4 de agosto - San Juan Bautista María Vianney

 

EL SANTO CURA DE ARS

(† 1859)

Oficialmente, en los libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica.

 

Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney. ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.

Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.

Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar.

 

Santo Cura de Ars

San Juan María Vianney

 

 

Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.

Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc., etc.

El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra

Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourviere, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera.

Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.

Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa.

Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.

A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos.

Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino. pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.

Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España.

No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noés, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.

Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María. continúa sus estudios sacerdotales en Verriéres primero. y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero... falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo.

La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. El se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes.

Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo, y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars.

Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.

Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón "a llorar su pobre vida", como con frase enormemente gráfica repetirá.

Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.

Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos.

Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.

No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos.

No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que "Ars ya no es Ars". Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.

La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso y en algunas ocasiones sobrecogedor.

Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado.

Este fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars.

Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias.

Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él.

Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias.

A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza.

Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta.

¡Ah, amigo mío! —respondió sonriente—, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado." "Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento." “Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte."

Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de "La Providencia", aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura.

A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella.

Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. "Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras." Lo bueno es que, cuándo acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: "El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres."

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito.

No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. "El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans."

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Este había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos.

El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras "que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén", suavemente, sin agonía, "como obrero que ha terminado bien su jornada", el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: "¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás."

 

+ info -

SAN JUAN MARÍA VIANNEY

 

Ver en Wikipedia

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

 

Los arqueólogos austriacos acaban de descubrir una caja de marfil que contiene una reliquia que creen que puede estar relacionada con Moisés y la entrega de los Diez Mandamientos. Según la Universidad de Innsbruck (Austria), el relicario contenía una caja de marfil de 1.500 años de antigüedad adornada con motivos cristianos.

 

El objeto fue descubierto en el sur de Austria, debajo de un altar que había dentro de una capilla en la cima de Burgbichl, una pequeña colina, en el municipio de Irschen.

«Conocemos alrededor de 40 cajas de marfil de este tipo en todo el mundo y, hasta donde yo sé, la última vez que se encontró una de ellas fue hace unos 100 años; las pocas píxides que existen se conservan en los tesoros de las catedrales o se exhiben en museos«, dijo en un comunicado Gerald Grabherr, el arqueólogo principal.

La biga, el carro de la Ascensión

«Esta es la representación típica de la entrega de las leyes a Moisés en el Monte Sinaí, el comienzo de la alianza entre Dios y el hombre en el Antiguo Testamento. La representación de escenas del Antiguo Testamento y su conexión con escenas del Nuevo Testamento es típica de la Antigüedad tardía y, por tanto, encajaría», dijo Grabherr.

Otro de los motivos representa a un hombre en un carro con dos caballos y una mano que sale de las nubes y eleva a esta figura hacia el cielo. «La representación de la Ascensión de Cristo con la llamada biga, un carro de dos caballos, es muy especial y hasta ahora desconocida«, afirma Grabherr.

 

Caja

 

Los arqueólogos han descubierto dos iglesias cristianas, una cisterna y los efectos personales de los antiguos habitantes de un asentamiento. Hacia el final del Imperio Romano, cuando los tiempos eran más inciertos, los colonos residían en las cimas de las colinas, ya que eran más fáciles de defender.

Los arqueólogos están realizando más investigaciones sobre el origen del marfil, los componentes metálicos y las piezas de madera que también se encontraron en la caja de mármol.

 

"Ignacio de Loyola"

SOLDADO – PECADOR – SANTO

 

IGNACIO DE LOYOLA narra la vida de un joven soldado, Iñigo (Ignacio de Loyola), que se vio obligado a renunciar a su carrera militar tras resultar herido en batalla. Postrado en cama y dedicado a nuevas lecturas, lo que se presentaba entonces como una desgracia se tornó en un deseo ardiente de convertirse en santo.

 

Desde entonces, el joven y pasional Loyola se encontrará inmerso en una nueva batalla: la de enfrentarse con la incredulidad, el rechazo de la gente más cercana y la necesidad de luchar por encima de todo contra sí mismo.

 

La película también muestra cómo Ignaciotejió las pruebas, los errores y las lecciones de su azarosa vida en el tejido de su obra maestra, los Ejercicios Espirituales. Combinando la claridad de pensamiento con el amor de fantasía e imaginación de Ignacio, los Ejercicios forman un método riguroso para tomar decisiones de vida y han guiado e innumerables buscadores a lo largo de la historia.

 

PARTE I - Para verlo en You Tube

 

PARTE 2 -  Para verlo en You Tube

 

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Ignacio de Loyola
Tipo: Película
Productora: Jesuit Communications Foundation
Director: Paolo Dy, Cathy Azanza
Guión: Paolo Dy, Cathy Azanza, Pauline Mangilog-Saltarin, Emmanuel Alfonso, Ian Victoriano
Duración: 118 minutos
Idiomas: Español / Inglés
Sistema: PAL
Año: 2016
Calificación: No recomendada para menores de 12 años

 

Ignacio de Loyola

Soldado y santo

Siglo XVI. Desde su infancia el joven capitán Íñigo de Loyola ha querido demostrar que merece el respeto de su linaje. Decimotercer hijo de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, VIII señor de la casa de Loyola de Azpeitia. Íñigo ha sentido que se le ha negado ese honor que tanto añora, a favor de otros miembros de su familia.

