Ignoramos el año exacto del nacimiento de San Pedro, pero sí sabemos que nació en Betsaida, una aldea campesina y marinera tendida en la ribera occidental del lago Tiberiades, donde vivía con su esposa dedicado a las tareas salobres de la pesca. Su nombre de pila era el de Simón, y fue el mismo Jesucristo quien, en su primer encuentro con este pescador, le impuso el nuevo nombre de Cefas, que significa "Pedro" o “piedra".

El evangelista San Juan nos narra el primer encuentro de Jesús con San Pedro con la santa simplicidad de estas palabras: “Andrés halla primero a su hermano Simón y le dice: Hemos hallado al Mesías. Llevóle a Jesús. Poniendo en él los ojos, dijo Jesús: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas" (lo. 1, 41-42). Jamás olvidaría Pedro de Betsaida esa mirada y esa delicadeza exquisita de Jesús. Tiempo adelante, el porvenir nos daría la clave y el sentido de este cambio de nombre y confirmaría el vaticinio de Jesús de Nazaret.
A pesar del laconismo biográfico del Evangelio, en sus páginas encontramos datos más que suficientes para formarnos una idea clara y cabal de la fisonomía moral del apóstol San Pedro. Vehemente y francote por temperamento, un poco o muchos pocos presuntuosillo, transparente y casi infantil en la manifestación de sus espontáneas y más íntimas reacciones psicológicas, encontramos en la veta de sus valores morales un alma bella, un gran corazón, una lealtad, una generosidad, unas calidades humanas tan entrañables y subyugantes que aún hoy, a distancia de siglos, la fragancia de su recuerdo perdura y atrae la simpatía y la confianza de las generaciones cristianas.
Al primer llamamiento vocacional de Jesús el corazón de Pedro, abierto siempre a todo lo grande y generoso, abandona todo lo que tenía. Poco, ciertamente; pero todo lo deja por seguir a Cristo con la confianza de un niño, el ardor de un soldado. Algo especial vio Jesús en la humanidad cálida y abierta del antiguo pescador de Betsaida, cuando, por un acto de su misericordiosa predilección, le elige para la misión de "pescador de hombres" (Lc. 5, 11), para ser la piedra fundamental de la Iglesia (Mt. 16, 18) y cabeza suprema de los doce apóstoles y de toda la cristiandad (lo. 21,15-17). Para ser el predilecto entre los tres apóstoles predilectos de Cristo, otorgándole la promesa y la garantía de una asistencia especial, a fin de que su fe no vacilara y confortara la de sus hermanos (Lc. 22,31).
Así fue, en efecto. A las puertas de Cesarea de Filipo, Cristo le promete el primado universal y supremo sobre toda la Iglesia; y más tarde, en el candor intacto de una mañana primaveral, junto a la orilla del Tiberíades, Cristo, ya resucitado, cumple esta promesa al conferirle el poder de apacentar a las ovejas y a los corderos de su grey. Aquella promesa fue el premio a la fe de San Pedro, y su cumplimiento fue realizado ante las pruebas de amor de Pedro hacia el Maestro y Pastor de todos los pastores.

La fe ardiente y el amor profundo de Pedro a Jesús constituyen los trazos más destacados de su semblanza y de su vida toda. Basta evocar el recuerdo de estos pasajes evangélicos y de la vida de Pedro: su confesión en Cesarea de Filipo, su actitud después del discurso anunciador de la institución de la Eucaristía, en el lavatorio de los pies de los apóstoles en el Cenáculo, en el prendimiento de Jesús en el huerto de los Olivos, en las lágrimas amargas que empezó a derramar después de la caída de sus tres negaciones, en su carrera madrugadora hacia el sepulcro de José de Arimatea, en su lanzamiento al agua y entrega total de la pesca milagrosa para llegar pronto y obedecer sin regateos al Maestro, en la escena romana del Quo vadis?, en el testimonio y en la forma de su martirio.
Amor que fue siempre correspondido, y con predilección, por Jesucristo, como se transparenta —entre otras ocasiones— en el encargo expreso que las piadosas mujeres recibieron del ángel en el alba de la mañana de la Resurrección: "Decid a sus discípulos y a Pedro... (Mc. 16,7).” A Pedro, concreta, particular y principalmente: Tal vez el pobre San Pedro seguiría llorando amargamente su triple negación, sin que sus lágrimas pudieran borrar de la retina de sus ojos el reflejo de aquella dulce mirada de Jesús en el patio hebreo de la casa de Caifás. Tal vez, replegado en el regazo contrito de su dolor y de su cobardía, no se atreviera a acercarse al buen Jesús; sin embargo, Jesús le seguía amando y mantenía su promesa de levantar sobre Pedro el edificio colosal de la Iglesia católica.
Frente a los prejuicios sectarios y a las interpretaciones torcidas en torno a la designación de Pedro como jefe y maestro supremo y universal de la Iglesia, ahí están los documentos históricos del Evangelio y la actuación primacial de San Pedro en la vida interna y externa de la Iglesia. Los pasajes del capítulo 16 del evangelio de San Mateo y del capítulo 21 del evangelio de San Juan son tan claros que, ante su claridad solar, algunos debeladores del primado de San Pedro no tienen otra salida que el negar la autenticidad histórica de esos pasajes evangélicos. En conformidad con su sentido actuó siempre San Pedro, y todos los cristianos vieron en esta conducta la puesta en práctica de sus poderes, concedidos por Cristo y simbolizados en la entrega de las llaves del reino de los cielos al antiguo pescador de Betsaida.

Efectivamente, fue San Pedro quien anatematiza al primer heresiarca Simón Mago; quien recibe en Joppe la ilustración de Cristo en orden a la universalidad de la joven Iglesia y marcha a Cesarea a convertir al centurión romano Cornelio; quien preside y define la actitud dogmática de la Iglesia en el concilio de Jerusalén; quien propone a los fieles la elección del sustituto del traidor Judas en el Colegio Apostólico; quien en el día augural de Pentecostés se levanta, en nombre de todos, para arengar a la multitud y exponer la doctrina y el mensaje divino de Jesús; quien es consultado y obedecido por San Pablo, quien anuncia el castigo a Ananías y a Tafita, y es citado y ocupa siempre el primer lugar.
Todos acuden a Pedro, y Pedro acude a todas partes, dejando con sólo la sombra de su cuerpo una estela de milagros, y abriendo con su palabra horizontes de luz, de unidad, de universalidad y de paz.
Esta posición y esta influencia de San Pedro dentro y fuera de la Iglesia fue el origen de su encarcelamiento en Jerusalén y de su sentencia de muerte dada por Herodes Agripa, el nieto de aquel Herodes degollador de los niños inocentes y sobrino de Herodes Antipas, el asesino del Bautista y burlador de Cristo en los días de la Pasión. El odio contra la naciente Iglesia se centraba ya en su primera cabeza visible, en San Pedro. La pluma de Lucas nos lo afirma en el libro de los Hechos de los Apóstoles, al decir: "Y entendiendo (Herodes Agripa) ser grato a los judíos, siguió adelante prendiendo también a Pedro" (Act. 12,3).
Esta narración bíblica del prendimiento y liberación de San Pedro por un ángel, horas antes de la ejecución de la sentencia de su muerte, es todo un poema, una de las páginas más bellas, más emotivas, más realistas y de más fino sentido psicológico de la literatura universal al servicio de la verdad histórica. La Iglesia la recuerda y conmemora litúrgicamente en la fiesta de San Pedro ad víncula.
Libertado por el ángel, Pedro salió de Jerusalén. El libro de los Hechos de los Apóstoles, después de la escena encantadora y realísima ocurrida en “la casa de María, la madre de Juan, apellidado Marcos", añade: "Y, partiendo de allí, se fue a otro lugar" (12,17). ¿Cuál es este lugar? ¿Adónde se dirigieron los pasos peregrinos de San Pedro recién liberado? ¿A Roma? ¿A Cesarea? ¿A Antioquía?
Con certeza histórica no lo sabemos. Lo cierto es que a San Pedro volvemos a encontrarle en Antioquía; que una antigua tradición afirma que San Pedro fue el primer obispo de Antioquía; que la Iglesia admite y confirma esta tradición con la institución litúrgica de la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía; que Eusebio, en su Historia Eclesiástica, nos dice que Evodio fue el segundo obispo de Antioquía y sucedió a San Pedro.
¿Fue a raíz de su milagrosa liberación de la cárcel de Jerusalén cuando Pedro fue por primera vez a Antioquía? ¿Había ido anteriormente, hacia el año 36 o 37, después de la muerte del protomártir San Esteban, a fundar la primera cristiandad antioqueña? Tampoco podemos contestar con certeza a estas preguntas.
Más importancia teológica e histórica presenta y encierra el incidente de Antioquía aludido por San Pablo en su Epístola a los gálatas (2,11). Tiempos eran aquéllos en los que, por una parte, las formas de expresión del viejo culto judaico estaban más concretadas que en la nueva religión cristiana, y, por otra parte, los judíos cristianos de Jerusalén —especialmente los de procedencia farisea— abrigaban la ilusión de esperar en la joven Iglesia un simple florecimiento espiritualista y más lozano de la antigua sinagoga mosaica. Por ello, algunos judíos cristianos defendían que el mundo de la gentilidad sólo podía entrar en la Iglesia de Cristo pasando previamente por el Jordán de la circuncisión y la observancia total de la Ley de Moisés.

