Lidia y su familia fue la primera en Europa en convertirse al cristianismo y ser bautizada.
"Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira y temerosa de Dios, nos escuchaba. El Señor abrió su corazón para que comprendiese lo que Pablo decía" (Hch 16, 14-15)
Lidia era una comerciante de púrpuras. Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo primero eso significaba que era una mujer muy rica. Dado que el tinte de la púrpura se extraía con muchas dificultades de cierto molusco, sólo una elite podía permitirse tener telas teñidas de ese color. Una mercader que vendiera ese tinte tan extremadamente costoso era rica, se mirase como se mirase.
La riqueza se cita a menudo como uno de los principales obstáculos al crecimiento espiritual. Se nos advierte que "es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los Cielos". Eso no significa, sin embargo, que ser pobre te haga mejor automáticamente.
Una persona pobre que acumula unas pocas posesiones no es mejor que una persona rica que acumula muchas. No hay indicaciones de que Lidia abandonara su negocio tras convertirse al cristianismo. Pero hay muchas pruebas de que utilizó su fortuna sabiamente.
Entendió que el valor real de la riqueza reside en el modo en que la usas, no en cuánto tienes.
Ser el primero en hacer algo es un modo seguro de hacer que tu nombre figure en el libro de los récords. Y eso es lo que le pasó a nuestra santa de hoy, porque ella y su familia fueron los primeros en Europa en convertirse al cristianismo. Lidia era originaria de la ciudad de Tiatira, pero vivía en Filipos (Macedonia) donde se ganaba la vida con la preparación de vestidos de púrpura.
Eso podría no significar mucho para nosotros hoy en día, pero en el siglo I eso significaba que era una mujer muy rica. Fue por la predicación de san Pablo por la que se convirtió esta mujer. Y el apostol permaneció en su casa todo el tiempo que duró su predicación en aquella ciudad. No podemos decir más de ella pero, como suele ocurrir con estos primeros cristianos, no hacen falta más datos.
Más de dieciséis siglos después de su muerte, San Agustín de Hipona sigue sorprendiendo al mundo. Un equipo internacional de investigadores ha identificado dos sermones hasta ahora desconocidos del gran Padre y Doctor de la Iglesia, ocultos durante siglos en un manuscrito medieval conservado en Polonia.
El hallazgo no solo amplía el legado literario de uno de los pensadores más influyentes del cristianismo, sino que ofrece una nueva perspectiva sobre uno de los episodios más desconcertantes del Antiguo Testamento: la consulta del rey Saúl a la adivina de Endor.
"Dieciséis siglos después, San Agustín sigue enseñando a la Iglesia gracias a un hallazgo que devuelve la voz a uno de los mayores maestros de la fe cristiana."
Los textos, atribuidos con un alto grado de certeza a San Agustín tras un exhaustivo análisis filológico, muestran cómo el obispo de Hipona abordaba ante sus fieles una cuestión que durante siglos desconcertó a los primeros cristianos: ¿cómo podía una nigromante invocar al profeta Samuel, un hombre santo de Dios?
Un descubrimiento oculto en un manuscrito del siglo XII: Dos homilías desconocidas durante siglos
El hallazgo fue realizado por el profesor Christian Tornau, especialista en literatura latina de la Universidad de Würzburg (Alemania), mientras estudiaba un códice del siglo XII que perteneció a la antigua abadía de Bad Doberan y que actualmente se conserva en la Biblioteca Diocesana de Pelplin, en el norte de Polonia. El manuscrito contiene seis sermones atribuidos a San Agustín. Sin embargo, un análisis detallado del estilo, el vocabulario, la argumentación y otros rasgos característicos permitió descubrir que dos de esos textos nunca habían sido identificados por los especialistas y permanecían inéditos.
Tras comparar los sermones con el resto de la producción conocida del santo, los investigadores concluyeron que existen razones sólidas para reconocer su autoría. "El predicador resulta indistinguible de San Agustín", explicó Tornau al presentar los resultados de la investigación.
Un pasaje bíblico que intrigó a los primeros cristianos: La misteriosa consulta de Saúl a la adivina de Endor
Ambos sermones giran en torno al capítulo 28 del Primer Libro de Samuel, donde el rey Saúl, desesperado ante la amenaza de los filisteos y sin recibir respuesta de Dios, acude a una nigromante para invocar al profeta Samuel. Según el relato bíblico, Samuel aparece y anuncia al rey su derrota y su muerte inminente. Este episodio ha sido durante siglos uno de los más difíciles de interpretar para la tradición cristiana, pues plantea una cuestión fundamental: ¿cómo podía una mujer dedicada a la magia ejercer algún poder sobre un profeta de Dios? ¿Había aparecido realmente Samuel o se trataba de un engaño del demonio?
San Agustín propone una reflexión abierta: Un maestro que invita a pensar
Antes de San Agustín predominaban dos interpretaciones. La primera sostenía que Dios permitió excepcionalmente que Samuel apareciera, mientras que la segunda defendía que todo había sido una ilusión provocada por un espíritu maligno para engañar a Saúl. Lo novedoso de estos sermones es que el obispo de Hipona no descarta ninguna de las dos posibilidades de forma inmediata. Más bien invita a sus oyentes a profundizar en el misterio y a comprender que, por encima de cualquier explicación concreta, el verdadero mensaje del episodio es la necesidad de confiar en Dios y no buscar respuestas fuera de Él. Este modo de enseñar refleja uno de los rasgos más característicos de San Agustín: presentar distintas interpretaciones antes de conducir al creyente hacia una comprensión más profunda de la Escritura.
