Durante el siglo III los cristianos comienzan a dar culto litúrgico a los mártires, sus hermanos en la fe, que amaron a Dios más que a su propia vida. El culto empieza en las mismas tumbas.
La comunidad cristiana se reúne lo más cerca posible del sepulcro para conmemorar el aniversario del martirio. En estas reuniones se celebraba la santa misa y un testigo presencial relataba las vicisitudes del martirio o bien se leían las actas.
No era raro ver en primera fila al hijo, al padre o a la esposa del glorioso mártir. La tumba de un mártir constituye una gloria local, y, visitada en un principio por parientes y amigos, acaba por convertirse en centro de peregrinación.

Circo Vaticano según un grabado de Carlo Fontana, 1694
En el siglo IV, cuando la Iglesia goza de paz después del azaroso período de persecuciones, se levantan bellas basílicas en honor de los mártires, procurando siempre que el altar central (el único que había entonces en las iglesias) se asiente encima del sepulcro, aunque para ello tengan que nivelar el terreno o inutilizar otras sepulturas.
Desde la iglesia se podía descender por escaleras laterales hasta la cámara sepulcral o cripta, situada debajo del presbiterio, en donde estaba el cuerpo del mártir.
No se conservan las tumbas de los mártires de los dos primeros siglos por la sencilla razón de que aún no se les daba culto. Hay, empero, dos excepciones, y son la tumba de San Pedro, primer papa, y la de San Pablo, apóstol de los gentiles. Ambos fueron martirizados en Roma hacia el año 67, en distinta fecha, aunque la liturgia celebre su fiesta el mismo día 29 de junio.
San Pedro fue crucificado, según tradición, y los cristianos le dieron sepultura en un cementerio público de la colina Vaticana, junto a la vía Aurelia, mientras que San Pablo murió decapitado (tuvieron con él esta deferencia por tratarse de un ciudadano romano), siendo enterrado en la vía Ostiense, muy cerca del Tíber.
Tenían los dos mucha importancia en la fundación de la Iglesia romana para que los cristianos perdieran el recuerdo de sus tumbas. Efectivamente, hacia el año 200, el sacerdote romano Gayo, en una discusión con Próculo, representante de la secta montanista, le decía a éste:
"Yo te puedo mostrar los restos de los apóstoles; pues, ya te dirijas al Vaticano, ya a la vía Ostiense, hallarás los trofeos de quienes fundaron aquella Iglesia" (Eusebio, Hist. Ecl., II, 25,7.)
Cesaron las persecuciones y Constantino subió al trono imperial. Por aquellos días gobernaba la Iglesia el papa San Silvestre. Su biógrafo, en el Liber Pontificalis, dice que el emperador construyó, a ruegos del Papa, la basílica sobre la tumba de San Pedro.
La empresa no fue fácil, pues el sepulcro estaba en una pendiente bastante pronunciada de la colina. Tuvieron que levantar altos muros a un lado, ahondar el terreno en otro y nivelar el conjunto hasta obtener una gran plataforma.
El Papa la dedicó en el año 326 y, según se lee en el Breviario Romano, erigió en ella un altar de piedra, al que ungió con el sagrado crisma, disponiendo además que, en adelante, tan sólo se consagraran altares de piedra. Era una basílica grandiosa, a cinco naves, con un pórtico en la entrada, y que perduró por toda la Edad Media.
Debajo del altar, a unos metros de profundidad había la cripta con la tumba del apóstol, la cual fue recubierta con una masa de bronce y una cruz horizontal encima, toda ella de oro, de 150 libras de peso, debido a la munificencia de Constantino.
La cripta era inaccesible, pero los peregrinos para confiarse al Santo se acercaban a la ventanilla de la confesión (una abertura que había en la parte delantera del altar), y desde allí, por un conducto interior, hacían descender lienzos y otros objetos que tocaran el sepulcro. Dichos objetos eran conservados como recuerdo y venerados a modo de reliquias.
Así como la basílica de Letrán, edificada también por Constantino y dedicada en un principio al Salvador, era considerada como la catedral de Roma y fue residencia de los Papas por toda la Edad Media, la de San Pedro venía a ser la catedral del mundo.
En ella se reunían los fieles en las principales festividades del año litúrgico: Navidad, Epifanía, Pasión, Pascua, Ascensión y Pentecostés. El nuevo Papa recibía la consagración en San Pedro y allí era sepultado al morir. En ella eran ordenados los presbíteros y diáconos romanos.
