La misión invisible: el Espíritu Santo, “dulce huésped del alma” [69]. Nos hace hijos de Dios, “porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios (...), pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 14 y 16). Ese testimonio es el amor filial en nuestra alma, que queremos que gobierne nuestro día: fuego y viento impetuoso.
En Pentecostés comienza desde Jerusalén el camino de la Iglesia entre las naciones. “Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia...” (Hch 2, 9), la humanidad convocada a recibir el don del Resucitado.

La Iglesia, visiblemente, es un Pueblo; constitutivamente, el Cuerpo de Cristo; operativamente, sacramento de salvación. Pueblo de Dios, informado y unido por el Espíritu Santo, con el Papa como principio visible de la unidad de fe y comunión.
La Iglesia es también un conjunto de hombres débiles, que necesitamos ser continuamente enseñados por el Espíritu Santo. “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14, 26).
Nos enseña la verdad sobre Dios, sobre el mundo, sobre los demás, sobre nosotros mismos. La verdad que nos hace libres (cfr. Jn 8, 32).
María en Pentecostés: hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa del Espíritu Santo, madre de la Iglesia naciente.
Fernando Ocáriz , A la luz del Evangelio
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“La lectura de los Hechos de los Apóstoles narra cómo el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, bajo los signos de un viento impetuoso y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los discípulos de Jesús y así da origen a la Iglesia”.
En ese momento los apóstoles comienzan su misión de anunciar la Palabra de Dios en toda lengua y lugar.
En muchos lugares del mundo se celebra la fiesta de Pentecostés en la noche del sábado con una vigilia. Benedicto XVI presidirá la Misa de Pentecostés en la basílica de San Pedro el domingo por la mañana.
En su homilía dijo que la Iglesia traspasa todas las fronteras y se refirió a ella como el hogar de la humanidad.
“La Iglesia es por su naturaleza una y múltiple, destinada a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los más diversos contextos sociales. Responde a su vocación, de ser signo e instrumento de unidad de todo el género humano, sólo si es autónoma de todo Estado y de toda cultura particular”.
El Papa destacó la universalidad de la Iglesia. Dijo que la Iglesia es y debe ser católica y universal. Algo que quedó patente después de escuchar los idiomas utilizados durante la celebración.
Chica
“¿Cómo es posible que cada uno de nosotros lo escuche en su lengua nativa?
“La llama del Espíritu Santo arde perono quema. Transforma para que salga la mejor parte y la más verdadera del hombre. Hace emerger su forma interior, su vocación a la verdad y al amor”.
El Domingo de Pentecostés marca el último día de Pascua y conmemora el relato evangélico de la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles.
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El relato de los Hechos de los Apóstoles. Entre los convertidos por el diácono Felipe (v.) en Samaria estaba un hombre llamado Simón, mago, que tenía embelesados a los habitantes de la región con sus artes y doctrinas. Considerándole «algo grande» le llamaban «la fuerza de Dios». Bautizado, perseveraba junto a Felipe viendo las señales que hacía (Act 8,4-14).
La palabra mago puede indicar toda clase de prácticas mágicas: magia vulgar; encantaciones, sortilegios, nigromancia o astrología; todas ellas comunes en el Imperio romano. A veces se emplea como sinónimo de sabio, conocedor de la naturaleza o astrólogo (Mt 2,1).
Los Apóstoles Pedro y Juan bajan a visitar a los neoconversos y al imponerles las manos, reciben el Espíritu Santo con los carismas especiales que solían acompañar. Simón, admirado de la actuación de los Apóstoles, les ofrece dinero para comprar su poder. Pedro le responde duramente: «Tu dinero para tu perdición, pues pensaste que el de Dios se puede comprar; no tienes parte en eso». Simón, aterrado por la imprecación, pide que rueguen por él para evitar el castigo (Act 8,14-24). Derivado de Simón, en adelante se llamará simonía al pecado de querer comprar las cosas espirituales y los dones de Dios por dinero.
