El hallazgo del Santo Madero es un hecho histórico que sucedió realmente, enriquecido a continuación por la compleja tradición de la inventio Crucis, atribuida a Santa Elena, para celebrar la cristianización del Imperio romano.
El descubrimiento de la Vera Cruz: entre la historia y la leyenda
“¡Qué maravilla es poseer la cruz!”, escribía en el siglo VIII San Andrés de Creta. Y de nuevo: “Si no existiera la cruz, tampoco existiría Cristo crucificado”.
La cruz es el símbolo cristiano por excelencia. Portadora de redención para cada criatura, es el instrumento por medio del cual se cumplió la Pasión de Cristo y, por tanto, es el signo del amor gratuito y misericordioso de Dios.
Aunque la Iglesia enseña claramente qué es y qué representa la cruz, la historia, en cambio, no es capaz de esclarecer del todo los hechos concretos de este madero santo, cuyo descubrimiento en Jerusalén se atribuye a Santa Elena: del trozo de cruz custodiado en ese lugar, en la basílica del Santo Sepulcro (construida por deseo de Constantino), se perdió el rastro después de la derrota de la batalla de los Cuernos de Hattin (1187); los hechos relacionados con los otros fragmentos, verdaderos o presuntos, son casi imposibles de reconstruir.
Por consiguiente, es necesario, sobre todo, analizar la situación de la inventio en sí misma, a través de un examen meticuloso y honesto de los datos correspondientes a la peregrinación de Elena a Tierra Santa (327-328).
El silencio de Eusebio
El hallazgo de la cruz se sitúa en el contexto de la operación arqueológica llevada a cabo por Constantino para identificar los lugares del Sepulcro y del Gólgota a fin de erigir una gran basílica (finalizada en el año 355, dañada en varias ocasiones, destruida en 1009 y después reconstruida).
Sin embargo, Eusebio [de Cesarea], autor de la Vida de Constantino (337), aunque narra los hechos relacionados con la basílica y la misma Elena, no habla nunca de la Vera Cruz. Su atención está dirigida totalmente a la Anastasis (Resurrección, en griego), es decir, a la iglesia construida sobre el lugar de la tumba vacía, obviando la del Gólgota.
Dicho silencio ha sido objeto de varias especulaciones: aunque es verdad que Eusebio no escribe una crónica y que su objetivo era celebrar el apoyo imperial al cristianismo (de hecho, no hace mención a algunos detalles poco acordes a la imagen de Constantino), la inventio Crucis debería haber sido un elemento importante, que habría que haber evidenciado.
En cambio, cuando incluye en la Vida de Constantino una carta que este escribe a Macario (obispo de Jerusalén encargado de la construcción de la basílica), en la que el emperador cita un “signo de la pasión de Cristo conservado desde hace tiempo bajo tierra“, que podría verosímilmente ser la cruz, Eusebio vincula este pasaje al lugar del Sepulcro, no al Gólgota.
¿Por qué? Según algunos, Eusebio quiere evitar que se relacione excesivamente la Vera Cruz con el poder imperial; otros, en cambio, son del parecer de que intenta (inútilmente) redimensionar el estatus excepcional que la cruz confiere a Jerusalén y a su obispo (subordinado de Eusebio, que era obispo de Cesarea y metropolitano de Palestina). Y, en opinión de otros, Eusebio pretende dar mayor relieve al hecho de la Resurrección respecto a la Pasión.
La cruz se recuperó de verdad
Sea como sea, la cruz estaba cerca del Santo Sepulcro: después de Eusebio, todos escriben sobre ella, a partir de Cirilo de Jerusalén, que en las Catequesis (años 40 del siglo IV), refiere que el madero de la cruz era venerado de manera habitual.
El mismo Eusebio, que en la Vida de Constantino calla sobre ello, menciona la cruz en una carta que escribe al emperador Constancio II, hijo de Constantino, recordando que había sido descubierta durante el reinado de su padre, pero sin dar más detalles.
De manera análoga, la célebre viajera Egeria incluye en su Itinerarium (381-384) el resumen más antiguo de la ceremonia de exposición y veneración de la reliquia, pero no describe cómo fue hallada.
Tradición y leyenda
Es prudente afirmar que la tradición hagiográfica de la inventio Crucis por parte de Elena nació en la segunda mitad del siglo IV, decenios después de su muerte, con el fin de contribuir a celebrar la cristianización del Imperio a través de una reliquia que era un símbolo de gran fuerza para Constantino, Jerusalén y toda la cristiandad.
¿Acaso había una heroína más adecuada que la augusta madre del emperador, implicada en la obra del hijo, figura ideal de emperatriz, fundadora de iglesias, santa y, sobre todo, presunta descubridora de la Vera Cruz? Y, al contrario, ¿qué seguridad se tiene como para excluir su papel real en el hallazgo?
Santa Elena, según Cima da Conegliano (1495), en la National Gallery of Art de Washington, D.C.
La tradición se consolidó gracias a San Ambrosio que, en la oración fúnebre por el emperador Teodosio (395), fue el primero en describir cómo la Vera Cruz fue reconocida gracias al Titulus Crucis que tenía clavado, es decir, la tabla (que según algunos es la que se conserva actualmente en Roma, en la basílica de la Santa Cruz), con la inscripción en tres lenguas: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, y cómo se hallaron también los clavos.
Entre los siglos IV y V, Gelasio de Cesarea y Rufino de Aquilea elaboraron una versión del hallazgo más compleja y probablemente anterior, hasta que la tradición se fijó de manera definitiva antes de la mitad del siglo V, para ser después acogida por el arte: basta pensar en las cimas que alcanzó la inventio Crucis en la iconografía de los códigos miniados carolingios.
A continuación florecieron diversas redacciones en griego, latín, ciríaco copto y otras lenguas, según tres filones principales: el de la literatura patrística y otros dos de pura fantasía (la leyenda de Protonike y la de Judas Ciríaco), que confluirán en la tradición y el arte medieval.
Al tema de la inventio se vinculó, más tarde, en el siglo VII, el de la Exaltatio Crucis, en recuerdo de cuando el emperador bizantino Heraclio, en 630, llevó de nuevo a Jerusalén la reliquia de la cruz, sustraída a los persas en 614.
Todos ellos, temas reelaborados en clave de promoción de las cruzadas, y a los que se añadió la leyenda medieval del madero de la cruz, que concretó en el Edén el origen “biológico” de ese madero redentor: un complejo de tradiciones que poco a poco se fue enriqueciendo, hasta cristalizar en la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, en el siglo XIII.
