Poco tiempo antes, un célebre escritor, Taine, garabateó en su cuaderno de viaje esta apresurada nota:
"Cerca de Lourdes, las colinas se vuelven rasas y el paisaje se entristece. Lourdes no es más que un amasijo de tejados sucios, de una melancolía plúmbea, amontonados junto al camino".
Si el paisaje no ha cambiado, la población en cambio se ha transformado por completo. El pueblecillo, entonces ignorado, es hoy conocido en todo el mundo. El flujo y reflujo de Lourdes durante la época de las peregrinaciones no conoce descanso y es algo único e impresionante. De aquí el nacimiento de una nueva ciudad, la de los hoteles y las tiendas de recuerdos, que han venido a erigirse y casi a eclipsar a la antigua.
La historia la conoce todo el mundo. Había en Lourdes una pobre niña, analfabeta, que por su rudeza no había podido aprender el catecismo ni estaba aún en condiciones de hacer su primera comunión. Ni siquiera sabia hablar francés, y tenía que expresarse en el dialecto de la región. Era hija de padres pobrísimos, que atravesaban por aquellos días una situación de auténtica miseria.
Pero, aunque pobre en las cosas materiales, era riquísima en las del espíritu, buena, humilde, caritativa, pura y, sobre todo, sincera. El testimonio de cuantos convivieron con ella a lo largo de su existencia es terminante sobre este punto: antes y después de las apariciones María Bernarda Soubirous, que así se llamaba la niña, había dicho siempre la verdad con la sinceridad más plena.