El problema era de fondo, no sólo de forma y de rito. Porque obligar a la circuncisión a los gentiles, y a la observancia de los ritos mosaicos, equivalía a reducir la Iglesia de Cristo a la estrechez nacionalista de la vieja sinagoga, a negar la universalidad de la redención por los méritos de Cristo, a hacer del cristianismo universal y universalista una religión de raza.
El aspecto dogmático y religioso de esta cuestión había sido ya resuelto, hacia el año 50, en el concilio de Jerusalén, al definir la no obligatoriedad de la circuncisión y de la observancia de la ley mosaica, y precisamente se había zanjado por la autoridad de San Pedro. Mas, en la práctica, seguían algunos judíos cristianos absteniéndose en las comidas de los manjares impuros según la ordenanza y el rito de la Ley de Moisés. Efectivamente, desde el punto de vista dogmático y teológico la cuestión estaba resuelta en el plano del pensamiento; pero la continuidad de su planteamiento, aun en el plano del rito y de la práctica, seguía presentando serios y graves peligros para la desviación doctrinal en torno a la unidad y universalidad de la Iglesia.
El incidente ocurrido en Antioquía entre Pedro y Pablo fue originado por las condescendencias del gran corazón de San Pedro en el terreno de las conveniencias prácticas de la prudencia, no de los principios doctrinales de la Iglesia. San Pablo no era un hombre de medias tintas ni de términos medios, y en la condescendencia del corazón de San Pedro vio "una simulación" —así la califica— que en el orden de las conductas podría, por orgullo de raza, dar pretextos para seguir manteniendo, dentro de la catolicidad de la Iglesia, un muro de separación entre judíos y gentiles, como en el templo de Jerusalén.
San Pablo no transigía ante estas condescendencias rituales de San Pedro, y el Espíritu Santo, que, por encima de todas las flaquezas, dirige a la Iglesia de Dios, facilitó los caminos a la expansión ecuménica del cristianismo. El muro que en el templo de Jerusalén separaba a los gentiles y judíos fue derrumbado para siempre. Sobre sus escombros y sus ruinas se levantan hoy, abiertas y campeadoras, las columnas berninianas la gran plaza romana, precisamente, de San Pedro.
La fantasía novelera de la Escuela de Tubincia se atrevió un día a lanzar por el mundo la especie de una oposición dogmática y de una indisciplina jerárquica entre ambos príncipes de la Iglesia. Hoy la misma crítica histórica contemporánea ha echado por tierra tal imputación, Pedro y Pablo, figuras cimeras de la Iglesia, almas hermanadas por una misma fe y un mismo amor, sellaron con la sangre del martirio sus nombres y sus vidas bajo los cielos de Roma. Por encima de sus distintos temperamentos, un mismo credo, un mismo amor, un mismo ideal, les unió en el combate y en la muerte, emparejando sus personas, tan íntimamente, que ya, desde los primeros tiempos de la Iglesia, aparecen juntos en el medallón de las catacumbas de Santa Domitila y en el más antiguo aún sarcófago de Junio Baso, hallado en la cripta del Vaticano,
Si los enemigos de la Iglesia han gastado tanta tinta en combatir la institución misma delPrimado, mayores aún son sus ataques contra el hecho histórico-dogmático del Primado de Pedro y de sus sucesores en la cátedra de Roma. Frente a la claridad que brota de los documentos históricos en favor de las tesis católicas, se empeñan en afirmar que, tanto la institución del Primado en la Iglesia como su encarnación en la persona de Pedro y en el obispo de Roma, son productos puramente naturales de un proceso evolutivo histórico.

Estatua de san Pedro en Cafarnaún
Ni el Evangelio ni la Iglesia temen a la verdad, y ahí están las realidades históricas proclamando la verdad católica en relación con el Primado de Pedro y de sus sucesores los papas. La Iglesia había de desarrollarse como el grano de mostaza y perpetuarse a través de los siglos. La indefectibilidad de la Iglesia exige una autoridad indefectible también, y para ello Cristo la cimentó en la piedra, en Cefas, en Pedro, y contra esa piedra ni han prevalecido ni prevalecerán las puertas del infierno. Dos mil años de historia vienen confirmando esta realidad, garantizada por la promesa de Cristo Dios (Mt. 16,18).
La estancia de San Pedro en Roma, su pontificado romano y su martirio en la Ciudad Eterna son hechos históricos hoy admitidos por todos los historiadores responsables y de buena fe. El mismo Harnack, nada sospechoso, llega a afirmar "que no merece el nombre de historiador el que se atreve a poner en duda esta verdad". La fecha de la misma llegada y la duración de la estancia en Roma de San Pedro son hoy cuestiones aún por dilucidar, así como la fecha exacta de su martirio en tiempos de Nerón.
¿Fue San Pedro el primer sembrador de la semilla evangélica en Roma? ¿Fueron los romanos residentes en Jerusalén en el día de Pentecostés, a quienes alude el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,10) y convertidos a la fe de Cristo por el discurso de San Pedro? ¿Fueron los judíos dispersos de Jerusalén los que, con motivo de la persecución de Herodes Agripa, se alejaron hasta Roma y fundaron el primer núcleo de la cristiandad romana entre la numerosa colonia judía del Trastevere? Nada sabemos con certeza histórica sobre estas interrogaciones tan sugerentes.
El hecho cierto es que Pedro estuvo en Roma y que fue su primer obispo. Desde Roma escribió su primera carta a los fieles del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, fechada en Babilonia (5,13), nombre simbólico universalmente interpretado por Roma, la ciudad pagana sucesora o representante de la antigua Babilonia. Los testimonios de Clemente Romano, tercer sucesor de San Pedro en el pontificado romano; de Ignacio de Antioquía en su epístola dirigida a los romanos; de San Ireneo, en su tratado Contra todas las herejías, y recientemente las últimas excavaciones realizadas en la cripta de la basílica Vaticana, demuestran hasta la evidencia la estancia de San Pedro, su pontificado y el ejercicio de su jurisdicción primacial en Roma y en toda la Iglesia.
Roma y San Pedro son dos términos plenos de grandeza histórica, que se asocian espontáneamente en la inteligencia y en el corazón de todos los cristianos. Según una antiquísima tradición, el pontificado romano de San Pedro duró veinticinco años: "Annos Petri non videbis". Esta tradición viene a confirmar la opinión de los que afirman que la primera llegada de San Pedro a Roma aconteció hacia el año 42, y su martirio hacia el año 67.
En efecto, el martirio de San Pedro ocurrió entre estas dos fechas extremas: entre el año 64, fecha del gran incendio de Roma, y el año 68, fecha de la muerte de Nerón. San Juan en su evangelio nos legó estas palabras de Jesucristo a San Pedro: "En verdad, en verdad te digo: Cuando eras más joven tú mismo te ceñías y andabas adonde querías; mas cuando hayas envejecido extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde tú no quieras" (21, 18-19). Era una alusión delicada al martirio del apóstol.
En el verano del año 64 un gran incendio devastó gran parte de la ciudad de Roma. Mientras ocurría la gran catástrofe, Nerón —según escribe Tácito en sus Anales— cantaba en su teatro privado su poema acerca de la ruina de Troya, aspirando a la gloria de fundar una ciudad nueva que llevase su nombre.
Esta actitud de Nerón dio ocasión al rumor popular de que el incendio de Roma había sido provocado por el propio emperador; Nerón acusó entonces a los cristianos como causantes y provocadores del incendio de Roma, y comenzó su sanguinaria persecución contra la Iglesia. Torrentes de sangre cristiana corrieron por el circo, por las cárceles, por las afueras de Roma. La leyenda, flor de la historia, ha recogido la escena enternecedora del Quo vadis, que la piedad y el arte cristiano nos recuerdan en la devota capilla romana del Quo vadis, erigida en el lugar donde Jesús se apareció a San Pedro, cuando huía de Roma despavorido por la persecución neroniana. Pedro pregunta al Maestro: "Señor, ¿adónde vas?" y el Señor le responde: "A Roma, para ser otra vez crucificado". Pedro comprende la significación y el alcance de este dulce reproche de Jesús, y retorna a la ciudad de su martirio.
Pronto es apresado por los esbirros de Nerón. El peregrino cristiano visita en Roma con profunda veneración la célebre cárcel Mamertina, donde fue preso San Pedro, y donde convirtió y bautizó a sus mismos carceleros, Proceso y Martiniano, futuros mártires de la fe cristiana,
Poco tiempo después el gran apóstol San Pedro moría clavado en la cruz, como su Maestro; pero, en conformidad con su propio deseo, cabeza abajo, dándonos con esta actitud una gran prueba de su humildad y de su amor a Cristo Jesús. Su sangre cayó cerca del obelisco de Nerón, en la colina vaticana, donde se levantó la antigua basílica Constantiniana y hoy se alza la gran basílica que lleva su nombre.
La tumba del gran apóstol San Pedro se yergue bajo la bóveda grandiosa del Bramante, el monumento más hermoso del orbe. Ante el altar de la confesión y de la tumba del apóstol arrodillémonos con veneración, y, a semejanza del viejo pescador de Betsaida, volvamos nuestro espíritu hacia Cristo Redentor, para repetir el eco de la fe y de la plegaria de San Pedro: "Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente".
La Iglesia celebra con los máximos honores de su liturgia la fiesta de San Pedro, en el mismo día que la fiesta de San Pablo. Ellos fueron, y serán siempre, los Príncipes de los Apóstoles, Así los ha apellidado la Iglesia, así los invoca la fe y el arte de las generaciones cristianas.
Así lo explicó en su intervención durante la audiencia general el 28 de marzo de 2007, celebrada en la plaza de San Pedro del Vaticano con la participación de algo más de 20.000 peregrinos, dedicada a presentar la figura de san Ireneo de Lyon, figura decisiva entre las primeras generaciones de cristianos.
Fallecido entre el año 202 ó 203, probablemente mártir, Ireneo fue alumno del obispo Policarpo de Esmirna (en la actual Turquía), quien a su vez era discípulo del apóstol Juan. Tras mudarse a la ciudad de Lyon, en Galia, tras la persecución del emperador Marco Aurelio, se convirtió en obispo de esa ciudad.
Ha pasado a la historia por ser el «primer gran teólogo de la Iglesia», en el sentido de que creó la teología sistemática, y «el campeón de la lucha contra las herejías», en particular, el gnosticismo.
La «gnosis», como aclaró el pontífice, es una doctrina, según la cual, «la fe enseñada por la Iglesia no era más que un simbolismo para los sencillos, pues no son capaces de comprender cosas difíciles».