El códice D o recensión occidental añade que Simón lloró largo tiempo su pecado, lo que da la impresión de una conversión sincera; cosa no muy de acuerdo con la literatura posterior sobre él.

El primero en hablar de Simón es su paisano San Justino mártir, nacido a principio del s. 11 en la actual Naplusa, distante sólo 10 Km. de la aldea natal de Simón (1a Apología, 26,1-3; 56,2-3: PG 6,368,413; Dial. con Triphon, 120: PG 6,753). Su testimonio es, pues, de consideración, aunque hay en él un malentendido.
Dice que Simón nació en Gittón, aldea samaritana, y que a causa de ciertos prodigios mágicos, obrados con ayuda del diablo en Roma, fue reconocido como Dios, por lo que el pueblo romano le dedicó una estatua en la Isla tiberina con la inscripción: Simoni Deo Sancto, y pide al Senado que la estatua sea destruida. Pero Justino leyó mal la inscripción, que en realidad decía Semoni Sanco deo lidio, según una lápida aparecida en 1574; Semo Sanco era la divinidad sabina de los juramentos.
De su actividad en Samaría dice: casi todos le confesaban como el primer dios y le adoraban; en su actividad iba acompañado de una tal Elena, prostituta de Tiro, librada por él, que decía ser su primera Idea, a través de la cual habría creado él los demás seres. Ireneo (Adv. Haer., 1,23,2: PG 7,671-672) amplía estos datos con una exposición de las teorías de Simón. Igualmente tratan de él Clemente Alejandrino, Tertuliano, Orígenes, Eusebio, etcétera.
En unas excavaciones realizadas en Samaría en 1933 por M. Crowfoot en las ruinas de un templo aparecieron dos bajorrelieves; dos conos coronados por una estrella. Vincent ve en ellos a los dos Dióscoros y en el centro una diosa, Elena, la hermana de Cástor y Pollux.
El templo sería de los s. I-III y ello confirmaría la presencia de la religión de la tríade en Samaría y la actividad de Simón, en la que Elena juega un papel importante (H. Vincent, Le culte d'Héléne á Samarie, «Rev. Biblique», 1936, 221-232). Si Simón tenía relación con esto, cosa que otros no admiten, su magia sería la astrología, usada en las prácticas de este culto.
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Simón se llamaba a sí mismo el Poder supremo, «Pater super omnia». Elena era su primer Pensamiento, por medio del cual habría creado los ángeles. Éstos habían creado el mundo y habían obligado a Elena a reencarnarse de mujer en mujer; fue la Elena de Troya y últimamente la prostituta de Tiro. Simón se había encarnado para librarla, para que los hombres puedan salvarse por ella.
Él era quien se había encarnado como Hijo en Judea; continuaba como Padre en Samaría y se presentaba como Espíritu Santo en el mundo. San Jerónimo pone en él estas palabras: «Ego sum sermo Dei, ego sum speciosus, ego Paracletus, ego omnipotens, ego omnia dei» (In Mth. 24,5: PL 26, 176).
Aunque sus seguidores ampliaron el sistema gnóstico, las bases del mismo ya están en lo dicho: un ser supremo, una serie de seres o eones enlazando los dos mundos y creando el mundo material, un elemento divino prisionero de la materia, el docetismo.

A la vista de lo expuesto ya es más fácil hacer una valoración exacta. Cuando Felipe llega a Samaría, ya hacía tiempo que Simón practicaba la magia para afianzar sus doctrinas y ser considerado por sus paisanos. Por eso las gentes, fuera de sí, le decían «La Fuerza de Dios, llamada Grande».
No era, pues, para ellos un mago vulgar, sino un ser superior, Dios o virtud divina morando en él, según su doctrina. Samaría, por su contacto con la civilización helénica, era un terreno muy apropiado para estas prácticas mágicas, así como para el sincretismo religioso de la doctrina de Simón.