Constantino cuidó también de la edificación de la basílica de San Pablo sobre la tumba de éste apóstol en la vía Ostiense. Era un edificio más bien pequeño; por eso algunos años después, en tiempo del emperador Valentiniano, construyeron otra mucho mayor a cinco naves, de orientación contraria a la anterior, sin tocar, no obstante, el altar primitivo.

Interior de la Basílica de San Pablo Extramuros
Todavía se conservan hoy, en la mesa del altar, los agujeros por los que en otros tiempos se hacían descender los lienzos y los incensarios para fumigar el sepulcro.
Desde un principio, ambas basílicas ofrecen una historia parecida. Son los dos templos más visitados de Roma y se convierten en centros mundiales de peregrinación. Desde todas partes del orbe cristiano se iba a rendir homenaje a los Príncipes de los Apóstoles (ad limina apostolorum).
Era tal la concurrencia de peregrinos que el papa San Simplicio, en el siglo v, estableció en ambas basílicas un servicio permanente de sacerdotes para administrar el bautismo y la penitencia.
Cuando Alarico sitió la ciudad de Roma en el año 410, prometió a los romanos que las tropas respetarían a quienes se refugiasen en las basílicas apostólicas.
A propósito de esto nos cuenta San Jerónimo que la noble damaMarcela huyó de su palacio del Aventino y corrió a la basílica de San Pablo "para hallar allí su refugio o su sepultura". En invasiones posteriores, los romanos no tuvieron tanta suerte, y las basílicas apostólicas fueron saqueadas más de una vez.
A fin de evitar tantos desastres, León IV, en el siglo IX, hizo amurallar la basílica vaticana y los edificios contiguos, creando la que en adelante se llamó Ciudad Leonina. Lo propio hizo luego el papa Juan VIII con la basílica de San Pablo. El nuevo recinto tomó el nombre de Joanópolis.
La confesión y el altar de San Pedro sufrieron diversas restauraciones en el decurso de los siglos. Al final de la Edad Media, la basílica vaticana, además de resultar pequeña, amenazaba ruina; por lo cual, el papa Nicolás V determinó la construcción de la actual. Tomaron parte en los trabajos los arquitectos más destacados de la época y los mejores artistas.
La obra duró varios pontificados, hasta fue fue consagrada ppr el papa Urbano VIII en 18 de noviembre de 1626, exactamente a los trece siglos de haber sido erigida la anterior. La actual basílica 'tiene la forma de cruz latina con el altar en el centro de los brazos y en el mismo sitio que ocupaba el anterior, pero en un plano más elevado.
Ocupa un espacio que rebasa los quince mil metros cuadrados. La longitud total, comprendiendo el pórtico, es de doscientos once metros y medio. La nave transversal tiene ciento cuarenta metros. La cúpula se eleva a ciento treinta y tres metros del suelo, con un diámetro de cuarenta y dos metros. No hay que decir que es la mayor iglesia del mundo.
En las recientes excavaciones llevadas a cabo por indicación del papa Pío XII, se hallaron las capas superpuestas de las distintas restauraciones; de modo que las noticias que se tenían sobre la historia de la tumba han sido admirablemente confirmadas por los vestigios monumentales que han ido apareciendo en el decurso de las excavaciones.
Debajo del altar actual apareció la confesión y el altar construido por Calixto II en el siglo xii. Debajo de éste había otro altar, el que edificó el papa San Gregorio el Magno hacia el año 600. Más abajo estaba la construcción sepulcral del tiempo de Constantino.
Y, ahondando más, dieron con el primer revestimiento de la tumba, que, según la tradición, había sido hecha en tiempo del papa Anacleto, pero que el estudio atento de los materiales empleados ha puesto en claro que fue en tiempos, del papa Aniceto, hacia el año 160.
La equivocación de estos dos nombres en documentos posteriores es por demás comprensible. Finalmente, debajo de la memoria del papa Aniceto se halló una humilde fosa excavada en la tierra y recubierta con tejas (según costumbre) con los restos del apóstol.
La basílica de San Pablo, también a cinco naves separadas por veinticuatro columnas de mármol, enriquecida con mosaicos y por los famosos medallones de todos los Papas, era considerada en la Edad Media como la basílica más bella de Roma.
Pero, en 1823, un incendió la destruyó casi por completo. León XII ordenó la reconstrucción siguiendo el mismo plano y aprovechando lo que había salvado de la antigua, entre otras cosas, el famoso mosaico del arco triunfal del tiempo de Gala Placidia.
La consagró el papa Pío IX el 10 de diciembre de 1854, con asistencia de muchos cardenales y obispos de todo el orbe que habían acudido a Roma para la proclamación del dogma de la Inmaculada, que tuvo lunar dos días antes.