Un legado que sigue creciendo: San Agustín continúa hablando a la Iglesia
Aunque San Agustín es uno de los autores cristianos más estudiados de todos los tiempos y se conservan alrededor de quinientos de sus sermones, los especialistas consideran extraordinario que todavía hoy puedan aparecer escritos desconocidos. Los nuevos textos serán editados críticamente por especialistas del Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL) y su publicación está prevista para finales de este año, lo que permitirá a teólogos, biblistas e historiadores profundizar aún más en el pensamiento del Doctor de la Gracia.
Un hallazgo para la historia de la Iglesia: Redescubrir la riqueza de la Tradición
El descubrimiento demuestra que los grandes tesoros de la tradición cristiana aún pueden deparar sorpresas. Manuscritos conservados durante siglos en bibliotecas y monasterios continúan ofreciendo nuevas piezas para comprender mejor la historia de la Iglesia y el pensamiento de sus grandes maestros. En el caso de San Agustín, estos sermones permiten acercarse no solo a su extraordinaria inteligencia teológica, sino también a su faceta de pastor, capaz de explicar a los fieles algunos de los pasajes más difíciles de la Sagrada Escritura con profundidad, prudencia y un constante deseo de conducirlos hacia la verdad.
Más de mil seiscientos años después de haber sido pronunciadas, las palabras de San Agustín vuelven a resonar con fuerza. Este inesperado hallazgo recuerda que la Tradición de la Iglesia sigue siendo una fuente inagotable de sabiduría y que el legado de los grandes santos continúa iluminando la comprensión de la Palabra de Dios para las nuevas generaciones.
El teólogo Marción de Ponto fue uno de los personajes más peligrosos de la historia del cristianismo, y también uno de los más fascinantes.
Llegó a Roma hacia mediados del siglo II. Era hijo de un obispo del Ponto, en la costa sur del mar Negro, y destacaba por ser un hombre rico, brillante y disciplinado.
Sin embargo, estaba convencido de que la Iglesia había malinterpretado el Evangelio. A su juicio, el cristianismo era incompatible con la religión del antiguo Israel. Sostenía que el Dios del Antiguo Testamento era un dios de la ley, la ira, el juicio y la violencia, mientras que el Padre anunciado por Jesucristo era un Dios completamente distinto: un Dios de misericordia, amor y gracia.
Su propuesta era tan audaz como inquietante: separar el cristianismo de sus raíces judías.
Para ello, planteaba eliminar el Antiguo Testamento, rechazar al Dios creador y conservar únicamente una versión "depurada" del Evangelio de Lucas y las cartas de san Pablo.
De ese modo, pensaba, el cristianismo se convertiría en lo que siempre había debido ser: una religión universal basada en el espíritu y el amor, liberada del peso de la historia, los ritos, la ley, los sacrificios y la identidad particular del pueblo judío.
Las ideas de Marción no surgieron de la nada. Vivió poco después de las grandes rebeliones judías contra Roma, especialmente la revuelta de Bar Kojba (132-135 d. C.). Tras sofocar la insurrección con extrema dureza, el emperador Adriano reconstruyó Jerusalén como una ciudad pagana y prohibió la entrada de los judíos. En ese contexto, muchos romanos comenzaron a ver el judaísmo como una religión obstinada, aislada y políticamente peligrosa.
Al mismo tiempo, los cristianos buscaban definir su identidad dentro del Imperio romano. ¿Eran simplemente una secta del judaísmo o constituían una religión completamente distinta?
Marción ofreció una respuesta radical: el cristianismo, afirmaba, no tenía ningún vínculo esencial con el judaísmo.
Su enseñanza, de manera intencional o no, coincidía con los prejuicios que muchos romanos tenían en aquella época. Al desvincular el cristianismo del Dios de Israel, de la ley judía y de las Escrituras hebreas, Marción también alejaba a los cristianos de un pueblo que cada vez era visto con mayor desconfianza en el Imperio.
Sin embargo, la Iglesia reaccionó con firmeza.
Los grandes Padres de la Iglesia, como san Ireneo de Lyon y Tertuliano, comprendieron que estaba en juego mucho más que la autoridad del Antiguo Testamento. Si Marción tenía razón, sostenían, el cristianismo mismo se derrumbaría.
Un célebre episodio refleja hasta qué punto la Iglesia rechazaba sus ideas. Fue conservado por san Ireneo, quien había conocido personalmente al anciano obispo san Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol san Juan. Según el relato, Marción se acercó un día a Policarpo por las calles de Roma y le preguntó:
—¿Me reconoces?
Policarpo respondió:
—Sí, te reconozco: eres el primogénito de Satanás.
Para los oídos modernos, esta respuesta puede parecer excesivamente dura. Sin embargo, Policarpo entendía algo que, según el autor, muchos cristianos de hoy han olvidado. Marción no proponía simplemente un nuevo canon bíblico o una interpretación distinta de san Pablo; proponía un cristianismo desligado de Abraham, Moisés, la creación, la alianza y de la propia historia de la salvación.
Para los Padres de la Iglesia, el Dios de Abraham era el mismo Padre de Jesucristo. La creación y la redención eran obra del mismo Dios. El Génesis y el Evangelio formaban parte de una única historia de salvación. Cristo no abolió las Escrituras de Israel, sino que las llevó a su plenitud.
Sin el Antiguo Testamento, afirmaban, los cristianos dejarían de comprender el sentido de la alianza, el sacrificio, la Pascua, el Mesías, el templo, el sacerdocio e incluso la creación misma.
Y, más profundamente aún, dejarían de comprender quién es Jesús.
Por ello, la Iglesia condenó de manera contundente las enseñanzas de Marción y, durante siglos, fue considerado el arquetipo del hereje: el símbolo de la tentación de separar el cristianismo de sus raíces judías.
Sin embargo, en la época moderna, la figura de Marción volvió a despertar interés.