Es muy difícil aceptar su conversión como sincera o real; ya los Santos Padres le consideraron hipócrita. Si permanecía al lado de Felipe, sería esperando poder sorprender los secretos del arte del que consideraba un mago más hábil que él mismo. Al no poder descubrir el secreto de los Apóstoles, decide comprárselo. Su petición de que rueguen por él no es por arrepentimiento, sino por miedo ante la imprecación.

En el año agrícola, Pentecostés era la segunda fiesta del calendario, la fiesta de la cosecha. Se celebraba cincuenta días después de Pascua (Pesaj), que recordaba la salida de Egipto del pueblo de Israel. En Pentecostés, los primeros frutos se ofrecían a Dios en ofrenda. La fiesta de Pentecostés ponía término también a las festividades agrícolas.
Lentamente, se asoció a esta celebración el recuerdo de la transmisión de las Tablas de la Ley a Moisés, es decir, la fundación de la religión judía. La fiesta de la cosecha se convirtió, entonces, en la celebración de la Antigua Alianza entre el Señor y su pueblo.
Como los judíos, los cristianos celebran Pentecostés cincuenta días después de Pascua. Y si la Pascua es para ellos la conmemoración de la Resurrección de Cristo, Pentecostés marca el momento en que el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos.
En el día de Pentecostés ellos abrieron su inteligencia a la fe. Para los cristianos, esto significa la alianza renovada entre Dios y su pueblo, una nueva alianza. En otras palabras, para la Iglesia, Pentecostés constituye su «certificado» de nacimiento.
Shavuot es la fiesta judía en la que se conmemora la entrega de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios a Moisés en el monte Sinaí, tras la huida del pueblo de Israel de Egipto.
Por eso tiene lugar siete semanas después de la Pascua, que es la fiesta más importante para los judíos, pues celebra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del Faraón. En hebreo “Shavuot” quiere decir “semanas” y también significa juramento: la alianza que Dios hizo con su pueblo por medio de la Ley.

Se celebra como un día de descanso en el que no se trabaja y se cena en familia, como en shabat. En las sinagogas se hace una lectura de los Diez Mandamientos y también se acostumbra a permanecer despiertos toda la noche estudiando la Torá. Este texto incluye los cinco primeros libros de la Biblia que, según la tradición, fueron escritos por Moisés. Estos libros son los que el cristianismo denomina Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio).
Esta fiesta también tiene una vertiente agrícola, ya que los agricultores ofrecen a Dios los primeros frutos de las cosechas.
En tiempos de Jesús, y aún todavía hoy, judíos de todo el mundo peregrinaban a Jerusalén para venerar a Dios en el Templo durante las tres fiestas más importantes: Pascua, Shavuot y Sucot. Los cristianos celebran la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que tuvo lugar el día de Shavuot, y pasó a llamarse Pentecostés (del griego quincuagésimo) porque ocurrió cincuenta días después de la Pascua.

Tras recibir el Espíritu Santo, según narran los Hechos de los Apóstoles, “comenzaron a hablar en otras lenguas”. Judíos de todas las regiones del mundo que se encontraban en Jerusalén para la fiesta de Shavuot fueron testigos de esto y se preguntaban sorprendidos:
“¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestros idiomas de las maravillas de Dios”. (Hechos 2, 7-12)
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La resolución judicial ordena la confiscación de todos los bienes del monasterio —incluyendo propiedades, bibliotecas, reliquias e invaluables manuscritos e iconos— y establece que su gestión pasará íntegramente al Estado. A los veinte monjes que integran la comunidad se les restringe el acceso a algunos espacios, permitiéndoseles permanecer solo con fines litúrgicos y bajo condiciones impuestas por las autoridades civiles.