Un 11 de febrero, cuando ella llevaba escasamente quince días en Lourdes, a su regreso de Bartres, donde había estado haciendo de pastorcita, salió en busca de leña y de huesos, en compañía de una hermana suya y de una amiguita. Estaba en una pequeña isla, formada Por el Gave y el canal que en él desembocaba. Sus compañeras la habían dejado sola.
Era el mediodía. Oyó un fragor como de tempestad, dirigió su vista hacia una concavidad que había en la roca por encima de ella, y la encontró ocupada por una jovencita de su misma estatura, de rostro angelical, vestida de blanco, ceñida por una banda azul, cubierta con un velo, que tenia un hermoso rosario entre las manos.
Había comenzado una serie de dieciocho apariciones que se sucederían durante los días siguientes, con algunos intervalos, hasta terminar el 16 de julio. Durante esa temporada, las autoridades estarían alerta, el pueblo dividido, el clero en un silencio total y más bien reticente. Sospechas, que humanamente podían considerarse fundadas, habrían de envolver a la niña. Era mucha la miseria que había en casa de los Soubirous para que se pudiera excluir la hipótesis de que acaso se estuviese buscando una solución a tan trágica coyuntura económica.
María Bernarda sufrió con paz celestial y sin inmutarse toda clase de pruebas. Ya sea el procurador imperial, ya el comisario de policía, ya el párroco, ya los visitantes..., a todos contestará con absoluta serenidad y paz, repitiendo exactamente las mismas expresiones. En vano los visitantes buscarán con habilidad la manera de sorprender su buena fe.
Ella se mantendrá firme, dando testimonio de la verdad de lo que ha visto. Cuando los alrededores de la gruta estén rebosantes de público y la aparición no se produzca, ella dirá con toda sinceridad que nada ha visto. Cuando le amenacen para que calle, ella continuará diciendo siempre que ha sido verdad la aparición. Será testigo de la verdad, sin conocer un instante de vacilación, ni un desfallecimiento.
El párroco ha pedido una señal del cielo: quisiera que floreciese el rosal que está junto a la gruta. La aparición no ha querido que fuese así. Pero se va a producir un acontecimiento con el que nadie contaba. A lo largo de una aparición extraña, que decepciona al público, mientras Bernardita prueba unas hierbas no comestibles y araña la tierra, ésta se abre bajo sus dedos y brota una fuente. El público se marcha decepcionado. Hay críticas. Más de uno siente vacilar sus anteriores convicciones, favorables a la aparición.
Y, sin embargo, aquel jueves, 25 de febrero, será decisivo en la historia de Lourdes. La fuente continuará brotando, para no secarse ya jamás. Muy pronto ese agua comienza a ser instrumento de maravillosas curaciones. Y el rumor de esas curaciones empezará a atraer las muchedumbres a Lourdes, que tampoco faltarán ya jamás.
La aparición ha dado a la niña un encargo concreto: decir al clero que han de edificar una capilla, y que se ha de ir allí en procesión. El cura de Lourdes se ha mostrado severo. No puede creer en semejante encargo, sin más ni más. Por otra parte, la aparición no ha dicho todavía su nombre. Es lo menos que puede exigírsele.
Y un día, el de la Anunciación, lo dice: "Yo soy la Inmaculada Concepción". La niña no sabe lo que significa aquello. Es más, las primeras veces que cuenta lo que ha ocurrido, pronuncia mal la palabra "Concepción", hasta que las hermanas del hospicio de Lourdes la corrigen y la enseñan a decirlo bien. No importa. Esta misma ignorancia suya será una de las pruebas de que no se trata de nada que haya sido fingido. Ahora ya se sabe quién se aparece: la Santísima Virgen, a quien poco tiempo antes el Papa ha declarado solemnemente libre del pecado original desde el mismo instante de su concepción.
La serie de apariciones se va a cerrar rápidamente. El 7 de abril, doce días después de la Anunciación, tiene lugar la decimoséptima aparición, y el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, la decimoctava. Bernardita no volverá a ver a la Santísima Virgen mientras esté en la tierra.
El demonio no podía contemplar lo que estaba sucediendo sin intentar algo por desacreditarlo. Ya en una de las primeras apariciones, exactamente en la cuarta, unos diabólicos aullidos fueron apagados instantáneamente por una mirada severa de la Santísima Virgen. Era sólo el comienzo. Poco tiempo después, una epidemia de visionarios se produce en la pequeña ciudad pirenáica. Ahora son unas mujeres que dicen haber visto extrañas apariciones; luego unos niños momentáneamente delirantes y posesos; más tarde extravagantes hombres, que aparecen como portadores de extraños mensajes, y tienen que ser retirados por alucinados.
Es cierto que nunca tan sacrílegas mascaradas llegan a poder utilizar la misma gruta. Pero sus alrededores son manchados con esta clase de manifestaciones. Es notable: el contraste con la serena majestad, con la humildad y dulzura de Bernardita es tal, que puede decirse que esta clase de manifestaciones, lejos de servir para oscurecer su gloria, sirvió, por contraste, para enaltecerla más y más. La diferencia entre la única vidente verdadera y las burdas falsificaciones diabólicas, apareció siempre manifiesta y clara.
Con todo, no iba a ser fácil la realización de lo que la Virgen había pedido. Durante no poco tiempo la gruta misma iba a estar cerrada, y el acceso a la misma prohibido. Se conserva todavía el cuaderno en el que el guarda jurado fue apuntando, con pintoresca ortografía, los nombres de los contraventores. Un día fue la señora del almirante Bruat, aya de los hijos del emperador. El mismo día, Luis Veuillot, el temible polemista. Estas visitas producen una cierta emoción en la ciudad. Hasta que, por orden del emperador Napoleón III, desaparecen las barreras y se decreta de nuevo que el acceso a la gruta es enteramente libre. Fue un día de inmensa alegría en Lourdes.
El obispo de Tarbes había mantenido hasta entonces una actitud sumamente prudente. Casi al mismo tiempo que se decretaba la libertad para ir a la gruta, monseñor Laurence daba, por su parte, otro decreto constituyendo una comisión de información sobre los hechos ocurridos en Massabielle. Y la comisión comenzaba inmediatamente, de manera concienzuda, sus informaciones. Estas habrían de tardar más de dos años. Por fin, entregaba sus conclusiones al señor obispo. Este quiso presidir personalmente la sesión final, que tuvo lugar en la sacristía de Lourdes.
La asamblea era impresionante. En torno al señor obispo, todas las personalidades que formaban parte de la comisión. En medio, Bernardita, tocada con su capuchón, calzada con zuecos, hablaba con absoluta sencillez, pero con una autoridad sorprendente. Sobre todo, como siempre solía ocurrir, cuando llegó el momento en que reprodujo el gesto de la Virgen, juntó sus manos, alzó su mirada y dijo: "Yo soy la Inmaculada Concepción", y pareció envuelta de una gracia tan celestial, que un escalofrío circuló por toda la reunión.
El anciano obispo sintió cómo se le humedecían las mejillas, y dos gruesas lágrimas resbalaron por su rostro. Apenas salió la niña, exclamó movido por la emoción: "¿Han visto ustedes esta niña?"
Sólo faltaba proclamar la verdad. El sábado 18 de enero de 1862 el obispo firmaba la "Carta pastoral con el juicio sobre la aparición que tuvo lugar en la gruta de Lourdes". Después de haber expuesto los antecedentes, declaraba con toda solemnidad: 'Juzgamos que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, se apareció realmente a Bernardetta Soubirous el 11 de febrero de 1858 y días siguientes, en número de dieciocho veces, en la gruta de Massabielle, cerca de la ciudad de Lourdes; que tal aparición contiene todas las características de la verdad y que los fieles pueden creerla por cierto... Para conformarnos con la voluntad de la Santísima Virgen, repetidas veces manifestada en su aparición, nos proponemos levantar un santuario en los terrenos de la gruta".
El 14 de octubre de 1862 se dio el primer golpe de pico para poner los cimientos de la futura capilla. Entre los sesenta obreros que trabajaban, se contaba Francisco Soubirous, padre de Bernardita, orgulloso de cooperar, desde puesto tan humilde, a tan grandiosa obra. El 4 de abril de 1864 se colocaba la estatua que todos los peregrinos conocen, en la gruta.
Rápidamente Lourdes fue tomando el aspecto que hoy presenta. El 19 de mayo de 1866, vigilia de Pentecostés, quedaba consagrada la cripta, que había de ser el cimiento de la futura capilla. Su inauguración quedó señalada para dos días después, lunes de Pentecostés, en presencia de una inmensa multitud. Todavía pudo asistir a ella Bernardita. Pero le costaba reconocer el terreno. Estaba todo muy cambiado.
En 1876 es solemnemente consagrada la basílica y coronada la estatua de la Virgen. Los veinticinco años de las apariciones se celebran con afluencia de una inmensa multitud, y colocando la primera piedra de la iglesia del Rosario, para suplir la insuficiencia, de la primitiva basílica. Seis años más tarde era inaugurada esta iglesia, que fue solemnemente consagrada en 1901. Todavía con la marcha del tiempo habría de resultar insuficiente, y el 25 de marzo de 1958, el cardenal Roncalli, futuro papa Juan XXIII, consagraba una nueva y más inmensa basílica subterránea, dedicada a San Pío X.
Hay un algo maravilloso que flota en el ambiente, que penetra hasta lo más profundo del alma y que hace que Lourdes sea un sitio único para saciar la devoción cristiana. Y en primer lugar, como lugar de oración. La ciudad, con sus tiendas de recuerdos, sus hoteles y fondas, suele causar una impresión desagradable al peregrino.
Una multitud tan inmensa exige todo eso. Pero desilusiona un poco ese contraste entre la finalidad espiritual del viaje y estas exigencias de la naturaleza humana. Todo cesa, sin embargo, desde el momento en que se entra en el dominio de la gruta. Hay un ambiente sobrenatural de oración, de silencio, de recogimiento. Los hombres descubiertos, las mujeres como en la iglesia, y dominando todo el rumor de los cánticos que brotan de las iglesias o de la gruta.
Al llegar a ésta, se olvida todo. No cabe más que dejarse envolver por el silencio, apenas turbado por el rumor del río y el paso de los trenes que ponen como una nota lejana de recuerdo, de que todavía existe un mundo que se afana y corre. Allí todo es calma. La muchedumbre, de rodillas, en silencio, ora sin cansarse.
Sin embargo, no todo es paz y calma. Las peregrinaciones se suceden, ateniéndose todas a un mismo reglamento. Entran en la ciudad, se dirigen a la gruta, se lee allí la sencilla narración de las apariciones. Se realizan una serie de actos piadosos, misas cantadas, de comunión, vía crucis, etcétera, para partir después y dejar su sitio a otras que le seguirán. Todo en medio de un orden admirable.
Hay, sin embargo, todos los días dos actos cumbres, a los que concurren todas las peregrinaciones presentes en la ciudad: la procesión con el Santísimo y la de las antorchas.
Exactamente a las cuatro de la tarde se pone en marcha la procesión con el Santísimo. Avanza triunfal la Custodia, entre las filas de los peregrinos. Llega a la explanada y allí es esperada por la multitud de los enfermos. Es necesario haber contemplado aquel espectáculo para captar toda su significación.
El Señor ha entrado en la plaza y, oculto bajo las especies eucarísticas, comienza a recorrer las filas de camillas y carritos en que se encuentran los enfermos. Y una voz se alza penetrante, llena de vibración y energía: "¡Señor, creemos en ti!" La muchedumbre contesta al unísono: "¡Señor, creemos en ti!"
Son miles y miles de gargantas, Toda una generación trabajada por la escuela laica, acosada por unas costumbres corruptoras, influenciada por un ambiente de escepticismo... hace el acto de fe más emocionante, más lleno de sentido que puede imaginarse. Las lágrimas pugnan por salir, mientras las invocaciones, de evangélicas resonancias, se van sucediendo. Hace más de mil novecientos años que salieron de otros labios. Ahora, el mismo Señor, oculto bajo las especies eucarísticas, vuelve a escucharlas: "¡Señor, si quieres, puedes curarme!" "¡Señor, que vea "¡Señor, aquel que Tú amas, está enfermo!"
Los treinta, cuarenta o cincuenta mil peregrinos presentes en la ciudad, cantan acompasadamente la melodía sencilla, monótona, sin especial valor, pero devotísima del Ave, recorriendo un largo trayecto por todo el dominio de la gruta. Al final van agrupándose, ordenadamente, en la gran plaza, que se transforma en ascua de oro y de fuego, ante la confluencia de tantos miles de antorchas. Y entonces surge potente, arrollador, el canto del Credo. Venidos de los puntos más diversos del orbe, cantan, sin embargo, al unísono todos los peregrinos, proclamando a una voz su única fe. Espectáculo maravilloso y conmovedor.
Hay que decir algo, sin embargo; otro espectáculo, también consustancial con Lourdes: el de los enfermos. Sacudidos por un viaje interminable, heridos de muerte por sus enfermedades, incómodamente instalados en sus carritos..., son ellos los sembradores de una suavísima sensación de paz y consuelo. La tienen ellos, y la van derramando por doquier a su paso. Cada uno de ellos, cada mirada enfebrecida, cada llaga purulenta, cada mano retorcida, inflamada y monstruosa, va dejando en el alma del peregrino una gota de la más sobrehumana y deleitosa paz. Es ésta una de las grandes paradojas de Lourdes. Uno de sus milagros permanentes.
De vez en cuando, sin someterse a ley alguna, se produce el milagro. Unas veces ante la gruta, otras durante la procesión del Santísimo, otras en el viaje de vuelta. No hay ley alguna, lo repetimos. En medio de la multitud o lejos de ella, en Lourdes, o a muchos kilómetros de allí, la Santísima Virgen viene operando maravillas a centenares, a millares. Algunas de ellas llegan a comprobarse científicamente, con un rigor que no deja nada que desear. Otras, no.
El alivio que ha recibido el enfermo, o su curación, no podrán comprobarse, porque no había lesión orgánica, o por falta de datos previos, pero eso no importará nada: quien recibió el beneficio disfrutará de él. De vez en cuando, en una prosa helada, que en su misma frialdad es el mejor argumento de la veracidad del hecho, Le Journal de la Grotte dará la noticia de que en esta o aquella diócesis se ha reconocido canónicamente la realidad de un milagro.
Pero el más colosal milagro es el que todos los días se realiza en Lourdes: el de que una inmensa multitud de enfermos que ha peregrinado allí pidiendo su salud, se retire consolada, alegre, con dulce resignación. Y el de que la multitud que le rodea, en contacto permanente con el dolor, viendo con sus propios ojos aquel espectáculo de sufrimiento que presentan los enfermos, no haga de Lourdes una ciudad triste, sino todo lo contrario. Todos los peregrinos os dirán que Lourdes es una ciudad en la que ellos han pasado días de paz, de bienestar, de profunda e íntima alegría.
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El archipiélago, estratégicamente situado en el centro del Mediterráneo, es famoso por sus monumentos prehistóricos extraordinariamente bien conservados. Pero sus numerosas estructuras paleocristianas están entre las más importantes de todo el mundo, y ofrecen un testimonio único de la vida de las primeras comunidades cristianas de la zona.
Malta, dicen algunos, es una gran iglesia. En cierto modo tienen razón. Lo es, en más de un sentido. Para empezar, el archipiélago alberga más de 365 iglesias. Naturalmente, los malteses suelen bromear diciendo que podrían asistir a misa en una iglesia diferente cada día del año si quisieran.
Lo que podría parecer una exageración tiene sentido si se tiene en cuenta no sólo que Malta es el país europeo con mayor densidad de población (algo menos de 1.300 personas por kilómetro cuadrado), sino también el país con el mayor porcentaje de católicos de todo el continente: casi el 98% de los malteses son católicos.

