Nace en una familia de campesinos y desde niño tiene el deseo de “hacerse hermano”. A los 16 años entra en el noviciado, en la Orden de los hermanos Menores Capuchinos de Morcone y elige el nombre de Fray Pío. En 1910 recibe la ordenación sacerdotal.
Seis años después entra en el convento de Santa María de las Gracias de San Giovanni Rotondo. Dedica muchas horas de la jornada al sacramento de la Confesión. El culmen de su compromiso apostólico es la celebración de la Santa Misa. Él se define como «un pobre hermano que reza». «La oración ─afirma─ es la mejor arma que tenemos, la llave para abrir el corazón de Dios».

En 1948, confiesa a un joven sacerdote polaco, Karol Wojtyla, que treinta años más tarde será elegido como sucesor de Pedro con el nombre de Juan Pablo II. «En el humilde fraile ─subraya el Pontífice en 1999 durante el rito de beatificación del Padre Pío─ se descubría la imagen de Cristo sufriente y resucitado». «Su cuerpo, marcado por los “estigmas”, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección».
«No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras ─recuerda el Papa en la homilía─, fueron las pruebas que tuvo que soportar […] como consecuencia de sus singulares carismas» Para el Padre Pío «sufrir con Jesús» es un don: «al contemplar la cruz sobre las espaldas de Jesús, me siento cada vez más fuerte y pruebo una santa alegría». «Todo lo que sufrió Jesús en su pasión ─revela─, lo sufro también yo, en lo que le es posible a una criatura humana”.
La vida del Padre Pío es también el reflejo de un empeño incesante por aliviar el dolor y la miseria de tantas familias. En 1956 fue inaugurada la “Casa Alivio del Sufrimiento”, un centro hospitalario a la vanguardia. Es «la pupila de mis ojos» y durante el discurso de inauguración añade:
«esta es la criatura que la Providencia, gracias a vuestra ayuda, ha creado, os la presento. Admiradla, y bendecid conmigo al Señor Nuestro Dios. Ha sido depositada sobre la tierra una semilla que Él calentará con sus rayos de amor».
El Padre Pío muere la noche del 23 de septiembre de 1968, a la edad de 81 años. El 16 de junio de 2002 fue proclamado santo por el Papa Juan Pablo II:
«La vida y la misión del padre Pío ─afirma el Pontífice en la homilía─ testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce».
Mateo era cobrador de impuestos en Cafarnaum: recaudaba las tasas que los judíos tenían que pagar a los romanos; como todos los que se dedicaban a ese oficio, era despreciado por el pueblo, que lo consideraba cercano a los opresores. Probablemente Mateo se había acostumbrado a ello; pero un día, cuando estaba sentado en su oficina, oyó una voz diferente.
Un hombre le dijo solamente: “Sígueme”. Y él se levantó y lo siguió, para siempre. Ese hombre era Jesús, y la vida de Mateo nunca más volvió a ser como antes.
Leví ofreció un gran banquete a Jesús, que fue a su casa acompañado de sus discípulos, suscitando el desconcierto y las críticas de los escribas y los fariseos porque se sentaba a la mesa con recaudadores de impuestos y pecadores.

La respuesta de Jesús impresionó a Mateo: “No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los que están enfermos”, dijo el Nazareno, añadiendo: “De hecho, no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.
Mateo, que era un pecador, dejó todo y comenzó a seguir a Jesús, convirtiéndose en uno de los doce Apóstoles.
San Mateo es mencionado también en los Hechos de los Apóstoles. El anuncio de la Buena Noticia de Cristo constituyó su misión. Según algunas fuentes, murió por causas naturales, mientras que según otras tradiciones -consideradas poco fiables- su vida terminó en Etiopía.
Sus reliquias se encuentran en la cripta de la Catedral de Salerno (Italia), donde se le festeja el 21 de septiembre con una solemne procesión.
En la descripción de los cuatro seres del Apocalipsis (águila, toro, león y hombre), San Mateo es asociado con el de aspecto humano.
San Mateo escribió el Evangelio que lleva su nombre pensando en los cristianos de origen judío: en el texto enfatiza que Jesús es el Mesías que cumple las promesas del Antiguo Testamento. Se puede decir casi con certeza que escribió en arameo.
La figura de San Mateo es muy querida por la iconografía. Particularmente conocida es la obra “Vocación de San Mateo”, pintada por Caravaggio entre 1599 y 1600, que se puede admirar en la Iglesia de San Luis de los Franceses en Roma.
En esta sugestiva pintura, la luz, símbolo de la gracia, juega un papel fundamental. La escena implica una acción dramática: el dedo de Jesús apunta a Mateo, que aún tiene las monedas en la mano. La historia de San Mateo y la pintura de Caravaggio han marcado la vida del Papa Francisco.
Lo cuenta él mismo una la entrevista de 2013 realizada por el P. Antonio Spadaro para “La Civilización Católica”, en la cual, paragonándose a la figura de Mateo, el Pontífice se define " un pecador en quien el Señor ha puesto sus ojos”.
La primera reflexión que suscita este hecho es que el Señor acoge en su grupo a aquellos que, según la opinión de entonces, eran considerados como pecadores públicos. Cristo, en cambio, no excluye a ninguno de su amistad.
El anuncio de la Buena Nueva consiste precisamente en esto: ofrecer la gracia de Dios al pecador. En la figura de Mateo se hace visible la paradoja de que, el que aparentemente está más lejano de la santidad, puede convertirse en un modelo de acogida de la misericordia de Dios”.
