nombre de Jesús, que sigue la línea mar-cada por los apóstoles.
Esa corriente ha llegado hasta nuestros días, alentada por tantas iniciativas eclesiales, entre las que destaca la de Ignacio de Loyola, que eligió como anagrama y nombre de su Compañía: IHS, nombre de Jesús, que suele traducirse Jesús salvador de los hombres.
En el siglo XII se alza la voz del gran Bernardo de Claraval, para exclamar que el nombre de Jesús es luz, es alimento, es medicina.
La elocuencia y entusiasmo con que San Bernardo exaltó el nombre de Jesús influyeron poderosamente en los escritores posteriores. En el siglo XIII, San Buenaventura, iniciado en los misterios del reino a la sombra, del gran Francisco de Asís, hace mención de las exclamaciones de San Bernardo cuando habla del nombre de Jesús con estas palabras:
"Éste es el nombre sacratísimo, vaticinado por los profetas, anunciado por el ángel, predicado por los apóstoles, deseado de todos los santos. ¡Oh nombre virtuoso, gracioso, gozoso, delicioso, glorioso! Virtuoso, porque desbarata a los enemigos, restaura las fuerzas, recrea los ánimos. Gracioso, porque tenemos en él el fundamento de la fe, la firmeza de la esperanza, el aumento de la caridad, el complemento de la justicia.
Gozoso, porque «es júbilo en el corazón, melodía en el oído, miel en la boca», esplendor en la mente. Delicioso, porque rumiándolo nutre, pronunciándolo deleita, invocándolo unge, escribiéndolo recrea, leyéndolo instruye. Nombre verdaderamente glorioso, pues dio vista a los ciegos, andar a los cojos, oído a los sordos (Cf. Hch 3, 6), palabra a los mudos, vida a los muertos. ¡Oh bendito nombre, que tales efectos de su virtud ostenta! ¡Alma!, ya escribas, ya leas, ya enseñes, ya ejecutes cualquiera otra labor, nada te agrade, nada te deleite, sino Jesús.
Llama, pues, Jesús al niño espiritualmente nacido de ti. Jesús, esto es, Salvador, en el destierro y miseria de esta vida. Sálvete Jesús de la vanidad del mundo que te combate, de los engaños del ene-migo que te molesta, de la fragilidad de la carne que te atormenta".
«Clama, alma devota, cercada de tantas miserias, clama a Jesús y dile: ¡Oh Jesús, Salvador del mundo, sálvanos, pues con tu cruz y con tu sangre nos redimiste! Ayúdanos, ¡oh Señor Dios nuestro! Sálvanos, digo, ¡oh dulcísimo Jesús, oh Salvador!, es-forzando a los débiles, consolando a los afligidos, socorriendo a los frágiles, consolidando a los vacilantes.
»¡Oh, cuánta dulzura sintió muchas veces, después de la imposición del bendito nombre, la Virgen María, feliz madre natural y verdadera madre espiritual, cuando entendió que, en virtud de este nombre, eran lanzados los demonios, multiplicados los milagros, iluminados los ciegos, curados los enfermos, resucitados los muertos!

Pues de la misma manera tú, alma, madre espiritual, te has de alegrar y gozar, cuando en ti y en los otros echas de ver que tu bendito Hijo Jesús ahuyenta los demonios en la remisión del pecado, alumbra los muertos al conferir la gracia, cura los enfermos, sana los cojos, endereza los paralíticos y contraídos, robusteciendo su espíritu, a fin de que sean fuertes y varoniles por la gracia los que antes eran flacos y cobardes por la culpa. ¡Oh dichoso y bienaventurado nombre, que mereció contener tan grande virtud y eficacia!»