Además, el paisaje del archipiélago se presta a la contemplación. Si es cierto, como afirmaban Agustín y otros filósofos cristianos, que se puede vislumbrar la perfección de Dios contemplando las múltiples bellezas de la creación, Malta podría ser una especie de parque de atracciones para los contemplativos: el archipiélago ofrece excepcionales playas de arena, acantilados que se elevan bruscamente desde sus aguas prístinas, impresionantes grutas naturales y también exuberantes valles verdes.
Pero una mirada literal bajo la superficie revela aún más: un intrincado sistema de catacumbas deja claro que el cristianismo maltés es tan antiguo como el propio cristianismo. De hecho, la comunidad cristiana maltesa es tan antigua como las de Éfeso, Jerusalén, Corinto y Roma, gracias al naufragio de Pablo, relatado en el Libro de los Hechos.
Imagínese esta escena: Es el año 60 d.C. Pablo navega por las agitadas aguas del Mediterráneo, en un barco perteneciente a la flota del emperador romano. Su destino es la propia Roma, donde el Apóstol va a ser juzgado tras ser acusado de predicar el cristianismo en Jerusalén.
Pero, tras ser azotado por una tormenta, el barco romano zozobra. Lo que parece un suceso desafortunado, casi trágico, resultó ser el nacimiento de la tradición cristiana maltesa de dos mil años de duración y sin interrupción.

Fue en una de las pequeñas islas del noroeste, hoy conocidas como Islas de San Pablo, donde Pablo pudo tocar tierra. El texto de los Hechos de los Apóstoles (27:27-28:5) dice lo siguiente
"Una vez a salvo en tierra, descubrimos que la isla se llamaba Malta. Los isleños nos mostraron una amabilidad inusual. Encendieron una hoguera y nos acogieron a todos porque llovía y hacía frío. Pablo recogió un montón de leña y, al ponerla en el fuego, una víbora, expulsada por el calor, se le pegó a la mano.Cuando los isleños vieron la víbora colgando de su mano, se dijeron: "Este hombre debe ser un asesino, pues, aunque haya escapado del mar, la diosa Justicia no le ha permitido vivir". Pero Pablo se sacudió la serpiente en el fuego y no sufrió ningún efecto negativo".
Esta escena ha inspirado a los artistas a lo largo de los siglos, convirtiéndose en uno de los temas favoritos de la iconografía paulina. Pero, lo que es más importante, es el mismo acontecimiento que llevó a estos hospitalarios lugareños a comprender que había algo especial en su invitado.
Muchos empezaron a escuchar su predicación (incluido Publio, el entonces gobernador romano de la isla, que pronto se convirtió en su primer obispo y santo), y así nació la primera comunidad cristiana de Malta.
Aunque el nacimiento de esta comunidad cristiana fue sin duda auspicioso, durante los dos o casi tres siglos siguientes, el cristianismo fue considerado ilegal por los emperadores romanos gobernantes. Al igual que en el continente, los primeros cristianos que vivían en el archipiélago tenían que practicar su fe en secreto, a escondidas. Enterrar a los fieles difuntos no era la excepción. Como los entierros en la ciudad sólo estaban permitidos para los cultos legalmente autorizados (incluido el judaísmo), los cristianos enterraban a los suyos en catacumbas, fuera de las murallas de la entonces capital romana, Melite (hoy Mdina).