«Por el contrario --según esta corriente--, los iniciados, los intelectuales --se llamaban “gnósticos”-- podrían comprender lo que se escondía detrás de estos símbolos y de este modo formarían un cristianismo de élite, intelectualista».
«Obviamente este cristianismo intelectualista se fragmentaba cada vez más en diferentes corrientes con pensamientos con frecuencia extraños y extravagantes, pero atrayentes para muchas personas», constató el Papa.
«Para Ireneo la “regla de la fe” coincide en la práctica con el “Credo” de los apóstoles, y nos da la clave para interpretar el Evangelio, para interpretar el Credo a la luz del Evangelio».
«El Evangelio predicado por Ireneo es el que recibió de Policarpo, obispo de Esmirna, y el Evangelio de Policarpo se remonta al apóstol Juan, de quien Policarpo era discípulo».
Por eso, indicó el sucesor de Pedro, «la verdadera enseñanza no es la inventada por los intelectuales, superando la fe sencilla de la Iglesia. El verdadero Evangelio es el impartido por los obispos que lo han recibido gracias a una cadena interrumpida que procede de los apóstoles».
«Éstos no han enseñado otra cosa que esta fe sencilla, que es también la verdadera profundidad de la revelación de Dios», aclaró.
«No hay una doctrina secreta detrás del Credo común de la Iglesia. No hay un cristianismo superior para intelectuales».
«La fe confesada públicamente por la Iglesia es la fe común de todos. Sólo es apostólica esta fe, procede de los apóstoles, es decir, de Jesús y de Dios».
Al ilustrar la enseñanza de san Ireneo, Benedicto XVI explicó que «al adherir a esta fe transmitida públicamente por los apóstoles a sus sucesores, los cristianos tienen que observar lo que dicen los obispos, tienen que considerar específicamente la enseñanza de la Iglesia de Roma, preeminente y antiquísima».
«Esta Iglesia, a causa de su antigüedad, tiene la mayor apostolicidad: de hecho, tiene su origen en las columnas del colegio apostólico, Pedro y Pablo», recordó.
«Con la Iglesia de Roma tienen que estar en armonía todas las Iglesias, reconociendo en ella la medida de la verdadera tradición apostólica, de la única fe común de la Iglesia», concluyó el obispo de la ciudad eterna.
Catequesis completa de Benedicto XVI sobre san Ireneo de Lyon
Su actividad literaria coincide con el siglo de oro de la literatura patrística. En la historia eclesiástica su nombre va vinculado al concilio de Efeso, tercero ecuménico, y en la defensa de la fe brilla como lumbrera rutilante en la magna controversia, nestoriana. Su doctrina cristológica y las estrechas relaciones eclesiásticas que le unieron con la cátedra romana le hicieron acreedor de la simpatía y veneración de la Iglesia universal.
Nació San Cirilo, según parece, en la misma ciudad de Alejandría. Era sobrino del prepotente patriarca Teófilo, que rigió los destinos de aquella iglesia madre entre los años 385-412 y se hizo famoso por su enconada lucha con San Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla.
De posición social acomodada y cristiana, recibiría esmerada educación según las tradiciones más purasde la antiquísima iglesia alejandrina y frecuentaría, en su juventud, las aulas de la escuela que fundara San Panteno e ilustraron Clemente, Orígenes, Dídimo el Ciego y el gran Atanasio.
Los escritos transmitidos y su actividad pastoral nos obligan a imaginarlo dedicado de lleno a su formación sacerdotal y preparación intelectual en los últimos años del glorioso siglo IV, cuando las sedes eclesiásticas principales ostentaban figuras luminosas en ciencia y santidad, como San Ambrosio de Milán. San Dámaso en Roma, San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio de Nisa y San Juan Crisóstomo en Constantinopla.