Se estableció, sin embargo, que el aniversario de la consagración continuase celebrándose el 18 de noviembre.
De esta forma se ha respetado una vez más el interés de la sagrada liturgia en unir en un mismo día (29 de junio) la fiesta y la dedicación (18 de noviembre) de los dos apóstoles columnas de la Iglesia, tan dispares en su origen (el uno apóstol y el otro perseguidor), tan diversos en su apostolado (el uno representa la tradición y el otro la renovación), pero unidos ambos por el martirio bajo una misma persecución, y unidos, sobre todo, por el mismo amor ardiente y sincero a Jesús.
Enlaces que pueden visitarse:
Juan Ferrando Roig
En esta cita tan especial del Jubileo del Mundo Educativo, que siempre necesita figuras de referencia y modelos a seguir, Su Santidad ha decidido proclamar Doctor de la Iglesia a San John Henry Newman, reconociendo su contribución decisiva a la renovación de la teología y a la comprensión de la doctrina cristiana y su desarrollo.
Newman fue un presbítero anglicano que, de afirmar que el papa era el anticristo, se convirtió al catolicismo, llegando a ser cardenal.
Ahora, además de santo, también es doctor. León XIV le otorgó esta distinción pronunciando esta fórmula en latín.
Y estos aplausos vienen de profesores y estudiantes, convocados en Roma para su jubileo. Para ellos, Newman es una figura de referencia, sobre todo, en el ámbito universitario. De ahí que, además, el papa hiciese este nombramiento.
LEÓN XIV
En esta solemnidad de Todos los Santos, es una gran alegría inscribir a San John Henry Newman entre los Doctores de la Iglesia y, al mismo tiempo, con motivo del Jubileo del Mundo Educativo, nombrarlo copatrono, junto con Santo Tomás de Aquino, de todos los que participan en el proceso educativo.
Al terminar la misa, el papa quiso dirigir un saludo a la delegación anglicana, presente en la celebración. Un gesto ecuménico entre católicos y protestantes.
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LEÓN XIV
Me complace enormemente dar la bienvenida a la delegación oficial de la Iglesia de Inglaterra, encabezada por Su Excelencia Stephen Cottrell, arzobispo de York. Tras el histórico encuentro de oración con Su Majestad el rey Carlos III, celebrado hace unos días en la Capilla Sixtina, vuestra presencia hoy expresa la alegría compartida por la proclamación de San John Henry Newman doctor de la Iglesia.
Ahora, con Newman, la lista de doctores de la Iglesia suma un miembro más. Ya son 38.
El gesto. Pocas personalidades pueden ver resumida su historia en una sola acción, tan poderosa como para volverse indeleble y tan profunda que es capaz de condensar una vida. San Martín pertenece a una categoría especial. Su célebre manto es la antonomasia del hombre que nace en el año 316 o 317 en la periferia del tardo Imperio romano – en Panonia, hoy Hungría – hijo de un tribuno militar.
Martín crece en Pavía porque a su padre, veterano del ejército, le había sido donado un terreno en aquella ciudad. Sus padres son paganos, pero el muchachito sentía curiosidad por el cristianismo y ya a la edad de 12 años deseaba hacerse asceta y retirarse en el desierto. Un edicto imperial llega a entremeter el uniforme y una espada al sueño de la oración en soledad. Martín debe enrolarse y termina acuartelado en Galia.

El gesto tiene lugar alrededor del año 335. Como miembro de la guardia imperial, el joven soldado es mandado con frecuencia a realizar las rondas nocturnas. Y en una de éstas, durante el invierno, se topa mientras iba a caballo con un mendicante semidesnudo.
Martín siente compasión por él, se quita el manto, lo corta en dos y le regala una mitad al pobre. La noche siguiente se le aparece Jesús en sueños vestido con la parte del manto que dice a los ángeles: “He aquí Martín, el soldado romano que no está bautizado: él me ha vestido”. Este sueño impresiona mucho al joven soldado, que en la fiesta de la Pascua siguiente es bautizado.
Durante casi veinte años prosigue sirviendo en el ejército de Roma, testigo de la fe en un ambiente tan alejado de sus sueños de adolescente. Pero a él le queda aún una larga vida por vivir.
Apenas le es posible, se licencia del ejército y va a Poitiers para encontrarse con el Obispo Hilario, firme adversario contra la herejía del arrianismo. Esta posición le cuesta el exilio a Hilario (por ser el emperador Constancio II un secuaz de Arrio) y Martín – que mientras tanto había viajado a casa de los suyos en Panonia – al conocer la noticia se retira en una ermita cerca de Milán.