Durante los siglos XIX y comienzos del XX, varios estudiosos alemanes comenzaron a reconsiderarlo con mayor simpatía. El más influyente fue Adolf von Harnack, cuya obra Marción: el Evangelio del Dios desconocido (Marcion: The Gospel of the Alien God) presentó al hereje no como un monstruo, sino como un reformador trágico, al que algunos incluso llegaron a llamar "el primer protestante".
El contraste era sorprendente. Mientras san Policarpo lo había llamado "el primogénito de Satanás", Harnack prácticamente lo presentaba como el primer gran reformador.
Aunque Harnack no aceptó plenamente la teología de Marción, admiraba su seriedad, su devoción a san Pablo y su esfuerzo por diferenciar con claridad el cristianismo del judaísmo. En una de sus afirmaciones más controvertidas, sostuvo que, si bien la Iglesia antigua había hecho bien en rechazar a Marción en el siglo II, los cristianos modernos ya no necesitaban considerar el Antiguo Testamento como una Escritura plenamente normativa.
Ese planteamiento adquiriría un eco inquietante apenas unas décadas más tarde.
Cuando el movimiento nazi intentó crear un cristianismo despojado de sus raíces judías, recurrió con frecuencia a ideas muy similares a las de Marción. Los teólogos del nazismo procuraron eliminar el Antiguo Testamento de la vida cristiana. Algunos incluso intentaron presentar a Jesús como ario y no como judío. Un tristemente célebre instituto creado durante el régimen nazi se dedicó a erradicar toda "influencia judía" del cristianismo alemán.
El marcionismo antiguo y la ideología nazi no eran lo mismo. Marción fue un teólogo, no un ideólogo racial. Su pensamiento era de carácter metafísico y ascético, no nacionalista ni biológico. Sin embargo, los paralelismos fueron lo suficientemente evidentes como para que muchos teólogos de la posguerra vieran en el neomarcionismo una seria advertencia.
El peligro consistía en oponer el cristianismo al judaísmo de manera tan absoluta que Jesús terminara separado de su propio pueblo, de sus propias Escrituras y, en última instancia, de su propia historia.
Pocos teólogos contemporáneos reflexionaron tanto sobre este problema como Joseph Ratzinger, quien más tarde sería el papa Benedicto XVI. Ratzinger defendió la unidad de toda la Biblia, la permanencia de la vocación de Israel y la deuda que la Iglesia tiene con el pueblo judío. En repetidas ocasiones advirtió contra lo que llamó explícitamente "neomarcionismo": la constante tentación de considerar el Antiguo Testamento como algo incómodo, primitivo, violento o superado.
Para Ratzinger, el rechazo de Marción por parte de la Iglesia fue uno de los momentos decisivos de la historia del cristianismo. Sostenía que el cristianismo nunca podría convertirse en una religión desligada de Israel sin dejar de ser verdaderamente cristiano.
En su libro Muchas religiones, una sola alianza (Many Religions — One Covenant), insistió en que el Nuevo Testamento es inseparable de las Escrituras de Israel. Jesús no aparece de la nada. Todos los títulos con los que los cristianos lo reconocen —Mesías (Cristo), Hijo de David, Cordero de Dios, Hijo del Hombre— provienen de la tradición de fe de Israel. La Eucaristía tiene su origen en la Pascua judía; la cruz lleva a plenitud el simbolismo sacrificial del Templo, y Pentecostés completa la experiencia del Sinaí en lugar de sustituirla.
Sin el Antiguo Testamento, el cristianismo termina convirtiéndose en una idea abstracta.
Ratzinger comprendía lo mismo que habían entendido los Padres de la Iglesia: cuando los cristianos empiezan a despreciar el carácter judío de la revelación, corren el riesgo de perder el realismo mismo de la fe. El cristianismo se transforma entonces en una espiritualidad difusa, una religión de sentimientos desligada de la creación, de la historia, de la liturgia y de la alianza.
Y la historia ha demostrado cuán fácilmente esa forma de pensar puede derivar en consecuencias mucho más graves.
Reconocer esto no significa afirmar que toda crítica al Antiguo Testamento sea antisemita. Tampoco implica ignorar la larga y dolorosa historia de expresiones antijudías presentes entre algunos cristianos, incluidos ciertos Padres de la Iglesia. Es importante distinguir los diferentes fenómenos históricos: el antijudaísmo, el marcionismo y el antisemitismo racial moderno no son idénticos.
Sin embargo, tampoco están completamente desconectados. A lo largo de la historia de Occidente, la hostilidad hacia el judaísmo ha comenzado una y otra vez con un contraste que se repite:
el Dios "severo" del Antiguo Testamento frente al Dios "amoroso" del Nuevo Testamento;
la ley frente a la gracia;
el rito frente al espíritu;
el particularismo del pueblo de Israel frente a la universalidad.
Marción no inventó todas estas oposiciones, pero sí les dio su formulación teológica más radical. Por eso su historia sigue siendo relevante.
Vivimos en una época cada vez más incómoda con el Antiguo Testamento. Muchos lectores modernos se sienten perturbados por sus guerras, juicios, sacrificios y rituales. También vivimos en un tiempo en el que Israel, el Estado judío nacido tras el Holocausto, se ha convertido en uno de los principales focos de debate político y religioso.
En este contexto, surgen nuevas presiones para desvincular a Jesús y al cristianismo de sus raíces judías. Muchos cristianos se sienten tentados a preferir una imagen de Jesús más suavizada, desligada de la doctrina, de la alianza y de la autoridad divina. La tentación sigue siendo la misma de siempre: construir un cristianismo purificado de todo aquello que parezca difícil, escandaloso o demasiado "judío".