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Justino nació el año 100 en Naplusa (Palestina), ciudad romana y pagana, construida en el emplazamiento de la antigua Siquem, no lejos del pozo de Jacob, donde Jesús anunció a la Samaritana el culto nuevo. Naplusa era una ciudad reciente en la que florecían el granado y el limonero, encajada entre dos colinas a mitad de camino entre la frondosa Galilea y Jerusalén.

Los padres de Justino eran colonos acomodados; puede que fueran de esos veteranos dotados de tierras por el Imperio; esto explicaría en el filósofo su rectitud de carácter, su gusto por la exactitud histórica. No posee ni la flexibilidad ni la sutilidad dialéctica de un heleno. Vivió en contacto con judíos y samaritanos.
De naturaleza noble, prendado de lo absoluto, desde joven supo gustar la filosofía, en el sentido que entonces se le daba: no una especulación, sino persecución de la sabiduría que lleva a Dios. La filosofía lo condujo, etapa tras etapa, hasta el umbral de la fe. El mismo Justino nos cuenta, en el Diálogo con el judío Trifón, el largo itinerario de su búsqueda, sin que nos sea posible distinguir entre el artificio literario y la autobiografía.
En Naplusa siguió primero las clases de un estoico y después las de un discípulo de Aristóteles, al que abandonó pronto para acudir a un platónico. En su ingenuidad, esperaba que la filosofía de Platón le permitiría «ver inmediatamente a Dios».
Retirado a la soledad, meditaba sobre la visión de Dios, sin que su inquietud se sosegase, cuando tuvo lugar el encuentro nocturno con aquel anciano en la playa. Éste le mostró que el alma humana no podía alcanzar a Dios por sus propios medios; el cristianismo era la única verdadera filosofía, que lleva a su cumplimiento todas las verdades parciales: «Platón prepara para el cristianismo».
La Iglesia acogió a Justino y, con él, a Platón. Cuando se hizo cristiano en el año 130, el filósofo, lejos de abandonar la filosofía, afirma haber encontrado en el cristianismo la única filosofía segura que colma todos sus deseos. Siempre lleva puesto el manto de los filósofos. Para él es un título de nobleza.
Justino sabía ver la parte de verdad contenida en todos los sistemas. Le gustaba decir que los filósofos eran cristianos sin saberlo. Y justifica esta afirmación con un argumento tomado de la apologética judía, que pretendía que los pensadores debían lo mejor de sus doctrinas a los libros de Moisés. Para él, el Verbo de Dios ilumina a todos los hombres, lo cual explica las partes de verdad que se encuentran en los filósofos.
Los cristianos no tienen nada que envidiarles, porque poseen al Verbo mismo de Dios, que no solamente guía la historia de Israel, sino toda búsqueda sincera de Dios. Esta generosa visión de la historia encierra una intuición de genio que, después de Ireneo de Lyon, será recogida desde san Agustín a san Buenaventura, y más recientemente por Maurice Blondel. Está particularmente cercana a nuestra problemática de hoy día.
Justino no se preocupa más que de la doctrina y de la autenticidad del testimonio. Los argumentos que desarrolla tienen una historia: la suya propia. El ha conocido personalmente las tentaciones contra las que nos pone en guardia. El testimonio de la obra de Justino conserva todo su valor para aquel que se decide a seguirlo.
Nadie ha creído en Sócrates hasta morir por lo que éste enseñaba. Pero, por Cristo, artesanos y hasta ignorantes han despreciado el miedo a la muerte». Estas nobles palabras las dirige Justino al Senado de Roma. También a él le toca aceptar la muerte por la fe que había recibido y transmitido. En el momento de su martirio, el filósofo cristiano no está solo, sino rodeado de sus discípulos. Las actas nos citan seis de ellos. Esta presencia, esta fidelidad hasta en la muerte, eran el homenaje más emocionante que se pueda ofrecer a un maestro de sabiduría.

En este hombre de hace dieciocho siglos percibimos el eco de nuestras inquietudes, de nuestras objeciones y de nuestras certezas. Es un contemporáneo nuestropor su apertura de alma, por su voluntad de diálogo, por su capacidad de comprensión.