La tradición de la cruz es, por tanto, una leyenda compleja, en la que la figura de Elena está suspendida entre la historia y la leyenda, entrelazadas entre sí hasta el punto de hacer difícil desenmarañarlas.
A ella se debe el mérito de haber llevado a Constantino hacia la tolerancia y la promoción del cristianismo, que llevaron a la cristianización del Imperio, fundamento de la Europa cristiana; también a ella se le atribuye la conversión definitiva de su hijo.
Su origen sigue siendo desconocido -fue ciertamente humilde-, y lo que sabemos de ella está vinculado sobre todo a su fe y al viaje que llevó a cabo, ya anciana, a los Lugares Santos, además de a Egipto y a Siria, donde visitó distintos monasterios y conoció a hombres y mujeres consagrados a Dios. Esa peregrinación, que fue la verdadera realización de su existencia, produjo un cambio en el cristianismo, y es el motivo por el que siempre será recordada.
Constantino imperaba en las Galias, compartiendo el poder con Majencio y Licinio. Los reinos divididos dan en la disolución y en la ruina. Y la guerra estalla entre los tres, como siempre, por piques de rivalidad y de soberbia. Constantino es multitudinario en el fervor de su pueblo y entre sus fieles legiones. Semejante aureola recome a Majencio, que pretexta vengar con sangre el supuesto asesinato de Máximo Hércules, por intrigas de Constantino.
Pero el gran viento de las victorias empuja a los cien mil soldados desde las Galias hasta Turín, por Brescia y Verona, y a todo lo largo de la vía Flaminia. Constantino tenía videncias de su propio triunfo, porque no combatía solamente con sus ejércitos, sino con el poder divino de aquel anagrama que, a la luz sangrienta del otoño, resplandecía en los estandartes y sobre el pecho de sus leales, recordando otra batalla más cruel y decisiva: la de Cristo en la cruz. Y con su nombre iba seguro a la victoria.
Fue así el milagro, según lo refiere Eusebio, recogido de los mismos labios del emperador. Que a los comienzos de esta injusta guerra embargaba su espíritu el pensamiento de la muerte, como acontece a los que llevan oficio de armas. Y repasó en su memoria el fin dramático de todos los emperadores que habían perseguido a los cristianos. Sólo su padre, Constancio, encontró una muerte piadosa, tranquila, serena.
¿Acaso porque quiso bien, en amistad y protecciones, a los creyentes de la cruz? Pide entonces un signo al Señor de los Ejércitos. Y se le dio, en un estupendo milagro. Sobre un cielo deslumbrante de mediodía vio arder una cruz de sangre, con esta divisa: IN HOC SIGNO VINCES. Era el lábaro de su victoria. Y más aún. En el sueño impaciente de aquella noche Cristo se le muestra, ordenándole que sus combatientes, sus armas, sus banderas, lleven su propio nombre sacro e invencible.
Y mientras aquel 28 de octubre del 312 se alza al cielo, desde las siete colinas, el incienso inútil ofrecido por Majencio a los dioses paganos, la última batalla del Puente Milvio, sobre el Tíber, proclama a Constantino emperador triunfante en la señal de la cruz.
El famoso Edicto de Milán es el ofrecimiento de su victoria a la cruz. Los cristianos se ven libres, con todos los derechos jurídicos de los ciudadanos de Roma. En su brevedad, una sola idea se repite, con clara intención, para que no haya espacio a interpretaciones o dudas: la perfecta igualdad de ciudadanía para los creyentes, a los que ningún prefecto podrá, en adelante, torturar con los garfios y las cárceles ante la pública profesión de su fe.
Y, a los pocos años, el hallazgo de la cruz, como radiante trofeo de aquella gesta castrense. Era muy lógico que Constantino y los de su casa anhelaran, muy ardidamente, poseer aquella cruz, aparecida en los cielos. Y es su madre Elena la que se pone en piadosa romería hacia Oriente.
Todo esto es pura historia. La podemos seguir con Eusebio, por todo el itinerario, entre las aclamaciones entusiastas que la hacen, a su paso, las provincias del Imperio. Visita la cueva de Belén para seguir, con fidelidad, el recuerdo de la vida de Cristo. Sobre el desnudo pesebre, que profanan unos altares en honor de Adonais, edifica un templo majestuoso, "de una hermosura singular, digno de eterna memoria".
Se detiene largamente en el lago, porque aquel mar de Tiberíades, que tiene geografía y curvas de corazón, palpita como el corazón de todo el Evangelio, como el mismo Corazón de Cristo. Y después a las agonías del monte de los Olivos. Y al Calvario.
En este punto nos despedimos de Eusebio de Cesarea, que nos guió minuciosamente, con sus infolios, en la peregrinación de la emperatriz. Los rigores de la crítica histórica hinchan el silencio de este escritor para tejer las insidias de la duda en la maravilla celeste del HALLAZGO. Pero este dato no entenebrece su perfecta historicidad.
Lo consignan escritores eminentes: Rufino, Sozomeno, el Crisóstomo, San Ambrosio, y el Breviario Romano lo tiene recibido, en las Lecciones históricas, para la fiesta de este día. Además, Eusebio de Cesarea no ignora el suceso, aunque no lo consigne expresamente, pues reproduce una carta de Constantino a Macario, obispo de Jerusalén, en la que se habla "del memorial de la Pasión escondido, bajo la tierra, durante muy largos años".
Con las fuentes mencionadas podemos componer la historia así. A los comienzos del siglo IV el más inconcebible abandono cubría los Santos Lugares, a tal punto que la colina del Gólgota y el Santo Sepulcro permanecían ocultos bajo ingentes montañas de escombros.
El concilio de Nicea dictó algunas disposiciones para devolver su rango y su prestigio a aquellas tierras sembradas por la palabra y la sangre del Redentor, mientras el mismo Constantino ordenaba excavaciones que hicieran posible recuperar el Santo Sepulcro.
Y allí Elena, alentando con su poder y sus oraciones el penoso trabajo. Se descubre una profunda cámara con los maderos, en desorden, de las tres cruces izadas sobre el Calvario aquel mediodía del Viernes. ¿Cuál de las tres, la verdadera cruz de Jesucristo? Y entonces el milagro, para un seguro contraste.
Porque el santo obispo de Jerusalén, a instancias de Elena, las impone a una mujer desvalida, siendo la última la que le devuelve la salud. Aún la tradición añade que, al ser portada la Vera Cruz, procesionalmente, en la tarde de aquel día, un cortejo fúnebre topó con el piadoso y entusiasta desfile, y, deseando el obispo Macario más y más certificarse sobre el auténtico madero, mandó detenerle, como Jesucristo en Naím, cuando los sollozos de la madre viuda le arrancaron del corazón el devolverle la vida a su único hijo muerto.