Militar de profesión, sueña a sus treinta años con emular a legendarios caballeros como Amadís de Gaula, que para él pasaría por emprender grandes gestas por la Corona de Castilla. Hombre valiente y pasional estará dispuesto a morir entonces contra el ejército francés en defensa del castillo de Pamplona. Pero Dios tendrá otros planes.

Insólita película filipina rodada en España, país que aporta también actores y coproducción. Acierta este biopic en quedarse incompleto, es decir, en centrarse en la juventud del héroe –del santo– y no abarcar una trayectoria vital que tan sólo podría contarse en formato, digamos, de serie televisiva (lo cual, ya puestos, sería una gran idea).

El director debutante Paolo Dy (Manila, 1978) decide así cerrar su film mucho antes de que la Compañía de Jesús irrumpiera en la cristiandad y centra su interés sobre todo en la batalla interior del protagonista, un personaje quijotesco, obsesionado con realizar hazañas caballerescas, llenas de valentía y honor, salvamentos de damiselas y muertes heroicas en el campo de batalla.

Para contar la historia de Ignacio de Loyola –producida por la Jesuit Communications Foundation–, Dy, también guionista, ha tenido con el asesoramiento de numerosos jesuitas y se ha basado en los escritos autobiográficos del propio santo, quien, cual si fuera un hombre de letras, aparece aquí varias veces dando rienda suelta a su imaginación literaria, contando las andanzas de quien sería su alter ego, el supuesto caballero en quien se quiere convertir.

La narración, por su parte, no pierde ritmo y está bien trazado el itinerario del protagonista, desde sus ademanes belicosos hasta su postración y posterior conversión, hasta llegar finalmente al proceso inquisitorial a que se vio sometido.

 

 

+ info -

SAN IGNACIO DE LOYOLA

 

Una gran historia de los primeros tiempos del cristianismo

Se considera la primera representación pictórica conocida de la crucifixión de Jesús. El grafito fue descubierto en 1857, cuando el edificio denominado domus Gelotiana (una especie de internado para los pajes imperiales) fue desenterrado en el monte Palatino. Se data como fecha aproximada el año 85-95 d.C., bajo el emperador Domiciano, ya que posteriormente habría permanecido sellada la casa. Es el grafito de Alexámenos.

 

“Alexámenos adorando a su Dios”

Pocas personas saben que una de las representaciones más antiguas que conocemos de la crucifixión de Cristo no es una hermosa imagen del Señor, ni siquiera un intento piadoso de los primeros cristianos por recordar a Jesús en su Pasión. Es, por el contrario, una burla: un crucificado con cabeza de asno.

Se encuentra en Roma, y fue dibujada por algún desconocido para burlarse de Alexámenos –un joven cristiano– por su fe en Cristo. Debajo del dibujo aún se puede leer la siguiente inscripción en griego:

Alexámenos adorando a su Dios” /  Αλεξαμενοϲ ϲεβετε θεον (Alexámenos sébete theón)

 

alexamenos

 

 

sabemos, los primeros siglos del cristianismo serían una época de muchísimas persecuciones y ataques a los cristianos. Incluso antes de las grandes persecuciones fieles como Alexámenos debían sufrir la oposición y los ataques de conocidos y desconocidos.

Entre otras muchas lecciones que podemos extraer de esos tiempos se encuentra la siguiente: al cristiano nunca le faltarán tribulaciones. Estas pueden ser interiores o exteriores, pero ciertamente aparecerán en muchos momentos de nuestra vida.

Quien sigue a Cristo sabe que tarde o temprano, de un modo u otro, sobrevienen las tribulaciones. Es quizás humanamente comprensible querer que nuestra vida transcurra por las aguas tranquilas de un mar calmo.

 

Las vidas de los grandes santos, sin embargo, nos enseñan que los obstáculos son parte de nuestro peregrinar terreno y que es iluso un cristianismo sin cruz.

 

“Alexámenos es fiel”

El cristiano debe acoger la gracia de Dios para crecer en esta gran virtud de la esperanza. Esto precisamente nos pedía San Pedro: una paciencia nutrida de esperanza.

No es la actitud de quien se encoge sobre sí mismo para aguantar los golpes de la vida. La “hypomone”, la esperanza que nos pide el Apóstol, mira siempre al Señor, confiando en su amor y en sus promesas, que nunca –nunca– fallan. Es por eso una esperanza activa, no resignada sino tenaz, firmemente anclada en la fe.

 

alexameno fidelis

 

 

La historia de Alexámenos no se queda en la burla. A pocos metros, en otra pared, fue grabada otra inscripción: “Alexámenos es fiel”. Quizás la escribió el mismo Alexámenos o alguien que lo conocía.

Eso no lo podemos saber. Lo que sí podemos saber es que con toda seguridad, en medio de las dificultades, Alexámenos enfrentó la situación con fe firme y una tenaz esperanza. Es decir, con “hypomoné”.