Pero cuando el cristianismo rompe sus vínculos con Israel, pierde sus raíces históricas. Incluso el misterio de la Encarnación comienza a desdibujarse. Jesús deja de ser visto como el cumplimiento de una alianza divina para convertirse simplemente en un maestro itinerante de ética universal.
La Iglesia antigua comprendió claramente ese peligro. También lo comprendió Ratzinger.
El Dios que habló a Abraham es el mismo Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos. Las Escrituras de Israel no son un prólogo incómodo del cristianismo, sino parte de la memoria sagrada de la propia Iglesia. Los cristianos adoran a un Mesías judío, rezan con los Salmos de Israel, heredan las promesas hechas a ese pueblo y leen las palabras de sus profetas.
La Iglesia rechazó a Marción porque sabía que abandonar a Israel significaba, en definitiva, abandonar al mismo Cristo. Y esa enseñanza no pertenece únicamente al pasado: puede ser una de las lecciones más urgentes que los cristianos de nuestro tiempo necesitan recordar.
¿Sabes quién era San Alfonso María de Ligorio? Obispo y doctor de la Iglesia
El precoz abogado Alfonso, de noble familia napolitana, a los 30 años dejó su envidiable profesión y se convirtió en sacerdote. En 1732 fundó la Congregación del Santísimo Redentor y luego fue elegido obispo de Sant'Agata dei Goti. Canonizado en 1839, en 1871 Pío XI lo proclamó Doctor de la Iglesia.
"Los polluelos de golondrina no hacen más que gritar, buscando ayuda y comida de parte de sus madres. Igualmente, nosotros debemos gritar siempre, pidiendo ayuda a Dios para evitar la muerte del pecado, y para avanzar en su santo amor".
Cuando se nace en una familia noble como la de los Ligorio, en una gran ciudad como Nápoles, en un siglo tan importante como el de la Ilustración y se es el primero de ocho hijos, se está ciertamente destinado a hacer algo importante.
Así que, como buen augurio, los padres bautizaron a su primogénito como Alfonso, que significa valiente y noble. Y nadie como él estará a la altura de ese nombre.
Un abogado de sólo 16 años
Confiado a los mejores tutores de la ciudad, Alfonso demostró inmediatamente sus extraordinarias cualidades: a los 12 años hizo el examen de admisión a la universidad, a la Facultad de leyes, ante el filósofo Giambattista Vico, a los 16 ya ejercía como abogado. Rápidamente se convirtió en el mejor de la ciudad, con la merecida reputación de no perder ni un solo caso.
Pero el Señor tendrá otros planes para él, que nació en una familia de ocho hijos, algunos de los cuales fueron particularmente tocados por la gracia de la consagración religiosa y sacerdotal.
En efecto, dos de sus hermanas serán monjas; otro hermano será benedictino y otro hermano más será sacerdote secular. De este contexto de nobleza del que provienía Alfonso, ambiente mezclado con tantas gracias espirituales familiares, se intuye ya que Dios llamará también a Alfonso a vivir algo mucho mejor que la sola nobleza humana.
De la ley humana a la ley de la libertad divina
Durante su trabajo como abogado Alfonso se ocupó de lo que hoy llamamos "voluntariado", en particular en el hospital de Nápoles donde visitaba a los enfermos. Poco a poco esa generosa actividad lo cautivó más y más, así que decidió dejar la abogacía y dedicarse a los más pobres del Señor.
En 1726 se convirtió en sacerdote y dedicó todo su ministerio a los más humilldes y necesitados, que en la Nápoles del siglo XVIII eran tantísimos. Su actividad como predicador y confesor fue intensa, y también cultivó el sueño de irse en misión a Oriente.
Convertirse en pastor entre los pastores: el nacimiento de la Congregación
En 1730, durante un descanso forzado en las montañas de la ciudad de Amalfi, Alfonso conversaba con algunos pastores y se dio cuenta de la gravedad de su abandono humano, cultural y religioso.
Este descubrimiento lo impresionó tanto que decidió dejar Nápoles para retirarse al eremitorio benedictino de Villa degli Schiavi, cerca de Caserta, donde fundó la Congregación del Santísimo Salvador, que será aprobada por Benedicto XIV en 1749 y tomará entonces su actual nombre de Congregación del Santísimo Redentor.
Su misión consistiría en una predicación marcada por la sencillez apostólica y a favor de la educación de los más abandonados. Alfonso tomó su ejemplo de las Capillas Serotinas, es decir, grupos dirigidos por colaboradores del Santo, tanto laicos como seminaristas, dedicados a la evangelización de los muchachos de la calle: una experiencia que en Nápoles tuvo tanto éxito que alcanzó la cuota de 30.000 inscritos.
Más tarde, a los sacerdotes redentoristas se les unirán las monjas redentoristas: la rama femenina de la Congregación que se fundará en Amalfi.
Obispo en Sant'Agata dei Goti
A Alfonso le apasionaba enseñar y predicar utilizando métodos innovadores como la música que estudió de niño: fue el autor de la famosa composición de "Bajas de las estrellas", infaltable canción en las celebraciones de la Santa Navidad.
También se ocupó con mucho interès de las cuestiones de la moral: entre las muchas obras que escribió la más importante es ciertamente la "Teología moral" en varios volúmenes. En tal obra que sigue siendo estudiada aún en nuestros días, Alfonso se ocupó de temas como la virginidad perpetua de María y la infalibilidad del Papa; temas que la Iglesia misma profundizará y en su momento las incluirá en el acervo de la doctrina dogmática, o sea en la doctrina oficial de la Iglesia que ha sido calificada como doctrina segura en cuanto que es creída por toda la Iglesia.