Se probaron, con el que llevaban a enterrar, las tres cruces, y sólo la que ya veneraban como verdadera le resucitó. Era el 14 de septiembre del año 320.
La emperatriz Elena, en nombre de su hijo, edificó allí el "Martyrium” sobre el sepulcro, dejando la cruz, enjoyada en riquísimo ostensorio, para culto y consuelo de los fieles. Una parte fue enviada a Constantino, junto con los cinco clavos, dedicando a tan insignes reliquias la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén para que toda la cristiandad la venerara y fortaleciera también la "Roca" de Pedro.
Santa Croce in Gerusalemme - Roma
Dictó, además, Constantino un decreto, por el que nadie sería en adelante castigado al suplicio de la cruz, divinizada ya con la muerte del Hijo de Dios.
Las cristiandades de Oriente celebraron este hallazgo de la cruz con la pompa hierática de su rica liturgia, en el "Martyrium" de Constantino, consagrado el 14 de septiembre del 326. Precedían a la fiesta cuatro días de oraciones y rigurosos ayunos de todas aquellas multitudes que afluían de Persia, Egipto y Mesopotamia. Allí encontró su camino de santidad una mujer egipciaca pecadora que, como la Magdalena, se llamaba María.
Muy pronto la fiesta del hallazgo se incorporó a las liturgias de toda la cristiandad cuando fueron llegando a las Iglesias occidentales las preciosas reliquias del "Lignum Crucis", como regalo inestimable para promover entre los fieles el recuerdo vivo de nuestra redención.
Tres siglos después —3 de mayo del 630— acontecía en Jerusalén otro suceso feliz. El emperador Heraclio, depuesta la majestad de sus mantos y de su corona, con ceniza en la cabeza y sayal penitente, portaba sobre sus hombros, desde Tiberíades a Jerusalén, la misma Vera Cruz que halló Elena.
En un saqueo de la Ciudad Santa fue sustraída por los infieles persas. Y ahora era devuelta al patriarca Zacarías con estos ritos impresionantes de fervor y humildad.
Las liturgias titularon este acontecimiento con el nombre de “Exaltación de la Santa Cruz". Y, aunque las Iglesias occidentales acogieron con entusiasmo semejante recuperación definitiva del Santo Madero, sólo muy tardíamente fue conmemorada su fiesta, según se ve en el sacramentario de Adriano.
El tiempo confundió la historia de ambas solemnidades. Y todo el Occidente cristiano, dando mayor acogimiento y simpatía al hallazgo de la cruz, lo celebró siempre en este día 3 de mayo, dejando para el 14 de septiembre la memoria de la "Exaltación”.
Escribía De Broglie en el pasado siglo:
"A la nueva de que Jerusalén se alzaba de sus ruinas, coronada por la verdadera cruz de Cristo, escapóse un grito de alegría de toda la familia cristiana. Dios acababa de consagrar, con un postrer milagro, el triunfo ya maravilloso de su Iglesia.
¡Qué espectáculo este resurgimiento, desde las entrañas de la tierra, de los instrumentos del Suplicio divino, convertidos en una señal de dominación y de victoria. Se creía hallarse presente a la resurrección universal y ver al Hijo del Hombre, entronizado en la nube, venir para coronar a sus fieles servidores".
Pero la cruz de Cristo resume, en su íntima teología, todos los misterios estremecidos que hilan el dogma de la religión cristiana. Dos proyecciones hacia el infinito: la una, fragante de luz; la otra, sombría de sacrificio y de sangre.
Como signo de libertad para todo el linaje humano, resplandece victoriosa, presidiendo el desfile apresurado de las edades, de las civilizaciones y de la culturas, con una viva presencia impresionante, en todos los corazones que creen, que esperan y que aman. El navío de Pedro puede marear seguro, hasta que pase este mundo y su figura, todos los mares amargos y difíciles, porque lleva, en la vela latina, el signo inmortal de la cruz.
Consideramos el papado en el cristianismo primitivo fue un período de la historia de la Iglesia entre el año 30 d.C., en el que San Pedro asumió efectivamente su papel pastoral como cabeza visible de la Iglesia, hasta el pontificado del Papa San Melquíades en 313, cuando terminó la persecución del Imperio Romano.
Hablaremos sobre el Primado Petrino, el liderazgo de San Pedro y cómo la Iglesia de Roma se convirtió en la sede del cristianismo. La promesa y entrega del primado a Pedro no es un hecho aislado en el Evangelio.
Se diría que los evangelistas, tan sobrios en la información sobre los demás Apóstoles, no pierden la oportunidad de hablar de Pedro, de referirse a sus palabras, de dejar constancia de los signos de predilección con que lo distinguió el Salvador.
Durante su predicación, Cristo subió a la barca de Pedro para adoctrinar a las turbas (Lucas 5,1-4); en Cafarnaum se hospeda en la casa de Pedro donde (Mateo 8.14, Marcos 1.29, Lucas 4,38); es Pedro quien, casi siempre, habla en nombre de los Apóstoles; es Pedro, como jefe del grupo, a quien acuden los recaudadores de impuestos para ver si el Maestro pagaba el tributo del Templo; y Jesús pagó los honorarios legales para si mismo y para Pedro (Mateo 17, 24-27).
El Nuevo Testamento nos ofrece cuatro enumeraciones de los Apóstoles (Mateo 10: 2-4, Marcos 3: 16-19, Lucas 6: 14-16, Hechos: 1.13). El orden en que se suceden los demás nombres varía de unos a otros, pero en todos ellos, como Judas, el traidor siempre cierra la lista, también Pedro, invariablemente, ocupa el primer lugar: el lugar de honor.
San Mateo observa expresamente: "Primero, Simón, que se llama Pedro".
¿Primero en qué? ¿En la edad? Ninguna evidencia positiva lo sugiere, ni la vejez fue el criterio adoptado por los historiadores sagrados, que alteran el orden de otros nombres y mencionan a Juan antes que a otros Apóstoles más antiguos. ¿Prioridad vocacional? No parece. La elección para el apostolado fue simultánea para los Doce (Mateo 10,1; Marcos 3: 13-15).
La vocación inicial de Pedro como discípulo, si bien fue anterior a la de muchos Apóstoles, no fue en absoluto la primera. Andrés y otro discípulo siguieron los pasos del Mesías (Juan 1: 35-42). Una segunda llamada de Cristo hecha a orillas del lago Tiberíades y narrada por los evangelios presenta a los cuatro apóstoles Simón, Andrés,Juan y Santiago una simultaneidad moral que no permite establecer ninguna prioridad cronológica.