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"...así como esta sangre hierve en cada fiesta, así tambièn que la fe de los napolitanos pueda hervir, reflorecer y afirmarse..." (Pablo VI, Discurso a los peregrinos napolitanos, 1966)
Nacido en Nápoles, o quizás en Benevento, en la segunda mitad del siglo III, Jenaro ya era obispo de la ciudad a la edad de treinta años, donde era amado por los fieles y respetado por los paganos por sus obras de caridad hacia los pobres, entre los que no hacía ninguna distinción.
Estamos en el primer período del imperio de Diocleciano, cuando a los cristianos aún se les concedía cierta libertad de culto e incluso se les permitía aspirar a altos cargos civiles. Pero poco después, en el 303, todo cambió y los cristianos se convirtieron en el enemigo por erradicar.

Pintura de San Jenaro (Catacumbas de san Jenaro, Nápoles)
La tradición más acreditada afirma que el episodio que llevó al martirio de Jenaro tuvo lugar a principios del siglo IV, con la reanudación de la persecución contra los cristianos. Durante algún tiempo Jenaro había sido un gran amigo de Sosio, diácono de la ciudad de Miseno. Un día, mientras Sosio leía el Evangelio en la iglesia, Jenaro tuvo una visión: una llama sobre la cabeza de Sosio.
La llama era el símbolo del amor ardiente que lo habría conducido al martirio. Jenaro dio gracias al Señor y pidió tener el mismo amor ardiente y el mismo destino. El obispo, por lo tanto, invitó a Sosio a la visita pastoral que planeaba hacer a Pozzuoli, para compartir la vida de la fe; el diácono partió, pero durante el viaje se le acercaron los guardias enviados por Dragoncio, gobernador de Campania, y fue encarcelado.
En la cárcel recibió la visita de Jenaro que estaba acompañado por el diácono Festo y el lector Desiderio: los tres trataron de interceder por la liberación de Sosio, pero en respuesta recibieron la injusta sentencia de ser echados como alimento a los osos, los cuatro juntos.
La noticia de la inminente y pública condena a muerte, sin embargo, no fue bien recibida por el pueblo y por eso, temiendo una revuelta, el gobernador la cambió en una decapitación "más discreta", lejos de los ojos del pueblo.
Por si fuera poco, todavía se añadirá el martirio de Próculo, diácono de la iglesia de Pozzuoli, y de los fieles Eutiques y Acucio que habían criticado públicamente la ejecución.
Dado que no todas las fuentes antiguas coinciden en los eventos que determinaron el martirio de San Jenaro, se presenta aquí otra hipótesis legendaria de lo que podría haber sucedido. Jenaro iba de camino a Nola: allí el malvado juez Timoteo lo encarceló con la acusación de proselitismo y porque violaba los edictos imperiales.
Las torturas infligidas al santo, sin embargo, no afectaron ni a su cuerpo ni a su fe; por lo tanto, Timoteo lo mantuvo encerrado en un horno del que, una vez más, Jenaro salió ileso. Al final fue condenado a ser decapitado en un lugar cerca de la llamada Solfatara.
Durante el traslado se encontró con un mendigo que le pidió un trozo de su túnica para conservarlo como reliquia: el santo le respondió que podría quedarse con todo el pañuelo que él se ataría al cuello antes de la ejecución. Antes del desenlace final, sin embargo, Jenaro se llevó un dedo a la garganta que fue cortado por la cuchilla junto con el pañuelo, que hoy es también es guardado como una reliquia.
Como era costumbre durante la ejecución de los mártires, también a la muerte de Jenaro una mujer, Eusebia, llegó y recogió en dos ampollas la sangre derramada por el obispo, ya en olor de santidad. Se las entregó al obispo de Nápoles, que hizo construir dos capillas en honor de tales reliquias: s. Gennariello al Vomero y s. Jenaro en Antignano.
El cuerpo, en cambio, fue enterrado primero en la campiña marciana, y luego sufrió un primer traslado en el siglo V, cuando el culto al santo ya estaba muy difundido. Jenaro será canonizado por Sixto V en 1586. En cuanto a la reliquia de la sangre, ésta fue expuesta por primera vez en 1305, pero el milagro de que ésta adquiera el estado líquido y parezca que está hirviendo; estado en el que permanece durante la siguiente octava, ocurrió por primera vez el 17 de agosto de 1389, después de una grave hambruna.
Hoy el milagro se repite tres veces al año: el primer sábado de mayo, en memoria del primer traslado; el 19 de septiembre, en la memoria litúrgica del santo y la fecha de su martirio; y el 16 de diciembre que conmemora la desastrosa erupción del Vesubio en 1631, bloqueada tras la invocación del santo. Las dos ampollas están guardadas en un estuche de plata querido por Roberto de Anjou, en la Capilla del Tesoro de san Jenaro en la Catedral de Nápoles.
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San Cipriano dirigió la Iglesia en el norte de África durante tiempos de persecución y plaga en el siglo III.
Lost Legacy Reclaimed es una serie de docudrama sobre la Iglesia cristiana primitiva en el norte de África, sus grandes líderes, maestros y mártires.
Conozca a estos fieles cristianos de los primeros cinco siglos de la historia de la iglesia que establecieron un alto estándar para las generaciones futuras al sacrificarse por Jesucristo durante la intensa persecución del Imperio Romano y otros.