San Cirilo de Alejandría
Las bibliotecas de la ciudad del Nilo le ofrecerían tesoros manuscritos abundantes de las Sagradas Escrituras. La difícil convivencia de judíos, paganos y cristianos le estimularía a la futura defensa del pueblo cristiano contra los enemigos exteriores. La herencia antiarriana de San Atanasio se le metería en la médula de su formación dogmática y le pondría en guardia ante las innovaciones dogmáticas.
Y, sobre todo, la influyente proximidad de su tio, el patriarca Teófilo, se dejaría sentir en su formación clerical, y el mismo gobierno de la gran metrópoli le iría capacitando para las futuras tareas de régimen eclesiástico, al tiempo que le daban oportunidad para aprender a evitar los defectos que registraba la actuación de Teófilo y que estarían completamente ausentes del gobierno de San Cirilo.
El año 412 ocupaba la cátedra alejandrina como patriarca y cabeza de todas las iglesias del Egipto romano.
Desde aquella fecha tres etapas distintas definen su inmensa actividad patriarcal: desde el año 412 al 428, de tareas inmediatas en la sede propia; desde 428 al 431, ocupado intensamente en la lucha contra Nestorio, y desde 431 al 444, dedicado a defender y consolidar la paz eclesiástica en el Oriente cristiano.
Apenas había tomado Cirilo las riendas del gobierno, cuando tuvo que actuar contra los novacianos y los judíos, por las grandes molestias que inferían a los cristianos. Los primeros se vieron obligados a dejar sus iglesias, y los segundos, tuvieron que salir de la ciudad mientras sus sinagogas eran convertidas en templos cristianos. Tales triunfos los obtenía el patriarca a pesar de la reluctancia y oposición de Orestes, gobernador civil de todo el Egipto.
El año 417 la paz entre Alejandría y Constantinopla, rota por la contienda de Teófilo contra San Juan Crisóstomo, estaba totalmente restablecida: el patriarca constantino- politano figuraba ya en los dípticos alejandrinos.
Un año después el papa Zósimo le comunicaba, por carta particular, la condenación romana del pelagianismo.
Y cada año, por deber pastoral y siguiendo la usanza antigua de su iglesia, dirigía Cirilo su homilía pascual a todos los obispos sufragáneos y a todos sus diocesanos. Veintinueve homilías son las que se nos han conservado, correspondientes a los años 414-442. En ellas el pastor del Egipto anunciaba el ayuno cuaresmal, fijaba la fecha de la pascua y exponía con profundidad la grandeza de la condición humana, la necesidad de austeridad y mortificación para obtener la victoria evangélica, acompañando reprensiones oportunas y exhortaciones de aliento.
La vida, pues, de Cirilo, aunque cargada de múltiples tareas cotidianas, aún no se había desbordado en aras del interés general de la Iglesia universal. En Alejandría se vivía en paz. Los sacerdotes pastoreaban espiritualmente la grey bajo las orientaciones y ejemplo de su jerarca. La comunidad florecía en virtudes. Los obispos egipcios seguían las directrices de la metrópoli. Y los monjes del desierto gozaban de quietud solitaria y espiritual, sembrados acá y allá de las riberas del gran río.
Cirilo, eso sí, vivía intercomunicado con el exterior. De Roma, de Antioquía y de Constantinopla recibía, casi a diario, noticias de actualidad eclesiástica. Y estaba, sobre todo, en guardia ante los derroteros dogmáticos que podría tomar lo que llamaba "el dualismo antioqueno", que comprometía la unidad del Dios-Hombre.
El año 428 llegaron de Constantinopla noticias alarmantes. Sus fieles representantes en la ciudad del Bósforo le anunciaron que Nestorio, patriarca de la capital del Imperio oriental, había escrito y hablado públicamente contra la unidad del Verbo encarnado y contra la maternidad divina de María.
Inmediatamente Cirilo, en la homilía pascual del 429, declaraba la doctrina ortodoxa comprometida indicando el error y callando el hereje:
"No un hombre corriente -decía- es el engendrado por María; sino el mismo Hijo de Dios hecho carne, y por ello María es de verdad madre del Señor y madre de Dios".
El error seguía extendiéndose. Los escritos y doctrinas de Nestorio estaban penetrando en la república monacal de su patriarcado. Informado Cirilo por los mismos solitarios de la perturbación espiritual que iba naciendo entre los monjes, se propuso, con diligencia y profundidad, atajar los perniciosos efectos de tal propaganda.
Escribió, con esta ocasión, una carta dogmática a los monjes problando por la Sagrada Escritura y la tradición que a María le pertenece con todo derecho el título de Theotokos o Madre de D¡os. Dos ejemplares envió a Constantinopla, aún sin declarar al autor de la doctrina.
Ofendido Nestorio en su soberbia y no queriendo retractar, Cirilo no dudó dirigirse personalmente a él, diciéndole: "Los fieles y obispo de Roma, Celestino, se hallan muy escandalizados. Conceded, os ruego, a María el título de Theotokos. No es doctrina nueva la que os pido profesar; es la creencia de todos los Padres ortodoxos".
Nestorio respondió con calumnias. Y Cirilo contrapuso una segunda carta con la exposición detallada de] dogma cristológico.
Fue inútil. Nestorio abundó en insultos y siguió contumaz.
Entonces el celo apostólico y la caridad del patriarca alejandrino encontraron otro camino: el de los intermediarios. Escribió varias cartas: al obispo centenario Acacio de Berea, para que utilizara su venerabilidad ante Nestorio; al emperador Teodosio II, para prevenirle de las sutilezas dogmáticas de su patriarca: a las princesas Arcadia y Marina, y a las mismas emperatrices Pulqueria y Eudoxia, con la misma finalidad.
De Roma, a donde había escrito Nestorio, el papa Celestino pedía información a Cirilo, a quien tenía por celoso e instruído.
Este no quería desorbitar los acontecimientos. Pretendía curar el mal reducido a sus orígenes. Pero, convencido de la imposibilidad, no regateó información: en la primavera del 430 salió su diácono Posidonio para Roma equipado con una relación-informe de todo lo sucedido, con un conmonitorio-resumen de los principales puntos nestorianos, con los escritos de Cirilo dirigidos a los monjes, a Nestorio, a la casa imperial y, parece, con los Cinco libros contra Nestorio.
La respuesta de Roma no podía esperarse más favorable. Un sínodo romano declaraba heterodoxas las doctrinas nestorianas y, por voluntad expresa del Pontífice, Cirilo quedaba comisionado para notificar a Nestorio la decisión, conminándole la excomunión si en el término de diez días no retractaba sus errores.
Pero Cirilo quería rematar el golpe. Con la luz de Roma delante, reunió a sus obispos, redactó una carta sinodal y formuló los Doce anatematismos clásicos, que debería suscribir Nestorio para quedar plenamente purgado de sus errores.
Y ahora saltó un acontecimiento inesperado. El emperador convocaba concilio general para junio del año 431 en la ciudad de Efeso. ¿Qué haría Cirilo? ¿Sería cuestión de revisar las decisiones romanas y alejandrinas? Consultado el papa Celestino, se puso en camino para Efeso.
Allí tuvo que echar mano de toda su prepotencia dogmática, eclesiástica y diplomática. Sin el auxilio poderoso de los legados romanos, que no habían llegado a Efeso, y con la ausencia intencionada de los obispos antioquenos, que, reprobando la doctrina nestoriana, no querían condenar personalmente a Nestorio, Cirilo obtuvo la condenación de la herejía y del heresiarca, aunque a costa de tres meses de arresto imperial y la enemistad con el patriarcado de Antioquía.
Desde entonces la Iglesia universal reconoció en Cirilo Alejandrino al artífice del tercer Concilio Ecuménico.
En lo restante de su vida, desde 431 a 444, una preocupación de paz eclesiástica dominará toda su actividad. Paz con el patriarcado de Constantinopla, paz interior de su iglesia, paz con los orientales de Antioquía y paz, nunca interrumpida, con la cátedra de Pedro.
Apenas vuelto a su sede, el año 431 envía Letras de Comunión al nuevo patriarca de Constantinopla, Máximo, sucesor de Nestorio.
A los antioquenos, que le pedían abandonara sus anatematísmos, les dió una gran lección de humildad y celo auténtico, contestándoles: "Estoy pronto a perdonar las injurias de Efeso, a rechazar de corazón el arrianismo y apolinarismo, a reconocer el símbolo de Nicea ... ; pero no puedo sacrificar los anatematismos, porque sería sacrificar la fe, condenar el concilio de Efeso y justificar a Nestorio".
En cambio, el año 433, cuando Alejandría y Antioquía firmaron el Símbolo de Unión, Cirilo tuvo prisa por escribir su epístola Laetentur Coeli y anunciar gozoso la paz al papa Sixto III, a Máximo de Constantinopla y a otros obispos significados.
Entre sus mismos súbditos tuvo que sufrir a algunos extremistas que tenían por claudicación la unión verificada y trajeron dolor a su corazón de pastor bueno. Ante ellos se esforzó continuamente por justificar la paz y la ortodoxia del Símbolo de Unión.
Finalmente, pidiendo sus fervientes seguidores que condenara públicamente como había hecho con Nestorio a Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia, respondió que no debía "condenar a los obispos que habían muerto en comunión con la Santa Iglesia".
Pasó Cirilo a mejor vida el año 444 y la Iglesia un¡ versal le veneró y venera como el santo de la maternidad divina de María.
JOSÉ SÁNCHEZ VAQUERO
El primer viaje misionero de Pablo le llevó desde Chipre al corazón de Anatolia. ¿Por qué Pablo y Bernabé eligieron el traicionero camino a través de Perge hasta la Antioquía de Pisidia? El investigador Mark R. Fairchild investiga la evidencia arqueológica de la probable presencia de comunidades judías en el camino.

