La Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios desde los albores del cristianismo

Con ocasión de la fiesta de la Asunción de nuestra Señora a los cielos, hablamos sobre los orígenes de la devoción mariana en los primeros siglos del cristianismo.

“Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48)

Como han puesto en evidencia los estudios mariológicos recientes, la Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios y Madre nuestra desde los albores del cristianismo.

En los tres primeros siglos la veneración a María está incluida fundamentalmente dentro del culto a su Hijo.

Un Padre de la Iglesia resume el sentir de este primigenio culto mariano refiriéndose a María con estas palabras: «Los profetas te anunciaron y los apóstoles te celebraron con las más altas alabanzas».

De estos primeros siglos sólo pueden recogerse testimonios indirectos del culto mariano. Entre ellos se encuentran algunos restos arqueológicos en las catacumbas, que demuestran el culto y la veneración, que los primeros cristianos tuvieron por María.

Tal es el caso de las pinturas marianas de las catacumbas de Priscila: en una de ellas se muestra a la Virgen nimbada con el Niño al pecho y un profeta (quizá Isaías) a un lado; las otras dos representan la Anunciación y la Epifanía.

Todas ellas son de finales del siglo II. En las catacumbas de San Pedro y San Marceliano se admira también una pintura del siglo III/IV que representa a María en medio de S. Pedro y S. Pablo, con las manos extendidas y orando.

Una magnífica muestra del culto mariano es la oración “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos)  que se remonta al siglo III-IV, en la que se acude a la intercesión a María.

Los Padres del siglo IV alaban de muchas y diversas maneras a la Madre de Dios. San Epifanio, combatiendo el error de una secta de Arabia que tributaba culto de latría a María, después de rechazar tal culto, escribe: «¡Sea honrada María! !Sea adorado el Señor!».

La misma distinción se aprecia en San Ambrosio quien tras alabar a la « Madre de todas las vírgenes» es claro y rotundo, a la vez, cuando dice que «María es templo de Dios y no es el Dios del templo» , para poner en su justa medida el culto mariano, distinguiéndolo del profesado a Dios.

Hay constancia de que en tiempo del papa San Silvestre, en los Foros, donde se había levantado anteriormente un templo a Vesta, se construyó uno cuya advocación era Santa María de la Antigua. Igualmente el obispo Alejandro de Alejandría consagró una Iglesia en honor de la Madre de Dios. Se sabe, además, que en la iglesia de la Natividad en Palestina, que se remonta a la época de Constantino, junto al culto al Señor, se honraba a María recordando la milagrosa concepción de Cristo.

En la liturgia eucarística hay datos fidedignos mostrando que la mención venerativa de María en la plegaria eucarística se remonta al año 225 y que en las fiestas del Señor -Encarnación, Natividad, Epifanía, etc.- se honraba también a su Madre. Suele señalarse que hacia el año 380 se instituyó la primera festividad mariana, denominada indistintamente «Memoria de la Madre de Dios», «Fiesta de la Santísima Virgen», o «Fiesta de la gloriosa Madre».

El testimonio de los Padres de la Iglesia

El primer Padre de la Iglesia que escribe sobre María es San Ignacio de Antioquía (+ c. 110), quien contra los docetas, defiende la realidad humana de Cristo al afirmar que pertenece a la estirpe de David, por nacer verdaderamente de María Virgen.

Fue concebido y engendrado por Santa María; esta concepción fue virginal, y esta virginidad pertenece a uno de esos misterios ocultos en el silencio de Dios.

En San Justino (+ c. 167) la reflexión mariana aparece remitida a Gen 3, 15 y ligada al paralelismo antitético de Eva-María.

En el Diálogo con Trifón, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y, en consecuencia, en la realidad de la maternidad de Santa María sobre Jesús y, al igual que San Ignacio de Antioquía, recalca la verdad de la concepción virginal, e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica.

Se trata de un paralelismo que servirá de hilo conductor a la más rica y  constante teología mariana de los Padres.

San Ireneo de Lyon (+ c. 202), en un ambiente polémico contra los gnósticos y docetas, insiste en la realidad corporal de Cristo, y en la verdad de su generación en las entrañas de María. Hace, además, de la maternidad divina una de las bases de su cristología: es la naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios en el seno de María la que hace posible que la muerte redentora de Jesús alcance a todo el género humano. Destaca también el papel maternal de Santa María en su relación con el nuevo Adán, y en su cooperación con el Redentor.

En el Norte de África Tertuliano (+ c. 222), en su controversia con el gnóstico Marción), afirma que María es Madre de Cristo porque ha sido engendrado en su seno virginal.

En el siglo III se comienza a utilizar el título Theotókos (Madre de Dios). Orígenes (+ c. 254) es el primer testigo conocido de este título. En forma de súplica aparece por primera vez en la oración Sub tuum praesidium. que –como hemos dicho anteriormente- es la plegaria mariana más antigua conocida. Ya en el siglo IV el mismo título se utiliza en la profesión de fe de Alejandro de Alejandría contra Arrio.

A partir de aquí cobra universalidad y son muchos los Santos Padres que se detienen a explicar la dimensión teológica de esta verdad -San Efrén, San Atanasio, San Basilio, San Gregorio de Nacianzo, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio, San Agustín, Proclo de Constantinopla, etc.-, hasta el punto de que el título de Madre de Dios se convierte en el más usado a la hora de hablar de Santa María.

La verdad de la maternidad divina quedó definida como dogma de fe en el Concilio de Efeso del año 431.