Todas estas historias tienen lugar en el norte de África, entonces parte del Imperio Romano y hoy una región dominada por la cultura islámica. Lost Legacy Reclaimed revela la existencia de una vibrante comunidad cristiana anterior a la llegada del Islam.

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Son una generación que sigue a la de los Padres Apostólicos; pero como género literario la «apología» antipagana sigue despierta durante todo el periodo de las persecuciones aun entre Padres que no llevan el título de Apologistas, como Clemente de Alejandría, Orígenes, Eusebio de Cesarea y San Atanasio.
La serie de los Apologistas griegos comprende a Cuadrato, Arístides Ateniense, Aristón de Pella, San Justino , Taciano, Milcíades, Apolinar de Hierápolis, Atenágoras, San Teófilo de Antioquía, Melitón de Sardes, Hermias y la «Epístola a Diogneto».
Como apologista latino figura Minucio Félix. El mismo Tertuliano tiene escritos apologéticos en medio de otros de diverso género. Más concretamente apologistas fueron posteriormente Arnobio el Viejo y Lactancio.
Al principio de su propagación fue muy frecuente confundir el cristianismo con una secta judía; pero poco a poco las autoridades romanas fueron distinguiéndole mejor; recuérdese el martirio de S. Pedro y S. Pablo y el de los protomártires romanos decretado por Nerón.
A principios del siglo II se enfrentó con el cristianismo un adversario poderosísimo:
Cada Estado tenía su religión oficial. El Imperio romano contaba con un panteón lleno de dioses patrios, tutelares de la «fortuna» de la nación; además, desde el siglo I se acostumbraba rendir culto divino al Emperador. El cristianismo, al rechazar el politeísmo pagano y el culto imperial, venía como a enfrentarse con el Estado y la patria.
Se llegó pronto al célebre rescripto de Trajano enviado a Plinio el joven. En él decidía el Emperador que no había que investigar para descubrir a los cristianos; pero que si eran denunciados, habían de ser obligados a ofrecer culto a los dioses, sin lo cual habrían de ser ajusticiados. Este rescripto dio la pauta penal contra el cristianismo que era considerado como crimen de lesa patria.
Empezó la Era de las persecuciones que tuvo sus alternativas de templanza y rigor según los diversos Emperadores y el ánimo de sus representantes en las provincias. Pero desde entonces no era lícito ante el Estado romano ser cristiano. Por eso no llama la atención que la mayoría de los escritos apologéticos estén dedicados a los Emperadores contemporáneos, que es como decir a los círculos oficiales y a la opinión pública de entonces.
Imbuidos en su mayoría en la filosofía platónica y estoica.
Sofistas, retóricos y filósofos, admiradores de los antiguos filósofos griegos (recuérdese a Cicerón), despreciaban en su ánimo a esa religión nueva fundada hacía poco por un ajusticiado en la cruz que no había legado escritos y que, desde el punto de vista literario, no podía compararse con los sabios de la antigüedad griega.
Sabemos que el retórico Frontón, maestro del emperador Marco Aurelio, atacó en un escrito la «corrupción» de los cristianos, libro hoy perdido. Conservamos, en cambio, el del literato Luciano de Samosata, quien el a. 167 pergeñó la sátira «sobre el fin del peregrino» en el que pone en solfa a un sacerdote cristiano y a su religión.
Conservamos también casi íntegro el tratado del filósofo platónico Celso contra los cristianos, refutado por Orígenes de Alejandría.
Celso hace figurar a un judío que niega la mesianidad de Jesús, para luego lanzarse él contra todo mesianismo judaico, atacando los diferentes dogmas cristianos y aplicando su ingenio sagaz a querer demoler los hechos sobrenaturales que se explicarían por causas naturales y posponiendo el cristianismo a sus teorías platónicas. El Tratado verdadero de Celso es un arsenal de armas contra el nombre cristiano.
Como los cristianos, por motivo de la persecución, celebraban sus reuniones litúrgicas en general con cierta clandestinidad, la maligna fantasía los calumniaba de lascivias, incluso de antropofagia.
Por ser los cristianos negadores de las divinidades gentiles, los paganos los consideraban casi «ateos», como de mal augurio, portadores de desgracias y huían de ellos. Un testimonio de esa irrisión sarcástica es el «asno crucificado» dibujado en el siglo I en el Capitolio de Roma y que todavía se conserva.

Contestando al Estado pagano, los apologistas no pueden menos de condenar el politeísmo con sus absurdas mitologías, así como el culto divino al Emperador; pero ponen de relieve que los cristianos son fieles ciudadanos, que oran por la cosa pública, que cumplen con sus cargos civiles. Añaden que es contra la recta razón el adorar ídolos frágiles hechos por manos humanas.
La respuesta a los filósofos e intelectuales de la época es casi siempre unánime. Es una excepción Taciano cuando se burla de la filosofía griega. Porque los apologistas, algunos de ellos filósofos antes de convertirse, optan por admitir todo lo sano y verdadero que según ellos contiene la filosofía griega.
No es verdad -dicen- que el cristianismo sea una religión de ayer. Hay que remontarse a Moisés, autor del Pentateuco -afirman con Filón- y así se llega a tiempos anteriores a la Guerra de Troya. El cristianismo no resulta posterior al helenismo. Además entre la filosofía griega y la Revelación cristiana hay muchos puntos de contacto que hacen posible una síntesis.
Así piensa sobre todo San Justino y así comienza esa labor teológica de armonizar los datos de la Revelación con la filosofía, que era entonces sobre todo la estoico-platónica. El Verbo que se hizo carne esparció antes su siembra de verdad entre los filósofos griegos.