Tras navegar desde Chipre hasta la costa turca, Pablo y Bernabé visitan la ciudad de Perga antes de viajar a la Antioquía pisidiana y a otras ciudades del interior de Anatolia. Cuando regresan a la costa, los viajeros siguen la misma ruta.
¿Por qué eligieron una ruta tan traicionera para el primer viaje misionero de Pablo? Mark R. Fairchild analiza los yacimientos no excavados a lo largo del valle del río Kestros, exponiendo pruebas de poblaciones judías en la ruta.

Los Hechos indican que Pablo viajó deliberadamente a ciudades con población judía. Perge era una ciudad importante, y la presencia de una comunidad judía allí la convirtió en una base ideal para el primer viaje misionero de Pablo a través de Anatolia.
Pablo y Bernabé habrían navegado desde Chipre a uno de estos puertos en la costa turca antes de viajar a Perge.

Fairchild argumenta que Pablo y Bernabé podrían haber tomado un camino fácil pero indirecto a lo largo de las carreteras romanas establecidas, pero optaron por viajar a lo largo del accidentado valle de Kestros debido a la hospitalidad de las comunidades judías locales.
El que se considera como “primer viaje” de Pablo comenzó en el año 45 y terminó en el 49. Junto con Bernabé, un judío chipriota convertido al cristianismo, Pablo viajó a través de la isla de Chipre, la patria de Bernabé, predicando el Evangelio en varias sinagogas. Luego zarparon de Pafos, en la costa suroeste de Chipre, y llegaron al puerto de Perge, en Anatolia, la actual Turquía.
La antigua ciudad de Perga, que data de alrededor del año 1000 a. C., en lo que hoy es Turquía.
Desde Perge llegaron finalmente a Antioquía de Pisidia, donde Pablo comenzó a difundir la palabra entre la comunidad judía local.
Inicialmente, su mensaje fue muy bien recibido, lo que se concretó en una invitación a hablar durante el sabbat (el día santo para los creyentes judíos), pero parte de la comunidad pronto sintió envidia de la fuerte popularidad de que gozaba un predicador extranjero y terminaron expulsando a Pablo de la ciudad.
Pablo y Bernabé partieron entonces hacia Konya, una ciudad al sur de Ankara, en la actual Turquía, pero se vieron obligados a partir de nuevo, esta vez hacia la cercana ciudad de Listra. Aquí Pablo sanó a un enfermo y la comunidad pagana local comenzó a creer que había sido enviado por Dios.
Sin embargo, muy pronto, las mismas personas que se enfrentaron a él en Konya llegaron a Listra e instigaron a un grupo de lugareños a apedrear a Pablo, obligándolo a huir.
Luego llegó a la ciudad de Derbe, también en la actual Turquía, y desde allí de vuelta a Listra, Konya y finalmente Antioquía de Siria en el Orontes, una ciudad de la antigua Siria ahora en la actual Turquía, desde donde se originó su viaje. Aquí Pablo informa de que, a través de su mensaje, muchos paganos conocieron la palabra de Dios.
Entre los vestigios encontrados figuran una piscina de la sala fría o frigidarium donde los clientes tomaban baños y otra más grande para practicar la natación llamada natatio con sus paredes de placas de mármol y suelo decorado con un mosaico geométrico, al igual que la bóveda que cubría la piscina. «Es un complejo termal notable y no parece ser de un ámbito doméstico», ha indicado Ana Bejarano, directora de las excavaciones.
Este sorprendente hallazgo se realizó en una zona más elevada de la plaza, en la entrada al convento de las Freylas de Santiago y según afirma Bejarano el edificio dejó de utilizarse «en torno al siglo IV». Sin embargo, su descubrimiento no estaba previsto.

Si bien se conocía la existencia de huellas romanas, lo que esperaban encontrar eran vestigios de las casas romanas de los siglos I al III d.C. que ocuparon el lugar así como de la posteriornecrópolis cristiana, tal y como recoge el Abc. Su expectativa se ha hecho realidad en las cercanías de la basílica de Santa Eulalia, donde los arqueólogos han desenterrado algunos muros de la primitiva casa romana del siglo I, que tuvo varias reformas hasta el siglo III d.C. cuyas dimensiones se prolongan fuera de la iglesia actual.
El equipo que capitanea Bejarano ha ido documentado los diferentes tramos: «Debía ser una vivienda grande, como las que se construían extrarradio en ese periodo, como la Casa del Anfiteatro o la del Mitreo», comenta la directora de las excavaciones todavía en marcha.
Esta zona se fue sacralizando a raíz del martirio de la pequeña Eulalia en el siglo IV durante la persecución que llevó a cabo Diocleciano. Algunas fuentes, como el Poema de las coronas del escritor hispanorromano Prudencio atestiguan que desde muy temprano se consideró a Eulalia, quien murió por su fe, protectora de la ciudad de Mérida.
En dicho poema, Prudencio habla sobre un túmulo en memoria de la pequeña mártir donde se le daba culto ya en el siglo IV y que podría coincidir con uno de los hallazgos realizados bajo la cabecera de la actual iglesia.

Sepulturas en sarcófagos de mármol que se asocian al uso de este espacio como lugar de enterramiento ligado al 'martyrium' de Santa Eulalia-Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida
Los expertos todavía desconocen si las casas romanas se habían abandonado por aquel entonces y dicho espacio se convirtió en una necrópolis pagana que pasó a ser cristiana una vez que se erigió en ella el monumento funerario en recuerdo de Santa Eulalia.
O si en cambio, se conservó el recuerdo de la santa en su casa familiar y por su fama se acabó levantando el túmulo citado por Prudencio y, dado el culto a santa Eulalia, posteriormente la primera basílica en el siglo V.
Este entorno se transformó en un cementerio cristiano, con ricos mausoleos y abundantes tumba. Así, los arqueólogos han descubierto varios enterramientos por inhumación vinculados a estos primeros compases del cristianismo en Mérida. Algunos fueron expoliados siglos después y los que aún conservan restos óseos no contienen ajuar.
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En 1516 se publica la traducción del Nuevo Testamento y la institución del príncipe cristiano, de Erasmo; el Orlando furioso, de Ariosto; la traducción de la Epístola a los romanos, primera obra importante de Lutero, y la Utopía, de Tomás Moro. Unos meses después, ya en 1517, aparecerá también la otra gran obra ético-política de Erasmo, junto con la Institutio: la Querela pacis.
Dos años antes Maquiavelo había escrito El Príncipe. Se trata, pues, de un momento intelectualmente decisivo en medio del desbordamiento de entusiasmo y de embriaguez creacional que caracterizan al siglo renacentista. Incluso parecen darse cita simbólicamente, en tan heterogéneos acontecimientos literarios, las mismas tres fuerzas colosales en cuyo conflicto vital consiste la época misma del Renacimiento: el Humanismo católico, la Reforma protestante y el espíritu y la dialéctica extracristianos de la Modernidad.
Los sociólogos nos desvelarán después los procesos desarrollados por las fuerzas y estructuras sociales que en esa época están bullendo. Weber, Sombart o Gómez Arboleya reconstruirán todo ese período configurador de la aventura histórica triunfante del burgués occidental. Paganización, secularización.
Suya es esta plegaria singular, una oración para pedir buen humor.