Justino, un laico, un intelectual, ilustra el diálogo que comienza entre la fe y la filosofía, entre cristianos y judíos, entre Oriente, donde él había nacido, y Occidente, donde abre una escuela: en Roma al cabo de numerosas etapas. Su vida fue una larga búsqueda de la verdad. Para este filósofo, el cristianismo no es una doctrina, ni siquiera un sistema, si no una persona: el Verbo encarnado y crucificado en Jesús, que le desvela el misterio de Dios.
Había viajado, interrogado, sufrido, con el fin de encontrar lo verdadero. Sin duda por esta razón nosotros descubrimos detrás de lo que él descubre un desprendimiento, incluso una desnudez que es lo que avala a su testimonio. Este filósofo del año 150 está más cercano a nosotros que muchos de los pensadores modernos. Muere el año 165.
Fuente: Hamman, Adalbert G. La vida cotidiana de los primeros cristianos
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Nos habla de una sociedad altamente civilizada, supuestamente en la cumbre de su apogeo; una sociedad que, no obstante ello, y mientras disfruta del confort y la opulencia, se revuelca en el hastío y la inmoralidad, el libertinaje y la decadencia. Una época, en suma, similar en muchos aspectos a la nuestra, aunque muy alejada de nosotros en el tiempo. Me refiero a la Roma Imperial, apenas sesenta años después del nacimiento de Cristo, y a la obra maestra del mejor novelista polaco, Henryk Sienkiewicz, Quo Vadis? (1896). Así es descrita la gran capital del Imperio por el autor:
«Roma gobernaba el mundo, es cierto; pero a la vez era la úlcera del mundo. De ella emanaban ya las pestilencias de un cadáver. Sobre su putrefacta existencia empezaban ya a caer las sombras de la muerte. […] [Petronio] veía la existencia de aquella ciudad señora del mundo como una danza loca, una verdadera orgía que tocaba ya a su término».
Se ha dicho que nadie ha logrado retratar mejor que Sienkiewicz el amplio panorama de la civilización romana en el punto más álgido de degeneración del Imperio, ni presentar de forma tan creíble y vívida a los primeros cristianos.
La obra es grandiosa, tanto por su extensión como por su calidad literaria y magnificencia artística. Es apabullante y perturbadora; cruda y tierna; inspiradora e instructiva. En el discurso de su presentación como galardonado con el Premio Nobel, el poeta sueco y secretario de la Academia, Carl David af Wirsén, escribió:
«Quo Vadis? describe excelentemente el contraste entre el paganismo sofisticado pero gangrenado, con su orgullo, y el cristianismo humilde y confiado; entre el egoísmo y el amor, el lujo insolente del palacio imperial y el ensimismamiento silencioso de las catacumbas.
Las descripciones del incendio de Roma y las sangrientas escenas del anfiteatro no tienen parangón; (…) otra escena particularmente hermosa es el episodio, iluminado por la puesta de sol, en el que el apóstol Pablo va a su martirio repitiéndose a sí mismo las palabras que una vez había escrito: “He peleado una buena batalla, he terminado mi curso, he mantenido la fe” (2 Tim. 4:7)».
Por supuesto, la novela no pretende ser una crónica histórica, no obstante apoyarse en una situación histórica determinada y retratarla con bastante fidelidad. Parte de un pasaje bien descrito por Tácito en sus Anales (15, 44), y sobre él construye Sienkiewicz una gran obra.
El propio autor afirmó más tarde que la idea de la novela le surgió gracias a sus repetidas lecturas de Tácito, y que tomó forma concreta cuando el pintor Henryk Siemiradzki, durante uno de sus paseos conjuntos en Roma, le llevó a la capilla Domine Quo Vadis (Santa Maria delle Piante) en el cruce entre la Vía Apia antigua y la Vía Ardeatina.