 

 

 

+info

sobre el Grafito de Alexámeno (wikipedia)

 

Por Kenneth Pierce

 

 

"Ignacio de Loyola": hombre que cambió el rumbo de Occidente.

El 1 de abril de 1949 se estrenó en España El capitán de Loyola, una película sobre San Ignacio dirigida por José Díaz Morales y en cuyo guión intervino José Mª Pemán. Como no se conocen más largometrajes centrados en la vida del santo, es una buena noticia que el próximo 16 de junio -68 años después-  se estrene en nuestro país una cinta con un título directo y claro: “Ignacio de Loyola”.

 

JUANJESÚS DE CÓZAR

Producido por la Jesuit Communications Foundation de Filipinas, el filme llega muy oportunamente a nuestras pantallas, porque responde a un creciente interés por conocer la vida de San Ignacio: de una parte, por su perdurable legado para la Iglesia y para el mundo; y quizá también por la llegada a la Cátedra de San Pedro de Francisco, el primer Papa jesuita.

 

ignacio loyola

 

Ciertamente, vale la pena ofrecer a todo tipo de personas, y en especial a los jóvenes, la posibilidad de redescubrir la vida de este hombre que cambió el rumbo de Occidente.

Ignacio de Loyola” narra la vida de un joven soldado, Íñigo, que se vio obligado a renunciar a su carrera militar tras resultar herido en batalla. Postrado en cama y dedicado a nuevas lecturas, lo que se presentaba entonces como una desgracia se tornó en un deseo ardiente de convertirse en santo.

Desde entonces, el joven y pasional Loyola se encontrará inmerso en una nueva batalla: deberá enfrentarse con la incredulidad, experimentará el rechazo de sus más allegados y descubrirá la necesidad de luchar, por encima de todo, contra sí mismo.

 

ignacio loyola

Rodada entre Navarra y Filipinas, la película está interpretada por actores españoles, entre los que destaca un convincente Andreas Muñoz en el papel protagonista. El director, Paolo Dy, creció en una escuela fundada por los jesuitas y no esconde su gran admiración por San Ignacio:

Como cineasta de Filipinas, considero un honor que me hayan dado la oportunidad de contar la vida de uno de los grandes santos de la historia”, ha declarado.

 

Además de los preestrenos que tendrán lugar en distintas ciudades, Ignacio de Loyola tendrá su presentación más sonada en la Basílica de Loyola, donde contarán con la presencia del actor principal.

 

+ info -

SAN IGNACIO DE LOYOLA

 

El santuario tiene forma de mausoleo, con planta de cruz griega y una cúpula que arranca de un octógono.

En el santuario, construido en 1954, sobre el presbiterio, un mosaico muestra el encuentro de Jesús con Marta y María, antes de la resurrección de Lázaro.

La celebridad de Betania no se debe solo a las diversas estancias del Señor, sino que proviene especialmente del impresionante milagro que allí realizó: la resurrección de Lázaro. Desde los primeros tiempos del cristianismo, la tumba de este amigo de Jesús atrajo la devoción de los fieles, que ya en el siglo IV levantaron alrededor un santuario. La denominación bizantina del lugar -'to lazarion'- inspiró sin duda el nombre árabe de Betania: Al-Azariye. De la casa, sin embargo, se perdió el rastro.

La investigación arqueológica ha proporcionado algunos elementos para conocer la construcción bizantina. Inspirándose en el canon de otras iglesias de la época, como el Santo Sepulcro, estaba formada por una basílica en el lado oriental, el monumento que cobijaba el sitio venerado en el occidental y, en el medio, sirviendo de unión, un atrio.

 

 

Betania

 

La basílica, de tres naves divididas por columnas con capiteles corintios y pavimentadas con ricos mosaicos, debió de arruinarse por un terremoto. A finales del siglo V o principios del VI, se edificó otra iglesia aprovechando en parte la estructura de la antigua, pero desplazando la planta todavía más hacia el este. Se mantuvo hasta el tiempo de los cruzados, cuando fue restaurada y embellecida.

También en el siglo XII, se levantó una nueva basílica sobre la tumba de Lázaro; al tratarse de una cámara excavada en la roca, quedó convertida en cripta. Y además, por iniciativa de la reina Melisenda, se instituyó en Betania una abadía de monjas benedictinas.

Este complejo de edificios cambió entre los siglos XV y XVI, ya que en la zona del atrio y de la tumba se construyó una mezquita y se dificultó la entrada a los peregrinos cristianos. Entre 1566 y 1575, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa consiguieron que se les permitiera el acceso a la gruta de Lázaro, pero tuvieron que abrir una nueva vía excavando un pasadizo escalonado desde el exterior del recinto. Es el túnel que se utiliza todavía hoy, aunque la propiedad sigue siendo musulmana.

 

 

En el lado oriental, sobre los restos de las basílicas bizantinas, la Custodia edificó en 1954 el santuario actual. Tiene forma de mausoleo, con planta de cruz griega y una cúpula que arranca de un octógono. Cada uno de los brazos está decorado con una luneta de mosaico, donde se representan las escenas evangélicas más destacadas relacionadas con Betania: el diálogo de Marta y Jesús; el recibimiento de las dos hermanas después de la muerte de Lázaro; la resurrección de este; y la cena en la casa de Simón.