Es muy justo recoger esos elementos sanos y aprovechables de la filosofía para incorporarlos al cristianismo. Así iba desarrollándose la teología cristiana que luego iba a cristalizar sobre todo en la Escuela de Alejandría. Al enfrentarse con los filósofos paganos los apologistas emplean con predilección el argumento de las predicciones sobre Jesús Mesías que se escribieron siglos antes en el Antiguo Testamento.
Más fácil era la tarea de refutar las calumnias populares. Les bastaba a los apologistas comparar el libertinaje público de los paganos con la honestidad de costumbres de los cristianos. Algunos se refieren también a la propagación constante y admirable del cristianismo.
Se trata de autores cultos y doctos que en general están formados en la instrucción «enciclopédica» que hoy diríamos universitaria. Se hallan con una nueva temática: la respuesta a la cultura helénica. No la elaboran con tanta calma y método sistemático, como los Padres posteriores, aunque ofrecen ya algunas síntesis de dogma cristiano que hasta entonces faltaban.
Téngase en cuenta que aquellos autores se hallaban en fase polémica, como se ha dicho, y por eso sus escritos no se parecen a esos tratados modernos de Apologética en los que metódicamente se pasa del dominio de la razón al de la Revelación.
Son sus obras contestación a objeciones y por eso revisten un carácter más salutario y menos sistemático. Para sus obras echan mano del lenguaje culto, de la lengua ática incluso, y así se prestan a la semejanza literaria con sus doctos adversarios.
Además de la polémica contra los paganos se inicia en este periodo la controversia contra los judíos por obra de San Justino. Adopta la forma de diálogo, como para indicar la base común que existe entre ambas religiones. Naturalmente la argumentación no es la que se emplea contra los gentiles.
Aristón de Pella. Según el testimonio de Orígenes y S. Jerónimo, escribió la Disputa entre fasón y Papisco sobre Cristo, cuyo resultado fue que el judío Papisco recibió el Bautismo. De dicho escrito no queda más que una introducción a la traducción latina conservada entre las obras de S. Cipriano (ed. Hartel, en CSEL 3,119 ss.). Parece que Aristón redactó su apología contra los judíos entre los a. 135-45. Probablemente era alejandrino.
Milcíades. Nacido en Asia Menor, fue con toda probabilidad discípulo de San Justino. Por Eusebio sabemos que se dedicó a la polémica contra gentiles y herejes, y que fue autor de una Apología de la filosofía cristiana dirigida con toda probabilidad a los emperadores Marco Aurelio (161-180) y Lucio Vero (161-169). Escribió además dos obras: contra los griegos y contra los judíos. Se han perdido todos sus escritos.
Apolinar de Hierápolis. La misma suerte ha tocado al apologista Claudio Apolinar obispo de Hierápolis, autor de numerosos libros, todos perdidos; cinco, Contra los griegos, dos Sobre la verdad y otros dos Contra los judíos, al decir de Eusebio. Era contemporáneo de Marco Aurelio.
Hermias. Así se llama el autor de una Sátira sobre los filósofos paganos quien no es mencionado en las fuentes antiguas. En su obra en diez capítulos ridiculiza con sarcasmos la filosofía pagana mostrando las contradicciones que encierra sobre la esencia de Dios, al mundo y al alma humana. Se nota que no es un filósofo de profesión, sino improvisado con libros de segunda mano. Escribe a finales del s. II o principios del III.
I. ORTIZ DE URBINA. (GER)
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CASTEL GANDOLFO, miércoles 1 de septiembre de 2010-
El Papa Benedicto XVI dedicó la catequesis correspondiente al ciclo de escritores cristianos de la Edad Media a santa Hildegarda de Bingen, escritora y profetisa alemana, durante la Audiencia General.
El Pontífice quiso presentar a esta mujer escritora de hace casi mil años, sobre la que volverá a tratar en la próxima Audiencia, según anticipó a los peregrinos presentes en la plaza de Castel Gandolfo.
El encuentro del Papa con los fieles no se celebró en esta ocasión en el patio interior de la residencia papal, sino en la plaza adyacente, donde se colocó una sede para que Benedicto XVI pudiese hablar a los presentes.
Al comenzar la catequesis de hoy, el Papa quiso manifestar el “agradecimiento de la Iglesia” al “papel precioso que las mujeres han desempeñado y desempeñan” dentro de ella.
Citando la Mulieris Dignitatem de Juan Pablo II, subrayó la importancia del “genio femenino”, así como de “los carismas” y “todas las victorias que la Iglesia debe a su fe, esperanza y caridad.
Sobre Hildegarda de Bingen (1098-1179), el Papa quiso destacar su gran cultura, su espíritu místico y su don de gobierno, que “nos habla con gran actualidad también hoy a nosotros”.
Esta santa habla hoy “con su valerosa capacidad de discernir los signos de los tiempos, con su amor por la creación, su medicina, su poesía, su mística, que hoy está siendo reconstruida, su amor por Cristo y por su Iglesia, sufriente también en aquel tiempo, herida también en aquel tiempo por los pecados de los sacerdotes y de los laicos, y tanto más amada como cuerpo de Cristo”.
Desde niña, Hildegarda fue consagrada por sus padres al servicio de Dios, al cuidado de la maestra Jutta de Spanheim, retirada en el convento benedictino de san Disibodo, donde a pesar de albergar una comunidad masculina, fue fundándose con el tiempo una congregación benedictina femenina.