El beato Angélico supo captar la profunda unión de su padre Domingo de Guzmán con Cristo, en ese expresivo cuadro de Domingo abrazado a la cruz, embelasado ante el rostro ensangrentado de Cristo. En su escuela se han formado grandes seguidores de Jesús, en sus iglesias nacieron y se cultivaron las cofradías del Santísimo Nombre, entre sus discípulos está, por ejemplo, el Beato Enrique Seuze que grabó a fuego en su pecho el nombre de Jesús, o la apasionada por su Esposo celestial Santa Catalina de Siena, oel cantor del Nombre de Jesús fray Luis de Granada. Así escribía el gran predicador de Granada en el Siglo de Oro de la lengua española, dejando de lado otros nombres y quedándose sólo con el de Jesús, Salvador y Liberador:
«Después de circuncidado el niño, dice el evangelista que le pusieron por nombre Jesús (Lc 2, 21), que quiere decir Salvador.
»Este glorioso nombre fue primero pronunciado por boca de los ángeles, porque el ángel que trajo la embajada a la Virgen, dijo que le llamarían por nombre Jesús (Lc 1, 31), y el que aparesció a Joseph en sueños, le dijo lo mismo; y añadió la razón del nombre diciendo: Porque él hará salvo a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).
»Bendito sea tal nombre, y bendita tal salud, y bendito el día que tales nuevas fueron dadas al mundo. Hasta aquí, Señor, todos los otros salvadores que enviaste al mundo, eran salva-dores de cuerpos, y eran salvadores de carne, que ponían en salvo las haciendas y las casas y las viñas, y dejaban perdidas las almas, hechas tributarias del pecado y por él subjectas al enemigo.
Pues ¿qué le aprovecha al hombre conquistar y señorear al mundo, si él queda esclavo del pecado, por donde venga después a perderlo todo? Pues para remedio de este mal es agora enviado este nuevo Salvador, para que sea cumplida salud de todo el hombre, que, salvando las ánimas, remedie los cuerpos y, librando de los males de culpa, libre también de los males de penas, y así deje a todo el hombre salvo (...).
¡Oh bienaventurada salud, digna de tal Salvador y de tal Señor! Desee cada uno la salud y los bienes que quisiere, anteponga las cosas de la tierra a las del cielo, tenga en más la muerte del cuerpo que la del ánima: mas yo desearé con el santo patriarca esta salud, y desfallescerá mi ánima, deseándola con el profeta David (Sal 118, 81).
Sálvame, Señor, de mis pecados, líbrame de mis malas inclinaciones, sácame del poder de estos tiranos, no me dejes seguir el ímpetu bestial de mis pasiones, defiende la dignidad y la gloria de mi ánima, no permitas que yo sea esclavo del mundo y tenga por ley de mi vida el jucio de tantos locos, líbrame de los apetitos de mi propria carne, que es el mayor y más sucio de todos los tiranos, líbrame de los vanos deseos y de los vanos temores y vanas esperanzas del mundo, y sobre todo esto líbrame de tu enemistad, de tu ira y de la muerte perdurable, que se sigue de ella; y concedida esta libertad y esta salud, reine quien quisiere en el mundo, y gloríese en el señorío de la tierra y de la mar, porque yo con el profeta solamente me gloriaré en el Señor, y alegrarme he en Dios mi Salvador (Ha 3, 18).»
«Pues ésta es la salud que vino el Señor a dar al mundo -sigue diciendo fray Luis de Granada-, y ésta es la que se significa por este nuevo nombre que hoy le ponen de Jesús. De manera que cuando el cristiano oye este nombre, ha de representar en su corazón un Señor tan misericordioso, tan hermoso, tan poderoso, que disipa todo el ejército del demonio, que despoja de sus fuerzas a la muerte, que pone silencio al pecado, que quita la jurisdicción al infierno, que saca los que están captivos en manos de estos tiranos, y los limpia de la fealdad de sus cárceles, y los restituye en tanta hermosura, que los ojos de Dios se aficionan a ellos, y los abraza su bondad, y los hace reinar eternalmente consigo.