Una vez que el obispo regresa de su exilio, Martín vuelve a encontrarse con él y obtiene su autorización para fundar un monasterio cerca de Tours. Cabañas y vida austera. El ex soldado que había revestido a Cristo pobre se vuelve pobre él mismo, tal como lo había deseado. Reza y anuncia la fe recorriendo Francia donde muchos aprenden a conocerlo.
Gracias a su popularidad llega a ser obispo de Tours en el año 371. Martín acepta, pero con su estilo. Rechaza vivir como un príncipe para que la gente que está en la miseria, los presos y los enfermos siga encontrando una casa bajo su manto. Vive adosado a las murallas de la ciudad, en el monasterio de Marmoutier, el más antiguo de Francia. Decenas de monjes lo flanquean y muchos entre ellos son de clase noble.
En el año 397, en Candes-Saint-Martin, el obispo que ya tiene 80 años parte para recomponer un cisma surgido en el clero local. Logra la paz en virtud de su carisma, pero antes de partir padece fiebres violentas y muere – por su voluntad – distendido en la tierra desnuda.
A sus exequias asistió una muchedumbre que lo reconoció como hombre muy amado, generoso y solidario, como los verdaderos caballeros.
BENEDICTO XVI SOBRE SAN MARTÍN DE TOURS
La promoción del film sufrió la censura de Médiatransport, la central de publicidad de la Sociedad Nacional de Ferrocarriles de Francia y de la Dirección Autónoma de los Transportes de París, complicando la publicidad en estaciones de metro, tren y autobús.
De poco ha servido, pues en parte gracias a ese boicot se ha convertido en una obra emblemática para los defensores de la identidad cristiana de la nación, que han reaccionando haciéndola triunfar en cientos de salas.
El deseo de dificultar su difusión alcanzó cotas de censura en Marsella, cuyo alcalde, el socialista Benoît Payan, prohibió el 22 de octubre la exhibición única prevista en La Buzine, un majestuoso castillo propiedad municipal que es sede de la Casa de la Cinematografía Mediterránea. La suspensión tuvo lugar una hora antes del pase, con la gente haciendo ya cola para entrar.
La razón alegada fue que ver dicha producción en un recinto del ayuntamiento violaría la 'laicidad' republicana. Un argumento que solo parece valer para esta producción católica, pues por la sala de cine de La Buzine han pasado absolutamente todo tipo de películas de trasfondo religioso no cristiano. Y la prohibición venía de un político particularmente solícito con la comunidad musulmana de la ciudad.
Al conocer esta arbitrariedad, el consejero municipal de Marsella y senador Stéphane Ravier, que ha sido elegido en las listas del Front National y Rassemblement National (Marine Le Pen) y de Reconquête (Éric Zemmour) y aspira a la alcaldía, presentó un recurso ante el Tribunal Administrativo de Marsella.
Alegó que Sagrado Corazón tiene una autorización de explotación del Centre National du Cinéma en todos los cines del país, incluidas 386 salas municipales. Y que se trataba de un ataque a la libertad de expresión.

La Justicia fue rápida y el 25 de octubre ordenó la re-programación de la película, propinando un severo correctivo al munícipe por su "atentado grave y manifiestamente ilegal contra la libertad de expresión, la libertad de creación y la libertad de difusión artística".
Es más que eso. Christophe Geffroy, director de La Nef, afirmaba en el editorial del número 384 (noviembre de 2025) que lo sucedido, aunque anecdótico, "es revelador del estado de espíritu de una parte de nuestros dirigentes: nuestra civilización tiene el triste privilegio de alimentar en su seno una franja de población que rechaza visceralmente el fundamento de su propia cultura, con un odio tenaz a lo que nos define, el cristianismo en primer lugar pero también la larga historia nacional", que incluye como episodio de gran impacto multisecular las apariciones que refleja la película. "El mal está en nosotros mismos", lamenta Geffroy.
Con todo, y consciente del error político cometido (que le ha convertido en censor sin conseguir su objetivo y ha servido para generar una polémica que ha beneficiado a la película), el alcalde Payan ha tenido reflejos y telefoneó al director Steven Gunnell para 'hacer las paces' y prometerle que vería la película en alguno de los cines de Marsella donde la ponen.
Aparte los propios méritos de Sagrado Corazón, es este tipo de polémicas el que ha disparado el taquillazo. Un reciente comentario en el diario progresista Le Monde no disimulaba su fastidio por esa audiencia que multiplica por más de diez la asistencia prevista (250.000 frente a los 20.000 esperados) y que, con su pequeño presupuesto de 800.000 euros, "no tendría que haber salido del nicho de fieles al que iba destinado".