Sin embargo, Jesús cambia el nombre del pescador de Galilea: “Tú eres Simón”, dice Jesús, “te llamarán Cefas, es decir, Piedra” (Juan 1,42). El hecho de que nuestro Señor cambia el nombre de Simón a Cefas (del griego, Piedra) muestra su intención de hacer de Pedro su representante (es decir, el único quien actúa como su representante en el gobierno de la Iglesia).
Porque la imposición de un nuevo nombre, según la costumbre de Dios, era rica en significados y promesas (como lo fue con Abraham, Sara y Jacob).
Las llaves del reino
Se narra en el famoso pasaje de Mateo 16, donde Cristo le da a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos. Al entregarle a Pedro las llaves individualmente, Jesús estaba cumpliendo una profecía que aparece en el Libro de Isaías (Isaías 22: 15-23) en la que el Primer Ministro Sobna, quien servía a Ezequías (rey de Israel y descendiente de David), es considerado indigno de su puesto y expulsado por Dios, y Eliacim, hijo de Hilcías, ocupa su puesto:
“Contra Sobna, jefe de palacio. Esto es lo que dice el Señor, Dios de los ejércitos: Ve a ese ministro, te acostaré y te sacaré de tu puesto. Ese día llamaré a mi siervo Eliacim, hijo de Helcías. Te vestiré con tu túnica, te ceñiré el cinturón y le cederé tus poderes; será padre de los habitantes de Jerusalén y de la casa de Judá: pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David; si se abre, nadie cerrará, si se cierra, nadie abrirá ”.
Vocación de Pedro y Andrés, de Michel Corneille el Joven.
En Isaías 22, Dios revela que instituirá un administrador o guardián del palacio, entregándole las llaves, y Jesús lo hace con San Pedro y las llaves del cielo.
En la Biblia, el término "llaves" se ha utilizado como símbolo de la autoridad de la enseñanza (Lucas 11.52), Jesús, hijo de David y por lo tanto, el rey del nuevo reino davídico: la Iglesia, nombra a San Pedro como el maestro principal de la Iglesia, posición que continuará con sus sucesores, así como la posición de Eliacim en el reino davídico del Antiguo Testamento.
Con estas llaves, como Eliacim, San Pedro el primer Papa (así como sus sucesores) tiene la autoridad y el gobierno dado por Cristo, sobre la nueva Casa de David, que es la Iglesia en la tierra (Apocalipsis 1.18, Apocalipsis 3.7).
Apacienta mis ovejas
Cuando Cristo resucita, le pregunta a Pedro si lo ama, Jesús lo preguntó tres veces. Pedro dijo que sí tres veces. Fue una manera de que Jesús sanara el remordimiento en el corazón de Pedro por las tres negaciones que le había hecho a su Maestro. Jesús lo perdonó y luego le dijo: "Apacienta mis ovejas".
Evidentemente, todos los Apóstoles fueron pastores de las ovejas de Dios, así como sus obispos sucesores. Pero Cristo hace una declaración individual a Pedro, refiriéndose a todas las ovejas universalmente.
Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo
Después de Pentecostés, los apóstoles y los fieles serán un solo corazón y una sola alma bajo el cuidado de Pedro. Desde el principio, los demás Apóstoles comprendieron la misión especial de Pedro, que le había encomendado Jesús, y lo respetaron. El día de Pentecostés es Pedro quien se levanta y habla al pueblo:
"Pero Pedro, de pie con los once, alzó la voz y les dijo:" Hombres judíos, y todos ustedes que moran en Jerusalén, sepan esto y escuchen mis palabras ". Hechos 2,14
Y cuando los Apóstoles fueron arrestados y juzgados por el Sanedrín, es Pedro quien habla por ellos:
“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les respondió:“ Jefes del pueblo y ancianos, escúchenme ”: Hechos 4,8
Bautismo de Cornelio en Jope
Otro hecho muy importante en la primacía apostólica de Pedro fue la admisión del primer gentil (Cornelio) a la Iglesia, en Jope, aceptado por él. Esto era inaceptable para los judíos, pero Jesús le mostró a Pedro que había venido a salvar a todos. Fue precisamente Pedro quien tuvo la visión del mantel con animales impuros, ahora purificados por Dios, lo que significó la entrada de los gentiles a la Iglesia. Pedro entendió esto, bautizó a Cornelio y su familia, Pedro reafirmó esto:
“Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los que estaban circuncidados discutían con él, diciendo: Entraste en casa de los incircuncisos y comiste con ellos. Pero Pedro comenzó a darles una exposición en orden, diciendo: 'Mientras estaba orando en la ciudad de Jope, tuve una visión; Vi como un gran mantel que bajó del cielo y vino hacia mí. Y cuando puse mis ojos en él, vi animales de la tierra, cuadrúpedos y bestias, reptiles y aves del cielo. ' Y oí una voz que me decía: 'Levántate, Pedro; mata y come '. Pero dije: 'De ninguna manera, Señor; porque nada manchado o inmundo entró jamás en mi boca ”. Pero la voz me respondió desde el cielo por segunda vez: "No te llames manchado a lo que Dios ha purificado". Esto sucedió tres veces; y todo volvió al cielo ". Hechos 11: 2-10
Concilio de Jerusalén
Y Pedro volvió a señalar ese punto en el Concilio de Jerusalén. Este Concilio giró en torno a la necesidad de la circuncisión antes de que el gentil fuera bautizado. San Pablo y San Bernabé enseñaron en la Iglesia de Antioquía que la circuncisión no era necesaria, pero algunos cristianos, que venían de Jerusalén a Antioquía, enseñaron lo contrario, por lo que se hizo necesario consultarlo en la Iglesia.
Este concilio, que tuvo lugar en la Iglesia de Jerusalén (de Santiago), la Iglesia hasta entonces principal, pero siendo incluso la Iglesia principal la de Santiago, Pedro todavía expresaba su Primacía
“Y cuando hubo una gran disputa, Pedro se puso de pie y les dijo: 'Varones, hermanos, ustedes saben que Dios me escogió de entre ustedes hace mucho tiempo, para que los gentiles oigan la palabra del evangelio de mi boca y crean.' " Hechos 15.7
Es muy relevante notar lo que Pedro recuerda a todos: “Dios me eligió de entre vosotros hace mucho tiempo”, ya que la misión de Pedro sobre los demás Apóstoles de evangelizar a los gentiles y hacer así la Iglesia Universal, le fue conferida hace tiempo. Es a través de Pedro que la Iglesia de Cristo se hizo católica.
En Hechos 15:12 se dice que después de que Pedro habló, todos guardaron silencio. Sólo "después de terminar" (Hch. 15,13) toma la palabra Santiago para corroborar y completar lo decidido por Pedro.