En la actualidad, las intrincadas y extensas catacumbas de Malta son la mayor evidencia arqueológica del cristianismo primitivo en Malta. De hecho, estos sistemas de catacumbas se encuentran entre los más grandes de todas las tradiciones cristianas, sólo superados por los de Roma.
Construidas entre los siglos III y VIII, sólo las catacumbas de San Pablo se extienden por una superficie de más de 22.000 metros cuadrados. Y, según la tradición local, en su día incluso estuvieron conectadas con la gruta de San Pablo, lugar en el que el Apóstol se refugió nada más llegar a la isla.
Sin embargo, hay que señalar que las de San Pablo no son las únicas catacumbas de Malta: Las de Santa Águeda, por ejemplo, constan de más de 500 sepulturas, tanto de cristianos como de judíos y paganos; y las de Ta' Bistra son las mayores catacumbas fuera de Rabat (donde se encuentran tanto las de San Pablo como las de Santa Águeda). San Pablo y Ta' Bistra (y otras catacumbas) son gestionadas por Heritage Malta, mientras que Santa Águeda está bajo la responsabilidad de la Sociedad Misionera de San Pablo (M.S.S.P).
Heritage Malta también gestiona las catacumbas de San Agustín, Ta' Mintna, Salina y Abbatija tad-Dejr. Heritage Malta es la agencia nacional que se encarga de los museos, las prácticas de conservación y el vasto patrimonio cultural del archipiélago.
En los primeros tiempos, los enterramientos cristianos en Malta se componían principalmente de una profunda abertura rectangular y una o dos cámaras en sus lados, donde se colocaban los cuerpos de forma adecuada y ceremoniosa. Algunas de estas estructuras relativamente sencillas aún pueden apreciarse en estas catacumbas.
Pero a lo largo de los siglos, a medida que estas comunidades crecían, los cristianos necesitaban obviamente construir cámaras más grandes, incluyendo elementos litúrgicos y devocionales (y no exclusivamente ornamentales) como parte de estas construcciones.

Catacumbas de san Pablo (Malta)
Con el tiempo hubo tantas de estas cámaras que acabaron uniéndose, convirtiéndose en catacumbas completas con paredes llenas de elementos iconográficos profundamente simbólicos, y así se mantiene hasta el día de hoy un intrincado sistema de túneles subterráneos que conducen de una tumba a la siguiente, y que están totalmente abiertos al público.
Tras una extensa obra de restauración que Heritage Malta inició en 2015 (con un presupuesto de unos 4 millones de euros, aportados en parte por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional), estas catacumbas pueden ser visitadas por todos aquellos interesados en explorar más esta fascinante tradición mediterránea. Las de Santa Águeda se sometieron a una restauración en 2017, y también están abiertas a los visitantes.
La habilidad con la que los primeros cristianos malteses fueron capaces de excavar estos pasillos y cámaras esculpiendo directamente sobre la roca caliza en bruto es, cuanto menos, impresionante. Los visitantes que pongan el pie en el complejo principal de San Pablo observarán dos salas inscritas por pilares de estilo dórico, y una repetición constante de grabados de estilo iónico que marcan la entrada y la salida de casi todos los pasillos.
Cada una de estas dos salas contiene mesas redondas de piedra caliza bien conservadas, colocadas en una plataforma baja con lados inclinados que se asemejan al clásico triclinium (diván reclinable) de la mayoría de las casas romanas. Estas mesas se utilizaban probablemente para los entierros litúrgicos, y quizás para las primeras celebraciones eucarísticas.
Estos impresionantes tesoros del cristianismo primitivo pueden visitarse como sigue:
Las catacumbas de San Pablo están abiertas de jueves a domingo entre las 10:00 y las 16:30, pero a partir del 1 de junio estarán abiertas toda la semana de 10:00 a 17:00, y las entradas se pueden reservar con antelación en el sitio web de Heritage Malta . Las visitas a Bistra, Abbatija tad-Dejr, Salina y las catacumbas de San Agustín se realizan únicamente con cita previa. Santa Águeda debería estar abierta a partir del 15 de junio, pero para poder visitarla hay que ponerse en contacto con la agencia nacional maltesa.
En la Sicilia del siglo III, la historia de Santa Águeda se desarrolla entre Catania y Palermo, las dos ciudades que se disputan el ser el lugar del nacimiento de la mártir. Leyendo su “Passio”, se puede afirmar que nació en el año 235 en las laderas del Etna, de una familia rica y noble.
Era aún una adolescente cuando manifestó su voluntad de consagrarse a Dios y recibió de su obispo el “flammeum”, un velo rojo que llevaban las vírgenes consagradas. La tradición la describe también como una diaconisa dedicada al servicio de la comunidad cristiana.
En el año 250, el edicto del emperador Decio contra los cristianos desencadenó una dura persecución. El encargado de aplicarlo en Catania fue el despiadado procónsul Quinciano, quien se encaprichó de Águeda.