Pero lo ha hecho. "Las salas están llenas, estamos desbordados", comentan, felices, los Gunnell, porque se están implicando a tope en la difusión, acudiendo a numerosos estrenos.
La película suma ya 500 sesiones y en su segunda semana se coló en el décimo puesto del Top 10 en taquilla, lo que, para un docudrama religioso en Francia, es todo un hito.
De las 833 críticas de los espectadores recogidas por la página de referencia Allociné, el 77% le dan la máxima puntuación (5), logrando de media un 4,2. El propio portal especializado hace una advertencia sobre el número "inhabitual" de valoraciones extremas en algunas películas, y ésta es una de ellas. Lo que refleja que Sagrado Corazónestá gustando mucho en ese nicho del que algunos querrían que no hubiese salido.
Antes de la Oración del Ángelus Francisco explicó que la Catedral de Roma san Juan de Letrán hace de madre de todas las iglesias de la ciudad y del mundo. “Con el termino madre nos referimos no tanto al edificio sagrado de la Basílica material –dijo-, cuanto a la obra del Espíritu Santo, que en este edificio se manifiesta, fructificando mediante el ministerio del Obispo de Roma, en todas las comunidades que permanecen en unidad con la Iglesia que él preside”.
Con la fiesta de hoy afirmó el Papa “profesamos en la unidad de la fe, el vínculo de comunión que todas las Iglesia locales, esparcidas sobre la tierra, tienen con la Iglesia de Roma y con su Obispo, sucesor de Pedro”.
El templo material hecho de ladrillos –reflexionó, es signo del templo espiritual del cual Cristo es la piedra viva y donde cada cristiano, por el bautismo, forma parte del edificio de Dios.
Después de la oración del Ángelus y la bendición, Francisco recordó que 25 años atrás caía el muro de Berlín, que por tanto tiempo partió en dos la ciudad y fue símbolo de la división ideológica de Europa y el mundo entero.

Vista de la fachada de la Basílica de San Juan de Letrán.
La caída fue posible gracias al fatigoso empeño de tantas personas, entre ellos Juan Pablo II. Y pido rezar para que con la ayuda del Señor y la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se difunda siempre más la cultura del encuentro, capaz de hacer caer todos los muros que todavía dividen al mundo y no suceda mas que personas inocentes sean perseguidas y asesinadas a causa de fe y de su religión.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!,
Hoy la liturgia recuerda la Dedicación de la Basílica de Letrán, que es la catedral de Roma y que la tradición define “madre de todas las iglesias de la ciudad y del mundo”. Con el término “madre” nos referimos no tanto al edificio sagrado de la Basílica, cuanto a la obra del Espíritu Santo que en este edificio se manifiesta, fructificando mediante el ministerio del Obispo de Roma, en todas las comunidades que permanecen en la unidad con la Iglesia que él preside.
Cada vez que celebramos la dedicación de una iglesia, se nos recuerda una verdad esencial: el templo material hecho de ladrillos es un signo de la Iglesia viva y operante en la historia, esto es, de aquel “templo espiritual”, como dice el apóstol Pedro, del cual Cristo mismo es “piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa delante de Dios” (1 Pedro 2,4-8).
Jesús, en el Evangelio de la liturgia de hoy, hablando del templo ha revelado una verdad asombrosa, esto es: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas.
En virtud del Bautismo, cada cristiano, forma parte del “edificio de Dios”(1 Cor 3,9), es más, se convierte en la Iglesia de Dios. El edificio espiritual, la Iglesia comunidad de los hombres santificados por la sangre de Cristo y por el Espíritu del Señor resucitado, pide a cada uno de nosotros ser coherentes con el don de la fe y cumplir un camino de testimonio cristiano.
Y no es fácil - lo sabemos todos - la coherencia en la vida, entre la fe y el testimonio; pero nosotros debemos ir hacia adelante y tener en nuestra vida esta coherencia cotidiana. “¡Esto es un cristiano!”, no tanto por aquello que dice, sino por aquello que hace; por el modo en que se comporta. Esta coherencia que nos da vida es una gracia del Espíritu Santo que debemos pedir.
La Iglesia, en el origen de su vida y de su misión en el mundo, no ha sido más que una comunidad constituida para confesar la fe en Jesucristo Hijo de Dios y Redentor del hombre, una fe que obra por medio de la caridad - ¡van juntas! También hoy la Iglesia está llamada a ser en el mundo la comunidad que, radicada en Cristo por medio del bautismo, profesa con humildad y valentía la fe en Él, dando testimonio de ella en la caridad.