 

"¿Y después de la muerte del Salvador? María es la Reina de los Apóstoles; se encuentra en el Cenáculo y les acompaña en la recepción de Aquél que Cristo había prometido, del Paráclito; les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos que la flaqueza humana pone en su camino: es guía, luz y aliento de aquellos primeros cristianos".(San Josemaría Escrivá)

asunción de la Virgen

Las Prerrogativas o Privilegios Marianos

La descripción de los comienzos de la devoción mariana quedaría incompleta si no se mencionase un tercer elemento básico en su elaboración: la firme convicción de la excepcionalidad de la persona de Santa María -excepcionalidad que forma parte de su misterio- y que se sintetiza en la afirmación de su total santidad, de lo que se conoce con el calificativo de "privilegios" marianos.

Se trata de unos "privilegios" que encuentran su razón en la relación maternal de Santa María con Cristo y con el misterio de la salvación, pero que están realmente en Ella dotándola sobreabundantemente de las gracias convenientes para desempeñar su misión única y universal.

Estos privilegios o prerrogativas marianas no se entienden como algo accidental o superfluo, sino como algo necesario para mantener la integridad de la fe.

San Ignacio, San Justino y Tertuliano hablan de la virginidad. También lo hace San Ireneo. En Egipto, Orígenes defiende la perpetua virginidad de María, y considera a la Madre del Mesías como modelo y auxilio de los cristianos.

En el siglo IV, se acuña el término aeiparthenos —siempre virgen—, que S. Epifanio lo introduce en su símbolo de fe y posteriormente el II Concilio Ecuménico de Constantinopla lo recogió en su declaración dogmática.

Junto a esta afirmación de la virginidad de Santa María, que se va haciendo cada vez más frecuente y universal, va destacándose con el paso del tiempo la afirmación de la total santidad de la Virgen. Rechazada siempre la existencia, de pecado en la Virgen, se aceptó primero que pudieron existir en Ella algunas imperfecciones.

Así aparece en San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Efrén, San Cirilo de Alejandría, mientras que San Ambrosio y San Agustín rechazan que se diesen imperfecciones en la Virgen.

Después de la definición dogmática de la maternidad divina en el Concilio de Efeso (431), la prerrogativa de santidad plena se va consolidando y se generaliza el título de "toda santa" –panaguía-. En el Akathistos se canta "el Señor te hizo toda santa y gloriosa" (canto 23).

A partir del siglo VI, y en conexión con el desarrollo de la afirmación de la maternidad divina y de la total santidad de Santa María, se aprecia también un evidente desarrollo de la afirmación de las prerrogativas marianas.

Asísucede concretamente en temas relativos a la Dormición, a la Asunción de la Virgen, a la total ausencia de pecado (incluido el pecado original) en Ella, o a su cometido de Mediadora y Reina. Debemos citar especialmente a S. Modesto de Jerusalén, a S. Andrés de Creta, a S. Germán de Constantinopla y a S. Juan Damasceno como a los Padres de estos últimos siglos del periodo patrístico que más profundizaron en las prerrogativas marianas.

 

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La asunción de la virgen

 

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

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La Iglesia Católica celebra el día 15 de agosto La Asunción de la Virgen María

Recordamos que Cristo se llevó a su Madre al Cielo. El lugar de la Virgen María estaba en el Cielo, donde su Hijo la esperaba. Y así, un día que permanece desconocido para nosotros, Jesús se la llevó consigo a la gloria celestial.

 

“La realidad estupenda de la Asunción de María manifiesta y confirma la unidad de la persona humana y nos recuerda que estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo”. Papa Francisco

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Importancia del Misterio de la Asunción de la Virgen María

La Virgen María es llena de gracia. La intensidad y la naturaleza de sus gracias son distintas a lo largo de su vida; una es la gracia en su Concepción, otra en la Encarnación, otra en la Asunción de María a los cielos. En esta última la Virgen María recibe la plenitud de santidad.

 

asunción

Asunción de la Virgen (Assumption of the Virgin) Jacopo Palma

 

Historia de la fiesta Asunción de María

La celebración de la Asunción de María es una fiesta antigua que se celebraba en Jerusalén desde el siglo VI en honor de la Madre de Dios recordaba probablemente la consagración de una iglesia en su honor.

Esta fiesta, un siglo después, se extiende a todo el Oriente bajo el nombre de Dormición de Santa María y celebra su tránsito de este mundo y asunción de María al cielo.

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El dogma de la Asunción de María a los cielos

El Papa Pío XII, declaro el dogma de fe la Asunción de María, en 1950. La Virgen María, por un privilegio especial de Dios Omnipotente, no experimentó la corrupción: su cuerpo, glorificado por la Santísima Trinidad, fue unido al alma, y María fue asunta al cielo, donde reina viva y gloriosa, junto a Jesús, para glorificar a Dios e interceder por nosotros.

En el Apocalipsis podemos leer los pasajes que relatan la Asunción de la Virgen María a los cielos:

“Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).

 

Y nosotros, impulsados por la liturgia en la Misa de la vigilia de esta fiesta, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: Gloriosa dicta sunt de te, Maria, quæ hodie exaltata es super choros angelorum. Bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.

 

La Asunción de la Virgen María en la vida cristiana

La Iglesia pone la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su «peregrinación de la fe», y lo que será al final de su marcha, donde le espera, «para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad», «en comunión con todos los santos» aquella a quien venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre.

La Asunción de María, Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición —Monstra te esse Matrem-, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal. Es Cristo que pasa, 177.

 

María cumplió de forma ejemplar con la voluntad de Dios en su vida y eso es lo que la llevó a llegar a la gloria de Dios. La Asunción de la Virgen es ejemplo para todos los cristianos.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios. Esta es nuestra esperanza. La Virgen María ya ha alcanzado esto. Lo que ella ha alcanzado nos anima a nosotros. María tuvo una enorme confianza en Dios y su corazón estaba lleno de Dios.

 

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LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

 

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Efeso fue fundada durante en el siglo X a.C. 