Pero, al lado de la grandiosidad de Roma, con sus amplias avenidas y estrechas callejuelas, sus palacios, acueductos y templos, con su Palatino y su Coliseo, todos ellos transitados por Nerón, Petronio, Pedro, Pablo o Popea, de la decadencia y podredumbre de una civilización, del nacimiento y la aurora de una nueva época, y de las crueldades y martirios a que dio lugar, aparece el tema de la intolerancia, y su consecuencia más visible: la tiranía de quien acepta todo, salvo la Verdad, manifestada en la persecución cristiana y en la Iglesia de los mártires y las catacumbas.
Se ha dicho —y creo que con razón— que la obra aborda el inmenso problema del bien y del mal, y que lo hace como entidad histórica. Al elegir una época en la que el bien y el mal convivían en sus formas más extremas, el autor dispuso de un escenario inmejorable para su drama. Roma era el centro de aquel universo en un sentido que ninguna ciudad moderna —ni siquiera Londres o Nueva York— puede igualar. Todo lo que se decía o pensaba en el mundo del siglo I gravitaba hacia Roma, como bien sabía Tácito.
Es probable que una de las motivaciones de Sienkiewicz residiera en el hecho de que Polonia, en 1896, estaba sometida al dominio de un tirano, como lo estaba Roma en tiempos de Nerón. Y esto, por supuesto, tiene que ver con la verdad y con el verdadero sentido de la tolerancia.
Quo Vadis? no es solo una apasionante historia de amor y aventura, sino también una profunda meditación sobre la condición humana, ambientada en un mundo de corrupción y violencia, donde, de manera milagrosa, brotan la fe y la esperanza de la mano del amor.
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En las entrañas del volcán Cabezo María, en el municipio de Antas (Almería), un equipo de arqueólogos descubrió los restos de una iglesia excavada en roca y espacios monásticos que, según los especialistas, podrían transformar la comprensión del cristianismo primitivo en la península ibérica.
El hallazgo fue confirmado por el laboratorio MEMOLab de la Universidad de Granada y documentado por National Geographic, medio que destaca su relevancia para reinterpretar los vínculos históricos entre Bizancio y la región andaluza.
El yacimiento, ubicado en un antiguo volcán que domina el paisaje de Antas, revela una estructura religiosa singular, tallada en la roca y compuesta por tres naves de grandes proporciones. El tamaño de la iglesia resulta inusual para su época y contexto geográfico, lo que sugiere la importancia simbólica que tuvo el enclave.

La edificación, integrada en la escarpada orografía del Cabezo María, parece haber sido diseñada para aprovechar tanto el aislamiento natural del cerro como su carga simbólica. Según el equipo de MEMOLab, esta localización refuerza la hipótesis de que se trataba de un lugar deliberadamente escogido con fines espirituales.
Además de la iglesia, los arqueólogos identificaron espacios anexos que evocan los monasterios excavados en roca de Capadocia, en la actual Turquía. Estas estancias, organizadas en torno a un núcleo de culto, apuntan a la presencia de una comunidad cristiana de origen oriental, posiblemente vinculada al ejército bizantino y a una rama de la Iglesia Oriental.
Esta hipótesis se apoya en la morfología del asentamiento y en los objetos hallados, así como en la dirección científica de los arqueólogos José María Martín Civantos y Julio M. Román, quienes destacan que esta sería la primera evidencia material concreta de una comunidad cristiana oriental asentada en Almería.
El Ayuntamiento de Antas informó que el enclave carece de estructuras defensivas, más allá de la protección natural del volcán. Esta ausencia de fortificaciones sugiere una finalidad religiosa y evangelizadora, más que militar.
National Geographic recoge declaraciones del profesor Julio M. Román, quien sostiene que la magnitud de la iglesia y la organización del conjunto “sugieren un auténtico foco de fe cristiana oriental, pretendiendo quizás expandir sus prácticas y ritos a todo el Levante peninsular”. Esta visión sitúa al enclave como un posible centro de irradiación espiritual en los primeros siglos del cristianismo.