El arquitecto ha logrado un sugestivo contraste entre la penumbra de la iglesia y la luz que inunda la cúpula, que simbolizan la muerte y la esperanza de la resurrección.

 

betania

 

 

 

Dios desea que tengamos parte en su vida bienaventurada, está cerca de nosotros, nos ayuda a buscarle, a conocerle y amarle, pero al mismo tiempo espera una respuesta libre, que acojamos su llamada (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1-3).

El relato de la resurrección de Lázaro contiene muchos elementos que pueden avivar nuestra fe y movernos a solicitar al Señor lo más valioso que puede concedernos: la gracia de una nueva conversión para nosotros,y para nuestros familiares y amigos.

"Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así —sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven—, os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas" (Amigos de Dios, 222).

 

En Betania, contemplamos los sentimientos de afecto de Cristo, que revelan el amor infinito del Padre por cada uno, y también la fe de Marta y María.

San Josemaría tomaba pie de este relato evangélico para hacernos considerar:

"Realmente, a cada uno de nosotros, como a Lázaro, fue un 'veni foras' —sal fuera, lo que nos puso en movimiento."

- "¡Qué pena dan quienes aún están muertos, y no conocen el poder de la misericordia de Dios! Renueva tu alegría santa porque, frente al hombre que se desintegra sin Cristo, se alza el hombre que ha resucitado con Él." (Forja, 476)

 

También, en nuestro trato confiado y de amistad con Jesús, tendremos que recurrir a Él con perseverancia.

"¿Has visto con qué cariño, con qué confianza trataban sus amigos a Cristo? Con toda naturalidad le echan en cara las hermanas de Lázaro su ausencia: ¡te hemos avisado! ¡Si Tú hubieras estado aquí!..."

- "Confíale despacio: enséñame a tratarte con aquel amor de amistad de Marta, de María y de Lázaro; como te trataban también los primeros Doce, aunque al principio te seguían quizá por motivos no muy sobrenaturales." (Forja, 495)

 

+ info -

BETANIA 

 

http://www.es.josemariaescriva.info

Santa Marta - 29 de Julio

Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa.

 

Santa Marta, junto a sus dos hermanos vivió en Betania, a tres kilómetros de Jerusalén. Por su proximidad a Jerusalén, muchos judíos iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza.

Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó.

 

betania marta

 

 

Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno.

Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús.

Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús.

Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada".

En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte.

De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro".

Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará".

Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).

 

 

El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!".

Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si crees, verásla gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 

En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá".

 

lazaro marta maria

 

 

Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él"(lo. 12, 1-2).

Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 

+ info -

LÁZARO, MARTA Y MARÍA

 

 

 

Así era Jerusalén en tiempos de Cristo, según una reconstrucción animada en 3D

El pasado 29 de marzo, con motivo del Viernes Santo, la cadena pública alemana ZDF difundió el documental INRI, que se pregunta por qué murió Cristo y hace una reconstrucción de los acontecimientos de la Semana Santa con la participación de arqueólogos y teólogos que presentan los lugares, hechos y personajes de la Pasión, enfocada como un hecho de indudable historicidad.

 

Aunque a la orientación teológica del documental pueden presentársele objeciones, lo que ha suscitado una general aprobación es la reconstrucción animada en 3D de la ciudad de Jerusalén, y en particular de sus murallas, llevada a cabo por el estudio Faber Courtial, especializado en simulación digital.

Se han basado hasta en los más mínimos detalles en los hallazgos arqueológicos llevados a cabo desde hace decenios en toda la ciudad.

Además de las vistas generales de la ciudad, destacan particularmente el Segundo Templo (reconstruido por Herodes el Grande y que sería destruido por los romanos, según había profetizado Jesús, en el año 70 d.C.), la fortaleza Antonia como cuartel general de las fuerzas romanas, y el palacio de Herodes.

 

He aquí las imágenes:

 

>

 

+ info -

JERUSALÉN

 

 

Papa San Celestino I

Celestino I fue Papa desde el 422 hasta el 432. Durante su Pontificado hizo restaurar y construir muchas basílicas en Roma pero, sobre todo, se lo recuerda como un arduo defensor de la pureza de la fe contra las herejías de Pelagio y Nestorio, condenado públicamente en el Sínodo de Roma.

No se conoce nada de su historia temprana, excepto que fue un romano y que el nombre de su padre fue Prisco. Se dice que vivió durante un tiempo en Milán con San Ambrosio; sin embargo, la primera noticia conocida respecto a él está consignada en un documento del Papa San Inocencio I, en el año 416, donde se habla de él como Celestino el Diácono. En el 418, San Agustín le escribió (Ep. LXII) en un lenguaje muy reverente.

El sucedió a Papa San Bonifacio I como Papa el 10 de septiembre de 422 (según Tillemont, aunque los Bolandistas indican el 3 de noviembre). Murió el 26 de julio de 432, habiendo gobernado nueve años, diez meses y dieciséis días.