A día de hoy es el reflejo de una época llena de historia y cultura gracias a su impresionante conjunto patrimonial.En la fértil llanura de la región de Anatolia, bañada por las aguas cálidas del mar Egeo, se alza Éfeso, cuya historia se extiende como un vasto tapiz tejido a lo largo de milenios.

 

 

 

Al pisar su suelo, aún hoy, se respira el espíritu de lo que fue una metrópolis vibrante. Los visitantes, al adentrarse en sus callejuelas y monumentos, emprenden un viaje en el tiempo donde cada piedra y cada columna narran historias muy diferentes. Así, esta ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad, se ha convertido en una parada ineludible para los amantes de la arqueología y la historia.

Éfeso, en su máximo esplendor durante la época romana, llegó a albergar más de 250. 00 habitantes, situándola entre las grandes ciudades del mundo antiguo. En aquel entonces, destacaba por su avanzado sistema urbano, sus majestuosos templos y su imponente teatro, así como por un puerto que la convertía en un centro neurálgico del comercio marítimo.

Corazón de este magnífico espacio fue el Templo de Artemisa, un tesoro histórico que asombraba a viajeros y peregrinos, y cuya sola mención evocaba imágenes de grandeza. Aunque hoy tan solo quedan vestigios, el templo sigue despertando admiración y curiosidad entre los visitantes, pudiendo aún vislumbrar la majestuosidad que le valió un puesto entre las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

 

Pero esto no se queda aquí, pues el Ágora de Éfeso, testigo silencioso de los debates y la vida cotidiana de sus antiguos habitantes, transporta al viajero a una época en que la ciudad bullía con el comercio y la conversación ciudadana. Los restos conservados del teatro, que en su momento albergó a más 25.000 espectadores, nos hablan de una sociedad que valoraba el arte y el entretenimiento.

Igualmente, uno de los íconos más emblemáticos de la ciudad es la Biblioteca de Celso, con su fachada restaurada que refleja la importancia que tuvo el conocimiento y la cultura en esta antigua metrópolis.

Las columnas y las esculturas que decoran su exterior se erigen como un homenaje a la sabiduría del mundo antiguo. Todo este conjunto arqueológico se puede conocer a través de sus calles, de las cuales destaca el camino de Mármol, que conectaba el teatro con la Biblioteca de Celso.

Una fuerte presencia del cristianismo

Éfeso trasciende también al ámbito religioso, pues la ciudad fue un importante centro del cristianismo primitivo. En el año 431, acogió el Concilio de Éfeso, donde se proclamó la naturaleza divina de María como Madre de Dios.

 

efeso

 

A poca distancia de las ruinas, se encuentra la Casa de la Virgen María, un sitio de peregrinación y reflexión, envuelto en la mística de ser el lugar donde, según la tradición, María pasó sus últimos días.

Por otro lado, los trabajos arqueológicos han dado a conocer innumerables tesoros: desde artefactos cotidianos hasta extraordinarios frescos y mosaicos que adornaban las casas de las familias aristócratas, reflejando el estilo de vida y la estética de aquella época.

 

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EFESO

 

 

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San Lorenzo, su fiesta se celebra el 10 de agosto

Diácono de la iglesia de Roma, que murió mártir el 10 de agosto del año 258 durante la persecución de Valeriano.

Por la Depositio Martyrum, sabemos que recibió sepultura junto a la vía Tiburtina, un 10 de agosto. Este dato lo concreta después el Martiriólogo jeronimiano, precisando que la deposición tuvo lugar en el cementerio de su nombre. De esta misma época arrancan varios testimonios arquitectónicos, las basílicas construidas en su honor, junto con otros testimonios epigráficos y arqueológicos. 

Hay que señalar que en estos primeros testimonios los detalles concretos sobre su pasión son muy escasos. Solamente el papa San Dámaso habla genéricamente de las diversas torturas que padeció, y más en concreto de la del fuego, pero sin aludir concretamente al tormento de las parrillas.

Hasta San Ambrosio (+397) no se conoce ningún otro detalle. Éste refiere detenidamente varios episodios de su martirio, lo que supone que ya para entonces existía la Passio Laurentii. Esta misma tradición se refleja también en el himno que Prudencio le dedica. De su Pasión se conservan tres versiones, compuestas entre los siglos V y VII.

Durante el año 258, el emperador Valeriano dictó un Decreto de persecución. Según él, los obispos, sacerdotes y diáconos debían ser ejecutados en el acto; los cristianos ricos, privados de sus bienes, y, si no apostataban, ejecutados también.

La primera víctima ilustre en la persecución, en Roma, fue el papa San Sixto II. Estaba con su clero celebrando el natalicio de un mártir en el cementerio de Pretextato, junto a la Vía Apia, cuando lo prendieron; allí mismo lo mataron, siendo enterrado en el vecino cementerio de Calixto, en la cripta de sus predecesores.

 

San Lorenz

 

De este suceso arranca la Pasión de Lorenzo, el protodiácono de San Sixto. Según ella, al salir el Papa para el martirio, Lorenzo se le acerca, quejándose de que fuera a la muerte solo, sin “su diácono”. San Sixto lo consuela, asegurándole que lo seguirá en seguida, y le manda que, entre tanto, distribuya los bienes de la Iglesia a los pobres.

Muy pronto le prenden, y lo presentan ante el Emperador (Decio, según la Pasión), que le pide cuentas de los bienes que administra. Lorenzo pide tiempo para presentarlas; convoca a los pobres que socorría, unos 1500 por aquellos años, y se presenta de nuevo con ellos. “Estos son nuestros tesoros”, le dice; y el Emperador enfurecido, le somete a tormento.