En 1762, a la venerable edad de 66 años, Alfonso fue nombrado también obispo de Sant'Agata dei Goti, en Benevento, cargo que abandonó 15 años después por problemas de salud que lo llevaron a la muerte en 1787. Canonizado en 1839, san Alfonso María de Ligorio fue proclamado Doctor de la Iglesia por Pío IX en 1871, mientras que en 1950 Pío XII le dio el título de "Protector celestial de todos los confesores y moralistas".
IGNACIO DE LOYOLA narra la vida de un joven soldado, Iñigo (Ignacio de Loyola), que se vio obligado a renunciar a su carrera militar tras resultar herido en batalla. Postrado en cama y dedicado a nuevas lecturas, lo que se presentaba entonces como una desgracia se tornó en un deseo ardiente de convertirse en santo.
Desde entonces, el joven y pasional Loyola se encontrará inmerso en una nueva batalla: la de enfrentarse con la incredulidad, el rechazo de la gente más cercana y la necesidad de luchar por encima de todo contra sí mismo.
La película también muestra cómo Ignacio tejió las pruebas, los errores y las lecciones de su azarosa vida en el tejido de su obra maestra, los Ejercicios Espirituales. Combinando la claridad de pensamiento con el amor de fantasía e imaginación de Ignacio, los Ejercicios forman un método riguroso para tomar decisiones de vida y han guiado e innumerables buscadores a lo largo de la historia.
PARTE I - Para verlo en You Tube
PARTE 2 - Para verlo en You Tube
FICHA TÉCNICA
Título original: Ignacio de Loyola Tipo: Película Productora: Jesuit Communications Foundation Director: Paolo Dy, Cathy Azanza Guión: Paolo Dy, Cathy Azanza, Pauline Mangilog-Saltarin, Emmanuel Alfonso, Ian Victoriano Duración: 118 minutos Idiomas: Español / Inglés Sistema: PAL Año: 2016 Calificación: No recomendada para menores de 12 años
Soldado y santo
Siglo XVI. Desde su infancia el joven capitán Íñigo de Loyola ha querido demostrar que merece el respeto de su linaje. Decimotercer hijo de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, VIII señor de la casa de Loyola de Azpeitia. Íñigo ha sentido que se le ha negado ese honor que tanto añora, a favor de otros miembros de su familia.
Militar de profesión, sueña a sus treinta años con emular a legendarios caballeros como Amadís de Gaula, que para él pasaría por emprender grandes gestas por la Corona de Castilla. Hombre valiente y pasional estará dispuesto a morir entonces contra el ejército francés en defensa del castillo de Pamplona. Pero Dios tendrá otros planes.
Insólita película filipina rodada en España, país que aporta también actores y coproducción. Acierta este biopic en quedarse incompleto, es decir, en centrarse en la juventud del héroe –del santo– y no abarcar una trayectoria vital que tan sólo podría contarse en formato, digamos, de serie televisiva (lo cual, ya puestos, sería una gran idea).
El director debutante Paolo Dy (Manila, 1978) decide así cerrar su film mucho antes de que la Compañía de Jesús irrumpiera en la cristiandad y centra su interés sobre todo en la batalla interior del protagonista, un personaje quijotesco, obsesionado con realizar hazañas caballerescas, llenas de valentía y honor, salvamentos de damiselas y muertes heroicas en el campo de batalla.
Para contar la historia de Ignacio de Loyola –producida por la Jesuit Communications Foundation–, Dy, también guionista, ha tenido con el asesoramiento de numerosos jesuitas y se ha basado en los escritos autobiográficos del propio santo, quien, cual si fuera un hombre de letras, aparece aquí varias veces dando rienda suelta a su imaginación literaria, contando las andanzas de quien sería su alter ego, el supuesto caballero en quien se quiere convertir.
La narración, por su parte, no pierde ritmo y está bien trazado el itinerario del protagonista, desde sus ademanes belicosos hasta su postración y posterior conversión, hasta llegar finalmente al proceso inquisitorial a que se vio sometido.
Ya es oficial: la temporada 6 de 'The Chosen' confirma su estreno con un impactante tráiler que revela la Pasión de Cristo
La nueva entrega llegará con una particularidad importante para sus seguidores, ya que no estará disponible al completo en streaming. La nueva tanda de episodios de The Chosense dividirá en una primera parte que llegará a la plataforma y un gran desenlace que se estrenará en los cines como un evento especial el 12 de marzo de 2027.
El creador de la ficción, Dallas Jenkins, ha explicado que este cierre tendrá un tratamiento diferente al de temporadas anteriores. "El final de la temporada 6 es esencialmente un episodio de gran tamaño que se estrenará como un gran evento cinematográfico en todo el mundo", dijo Jenkins a Deseret News.
La esperada nueva entrega de la serie creada por Dallas Jenkins ya ha estrenado su tráiler y confirmado la fecha de estreno en España. La temporada 6 de The Chosen (Los elegidos) ya tiene fecha de estreno en España. La popular serie sobre la vida de Jesús de Nazaret regresará con sus nuevos episodios el próximo 17 de noviembre de 2026 a través de acontra+, apenas dos días después de su lanzamiento en Estados Unidos mediante Prime Video, previsto para el 15 de noviembre.
La pasión de Cristo
La sexta temporada de The Chosen será la más trascendental de la serie hasta ahora, ya que abordará los últimos momentos de la vida de Jesús. La historia se centrará en los acontecimientos posteriores a la Última Cena, la traición de Judas Iscariote y el camino hacia la crucifixión.
Los nuevos capítulos estarán basados en los pasajes de los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, recogiendo uno de los episodios más importantes del cristianismo. La producción mostrará tanto el sufrimiento de Jesús como la reacción de sus discípulos y de aquellos que participaron en su condena.