A pesar de los tiempos tumultuosos en Roma, fue electo sin ninguna oposición, como se sabe por una carta que San Agustín (Epist. CCLXI) le escribió poco después de su elevación, en la cual el gran doctor le pide su ayuda para zanjar sus dificultades con Antonio, obispo de Fésula en África.

Al parecer existió una fuerte amistad entre Celestino y Agustín; y luego de la muerte de este último, a fines de 430, Celestino les escribió una extensa carta a los obispos de Galia sobre la santidad, aprendizaje y celo del santo doctor, y prohibió todos los ataques sobre su memoria de parte de los semipelagianos, quienes bajo el liderazgo del famoso asceta, Juan Casiano, estaban comenzando a tener influencia.

Aunque su suerte fue echada en tiempos tormentosos, pues los maniqueos, donatistas, novacianos, y pelagianos perturbaban la paz de la Iglesia, mientras que las hordas bárbaras comenzaban sus incursiones al corazón del imperio, el carácter firme pero gentil de Celestino le permitió cumplir exitosamente con todas las exigencias de su posición. Le vemos por doquier defendiendo los derechos de la Iglesia y la dignidad de su posición.

En todo esto fue ayudado por Placidia, quien en nombre de su joven hijo, Valentiniano III, desterró de Roma a los maniqueos y a otros herejes que perturbaban la paz. Celestino no sólo expulsó de Italia a Celestino, el compañero y principal discípulo de Pelagio, sino que logró del Concilio de Éfeso la ulterior condena de la secta. También a través de ese concilio San Germán de Auxerre y San Lupo de Troyes, a quienes los obispos de Galia habían enviado a Bretaña en 429, la tierra nativa de Pelagio, tuvieron éxito en extirpar el error de su suelo natal.

Al ser un firme defensor de los cánones antiguos, vemos a Celestino escribiendo a los obispos de Iliria, instándolos a observar los cánones y su antigua lealtad al obispo de Tesalónica, vicario del Papa, sin el cual ellos no debían consagrar a ningún obispo ni realizar ningún concilio. También le escribe a los obispos de Vienne y Narbona, a quienes les advierte sobre la observancia de cánones originales, y, según la advertencia de su predecesor, a que se resistieran a las pretensiones de la Sede de Arles.

Además no deben negarse a admitir a la penitencia a aquellos que lo deseen al momento de la muerte; los obispos no debían vestir como monjes, y se debían tomar acciones severas contra cierto Daniel, un monje de Oriente, quien había sido la causa de serios desórdenes en la Iglesia de Galia. Les escribe a los obispos de Apulia y Calabria indicándoles que los clérigos no debían estar ignorantes de los cánones, y que no se debía promover a los laicos al episcopado sobre los jefes del clero, y sobre este asunto, no se debe complacer la voluntad popular, no importa cuán fuerte fuese ---populus docendus non sequendus.

Además, amenazó con severas penas a los futuros transgresores. Debido a su defensa de los derechos de la Iglesia Romanaa oír y decidir las apelaciones de todos los distritos, entró en conflicto durante un tiempo con la gran Iglesia de África. Sin embargo, los obispos africanos, aunque manifestaron algún calor, nunca cuestionaron la divina supremacía de la Santa Sede, sus mismos lenguajes y acciones demostraron su completo reconocimiento; sus quejas iban dirigidas más bien contra el a veces indiscreto uso de las prerrogativas papales.

Los últimos días del pontificado de Celestino se caracterizaron por la lucha en Oriente contra la herejía de Nestorio (véase Nestorio y nestorianismo, San Cirilo de Alejandría; Concilio de Éfeso). Nestorio, quien se había convertido en obispo de Constantinopla en 428, al principio dio gran satisfacción, como sabemos por una carta que le dirigió Celestino. Nestorio pronto hizo surgir sospechas de su ortodoxia al recibir amablemente a los pelagianos que el Papa había desterrado de Roma.

Poco después, cuando llegaron a Roma rumores sobre sus enseñanzas heréticas sobre la doble [[personalidad] de Cristo, Celestino comisionó a Cirilo, obispo de Alejandría para que investigara e hiciera un informe. Cirilo encontró que Nestorio profesaba abiertamente su herejía, y envió un relato completo a Celestino, el cual, en un sínodo romano (430), condenó solemnemente los errores de Nestorio, y le ordenó a Cirilo que procediera en su nombre contra Nestorio, quien debía ser excomulgado y depuesto, a menos que dentro de diez días hiciera una retractación solemne escrita de sus errores.

En cartas escritas ese mismo día a Nestorio, al clero y al pueblo de Constantinopla, y a Juan de Antioquía, Juvenal de Jerusalén, Rufo de Tesalónica y Flaviano de Filipo, Celestino anuncia la sentencia dictada contra Nestorio y sobre la comisión dada a Cirilo para que ejecute la misma. Al mismo tiempo reinstaló a todos los que habían sido excomulgados o destituidos por Nestorio.

Cirilo envió la sentencia papal y su propio anatema a Nestorio. El emperador ahora convocó a un concilio general que se reuniría en Éfeso. Celestino envió como legados a este concilio a Arcadio y Proyecto, obispos, y a Filipo, un sacerdote, quienes debían actuar en coordinación con Cirilo. Sin embargo, no debían involucrarse en discusiones, sino que debían juzgar las opiniones de los otros.