Lo azotan, lo despedazan, le aplican planchas candentes, sin resultado. Convierte a un soldado, Román, que es martirizado en el acto. Nuevos tormentos, con la decisión final de someterlo al suplicio de las parrillas: asarlo a fuego lento hasta que expirara. Estando en este suplicio tremendo, tiene aún fuerzas para decirles que “pueden ya darle la vuelta y comer de la parte asada”.

Murió dando gracias a Dios por haberle hecho digno del cielo. Hipólito, el jefe de los soldados que lo custodiaban, a quién había conseguido convertir antes, y el sacerdote Justino, lo enterraron en una propiedad privada, en el Campo Verano, junto a la Vía Tiburtina.

El primero que narra muchos detalles sobre el juicio de San Lorenzo es San Ambrosio, menos de un siglo después del martirio, tiempo no excesivo que podría explicar la pervivencia de una tradición. Pero hay autores que niegan la objetividad de estas actas.

 

San Lorenzo

 

Su argumento principal es que la persecución de Valeriano, dirigida contra la Jerarquía de la Iglesia, no pretendía la apostasía; mandaba que una vez identificados, fueran sin más ejecutados; y así murió efectivamente San Sixto.

En esto se diferenció esta persecución de la antecedente de Decio y de la siguiente de Diocleciano. Éstos se sirvieron de las torturas para conseguir apostasías, que era lo que pretendían. Por tanto, según esos autores, el tormento de las parrillas se había introducido en la tradición del martirio de San Lorenzo por influencia de otras pasiones.

En Roma fue uno de los santos de culto más popular, siendo muy abundantes las basílicas a él dedicadas, ya desde el siglo IV, y durante toda la Edad Media. Las más importantes fueron: San Lorenzo Extramuros, erigida por Constantino sobre su sepulcro en el Campo Verano; San Lorenzo inDamaso, obra de este papa, edificada en el lugar en el que hasta entonces ocuparon los archivos de la Iglesia; San Lorenzo in Panisperna, donde se guardaban las parrillas; etc. Cada una de ellas se ponía en relación con algún pasaje de los referidos en la Pasión.

En Roma, su fiesta litúrgica seguía en importancia a la de los Apóstoles Pedro y Pablo. Tenía vigilia solemne, celebrada en la Basílica del Verano; su fiesta era seguida de octava; y su nombre fue incluido en el canon romano de la Misa. Fuera de Roma, también fue muy venerado en Occidente durante la Edad Media.

En la liturgia hispánica también lo encontramos, ya desde antes de la invasión musulmana; y existe una versión española de la Pasión. Su culto pudo comenzar en el sigloV y se celebraba el 10 de agosto, como en Roma.

¿Había nacido en Huesca, o al menos en España? Parece que hay que responder negativamente a esta pregunta; al menos no hay ningún testimonio antiguo que lo sufrague. Por otra parte, sería muy extraño el silencio de Prudencio, tan dispuesto siempre a cantar las glorias martiriales españolas. La crítica moderna rechaza esta tradición. Los testimonios que la apoyan no son anteriores al siglo IX. En concreto, se trata del Martirologio de Adón, que en la larga noticia que le dedica, afirma ser natural de España.

 

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SAN LORENZO

 

 

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Sub tuum praesidium

Recogemos este texto sobre una de las primeras oraciones dirigidas a la Virgen por los primeros cristianos. La oración Sub tuum praesidium es un testimonio entrañable, probablemente el más antiguo y el más importante en torno a la devoción a Santa María.

 

Se trata de un tropario(himno bizantino) que llega hasta nosotros lleno de juventud.
Es quizás el texto más antiguo en que se llama Theotokos a la Virgen, e indiscutiblemente es la primera vez que este término aparece en un contexto oracional e invocativo.

 

En un papiro egipcio

Edgar Lobel, experto en papirología de la Universidad de Oxford,  dedicó su vida al estudio de los papiros encontrados en Egipto.

theotokos

Como es conocido, el clima extremadamente seco de la mayor parte de Egipto ha hecho que se conserven multitud de fragmentos de papiros antiquísimos, con textos de hace milenios, en griego y en copto.

Muchos de estos textos se habían perdido.

En otros casos, los papiros sirven para confirmar la antigüedad de textos que sí que se habían conservado a través de sucesivas copias o traducciones.

Uno de estos papiros, descubierto en las proximidades de la antigua ciudad egipcia de Oxirrinco, contenía una oración a la Virgen.

Y no cualquier oración, sino una plegaria que continuamos rezando hoy en día, la oración Sub tuum praesidium.

 

 

La versión latina es:

Sub tuum praesidium
confugimus,
Sancta Dei Genitrix.
Nostras deprecationes ne despicias
in necessitatibus nostris,
sed a periculis cunctis
libera nos semper,
Virgo gloriosa et benedicta.

 

La versión castellana, es muy conocida:

Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

 

Y la versión en griego clásico, que es precisamente la que se encontró en el papiro. Basta fijarse con detenimiento en la foto del papiro para reconocer las palabras griegas originales:

Ὑπὸ τὴν σὴν εὐσπλαγχνίαν,
καταφεύγομεν, Θεοτόκε.
Τὰς ἡμῶν ἱκεσίας,
μὴ παρίδῃςἐν περιστάσει,
ἀλλ᾽ ἐκ κινδύνων λύτρωσαι ἡμᾶς,
μόνη Ἁγνή, μόνη εὐλογημένη.

 

 

Cabe destacar la presencia del término Theotokos (en este caso, Theotoke, en vocativo), es decir, “Madre de Dios”.

Dos siglos después, en el Concilio de Éfeso, se reconoció de forma  solemne que este título era adecuado para la Virgen María, contra el parecer de Nestorio.

Es decir, en Éfeso, la Tradición de la Iglesia fue defendida contra los que preferían sus propios razonamientos a la enseñanza de siempre de la Iglesia.