La joven huyó a Palermo, pero fue encontrada y llevada de nuevo a Catania. Conducida ante Quinciano, no quiso abjurar de su fe. El procónsul, entonces, decidido a atentar contra la virtud de la doncella, la confió a una cortesana, Afrodisia, para que le enseñase las artes amatorias. Sin embargo, Águeda permaneció fiel a Cristo, por lo que fue entregada de nuevo a Quinciano, que decidió procesarla.
Las “Actas del martirio de Santa Águeda” recogen los siguientes diálogos:
“¿De qué condición eres tú?”, pregunta Quinciano a Águeda, que responde: “Nací libre y de familia noble”. Y Quinciano: “Si dices que eres libre y noble, ¿por qué vives y te vistes como una esclava?” “Porque soy sierva de Cristo”, explica Águeda. Y de nuevo Quinciano pregunta: “Pero si verdaderamente eres libre y noble, ¿por qué quieres hacerte esclava?” Águeda responde: “La máxima libertad y nobleza consiste en demostrar que se es siervo de Cristo”.
Quinciano rebate: “¿Y qué? ¿Los que despreciamos la servitud de Cristo y veneramos a los dioses no tenemos libertad?. “Vuestra libertad os arrastra a tanta esclavitud que os hace siervos del
pecado”, afirma Águeda.
Ante estas palabras, Quinciano ordena una vez más a Águeda que reniegue de Cristo, y para inducirla a reflexionar la encarcela. Pero al día siguiente, ante el nuevo rechazo de la joven, establece que sea sometida a la tortura. Al verla aprontar los suplicios con valor, Quinciano ordena que le sean arrancados los pechos. En un estado terrible, Águeda es llevada de nuevo a la cárcel; pero esa noche se le aparece San Pedro que la sana.
Conducida de nuevo ante el tribunal, Águeda se niega una vez más a adorar a los dioses y declara que ha sido curada mediante el poder de Jesucristo. Furioso por el valor de la joven a pesar de las torturas, Quinciano decreta que sea arrojada sobre carbones ardientes, envuelta en su velo rojo de esposa de Cristo.
Mientras la orden era ejecutada, el lugar donde el santo cuerpo fue arrojado y toda la ciudad de Catania fueron sacudidos por un fuerte terremoto. Todos corrieron al tribunal y comenzaron a armar tumulto porque se atormentaba a una santa sierva de Dios, y por este motivo todos se encontraban en grave peligro.
Águeda, cuyo velo había quedado íntegro, fue sacada de las brasas, y, “habiendo entrado de nuevo en la cárcel, tendió sus brazos al Señor y dijo:
‘Señor que me has creado y custodiado desde mi infancia y que en la juventud me has hecho actuar con valor, que alejaste de mí el amor las cosas terrenas, que preservaste mi cuerpo de la contaminación, que me hiciste vencer los tormentos del verdugo, el hierro, el fuego y las cadenas, que me diste la virtud de la paciencia en medio de los tormentos; te ruego que acojas ahora mi espíritu, porque ya es tiempo de que yo deje este mundo por tu mandato, y llegue a tu misericordia’.
Dichas estas palabras en presencia de muchas personas, entregó el espíritu. Era el 5 de febrero del año 251.
Cuentan también los “Actos del Martirio” que un año después hubo una gran erupción del monte Etna y la corriente de lava, como un río ardiente, se dirigía hacia la ciudad de Catania. Muchas personas se encaminaron entonces al sepulcro de Águeda para pedir su intercesión, y su velo fue colocado ante el río de lava. Milagrosamente, la lava se detuvo.
La fama del prodigio hizo de Águeda la patrona de Catania. Su culto nació así un año después de su martirio, y se difundió rápidamente por todas partes. Sus reliquias se conservan en Catania, en la catedral dedicada a ella.
Ver Santa Águeda en Wikipedia
Tradicionalmente, el sitio cristiano del estanque de Siloé era el estanque y la iglesia que fueron construidos por la emperatriz bizantina Eudocia (c. 400-460 d. C.) para conmemorar el milagro narrado en el Nuevo Testamento junto a la iglesia de Santa Ana. Sin embargo, la ubicación exacta del estanque original tal como existía durante la época de Jesús siguió siendo un misterio hasta junio de 2004.

En 2004, los restos escalonados del antiguo estanque de Siloé, que durante mucho tiempo se pensó que se encontraron en otro lugar, fueron descubiertos cerca de la Ciudad de David. Según el Evangelio de Juan, fue en este lugar donde Jesús curó al ciego.
Durante los trabajos de construcción para reparar una gran tubería de agua al sur del Monte del Templo de Jerusalén , en el extremo sur de la cresta conocida como la Ciudad de David, los arqueólogos Ronny Reich y Eli Shukron identificaron dos escalones de piedra antiguos.
Una excavación adicional evidenció que eran parte de una piscina monumental del período del Segundo Templo, el período en el que vivió Jesús . La estructura que descubrieron Reich y Shukron tenía 225 pies de largo, con esquinas que son un poco más de 90 grados, lo que indica una forma trapezoidal, con el extremo ensanchado orientado hacia el valle de Tyropoeon.
El estanque de Siloé se encuentra junto al área de la antigua Ciudad de David conocida como el Jardín del Rey y está justo al sureste de los restos de la iglesia y el estanque del siglo V que tradicionalmente se cree que es el sitio sagrado cristiano.

Debido a que la piscina es alimentada por aguas del manantial Gihon, ubicado en el valle de Kidron, el agua de manantial que fluye normalmente habría calificado la piscina para su uso como mikveh para el baño ritual. Sin embargo, también podría haber sido una importante fuente de agua dulce para los habitantes de esa parte de la ciudad. Un erudito incluso sugirió que era una piscina de estilo romano.
Cualquiera que sea su propósito original, el estanque de Siloé donde Jesús sanó al ciego es un sitio cristiano importante, y su descubrimiento representa un momento decisivo en el campo de la arqueología bíblica.
Como ocurre con muchos sitios en Tierra Santa, los orígenes del estanque de Siloé se remontan aún más atrás en la historia, al menos siete siglos antes de la época de Jesús. El rey Ezequías de Judá (finales del siglo VIII a. C.) anticipó correctamente un sitio contra Jerusalén por parte del monarca asirio Senaquerib.

Obtenga más información sobre el túnel de Ezequías, incluidos el túnel de agua su construcción, en "El túnel de Ezequías".
Para proteger el suministro de agua de la ciudad durante el asedio, Ezequías emprendió un proyecto de ingeniería estratégica que sería una hazaña impresionante en cualquier época: ordenó la excavación de un túnel de 1,750 pies debajo de la Ciudad de David para traer agua del manantial de Gihon, que colóquese fuera de la muralla de la ciudad, dentro de la ciudad hasta una piscina en el lado opuesto de la cresta.
En los años que siguieron, el “Túnel de Ezequías” continuará llevando agua fresca a esta sección de Jerusalén, y se construyeron diferentes estanques aquí a lo largo de los siglos, incluido el estanque del Segundo Templo que Jesús conocía.
Ver Piscina de Siloé en Wikipedia
Fue el primero de los patriarcas postdiluvianos, de judíos, cristianos y musulmanes, padre de Ismael, Isaac, Madián y de muchos otros hijos que dieron origen a varias comunidades orientales. Nació en Ur situada en Caldea, cerca a la desembocadura del río Éufrates y murió y fue enterrado en Hebrón. En Ur se casó con Sara.
Abraham contaba con 75 años de edad cuando recibió la orden de Yahvé de dejar la nación idólatra a la que pertenecían sus antepasados, su familia y la casa de su padre. Tenía que dirigirse a la tierra de Canaán.
A cambio Yahvé le prometió que él y su descendencia serian benditos: Los que les bendijeran serían benditos, y malditos los que les maldijeran.