En todas sus cartas Celestino asume que su propia decisión es la final, y que Cirilo y el concilio sólo deben llevarla a cabo. Nestorio se mostró obstinado, y fue excomulgado y depuesto por el Concilio “obligado por los cánones sagrados y las cartas de Nuestro Muy Santo Padre, Celestino, obispo de la Iglesia Romana.”

El último acto oficial de Celestino, el envío de San Patricio a Irlanda, quizás sobrepasa a todos los demás en sus consecuencias trascendentales definitivas. Ya él había enviado (431) a Paladio como obispo de los escoceses (es decir, irlandeses) creyentes en Cristo. Pero Paladio abandonó pronto a Irlanda y murió al año siguiente en Bretaña.

San Patricio, que había sido rechazado previamente, recibió ahora la largamente codiciada comisión sólo pocos días antes de la muerte de Celestino, y se convirtió así en partícipe en la conversión de una raza que en los próximos pocos siglos realizaría tan vastas obras por los incontables misioneros y eruditos en la conversión y civilización del mundo bárbaro. Mostró gran dedicación y celo en el cumplimiento de sus funciones en los asuntos de la Iglesia Romana.

Celestino manifestó gran celo en los asuntos locales de la Iglesia Romana. Restauró y embelleció la iglesia de Santa María en Trastevere, la que había sido víctima del saqueo gótico de Roma, y también la iglesia de Santa Sabina, además de decorar el cementerio de Santa Priscila con pinturas del Concilio de Éfeso.

Es incierta la fecha exacta de su muerte. La Iglesia Latina celebra su fiesta el 6 de abril, el día en que su cuerpo fue colocado en las Catacumbas de Santa Priscila, de donde el Papa San Pascual I lo trasladó (820) a la iglesia de Santa Práxedes, aunque la catedral de Mantua también reclama tener sus reliquias. La [[Iglesia Griega lo honra altamente por su condenación a Nestorio, y celebra su fiesta el 8 de abril.

Los escritos existentes de San Celestino, consisten en dieciséis cartas, el contenido de muchas de las cuales se ha señalado arriba, y un fragmento del discurso sobre el nestorianismo, que fue leído en el Sínodo de Roma de 430. La “Capitula Coelestini”, las diez decisiones sobre el tema de la gracia, el cual ha jugado un papel muy importante en la historia del agustinismo, ya no se le atribuyen a su autoría.

Por siglos se añadieron como parte integrante de su carta a los obispos de Galia, pero en la actualidad se considera que son trabajos de San Próspero de Aquitania. Anastasio Bibliotecario le atribuye varias otras constituciones pero con poca autoridad. También es dudosa la declaración de “Liber Pontificalis” de que Celestino le agregó al Introito a la Misa.

Bibliografía: Sancti Celestini Epistolae et Decreta, P.L., L; Acta ss., X; Hefele, History of the Councils, II, III; Duchesne, Liber Pontificalis, I; Grisar, Geschichte Roms und der Papste im Mittelalter (Friburgo im Br., 1898), I ; Cardinal de Noris, Historia Pelagiana; Tillemont, Mémoires pour servir a l' histoire ecclesiastique, XIV; Natalis Alexander, Historia Ecclesiastica, ed. Roncaglia-Mansi, IX; Mansi, Sacrorum Conciliorum Amplissima Collectio, IV; Rivington, The Roman Primacy.
Fuente: Murphy, John F.X. "Pope St. Celestine I." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03477c.htm>.
Traducido por Giovanni E. Reyes, lhm.

La vida de San Pantaleón de Nicomedia estuvo llena de milagros debidos a su profunda fe en el Señor

Según la documentación de las Actas, sus milagros eran tan patentes, que conmovió hasta a sus verdugos.

Nacido en Nicomedia de Bitinia, en la actual Turquía, educado cristianamente por su madre, una vez médico, Pantaleón comenzó a curar gratuitamente a los pobres, lo que no les gustó a las autoridades paganas. Denunciado al emperador, fue condenado a muerte y murió mártir en el año 305.

 

 

En la vida de San Pantaleón, tal como hasta nosotros ha llegado su relato, a través de las Actas, a través de la tradición, se nos manifiestan dos aspectos particularmente destacados, sobre todo si llegamos a él con alguna preocupación crítica. Sobre la vida histórica del Santo, dirá alguno, se monta una exuberancia de milagros verdaderamente sospechosa.

La razón de ser del Santo, se podrá también decir, fue precisamente ésa: dar testimonio del poder de Cristo y de su verdad insoslayable, haciendo de su vida un continuo milagro, llevando sobre sus hombros el peso enorme del milagro, porque a los planes de Dios así convenía providencialmente.