Según la sinopsis oficial: "La hora ha llegado. Antes de que se ponga el sol, Jesús de Nazaret morirá. La temporada seis captura los eventos históricos del día final de Jesús a través de las vidas de aquellos que Le amaron y de aquellos que Le condenaron". Para abrir boca, ya tenemos el primer tráiler, que anticipa un gran evento de cara a los próximos meses.
Una serie convertida en fenómeno
Desde su estreno en 2019, The Chosen se ha convertido en un auténtico fenómeno audiovisual. La ficción destacó desde sus primeros episodios por ser una de las producciones financiadas mediante crowdfunding más exitosas de la historia, gracias al apoyo directo de millones de espectadores.
A lo largo de sus temporadas, la serie creada por Dallas Jenkins ha recorrido diferentes etapas de la vida de Jesús, dando protagonismo a personajes como Pedro, Mateo o María Magdalena. Su propuesta ha buscado mostrar no solo los milagros y enseñanzas, sino también la parte más humana de sus protagonistas, apostando por un enfoque más realista y desmitificador.
'The Chosen': ¿qué podemos esperar de la temporada 6?
La nueva entrega supondrá un importante reto para el equipo debido a su escala de producción. El rodaje ha requerido más tiempo del habitual por la complejidad técnica, los efectos visuales y el proceso de traducción internacional que acompaña a una serie con seguidores en todo el mundo.
La temporada 6 de The Chosen contará con el regreso de gran parte del reparto habitual de la serie.Jonathan Roumie volverá a interpretar a Jesús, acompañado por Shahar Isaac como Pedro, Paras Patel como Mateo y Elizabeth Tabish como María Magdalena. También estarán presentes Noah James (Andrés), George H. Xanthis (Juan), Giavani Cairo (Judas Tadeo), Joey Vahedi (Tomás), Reza Diako (Felipe) y Luke Dimyan (Judas Iscariote).
Con esta sexta temporada, The Chosen se acerca a uno de los momentos más esperados por sus seguidores: la representación de la Pasión y Muerte de Jesús. Una etapa decisiva que pondrá punto de inflexión a una serie que ha conseguido reunir a una comunidad internacional de espectadores.
Before the sun sets, Jesus of Nazareth will be dead.
Season 6 captures the historic events of Jesus' final day through the eyes of those who love Him—and those who condemn Him.
The Sanhedrin calls it justice. Romans call it peace. Followers call it murder. But in the face of… pic.twitter.com/vxyTXSORgH
Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa.
Santa Marta, junto a sus dos hermanos vivió en Betania, a tres kilómetros de Jerusalén. Por su proximidad a Jerusalén, muchos judíos iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza.
Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó.
Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.
Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno.
Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús.
Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús.
Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.
Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada".
En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.
Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte.
De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro".
Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará".
Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).
El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!".
Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si crees, verásla gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.
En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá".
Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él"(lo. 12, 1-2).
Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.
La tradición cuenta que el apóstol Santiago pasó por estas tierras, aunque la memoria más antigua de cristiandad en Hispalis es la sangre derramada por las mártires Justa y Rufina en la ciudad
A comienzos del siglo IV, un hombre llamado Sabino estampó su firma en las actas de un concilio en Elvira, la antigua Ilíberis, en el entorno de la actual Granada. Lo hizo con un título: obispo de Hispalis. Sevilla tuvo diócesis desde la época en que el cristianismo era clandestino y perseguido, cuando profesar la fe de Cristo podía costar la vida. En el 313, Constantino y Licinio concedieron la libertad de culto, y el cristianismo se oficializó con el emperador Teodosio —hay quien defiende que era de Itálica— en el 380. La arqueología, mientras tanto, lleva décadas buscando las primeras basílicas paleocristianas de la ciudad sin hallarlas con certeza. Esta es la historia del origen del cristianismo en Sevilla.
¿Un apóstol a orillas del Baetis?
La pregunta ha desvelado a generaciones de eruditos: ¿predicó algún apóstol en la Bética? San Pablo, al menos, lo planeó. En su Carta a los Romanos, escrita hacia el año 57, anuncia dos veces su propósito de viajar a Hispania, frontera occidental del mundo conocido. El papa Clemente de Roma escribió hacia el año 96 que el apóstol predicó «hasta el confín de Occidente», y el fragmento de Muratori, a finales del siglo II, da por sabida su partida hacia Hispania. Indicios serios que aún dividen a la historiografía, aunque quienes aceptan el viaje lo sitúan en Tarraco, no en el valle del Baetis. Lo de Santiago es eco de leyenda: su predicación hispana no se documenta hasta el siglo VII. Pero la tradición gaditana, recogida por fray Gerónimo de la Concepción en 1690, cuenta que el Apóstol desembarcó en el templo de Hércules consagrándolo a San Pedro: de ahí el nombre de Sancti Petri.
Quien entrara por Gades en la Antigüedad y buscara el interior solo tenía un camino: la Via Augusta, que salía de Gades hacia Hispalis. Si Santiago pasó por Gades, lo más probable es que pasase por Hispalis. La leyenda de los siete varones apostólicos completa el cuadro: siete discípulos ordenados en Roma por Pedro y Pablo, enviados a evangelizar la Bética, donde entraron por Acci, la actual Guadix. Sevilla tuvo además su propio eslabón apostólico: San Geroncio, legendario primer obispo de Itálica, muerto en prisión por su fe. Leyenda con un poso real: en el siglo VII, la vida de San Fructuoso de Braga da fe de una basílica cristiana alzada en Itálica en honor de Geroncio.
Los primeros cristianos con nombre
Durante los siglos I y II d. C., la fe cristiana se propagó por el Mediterráneo. No existe documentación de cristianos en la Hispalis de ese momento, lo que en absoluto quiere decir que no los hubiera. Debieron de llegar como llegaba todo: con los barcos y las mercancías. La Bética exportaba aceite a Roma y comerciaba con el norte de África, y por esas rutas marítimas, además de los productos, circulaban las ideas.