Resulta impresionante rezar esta oración, sabiendo que los cristianos la rezaban ya, por lo menos, en el año 250 d.C., que es la fecha en la que EdgarLobel dató el papiro en el que se encontraba.

Nosotros no la hemos recibido de los arqueólogos, sino de la tradición de la Iglesia, a través del latín en el caso de la Iglesia Latina o del griego y el eslavonio antiguo en Oriente.

Resulta agradable, sin embargo, que la arqueología nos muestre una vez más que la tradición no es algo inventado, sino que verdaderamente nos transmite la herencia que los primeros cristianos recibieron de Cristo y de los Apóstoles.

 

Theotokos, la Madre de Dios

La oración Sub tuum praesidium es un testimonio entrañable, probablemente el más antiguo y el más importante en torno a la devoción a Santa María. Se trata de un tropario(himno bizantino) que llega hasta nosotros lleno de juventud. Es quizás el texto más antiguo en que se llama Theotokos a la Virgen, e indiscutiblemente es la primera vez que este término aparece en un contexto oracional e invocativo.

G. Giamberardini, especialista en el cristianismo primitivo egipcio,  en un documentado estudio ha mostrado la presencia del tropario en los más diversos ritos y las diversas variantes que encuentra, incluso en la liturgia latina.

La universalidad de esta antífona hace pensar que ya a mediados del siglo III era usual invocar a Santa María como Theotokos, y que los teólogos, como Orígenes, comenzaron a prestarle atención, precisamente por la importancia que iba adquiriendo en la piedad popular. Simultáneamente esta invocación habría sido introducida en la liturgia.

En el rito romano, su presencia está ya testimoniada en el Liber Responsalis, atribuido a San Gregorio Magno y es copiado en el siglo IX en la siguiente forma: “Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix”.

Algunos manuscritos de los siglos X y XI, presentan unas deliciosas variantes de esta oración, manteniendo intacta la expresión Santa Dei Genitrix, en estricta fidelidad a la Theotokos del texto griego.

Se trata de traducciones fidelísimas del texto griego, tal y como aparece en el rito bizantino, en el que se utiliza la palabra griega eysplagknían, para referirse a las entrañas misericordiosas de la Madre de Dios.

La consideración de la inmensa capacidad de las entrañas maternales de la Madre de Dios está en la base de la piedad popular que tanta importancia dio al título Theotokos para designar a la Madre de Jesús.

Y quizás como lo más importante sea el hecho de que el testimonio del Sub tuum praesidium levanta la sospecha de que el título Theotokos se origina a mediados del siglo III en la piedad popular como invocación a las entrañas maternales de Aquella que llevó en su seno a Dios. Esta vez, quizás, la piedad popular fue por delante de la Teología. Al menos, es muy verosimil que así fuese.

Los fieles que, con sencillez, rezan esta oración a la Sancta Dei Genitrix, laTheotokos, la Madre de Dios,  porque la han recibido de manos de la Iglesia, son los que están más cerca de lo que transmitieron los primeros cristianos y, por lo tanto, más cerca de Cristo.

La versión latina esta oración ha sido inmortalizada en la música especialmente por Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart.

 

 

 

FUENTES:
Lucas F. Mateo-Seco,  La devoción mariana en la primitiva Iglesia
Cfr G. Giamberardini, Il “Sub tuum praesidium” e il titolo Theotokos nella tradizione egiziana, en “Marianum” 31 (1969) 350-351; A.M. Malo, La plus ancienne prière à notre Dame, en De primordis cultus mariani, cit., t. 2, 475-485.

 

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San Mamés, mártir  - 7 de agosto

Este mártir de Capadocia, tan alabado de los Santos Gregorio y Basilio, tuvo por padres a dos insignes confesores de Cristo, que padecieron en Cesarea. Mamés vino antes de tiempo al mundo, pues su madre Rufina le dió a luz en medio de los tormentos. Ammia se encargó de la crianza del niño, y le educó cristiana y literariamente en las escuelas de Cesarea.

Según cuenta la leyenda, Mamés ("el que fue amamantado"), del Oriente Bizantino, nació en el seno de una familia modesta. Algunos historiadores datan la fecha de su nacimiento en el 259 y la de su martirio en el 275.

Leyenda

Hijo de Teodoro y Rufina, Mamés nació en prisión al estar encarcelados sus padres por ser cristianos. La madre murió en el parto y el padre murió también muy pronto, siendo ambos elevados a los altares. A partir de entonces, fue criado por una noble patricia, viuda y rica, llamada Ammia, también santa, la cual murió cuando Mamés tenía quince años dejando al joven heredero de su hacienda.

El gobernador de Cesárea de Capadocia (Asia Menor, actual Turquía) sometió a tormentos a Mamés, sin conseguir que abjurara de su fe. Después, lo envió al emperador Aureliano que ordenó someterle a nuevas torturas. Cuenta la leyenda que un ángel lo liberó y le mandó refugiarse en un monte cercano a Cesárea, donde se dedicó al pastoreo.

 

 

El gobernador Alejandro lo encuentra y le pone preso. Lo quisieron quemar en el circo pero no lo lograron. Soltaron unos leones y al parecer, Mamés consiguió amansar a los leones a los que había sido entregado en el circo y, ante este portento, decidieron acabar con su vida clavándole un tridente en el abdomen. Sangrando, Mamés consiguió llegar hasta la cueva cerca del teatro. Temerosos de nuevos milagros le mandaron a decapitar, y murió invitado al cielo por los ángeles.

Aunque los datos tradicionales del martirio bajo Aureliano (275 d. C.) no están plenamente confirmados, pueden considerarse verosímiles.