Ambas posiciones pueden ser parcialmente ciertas, y ambas, por tanto, pueden conjugarse. Conviene desde ahora, antes de entrar en la intimidad del Santo, tomar posición y acercarnos sin prejuicios. No abreviemos la mano de Dios. Conviene no rechazar lo excepcional porque sí. Ahora particularmente es importante señalar esa circunstancia. Vamos a ver al Santo tal como Actas y tradición nos lo han transmitido, sin posibilidad de quitar ni poner, prudentemente. La verdad entera, Dios la sabe.

Pantaleón nace en Nicomedia, corriendo el siglo III de nuestra era. Tiempos recios iban a ser los suyos. El Imperio romano está ensayando fórmulas varias para impedir el hundimiento que se avecina, y como una de ellas se va a pensar, naturalmente, en la implantación de la religión oficial como obligación universal. El Imperio de Roma no es ya el poder seguro de sí mismo que avasallaba al mundo.

 

636e334a67fa992d370764eb0d378703.jpg

 

 

Ahora ha sido necesario poner un emperador, un César, en Oriente para sostener aquellas regiones tan distantes de la metrópoli. Y Nicomedia es la residencia de los emperadores de Oriente. Estamos en una ciudad del Asia Menor, en la mitad segunda del siglo III de Jesucristo.

La figura del futuro mártir se nos muestra en los relatos sumamente atractiva. Pantaleón es un joven de nobles inclinaciones, de sano corazón. Es hijo de un gentil, Eustorgio, senador y rico. Su madre era cristiana, pero murió joven: el niño era pequeño y apenas si pudo enseñarle más que unos rudimentos que no llegaron a darle idea completa del cristianismo.

La formación del joven se desarrolló con felicidad, sobre la base de una inteligencia muy despierta y con muy buenos profesores. Al concluir el aprendizaje de las letras Eustorgio hizo que Pantaleón estudiara la medicina bajo la dirección de Eufrosino, médico del mismo Diocleciano. Pantaleón se va haciendo un joven distinguido y respetado: llama la atención entre sus compañeros, y su buen corazón le hace ejercer su ministerio con una abnegación ejemplar, cuya honestidad pasa a ser verdaderamente excepcional en el medio pagano en que vivía.

El encuentro definitivo con la gracia le vino a Pantaleón a través de un sacerdote cristiano. Hermolao vivía oculto por el rigor de la persecución. Un día se encontró con Pantaleón y fue el mismo sacerdote quien, admirado por las condiciones del joven, se lanzó a hablar abiertamente de la doctrina de Jesucristo. Pantaleón quedo impresionado. Los recuerdos, desdibujados ya, de las enseñanzas de la madre cristiana subieron agolpadamente a su conciencia. Pantaleón prometió que continuarían en contacto. El golpe final de la llamada vino ya milagrosamente.

Poco después hubo de encontrarse el médico Pantaleón ante un caso desesperado. Un niño yacía muerto, mientras, cercana, reptaba la víbora fatal. El médico, impotente, recuerda entonces unas palabras del sacerdote Hermolao. El nombre de Cristo bastaba para resucitar a los muertos. Pantaleón no vacila, y la increpación llena de fe opera el milagro. El niño vuelve a la vida y la serpiente muere en el acto. Pantaleón es ya cristiano. Unos días de convivencia con el sacerdote oculto le proporcionan la instrucción necesaria para recibir después el bautismo de Jesús.

A partir de este momento la vida de Pantaleón es ya un tejido de milagros, encadenándose unos y otros de manera abrumadora, inverosímil casi. La conversión de su padre también se obra a golpe de prodigio. En casa de Pantaleón se presenta un ciego incurable, y esta ocasión va a ser eficazmente aprovechada. El joven médico llama a su padre para que esté presente a lo que va a tener lugar, y, después de invocar el nombre de Cristo sobre el ciego irremediable, pone sus manos sobre los ojos sin luz: instantáneamente una explosión jubilosa y sobrecogida acompaña al milagro.

Eustorgio y el ciego caen de rodillas: Cristo, Cristo es el Dios verdadero. El senador pagano hace añicos los ídolos que adornan la casa: él ahora sólo quiere ser instruido en el cristianismo para recibir el bautismo inmediatamente, como sucede en realidad, con júbilo ilimitado de Pantaleón. Poco después Eustorgio muere. Es éste otro momento culminante enla vida de nuestro Santo.

Efectivamente, aquí tiene lugar la segunda conversión del entusiasta neocristiano. Pantaleón, que se ve desligado de toda traba, responsable único de sus actos, por si y ante sí, se arroja a una vida de absoluto fervor: entrega a los pobres sus cuantiosas riquezas, quedándose con lo indispensable; pone en libertad a todos sus esclavos, se entrega a las obras de caridad en la práctica de su propia profesión de médico.

Naturalmente, esta conducta no pudo pasar desapercibida; además, los restantes médicos de Nicomedia ardieron en celo al ver que la gran mayoría de los enfermos quería ser curada por Pantaleón, con lo que las pérdidas materiales iban a ser cuantiosas de seguir en auge el médico sospechoso. Naturalmente, había que deshacerse de él, y fue acusado ante el emperador como cristiano.

Diocleciano fue un emperador de excepcionales vuelos. Quiso llegar a una solución que evitase el camino de catástrofe por el que se avanzaba. Sus decisiones fueron múltiples. Para la crisis económica arbitró el edicto del Máximum, de 202, el más grande intento de tasación estatal que se recuerde de tiempos antiguos.