Los objetos hallados en el yacimiento refuerzan la teoría de que el asentamiento formaba parte de una red de contactos más amplia. Entre ellos, destacan lucernas de arcilla con símbolos cristianos como el carnero pascual y cerámicas importadas desde África y Oriente.
Uno de los hallazgos más relevantes es una moneda del siglo IV, que permite situar cronológicamente el origen de la ocupación y la instalación de la comunidad cristiana en una etapa temprana de la expansión del cristianismo en la península.
Estos elementos confirman que la comunidad de Cabezo María mantenía vínculos activos con el resto del Mediterráneo, lo que desmiente la idea de un asentamiento aislado.

El descubrimiento aporta evidencias inéditas sobre la posible presencia de comunidades cristianas orientales en el sur de la península antes del cisma que dividió el cristianismo.
De acuerdo con el equipo de MEMOLab, este asentamiento podría representar una fase crucial en la evolución del cristianismo ibérico, marcada por el contacto entre diferentes tradiciones y formas de culto.
Actualmente, el cerro Cabezo María ya albergaba la ermita de la Virgen de la Cabeza, y este nuevo hallazgo suma un capítulo clave en su historia como lugar de culto.
La visión de la polis como una casa común ha sido idealizada, especialmente con la promesa de los medios digitales de facilitar el entendimiento mutuo y la comprensión. Sin embargo, más de dos décadas después, el optimismo inicial ha disminuido. La pandemia, los conflictos bélicos y las preocupaciones sobre la inteligencia artificial y la desinformación han generado pesimismo. Nos preguntamos cómo recuperar la confianza en el debate público.
¿Queremos ser una masa (como ocurre, a veces, en las redes) o una comunidad donde reine el respeto e incluso la amistad? Y es que la polarización es también una deshumanización. León XVI dice que hemos de «desarmar» la comunicación de todo prejuicio, rencor, fanatismo y odio: debemos purificarla de agresiones. Hay lugar para la controversia, pero siempre con un estilo basado en el respeto por quienes piensan de otra manera.
La agitación y propaganda que impulsó el marxismo-leninismo la encontramos a veces en planteamientos ideológicos de todos los signos que buscan por encima de todo la confrontación, algo que sucede también en la Iglesia católica. Parafraseando a Benedicto XVI, el que quiera construir la comunidad deberá dejar de ver en el otro un mal que hay que eliminar.
Porque la comunicación es lugar de diálogo: «La comunicación, en efecto, no es solo transmisión de información, sino creación de una cultura, de entornos humanos y digitales que se conviertan en espacios de diálogo», ha dicho este lunes León XIV a los periodistas. Hay una unidad de todas las personas que formamos una comunidad, una casa común: somos solidarios, misteriosamente solidarios. En un mundo individualista, es necesario volver a pensar sobre la comunidad, algo que ya vieron con claridad en torno a la Segunda Guerra Mundial autores como Dietrich Von Hildebrand.

Responder a la polarización nos lleva a replantearnos las relaciones con los demás. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la confianza es la «esperanza firme que se tiene de alguien o algo», una definición breve que sugiere la importancia de contar con algo seguro en lo que podamos apoyarnos. Hoy esa confianza se enfrenta a desafíos continuos. Los errores o fallas éticas pueden desencadenar crisis reputacionales; la desconfianza en las instituciones es un problema creciente; en las redes (también las católicas), parece necesaria una revolución de la amabilidad porque abundan el menosprecio y el insulto.
La polarización disminuye la esperanza y fomenta la desconfianza, fragmentando aún más la comunidad. La construcción de confianza requiere escucha activa, comprensión de las necesidades de las audiencias, creación de espacios de participación y respuestas transparentes y auténticas. La escucha refuerza la integridad y la benevolencia, valores esenciales para construir relaciones de confianza.