Salió de la ciudad de Ur con su padre y su sobrino Lot, y permaneció varios años en Harán, hasta la muerte de su padre. Desde Harán emigró con Sara y Lot, sus seguidores y rebaños, hasta Siquem, región de Canaán, donde Yahvé dio tierra a él y a su descendencia.
De Harán a Canaán había la ruta de Damasco, que muy posiblemente tomó Abraham al dirigirse al sur.
Durante los primeros diez años de sus peregrinaciones en Canaán, Abraham levantó sus tiendas en Siquem. Allí edificó un altar a Yahvé. Pasó después a Bet-el, donde erigió otro altar, también en nombre de Yahvé.
Tras un período pasado en Egipto, Abraham, Sara su esposa, y su sobrino Lot, fueron expulsados de Gerar, y regresaron a Bet-el en Canaán. Allí vivieron durante algún tiempo. Debido al gran incremento de sus riquezas en ganado, surgieron riñas entre sus pastores y los de Lot, por lo que decidieron separarse.
Abraham cedió a Lot el derecho de elegir a dónde dirigirse, y éste se decidió por la fértil tierra al este del río Jordán y cerca de Sodoma y Gomorra. Abraham entonces se estableció en el encinar de Mambre, en Hebrón.
Yahvé prometió que le daría toda la tierra que alcanzara a ver, a él y a su descendencia. Abraham vivió en Mambre al menos 15 años.
Hebrón es una desconocida joya histórica en el corazón de un viejo conflicto. Su declaración como patrimonio de la humanidad por la Unesco da brillo a una urbe de piedra caliza
La antigua Hebrón es una desconocida joya de la historia. Ciudad abierta que nunca fue amurallada, santuario milenario para las tres religiones monoteístas, inmemorial etapa de caravanas comerciales. Pocos conocen los secretos que se esconden entre el dédalo de callejuelas que parten de la mezquita de Ibrahim, para el islam, o Cueva de los Patriarcas, para el judaísmo.

Centro de peregrinación ante las veneradas tumbas de Abraham, Isaac y Jacob —y de sus respectivas esposas Sara, Rebeca y Lea—, de acuerdo a la tradición del Antiguo Testamento. La declaración del casco histórico de Hebrón como Patrimonio de la Humanidad en peligro, adoptada por la Unesco el 7 de julio, sacudió como un tsunami los vetustos cimientos de la mayor ciudad de Cisjordania.
Emprendieron el camino hacia Jerusalén. Desde Belén, el viaje de ida y vuelta se hacía con comodidad en una jornada.
La Virgen, acompañada de San José y llevando a Jesús en sus brazos, se presentó en el Templo confundida entre el resto de las mujeres, como una más. Se cumple la antigua profecía: Vendrá el Deseado de todas las gentes y henchirá de gloria este templo.
La Ley de Moisés prescribía en primer lugar la purificación de la madre de una impureza legal que la impedía tocar cualquier objeto sagrado o entrar en un lugar de culto.
En virtud de esta ley, cuarenta u ochenta días después del alumbramiento, según se tratase de un hijo o de una hija, estaban obligadas las madres a presentarse en el Templo de Jerusalén. Se podía retrasar el viaje si existían razones de cierto peso; por ejemplo, si la mujer que acababa de ser madre debía ir en breve plazo a la ciudad santa para celebrar alguna de las grandes fiestas religiosas, o si habitaba muy lejos de Jerusalén.
En este caso, otra persona podía en su nombre ofrecer los sacrificios prescritos. Sin embargo, las madres israelitas procuraban con empeño cumplir personalmente la ley. Aprovechaban además esta ocasión para llevar consigo a su primogénito, cuyo rescate asociaban a la ceremonia de su purificación. La Virgen hizo aquel corto viaje de Belén a Jerusalén con gozo, y se presentó en el Templo con su Hijo de pocos días en brazos.
Este precepto, en realidad, no obligaba a María. Así pensaron los primeros escritores cristianos, pues Ella era purísima y concibió y dio a luz a su Hijo milagrosamente.

Por otra parte, la Virgen no buscó nunca a lo largo de su vida razones que la eximieran de las normas comunes de su tiempo. Como en tantas ocasiones, la Madre de Dios se comportó como cualquier mujer judía de su época. Quiso ser ejemplo de obediencia y de humildad: una humildad que la llevaba a no querer distinguirse de las demás madres por las gracias con las que Dios la había adornado. Como una joven madre más se presentó aquel día, acompañada de José, en el Templo.
La purificación de las madres tenía lugar por la mañana, a continuación del rito de la incensación y de la ofrenda llamada del sacrificio perpetuo. Se situaban en el atrio de las mujeres, en la grada más elevada de la escalinata que conducía desde este atrio al de Israel. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba sobre ellas unas oraciones.
Pero la parte principal del rito consistía en la oblación de dos sacrificios. El primero era el expiatorio por los pecados: una tórtola o un pichón constituían su materia. El segundo era un holocausto, que para los más pudientes consistía en un cordero de un año y, para los pobres, en una tórtola o un pichón. María ofreció el sacrificio de las familias modestas.
Después de la purificación tenía lugar la presentación y rescate del primogénito. En el Éxodo estaba escrito:
"El Señor dijo a Moisés: Declara que todo primogénito me está consagrado. Todo primogénito de los hijos de Israel, lo mismo hombre que animal, me pertenece siempre."
Esta ofrenda de todo primer nacido recordaba la liberación milagrosa del pueblo de Israel de su cautividad en Egipto y la especial soberanía de Dios sobre él. Todos los primogénitos eran presentados, entregados, a Yahvé, y luego eran restituidos a sus padres.
Los primogénitos del pueblo habían sido destinados primeramente a ejercer las funciones sacerdotales; pero más tarde, cuando el servicio del culto fue confiado únicamente a la tribu de Leví, esta exención se compensó con el pago de cinco siclos para el mantenimiento del culto. La ceremonia consistía, de hecho, en la entrega de estas monedas al Templo.
Nuestra Señora preparó su corazón para presentar a su Hijo a Dios Padre y ofrecerse Ella misma con Él. Al hacerlo, ponía una vez más su propia vida en las manos de Dios. Jesús fue presentado a su Padre en las manos de María. Jamás se hizo una oblación semejante en aquel Templo.
Cuando estaban en el Templo se presentó ante ellos un anciano, Simeón, del que traza San Lucas el mejor elogio que se podía hacer de un hijo de Abrahán: era justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Era cumplidor de los preceptos divinos, servidor de Dios, un hombre de fe que ansiaba la llegada del Mesías, que en la literatura judía es llamado la consolación de Israel.
La frase designaba la época mesiánica y servía incluso como fórmula de juramento: Si esto no es verdad, que no vea la consolación de Israel Simeón era un hombre bueno, lleno de virtudes. El Espíritu Santo habitaba en él, dirigía su vida y le había inspirado la certeza de que no había de morir sin ver al Mesías. También le movió a ir al Templo el día en que Jesús, en brazos de su Madre, hizo en él su primera entrada. Dios mismo había preparado el encuentro.
El anciano vio a Jesús con sus padres. Él se detuvo y con gran piedad lo tomó en sus brazos. La Virgen no tuvo ningún inconveniente en dejarlo en sus manos. ¡Sabía que le daba un tesoro! Y dijo este hombre santo con verdadera alegría: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra.