Ruptura con el orden feudal y con todo un período histórico agotado-formal, esteticista, turbio ya de poderío y de desprestigio del cristianismo. Quiebra de la cristiandad y aparición de fuerzas creadoras decisivas no cristianas y descristianizadoras. Individualismo y racionalismo.
Aparición de poderes temporales centrados en sí mismos y racionalizadores del orbe humano: Estado moderno y capitalismo. Florecimiento y cristalización entrecruzados de las naciones modernas y del sistema capitalista, en su vigorosa época juvenil: en las repúblicas mercantiles italianas; en la vida suntuosa y epicúrea —de difícil financiación— de la corte pontificia; en la Alemania de los Fugger, forjadora de las empresas, los negocios y el comercio germanos;
en los Países Bajos, especialmente en la Holanda que ya se configura, primera nación cuya vida colectiva se presenta impregnada del espíritu capitalista; en la Francia, que aún se resiste perezosamente a secundar la acción audaz de sus primeros grandes empresarios; en la Inglaterra, que está atravesando la que se ha calificado de "edad heroica del capitalismo inglés".
En ese momento, en 1516, Moro tiene treinta y ocho años, faltan trece todavía para que Enrique VIII le nombre canciller de Inglaterra. Cuatro años después, en 1533, el monarca establece la tiranía y provoca el cisma. Dos años más, y la cabeza de Moro rodará en el patíbulo. Pero en la Utopía se ha alcanzado ya la plenitud intelectual del gran humanista inglés.