En consonancia con esto, León XIV afirma: «La paz comienza con cada uno de nosotros: con la forma en que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, la forma en que nos comunicamos tiene una importancia fundamental: debemos decir «no» a la guerra de palabras y de imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra».
La escucha es fundamental para comprender al otro, reconociendo que las diversas posturas suelen contener verdades parciales. Santo Tomás de Aquino utilizaba la disputatio como método de análisis, integrando estas verdades en la reflexión.
La primera intervención de León XIV nos brinda muy buenas ideas para superar esta patología de la comunicación, con unos mensajes «desarmados» y «desarmantes», como ha dicho parafraseando sus primeras palabras como Pontífice: «Una comunicación desarmada y desarmante nos permite compartir una visión diferente del mundo y actuar de forma coherente con nuestra dignidad humana», dijo. De este modo, la necesaria revolución de la amabilidad en el espacio público parece un poco más cerca.

El objeto recuperado, identificado por su forma como un tridente, remite de forma inmediata al imaginario mitológico clásico. National Geographic explicó que se trata del emblema por excelencia del dios Poseidón, divinidad marina del panteón griego, ampliamente venerada en la Antigüedad. Esta figura mitológica encarnaba tanto la furia de las tormentas y los terremotos como la protección de los marineros y la creación de los caballos.
En representaciones tradicionales, Poseidón aparece blandiendo un tridente, forjado por los Cíclopes, que le permitía causar catástrofes naturales. De manera paradójica, en algunos contextos también era invocado como Poseidón Asphaleios, protector contra los terremotos, pese a ser considerado responsable de su origen. La fuerte carga simbólica del tridente plantea interrogantes sobre su utilización en la antigüedad.

Según detalla National Geographic, podría haber formado parte de rituales religiosos, haber sido depositado como ofrenda votiva o incluso haber pertenecido a un individuo romano de alto rango. Sin embargo, aún no existen pruebas concluyentes que permitan resolver estas hipótesis.
La ciudad donde se encontró el objeto se identifica con la antigua Nicea, un enclave de notable importancia durante el Imperio romano.
El tridente fue recuperado desde una profundidad aproximada de 20 metros, en el mismo lago que en épocas antiguas se conocía como Askania.
Según recuerda National Geographic, en 2014 fueron localizados los restos de la basílica de San Neófito, construcción de origen bizantino sumergida en el lecho del lago. Este tipo de hallazgos reafirma la importancia de İznik como espacio de estudio, con vestigios que abarcan desde la antigüedad clásica hasta el dominio otomano.
Aunque aún se desconoce el uso específico del artefacto, su aparición reaviva el interés sobre la interacción entre simbolismo religioso y prácticas sociales en la antigüedad.
Según señala National Geographic, podrían existir vínculos entre el tridente y ceremonias dedicadas a divinidades marinas. También se considera la posibilidad de que haya tenido un uso más funcional, vinculado a actividades cotidianas o como parte de un legado personal.
Al igual que otros hallazgos arqueológicos reportados en distintas áreas del antiguo Imperio romano —como los discos de bronce decorados con cabezas de león hallados en Israel o las pinturas murales recuperadas en La Vila Joiosa, España—, la pieza encontrada en el lago İznik contribuye al conocimiento del pasado mediante la exploración de restos materiales de gran valor contextual y simbólico.

El medio destaca que, si bien todavía es prematuro emitir un veredicto definitivo, el entorno geográfico, el tipo de objeto y los antecedentes históricos de la región sustentan la hipótesis de su origen romano.
Los expertos continúan trabajando en el análisis del tridente bajo custodia del Museo de İznik, con el objetivo de precisar su antigüedad, su función y el marco cultural al que perteneció.
Mientras tanto, tal como subraya National Geographic, el hallazgo se suma a una extensa lista de descubrimientos que permiten reconstruir fragmentos olvidados de civilizaciones pasadas y comprender mejor la interacción entre el ser humano y su entorno natural y espiritual.