Con esta finalidad esencial deben ordenarse también los elementos institucionales, las estructuras y los organismos pastorales. Para esta finalidad esencial: testimoniar la fe en la caridad. La caridad es precisamente la expresión de la fe, y la fe, es la explicación y el fundamento de la caridad.
La Fiesta de hoy, nos invita a meditar sobre la comunión de todas las Iglesias, es decir, de esta comunidad cristiana. Por analogía nos estimula a comprometernos para que la humanidad pueda superar las fronteras de la enemistad y la indiferencia, para construir puentes de comprensión y diálogo, para hacer del mundo entero una familia de pueblos reconciliados entre sí, fraternos, y solidarios.
De esta nueva humanidad la Iglesia misma es signo y anticipación, cuando vive y difunde con su testimonio el Evangelio, mensaje de esperanza y de reconciliación para todos los hombres.
Invocamos la intercesión de María Santísima, para que nos ayude a convertirnos como ella, en “casa de Dios”, templo vivo de su amor.
Como señala Vincenzo Battaglia, experto en dogmática, la Asunción de la Virgen María en su integridad tiene una "importancia antropológica extraordinaria". Revela que, en el diseño creador de Dios, la persona humana —compuesta de cuerpo y alma— es el centro de Su amor. De este modo, la glorificación de María no es solo un privilegio personal, sino un faro de esperanza que abre una profunda reflexión sobre el valor intrínseco y el respeto incondicional que merece el cuerpo humano.
La teología que emana de este dogma se convierte en el pilar de toda la doctrina antropológica y moral que la Iglesia Católica defiende históricamente. Si el cuerpo de la criatura humana está destinado a la gloria de Dios, tal como se anticipa en la Asunción de María, su dignidad debe ser cuidada y protegida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
Es en esta visión donde se fundamenta la firme postura de la moral católica. El dogma de la Asunción justifica doctrinalmente el rechazo absoluto a actos que atentan contra la vida en sus extremos: la práctica del aborto, que interrumpe la vida en su fase más vulnerable, y la eutanasia, que niega el valor de la vida al final de su curso.
Battaglia subraya esta vocación de gloria: "Toda nuestra persona humana, ya lo enseña la experiencia de la Virgen María, es llamada a ser colmada de la santidad y de la gloria de Dios". Aunque todos los cristianos "resucitaremos en el último día", María, al término de su vida terrena, fue resucitada y asunta plenamente para participar de la gloria de su hijo Jesús resucitado. Ella es, así, el icono de la plena realización humana, en cuerpo y alma.
La defensa del cuerpo humano no es una novedad del siglo XX. El texto nos recuerda que la Iglesia ha luchado desde sus inicios contra las herejías gnósticas del cristianismo primitivo. Estas doctrinas despreciaban la materia y la corporeidad, otorgando un valor absoluto y exclusivo al espíritu. Este dualismo radical fue rechazado por los Padres de la Iglesia, quienes afirmaron la bondad esencial de la creación, incluyendo el cuerpo.
Esta misma estela doctrinal fue retomada y desarrollada por pontífices posteriores. En plena "revolución sexual", Pablo VI publicó en 1968 la encíclica 'Humanae Vitae'. En ella, el Papa defendió la enseñanza tradicional sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia, reafirmando la unión inseparable de los aspectos unitivo y procreativo del acto conyugal, principios que respetan la estructura misma de la persona y de su corporeidad.
San Juan Pablo II continuó esta enseñanza con sus famosas catequesis sobre el cuerpo humano, conocidas como la "Teología del Cuerpo", que iluminan y profundizan las implicaciones de la vocación del hombre, reflejada de manera preclara en el dogma de la Asunción.
En definitiva, la Asunción de María es mucho más que una fiesta: es una verdad de fe que eleva al cuerpo humano a su máxima dignidad, ofreciendo una visión integral y esperanzadora de la persona que se opone a cualquier forma de desprecio, utilitarismo o violencia contra la vida.
El descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto, los manuscritos más antiguos existentes de la Biblia hebrea, marcó un punto de inflexión en el estudio de la historia del pueblo judío en la antigüedad; nunca antes había salido a la luz un tesoro literario e histórico de tal magnitud. «Estos extraordinarios hallazgos arrojan luz sobre un periodo de la historia humana que enriquece enormemente nuestro conocimiento de la sociedad judía en la Tierra de Israel durante los períodos helenístico y romano, así como sobre los orígenes del judaísmo rabínico y del cristianismo primitivo», señalan desde el Ministerio de Turismo israelí.