En la Utopía Moro centra todo su esfuerzo en un objetivo único: tomar el Evangelio, confrontarlo con la injusta sociedad de su tiempo, formular contra ella una denuncia airada y poner frente a tal situación el cuadro de lo que debía ser una sociedad inspirada íntegramente en la concepción evangélica de la vida.
Luego, como hombre de acción, tratará de realizar lo único que a él le resulta viable: contener en lo posible el libertinaje político de los déspotas, neutralizando con su prestigio bien ganado el asesoramiento tradicional, complaciente y abyecto, de los dignatarios cortesanos. A unos y a otros, a déspotas y a nobles, hace en este sentido duras alusiones en su obra.
Pero nos es más importante detenernos algo en la crítica de una situación económica en la que Moro nos declara hasta qué punto el lujo palaciego y la codicia del incipiente capitalismo lanero y textil están llevando al pueblo a la miseria.
"Vuestras ovejas, que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres y devastan y arrasan las casas, los campos y las aldeas". " ...
Los nobles y señores, y hasta algunos abades, santos, varones, no contentos con los frutos y rentas anuales que sus antepasados acostumbraban sacar de sus predios, ni bastándoles el vivir ociosa y espléndidamente sin favorecer en absoluto al Estado, antes bien perjudicándolo, no dejan nada para el cultivo y todo lo acotan para pastos; derriban las casas, destruyen los pueblos, y si dejan el templo es para estabulizar sus ovejas; pareciéndoles poco el suelo desperdiciado en viveros y dehesas para caza.
Esos excelentes varones convierten en desierto cuanto hay habitado y cultivado por doquier". "Y para que uno solo de esos ogros, azote insaciable y cruel de su patria, pueda circundar de una empalizada algunos miles de yugadas, arrojan a sus colonos de las suyas, los despojan por el engaño o por la fuerza, o les obligan a venderlas, hartos ya de vejaciones. Y así emigran de cualquier manera esos infelices..."
La referencia aún podría ser bastante más extensa, con precisas alusiones de Moro a la conducta antisocial del oligopolio de la lana y de la carne, y a la cruel mecánica alcista en la formación de los precios. Así, hasta parar en la amarga conclusión a que le lleva el análisis del estado de su patria: "...la malvada codicia de unos pocos arrastrará a la ruina vuestra isla, que, precisamente por esta riqueza, parecía ser tan feliz".
Pero los párrafos transcritos han bastado para dejarnos sin disimulos ante la personalidad intelectual de Moro. Al menos, ante esa parte decisiva que en su espíritu juegan la pasión por la justicia y la mentalidad ya indiscutiblemente objetiva, positiva, científica, de su enfrentamiento con los problemas sociales; actitudes que nos van a servir de clave para interpretar los aparentes juegos de fantasía con que las circunstancias le obligan a revestir su pensamiento; actitudes, por otra parte, que le llevarán al enfrentamiento, como subraya Mesnard, "nada menos que con la monarquía inglesa y con el sistema económico-social que se le muestra estrechamente ligado".
Hay otros rasgos salientes, que no pueden silenciarse en la semblanza de Tomás Moro. Bouyer nos habla de su figura, como de "la más bella del Renacimiento católico, porque es la de un hombre de acción mas que de un pensador... Su vida y su muerte son el más elocuente testimonio de la vitalidad del catolicismo humanista, penetrado por el espíritu de este Renacimiento, cuyo corifeo sigue siendo Erasmo".
Erasmo, su amigo admirado y venerado, promotor de cuanto de valiosa herencia humanista ofrece el catolicismo en tan turbulenta y dramática época, que nos dejará la entrañable evocación de la vida familiar de Moro, llena de sensibilidad, de afecto, de acierto pedagógico, discurriendo dichosamente en el jardín de la casa de Chelsea, junto al Támesis.
Su decidida militancia humanista, que le llevará a cultivar los grandes temas de su tiempo, como lo hizo en su estudio sobre la impresionante figura de Pico de la Mirándola, o a concebir la vocación política como mero ejercicio del sentido cristiano del deber, hasta el extremo de acometer la empresa de dejar su testimonio insobornable de integridad como gobernante en un país que "desde 1422 hasta 1509", "en la fatídica galería de monstruos que va de Enrique VI a Enrique VIII (Mesnard), había vivido un drama sangriento interminable que había de terminar por devorarle también a él mismo.
Pero el aspecto más valioso de su obra intelectual, transida de reiterados giros de humour sajón y de ironía universal, es, sin duda, el legado imperecedero que nos aporta como filósofo político y pensador cristiano. Su obra se centra en este aspecto en el ataque a los principios viciosos cuya extirpación consideraba único remedio capaz de devolver la salud a la sociedad de su tiempo.
Estos dos principios permanentes de la corrupción política eran, a su juicio, la monarquía y la propiedad. Y a este fin, "para conmover a los espíritus rebeldes a la especulación filosófica; para forzar a los conservadores a evacuar posiciones en las que la crítica no tiene cabida, Moro ha dedicado cinco años a construir un mundo ideal, verdadero espejo de justicia y de prosperidad; mundo en el que, a partir de entonces, está invitado a penetrar el lector de todo país y de toda época" (Mesnard),
Por mi parte pienso que, no obstante ser Erasmo quien, en uno de los rasgos más permanentes de su obra intelectual y espiritual, sitúa doctrinalmente el problema de la evangelización de la política, a Moro es a quien corresponde hasta ahora la significación de figura máxima de cuanto a la respuesta dada al mismo por los cristianos todos los tiempos.
No podemos en esta ocasión acometer un estudio exhaustivo de la filosofía política de Moro, en cuanto discípulo y testigo del Evangelio. Pero desconocen en absoluto lo que él representa en la economía del plan divino sobre el género humano quienes hacen un deliberado alarde de ignorancia acerca de la magnitud trascendental de su concepción política.
Concepción a la altura de la cual él supo estar sin duda, con el testimonio de una vida ejemplar como padre y esposo, como sabio, como gobernante, como mártir. Y ello en un trance en el que la organización eclesiástica de su patria, comenzando por un episcopado cobarde, a excepción del obispo Fisher, su compañero de cadalso, se hunde en la abyección ante el tirano.
Sin embargo, ese testimonio de su vida no es lícito que pueda servir a nadie para intentar escamotear la importancia intrínseca de una aportación filosófica, cuyo autor mismo juzga con estas palabras:
"Si hay que silenciar como insólito y absurdo cuanto las perversas costumbres de los hombres han hecho parecer extraño, habría que disimular entre los cristianos muchas cosas enseñadas por Cristo, cuando él, por el contrario, prohibió que se ocultasen y mandó incluso predicar las que susurró al oído de sus discípulos; pues la mayor parte de esas palabras son tan ajenas a las actuales costumbres como lo fue mi discurso".
Precisamente desde este punto de perspectiva hay que enfocar los aspectos fundamentales de la teoría política de Moro: la construcción de una república ideal y el ataque a la monarquía y a la propiedad privada. Este último aspecto, que es el más radical de su pensamiento, emerge constantemente del texto de la Utopía.
"Dondequiera que exista la propiedad privada y se mida todo por el dinero —nos dirá Moro por boca de Rafael HytIodeo, el descubridor portugués que le sirve para expresar sin demasiado riesgo sus enérgicos juicios—, será difícil lograr que el Estado obre justa y acertadamente, a no ser que pienses que es obrar con justicia el permitir que lo mejor vaya a parar a manos de los peores, y que se vive felizmente allí donde todo se halla repartido entre unos pocos que, mientras los demás perecen de miseria, disfrutan de la mayor prosperidad".
Pero esto no era una novedad en el cristianismo. Es la misma voz con que en el siglo IV habían clamado varonilmente los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, Lactancio: "Dios nos dio la tierra en común, no para que una avaricia irritante y despiadada se alzase con todo, sino para que los hombres viviesen en comunidad y nadie estuviera falto...".
Por ejemplo, Crisóstomo: "Cuando tratamos de poseer algo en particular trayendo continuamente en la boca las insípidas palabras "mío" y "tuyo", entonces es cuando surgen las luchas fratricidas, envidias y rencores. Así, pues, la posesión en común es más natural que la propiedad privada".
Por ejemplo, Ambrosio: "...tú te apropias para ti solo lo que se ha dado para común utilidad de todos. La tierra no pertenece exclusivamente a los ricos; es patrimonio de todos; y, sin embargo, son muchos más los que no usan de lo suyo que los que usan de ello". "La avaricia fue la causa de haberse repartido entre pocos las posesiones".
Y los mismos conceptos en Clemente Romano, en Basilio, en Jerónimo, en Agustín. Son los conceptos sobre los que Moro afirma que la igualdad de bienes, único camino para la salud pública, es casi incompatible con la propiedad privada; mientras que la república perfecta sólo podrá edificarse sobre la base de la comunión de bienes entre los hombres. Temas ambos que constituyen, respectivamente, el núcleo de la primera y segunda partes de la Utopía.
Y todavía distaba más esta doctrina de ser una novedad en la revelación bíblica, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, en el conjunto global del Libro dictado por Dios a los hombres. A partir del momento mismo de la creación Yahvé entrega a los hombres la tierra en común: "...los bendijo y les dijo: Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre la Tierra" (Gen. 1, 28).
Y luego ya, sin cesar, la sed colectiva de justicia que sube de la tierra, con clamor de milenios: la expectación de las generaciones por la ciudad en que los hombres "construirán casas que habitarán; plantarán viñas cuyos frutos comerán. No edificarán para que habite otro, ni plantarán para que otro lo consuma" (Is 65, 21.22), "Este es el nombre que tendrá la Ciudad: "Yahvé —nuestra— Justicia" (Jer. 33, 16). "Son nuevos cielos y una nueva tierra lo que esperamos —según su promesa—, donde habitará la justicia" (2 Petr. 3,13).
Esperanza de que Dios nos permita al fin construir una tierra en que reine la justicia y la paz, que culmina en el Apocalipsis: Después vi un cielo nuevo, una tierra nueva —el primer cielo, en efecto, y la primera tierra han desaparecido, y va no hay mar—. Y vi la Ciudad Santa, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de donde Dios; se había embellecido, como una joven casada radiante ante su esposo.
Oí entonces una voz clamar, desde el trono: "Ved la morada de Dios con los hombres. Él tendrá su morada con ellos; ellos serán su pueblo y ÉI, Dios —con ellos—, será su Dios. El enjugará toda lágrima de sus ojos; de muerte, ya no habrá nada; de llanto, grito y pena, nada habrá ya, porque el antiguo mundo se ha ido" (Apoc. 21. 1-4).
El Evangelio rezuma esta misma conciencia profunda de la vida. La Iglesia primitiva también. Igual la época de los Padres. El pensamiento medieval, en sus líneas de conjunto, está lejos de romper con este legado. Lo que hace Moro es darle expresión moderna. Quizá demasiado moderna, demasiado arraigada en lo que empezaba a ser ya la Modernidad, el Occidente.
A la concepción de la vida que es peculiar del hombre ibero, por ejemplo, le puede resultar demasiado comunista la república utopiana. La ética natural misma podría tomar noticia mucho más directa entre los iberos de la concepción evangélica de la vida, respecto a lo que pudieron lograrlo los ahistóricos pobladores de Utopía.
Buena muestra son de estas afirmaciones nuestras, tanto el humanismo ibero de los siglos XVI y XVII, en lo que tiene de no-europeo y de no-contrarreformista, sino de Reforma católica española, como las grandes empresas utópicas de evangelización y civilización acometidas en Indias por los grandes misioneros —exponentes de una conciencia colectiva— que se llamaron Vasco de Quiroga, Zumárraga, Junípero Serra; o los jesuitas paraguayos.
Pero eso no altera la significación crucial de la Utopía en la cultura humana y en el cristianismo. En realidad, si es grande la obra de Dios en Moro, tomándole para testigo suyo en la lucha por la justicia sobre la tierra, a costa del supremo sacrificio, la obra de Moro en Dios supone un punto culminante de ese mismo drama visto desde abajo, desde la perspectiva terrestre de la Historia. Hasta ahora supone, sencillamente, la aportación más valiosa de los cristianos a la sangrienta expectación de la humanidad por una sociedad justa y fraterna.
Pero lo cierto es que, a partir de Moro, los cristianos no habíamos vuelto a decirle al pueblo oprimido y explotado las grandes palabras encendidas de cólera y esperanza. Batida duramente la Iglesia por el burgués triunfante, fueron las generaciones católicas desvirtuándose y contagiándose en no pequeña medida de racionalismo y de formalismo jurídico y estético durante los siglos modernos.
Parecieron incluso perder la fe en que "el fermento cristiano ha comenzado apenas a transformar las instituciones colectivas de la humanidad...; (en) que no estamos más que al comienzo de las victorias de la verdad evangélica a través de la Historia, y (en) que así, sirviéndola, el cristiano trabaja eficazmente, al mismo tiempo que por su propia salud, por la salud de toda la familia humana".
Y así las grandes ansias de las multitudes obreras de nuestro tiempo, su sacrificio, su combate, su inmensa y ruda energía creadora, no los han encauzado ya héroes cristianos, sino héroes y pastores brotados por millares al margen de la Iglesia.
Saint-Simon, Prouelhon, Bakunin, Kropotkin, Marx, Sorel, Anselmo Lorenzo, Costa, Pablo Iglesias, Lenin y tantos otros teóricos y jefes del movimiento obrero occidental o soviético, o del movimiento revolucionario ibérico, tuvieron que formarse marginalmente al cristianismo, porque hacía doscientos años que yacía sepultada en el olvido, entre los cristianos, aquella filosofía de liberación del pueblo que Moro había sabido llevar a su expresión más audaz.
Pero el cristianismo guarda en sus senos una vitalidad inmensa. La gigantesca experiencia del hombre moderno ha empezado a tocar ya sus propios límites. Y es ahora, cuando esta vasta hazaña creativa presenta ya su entera dimensión, cuando al cristianismo le empieza a ser posible acometer la empresa de evangelizarla.
Ahora, cuando ante los ojos apagados de los burgueses se han mostrado viables ya varias utopías siniestras, está más próxima que nunca la realización en el tiempo de la Utopía cristiana. Y es ahora cuando el cristianismo puede entrar de nuevo en las entrañas del pueblo.
En la medida en que los cristianos volvamos a ofrecer a ese mismo pueblo —debatiéndonos contra la injusticia que nos asedia, codo con codo con el ejército de los que sufren, en la misma línea espiritual de Tomás Moro— los artesanos de paz y los luchadores perseguidos que necesitan para ser libres los hambrientos y sedientos de justicia.
El camino, quizá ya el camino final hacia la Ciudad Justa, vuelve a verse claro cuando el hombre actual se lava los ojos con ese ideal ético de la humanidad que Jesús nos traza en su Discurso evangélico, y al que la humanidad se acerca progresiva y trabajosamente en el tiempo: "Felices los pobres en espíritu..., los dulces..., los afligidos, los hambrientos y sedientos de justicia..., los misericordiosos..., los corazones puros..., los artesanos de paz..., los perseguidos por la justicia. Porque suyo es el reino de los cielos" (Mt. 5, 3-10).
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MANUEL LIZCANO
"Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse." (Hechos 2, 3-4 ).
Los cristianos no sólo hablamos de Dios; le experimentamos. Esto es lo que hace que la iglesia sea diferente de cualquier otra organización en el planeta: que tenemos el Espíritu Santo. "Entonces Pedro, en pie con los once, les dirigió en voz alta estas palabras: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos bien de esto y prestad atención a mis palabras. ...Y haré aparecer señales en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. ...Pero el que invoque el nombre del Señor se salvará" (Hechos 2, 14, 19, 21).
"Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la unión fraterna, en partir el pan y en las oraciones." (Hechos 2, 42).
"Todos los días acudían juntos al templo, partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón" (Hechos 2, 46).
"Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían las posesiones y haciendas, y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno."(Hechos 2, 44-45).
"Alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. El Señor añadía cada día al grupo a todos los que entraban por el camino de la salvación." (Hechos 2,47).
"Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es lo mejor"
Por no aceptar el divorcio del rey Enrique VIII y su declaración como cabeza de la Iglesia fue ajusticiado el 7 de julio de 1535 en Londres. Suya es esta plegaria singular, una oración para pedir buen humor.
El Papa Francisco hace unos meses nos reveló que todos los días reza la oración de Santo Tomás Moro, y que “le va bien”.
Decía así el Papa:
“El apóstol debe esforzarse por ser una persona educada, serena, entusiasta y alegre, que transmite alegría allá donde esté. Un corazón lleno de Dios es un corazón feliz que irradia y contagia la alegría a cuantos están a su alrededor: se le nota a simple vista. No perdamos, pues, ese espíritu alegre, lleno de humor, e incluso autoirónico, que nos hace personas afables, aun en situaciones difíciles. ¡Cuánto bien hace una buena dosis de humorismo! Nos hará bien recitar a menudo la oración de santo Tomás Moro: yo la rezo todos los días, me va bien”.
Señor, dame salud del cuerpo y, con ella, el sentido común necesario para conservarla lo mejor posible.
Dame un alma santa, Señor, que mantenga ante mis ojos todo lo que es bueno y puro, para que a la vista del pecado no se turbe, sino que sepa encontrar los medios para poner orden en todas las cosas.
Dame un alma ajena a la tristeza, que no conozca refunfuños, ni suspiros, ni lamentos.
Y no permitas que esta cosa que se llama “yo”, y que siempre tiende a dilatarse, me preocupe demasiado.
Dame, Señor, sentido del humor.
Dame la gracia de comprender una broma, para lograr un poco de felicidad en esta vida y saber regalarla a los demás.
Así sea.
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La caridad, el respeto a la vida y el interés por el prójimo, valores inherentes a las enseñanzas de Cristo, son la base de las actividades de la enfermería
Es muy común creer que la enfermería surgió en el siglo XIX con Florence Nightingale, sin embargo, eso no es correcto, hay que hacer una precisión: ella sentó las bases de la enfermería moderna, implementando severas prácticas de higiene que lograron disminuir los índices de mortalidad en el hospital en el que trabajó durante la guerra de Crimea.
Sus conocimientos los compartió en su escuela, inaugurada en 1860, con miles de enfermeras a lo largo de su vida. Fue un verdadero ángel de blanco que se convirtió en un parteaguas en la historia de la enfermería.