Las primeras menciones del cristianismo en Hispania vienen de fuera: hacia el año 180, Ireneo de Lyon da por establecidas iglesias en las Españas, y Tertuliano, hacia el 200, presume de que la fe de Cristo ha alcanzado «todos los confines de las Hispanias». La primera prueba documental firme llega en el 254: una carta de San Cipriano de Cartago a las comunidades de León-Astorga y Mérida, con obispos, clero y fieles perfectamente organizados. En el 259 arde en el anfiteatro de Tarraco el obispo Fructuoso con sus dos diáconos: sus actas de martirio, tenidas por auténticas, son el relato más antiguo conservado de un martirio hispano.
¿Y Sevilla? Su primera crónica es también martirológica. Las páginas de la passio de las santas Justa y Rufina —relato de época visigoda— nos cuentan el martirio de las dos alfareras que se negaron a rendir culto a Salambona y lo pagaron con la vida ante el gobernador Diogeniano. El texto es tardío y legendario en muchos pliegues, pero el culto es antiquísimo: las dos santas figuran ya en el martirologio jeronimiano, el gran catálogo del siglo V que inventariaba a los mártires de toda la Iglesia occidental. Cuando Hispalis entra en la historia cristiana, lo hace desde el martirio.
Recreación de una Eucaristía doméstica en la Hispalis de los primeros siglos.
Sabino: el primer obispo sevillano documentado
Hacia el año 300 —la fecha se discute: la mayoría la sitúa entre el 300 y el 306— diecinueve obispos, béticos en su mayoría, y una veintena larga de presbíteros convergieron en Elvira/Ilíberis, cerca de la actual Granada. Y entre los signatarios aparece una firma sevillana: «Sabinus episcopus Hispalensis». Sabino, obispo de Hispalis, primer prelado sevillano con respaldo documental. No es un desconocido para esta historia: el Pasionario hispánico cuenta que fue él quien rescató los cuerpos de Justa y Rufina y les dio sepultura en el cementerio llamado después prado de Santa Justa, el solar donde hoy se levanta la estación que hereda el nombre.
Su firma es la documentación más antigua de la diócesis de Sevilla —lo que no significa que la sede no fuera anterior—, y conviene fijarse en el momento: el concilio se reunió en los años de la persecución más feroz contra los cristianos, la de Diocleciano, desatada en el 303, la que llevó al martirio a Santa Lucía en Siracusa, a Santa Eulalia en Mérida, a Santa Inés en Roma, a San Servando y San Germán en Cádiz... Justa y Rufina habían muerto antes: la tradición las sitúa en el 287.
La Iglesia no nació en la legalidad: ser cristiano antes del 313 era un ejercicio de fe y de valentía que te podía costar, literalmente, el cuello.
De secta perseguida a religión del Imperio
A comienzos del siglo IV se desató la tormenta contra los cristianos: la gran persecución de Diocleciano, decretada en el 303, la más sistemática de cuantas sufrió la Iglesia. Fue también la última. En el 312, junto al puente Milvio, a las puertas de Roma, Constantino derrotó a Majencio tras avistar en el cielo el signo de Cristo con el lema «in hoc signo vinces» («con este signo vencerás»). Verdad, milagro o leyenda, un año después el edicto de Milán concedía la libertad de culto en el Imperio romano: los cristianos perseguidos podían salir a la luz.
El cristianismo era legal. En el 325, el propio emperador convocó en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia para atajar la herejía arriana, que negaba la plena divinidad de Cristo, y quien dirigió sus sesiones fue un bético: Osio de Córdoba, el viejo obispo que había firmado en Elvira junto a Sabino y que había padecido aquella persecución.
El paso definitivo llegó en el 380, cuando el emperador Teodosio proclamó en el edicto de Tesalónica que la fe de Nicea era la religión oficial del Imperio; el concilio de Constantinopla la refrendó al año siguiente. Y aquí la historia guiña un ojo a Sevilla: Teodosio era hispano. Las dos fuentes antiguas que hablan de su nacimiento —Zósimo, historiador pagano que escribió siglo y medio después, e Hidacio, obispo y cronista hispano del siglo V— lo hacen nacer en Cauca, actual Coca (Segovia), entonces en la Gallaecia romana. Pero Alicia Canto, catedrática de Epigrafía de la Universidad Autónoma de Madrid y correspondiente de la Real Academia de la Historia, defendió con serios argumentos que su cuna estuvo en Itálica, la patria de Trajano, apoyándose entre otros en Claudiano, poeta oficial de la corte de Honorio —el hijo de Teodosio—, cuyas alusiones a la familia imperial apuntan a la Bética. Lo indiscutible es el vuelco: en apenas tres generaciones, los cristianos de Hispalis pasaron de ocultar su fe a profesarla con respaldo imperial. Ya no necesitaban discreción: necesitaban templos. Y se levantaron las basílicas.
Las primeras basílicas de Hispalis
La paradoja es notable: sabemos que la Hispalis del siglo IV se llenó de cristianos, pero sus primeros templos se resisten a la arqueología, porque la ciudad lleva dos mil años construyéndose sobre sí misma. El candidato más debatido está en el corazón del Alcázar. En 1974, Manuel Bendala e Iván Negueruela excavaron en el Patio de Banderas e interpretaron unas piletas romanas como el baptisterio de una basílica paleocristiana, acaso el primer conjunto episcopal.