Porque tres males principales, entre otros muchos, nos vinieron del pecado, que son muerte, infierno y servidumbre del demonio; y por esto, quien nos libró del pecado, junto con él nos libró de todos estos enemigos, y nos dio prenda y certidumbre de vida perpetua, de compañía con la vida de Dios, de gracia y amistad con él, de favores de su poder, de dones de su liberalidad, y de segura posesiónde todos los bienes. Porque todo esto se pierde por el pecado, y todo se gana por Jesucristo, y por esto con mucha razón le fue puesto tan divino nombre. ¡Oh nombre glorioso, nombre dulce, nombre suave, nombre de inestimable virtud y reverencia, inventado por Dios, traído del cielo, pronunciado por los ángeles, y deseado en todos los siglos! De este nombre huyen los demonios, con él se espantan los poderes infernales, por él se vencen las batallas, por él callan las tentaciones, con él se consuelan los tristes, a él se acogen los atribulados, y en él tienen su esperanza todos los pecadores.
»Éste es el nombre de que la esposa hablando con el esposo en los Cantares, dice: Olio derramado es tu nombre (Ct 1, 2) (...). Tenga, pues, este Señor para sí, llamarse Hijo de Dios, resplandor de la gloria, imagen de la divina substancia, palabra del Padre, virtud del Omnipotente, heredero de todas las cosas, Rey de los reyes y Señor de los señores. Tenga para sí llamarse Cristo, que quiere decir ungido, pues él fue ungido como gran profeta, como rey y como sacerdote.
Porque como profeta nos enseñó con su doctrina, y como sacerdote nos reconcilió con su Padre, y como rey nos ha de coronar con eterno galardón. Tenga, pues, él para sí todos estos títulos y excelencias, mas para ti sea Jesús, que quiere decir Salvador, para que él te salve y libre de la vanidad del mundo, de los engaños del demonio, y de las malas inclinaciones de la carne. Y pues estás cercado de tantas miserias, llama a este Señor,y dile: Sálvanos, Señor, Salvador del mundo, pues con tu sangre y con tu cruz nos redimiste, esfuerza al flaco, consuela al triste, y ayuda al enfermo, y levanta al caído.
»Éste es el nombre que vence los demonios, alumbra los ciegos, resuscita los muertos y sana todo género de enfermedades (...). ¡Oh dichoso y bienaventurado nombre de tanta virtud y eficacia, el cual unas veces alegra las ánimas, mas otras llega a embriagarlas y hacerlas salir de sí con la grandeza de su dulzura!»
Sólo en Jesús está la salvación -Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás-: aclamemos a Jesús, el Señor.
Jesús es el más seguro valedor ante el Padre Dios —Yo os aseguro: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará (In 16, 23)—: oremos en su Santo Nombre.
El Santo Nombre de Jesús es siempre estímulo para vivir, para trabajar por su reino, para mantener vivos el amor y la esperanza: En tu nombre, echaré las redes (Lc 5, 5).
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El dogma católico, sin embargo, afirma como doctrina de fe, muchas veces definida, que la Virgen María es verdadera Madre de Dios por haber engendrado y dado a luz a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre en unidad de persona. Este dogma, lo mismo que el dogma de la Encarnación, al que está necesariamente conexo, entra en la categoría de los misterios estrictos; la teología católica, al intentar penetrarlo, no pretende que desaparezca el velo que lo encubre.
Es una maravillosa realidad, que encuentra las más estupendas armonías en el conjunto de los misterios de nuestra fe.
Si el Mesías, que anuncia el A. T., aparece con cualidades divinas, la mujer que le acompaña en muchos textos, como «madre», «reina», «Hija de Sión», desde el protoevangelio hasta la profecía de Miqueas, habría que deducirla, de algún modo, como madre de un Mesías que es Dios. La literatura veterotestamentaria no explícita esa conclusión; entre otras cosas porque la idea de un Mesías Dios aunque es apuntada no está revelada con claridad.