Devoción

El primer centro de culto a San Mamés fue Cesárea de Capadocia. También tenía santuario en Constantinopla, desde allí trajeron la cabeza del santo al principal centro de culto en Europa, la catedral de Langres (Haute-Marne, Francia), cuyo titular es Saint Mamas, siendo los peregrinos del camino de Santiago quienes trajeron su devoción a España. El santuario Morero en Daroca es el más importante del santo. En la iglesia de Santa María Magdalena en Zaragoza hay un relicario de plata con la cabeza del santo.

 

san Mames

 

 

 

Parte de los restos de San Mamés se guardan con mucho cariño en una iglesia de Cavaglio d'Agnona (Italia).

San Mamés está en el santoral de Oriente y de Occidente. El Martirologio lo celebra el 17 de agosto, pero la fiesta se celebra el 7 de agosto.

Tradicionalmente, es el protector de las personas con roturas de huesos y de los lactantes. Sin embargo en la localidad de Murero (Zaragoza) se le considera el abogado de los que sufren de hernia.

El estadio del Athletic Club de Bilbao también está dedicado a este santo, que es muy venerado en la villa vizcaína.

 

san Mames

El famoso estadio del Athletic Club de Bilbao dedicado a San Mamés (Catedral del fútbol español).

 

 

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SAN SIXTO II, PAPA, Y COMPAÑEROS MÁRTIRES

Fue ordenado obispo de Roma el año 257. Al año siguiente, mientras celebraba la sagrada liturgia en el cementerio de Calixto, fue detenido por unos soldados, en virtud del edicto del emperador Valeriano, y ejecutado al momento, junto con cuatro de sus diáconos, el día 6 de agosto. Recibió sepultura en el mismo cementerio.

 

Sixto II fue un gran constructor de paz que acogió a los herejes arrepentidos sin rebautizarlos. También revocó la excomunión a los que rebautizaban. Debido a las persecuciones anticristianas de Valeriano, a solo once meses de pontificado, murió en 258, junto a seis de los siete diáconos de Roma.

Sixto II, el Papa número veinticuatro de la Iglesia Católica, se atusó la espesa barba, pensativo y cariacontecido. Estaba muy cansado. No eran tiempos fáciles, desde luego, y la situación duraba ya demasiado tiempo.

 

 

El Romano Pontífice, a quien algunos llamarían el Bueno y el Pacífico con toda justicia, sabía muy bien que sobre la Iglesia de Roma se cernían dos amenazas terribles en aquella época: de un lado, la persecución encarnizada de Valeriano, el todopoderoso emperador sin escrúpulos; y de otro, las propias intrigas internas que dividían y debilitaban a los cristianos perseguidos.

 

Sixto II no acertaba a distinguir cuál de las dos era más letal

Del emperador Valeriano, ¿qué decir? A todos les sorprendió el edicto. Venían de una época de relativa calma, cuando de pronto el emperador arremetió contra ellos exigiéndoles no solo renunciar a su credo religioso, sino incluso ofrecer un sacrificio a sus dioses paganos. Muchos habían sido ejecutados ya por negarse a blasfemar contra Dios, mientras otros salvaron el pellejo por renegar de su fe.

Las malas lenguas atribuían el cambio radical de Valeriano a la necesidad de sanear las maltrechas finanzas del imperio con ayuda de los bienes confiscados a los cristianos más pudientes. Sea como fuere, allí estaba Sixto II entonces, sumido en la celebración de la Santa Misa en el interior de las catacumbas del Praetextatus, muy cerca de la Via Appia.

Desde su silla recordaba, emocionado, la firme promesa de Jesús: «Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí en el centro estoy Yo». Ese era su único consuelo en aquel momento.

sixto II papaSolo la fe le ayudaba a aceptar esa terrible condena de vivir escondido en cementerios o grutas subterráneas, como el peor de los delincuentes, para poder rezar y renovar la pasión de Cristo en el altar, sin perder tampoco la esperanza de profesar la fe en libertad algún día.

Pero, aun así, Sixto presentía que se acercaba su final y experimentaba una enorme desazón por todo lo que aún le quedaba por hacer.

Percibió entonces el eco lejano de los pasos soldadescos en su busca. Corría el 6 de agosto del año 258.

Los emisarios de Valeriano, armados hasta los dientes, procedieron a capturarle instantes después.

«Bendito seas siempre, Señor», prorrumpió el pontífice mientras le apresaban. Zarandeado por aquellos salvajes, el Obispo de Roma se sorprendió de su falta de miedo.

 

Restablecer relaciones

Solo le importaba su Iglesia y pedía a Cristo con todas sus fuerzas que velase por su rebaño sin pastor. En realidad, a Sixto II únicamente le inquietaba la amenaza interna en la Iglesia, es decir, el efecto corrosivo de las luchas de poder disfrazadas de discrepancias doctrinales que debilitaban a la sagrada institución desde sus mismos cimientos. Sin saberlo entonces, Sixto II pasaría a la historia por haber realizado una labor de reconciliación valiosísima.

 

La profecía cumplida del Papa Sixto II

No en vano, restableció las relaciones con Cipriano, Obispo de Cartago. La Iglesia de Roma y la del Norte de África volvieron así a entenderse después de largo tiempo. Al fin y al cabo, Sixto II hizo entender a Cipriano que una Iglesia no debía resquebrajarse por diferencias de criterio en el trato a los apóstatas que renunciaban a su fe, los llamados lapsis.

Sixto II fue conducido así ante las autoridades, que le condenaron a muerte junto con cuatro diáconos ejecutados también en el cementerio de Calixto, en la Vía Apia. Canonizado años después, Sixto II murió decapitado, pero antes de eso se cruzó con San Lorenzo, diácono de Roma, rumbo hacia el patíbulo.

Cuenta la leyenda, atribuida a San Ambrosio de Milán, que en aquel fugaz encuentro camino del martirio, San Lorenzo (el santo de origen español a quien más tarde rendiría homenaje Felipe II con su monasterio de El Escorial), le preguntó a Sixto II con afección: «¿Adónde vas sin mí, sin tu diácono, sin tu hijo y sirviente?». La respuesta del Papa debió helarle la sangre: «En cuatro días, tú me seguirás», profetizó Sixto II con mirada fulminante.