A la muerte de madre Jutta, Hildegarda la sucedió al frente de la comunidad. “El estilo con el que ejercía el ministerio de la autoridad es ejemplar para toda comunidad religiosa: éste suscitaba una sana emulación en la práctica del bien, tanto que, según los testimonios de la época, la madre y las hijas competían en amarse y en servirse mutuamente”, destacó el Papa.
Otro de los aspectos de la vida de la santa que Benedicto XVI quiso poner de relieve fue su experiencia mística.
Hildegarda tuvo revelaciones místicas desde pequeña y, “como siempre sucede en la vida de los auténticos místicos, también Hildegarda quiso someterse a la autoridad de personas sabias para discernir el origen de sus visiones, temiendo que éstas fuesen fruto de ilusiones y que no viniesen de Dios”.
De hecho, Hildegarda se dirigió a otro gran personaje, san Bernardo de Claraval, sobre el que el Papa ya habló en su catequesis del 21 de octubre del año pasado.
Finalmente, el papa Eugenio III “autorizó a la mística a escribir sus visiones y a hablar en público. Desde aquel momento, el prestigio espiritual de Hildegarda creció cada vez más, tanto que sus contemporáneos le atribuyeron el título de "profetisa teutónica"".
“Éste, queridos amigos, es el sello de una experiencia auténtica del Espíritu Santo, fuente de todo carisma: la persona depositaria de dones sobrenaturales nunca presume de ello, no los ostenta, y sobre todo, muestra total obediencia a la autoridad eclesial”.
En el s. XV encontramos las primeras celebraciones litúrgicas de María dolorosa al pie de la Cruz. No hay que olvidar que en 1233 se fundó la Orden de los frailes "Siervos de María", que contribuyó en gran medida a la difusión del culto a Nuestra Señora de los Dolores, hasta el punto de que en 1668 se les permitió celebrar la Misa votiva de los Siete Dolores de María.
En 1692, el Papa Inocencio XII autorizó la celebración de los Siete Dolores de la Santísima Virgen el tercer domingo de septiembre. En 1814, el Papa Pío VII extendió esta fiesta litúrgica a toda la Iglesia, incluyéndola en el calendario romano. Finalmente, en 1913 el Papa Pío X fijó la fecha definitiva en el 15 de septiembre, justo después de la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), cambiando el nombre de la Memoria: de los “Siete Dolores” a “Nuestra Señora de los Dolores”.
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien amaba, Jesús le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa”. (Jn 19,25-27)

Virgen Dolorosa. Esteban Murillo.
Jesús, al ver a su Madre, la confía al discípulo amado; es su última disposición. Hace a María madre del discípulo, y hace que el discípulo sea hijo de la Madre: "La recibió en su casa", es decir, en su interior, en lo que más aprecia. Jesús no deja sola a su Madre, la confía al cuidado del discípulo amado, del que le siguió hasta el final.
En ese discípulo, la tradición sugiere que está toda la Iglesia. María está confiada a la Iglesia, y la Iglesia está confiada a María, Madre de Jesús, primera discípula del Hijo.
Este es el mismo nombre que Jesús utilizó en Caná. Las dos escenas están así relacionadas: en Caná, su hora aún no había llegado; en la Cruz, sí. La Cruz se convierte en la realidad de lo que fue revelado en Caná. Pero en ese título "Mujer", Jesús alude a Eva: "Será llamada Mujer" (Gn 2,23): María es la nueva Eva.
María es para todos nosotros la Madre del Hijo Jesús, nuestro Señor. Pero también es discípula del Maestro, aquella que mejor que nadie puede ayudarnos a crecer en la escuela de su Hijo. Aquella que más que nadie supo mantenerse fiel, "de pie" incluso bajo la Cruz. Una fidelidad que se transformó en martirio interior, como le predijo Simeón (Lc 2, 35): "Y a ti una espada te atravesará el corazón".
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Cipriano, de sobrenombre Tascio, nació alrededor del año 210 en el norte de África, probablemente en Cartago, ciudad de la cual después fue obispo. Su educación, como hijo de familia pagana y pudiente de la burguesía ciudadana, se desarrolló según el ciclo de los estudios superiores de la época, y después ejerció la función de abogado y se dedicó a la oratoria en Cartago. La conducta precristiana de Cipriano respondió a su categoría social y a las costumbres que esta conllevaba: pagó tributo a las comodidades de la fortuna, a los placeres y a los honores.
En medio de sus tareas magistrales y del Foro, disgustada su recta conciencia ante la inmoralidad pública y privada, y sin duda movida también por la gracia divina, al contemplar las virtudes de los cristianos, se sintió atraído al cristianismo.

En sus escritos él mismo nos refiere el proceso de su transformación interior: el maestro y guía espiritual que dirigió su preparación a la fe fue el presbítero Cecilio, de su misma edad y de quien tomó el nombre, conforme a la costumbre romana para el adoptado. El antiguo orador dio un giro completo a su vida y sobre todo se propuso adquirir dos virtudes, como contrapeso a su conducta anterior, la caridad y la castidad; hizo voto de continencia con admiración de los cartagineses y distribuyó entre los pobres el precio de sus bienes.
Quizá el cambio más difícil de lograr que practicó fue el renunciar a la literatura profana que alguna vez enseñara y difundiera: no cita en sus numerosos escritos a ninguno de sus antiguos maestros paganos. Su bautismo, efectuado en Cartago alrededor del año 245, abrió una época de regeneración, que hizo de él un hombre nuevo.