La primacía de Pedro como cabeza de los Apóstoles fue afirmada desde los primeros siglos por Clemente de Alejandría, Tertuliano, Orígenes, San Cipriano de Cartago, San Cirilo de Jerusalén, San Efrén de Siria, Papa Dámaso I, San Jerónimo , Inocencio I, San Agustín.
El libro de los Hechos termina cuando la Iglesia encuentra su destino, y termina afirmando que Pablo vivió más tiempo en Roma, y durante todo este tiempo predicó allí. Es un hecho que fue martirizado con Pedro en Roma a instancias del emperador Nerón. Así lo afirman San Clemente, San Ignacio, San Ireneo y los demás Padres de los primeros siglos.
San Pedro murió en el año 67, en la ciudad de Roma, y fue sucedido por San Lino, luego por San Anacleto (como lo documenta San Irineo en el siglo II), y luego por San Clemente I, en el siglo primero.
La Fiesta de la Divina Misericordia se celebra el domingo siguiente a la Pascua de Resurrección
Esta fiesta fue propuesta por San Juan Pablo II en el año 2000
Sor M. Faustina Kowalska (1905-1938), recibió el mensaje de la misericordia de Dios, que pide por la confianza en Dios y la actitud de misericordia hacia el prójimo. Llama a proclamar y orar por la Divina Misericordia para el mundo, incluyendo la práctica de nuevas formas del culto.
La devoción a la Divina Misericordia creció muy rápidamente después de la beatificación (18 de abril de 1993) y canonización (30 de abril de 2000) de Sor Faustina y también debido a las peregrinaciones del Papa Juan Pablo II a Lagiewniki (1997 y 2002).
En el año 2000 el Papa Juan Pablo II canonizó a Santa Faustinay durante la ceremonia declaró: “Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de ‘Domingo de la Divina Misericordia’”. (Homilía, 30 de Abril, 2000). Tanto Benedicto XVI como el Papa Francisco han recomendado esta devoción.
La historia
En el año 1935, Santa Faustina le escribió a su director espiritual: "Llegará un momento en que esta obra que Dios tanto recomienda parecerá como [si fuera] en ruina completa, y entonces, la acción de Dios seguirá con gran poder, que dará testimonio de la verdad. Ella [la obra] será un nuevo esplendor para la Iglesia, aunque haya reposado en Ella desde hace mucho tiempo" (Diario 378).
De hecho, esto sí sucedió. El 6 de marzo de 1959, la Santa Sede, por información errónea que le fue presentada, prohibió "la divulgación de imagines y escritos que propagan la devoción a La Misericordia Divina en la manera propuesta por Santa Faustina". Como resultado, pasaron casi veinte años de silencio total.
Entonces, el 15 de abril de 1978, la Santa Sede, tras un examen cuidadoso de algunos de los documentos originales previamente indisponibles, cambió totalmente su decisión y de nuevo permitió la práctica de La Devoción. El hombre primariamente responsable por la revocación de esta decisión fue el Cardenal Karol Wojtyla, el Arzobispo de Cracovia, diócesis en la que nació Santa Faustina. El 16 de octubre de 1978, el mismo Cardenal Wojtyla fue elevado a la Sede de San Pedro bajo el título de "Papa Juan Pablo II".
El 7 de marzo de 1992, se declararon "heroicas" las virtudes de Sor Faustina; el 21 de diciembre de 1992, una curación por medio de su intercesión fue declarada "milagrosa"; y el 18 de abril de 1993, el Papa Juan Pablo II tuvo el honor de declarar a la Venerable Sierva de Dios, Sor Faustina Kowalska, "Beata".
En 1997 el Papa Juan Pablo II hizo una peregrinación a la tumba de la Beata Faustina en Polonia, le llamó "Gran apóstol de la Misericordia en nuestros días". El Papa dijo en su tumba "El mensaje de la Divina Misericordia siempre ha estado cerca de mi como algo muy querido..., en cierto sentido forma una imagen de mi Pontificado."
El 10 de marzo del 2000, se anunció la fecha para la canonización después de ser aceptado el segundo milagro obtenido por su intercesión. El milagro fue la curación del Padre Pytel de una condición congénita del corazón, después de las oraciones hechas por miembros de la congregación de su parroquia el día del aniversario de la muerte de Santa Faustina, en Octubre 5 de 1995.
La Secretaria de la Misericordia de Dios fue elevada a los altares por el Santo Padre el 30 de abril del año 2000, el Domingo de la Divina Misericordia. Es la primera santa que fue canonizada en el año jubilar 2000 y en el milenio.
La biografía de Santa Faustina nos narra que el Señor le recordaba frecuentemente Su deseo de que se estableciera la Fiesta de la Divina Misericordia. Ella ofreció una novena por esta intención y el 23 de marzo de 1937, martes de Semana Santa, el séptimo día de la novena Santa Faustina tuvo la siguiente visión:
“De pronto la presencia de Dios me invadió e inmediatamente me vi en Roma, en la capilla del Santo Padre y al mismo tiempo estaba en nuestra capilla...Yo tomé parte en la solemne celebración, simultáneamente aquí y en Roma...Vi al Señor Jesús en nuestra capilla, expuesto en el Sacramento de la Eucaristía en el altar mayor. La capilla estaba adornada como para una fiesta, y ese día todo el que quisiera, podía entrar.
La multitud era tan grande que la vista no podía alcanzarla toda. Todos estaban participando en las celebraciones con gran júbilo, y muchos de ellos obtuvieron lo que deseaban. La misma celebración tuvo lugar en Roma, en una hermosa Iglesia, y el Santo Padre, con todo el clero, estaban celebrando esta Fiesta, y entonces súbitamente yo vi a San Pedro, que estaba de pie entre el altar y el Santo Padre...
Entonces de repente vi como los dos rayos, como están pintados en la imagen, brotaron de la hostia y se extendieron sobre todo el mundo. Esto duró sólo un momento, pero pareció como si hubiese durado todo el día, y nuestra capilla estuvo repleta todo el día, y todo el día abundó en júbilo. Luego, vi en nuestro altar, al Señor Jesús vivo, tal como luce en la imagen.
Luego, en un instante me encontré de pie cerca de Jesús, y me paré en el altar junto al Señor Jesús, y mi espíritu estuvo lleno de una felicidad tan grande...Jesús se inclinó hacia mí y dijo con gran bondad, ‘¿Cuál es tu deseo Hija mía’ Y yo contesté, ‘Deseo que toda adoración y gloria sean dadas a Tu Misericordia’.