Y así fue: San Lorenzo falleció cuatro días después exactamente, el 10 de agosto del año 258, de forma tal vez aún más terrible que Sixto… ¡Asado vivo en una parrilla!

recompensas cristianas

La leyenda provenía, según la tradición, de San Ambrosio de Milán, Obispo de la localidad italiana, además de destacado teólogo y orador. Por si fuera poco, San Ambrosio ha sido reconocido como uno de los treinta seis doctores de la Iglesia Católica.

 

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CATACUMBAS SAN CALIXTO

 

ver en Wikipedia  

"Éste es mi Hijo elegido, escuchadle"

Según algunos autores antiguos, esta fiesta surgió en la iglesia de Armenia durante el siglo IV, como cristianización de una antigua celebración pagana. Sin embargo, los testimonios más antiguos proceden de la liturgia siro-oriental, a comienzos del siglo VI. Parece probable que, en cualquier caso, la fiesta nació como una conmemoración anual de la dedicación de la iglesia alzada en el monte Tabor.

Los primeros vestigios de su celebración en occidente proceden de fuentes hispánicas del siglo X, si bien en el siglo XI ya se conmemoraba por toda la iglesia latina. En 1457 se incluyó en el calendario universal de la Iglesia romana, en recuerdo de la liberación de Belgrado de manos de los turcos el 22 de julio de 1456. Por último, el Misal Romano de San Pío V (1570) unificó la fecha de su celebración el día 6 de agosto.

 

La Transfiguración

Los evangelios sinópticos(según San Mateo, San Marcos y San Lucas) relatan que Jesús subió a un monte a orar con algunos de los apóstoles, y mientras oraba se transformó el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y resplandeciente. Aparecieron junto a él Moisés y Elías.

Los apóstoles dormían mientras tanto, pero al despertar vieron a Jesús junto a Moisés y Elías. Pedro sugirió que hicieran tres tiendas: para Jesús, Moisés y Elías. Entonces apareció una nube y se oyó una voz celestial, que dijo: "Éste es mi Hijo elegido, escuchadle". Los discípulos no contaron lo que habían visto.

 

transfiguración

 

 

A los pocos días ocurrió la Transfiguración. Desde que Jesús comenzó su vida pública sus triunfos y gloria han ido en aumento.

Tras el discurso del Pan de vida se ha producido un giro notable; los milagros serán menos frecuentes, su predicación menos popular, y las cosas que se dicen tendrán un mayor contenido. Jesús hablará varias veces de su muerte y vivirá, de ordinario, retirado con los suyos. La transfiguración se realiza sólo ante los más íntimos: Juan, Pedro y Santiago, pero tiene un gran valor de revelación en muchos aspectos.

"Sucedió unos ocho días después de estas palabras, que tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de sus rostro y su vestido se volvió blanco, resplandeciente. Y he aquí que dos hombres estaban conversando con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que había de cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que con él estaban.

Cuando éstos se apartaron de él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías; no sabiendo lo que decía. Mientras decía esto, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y salió una voz desde la nube, que decía: este es mi Hijo, el elegido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto"(Lc). El monte estaba lejos de Cesarea de Filipo, van caminando al lugar de gran belleza con las vistas a la llanura de Esdrelón.

La oración de Jesús era siempre intensa y, muchas veces, en silencio. Esta oración llevaba a Jesús a una unión con el Padre especial. Era hablar y escuchar. Darse y recibir. Amar y ser amado, unión total en todos los niveles del ser de Cristo. Jesús adora con toda su humanidad. Pero pocas veces se manifiesta esa unión al exterior. Ahora, cuando las batallas más duras están a punto de empezar, conviene que lo interno se manifieste exteriormente.

Y la gloria de la divinidad se manifiesta en su rostro: "brillante como el sol", y en los mismos vestidos, "resplandecientes de luz". No parece que se trate de una visión espiritual, sino una realidad palpable en el cuerpo de Jesús. Los apóstoles ven a Cristo glorioso como nunca le habían visto. Es un preludio del reino que ha venido a traer, de la resurrección que ya ha anunciado, de la gloria del cielo para los que crean en Él y sean fieles.

La reacción es de estupor: se despiertan sorprendidos de lo que están viendo. Un gozo inexplicable, como un reflejo del de Jesús, les invade. "Qué bien se está aquí" es el comentario, como intentando detener el tiempo en situación tan feliz.

Pero hay más; junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. Ambos habían tenido una especial revelación de Dios en el monte Sinaí. Moisés recibe la revelación de Dios, de su nombre y de su Ley y con ella el mandato de liberar y formar un pueblo según la alianza de los padres; y lo hizo. Elías, mucho más tarde, recibe la misión de recuperar la fidelidad del pueblo a esa Alianza.

Moisés, al final de su vida, pide a Dios ver su rostro, y ahora le es manifiesto su rostro humano, en Jesucristo. Elías busca a Dios, y le encuentra en una suave brisa; ahora está ante Él de un modo humano, humilde y real. Sorprende el tema de su conversación: la muerte de Jesús en Jerusalén. La antigua Alianza alcanzará su plenitud en la Pasión de Jesús. Las profecías del Mesías como Siervo doliente son certeras.

 

transfiguracion

 

El amor llegará al límite de no detenerse ante nada. Todo lo anterior era figura de lo que había de suceder. Sin embargo, no deja de ser sorprendente la mezcla de cruz y muerte con la gloria de Jesús en esta Transfiguración. Una lógica nueva se está desarrollando. Entenderla requerirá una fe espiritual, una fe que permita conocer al mismo Dios que manifiesta su gloria en la humildad.