Por el gran ascendiente que le merecieron sus virtudes, autoridad y obras de caridad fue ordenado presbítero. Hacia el año 248-249 murió el obispo Donato de Cartago y Cipriano fue elegido para reemplazarle; sin embargo en la elección encontró la oposición de cinco presbíteros, que más tarde le declararían viva hostilidad con peligro de cisma.

La época de su episcopado es más conocida que la anterior, por las numerosas fuentes que dan noticia de ella. En ella, en medio de la intensa actividad del obispo de Cartago, destacan tres principales problemas de los cuales se ocupó: la llamada controversia de los lapsos, es decir, los cristianos que apostataron de la fe durante la persecución; el cisma de Novato y Felicísimo; y la llamada controversia de los rebautizantes.
El primero de ellos se desencadena a partir de la persecución del emperador Decio iniciada en el año 249, llevando Cipriano tan sólo un año en la sede episcopal.
Ante el furor popular que gritaba “Cipriano a los leones”, el de Cartago optó por esconderse, estando ausente durante 15 meses, cosa que el clero de Roma no vio bien; al volver de su temporal destierro, Cipriano tuvo que hacer frente al problema de los fieles que habían apostatado de su fe durante la persecución, los cuales fueron reincorporados a la Iglesia, teniendo algunos —aquellos que habían sacrificado para los ídolos, o los habían incensado— que cumplir una penitencia.
Cipriano aplazó la solución definitiva hasta que pudiera reunirse un concilio terminada la persecución.
Ya desde la fuga de Cipriano y durante su ausencia, dos ambiciosos hostiles al obispo, Novato y Felicísimo, junto con los cinco presbíteros que se habían opuesto a Cipriano desde el principio, promovieron el peligro de un cisma.
En vista de la insolencia de los revoltosos y para evitar otros males, Cipriano tuvo que excomulgar a los cismáticos por medio de los obispos administradores de su Iglesia. En esta misma época, durante la peste que afligió al Imperio del 252 al 254, desarrolló entre cristianos y paganos una caridad organizada eficazmente.
En el año 254, después del martirio del papa Lucio, sube a la sede de Roma el papa Esteban, con quien debatirá Cipriano la controversia de los rebautizantes. Se trata de una discusión acerca de si es o no válido el bautismo de comunidades heréticas o cismáticas, y por tanto de la necesidad de bautizar de nuevoa los conversos al cristianismo provenientes de estas comunidades.
En Roma se consideraba válido el bautismo de las comunidades heréticas y a los conversos tan sólo se les imponían las manos en señal de reconciliación; Cipriano y otros obispos consideraban necesario rebautizarlos.
La discusión había llegado a un alto grado, con peligro de ruptura, cuando se vio terminada a causa del martirio de sus dos principales protagonistas, el papa Esteban y el obispo de Cartago, en menos de dos años. La Iglesia de África renunciaría a la práctica de rebautizar en el concilio de Arles del 314.
En el año 257 Valeriano promulga su primer edicto contra las reuniones de los cristianos, ordenando a los obispos, presbíteros y diáconos que tomen parte en el culto oficial del Imperio. Cipriano, que por su posición relevante no podía pasar inadvertido a los ministros imperiales, fue detenido, interrogado y desterrado a Cúrubis, a pocas leguas de Cartago, a la orilla del mar.
Al cumplir un año en el exilio fue reclamado por el nuevo procónsul, pero Cipriano, que sabía para qué era llamado, consideraba que un obispo debe morir en su sede, y por eso no quiso presentarse en Utica, donde estaba el procónsul. Entretanto escribió su última carta a presbíteros, diáconos y fieles, emocionante como un adiós definitivo.
Detenido el 13 de septiembre y conducido a las afueras de Cartago, compareció al día siguiente ante el tribunal del procónsul, que le sometió de nuevo a un interrogatorio:
“¿Eres tú Tascio Cipriano? —Lo soy—. ¿Eres el líder de la secta sacrílega? —Lo soy—. Los sacratísimos emperadores te ordenan que sacrifiques. —Yo no lo hago. —Reflexiona. Haz lo que se te ordena. —En cosa tan justa no hay lugar a reflexionar”. El procónsul pronunció entonces la sentencia: “Tascio Cipriano es condenado a morir decapitado”. El santo replicó con serenidad: “Bendito sea Dios”.
En seguida se dirigió, escoltado por dos soldados, al lugar de la ejecución. Al llegar el verdugo, hizo entrega a éste de 25 piezas de oro. El verdugo temblaba, y no podía empuñar la espada con firmeza; al fin, animado por el mismo mártir, hizo un esfuerzo y derribó de un golpe mortal a la ilustre víctima. Era el 14 de septiembre de 258.
Su muerte produjo una honda impresión en toda el África cristiana y su culto se hizo muy popular sobre todo en Cartago. En Roma figura su nombre en el Calendario desde 354, y va asociado su culto al del papa Cornelio. La Iglesia romana lo incluyó en el canon de la Misa. Su fiesta se celebra el 16 de septiembre.
El 13 de septiembre del año 335 se dedicó en Jerusalén la iglesia de la Resurrección y del Martyrium. Al día siguiente, en una solemne ceremonia, se expuso la cruz que la emperatriz Helena había encontrado el 14 de septiembre de 320. En el año 614, Cosroe II, rey de los persas, declara la guerra al imperio bizantino.