‘Yo ya estoy recibiendo adoración y gloria por la congregación y la celebración de esta Fiesta: ¿Qué más deseas?’ Entonces yo miré a la inmensa multitud que adoraba la Divina Misericordia y le dije a Jesús, ‘Jesús, bendice a todos aquellos que están reunidos para darte gloria y venerar Tu infinita misericordia’. Jesús hizo la señal de la cruz con su mano y esta bendición fue reflejada en las almas como un rayo de luz” (1044-1049).
Muchos ven esta visión en respecto a la canonización de Santa Faustina. Jesús le mostraba a su apóstol los frutos de su trabajo y sufrimientos.
Al final de la Canonización de Santa Maria Faustina el Santo Padre declaró el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina”, estableciendo la Fiesta de la Divina Misericordia que Jesús tanto pedía a Santa Faustina. El Santo Padre dijo:
“En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros”.
Y después de su visita a Polonia en junio del 2002,
“para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos.”
Podemos encontrar un paralelo entre los poderosos mensajes que Jesús revela a Santa Faustina: sobre la Divina Misericordia y a Santa Margarita: sobre la devoción al Sagrado Corazón. A través de ellas Dios nos manifestó y nos dio a conocer Su Misericordia encerrada en Su Sagrado Corazón.
Santa Faustina fue canonizada el 30 de abril del 2000, siendo la primera canonización del año jubilar.
Este volumen recoge los últimos treinta años de estudios y descubrimientos realizados en las catacumbas romanas. Se trata de una versión que actualiza los contenidos de la que se publicó hace más de dos décadas.
VINCENZO FIOCCHI NICOLAI
Coautor del libro
Puedo, por ejemplo, mencionar el descubrimiento un santuario hecho para un grupo de mártires en la catacumba de Marcelino y Pedro, que fue un hallazgo sensacional porque fue algo completamente inesperado. También se descubrieron pinturas importantes y por último diría que este volumen aporta novedades sobre el debate que hubo en los últimos tiempos sobre la identidad de las catacumbas y sus características.
Otro de los descubrimientos realizados fue en la catacumba de San Calixto, en la cripta de Santa Cecilia, una de las mártires más veneradas de los primeros siglos. La devoción que suscitó esta joven obligó a adaptar la cripta.
MONS. PASQUALE IACOBONE
Presidente, Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada
Los descubrimientos están relacionados con las obras que hicieron en la cripta para hacerla más accesible a los peregrinos. Porque se difunde el culto de Santa Cecilia y esta se suma a la veneración de los nueve pontífices del tercer siglo y, por tanto, con el aflujo de peregrinos que quieren visitarla deben hacer obras para agrandar y embellecer la cripta. Y esto no se sabía antes.
Lo que trata de demostrar esta nueva edición de “Las catacumbas cristianas de Roma. Historia, Imagen y epigrafía” es que aún queda mucho por estudiar y conocer sobre las primeras comunidades de seguidores de Cristo.
A esta advocación responde la Basílica de Santa María la Mayor
"María es modelo de escucha, acogida, humildad, fidelidad y espera, virtudes importantes y fundamentales en la construcción de una sociedad más justa, madura y responsable, capaz de hacer redescubrir los valores profundos del corazón humano." Benedicto XVI
Esta fiesta de la Santísima Virgen tiene su origen en la leyenda romana que la liturgia nos recuerda. En tiempo del papa Liberio, segunda mitad del siglo IV, existía en Roma un matrimonio sin hijos. La noche del 4 de agosto, la Virgen se les aparece en sueños, y por separado, para indicarles su voluntad de que se levante en su honor un templo en el lugar que aparezca cubierto de nieve en el monte Esquilino. Cuando los dos esposos fueron a hablar al Papa Liberio, este había tenido la misma revelación que ellos.
Se organizó una procesión al monte Esquilino, y allí vieron un trozo de campo acotado por nieve fresca y blanca. El Papa mandó construir la basílica y él mismo dio el primer golpe con el pico. El santuario de Nuestra Señora de las Nieves es conocido hoy en día como la Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro grandes basílicas de Roma, junto a San Pedro, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán.
La leyenda no aparece hasta el siglo X o XI, y tuvo bastante aceptación popular. Un discípulo del Giotto la inmortalizó en unos lienzos que pintó para la basílica. En un cuadro aparece el papa Liberio dormido, con la mitra al lado; encima, ángeles y llamas, y, delante, la Virgen que le dirige la palabra. En otro cuadro aparece Juan Patricio, a quien se le aparece también la Virgen. Otra pintura nos presenta a María haciendo descender la nieve sobre el monte Esquilino.
La devoción a la Virgen de las Nieves arraigó fuertemente en el pueblo romanoy llegó a extenderse por toda la cristiandad. En su honor se levantan hoy templos por todo el mundo, y son muchas las mujeres cristianas que llevan este nombre de la Santísima Virgen: Nieves.
Santa María la Mayor
La basílica de Santa María la Mayor parece ser que fue la primera iglesia que se levantó en Roma en honor de María y podemos decir, lo mismo que se afirma de San Juan de Letrán en un sentido más general, que es la iglesia madre de todas cuantas en el mundo están dedicadas a la excelsa Madre de Dios. Por esto, y por ser una de las iglesias más suntuosas de Roma, mereció el título de la Mayor. Así se la distinguía de las otras sesenta iglesias que tenía la Ciudad Eterna dedicadas a Nuestra Señora.
La primitiva iglesia no estaba consagrada a María. Se llamaba la basílica Sociniana. En su recinto lucharon los partidarios del papa Dámaso con los secuaces del antipapa Ursino a finales del siglo IV. En este tiempo se llamó también basílica Liberiana por su fundador, el papa Liberio.
En el siglo V es reconstruida por Sixto III (432-440). Este mismo Papa es el que consagra el templo a la Virgen. Desde este momento el nombre de María se va a hacer inseparable de este templo.
Este templo que renueva Sixto III en honor de la Theotokos es el eco romano de la definición de los padres de Efeso. La ciudad entera se apresta a levantar y hermosear esta basílica. Se levanta un arco de triunfo y sobre la puerta de entrada se lee una inscripción que empieza con estas palabras: "A ti, oh Virgen María, Sixto te dedica este nuevo templo... "
En el siglo VII una nueva advocación le nace a estaiglesia: Santa María ad praesepe, Santa María del Pesebre. La maternidad de María acaba por llevar la devoción de los fieles al portal de Belén, a Jesús. Como siempre: por María, a Jesús.
Al lado de la basílica surge una gruta estrecha, oscura y recogida como la de Belén. Allí irán los papas a celebrar la misa del gallo todas las Nochebuenas, y se enseñaban los maderos del pesebre en el cual había nacido el Hijo de Dios y trozos de adobes y piedras que los peregrinos habían traído de Tierra Santa.