Cada término de este canto profético tiene su valor propio. «Ahora» ya puede morir en paz, sin pena, porque se han cumplido todos sus deseos, pues ha contemplado con sus ojos maravillados al que tantos reyes y profetas ardientemente desearon ver, sin llegar a conseguir esta dicha. Como el patriarca Jacob, cuando recobró a su hijo José, siente colmada su alegría. Ahora ya puedes dejarme partir.
Aquel encuentro fue lo verdaderamente importante en su vida; ha vivido para este instante. No le importa ver sólo a un niño pequeño, que llegaba al Templo llevado por unos padres jóvenes, dispuestos a cumplir lo preceptuado en la Ley, igual que otras familias. Él sabe que aquel Niño es el Salvador: mis ojos han visto a tu Salvador. Esto le basta. No debieron ser muchos los días que el anciano sobrevivió a este acontecimiento.
Este Niño, continuó Simeón, será luz que ilumine a los gentiles y gloria de Israel... Esta mención de los gentiles por delante de los judíos era realmente extraordinaria. Sólo un profeta, Isaías, había declarado dos veces que el Mesías sería luz de los gentiles, pero esta profecía estaba un tanto olvidada. Simeón contempla y anuncia la redención para todos los hombres. Es éste el primer texto de la infancia de Jesús que tiene un carácter universal.
Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. ¿Cómo no quedar sorprendidos al ver que aquel anciano, desconocido para ellos, describía de modo tan pleno el futuro de su Hijo?
Después, Simeón bendijo a María y a José. Los proclamó bienaventurados, los felicitó por tener una misión tan estrecha con aquel Niño que sería la gloria de Israel. Con Jesús todavía en sus brazos, se dirigió a María y, movido por el Espíritu Santo, le descubrió los sufrimientos que su Hijo padecerá y la espada de dolor que traspasará el alma de Ella misma:
Éste –le dice, señalando a Jesús– ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
El sufrimiento de la Virgen –la espada que traspasará su alma– tendrá como único motivo los dolores de su Hijo, su persecución y muerte, la incertidumbre del momento en que sucedería y la resistencia a la gracia de la Redención, que ocasionaría la ruina de muchos. El destino de María es paralelo al de Jesús. Ésta es la primera vez que en el evangelio se alude a los padecimientos del Mesías y de su Madre.
María y José no olvidarían nunca las palabras que oyeron aquella mañana en el Templo.
Junto a este dolor, la Virgen recordaría llena de gozo la profecía de la redención universal: Jesús estaba puesto ante la faz de todos los pueblos, sería la luz que ilumine a los gentiles y la gloria de Israel. Ninguna pena más grande que el ver la resistencia a la gracia; ninguna alegría comparable a ver la Redención ya comenzada.
Quizá estaban ya a punto de marcharse del Templo cuando llegó otra persona llena también de virtudes y de esperanza en el Mesías. Y, movida igualmente por el Espíritu Santo, se acercó a la Sagrada Familia. Era Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. El evangelista ha querido darnos su ascendencia, lo que prueba que no escribe según esquemas literarios prefabricados, sino según los datos que ha recibido de la tradición. Y en pocas palabras expone su estado y condición: viuda después de siete años con su único marido, anciana de 84 años, piadosa.
Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Hablaba de Él, del Niño. Todo el que de verdad se encuentra con Jesús se siente movido a hablar de Él.
José y María, con el Niño, volvieron a Belén. José lo llevaría entre sus brazos una buena parte del camino. Y comentarían con todo detalle estos admirables acontecimientos.
Vida de Jesus (Fco Fernández Carvajal)
A nivel mundial, 4.998 cristianos fueron asesinados en ataques por razones religiosas. Es probable que las cifras sean mucho más elevadas, pero no siempre se denuncian. Otros datos que muestran la creciente violencia anticristiana es que los ataques a iglesias, colegios y hospitales cristianos han aumentado siete veces en el último año, pasando a registrarse 14.766 agresiones contra edificios eclesiales.
Este informe también da a conocer casos de cristianos amenazados y agredidos, que han pasado a ser 42.849, frente a los cerca de 30.000 casos registrados en 2023. Los bautizados sufren también ataques a sus hogares, que han crecido casi por cuatro, llegando a registrarse más de 20.000 casos. Son las principales acciones violentas de persecución y discriminación anticristiana. Más de 278.000 personas han sido forzadas a huir de sus hogares y vivir en la clandestinidad en 2024, por el hecho de seguir la fe cristiana.
Corea del Norte ocupa nuevamente el primer lugar en la Lista Mundial de la Persecución. Los cristianos no tienen otra opción que practicar su fe de forma totalmente clandestina.
Los reportes de actividades cristianas rara vez llegan a filtrarse o publicarse en los medios internacionales, pero hubo un ejemplo que se viralizó en abril de 2023, cuando 5 cristianos se congregaron para orar en una granja en la zona central del país. Los creyentes se encontraron con que la policía había sido advertida por un delator y los estaban esperando para detenerlos y condenarlos a trabajos forzados.
Al menos 4.606 cristianos fueron asesinados a causa de su fe en 18 de los 26 países de la Lista Mundial de la Persecución que están al sur del desierto del Sahara. Ese dato representa más del 90% del total de cristianos asesinados por su fe durante 2023. Además, 15 de estos 26 países alcanzaron la mayor puntuación en el apartado referente a la violencia en general.
«La amenaza procedente de los militantes islámicos en África Subsahariana se ha intensificado hasta tal punto que muchos cristianos en la región viven cada vez con más miedo», denuncia Frans Veerman, director ejecutivo de la unidad de investigación de la LMP de Puertas Abiertas. A nivel mundial, más del 82% de asesinatos de cristianos a causa de su fe se produjeron en Nigeria. Este país de África Occidental ocupa el puesto 6 en la Lista Mundial de la Persecución 2024.
Las dictaduras comunistas en Latinoamérica son cada vez más hostiles hacia el cristianismo. Nicaragua no es una excepción, como evidencia su ascensión de hasta 20 puestos en la LMP 2024.
La represión hacia la libertad religiosa del gobierno de Ortega se ha vuelto más explícita. En febrero de 2023, al obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, firme defensor de las libertades cívicas, se le confiscó la ciudadanía y fue sentenciado a 26 años de prisión.
Las cifran del informe muestran que en China fueron cerradas unas 10.000 iglesias evangélicas y en India se han registrado 2.228 ataques y cierres. Estos dos países acumularon alrededor del 83% de la totalidad de incidentes, ataques y cierres a locales cristianos en todos los países de la LMP 2024.
El gobierno de China cerró miles de iglesias escudándose en un conjunto de viejas y nuevas medidas autoritarias. Las llamadas «iglesias en casas», congregadas en hoteles o bloques de oficinas clandestinas, se vieron obligadas a subdividirse en pequeños grupos caseros. También, muchos de los locales de iglesias aprobados previamente por el estado se vieron obligados a cerrar y fusionarse con iglesias más grandes.
Por otro lado, los ataques a iglesias en la India son perpetuados por turbas agresivas, habitualmente de grupos extremista hindúes. Según el arzobispo Dominic Lupon, de la diócesis de Imphal, se destruyeron 249 iglesias en las primeras 36 horas de los mencionados ataques violentos en Manipur.
En junio de 2023, los ciudadanos de Malí aprobaron una nueva constitución que podría representar un primer paso hacia el regreso al régimen civil. En esta nueva carta magna, se reconoce claramente a la minoría cristiana en el país.
Tras las elecciones regionales de India, en primavera del 2023, el Congreso Nacional suspendió al Partido Popular Indio (BJP), hindú-nacionalista, en el estado de Karnataka, con la promesa de que se revisarían las leyes de anti-conversión. La mayoría de estas leyes se introdujeron progresivamente en todos los estados por el gobierno del BJP de Narendra Modi, desde su ascensión al gobierno de la India en 2014.
TEXTOS DE LOS PRIMEROS SIGLOS SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