Tras ocupar Jerusalén, se llevó, entre sus tesoros, la Cruz de Jesús. El emperador Heraclio propuso la paz a Cosroe, pero éste rechazó la oferta. Ante la negativa, Heraclio le hizo la guerra, y en el año 627 venció la batalla de Nínive. Tras la caída de Cosroe, Heraclio exigió a su sucesor la devolución de la Cruz, que regresó así a Jerusalén.
En este día no se exalta la crueldad de la Cruz, sino el Amor que Dios manifestó a los hombres al aceptar morir en la Cruz: "Aunque era Dios, Cristo se humilló haciéndose siervo. Esta es la gloria de la Cruz de Jesús" (Papa Francisco).

Exaltación de la Santa Cruz - Piero de la Fracesca
El Gólgota – Martyrium ligados a la muerte, la Anástasis (Sepulcro) a la Resurrección. El día de la inauguración se vincula al día del hallazgo de la Santa Cruz del Señor y al aniversario de la dedicación del tempo de Salomón. Con la inauguración de estos edificios nace un nuevo tipo de liturgia.
La acción litúrgica de Jerusalén se adapta a ellos y se inspira en el misterio que contienen y se renueva en las celebraciones. De ahí, entre otras razones, de la importancia de esta fiesta de su Dedicación comparable a Pascua y a Epifanía. De la lectura del Itinerario de Egeria salta a la vista que las grandes fiestas de Jerusalén no se celebraban aisladas en sí mismas, sino que engloban a todas las demás fiestas, es decir, todo el misterio de Cristo.
La razón estriba en la duración de ocho días de las tres grandes fiestas. Durante la octava se recorren los diversos lugares relacionados con el misterio pascual para celebrar en ellos la eucaristía en cada uno de ellos. Al tiempo de duración de las fiestas ha de vincularse el adorno, luces, vestidos litúrgicos que dan vistosidad y alegría a las celebraciones. Son realmente fiestas y de ellas gozan los fieles de Jerusalén y a ellas son atraídos los fieles de las regiones circunstantes.
Tiene encanto especial el relato que la peregrina Egeria (Itinerario 48-49) hace de esta fiesta en el siglo IV:
“Se llama día de las Encenias al que fue consagrada la iglesia que está en el Gólgota y que llaman Martirio. También la santa iglesia que hay en la Anástasis, es decir en el lugar donde resucitó el Señor después de la Pasión, fue consagrada a Dios en el mismo día. Se celebra, pues, con gran solemnidad las Encenias (dedicación) de estas iglesias, porque en este mismo día se encontró la cruz del Señor.
Y es por eso por lo que se instituyó que el día en que se consagraran por primera vez las santas iglesias supradichas, fuera el día en que se encontró la cruz del Señor, para que las fiestas se celebrasen al mismo tiempo y en el mismo día, con toda alegría. Y esto se encuentra en las santas Escrituras que era día de Encenias aquel en que el santo Salomón, después de terminar la casa de Dios que había edificado, se presentó ante el altar de Dios y oró, como está escrito en los libros de los Paralipómenos (Crónicas).
Cuando llegan las fiestas de las Encenias se celebran durante ocho días, pues muchos días antes comienzan a reunirse de todas partes muchedumbres, no solo de monjes y apotactites (ascetas caracterizados por sus ayunos) de diversas provincias, es decir, tanto de Mesopotamia como de Siria, Egipto y Tebaida, donde hay muchos monazontes (monjes), sino también de todos los lugares y provincias; pues no hay ninguno que deje de encaminarse este día a Jerusalén para celebrar tanta alegría y tan solemnes fiestas.
También los seglares, tanto hombres como mujeres de todas las provincias, se reúnen igualmente con ánimo piadoso durante estos días en Jerusalén, para asistir a la sagrada solemnidad. Asimismo en estos días se reúnen en Jerusalén, por lo menos, más de cuarenta o cincuenta obispos, y con ellos acuden muchos de sus clérigos.
¿Y, qué más? Se cree incurrir en gran pecado el que durante estos días no ha participado en una solemnidad tan grande, a no ser que haya tenido un grave impedimento que le haya apartado de su buen propósito. Durante estos días de las Encenias, el ornato de las iglesias es el mismo que en Pascua y Epifanía. El primer día y el segundo se procede en la Iglesia Mayor, que se llama Martirio.
Luego, el tercer día, se procede Eleona, es decir, en la iglesia que hay en el monte desde el cual subió el Señor a los cielos después de su pasión, en el interior de cuya iglesia está la gruta en la que el Señor enseñaba a sus Apóstoles en el monte Olivete. El cuarto día…” (interrupción y final del manuscrito de Egeria).
La denominación de la Exaltación de la Cruz deriva probablemente de un rito del cual informa el Leccionario Armenio de Jerusalén (s. V) que se hace el día siguiente a la Dedicación, el día 14 de septiembre. El Leccionario se expresa del modo siguiente:
“El 13 de septiembre, Dedicación de los santos lugares de Jerusalén… El segundo día [día 14], se hace asamblea en el Santo Martirio y se realiza el mismo canon. Y el mismo día, se muestra la venerable Cruz a toda la asamblea” (cap. 67-68).
fray Enrique Bermejo Cabrera (De la custodia de Tierra Santa)
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 19 septiembre 2007
Es fundamental que en la infancia «entren realmente en el hombre las grandes orientaciones que dan la perspectiva justa a la existencia», recuerda el Papa.