Los Rollos del Mar Muerto fueron descubiertos entre 1947 y 1956 en once cuevas cercanas a Khirbet Qumrán, en la orilla noroeste del mar Muerto. Con una antigüedad aproximada de 2000 años, datan del siglo II a.C. al siglo I d.C. Entre ellos, el más destacado es sin duda el Gran Rollo de Isaías, una obra excepcional de 7,17 metros de longitud, el más extenso y mejor conservado de todos los rollos bíblicos conocidos. Sus 54 columnas contienen los 66 capítulos del Libro de Isaías en hebreo, y su datación, alrededor del año 125 a.C., lo convierte en uno de los manuscritos más antiguos del conjunto, anterior en mil años a los textos bíblicos hebreos conocidos antes de su hallazgo.
Aunque el Gran Rollo de Isaías es considerado la joya de la corona del Santuario del Libro, solo una pequeña sección del manuscrito original se exhibe habitualmente, debido a las estrictas medidas de conservación. Desde 1968, el rollo se mantiene resguardado, mientras que los visitantes pueden contemplar una réplica completa en el centro del Santuario y un fragmento original en una vitrina lateral. Por ello, la próxima exposición constituirá una oportunidad única para admirar el rollo completo. Con motivo de esta celebración, se presentará en el corazón del museo, en la Galería Bella y Harry Wexner, un espacio que atraviesan prácticamente todos los visitantes.
La muestra ofrecerá un nuevo enfoque sobre el manuscrito, analizando el rollo tanto como objeto arqueológico como testimonio histórico excepcional. La experiencia permitirá explorar los materiales con que fue elaborado y las huellas de su uso en la antigüedad, antes de su depósito en la cueva, proporcionando una visión integral de su creación y del profundo mensaje que encierra.
Concebida para académicos y visitantes de todas las edades, culturas y credos, la exposición busca alcanzar al mayor número posible de personas, tanto de manera presencial como virtual, invitando a una conexión personal con esta obra milenaria.

El recorrido se inicia en el desierto de Judea, frente a los imponentes acantilados de la Cueva N.º 1, donde fueron hallados los primeros siete rollos. En un ambiente inmersivo, los visitantes revivirán la emocionante historia del descubrimiento, entre ellos el del propio Gran Rollo de Isaías. A continuación, seguirán el camino que recorrió el manuscrito y las manos que lo protegieron hasta su llegada al Santuario del Libro en 1965. El viaje culmina con la oportunidad de contemplar el Gran Rollo de Isaías completo, de más de siete metros de largo, en todo su esplendor, brindando a muchos la posibilidad de encontrarse por primera vez con este monumental documento.
En la siguiente sección, la exposición presentará los resultados de investigaciones recientes que arrojan nueva luz sobre el uso del rollo en la antigüedad. Estos estudios revelan detalles inéditos sobre su elaboración, materiales y función, ofreciendo una comprensión más profunda de cómo fue empleado y preservado por las comunidades antiguas.
Además de su valor arqueológico e histórico, la muestra destacará el significado espiritual y literario del texto. Los visitantes podrán conocer más sobre su escriba, la naturaleza del manuscrito y la trascendencia de sus palabras, esenciales tanto para el judaísmo como para el cristianismo. Entre las profecías más célebres figura la visión de Isaías sobre la paz universal al final de los tiempos:
«Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Isaías 2:4)
"Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo."
(Apocalipsis 7,13-15)
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.
Este respeto se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.
Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.
Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?
Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.
Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.
Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos.
De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.

Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.
Esta práctica, ya casi comúnhacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.
Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos.
Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.

Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.
Por ello, no solo el cielo, sino que toda la Iglesia celebra con agradecimiento el deseo de Dios de que “los santos no son superhombres, ni han nacido perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas.”, como nos recordaba el Santo Padre Francisco.
Y cada uno de estos grandes aliados, amigos, muchos de ellos anónimos,nos recuerdan que lograron alcanzar la santidad con sus debilidades y actos heroicos, con los mismos medios que nosotros tenemos a nuestro alcance.
“Ser santos no es un privilegio de pocos, como quien tuvo una gran herencia.Todos nosotros en el bautismo hemos recibido la herencia que nos permite ser santos. La santidad es una vocación para todos. Todos por lo tanto estamos llamados a caminar en el camino de la santidad y este camino tiene un nombre y un rostro: el rostro de Jesucristo”.

No sé dónde leí estas palabras pero trasmiten a la perfección estas dos celebraciones:
“En el cielo están San Chofer de bus y Santa Lavandera de ropa. San Mensajero y Santa Secretaria. Santa Madre de familia y San Gerente de Empresa. San Obrero de construcción y San Agricultor. San Colegial y Santa Estudiante. Santa Viuda, Santa Solterona, Santa Niña y Santa Anciana. San Sacerdote, San Obispo, San Pontífice, San Limosnero, San Celador, Santa Cocinera, San Arrendatario y San Millonario, y muchos más que amaron a Dios y cumplieron sus deberes de cada día”.