La Iglesia, como Cuerpo místico de Cristo, va creciendo y desarrollándose a pesar de las dificultades externas -de persecución, odio, etc.- y de las internas que irá encontrando paulatinamente.
Las heridas más dolorosas son las producidas por sus propios hijos. Pero siempre cuenta y contará con la asistencia del Espíritu Santo.
Son un magnífico testimonio de unidad las palabras de San Ireneo de Lyon con las que explica –en el siglo II- cómo :
“Las Iglesias de Germania creen y transmiten lo mismo que las otras de los Iberos o de los celtas, de Oriente, Egipto o Libia o del centro del mundo. Al igual que el sol, criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad resplandece por doquier e ilumina a todos aquellos que quieren llegar al conocimiento de la verdad”. (Tratado contra los herejes, 1,10,1-3)
A continuación puedes acceder a algunos textos, sobre la unidad de los cristianos, escritos en los primeros tiempos de la iglesia.
Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)
TEXTOS DE LOS PRIMEROS SIGLOS SOBRE LA UNIDAD DE LA IGLESIA
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congregarla desde los cuatro vientos, santificada, en tu Reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos. (DIDACHÉ O ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES, 10, 7)
2. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente. (DIDACHÉ o ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES, 9, 4)
Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)
Las fuentes históricas son ciertas: el 'Depositio martyrum' que data de 354, que lo recuerda el 20 de enero y el "Comentario sobre el Salmo 118" de S. Ambrogio (340-397), las pocas noticias fueron ampliadas y adornadas, por el más tarde 'Passio', probablemente escrito en el siglo V por el monje Arnobio el Joven.
San Sebastián, según S. Ambrosio, nació y creció en Milán, de padre de Narbona (Francia) y de madre milanesa, había sido educado para la fe cristiana, se mudó a Roma en 270 y se embarcó en una carrera militar alrededor de 283, hasta llegar a tribuno de la primera cohorte de la guardia imperial en Roma, estimado por su lealtad e inteligencia por los emperadores Maximiano y Diocleciano, que no sospechaban que era cristiano.
Gracias a su posición, pudo ayudar a los cristianos encarcelados con discreción, encargarse del entierro de los mártires y ser capaz de convertir a los soldados y nobles de la corte, donde había sido presentado por Castulo, un sirviente (cubicolario) de la familia imperial, quien luego murió como mártir.

Justo cuando, según la tradición, Sebastián había enterrado a los santos mártires Claudio, Castorio, Sinforiano, Nicostrato, llamados los "Cuatro Martires Coronados" (Quattro Coronati), en la vía Labicana, Maximiano lo arrestó y lo llevó a Diocleciano, quien ya estaba enfurecido por el rumor que se estaba extendiendo que, en el palacio imperial, había muchos cristianos entre los pretorianos, el tribuno apostrofeó: "Siempre te he mantenido entre los mayores de mi palacio y has trabajado en las sombras contra mí, insultando a los dioses".
Sebastián fue condenado a ser atravesado por flechas; atado a un poste en un área de la colina del Palatino llamada "campus". Dado por muerto por los soldados que lo habían atravesado, lo dejaron allí para alimentar a los animales salvajes, pero la noble Irene, viuda del mencionado S. Castulo, fue a recuperar su cuerpo para enterrarlo, se dio cuenta de que el tribuno no estaba muerto y transportado a su casa en el Palatino, lo cuidó de numerosas heridas.
Milagrosamente Sebastian logró sanar y luego, a pesar de los consejos de sus amigos de huir de Roma, decidió proclamar su fe nuevamente ante Diocleciano y su asociado Maximiano, mientras que los emperadores acudieron para las funciones al templo erigido por Elagabalus, en honor del Invitto Sun.
Habiendo escuchado los reproches de Sebastian por la persecución de los cristianos, inocentes de las acusaciones hechas contra ellos, Diocleciano ordenó que esta vez se le azotara hasta la muerte; la ejecución tuvo lugar en 304 ca. En el Hipódromo Palatino, el cuerpo fue arrojado al Cloaca Máximo, para que los cristianos no pudieran recuperarlo.
El mártir apareció en sueños a la matrona Lucina, indicando el lugar donde había aterrizado el cadáver y ordenándole enterrarlo en el cementerio "ad Catacumbas" en la Via Appia. Hasta finales del siglo VI, los peregrinos iban allí atraídos por la "memoria" de san Pedro y de san Pablo, en la basílica de Constantiniano erigida en memoria de los dos apóstoles justo encima del cementerio, también visitaron la tumba del mártir, cuya figura se había vuelto muy popular y cuando en 680 se atribuyó a su intercesión, el final de una grave plaga en Roma.
El mártir san Sebastián fue elegido intercesor contra las epidemias y la iglesia comenzó a llamarse "Basílica Sancti Sebastiani". Por su trabajo de asistencia a los cristianos, fue proclamado por el Papa San Cayo "defensor de la Iglesia". El santo es venerado el 20 de enero y es considerado el tercer patrón de Roma, después de los dos apóstoles Pedro y Pablo.