No es, pues, extraño que en los textos del A. T. no se encuentre declaración explícita alguna sobre la maternidad divina. Ésta será posible con la plenitud de la Revelación, es decir, en el N. T. Aquí es necesario distinguir la realidad misma, del nombre. La expresión Madre de Dios no es bíblica (luego veremos su origen), pero su contenido sí.
Más aún, hay expresiones que son hasta formalmente equivalentes, Mater Domini (Le 1,43), ya que aunque la expresión Señor, absolutamente y aislada, indica sólo un título mesiánico, en el contexto lucano en que aparece, y, sobre todo, en el ambiente de las tradiciones neotestamentarias, significa y se aplica al Cristo precisamente como Dios. Esa expresión, pues, en boca de Isabel, tiene una fuerza extraordinaria: Mater Domini es el modo hebreo de decir Madre de Dios.
Ya S. Tomás se planteaba la objeción de que en la Sagrada Escritura no se encuentra el título de Madre de Dios; y sí sólo los de Madre del Señor y Madre del niño, y respondía: «... ésa fue la objeción de Nestorio: que se resuelve porque, aunque no se encuentre expresamente en la Escritura que María sea Madre de Dios, sí que se encuentra expresamente que Jesucristo es verdadero Dios... y que María es madre de Jesucristo... De donde se sigue necesariamente, de las palabras de la Escritura, que sea Madre de Dios» (Sum. Th. 3, q35 a4).
«Nuestro Dios, Jesucristo, fue llevado en el seno por María», dice hermosamente S. Ignacio de Antioquía a principio del s. ii (Ad Ephesios, 18,2). Y una fórmula primitiva del Símbolo Apostólico ya contiene la siguiente declaración: «Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo» (Denz.Sch. 3).
Los textos y las declaraciones de esta naturaleza sobre la Maternidad divina, es decir, sobre Cristo Dios y hombre en cuanto hijo de María, son innumerables en la Patrística anterior al Conc. de Éfeso (431). No es, pues, necesario documentar más el hecho. Más interesante es precisar, en lo posible, la aparición del vocablo griego Theotokos que ese Concilio definió y consagró.
Nestorio, en diversos pasajes de sus obras, rechazó ese término como utilizado por los herejes antitrinitarios: Apolinar, Arrio y Eunomio; y en su obra El libro de Heráclides de Damasco desafía a San Cirilo a presentar un solo lugar de los Padres o de los Concilios ortodoxos que lo utilizaran.
Nestorio, sin embargo, no tiene razón ni siquiera desde el punto de vista historiográfico. La crítica, aunque no concede una antigüedad total al título Theotokos, ha establecido que existía por lo menos un siglo antes de Éfeso. Así la oración Sub tuum praesidium se encuentra escrita en el Papyrus n. 470 de la John Roylands Library, que hay que datar de finales del s. III; y en ella se dice: «Bajo tu amparo nos acogemos, Theotokos...».

Teodoreto, en su Historia Eclesiástica, nos ha trasmitido un texto de Alejandro de Alejandría, del año 325, en que se dice: «Nuestro Señor Jesucristo llevó verdaderamente, y no en apariencia, un cuerpo tomado de la Theotokos» (I,3: PG 82,908A).
Utilizan también el título: S. Atanasio (m. 373), Dídimo el Ciego (m. 398), Eusebio de Cesarea (m. 340), S. Cirilo de Jerusalén (m. 396), S. Basilio (m. 379), S. Gregorio Nacianceno (m. 389), S. Gregorio de Nisa (m. 394), etc. Entre los latinos, S. Ambrosio (m. 397) es el primero que utiliza la correspondiente traducción latina Mater Dei: «Quid nobilius Mater Dei» (De Virg. 1,2,7: PL 16,22013). El uso de la expresión no estaba, sin embargo, aún consagrado a Occidente; S. Jerónimo (m. 420) nunca emplea las expresiones Mater Dei, ni Deipara, y lo mismo sucede con S. Agustín.