Y la máxima humildad es ser humillado, poder defenderse y, aún más, vencer, pero aceptar la derrota para triunfar de un modo superior a un enemigo como el pecado que tiene su raíz en el orgullo y la rebeldía.

La voz del Padre resuena en la transfiguración, como se oyó en el Jordán: "Este es mi Hijo el predilecto, escuchadle". El Amado que va a demostrar que el hombre puede también amar al máximo, y les pide fe. Una fe que deberá actualizarse también cuando no entiendan su conducta y que deberá agudizarse cuando le vean derrotado.

Y pasó la transfiguración. Breve, como todo lo dichoso, menos en el cielo que será para siempre. La referencia de Pedro a las tres tiendas quizá tiene que ver con la próxima fiesta de los tabernáculos, o, sencillamente, a querer prolongar la dicha que experimenta. Pero deben atender a lo que se les revela pues Cristo es el nuevo legislador. Al oír la voz "los discípulos cayeron sobre su rostro presos de un gran temor. Se acercó Jesús a ellos y tocándoles, dijo: "Levantaos, no tengáis miedo" y cuando se levantaron no vieron a nadie, sino a Jesús solo"(Mt).

"Mientras bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos.

Y le hacían esta pregunta: ¿Por qué dicen los fariseos y los escribas que Elías ha de venir primero? El les respondió: Elías vendrá antes y restablecerá todas las cosas; pero, ¿cómo está escrito del Hijo del Hombre que padecerá mucho y será despreciado?

Sin embargo, yo os digo que Elías ya ha venido e hicieron con él lo que quisieron, según está escrito de él"(Mc).

 

Explica el Señor más a fondo su muerte y su resurrección. El Mesías ha de padecer mucho y ser despreciado; pero vencerá incluso a la muerte, cosa que ningún hombre puede hacer. Esta es la lucha. Es como una decisión irrevocable del Padre y del Hijo. Ya se ha cumplido el tiempo de la misericordia, ahora será el tiempo de la justicia, pero de un modo sorprendente: el Justo llevará sobre sí los pecados de todos, pagando por ellos.

Y ante la pregunta sobre Elías les dice que el Bautista era el Elías que había de venir, el profeta de fuego que anuncia la nueva Alianza.

El Reino de Dios se ha hecho transparente por unos momentos, el monte Tabor es como un nuevo Sinaí; pero conviene bajar al valle donde están todos ajenos a losucedido en las alturas. Pedro, Juan y Santiago callan y reflexionan por el nuevo curso de los acontecimientos.

 

 

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MONTE TABOR

 

Enrique Cases,
Tres años con Jesús,

 

 

4 de agosto - San Juan Bautista María Vianney

 

EL SANTO CURA DE ARS

(† 1859)

Oficialmente, en los libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica.

 

Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney. ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar.

 

Santo Cura de Ars

San Juan María Vianney

 

 

Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc., etc.

El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra

Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourviere, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera.

Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa.

Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

 

Santo Cura de Ars

Santo Cura de Ars

 

A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos.

Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino. pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España.

No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María. continúa sus estudios sacerdotales en Verriéres primero. y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero... falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo.

La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. El se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes.

Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars.

Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón "a llorar su pobre vida", como con frase enormemente gráfica repetirá.

Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos.

Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos.

No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que "Ars ya no es Ars". Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado.

Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars.

Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias.

Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él.

Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias.

A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza.

Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta.

¡Ah, amigo mío! —respondió sonriente—, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado." "Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento." “Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte."

Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de "La Providencia", aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura.

A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella.

Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. "Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras." Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: "El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres."

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito.

No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. "El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans."

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Este había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos.

El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras "que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén", suavemente, sin agonía, "como obrero que ha terminado bien su jornada", el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: "¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás."

 

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SAN JUAN MARÍA VIANNEY

 

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LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Lidia y su familia fue la primera en Europa en convertirse al cristianismo y ser bautizada.

"Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira y temerosa de Dios, nos escuchaba. El Señor abrió su corazón para que comprendiese lo que Pablo decía" (Hch 16, 14-15)

Lidia era una comerciante de púrpuras. Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo primero eso significaba que era una mujer muy rica. Dado que el tinte de la púrpura se extraía con muchas dificultades de cierto molusco, sólo una elite podía permitirse tener telas teñidas de ese color. Una mercader que vendiera ese tinte tan extremadamente costoso era rica, se mirase como se mirase.

La riqueza se cita a menudo como uno de los principales obstáculos al crecimiento espiritual. Se nos advierte que "es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos". Eso no significa, sin embargo, que ser pobre te haga mejor automáticamente. 

 

lidia

 

Una persona pobre que acumula unas pocas posesiones no es mejor que una persona rica que acumula muchas. No hay indicaciones de que Lidia abandonara su negocio tras convertirse al cristianismo. Pero hay muchas pruebas de que utilizó su fortuna sabiamente.

Entendió que el valor real de la riqueza reside en el modo en que la usas, no en cuánto tienes.

Ser el primero en hacer algo es un modo seguro de hacer que tu nombre figure en el libro de los récords. Y eso es lo que le pasó a nuestra santa de hoy, porque ella y su familia fueron los primeros en Europa en convertirse al cristianismo. Lidia era originaria de la ciudad de Tiatira, pero vivía en Filipos (Macedonia) donde se ganaba la vida con la preparación de vestidos de púrpura.

 

lidia Filipos

 

Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo I eso significaba que era una mujer muy rica. Fue por la predicación de san Pablo por la que se convirtió esta mujer. Y el apostol permaneció en su casa todo el tiempo que duró su predicación en aquella ciudad. No podemos decir más de ella pero, como suele ocurrir con estos primeros cristianos, no hacen falta más datos.

 

 

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