En esta basílica el Papa proclamó a la Virgen como Reina de cielos y tierra. Se alberga aquí a la Virgen María, salvadora del pueblo romano «Salus Populi Romani». En varias situaciones de gran necesidad se le ha sacado en procesión. En una ocasión acabó con la plaga en Roma.
Desde el comienzo de su pontificado, Juan Pablo II quiso que una lámpara estuviera encendida de día y de noche bajo el icono de María, Salus, como testimonio de su gran devoción.
Durante el tiempo pascual, la Iglesia Universal se une en la oración del Regina Coeli o Reina del Cielo
La Iglesia se une con alegría, junto a la Madre de Dios, por la resurrección de su Hijo Jesucristo, hecho que marca el misterio más grande de la fe católica.
El rezo de la antífona de Regina Coeli fue establecida por el Papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual, desde la celebración de la resurrección hasta el día de Pentecostés, al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.
Dela misma manera que el Ángelus, el Regina Coeli se reza tres veces al día, al amanecer, al mediodía y al atardecer como una manera de consagrar su día a Dios y la Virgen María.
No se conoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los Frailes menores Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.
La oración:
G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.
T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.
G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.
T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.
Oremos:
Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. (tres veces)
Reina del Cielo
Las palabras de apertura del himno pascual de la Santísima Virgen, es la recitación prescrita en el Breviario romano de las Completas del sábado Santo hasta la hora nona del sábado después del Pentecostés inclusive. Este himno es para ser cantado en coro y de pie. En la ilustración de esta vista el himno forma una estrofa sintónica, es decir una según el acento de la palabra y no según la cantidad de la sílaba, Esto va como sigue.
Regina coeli laetare, Alleluia, Quia quem meruisti portare. Alleluia, Resurrexit, Sicut dixit, Alleluia. Ora pro nobis Deum. Alleluia.
En los dos primeros versos (Regina y Quia) el acento cae en la segunda, cuarta y séptima sílabas. (La palabra Quia se cuenta como un sola sílaba); en los dos segundos versos ("Resurrexit", "Sicut dixit) el acento cae en la primera y tercer sílabas. El aleluya sirve como un estribillo.
De autor desconocido el himno se remonta desde al siglo 12. Era repetido por los Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo.
Fue incorporado a la oficina de curia Romana-Minorista junto a otros himnos marianos. El cual por la actividad de los Franciscanos fué popularizado muy pronto en todas partes. Y por orden de Nicolas III (1277-1280) reemplazó los libros mas viejos de oficina en todas las iglesias de Roma.
El Regina Coeli toma el lugar del Angelus durante el tiempo Pascual.El autor de Regina Coeli es desconocido pero la leyenda dice que San Gregorio el Grande (d.604) escuchó las tres primeras líneas cantadas por Ángeles cierta mañana pascual en Roma mientras el caminaba descalzo en una gran procesión religiosa y que el Santo agregó con eso la cuarta línea: favorables nobis Deum del "Ora. Alleluia".
La autoría también se le ha atribuido a Gregorio V, pero sin buena razón. Las melodías hermosas del canto llano (una forma simple y adornada) son variablemente dadas en el Antifonario de Ratisbona y en las Solesmes “Liber Usualis” de 1908, el ornato dado en el último trabajo, con signos rítmicos agregados, son muy atractivos. La melodía típica oficial se encontrará en el Antifonario del Vaticano (1911).
Solamente se da una de la melodía. Las diferentes longitudes silábicas de las líneas, hace el himno difícil de traducir con fidelidad en un verso inglés. El himno ha sido frecuentemente tratado musicalmente por dos compositores polifónicos y modernos.
¿Cómo se explica? ¿Pudo ser robado el cuerpo de Cristo?
La Pascua es la fiesta central de la cristiandad. No hay otra celebración más importante dentro del calendario litúrgico. La palabra «Pascua» viene del idioma hebreo (pesáh) y del griego (pascha) y significa justamente «paso»; el «paso» de Jesús de la muerte a la vida.
Ese hecho «sucedido en la historia y al mismo tiempo un misterio de fe» es el centro de la vida cristiana. Así lo explica el profesor César Izquierdo, vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, en una entrevista concedida a ABC para aclarar que hay de mito y realidad en la resurrección de Jesús.
-La resurrección de Jesús, ¿es un hecho o un mito?
-La resurrección de Jesús es un hecho acaecido en la historia y en nuestro mundo. No es, por tanto, un mito que solo tiene una relación simbólica con la existencia humana, como afirmó Bultmann el siglo pasado, y siguen afirmando, con matices distintos, autores contemporáneos.
La Resurrección de Cristo (Piero della Francesca)
Pero la resurrección de Jesús no fue una vuelta a su anterior existencia humana, como había sucedido con Lázaro que, resucitado por Jesucristo, volvió a la vida y posteriormente moriría definitivamente. Jesús resucitó con su cuerpo pero a una vida no ya de este mundo, sino en Dios. Así realizó en él lo que sucederá al final del tiempo a todos los hombres.
-¿Qué pruebas hay de que Jesús realmente resucitó?
-La resurrección es un hecho sucedido en la historia y al mismo tiempo es un misterio de fe. Las «pruebas» de la resurrecciónson, en primer lugar, el valiente testimonio de los testigos, avalado por el sepulcro vacío en el que ya no estaba el cadáver de Jesús, y por las apariciones del Resucitado. Los testigos que afirmaban haberse encontrado verdaderamente con Jesús resucitado eran los mismos que lo habían abandonado por miedo durante la pasión.
Como dice Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret, «algo debió pasar» para que los apóstoles, que habían huido cobardemente de Jerusalén durante la pasión de Jesús, volvieran a los pocos días llenos de ardor a predicar que Cristo había resucitado; lo que pasó fue que el que había muerto en la cruz, resucitó.
El testimonio de los apóstoles y de las mujeres que permanecieron fieles durante la pasión es coherente con el sepulcro vacío, sin el cual la resurrección carecería de objeto. A su vez las apariciones dan a conocer lo que había sucedido con el cuerpo de Jesús. El sepulcro vacío y las apariciones se implican mutuamente, y muestran que el testimonio apostólico, que afirma que Jesucristo resucitó verdaderamente, cuenta con un fundamento sólido.
«Jesús resucitó con su cuerpo pero a una vida no ya de este mundo, sino en Dios. Así realizó en él lo que sucederá al final del tiempo a todos los hombres»
-¿Qué ocurre después de que Jesús dejase la sepultura?