Esta indicación procede de la doctrina del obispo de Constantinopla San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia – 13 septiembre Ha pasado a la historia con el sobrenombre de “boca de oro” por su maravillosa capacidad de hablar sobre la fe. San Juan Crisóstomo nació en el 349 cerca de Antioquía. Juan Crisóstomo, «más actual que nunca», dijo Benedicto XVI ante unos veinte mil peregrinos en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, dedicando este miércoles la audiencia general al Padre Apostólico en el año del decimosexto centenario de su muerte.
Llamado Crisóstomo o «Boca de oro» por su elocuencia, en el «alma de fuego» de Juan maduró «la urgencia de predicar el Evangelio» y el «ideal misionero» le lanzó «a la atención pastoral», convirtiéndose en «pastor de almas a tiempo completo», describió el Papa.
Este Padre de la Iglesia, entre los más prolíficos, transmitió «la doctrina tradicional y segura de la Iglesia» con la preocupación constante «dela coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial».
Y es que «las dos cosas, conocimiento de la verdad y rectitud de vida, van juntas –recalcó Benedicto XVI--: el conocimiento debe traducirse en vida».
Por eso toda intervención de San Juan Crisóstomo «se orientó siempre a desarrollar en los fieles el ejercicio de la inteligencia, de la verdadera razón, para comprender y traducir en la práctica las exigencias morales y espirituales de la fe», explicó.

Acompañando siempre «el desarrollo integral de la persona, en las dimensiones física, intelectual y religiosa», San Juan Crisóstomo hizo hincapié en la infancia, esta primera edad en la que «se manifiestan las inclinaciones al vicio y a la virtud»; «por ello la ley de Dios debe ser desde el principio impresa en el alma “como en una tablilla de cera”», puntualizó el Papa citando al Crisóstomo.
La infancia es «la edad más importante --subrayó--. Debemos tener presente cuán fundamental es que en esta primera fase de la vida entren realmente en el hombre las grandes orientaciones que dan la perspectiva justa a la existencia».
«A la juventud –proseguía San Juan Crisóstomo-- le sucede la edad de la persona madura, en la que sobrevienen los compromisos de familia».
En el itinerario formativo, «los esposos bien preparados cortan el camino al divorcio –advirtió el Santo Padre--: todo se desarrolla con gozo y se pueden educar a los hijos en la virtud».
Y la familia, «pequeña Iglesia», vive en recíproca relación con la gran Iglesia, en la que participa el laico en virtud del Bautismo, sacramento que le da «el deber fundamental de la misión» --recordó-- «porque cada uno en alguna medida es responsable de la salvación de los demás».
«Esta lección del Crisóstomo sobre la presencia auténticamente cristiana de los fieles laicos en la familia y en la sociedad, es hoy más actual que nunca», concluyó Benedicto XVI.
Con su meditación, el Papa continúa con la serie de intervenciones sobre las grandes figuras de los orígenes de la Iglesia.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 26 septiembre 2007
No basta ayudar a los pobres de manera puntual, se necesita un nuevo modelo de sociedad con «rostro cristiano», cimentada en la solidaridad, explica Benedicto XVI.
Esta fue la conclusión a la que llegó en la audiencia general de este miércoles en la que presentó a unos 20 mil peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano los últimos días de vida de san Juan Crisóstomo (347-407), uno de los padres de la Doctrina Social de la Iglesia.
En la segunda intervención dedicada a este obispo de Constantinopla, capital del imperio romano de Oriente, fallecido en el exilio, elPapa constató que propuso «el modelo de la Iglesia primitiva como modelo para la sociedad, desarrollando una “utopía” social (como una “ciudad ideal”)».
Es el modelo que presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando en el capítulo 4 explica que entre los primeros cristianos «nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos» (versículos 32-37).
Con esta propuesta, el doctor de la Iglesia buscó «dar un alma y un rostro cristiano a la ciudad», explicó el sucesor de Pedro.
«En otras palabras», subrayó, Juan Crisóstomo «comprendió que no es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento».

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia
«Juan Crisóstomo se convierte de este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia», aseguró que ha quedado recientemente recogida por un «Compendio» publicado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.
«La vieja idea de la “polis” griega es sustituida por una nueva idea de ciudad inspirada en la fe cristiana», subrayó el Papa
Esta visión cristiana de la sociedad, aclaró, se basa en el «primado» de «la persona en cuanto tal, incluso del esclavo y del pobre».
El proyecto de san Juan Crisóstomo «corrige de este modo la tradicional visión de la “polis” griega, de la ciudad, en la que amplias capas de la población quedaban excluidas de los derechos de ciudadanía, mientras en la ciudad cristiana todos son hermanos y hermanas con los mismos derechos».
«El primado de la persona es también la consecuencia del hecho de que basándose en ella se construye la ciudad, mientras que en la “polis” griega la patria se ponía por encima del individuo, que quedaba totalmente subordinado a la ciudad en su conjunto».
Este santo, explicó el Papa, dio un impulso decisivo a la reflexión sobre «la visión de una sociedad construida con la conciencia cristiana».
«Y nos dice que nuestra “polis” es otra, “nuestra patria está en los cielos” y esta patria nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y hermanas, y nos obliga a la solidaridad», concluyó el Papa.
La reflexión del Papa continuó con la serie de meditaciones sobre las grandes figuras de los origines de la Iglesia que está ofreciendo en las audiencias de los miércoles. Tras el encuentro con los peregrinos, regresó en helicóptero a la residencia de Castel Gandolfo.