Sin embargo, esta noble labor es mucho más antigua. Cuando los diáconos son designados por los apóstoles para ejercer la caridad, surge la figura de las diaconisas, mujeres que auxiliaban a los diáconos en su ministerio.
La carta a los romanos habla de Febe, a quien se considera la primera diaconisa y enfermera visitadora porque atendía a los enfermos en sus hogares, prodigando cuidados físicos y espirituales. Desde ese tiempo, la enfermería representa misericordia y caridad.
En el año 165, durante el reinado de Marco Aurelio, se desató una epidemia que, en el transcurso de quince años, causó la muerte de un tercio de los habitantes del Imperio, Marco Aurelio incluido.
En el año 251 se declaró una epidemia parecida, probablemente de sarampión, con resultados similares. En general, los historiadores concuerdan en que estas epidemias produjeron un despoblamiento que contribuyó a la caída del Imperio romano más que la degeneración moral a la que se suele atribuir el hundimiento.
Durante estas epidemias se desarrolló de manera eficiente la "enfermería cristiana" que cuidaba a los afectados de manera muy satisfactoria.
Al paso del tiempo, cuidar a los enfermos se convirtió en una vocación. Los historiadores resaltan la actitud de los cristianos de Alejandría durante la epidemia del año 250 d. C, que atendían a los enfermos sin temor al contagio, mientras los paganos huían y abandonaban a familiares y amigos.

Los valores cristianos del amor y la caridad se habían traducido, desde el principio, en normas de servicio social y solidaridad. Cuando sobrevenía algún desastre, los cristianos tenían mayor capacidad de respuesta.
En la segunda mitad del siglo II, una enfermedad asoló el Imperio Romano, produciendo miles de muertes. A pesar de la crisis, el cristianismo vivió una época de esplendor, llegando hasta los confines de Europa.
San Basilio (330-379) dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención de los enfermos. (BENEDICTO XVI presenta a San Basilio el Grande, 4 julio 2007).
San Jerónimo (347-420) impulsó en Tierra Santa, que los peregrinos fueran acogidos y hospedados en edificios surgidos junto al monasterio de Belén, gracias a la generosidad de la mujer noble santa Paula, que desarrolló también oficio de enfermería en la atención de enfermos (Cf. Epístola 108,14).
Al llegar la Edad Media, la enfermería era ejercida por personas de la nobleza y se consideraba trabajo de Dios. Eran cristianos ricos y poderosos, muchos de ellos miembros del clero, preparados cultural e intelectualmente, de los cuales algunos llegaron a convertirse en eruditos.En la misma Edad Media, los turcos invadieron Jerusalén.
Comenzaron las cruzadas, que fueron expediciones militares cuyo objetivo era recuperar los lugares santos. En esta época también iniciaron las órdenes militares hospitalarias, lo que conlleva la creación de hospitales, impulsando grandemente el desarrollo de la enfermería y añadiendo aspectos de obediencia, autoridad y orden.
«Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15, 12).
Los cruzados eran reconocidos como soldados de Cristo.
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ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)
Ahora, el experto en manuscritos Lajos Berkes, junto al profesor Gabriel Nochhi, han identificado el fragmento como la copia más antigua conocida del Evangelio apócrifo de Tomás sobre la infancia de Jesús, según ha informado el Instituto de Cristianismo y Antigüedades de la Universidad Humboldt de Berlín.
Este hallazgo es de una gran relevancia para la investigación, pues hasta el momento se creía que la versión más antigua del Evangelio de Tomás era un códice del siglo XI. Este evangelio, que narra la infancia de Jesús, es parte de los textos apócrifos, no incluidos en la Biblia, pero muy populares y ampliamente difundidos en la antigüedad y la Edad Media.
«El fragmento es de un interés extraordinario para la investigación», dice Lajos Berkes, investigador en la Facultad de Teología de la Universidad Humboldt. «Por un lado, porque hemos podido datarlo entre los siglos IV y V, convirtiéndolo en la copia más antigua conocida. Por otro lado, porque hemos obtenido nuevas perspectivas sobre la transmisión del texto».
«Nuestros hallazgos sobre esta copia griega tardía del trabajo confirman la evaluación actual de que el Evangelio de la Infancia de Tomás fue originalmente escrito en griego», añade Gabriel Nocchi Macedo de la Universidad de Lieja.

Durante años, el manuscrito de aproximadamente once por cinco centímetros, había permanecido desapercibido porque se pensaba que su contenido era insignificante. Pero tras analizar los restos de trece líneas en letras griegas con alrededor de diez letras por línea, se dieron cuenta del auténtico valor del fragmento: «Se creía que se trataba de un documento cotidiano, como una carta privada o una lista de compras, debido a la escritura torpe», comenta Berkes.
«Lo primero que notamos fue la palabra Jesús en el texto. Luego, mediante la comparación con numerosos otros papiros digitalizados, desciframos letra por letra y rápidamente nos dimos cuenta de que no podía ser un documento cotidiano».
Los expertos consideran que realizar una copia del Evangelio pudo haber sido una práctica de escritura en una escuela o monasterio, a juzgar por la escritura no experimentada con líneas irregulares. De las pocas palabras en el fragmento, se deduce que el texto describe el inicio de la «revitalización de los gorriones», un episodio de la infancia de Jesús considerado como el «segundo milagro» en el Evangelio apócrifo de Tomás.
En ella se narra cómo Jesús juega en la orilla de un río caudaloso y forma doce gorriones con el barro que encuentra en el lodo. Cuando su padre José lo reprende por hacer tales cosas en el sagrado Sabbath, el niño Jesús de cinco años aplaude y da vida a las figuras de barro.