-Después de resucitado, Jesús no está sometido a las leyes del espacio y tiempo como durante su vida mortal. Está cercano a los hombres, como lo muestran las apariciones a los discípulos (en una ocasión «a más de quinientos hermanos» afirma san Pablo), pero no está disponible en un «aquí» determinado. Hasta la Ascensión, el Señor hace notar que está cerca de los discípulos, pero se muestra cuando y donde lo desea para fortalecer su fe.
-La resurrección de Jesús coincide cronológicamente con la celebración de la Pascua. Es decir, ¿era domingo cuando se produjo la resurrección?
-Jesús resucitó al tercer día, como afirma las Escrituras. Es decir, murió el día anterior al sábado de la Pascua judía, estuvo en el sepulcro ese sábado y resucitó al día siguiente. Entonces ese día no se llamaba domingo, sino el primer día después del sábado.
Precisamente la palabra «domingo» viene del modo en que los primeros cristianos lo llamaron: el dies Domini, es decir, el día del Señor, el día de la resurrección de Jesús. La Pascua judía generalmente coincide con el plenilunio de primavera, que puede caer cualquier día de la semana. Los cristianos, en cambio, siempre celebran la Pascua el domingo siguiente al plenilunio después de primavera (por tanto, después del 21 de marzo).
«La resurrección de Jesús no tiene una explicación natural, sino que es un puro don, una gracia radica»
-¿Creen los cristianos realmente que Jesús resucitó de entre los muertos?
-La fe en la resurrección de Cristo es el centro de la fe cristiana. Subraya además un aspecto clave de esa fe que consiste en tomar en serio la encarnación. Cristo no es una idea o prototipo espiritual que sirve de inspiración para las diversas experiencias humanas; también es eso, pero sobre todo es el Hijo de Dios hecho hombre, el Mediador entre Dios y los hombres. Del mismo modo, la resurrección de Jesús no es una simple imagen aceptable para un espiritualismo desencarnado, sino un hecho que afecta esencialmente al cuerpo de Jesús que vence a la muerte y vive en la
unidad personal de Jesucristo, muerto y resucitado. Porque Cristo ha resucitado, nuestra fe es firme y aparece atestiguada por el mismo Dios. La resurrección del Señor es lo que garantiza que su enseñanza, su vida, su infinito amor a los hombres, su entrega amorosa en la Pasión no era algo simplemente humano, por muy ejemplar y heroico que se pudiera considerar, sino que respondía a la presencia misma de Dios entre los hombres.
Con su resurrección, Jesucristo manifiesta de modo pleno y confirma que es el Hijo de Dios hecho hombre. San Pablo dejó escrito algo que los cristianos comprendemos muy bien: si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres.
«Las 'pruebas' de la resurrección son el valiente testimonio de los testigos, avalado por el sepulcro vacío en el que ya no estaba el cadáver de Jesús, y por las apariciones del Resucitado»
-¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?
-La resurrección de Jesús no tiene una explicación natural, sino que es un puro don, una gracia radical. Así como los acontecimientos humanos se preparan con lo que ocurre antes, y se puede saber más o menos lo que va a suceder, no pasa lo mismo con la resurrección del Señor. Humanamente, todo terminó con la muerte de Jesús en la Cruz. La resurrección es un hecho completamente nuevo, impredecible para los hombres aunque Cristo lo había anunciado,
junto con su pasión. Mirando las cosas con atención, se ve sin embargo que, aunque nosotros no podemos explicar la resurrección porque es como una nueva creación, en cambio la resurrección lo explica todo: la vida, la muerte, el dolor, el perdón y la misericordia de Dios, la libertad y la responsabilidad humanas, lafidelidad a Dios y la entrega a los hermanos… Por la resurrección de Cristo, el cristiano solo puede mirar a la vida y a la muerte con optimismo y esperanza. Todos estamos llamados a unirnos a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado.
«Su resurrección «subraya un aspecto clave de la fe cristiana que consiste en tomar en serio la encarnación. Cristo no es una idea o prototipo espiritual que sirve de inspiración para las diversas experiencias humanas»
-¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?
-Del robo del cuerpo de Jesús ya se habla en el evangelio de san Mateo, cuando los jefes del pueblo aconsejaron a los soldados que habían sido testigos de los signos de la resurrección que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. Así que esa posibilidad es vieja, aunque algunos la han seguido renovando en relatos fantasiosos sobre la vida de Cristo. Nadie puede pensar seriamente que un engaño de ese tipo hubiera podido perdurar.
En todo caso, las apariciones del Señor muestran que el cuerpo de Jesús no podía estar en ningún otro lugar que donde estaba él mismo. Finalmente, no es pensable que los discípulos de Cristo estuvieran dispuestos a dar su vida, y la dieran de hecho, por un engaño fabricado por ellos mismos. Si la dieron es porque sabían que verdaderamente Jesús de Nazaret, que había entregado su vida voluntariamente por amor a los hombres, había resucitado y seguía siendo el Señor.
La resurreción de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas. Los Apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído.
Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios:
«Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).
Sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.
De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. Aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.
En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida, pero es posible un triunfo sobre la muerte.
Por eso, las afirmaciones de los Apóstoles explican un hecho que jamás habrían imaginado: Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte».
Un plano detallado de las capillas y las características de la Iglesia
La Iglesia del Santo Sepulcro conmemora el lugar tradicional de la muerte y resurrección de Jesús
Lo que empezó siendo un lugar de ejecución y enterramiento se ha transformado en una magnífica y compleja iglesia a lo largo de los siglos: primero, en el siglo IV d.C., como Iglesia Constantiniana de la Resurrección; después, en el siglo XI, tras una reconstrucción; y luego, en el siglo XII, como Iglesia del Santo Sepulcro tras los cambios realizados durante el reinado de los reyes cruzados.
Esta última renovación ha resistido la prueba del tiempo y, en su mayor parte, es lo que los visitantes de la iglesia ven hoy.
Características de la Iglesia del Santo Sepulcro
Plano de la Roca del Calvario - Basílica del Santo Sepulcro.
Este plano muestra las principales partes de la Iglesia del Santo Sepulcro:
Plano de las capillas del Santo Sepulcro.
El complejo de la iglesia actual reúne numerosas capillas, estaciones del Vía Crucis y otros elementos. En este plano, están marcados los elementos principales de la iglesia con los números correspondientes a la lista que figura a continuación:
Justin L. Kelley enseña en la Universidad Life Pacific de San Dimas, California. Es autor de The Church of the Holy Sepulchre in Text and Archaeology: A Survey and Analysis of Past Excavations and Recent Archaeological Research with a Collection of Principal Historical Sources (Oxford: Archaeopress, 2019).