Esto me recuerda a Santa Teresa de Calcuta, a la que le gustaba definirse como el lápiz de Dios, “un trozo de lápiz con el cual Él escribe aquello que quiere. Soy como el pequeño lápiz en su mano. Eso es todo. Él piensa. Él escribe. El lápiz no tiene que hacer nada. Al lápiz solo se le permite ser usado."
Quizás sea por esto, que la Iglesia nos invita a honrar con alegría y oración a todos los Santos y difuntos. Padres, madres, hijos, amigos... que convirtieron su vida anónima en una decisión de amor, de entrega sin límites, de paz, de alegría, de valentía silenciosa... de fe.
ver en Wikipedia
Esta cumbre, convocada por el emperador Constantino I, fue una asamblea que congregó a obispos de todas las ramas del cristianismo de la época, sentando las bases de la doctrina cristiana universalmente aceptada, incluida la formulación primigenia del Credo Niceno.
La llegada del pontífice, prevista entre el 28 y el 30 de noviembre, no es solo un acontecimiento litúrgico, sino un hito que promete reescribir el futuro de İznik, proyectándola como un epicentro global de turismo religioso y peregrinación cristiana.
La pieza central de estos preparativos es la Basílica Sumergida del lago İznik, un hallazgo arqueológico de 2014 que ha cautivado a historiadores y fieles. Situada a unos 20 metros de la orilla y oculta bajo 1,5 a 2 metros de agua, esta estructura de impresionantes dimensiones (20 metros de ancho por 40 de largo) es la iglesia más grande de İznik.
Si bien fue edificada originalmente como una capilla dedicada a San Neófito, mártir cristiano, la historia del templo es un testimonio de resiliencia: fue devastada por un severo terremoto en el año 358 y, reconstruida tras el año 380 d.C.

Las labores arqueológicas dirigidas por el experto Mustafa Şahin han desvelado 37 tumbas en el lugar, restauradas meticulosamente y colocadas en su ubicación inicial, honrando la autenticidad y el valor histórico del yacimiento. Este complejo proceso involucra a un equipo multidisciplinar de unos 60 profesionales, trabajando contrarreloj para que la basílica esté en óptimas condiciones para la visita papal.
Algunos especialistas, basándose en la profundidad histórica y en diversos textos cristianos antiguos, sostienen que esta basílica podría ser, de hecho, la tan mencionada Iglesia de los Santos Padres, cuya localización exacta había permanecido velada durante siglos. El director Şahin ha enfatizado que es "probable" que una pequeña iglesia en este mismo emplazamiento acogiera la trascendental reunión conciliar de 325, quizás en una fase inicial de la construcción de la actual basílica sumergida. Este vínculo directo con los orígenes del cristianismo otorga al sitio un valor espiritual y patrimonial incalculable para los creyentes.
El Primer Concilio Ecuménico de Nicea no fue un evento local, sino un momento fundacional que definió la esencia de la fe. Su 1.700º aniversario, y la peregrinación de la cabeza de la Iglesia Católica, subrayan la relevancia ecuménica del lugar, convirtiéndolo en un punto de diálogo interreligioso y de encuentro para todas las confesiones cristianas.
Para las autoridades turcas, el significado del evento va más allá de lo espiritual, representando una extraordinaria oportunidad para la proyección internacional de İznik. La comunicación y coordinación entre instituciones religiosas, organismos de patrimonio y el gobierno turco han sido intensas, garantizando la seguridad, la logística y la accesibilidad a este patrimonio de la humanidad.
La ciudad de İznik, habitualmente sosegada, se prepara para recibir a miles de visitantes, peregrinos y medios de comunicación. Comercios, hoteles y pequeños negocios locales se anticipan a lo que se espera sea un renacimiento turístico.

La expectativa es clara: consolidar a İznik, con su basílica sumergida y su conexión con el concilio, como uno de los principales referentes dentro de los circuitos internacionales de peregrinación cristiana, situándola al nivel de otros destinos emblemáticos por su autenticidad y su profundo calado histórico-espiritual.
La visita del Papa León XIV no solo será un acto litúrgico, sino un poderoso catalizador que, según se prevé, transformará la basílica y toda la región en un nuevo epicentro mundial, promoviendo el conocimiento del patrimonio y el diálogo entre culturas. İznik aguarda, lista para ocupar el lugar que le corresponde en la memoria de los grandes hitos fundacionales del cristianismo.