En el gobierno montó una máquina que creyó eficaz: el mismo año en que la muerte de Carino le dejó el Imperio se buscó un colega, Maximiano. Seis años después, ante lo eficaz del resultado, añade dos nuevos emperadores (292), y además fue afortunado en la elección de las personas: Galerio y Constancio Cloro. Soldado excepcional aquél, pero rudo y de primitivos sentimientos.

Constancio Cloro, en cambio, general destacado, era de más fina formación. Galerio movió a Diocleciano a firmar el decreto de exterminio general de los cristianos. Fue el 23 de febrero del 303. No era tolerable que ante los proyectos de religión oficial un grupo irreductible se mantuviera en el seno del Imperio rompiendo la unidad de creencia.

Se inauguró la décima gran persecución. Ríos de sangre cristiana corrieron por todo el ámbito del Imperio.
La presencia de Pantaleón ante el tirano es el triunfo manifiesto de la fe de Cristo sobre todos los intentos opresores. Incluso sobre la fuerza física, sobre las leyes naturales, sobre el instinto de las fieras hambrientas.

Pantaleón pasa a ser un grito de triunfo, el emblema de lafe invencible por obra del poder de Jesús. El interrogatorio ya se abre con un milagro. El ciego curado por Pantaleón ha declarado ser cristiano y se le ha quitado la vida. Pantaleón recogió su cuerpo y lo sepultó junto a su padre. Entonces es también él llamado a juicio: se le intenta seducir, pero todo es en vano. Declara su fe y afirma en ella su poder excepcional.

Después Pantaleón es atado al potro. Aquí se hacen presentes los garfios de hierro con que se le desgarran las carnes, las teas encendidas que se le aplican a las llagas. Pero una fuerza misteriosa hace reanimarse al mártir, y los brazos de los verdugos caen, dominados por una fuerza prodigiosa. La ira del tribunal no tiene límite. Se prepara una caldera de plomo fundido, en la que va a ser sepultado Pantaleón.

Pero, en el momento en que el cuerpo del mártir toca la ardiente superficie, ésta queda como helada, y Pantaleón puede apoyarse sobre el plomo endurecido. Ahora el mudo estupor se junta con la inmediata reacción ciega de la soberbia enfebrecida. Pantaleón va a ser arrojado al mar, atada al cuello la gran piedra que impida su vuelta a la superficie. Se quiere ahora impedir también el que los demás cristianos recojan su cuerpo y lo veneren. Pero Pantaleón vuelve andando a la playa sobre la superficie de las aguas.

Lo evidente del caso no logra hacer que el tribunal abra los ojos. Se ensaya el tormento de las fieras. La ciudad sabe ahora que el invencible va a probar el terrible tormento, y una multitud inmensa llena el anfiteatro. A la señal estremecedora, y en medio de un silencio impresionante, se abren las jaulas. Varias fieras avanzan a saltos, rugientes, hacia el mártir, que está solo, en medio de la arena.

Mas, apenas se le llegan, se aquietan, sumisas, a sus plantas. Pantaleón las bendice y ellas se retiran. El vocerío loco de la multitud reclama la libertad para el inocente, y tiembla en el ambiente la sensación de que el Dios verdadero es el que le sostiene.

Bajo la opresión del griterío los jueces, abrasados de rencor, humillados, deciden seguir con la intentona de los tormentos. Es en vano que el pueblo grite a su favor. Pantaleón es sometido al suplicio de la rueda. Sale ileso. Entonces se le arroja en un calabozo. Son detenidos Hermolao y otros dos cristianos: la pretensión es que seduzcan al mártir a que apostate.

Hermolao se niega, y con Hermipo y Hermócrates, los dos cristianos, padece el martirio.
Pantaleón es azotado. Se preludia el final. La condena es que se le decapite y luego se queme su cuerpo. Pantaleón, gozoso, va al suplicio. Es atado a un olivo. El verdugo alza la espada para cortarle la cabeza, pero en el momento de dar el golpe el hierro se ablanda y el mártir ni siquiera percibe el metal sobre su cuello.

Ante el nuevo prodigio el lictor cae de rodillas pidiendo perdón; pero Pantaleón se siente ya impaciente. Ahora es él quien pide, entre súplicas y forcejeos, que se cumpla la sentencia. Los verdugos, que inicialmente se resisten, acceden por fin, y, después de abrazarse con el mártir, hacen caer la cuchilla definitiva. Salta la sangre e instantáneamente florece el olivo y se llena de frutos. El cuerpo no es quemado. Los soldados no se atreven. Los cristianos se lo llevan y recibe sepultura en medio de intensa veneración.

San Pantaleón ha pasado a ser uno de los principales patronos de los médicos. Su culto ha sido extendidísimo y popular. Su nombre en la hora ciega de las persecuciones tuvo el valor de un símbolo, Los cristianos confesaron a Dios, y Él estuvo con ellos, prestándoles un poder incalculablemente más grande que todas las insidias de sus enemigos.

 

 

magnifiercrosschevron-down