En las discusiones en torno al Conc. de Éfeso, iniciadas a partir de una mera cuestión de terminología, utilizada por el pueblo, y que Nestorio quiere reprimir, se advierte en seguida que los títulos: Christotokos, Anthropotokos, Theotokos, están vinculados a las más graves cuestiones de Cristología. El vocablo Theotokos (=Deipara, Deigenitrix) se convierte en una tessera lidei.
El Conc. de Éfeso se concluye con una condenación de Nestorio como hereje, y una aprobación de la Carta de S. Cirilo a Nestorio, en la que se dice: «... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la Santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera (los Santos Padres) no tuvieron inconveniente en llamar Theotokos a la santa Virgen» (Acta Conciliorum oecumenicorum, 1,1,1,25 ss.).
Con ello el sentido del dogma de la Maternidad divina quedaba definitivamente fijado, y el mismo Concilio podía establecer que el título no tiene un sentido meramente figurado, sino real y propio (Denz.Sch. 427). Más tarde el error adopcionista renovará un nestorianismo suavizado; pero ya en nada afectará a un dogma, que, bien establecido en Éfeso, se ha conservado inalterable en toda la tradición católica y también en otras confesiones cristianas.
De la Maternidad divina surgen unas relaciones del todo especiales entre María y cada una de las Personas de la Santísima Trinidad. En la gracia propia de la Maternidad divina, las tres divinas Personas invaden todo el ser de María: el Padre se dona, el Hijo es enviado por el Padre, y el Espíritu Santo por los dos.

"Virgen con el Niño" Catacumba de Santa Priscila.
Pero no se produce ni una filiación natural que es exclusiva de Cristo; ni una filiación adoptiva, porque la misión del Espíritu Santo en María no es la de conformar a María con el Hijo. Lo que se realiza, en verdad, es una maternidad divina: el Hijo y, a través del Hijo, el Espíritu Santo, configuran a María con el Padre; donándose éste en su propia nocionalidad de tal.
Ambas encuentran su fundamento en la Maternidad divina, es decir, en el hecho de que la Virgen es Madre de Dios encarnado. En verdad, aunque esas realidades las expresamos con conceptos formales diversos, forman una unidad en el concreto orden divino establecido para la redención humana.
En efecto, la Maternidad divina de María es intrínsecamente soteriológica: está ordenada a darnos el Cristo-Hombre, Redentor del mundo con su Pasión y muerte; y se ve envuelta en el mismo destino que la Encarnación.
JOAQUÍN M. ALONSO
V. t.: ENCARNACIÓN DEL VERBO 11, 7; JESUCRISTO 111, 2. BIBL.: M. GORDILLO, Mariologia Orientalis, Roma 1954; M. D. PHILIPPE, Le mystére de la Maternité divine, en Maria, VI, París 1961, 367-416; J. M. BOVER, Deiparae Virginis Consensus, Madrid 1942; R, LAURENTIN, Structure et théologie de Lc I-II, París 1957; N. S. BROARDO, De maternitate divina B. M. Semper V. Nestorii Const. et Cyrillí Alex. sententia, Roma 1944; RAGAZZINI, La divina maternitá di Maria nel suo coneetto teologico integrale, Roma 1948; M. J. NICOLÁS, Théotokos. Le Mystére de Marie, París 1965; J. M. ALONso, Naturaleza y fundamentos de la gracia de Marta «Estudios Marianos» 5 (1946) 11-110; íD, TrinidadEncarnación-Maternidad Divina, «Ephemerides Mariologicae» 3 (1953) 86-102. La Sociedad Mariológica Española ha tratado el tema: dos diversos trabajos se recogen en los volúmenes VIII y XI de sus actas