Las campañas dirigidas por Miguel Ángel Tabales entre 2009 y 2014 volvieron sobre el solar y contaron otra historia: los grandes sillares pertenecían a los almacenes del puerto, y lo que se alzó encima, ya a finales del siglo V, fue un complejo tardoantiguo de función desconocida. Hay indicios cristianos —una placa con crismón, el anagrama de Cristo, datada en el siglo VI—, pero nada que confirme un uso religioso. El debate sigue abierto.
De la gran basílica cristiana de Hispalis no se ha localizado rastro material, pero sí crónicas. Una fuente escrita del siglo V, contemporánea de los hechos, y más tarde San Isidoro de Sevilla —que la llama basílica del mártir Vicente o de San Vicente mártir— nos cuentan que en el 428 Hispalis tenía un templo con entidad para protagonizar un episodio dramático que merece capítulo propio. Ese Vicente es el de Zaragoza, martirizado en el 304 bajo Diocleciano: que Sevilla le alzara basílica apenas un siglo después mide la velocidad fulgurante de su culto. Dónde estaba, nadie lo sabe. La tradición la identifica con la actual parroquia de San Vicente y atribuye su fundación al obispo Evidio, pero no hay documento que lo respalde.
Otro candidato son las tres columnas gigantes de la calle Mármoles, restos de un edificio monumental romano: se ha propuesto que las columnas se reaprovecharon en un templo cristiano, quizá vinculado al primer conjunto episcopal. También es hipótesis, sin confirmación certera.
Otra hipótesis mira al Salvador: allí levantó Ibn Adabbas la mezquita mayor de Sevilla en el 829, y en Córdoba la mezquita se alzó sobre un complejo cristiano previo, identificado tradicionalmente con la basílica de San Vicente; el paralelo ha llevado a proponer que bajo el Salvador estuviera la iglesia principal de la Hispalis cristiana, acaso la propia basílica del mártir. Tampoco aquí hay ningún tipo de confirmación arqueológica. Es mera hipótesis.
Así, en poco más de tres siglos, la ciudad que había adorado a Hércules y quemado incienso ante los emperadores se convirtió en una sede episcopal con mártires propios, obispos con nombre y una importante basílica cuya ubicación sigue siendo un misterio. Aquella Iglesia hispalense, nacida entre rumores de apóstoles y sangre de alfareras, estaba llamada a sobrevivir al propio Imperio que la había perseguido. Y pronto tendría ocasión de demostrarlo: en el año 428, un rey bárbaro llamado Gunderico entraría en Hispalis al frente de los vándalos para escribir, con estrépito, el último capítulo de la ciudad romana.
Pascentia tenía diez años: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.
La pieza, hallada junto a Santa Eulalia, conserva el nombre, la edad y la fecha de muerte de una niña enterrada en el año 519
El pasado de Mérida vuelve a sorprender. Las obras en un solar particular del centro de la ciudad han sacado a la luz la tumba de una niña cristiana llamada Pascentia, cuya edad y fecha de fallecimiento han permanecido grabadas en una lápida durante más de 1.500 años.
La pieza, conocida por los arqueólogos como lauda funeraria, apareció sobre un conjunto de siete enterramientos cristianos localizados en un área funeraria vinculada a la basílica de Santa Eulalia, uno de los espacios más relevantes del cristianismo primitivo en la antigua Augusta Emerita.
Una inscripción conservada durante más de 1.500 años
La inscripción revela que Pascentia tenía diez años cuando fue enterrada y permite conocer un dato excepcional para la arqueología: la fecha exacta de su muerte, el 18 de junio del año 519.
El arqueólogo Gilberto Sánchez ha explicado que "se han encontrado siete enterramientos. No obstante, todavía no se ha podido confirmar que alguno de los esqueletos recuperados sea el suyo, el de Pascentia".
La lauda se encuentra en un excelente estado de conservación y está decorada con una corona de laurel y dos palomas de la paz enfrentadas sobre un posible crismón. Además, incorpora las fórmulas cristianas habituales de la época: "famula Dei" (sierva de Dios) y "requiescat in pace" (descanse en paz).
Una secuencia histórica de más de mil años
Los trabajos arqueológicos también han permitido documentar restos de distintas épocas históricas. Entre ellos destaca una cloaca romana, así como evidencias de ocupación posterior que muestran la evolución de este espacio a lo largo de los siglos.
En este sentido, Gilberto Sánchez ha detallado que "tenemos la secuencia completa, una cloaca romana que se amortiza, este área funeraria asociada a la mártir, enterramientos de época cristiana, reocupación en época visigoda hasta el siglo octavo, cuando se abandona este espacio".
Además de la necrópolis, los arqueólogos han identificado una vía romana, un hallazgo que contribuye a reconstruir la transformación urbanística de la ciudad desde época romana hasta la Alta Edad Media.
Una radiografía única de la historia de Mérida
Los investigadores consideran que el solar ofrece una auténtica radiografía de Mérida, donde distintas etapas históricas se superponen en un mismo espacio.
La excavación continúa abierta y no se descarta la aparición de nuevos enterramientos asociados a esta área funeraria situada junto a Santa Eulalia. Según ha subrayado el arqueólogo, "llevamos siete enterramientos, pero podría haber alguno más", una circunstancia que podría aportar nuevos datos sobre uno de los enclaves más relevantes del cristianismo emeritense.
San Joaquín y Santa Ana - 26 de Julio, día de los abuelos
Abuelos de Jesús, padres de la Virgen María
Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada.
Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelosmaternos de Jesús.
San Joaquín
San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.
Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia.
Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido.
Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sidonotificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta.
Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.
Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios.
Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.
Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.
Santa Ana
Si algo queremos saber tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. Esto es lo que nos revelan los Evangelios Apócrifos sobre Santa Ana y San Joaquín:
Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.
Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".
Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".
Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros: "¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."
La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.
Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.
Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.
Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".
Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.
Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.
Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.
Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.
Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"
Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.
Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.